Memorias de Anna Veltfort: La revolución, ¡por fin ilustrada!

- 28/09/17
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La Revolución cubana, ¡al fin ilustrada!
Por Jorge Ferrer

En la época feliz de la blogósfera cubana —su Quinquenio dorado— la ilustradora norteamericana Anna Veltfort llevaba un blog llamado El Archivo de Connie. A él iba subiendo documentos de la primera década de historia de la Revolución cubana, notables fragmentos, su rastro impreso. A lo largo de los años Connie fue desplegando una galería que cubría y exponía, sobre todo, la dimensión cultural de la Revolución y los dispositivos de represión en el mundo de la cultura y la libertad individual que bien conocía por haber vivido en La Habana a lo largo de la década de los sesenta: la incipiente disidencia estudiantil en la Escuela de Letras, los primeros pasos del ICAIC, la lucha feroz contra los homosexuales, la aparición de las Unidades militares de ayuda a la producción —los campos de trabajo y reeducación conocidos por el acrónimo UMAP—, el Salón de Mayo organizado por Carlos Franqui, odiosas viñetas de la revista Mella, materiales (programas de mano, folletos, impresos) recolectados durante su activo merodeo por la vida teatral y musical habanera, piezas salidas de publicaciones como El Caimán barbudo o Pensamiento crítico, retazos de polémicas culturales de aquellos años o sus exposiciones completas. En definitiva, lo que Connie subía a su blog en ordenados pedeéfes era el rastro documental y gráfico del terreno culturalmente fértil de los primeros años de la Revolución, donde, en medio de la efervescencia que vivía el país, ya se iba anunciando, cada vez con mayor insolencia, que a la ciénaga poblada de entusiastas ranas que croaban al sol seguiría muy pronto una espantosa aridez, cuyas bolas de paja más engordadas fueron precisamente las UMAP, el Caso Padilla, el Congreso de educación y cultura de 1971 y, por fin, lo que después llamaríamos Quinquenio gris.

El Archivo de Connie se convirtió muy pronto, con su catálogo creciente, en un imán que atraía a gente interesada en la historia cultural de la Revolución y no era infrecuente ver allí comentando y agradeciendo uno u otro hallazgo a muchos autores que luego publicarían ensayos de enorme interés sobre ese período o lo habían hecho ya.

Entretanto, no había que ser especialmente perspicaz y ni siquiera proclive a las historias de espías para darse cuenta de que tal tesón recopilatorio, tal minucioso orden en la exposición, tal exhaustividad, tal afán por convocar a emparejar sus documentos con otros que los complementaran, eran los de alguien que, como ahora se ha hecho manifiesto de la manera más espectacular, tramaba algo. Concretamente, Anna Veltfort tramaba contarnos y, nunca mejor dicho, con todo lujo de detalles, sus años cubanos, parte de los cuales pasó en la Escuela de Letras de la Universidad de La Habana.

Lo ha hecho en la novela gráfica Adiós mi Habana. Las memorias de una gringa y su tiempo en los años revolucionarios de la década de los 60 (Verbum, Madrid, 2017), un deslumbrante comic autobiográfico.

Anna Veltfort, «Connie», llegó en barco a La Habana en 1962. Su padrastro, un ingeniero comunista norteamericano, fue contratado como tantos otros especialistas —la mayoría de países del bloque sometido al Kremlin, pero muchos también llegados de todas partes— para trabajar en el nuevo país socialista, el primero en el hemisferio occidental. Connie se sumergió gozosa en un país fascinante. Y en este libro recoge su experiencia de formación personal e intelectual en medio de una revolución, su propia vida encajada en una ciudad que fue una de las capitales del mundo a lo largo de un buen puñado de años: la ciudad de la Crisis de los Misiles y la Tricontinental, la ciudad por la que se pasearon, con diversa suerte, Allen Ginsberg y Jean-Paul Sartre, donde Kalatozov y Urusevsky rodaron la película Soy Cuba (¡y el de «Connie» estuvo a punto de ser uno de los cuerpos rutilantes que nadan en la piscina de la primera, bestial, secuencia!) y Fidel Castro reunía al Volk entero para leer la carta con que se despidió Ernesto Guevara, aka Che, esa superstición de la utopía.

Tal es la materia de esta crónica ilustrada con una inteligencia artística y una belleza gráfica extraordinarias. Esto era lo que tramaba «Connie»: contar su Bildung recortada sobre el paisaje de la Revolución: ¡y recortada por ella! Recrear La Habana y Cuba medio siglo después aunando el rigor documental, la descarnada exposición de sí misma en su relación con su familia y su homosexualidad, dibujar Cuba en su doble dimensión física y moral con un aire que remite a la célebre Maus de Art Spiegelman. Saldar cuentas con la Revolución y con su propia vida. A la vez, viñeta a viñeta, los avatares de una vida personal y el archivo que sustenta los discursos de la época. La historia personal que Connie cuenta con trazo vivo y el día a día de la Revolución que la va a arrinconar hasta enviarla de vuelta a su mundo, cambiándole la vida.

