El traductor como hombre invisible: literatura rusa y traducción en España

- 11/05/18
Categoría: Entrevistas, Libros, Literatura, Rusia, Traducciones | Etiquetas: , , , ,
Imprimir Imprimir


Carlos Espinosa me ha entrevistado para Cubaencuentro sobre mi carrera como traductor literario de literatura rusa. La entrevista, que reproduzco aquí para archivo, apareció publicada el 11 de mayo de 2018 en Cubaencuentro.com

La capacidad de tornarse invisible

En esta entrevista, Jorge Ferrer habla acerca de su labor como traductor del ruso. Esta se plasma en 25 libros, entre los cuales, confiesa, hay una docena que se alegra enormemente haber trasladado al español

Carlos Espinosa Domínguez, Aranjuez | 11/05/2018 9:19 am

El lector ideal, afirma Alberto Manguel, es el traductor. Y lo argumenta expresando que “es capaz de disecar el texto, quitar la piel, cortar el hueso hasta la médula, seguir cada arteria y cada vena y luego dar vida a un nuevo ser viviente”. Es coincide con lo que sostiene Valery Larbaud, para quien traducir es “penetrar en la obra a un nivel más profundo de lo que podemos hacer con una simple lectura; significa poseerla más completamente, apropiárnosla en algunos sentidos. Ese es nuestro objetivo, plagiarios como somos todos en origen”.

A esas opiniones conviene agregar que traducir quiere decir llevar de un lugar a otro. Y eso es precisamente lo que desde hace años hace Jorge Ferrer (La Habana, 1967): ha traído a nuestro idioma una parte de la enorme riqueza de la literatura rusa. Esa labor lo ha convertido, junto con la española Marta Rebón, en el mejor traductor que actualmente se dedica a esa especialidad en España. Su actividad profesional le ha ganado un merecido prestigio y le ha reportado además varios reconocimientos. En 2014 obtuvo el premio La Literatura rusa en España, que otorga la Fundación Boris Yeltsin por su versión al castellano de El pasado y las ideas, las monumentales memorias de Alexander Herzen. Acerca de ese trabajo, Ricardo San Vicente, catedrático de literatura rusa de la Universidad de Barcelona, comentó que se trata de “una labor de exégesis y traducción digna de elogio”. Antes, en 2009 y 2012, Ferrer había obtenido sendas menciones en ese mismo premio por sus traducciones de Mijaíl Kuráyev (Ronda nocturna) y Vasili Grossman e Ilyá Ehrenburg (El libro negro). En 2014, formó parte de la lista de nominados al Premio Read Russia, que distingue las mejores traducciones de obras rusas a cualquier lengua.

En el listado de títulos trasladados al español por Ferrer, figuran, aparte de los autores mencionados, Liudmila Petrushévskaya, Nikolai Leskov, Serguei Lukyanenko, Mijaíl Gorbachov, Iulia Latinina, Vasili Rózanov, así como los Premios Nobel Iván Bunin y Svetlana Aleksiévich. En esas traslaciones, Ferrer aplica cumplidamente la idea del lector ejemplar que sostienen Manguel y Larbaud. Su aguda penetración y su colaboración amorosa con los textos dan como resultado unas traducciones en las que consigue el gran mérito de borrar su presencia, de pasar inadvertido. Y sobre todo, al leerlas logran crear la ilusión de que estamos leyendo no una traducción, sino el original.

En las líneas que siguen, Ferrer se refiere a su trabajo como traductor, y responde al cuestionario que le envió este cronista, a través del correo electrónico.

¿Dónde aprendiste ruso? Y a propósito de ese idioma, ¿es tan difícil como parece?

Aprendí las primeras palabras de lengua rusa en el barrio de Los Quemados, en La Habana. Mi padre había sido nombrado para un puesto en Moscú y ante el inminente traslado de la familia trajeron a una preceptora que nos preparara a mamá, mi hermana y a mí para el passage. Esas primeras clases no sirvieron de mucho, como pude comprobar después. Ya en Rusia, entonces aún llamada Unión soviética, cursé el bachillerato e hice estudios universitarios. De la dificultad… Bueno, tanto la gramática como la fonética entrañan un reto importante para quien tiene el español como lengua materna. Pero el esfuerzo de aprenderlo se paga muy bien: el placer de leer en lengua original a Brodsky o a Ajmátova, a Bunin o a Chéjov merece todo el afán.

¿Cómo te iniciaste en la traducción literaria?

Antes de venir a España en 1994, traduje unas cartas de Dostoyevski para la revista literaria El Caimán Barbudo que finalmente no aparecieron publicadas. Años después, ya en Barcelona, después de más de un lustro trabajando como intérprete de ruso para los refugiados que huían del imperio soviético en descomposición, conseguí mis dos primeros encargos de traducción literaria. Una experiencia demoledora: ambos libros tampoco fueron publicados, si bien mis honorarios me fueron abonados debidamente. El primero, una novela de Vladimir Sorokin, por razones que ya no recuerdo; el segundo, un magnífico librito de Vasili Rózanov, porque la editorial quebró antes de que fuera a imprenta, ya revisadas las galeradas. ¡Imagínate mi decepción! Ya podía creer y decir que me dedicaba a la traducción literaria, pero mis traducciones permanecían inéditas.

De los libros que has traducido, ¿cuál o cuáles has disfrutado más traducir?

En los quince años que llevo dedicado a la traducción literaria han salido de mi mesa unos 25 libros. No es mucho, porque trabajo despacio y combino el trabajo de traducción con otros afanes. De esos libros, hay una docena que me alegra enormemente haber traducido. No parece una mala ratio.

Trabajar sobre cada uno de esos libros ha significado una experiencia singular, pero hay algunos que, por razones diversas, me han producido una satisfacción especial. El libro negro (Galaxia Gutenberg, 2011), la voluminosa compilación de los horrores perpetrados por el ejército del Tercer Reich en la Unión Soviética ocupada que hicieron Vasili Grossman e Ilyá Ehrenburg, es uno de ellos. El año que pasé trasegando ese horror día a día fue una experiencia demoledora. Téngase en cuenta que la traducción de cualquier libro, y particularmente los que son de índole histórica o están firmados por autores de una obra importante y ya traducida al español, requieren un trabajo monumental de documentación y lectura, una prolongada y profunda inmersión en el tema y el estilo, en el paisaje cultural e histórico y hasta en la propia vida del autor.
Por otra parte, hay pocos motivos de orgullo mayores para un traductor que traer a su lengua por primera vez a escritores excepcionales, escritores cuya obra venera. En mi obra como traductor hay dos autores así: Mijaíl Kuráyev y Vasili Rózanov. De Kuráyev, escritor petersburgués que vive y goza de muy buena salud, he publicado dos traducciones: Ronda nocturna (Acantilado, 2007) y Petia camino al reino de los cielos (Acantilado, 2008). Otros dos libros suyos, ya traducidos, esperan tomar el camino de la imprenta. El segundo es Vasili Rózanov, escritor, filósofo, pensador asistemático, atrabiliario y amigo del aforismo y la digresión, a quien me gusta considerar el único autor de la literatura clásica rusa que todavía no teníamos en español. ¿Recuerdas que te contaba antes que fracasó mi primer intento de publicarlo, debido a la quiebra de la editorial donde iba a aparecer? Bueno, pues ha sido solo en noviembre pasado que he visto por fin al primer Rózanov en español, primorosamente editado por Acantilado: El apocalipsis de nuestro tiempo (Acantilado, 2017). Un librito absolutamente crucial para entender la revolución rusa desde la óptica de los vencidos, como Kuráyev es un escritor clave para comprender el estalinismo y el mundo soviético, en general.

Al revisar la lista de las obras traducidas por ti, noto la ausencia de libros de poesía. ¿A qué se debe eso?