Nadie había escrito la historia de la primera década de la Revolución cubana así, con ese afán de exposición didáctica de un archivo y en formato de comic. ¡Ni con esos trazos! Hay magníficos testimonios de esos años —Jorge Edwards, Heberto Padilla, Martha Frayde, Huber Matos, las memorias de las mujeres que padecieron el presidio político recogidas por Mignon Medrano en Todo lo dieron por Cuba, textos del poeta José Mario sobre el malogrado grupo El Puente, Guillermo Cabrera Infante contando su regreso a Cuba desde Bruselas en el póstumo Mapa dibujado por un espía, Reinaldo Arenas hablando de sí mismo y de todos los demás, por poner unos cuantos.

Pero el camino que sigue Anna Veltfort es distinto. A ella la manda el género. Y, sobre todo, manda la ocasión. A medio siglo, y más, de los hechos narrados, la puesta de su historia entre las tapas de un libro, viñeta a viñeta, esa vida dibujada sobre la armazón del archivo, es una verdadera conmoción.

¡Y con qué bendita oportunidad nos llega! Ya se nos estaba olvidando la Revolución cubana y Anna Veltfort nos la ha devuelto ahora para recordarnos en su realidad desnuda que sus años buenos fueron, por el afán con que en ellos se incubó el mal y la desidia con que el país asistió a ello, en verdad, sus años peores. Corran a leer ese libro antes de que olvidemos también que ya la olvidamos.

Adiós mi Habana, de Anna Velfort, está a la venta en Amazon.es y otras librerías.

 

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“El Nuevo exilio cubano”: un reportaje de 1995

- 25/07/17
Categoría: Exilio, Periodismo, Reportaje | Etiquetas: , , , , ,
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Rescato de mis archivos este reportaje que escribí a cuatro manos en 1995 con mi amigo Ángel Tomás González, entonces corresponsal en La Habana de varios medios españoles.

La revista Cambio16 (16 de octubre de 1995, Nº 1245) nos publicó este retrato del exilio cubano en España que comenzaba a mutar en aquellos años. Cinco retratos, más bien. De cinco personas espléndidas.

Al que guste de los números le interesará saber que de los cinco entrevistados dos continúan viviendo hoy en Barcelona, otros dos se mudaron a Nueva York y un quinto vive a caballo entre Barcelona y Nueva York. Los autores permanecemos en nuestras bases 22 años después: Ángel Tomás en La Habana y yo aquí, acodado a la barra del bar.

 

 

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El poscomunismo de Aleksiévich se hizo teatro en Barcelona

- 12/07/17
Categoría: Poscomunismo, Rusia, Traducciones | Etiquetas: , , , ,
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Este sábado 8 de julio se ensanchó en lengua española, a la que lo traduje, el fresco más grande del poscomunismo en Rusia que conocemos, el que pintó Svetlana Aleksiévich en El fin del «homo sovieticus» (Acantilado, 2016). Un libro crece cuando gana más lectores y crece aún más cuando es capaz de ganarlos desde otros géneros. El de Aleksiévich, ya en origen materia de género híbrido, se hizo teatro en Barcelona la otra noche y yo estaba allí.

Fueron ensanche y desplazamiento con actriz expuesta: Patricia Jacas. A ella se le ocurrió convertir en monólogo teatral el testimonio que Aleksiévich recogió en un viaje en tren a San Petersburgo, un viaje que la llevaba en busca de una voz, pero le regaló otra por sorpresa. ¡Y la de Jacas por añadidura!

Con Patricia el testimonio recogido por Svetlana pasó de la letra redonda de Acantilado a la cursiva mayúscula de la viva voz, del acomodo en la página al susto de la puesta en escena, del archivo al teatro, de la matinée en paz de sofá a la soirée con la platea llena de gente mirando, gente con los pies clavados en el césped y la vista más clavada aún en la mujer que les contaba el poscomunismo en español con acento ruso. «Alisa Z., gerente de una Agencia de publicidad, 35 años», la tagueó Aleksiévich: un personaje más del paisaje de la descomposición de la URSS, una figura arquetípica del fin del Imperio, una extraña Ave Fénix en la trama de ese libro excepcional donde todos pierden, menos ella.