Aunque soy un lector regular de poesía, sobre todo la escrita en ruso y español, pero también en inglés y francés, no escribo poesía. Por ello tampoco la traduzco, más que muy ocasionalmente y por mera diversión. En mi hilo de Facebook, donde comparto mis lecturas y afanes diversos, publico la traducción de un poema muy de vez en cuando.

¿Cuál es el último libro que has traducido?

Una novela espléndida, que fue una sensación en Rusia cuando se publicó en 2015 y arrasó con los mejores premios literarios allá. Su título, Zuleija abre los ojos. Su autora es Guzel Yájina y la novela fue su desconcertante debut. Narra la historia de una joven tártara, musulmana, deportada a Siberia en los años del estalinismo. Una extraña historia de amor en los años del Gulag. Una mujer en medio del horror, creciéndose, accediendo a una realidad brutal y liberadora a la vez. Me perdonarás, y ojalá también lo hagan los lectores, pero no quiero contar más. Uno suele tener un apego especial a los trabajos más recientes —algo así como el “kilómetro sentimental” llevado al “folio sentimental”—, y más aún cuando acaba de darlos por terminados, pero en este caso no hay una emoción dictada por la inmediatez. ¡Es que es un libro de veras extraordinario! Uno de esos que uno agradecerá siempre haber tenido el privilegio de traducir. Aparecerá en Acantilado en los próximos meses.

¿Has sugerido a las editoriales algunos de los libros que has traducido?

La industria es un ecosistema complejo y los impulsos van en muchas direcciones. Están los editores, los agentes, los autores y los traductores. Y todos intentan llevar el agua a su molino. Los traductores, por nuestra naturaleza autónoma, es decir, externa a las empresas editoriales, proponemos libros y recibimos encargos que aceptamos de mayor o menor grado, o los rechazamos. Hay razones de toda índole para aceptar o rechazar y la económica no es la última. Sería pueril obviar que el negocio editorial es, precisamente, un negocio. O que el trabajo del traductor literario es, precisamente, un trabajo las más de las veces mal remunerado. Por otra parte, como sucede también a los autores, hay proyectos que se reciben por encargo y acaban proporcionando un placer aún mayor que otros nacidos de uno mismo. Comparto un par de ejemplos de mi propia carrera. Las traducciones de El pasado y las ideas, de Alexander Herzen (El Aleph editores, 2013), y de Una familia venida a menos, de Nikolái Leskov (El Aleph editores, 2010), me fueron encargadas por Mario Muchnik. Ambas constituyen dos de los momentos más importantes de mi carrera como traductor. Al primero de esos libros le debo el premio La literatura rusa en España, que me otorgó el Centro del presidente Borís Yeltsin en 2014. Otro tanto sucede con la traducción de El fin del homo sovieticus (Acantilado, 2015), el libro mayúsculo de Svetlana Aleksiévich, que me fue encargado por Jaume Vallcorba. Por cierto, trabajar con hombres como Mario o Vallcorba me ha servido para asistir al amor por los libros en su máxima expresión. No el amor por la literatura, que es expresión común entre la gente que uno frecuenta, sino precisamente el amor por los libros, un precioso objeto que contiene la expresión literaria sujeta entre siglos de oficio, como entre las dos tapas de una edición de lujo.

Hay quienes sostienen que en realidad solo se pueden traducir con éxito aquellos libros que a uno le hubiera gustado escribir. Y que para que una traducción literaria sea inspirada, el traductor debe lograr identificarse con el autor, de modo que el espíritu de este pase a habitarlo. ¿Qué opinas al respecto?