De la mano de Patricia Jacas, en su cuerpo recortado sobre fondo de piscina y unicornio de playa que iba y venía como le daba la gana, fresco él también, su cuernecito hincado en aire que olía a Rusia –inflado a pulmón, me dijeron–, el último, el mayor libro de Svetlana Aleksiévich, se hizo paisaje habitado en Barcelona. Una ciudad con suerte, fíjate.

Fue tan bueno que habrá más. Fue tan bueno, oigan, que las flores, a Patricia, se las ofreció Albert Boadella.

Fotografías: © José Luis Laborda

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Hoy recuperamos el archivo de El Tono de la Voz (2007-2009)

- 16/06/17
Categoría: Agua corriente, Memoria | Etiquetas: , , , ,
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El Tono de la Voz, blog que comencé a escribir el 11/03/2007 en el extinto portal Encuentro en la red, dejó de aparecer allí el 4/12/2009. Fue en ocasión del cisma que acabó provocando la desaparición de la revista Encuentro.

El Tono de la Voz surgió en aquellos años en que los blogs se habían convertido en una herramienta con la que se podía atraer a muchos lectores. Durante el primer año escribí un post diario, a partir del segundo comencé a incluir a autores invitados –algunas de las firmas más interesantes y disímiles del panorama literario cubano de entonces están ahí-, hice más periodismo, me fui divirtiendo cada vez más y el blog se convirtió en un foro de debate al que acudían a diario decenas de lectores con sus comentarios. Visto desde la distancia, no es la menos interesante de mis obras.

Lo que se escribió en ese blog durante esos primeros años se perdió el día que decidí marcharme de allí. Simplemente, todo lo que había escrito fue suprimido de allí de golpe y sin aviso previo.

La solidaridad de Daniel García Andújar, entonces y ahora al frente de Technologies To The People (TTTP), permitió rescatar el material y devolverlo a los lectores como un apéndice al nuevo Tono de la Voz en WordPress. Años después, y por causas que jamás desentrañamos, también ese archivo se corrompió de manera dramática. Parecía perdido. Y perdido estuvo para los lectores durante estos últimos años.

Hoy eso ha cambiado. Hoy vuelve a estar en línea. Lo está gracias al trabajo absolutamente espectacular que ha hecho mi querida amiga Zoe Plasencia, cuya pericia y compromiso me han emocionado y alegrado a lo largo de estos meses de trabajo.

No voy a explicar yo la trascendencia de estos dos años de texto. Que El Tono de la Voz fue uno de los blogs de asuntos cubanos más relevantes de aquellos años, junto a otro puñado de blogs brillantes, nunca ha sido objeto de discusión.

Devolverlo online es un hecho que me alegra enormemente. Ojalá ustedes experimenten los mismos sobresaltos y alegrías que yo cuando se tropiecen con alguno de esos textos.

La dinámica de consulta es muy sencilla: hay un acceso claramente especificado en la columna derecha para acceder al Archivo. Allí, utilizando la casilla de búsqueda se puede consultar los temas que interesen. También se puede acceder mediante las Etiquetas. O, sencillamente, dejarse llevar por el archivo en orden cronológico. Se han perdido los comentarios y muchas imágenes, eso sí. Pero están los textos. Todos. Lo que escribí para aquellos lectores, para ti y para mí está todo ahí.

Disfrútenlo. Y agradézcanselo a Zoe.

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Un reportaje sobre el Astaná poscomunista ante la EXPO 2018

- 05/06/17
Categoría: Actualidad, Arquitectura, Periodismo, Poscomunismo, Reportaje | Etiquetas: , , , , , ,
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Este reportaje apareció publicado por primera vez en Jot Down el 2 de junio. Puede consultarse allí siguiendo este enlace.

Para los lectores de El Tono de la Voz lo reproduzco aquí con un dudoso bonus: mis propias fotografías.

Centro comercial de Norman Foster, Astaná Foto: Jorge Ferrer

Centro comercial de Norman Foster, Astaná Foto: Jorge Ferrer

Un futuro espera allá en la estepa

Jorge Ferrer

 

El viajero abandona el aeropuerto de Astaná, donde lo recibieron guardias de fronteras tan amables que ellos mismos formularon las preguntas y dieron las mejores respuestas, atraviesa la ciudad inverosímil con grúas como zombies girando sobre sí mismas, pasa junto a los edificios de la EXPO 2017 y lo asalta una cierta incredulidad ante el extravagante paisaje al que ha llegado después de diez horas de viaje desde Madrid. Pero entonces un rótulo sobre los muros de un centro comercial, el último construido en la época soviética, acude en su ayuda. Sine Tempore, proclama. Un entusiasta rebranding convirtió las siglas olorosas a plan quinquenal con que se lo conocía antes, TsUM, en el anuncio de un mundo sin tiempo. La flamante capital del nuevo Kazajistán quiere saltarse todos los tiempos. No es extraño entonces que el lema de la EXPO 2017 que inaugurará el próximo 10 de junio sea «La energía del futuro».