Solo se pueden traducir con éxito (si por éxito entendemos excelencia y brillantez) los libros en los que se trabaja con todo el peso del oficio. Un traductor es un lector minucioso responsable de trasladar a otra lengua el libro que lee. Ha de saber leer y escribir con suficiencia. Ha de ser leal a su oficio: comprender cabalmente lo que lee y traducirlo con fidelidad compartida: la fidelidad que debe al autor y la que debe a los lectores. Y metido en ese juego de fidelidades, el traductor tiene que desaparecer. Su éxito, su excelencia, estriban en su capacidad para tornarse invisible. El lector solo ha de ver al autor. Y, si acaso, al editor que se lo ha traído y dejado a buen precio. Es viejo reclamo del gremio de traductores que nuestros nombres aparezcan en las cubiertas de los libros. Yo siempre digo que cambio mi nombre impreso por un euro más la «holandesa».
Hay salvedades, claro, cuando de la traducción se encarga un gran autor que buscará, en el acto de traducir, explotar las resonancias que tiene la obra traducida en la suya propia, dialogar con el autor. Nabokov traduciendo a Pushkin; Cabrera Infante, a Joyce; Poe, a Baudelaire. O aventuras deliciosas como la traducción del Ferdydurke de Gombrowicz por aquel Comité de traducción que comandaba el gran Virgilio Piñera. Pero el trabajo cotidiano del traductor, el mío, es el martillear afanoso del hombre invisible. No todos los ingenieros acaban pegando saltos en la Luna.

¿Crees que está debidamente reconocido el trabajo de los traductores en España y en el mundo hispano?

El pinkeriano que soy te dirá que es probable que sí. Con las editoriales, va según el editor con el que trabajes: su probidad, su elegancia, su respeto por el trabajo ajeno. Los plazos de entrega o las condiciones económicas de los contratos son términos que a veces se resuelven mejor o peor… La antigüedad y el prestigio suelen conceder alguna ventaja. Pero eso valdrá igual para los traductores y las enfermeras, los ujieres y los sacerdotes. Lo único que nos diferencia claramente a los cuatro es que el oficio de traductor desaparecerá muy pronto, va desapareciendo ya, asumido por máquinas cuya inteligencia artificial volcará de una lengua a otra las novelas y poemas del hoy y el mañana con la misma eficacia y ligereza con que un buen barman nos sirve una copa en la barra. Al barman se le escapan unas gotas a veces, como al bot traductor, al TransBot, se le podrá escapar un matiz. Pero nadie lo echará de menos. ¡También a los humanos se nos escapa a veces algún matiz! ¡Y se les escapa a los traductores! Y también, ay, se me escapan cosas a mí…

Finalmente, quiero preguntarte por tu propia obra. Desde 2001, año en que publicaste Minimal Bildung no has publicado nada más. ¿Es una parcela que has abandonado?

No la he abandonado en modo alguno, aunque crezca la hierba por sus esquinas y se aprecie un charco de agua estancada junto al pozo. Pero continúo labrando esa parcela, empujando el arado, tirando del carro, porque es parcela donde no hay más bestia de carga que uno mismo. Hace unos meses apareció una nueva edición de Minimal Bildung (Bokeh, 2016) y la Maximal Bildung en la que trabajo desde hace años deberá estar lista pronto. Antes, si no lo tuerce mi falta de ambición, aparecerá un libro que recoja estos últimos años de acarreo de la palabra en las redes, desde El Tono de la Voz en adelante.

© cubaencuentro.com

© www.eltonodelavoz.com

Acerca de la literatura contemporánea en Rusia

- 21/03/18
Categoría: Letra impresa, Libros, Literatura, Poscomunismo, Rusia, Traducciones | Etiquetas: , , , , , , ,
Imprimir Imprimir


Recojo aquí para archivo este oportuno reportaje de Paula Corroto, donde comento varios aspectos de la situación de la literatura en la Rusia de hoy. El texto apareció publicado originalmente en el diario El País el 18/03/2018. Véase la edición original.

Los escritores de la era Putin

Un repaso a una realidad literaria en la que las subvenciones tratan de impedir que no decaiga la calidad y las traducciones buscan influencia en el extranjero, pero donde la crítica es residual

Paula Corroto / El País, 20 de marzo de 2018

 