Astaná, capital de Kazajistán desde diciembre de 1997, es una de las marcas más ambiciosas salidas del espacio postsoviético. Una ciudad de provincias ubicada en los confines de un imperio mudó como por arte de magia en la capital de un nuevo país. Encima, lo hizo con la pretensión de convertirse en el epicentro de Eurasia, esa leyenda de la geopolítica periférica. En lengua kazaja, Astaná significa precisamente capital, una correspondencia entre el nombre y la cosa que habría hecho las delicias de Ferdinand De Saussure. El traslado de la capital, que antes estuvo en Almaty, significó también la mudanza de los organismos del Estado y de miles de funcionarios y sus familias. Los kazajos suelen decir que la compleja operación buscaba acercar a los ciudadanos al gobierno, aunque basta echarle una ojeada al mapa de Kazajistán para constatar que el cambio no entraña accesibilidad alguna en términos geográficos. Como basta asomarse a las calles de Astaná para ser conscientes de que los vecinos de los confines del país no tienen nada que hacer en las flamantes avenidas sembradas de edificios de Norman Foster, lujosos gimnasios, restaurantes y salones de Spa o sofisticadas tiendas de decoración y showrooms de electrodomésticos de la casa Gaggenau. Al fin y al cabo, todas las disquisiciones sobre el motivo del cambio acaban con un guiño y un encogimiento de hombros que vienen a decir que la razón última, que es también la de todo lo que ha sucedido allá para bien o para mal durante el último cuarto de siglo, remite a un nombre propio, el del hombre que pasó del sillón de secretario general del partido comunista en tiempos soviéticos al de presidente del Kazajistán independiente: Nursultán Nazarbáyev.

Museo del primer presidente de la República de Kazajistán. Foto: Jorge Ferrer

Museo del primer presidente de la República de Kazajistán. Foto: Jorge Ferrer

El encargo de diseñar el plan urbanístico de la ciudad nueva recayó en el japonés Kisho Kurokawa, cuya visión filosófica de la arquitectura la concebía en clave de metabolismo y ecología. No obstante la elección —sin dudas un acierto—, en Astaná uno tiene la sensación de pasear por una ciudad sembrada de edificios calculados a vuelo de pájaro, en un paisaje digno de los arquitectos que el urbanista danés Jan Gehl llama arquitectos birdshit, es decir, los que proyectan desde la distancia y delante de una maqueta de la ciudad sobre la que dejan caer sus edificios como los pájaros sus deyecciones.

Invención genuinamente poscomunista, el «Dubai de la estepa», como se conoce también a Astaná, se coló en las salas de estar de medio mundo con la adquisición de un equipo ciclístico que corre todas las grandes carreras —el Astana Pro Team— y se acomodó en las habitaciones de hotel de todo el planeta con periódicos anuncios en cadenas como Euronews o CNN. La EXPO que se celebrará entre el 10 de junio y el 10 de septiembre próximos es otro anillo en la espiral de esa campaña permanente de promoción de un país al que no le faltan ambición y mucho menos dinero para ello, porque cuenta con las primeras reservas mundiales de cromo, las segundas de uranio y las décimas de oro. Todo ello en un territorio que hace de Kazajistán el noveno país más grande del mundo —más de cinco veces el territorio de España— con una población de apenas 18 millones de personas.

La EXPO 2017 se propone como un foro de alto nivel para imaginar la producción y el uso de las energías fósiles y alternativas en las próximas décadas. Confirmada la participación de 112 países y 18 organismos internacionales, España acude con un pabellón que costará cuatro millones de euros y mostrará las experiencias y el potencial empresarial del país en el campo de las energías renovables. Que Kazajistán, el décimo segundo exportador mundial de crudo, sea el promotor de un foro mundial sobre energías alternativas de esa envergadura muestra la voluntad de las elites kazajas de emular a Dubai y otros principados del Golfo que buscan diversificar sus economías basadas en la exportación de materias primas.

Edificio central del complejo de la EXPO2018, Astaná. Foto: Jorge Ferrer

Edificio central del complejo de la EXPO2018, Astaná. Foto: Jorge Ferrer

A escasas semanas del pistoletazo de salida de la EXPO 2017, los organizadores pasean al visitante en autobús y solo le permiten bajar a cierta distancia de los impresionantes edificios principales. Son 25 hectáreas de terreno en las que crecen los pabellones, el Palacio de Congresos de Astaná, complejos de apartamentos, un hotel y el centro comercial Mega Silk Way, ya abierto al público. En el epicentro se alza el pabellón del país anfitrión: un espectacular edificio de forma esférica —con sus cien metros de envergadura es el más grande de su tipo en el mundo— que albergará más adelante un Museo del futuro. Las obras, coordinadas por el estudio de arquitectura Adrian Smith + Gordon Gill Architecture, de Chicago, aún no están acabadas y la machacona insistencia en que todo está bajo control recuerda aquella anécdota que contaba Manfredi Nicoletti, el arquitecto italiano que construyó la Sala central de conciertos frente al Palacio presidencial de Astaná, de cómo Nazarbáyev solía bromear con él, durante la construcción, diciéndole que tenía bajo permanente control las obras y a sus ejecutores desde las ventanas de su despacho. Un nutrido ejército de obreros se afana a toda prisa y el viajero que los admira desde la altura del hotel Marriot evocará aquel verso de T. S. Eliot sobre otra «ciudad irreal»: «Veo muchedumbres vagando en círculos». Es de La tierra baldía, que parece una estupenda definición de la estepa.

Pero aun en la ciudad que solo quiere hablar del futuro, el pasado asoma como un zorro hambriento. Kazajistán se reivindica parte de la Ruta de la seda que unió durante siglos a Oriente y Occidente en una madeja de rutas comerciales que tuvieron un impacto fundamental en el vínculo cultural entre las civilizaciones. También la naturaleza nómada del pueblo kazajo hasta la llegada del poder soviético es motivo de exaltación. Las ubicuas gasolineras de NomadOil dan fe de ello. En clave bien distinta, el pasado más reciente, el pasado soviético, ha sido borrado con afán. En la moderna Astaná no hay un solo museo dedicado a los años en que Kazajistán fue una tierra por conquistar para los jóvenes llegados de toda la URSS o una cárcel al aire libre a la que enviar al destierro a pueblos enteros: chechenos, polacos, alemanes… Apenas un modesto monumento recuerda el islote del Archipiélago GULAG ubicado en Akmolá, como se llamaba la pequeña ciudad antes de convertirse en Astaná, un campo destinado a la reclusión de las esposas de aparatchiki y escritores caídos en desgracia. La madre de la bailarina Maya Plisétskaya y la viuda del novelista Borís Pilniak fueron apenas dos de ellas. Un espectacular salto en el tiempo conduce del Museo nacional, donde se glorifica el pasado remoto, al Museo del primer presidente de Kazajistán —es decir, el mismo que ocupa el cargo desde 1991. Los desiertos salones de la casona acogen los regalos recibidos por el presidente, el despacho donde dio inicio la historia moderna del país y los pintorescos esfuerzos por convertir a Nazarbáyev en una suerte de prócer cuyo linaje se remonta a los orígenes de los kazajos. Todo ello está custodiado por celosas damas que exigen al visitante contener la propensión natural de todo ciudadano llegado de lejos a enarcar las cejas o esbozar una sonrisa ante el retrato napoleónico del presidente que parece mirar a la pantalla de plasma desde la que pronuncia un discurso.

En Kazajistán nadie reirá el viejo chiste que aseguraba que el imperio soviético era un imperio a la inversa, porque no era la metrópoli la que esquilmaba a las colonias, sino estas las que saqueaban sin cesar las arcas del imperio. Aquí la percepción es distinta y la lista de agravios es larga. Las secuelas de las pruebas de armas nucleares en el polígono de Semipalátinsk —actualmente Semey, a 780 km al este de Astaná—, son uno de los más notables. Que el cosmódromo de Baikonur, epicentro de la conquista del espacio en los años de la URSS, permanezca en manos rusas tampoco parece generar mucha alegría.

Venir a una ciudad donde se está construyendo el futuro es una experiencia vigorizante. Dejarse caer por un lugar del mundo que vive embelesado en su propio nacimiento, que vive absorto en su propia invención. Y advertir los movimientos minúsculos, los pequeños detalles, los momentáneos colapsos de ese Matrix alucinante. Atravesando estos días Astaná, el viajero encuentra vallas que anuncian el complejo de lujo Barcelona, que se anuncia con una bailarina flamenquísima. Los bloques del Barcelona incluirán tres tipos de apartamentos que se comercializan bajo los nombres, vagamente catalanes, de Costa tropical, Costa del Marisme (sic) y Costa del Graf (sic). Graf es conde en ruso, como en alemán, con lo que el promotor kazajo ha convertido a la costa del Garraf en artículo de lujo con peso nobiliario. A la flamenca bailarina de las vallas le habrá hecho una gracia tremenda la operación.

De camino al aeropuerto, el viajero se despide mentalmente del centro comercial Sine Tempore y el taxista abandona por un instante su mutismo para avisarle, sin que se le preguntara, de la tristeza que le produce saber que lo van a echar abajo muy pronto. Lo acaba de anunciar el alcalde de Astaná, dice. Del pasado, ni la sombra. El Sine Tempore ya está en la lista de derribos. Es la hora de un tiempo nuevo. Y la EXPO 2017 es su altavoz más próximo.