Rusia es una de las madres de la literatura contemporánea. De su seno han surgido nombres que no pueden escapar al canon como Pushkin, Chéjov, Dostoievski, Tolstoi o Nabokov, sólo por citar cinco grandes nombres. Y los rusos lo saben. Sus libros son una buena marca del país, por lo que no extraña que en los últimos años hayan llegado a las librerías españolas —traducidos por una buena generación de traductores— un gran número de nuevos escritores, nacidos en su mayoría a partir de los años setenta, que llegan además con muchos premios literarios bajo el brazo. Galardones que, como afirma el traductor Jorge Ferrer, “son garantía de calidad extraordinaria, a diferencia de lo que nos sucede en España, donde los premios literarios, con salvedades, carecen de un verdadero prestigio literario. En Rusia, donde la corrupción y el dirigismo lo permean todo, esos premios, hasta donde yo sé y veo y leo, permanecen aferrados a la pureza, al empuje de descubrir los trazos de un canon e ir fijándolo. Como si los rusos supieran que todo se puede pudrir, menos la literatura, que todo se puede corromper, menos la estatura que tiene la literatura rusa desde el siglo XIX en adelante”.

¿Las subvenciones anulan la crítica política, social? No del todo, aunque la voz contra el putinismo se alza con cuidado. No sólo han sido los premios. En los últimos tiempos, Rusia decidió dotar de buenos fondos a la traducción. Es la manera de que su voz pueda atravesar las fronteras de este país gigante. Así lo reconocen, además de Ferrer, otros traductores de este idioma como Marta Rebón, o la editora Lucía Barahona, de Automática Editorial, un sello donde más de 60% de sus autores procede de este país. “El gobierno ruso creó un instituto de la traducción y han dado muchísimas ayudas. Sobre todo hace unos años. Fue una partida que hubo, y muchas de las obras que nos han llegado últimamente, también los grandes clásicos, proceden de estas ayudas. También hay un organismo autónomo, el Instituto Projorov, que ha dado mucho dinero y nos ha ido premiando a los traductores”, sostiene Rebón. “Sí, desde hace unos años el gobierno ruso está metiendo mucho dinero a la traducción y también a los escritores. De hecho, hay gran cantidad de de blogs con gente que está siguiendo a este nuevo universo de literatos. Y nosotros nos fijamos mucho para ver qué es lo que sale de ahí”, añade Barahona.

¿Las subvenciones anulan la crítica política, social? No del todo, aunque la voz contra el putinismo se alza con cuidado. Como señala el traductor Ferrer, “hay de todo como en botica. Zajar Prilepin se ha ido a la guerra en Ucrania del lado ruso; Guzel Yájina prefiere no hablar de política. La gran dama de la literatura rusa Liudmila Ulítskaya sí se ha convertido en una voz fundamental de la oposición liberal al putinismo y ha sido hostigada por ello. También la bielorrusa y Nobel Svetlana Aleksiévich, cuyo último libro El fin del homo sovieticus, que traduje para Acantilado, generó una polémica enorme en Rusia, nada favorable a ella. En la subdemocracia o democracia de baja intensidad que es Rusia, el rol del intelectual vuelve a ser aquel de consciencia y elocuencia de la sociedad que quería Foucault”. Rebón, por su parte, indica que al hacer su trabajo, jamás ha tenido un problema de censura, “y en el mundo de la literatura promocionan a gente que también ha sido muy crítica con el gobierno”.

Precisamente, entre estos ejemplos, la editora Lucía Barahona cita Exodo, de DJ Stalingrad, (Automática, 2015), que retrata la Rusia del nuevo milenio donde la URSS ya sólo queda como un mero recuerdo, y “aunque no menciona a Putin, sí está todo englobado dentro del capitalismo y neoliberalismo brutal del país. Cuenta cómo está la juventud allí, que quiere hacer otra cosa que no sea dentro de ese sistema neoliberal”.

Las nuevas temáticas: distopías, guerra y pasado sofisticado

De alguna manera, las narraciones distópicas ayudan a retratar una actualidad con la posibilidad de evitar censuras. Y este es un género que también está pegando fuerte en la Rusia actual (y que llega a España). Son autores como Anna Starobinets (Refugio 3/9, Nevsky, 2015), Vladímir Sorokin (El día del opríchnik, Alfaguara, 2008), Dmitri Glukhovsky (Metro 2033, Timun Mas, 2013) o Andrei Rubanov (Clorofilia, Minotauro, 2012). Para Barahona, esto se debe a que después de la caída de la URSS “se vivieron momentos difíciles por lo que no es extraño mirar otros universos donde las cosas pudieran ser al menos diferentes. Si conviertes algo en una distopía puedes poner un punto de partida diferente, uno que tú construyes y el lector acepta”.