PS. Un servidor en Astaná

Jóvenes kazajas, Astaná. Foto: Jorge Ferrer

Jóvenes kazajas, Astaná. Foto: Jorge Ferrer

 

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Siberia y el Baikal: Noticias del pozo del mundo

- 10/02/17
Categoría: Letra impresa, Poscomunismo, Rusia, Viajes | Etiquetas: , , , ,
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Revista Osaca Reportaje Siberia Baikal

Reportaje aparecido en la revista OSACA, Número 360, Enero de 2017

Noticias del pozo del mundo

Por Jorge Ferrer

 

Es una extensión inconcebible de agua. Forma parte del capítulo de accidentes geográficos increíbles, de las maravillas naturales del mundo, de los espectáculos de la naturaleza que, una vez vistos, no olvidarás jamás. Nada te prepara para enfrentarte al lago Baikal. A su antigüedad de veinticinco millones de años. Y lo que más te confunde es la propia denominación de lago, desbordada enseguida por esa masa de agua a la que te asomas: un mar de agua dulce. Cuando navegas sobre el Baikal, te sobrecoge la idea de que estás flotando sobre más de un kilómetro de agua que beber. Concretamente, el 20% del agua potable no congelada del planeta. El Baikal es un inmenso brazo de agua que se extiende en vertical por la Siberia oriental a lo largo de 636 km de largo y una anchura máxima de 79 km. En total son 2.100 km de costa repartidos, casi a partes iguales, entre dos regiones de la Federación rusa: la región de Irkutsk y la República de Buriatia. La mayoría de los viajeros que se acercan al Baikal lo hacen por su lado occidental, viajando a Irkutsk. Muchos aprovechan el ferrocarril Transiberiano, toda una leyenda. Pero hacerlo por la parte de levante resulta una aventura extraordinaria, porque la región de Buriatia es, además, uno de los centros espirituales del budismo en Rusia y patria involuntaria de los viejos creyentes, la secta deportada a Siberia tras el cisma que padeció la iglesia rusa en el siglo XVII. Visitar a unos y otros constituye una excelente gimnasia espiritual que prepara muy bien para el encuentro con el Baikal, esa suerte de pozo del mundo.

 

El viaje

De Madrid o Barcelona se vuela a Ulán-Udé a través de Moscú. Aeroflot, la principal aerolínea rusa, ofrece numerosos vuelos entre España y la capital rusa. Es viaje largo –algo más de diez horas en dos tramos– que nos situará a una distancia mayor que si nos hubiéramos ido al Caribe, por ejemplo. Habremos cruzado el mismo número de husos horarios, seis, aunque en dirección opuesta. Por eso es buena idea hacer noche en Moscú. Una visita a la Plaza roja y al Kremlin resulta un espléndido aperitivo antes de seguir viaje a Siberia.

El aeropuerto de Ulán-Udé, capital de la República de Buriatia, parece sacado de una película de espías de los setenta. Otrora una etapa significativa en las rutas de la seda y del té, los lugareños se vanaglorian todavía del número de millonarios que acogía la comarca durante ciertas décadas del s. XIX. No obstante, quedan pocas huellas de esas glorias de antaño en una ciudad cuya plaza central está ocupada por una cabezota de Lenin que con sus siete metros de altura tiene asiento en el Libro Guinness de los récords. Detrás de ella se sitúa el edificio que alberga el ayuntamiento de la ciudad y el gobierno de la República de Buriatia. El parlamento regional ocupa otro bloque a la derecha y entre ambos, separándolos o uniéndolos, según se mire, el inmenso edificio que acogió la sede local del KGB en tiempos soviéticos. Las ciudades de provincias son transparentes como las aguas de los 336 afluentes que alimentan el Baikal.

Dmitri Frolov, guía oficial de Ulán-Udé, un tipo nervioso y tierno que pone su corazón en la descripción de la ciudad que adora, carga con un bolso que parece contener todo el pasado de la urbe, sus edificios y sus leyendas, en viejas fotografías. Cuenta, por ejemplo, que cuando se construyó el Teatro de la ópera, el único de su tipo en esas latitudes, pintaron un retrato de Stalin en el techo. Corrían entonces los años de posguerra y el Amo, como llamaban a Stalin sus subalternos, era tenido por salvador de la Patria. Pero pronto llegaron las denuncias de los horrores del estalinismo, de los que tanto se sabía en Siberia, y el retrato fue ocultado debajo de una capa de pintura. No obstante,  dicen que todavía hoy quienes asisten a la ópera descubren el rostro de Stalin escrutando la platea, si se dan ciertas condiciones de iluminación en la sala.