Desde el Centro Ruso de Ciencia y Cultura, en Madrid, encargado de las actividades para promocionar la cultura rusa, Natalia Sarymova también comenta que esta es una de las tendencias más actuales. “Son historias terribles donde se desarrollan acontecimientos. No se sabe si pretenden asustar o quitar el miedo. También se habla del control de las redes sociales. El razonamiento sobre la corrección política y la tolerancia: ¿pueden indicar el comienzo de la destrucción de la humanidad? Indudablemente este género de literatura va a continuar. Las catástrofes y las historias macabras tienen larga vida”.

Otras temáticas son las guerras y la mirada al pasado, al estalinismo. Sobre la primera Sarymova afirma que es cierto que han aparecido “novelas muy duras y al mismo tiempo filosóficas” sobre la guerra y la cárcel con personajes en situaciones inhumanas. Un buen ejemplo es Patologías, de Prilepin, que aborda su experiencia personal en Chechenia. Sobre la mirada al estalinismo, Jorge Ferrer comenta que ahora es mucho más sofisticada que en años posteriores al régimen soviético, cuando tuvo un marcado carácter de denuncia. “En este caso destacan las novelas de Yájina, Zuleija abre los ojos y El Convento, de Prilepin: el estalinismo visto como espacio sometido a la literatura y no como cárcel que sometió a los literatos. Es un cambio de perspectiva extraordinario”, afirma el traductor.

Los nuevos escritores seguirán llegando a las librerías. En parte por el dinero ruso, aunque “la crisis económica en Rusia, que ha sido severa y de la que apenas comienzan a salir, ha golpeado los fondos de los que se nutren esos proyectos”, admite Ferrer; pero también porque en España hay una buena cantera de traductores, como sostiene Marta Rebón: “A raíz de los estudios de Filología Eslava salieron muchos. Y dentro de diez años tendremos emigrados, los hijos de los rusos de la Costa del Sol, y vamos a tener a hijos de rusos que dominan perfectamente el español y esto se notará en las librerías, porque buscarán libros que les hablen de sus países de origen”. Y Rusia, además, seguirá haciendo marca de país con su literatura.

RUSOS A LOS QUE SEGUIR LA PISTA

Guzel Yájina (Kazán, 1977). Ganadora del premio Booker ruso por la novelaZuleija abre los ojos, de próxima publicación en Acantilado. Se trata de una relectura del estalinismo, concretamente de la deportación de los tártaros a Siberia por Stalin.

Zajar Prilepin (Oblast de Riazán, 1975). Autor de novelas comoPatologías (Sajalín, 2012), en la cuenta su experiencia personal en el guerra de Chechenia. Próximamente se publicará El convento, una aproximación al Gulag.

Gary Shteyngart (San Petersburgo, 1972). Ha publicado en España las novelas El manual del debutante ruso(Alfaguara, 2010), Absurdistán (Alfaguara, 2008) o Pequeño fracaso(Libros del Asteroide, 2015) en el que rememora su infancia en la URSS.

Alisa Ganiyeva (Moscú, 1985). Ha obtenido varios premios y en Rusia se la considera una de las grandes apuestas literarias de las nuevas generaciones. Es autora de novelas como La montaña festiva (Turner), un retrato realista del Daguestán actual.