Ulán-Udé, con su discreto encanto provinciano, su calle peatonal llena de paseantes que aprovechan los primeros días del otoño, su simpático monumento de Chéjov, a quien tenían allá por un excéntrico, su inevitable hombre del acordeón que entretiene a los forasteros con música alegre y maneras sobreactuadas a cambio de unas monedas, resulta un magnífico trampolín desde el que proyectarse a los paisajes extraordinarios de Buriatia, en los confines de Rusia.

 

El Datsán de Ivolguinsk

A apenas 40 km de Ulán-Udé, en el fondo de un hermoso valle rodeado de montañas, se encuentra el Datsán de Ivolguinsk, el más importante del centenar de monasterios budistas con que cuenta Rusia, su centro espiritual. El budismo llegó al imperio ruso desde el Tíbet, a través de Mongolia, en el s. XVII. Inicialmente tolerado en la Rusia zarista, y hasta favorecido por el zar Nicolás II, quien invitó al Hambo Lama a la celebración del tricentenario de la dinastía de los Romanov en 1913, la práctica del budismo fue perseguida durante los años soviéticos y ha vivido un saludable resurgimiento en la Rusia poscomunista. Ello es perfectamente apreciable en el magnífico estado de los templos y el creciente número de peregrinos que visitan los lugares sagrados. Actualmente, el número de creyentes budistas en Rusia se calcula en unos 200.000.

Levantado en 1945 por lamas que sobrevivieron al Gulag, el Datsán de Ivolguinsk es un impresionante conjunto arquitectónico que reúne diversos templos, la universidad budista, edificios para el alojamiento de alumnos y profesores, un anfiteatro, un museo de arte buriatio y una biblioteca. Traspasadas las puertas del complejo, el visitante es invitado a rodearlo avanzando por la izquierda, como manda la tradición, haciendo rodar los molinos de oración que contienen el mantra Om mane padme un, el mismo que se puede leer en las colinas a lo largo de la carretera que conduce a Ivolguinsk. Deambular por el monasterio, cruzándose a cada paso con las figuras esbeltas y silenciosas de los monjes absortos en sus faenas, entregarse a la serena monotonía del lugar, genera esa suerte de paz interior que solo se alcanza en los lugares santos.

El Datsán de Ivolguinsk es un lugar de peregrinaje al encuentro del Hambo Lama Itiguilov, una influyente figura del budismo ruso en el primer cuarto del siglo XX. Enterrado en 1927, el cuerpo de Itiguilov fue exhumado tres veces, la última en 2002. El estado de conservación de su cuerpo, que no fue sometido a proceso de momificación alguno, sorprende a los científicos forenses y admira a los fieles que viajan a verlo desde todo el mundo. Sentado en la posición de loto dentro de una urna de cristal y carpintería de aluminio ubicada en el templo principal del conjunto, Itiguilov produce una impresión a la vez incómoda y sublime. El aserto de los creyentes de que se trata del único hombre que ha superado la muerte y que, por lo tanto, lo vemos aún vivo, en estado de nirvana, genera un intenso desasosiego. Al visitante se lo anima a pedirle lo que se le antoje, en cualquier idioma y sea cual sea su credo. Yo pedí algo que no revelaré aquí por su carácter íntimo. Un zumbido del teléfono me avisó de la llegada de un mensaje en el instante mismo en que le hablaba al santo. Al salir del templo, tenía el aviso de un descuento en la óptica que frecuento, que no es un mal asunto para empezar.

 

Los viejos creyentes

Siberia es en nuestro imaginario sinónimo de deportación y exilio. ¡No nos lo hemos inventado! Durante siglos, zares y chekistas enviaron allá a padecer el crudo clima de Siberia, la terrible soledad de Siberia, a millones de disconformes y disidentes. Buena parte de los decembristas, el grupo de jóvenes militares salidos de la aristocracia que se levantaron contra Nicolás I en 1825, fueron a dar con sus huesos a Buriatia, donde se los reverencia. La entrega que mostraron sus esposas, acompañándolos, mientras dejaban atrás las mieles de San Petersburgo, es tenida en Rusia como ejemplo de amor sublime y ha sido cantada por sus poetas.

Antes aún, Siberia fue incómodo puerto de destino para los viejos creyentes, que es como se conoce a quienes rechazaron la reforma eclesiástica promovida por el Patriarca Nikón y abandonaron la iglesia ortodoxa rusa en 1666. Gentes de una rara autenticidad, los raskólniki, como también se les llama, han cultivado la fe y las costumbres de sus ancestros, acarreándolas de generación en generación, hasta hoy. En Tarbagatai, un pueblo ubicado a cincuenta kilómetros de Ulán-Udé, se puede visitar una iglesia de esa congregación donde el padre Serguii o su corpulento ayudante narran con notas no exentas de humor la trágica historia de los viejos creyentes y explican sus costumbres ayudados por un museo que el propio Serguii se ha ocupado de reunir a lo largo de los años. El orgullo de haber perseverado en la fe  de los antiguos, de haberle ganado sendas batallas al zarismo y al régimen soviético, convierten en una historia de éxito lo que uno habría percibido como un relato de horror y desesperación.

Saciada la curiosidad del visitante, pero abierto su apetito, a unos pocos kilómetros espera la aldea Desiátnikovo, que forma parte de la red «Los pueblos más bonitos de Rusia», entidad asociada a otra red de escala mundial a la que también está integrada España. Allí unas divertidas ancianas sirven comidas tradicionales y, tras los postres y la copita de aguardiente, ofrecen un espectáculo musical que concluye con la escenificación de una boda según el rito conservado a lo largo de los siglos. Por cierto, aviso que la ceremonia incluye negociar jocosamente el precio de la dote y pagarlo en rublos contantes y sonantes. Y doy fe de que no permiten escurrir el bulto al novio elegido para la representación.

 

Jorge Ferrer Baikal Siberia Rusia

 

El Baikal

Zandra Zandaguiev, el ministro de economía de Buriatia, es un hombre de hablar pausado, pero firme, que más parece un académico que un político. El desarrollo del turismo en la costa del Baikal se ha convertido en una prioridad del gobierno ruso y el ministro regional habla con entusiasmo de inversiones y hoteles. También de la preservación del entorno natural del lago, cuyo complejo equilibrio ecológico se ha visto amenazado en ocasiones. En el lado buriatio, el gobierno ruso estableció cinco zonas económicas especiales que cuentan con una millonaria inversión del presupuesto federal. Una de ellas, El puerto del Baikal, a poco más de un centenar de kilómetros de Ulán-Udé, ya permite apreciar el resultado de la inversión: potente infraestructura, un paseo marítimo, una marina y un faro. Ahora se trabaja con inversores privados para la construcción de sendos hoteles y chalés de dos clases, una de ellas de gran lujo.

Ese es el futuro del turismo en el Baikal buriatio. Pero el presente ya cuenta centenares de miles de visitantes que se alojan en establecimientos diversos, incluidas casas particulares que se han sumado a la oferta. En todos, reina la célebre hospitalidad rusa, más generosa aún en la remota Siberia, donde la llegada de un viajero fue siempre una fiesta. Tradicionalmente, los meses de verano, de junio a agosto, han congregado la mayor cantidad de visitantes y el funcionamiento óptimo de toda la oferta de ocio: festivales, viajes en barco por el lago, práctica de la pesca deportiva, observación de animales (aves, focas, osos) y los baños de mar en algunas playas donde la temperatura del agua alcanza los 25 grados y la arena es tan fina y blanca como en una playa de California. Pero el encanto invernal del lago, el extraordinario paisaje de su superficie helada, concita cada vez mayor entusiasmo entre amantes de actividades deportivas de riesgo o, simplemente, de experiencias deportivas singulares. Cobra cada vez mayor celebridad el Maratón de hielo del Baikal, cuya próxima edición tendrá lugar el 7 de marzo de 2017, y donde ya se han visto corredores españoles.

Un buen destino es el complejo Baikálskaya Riviera, tal vez el mejor alojamiento en esa parte del lago, una serie de chalés de olorosa madera de pino, habilitados con todas las comodidades, incluida una sauna rusa tradicional. Su directora, la encantadora Marina Zapolskaya, siberiana de pura cepa, es una enciclopedia de las costumbres de la región y el Baikal, su peculiar fauna conformada por un 80% de especies endémicas. Marina habla con ardor de la mística que rodea al lago, de la manera en que le cambia la vida a todo el que se entrega a su embrujo. Es habitual terminar las noches en el complejo, ubicado junto al lago, en torno a una hoguera donde se asa en espetones el ómul, un salmónido que constituye el eje vertebral de la gastronomía del lugar, y se escucha ulular el viento, tal vez el temido barguzín, mientras alguien rasga las cuerdas de una guitarra.

Siberia es un espacio inmenso donde conviven, como en un planeta distinto, como en una luna a la que nos diéramos un salto en avión, una naturaleza absolutamente impresionante, una historia que junta el dolor de los deportados con el afán de los buscadores de oro, la perseverancia en la fe de los antiguos que muestran los viejos creyentes y los budistas con la realidad cotidiana de gente hospitalaria, entrañable. Y el Baikal. Ese alucinante pozo del mundo.

 

 

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