© www.eltonodelavoz.com

Un buen lío (a partir de un libro de Arcadi Espada)

- 13/03/18
Categoría: Libros, Media, Periodismo | Etiquetas: , , , , ,
Imprimir Imprimir


Esta reseña de Un buen tío. Cómo el populismo y la posverdad liquidan a los hombres (Ariel, 2018), de Arcadi Espada, apareció publicada primero en Hypermedia Magazine, el 9/03/2018

 

Un buen lío

Por Jorge Ferrer

 

Un día del verano de 1989, el año en que acabaron la mitad de las cosas y se comenzaron a desparramar casi todas las demás, M. y yo bajamos de un desvencijado autobús a las puertas del monasterio de Rila, al sur de Sofía, Bulgaria (42°07’60.00″ N 23°20’15.00″ E, por su asiento en el GPS que no se gastaba entonces, en la Europa ufana de haber escapado de otra guerra). Estudiaba yo periodismo al otro lado del Telón de Acero, en las faldas del Kremlin, y parecía natural que me preguntara por la verdad en el mundo cuyo periódico #1 llevaba la palabra Правда, “verdad”, en la cabecera.

Plantarnos ante la iglesia del monasterio, cuyos muros exteriores están cubiertos de frescos que Jacobo de la Vorágine habría saludado tanto como lo acababa de hacer entonces la UNESCO, fue una experiencia tremenda. Una suerte de fugaz Stendhal epistemológico, diría. En metros y metros de pared, con ejemplar ostentación, se exponían vidas de santos, historias del Nuevo Testamento, relatos bíblicos. Ya se sabe de la condición pedagógica de los retablos, donde en un puñado de imágenes encaramadas se educaba a una grey analfabeta en las verdades de la fe. En su relato, al menos. Su puntilloso relato, libro a libro, versículo a versículo, epístola a epístola. Las vidas de Santos en imágenes, en viñetas. Un cómic lleno de fake news, de la originaria en adelante.

Cuando tuve en mis manos el último libro de Arcadi Espada, Un buen tío. Cómo el populismo y la posverdad liquidan a los hombres (Ariel, 2018), me vino a la mente como un fogonazo la imagen de los muros del Monasterio de Rila, dechado de propedéutica y pedagogía.

Un buen tío es la historia de un asesinato, cuya víctima aún respira. El forense es Espada, un perito forense que cumple con la rutina notarial del oficio: una a una va listando las erupciones y las huellas de la patología, hasta que el diagnóstico, como aquellos del Dr. House, es tan demoledor para el paciente, como deslumbrante y pedagógico para el médico practicante: el periodismo, aporreado en el teclado populista, es un arma muy peligrosa en manos de niños que entregados al capricho de sus sesgos pueden liquidar a los hombres. ¡Y sin rendir cuentas por ello! ¡Sin pagar! Se paga la sangre del asesinato, pero la tinta del “character assassination” sale gratis. Se paga la puñalada y el disparo a bocajarro. Las portadas, no. Nadie viene a cobrarte por ellas.

A lo largo de tres años, el diario El País, que no es solo —para decirlo con la misma cursilería con que se llama a Iberia “aerolínea de bandera”— el “diario de referencia” de España, sino, muy probablemente, el diario más influyente hecho en lengua española, publicó 169, ¡ciento sesenta y nueve!, portadas que incluían el nombre de Francisco Camps, a la sazón presidente de la Generalitat valenciana, el gobierno de una de las diecisiete comunidades autónomas que conforman el Estado español. A Camps, que acabó dimitiendo por la presión mediática traducida en presión política y judicial, o viceversa, se le acusaba de haber aceptado cuatro trajes de una trama de empresas a las que presuntamente favorecía con contratos públicos de diversa índole. Ciento sesenta y nueve portadas en tres años por cuatro trajes, una desproporción que debería haber escandalizado a todos y más a los periodistas de otros medios que asistían a la cacería haciendo las veces de ojeadores.

Alguien diría que qué venturoso país —El País—, donde los periódicos pueden tratar con tamaño énfasis una noticia de esa índole con tal asiduidad, qué feliz país donde nada ocurre y qué mundo más venturoso el de la geografía que habita, donde cuatro trajes comprados en una tienda del montón dan para 169 portadas. La realidad, la historia, si prefieren, disipa esa ilusión. Y Espada, puntilloso notario, se ocupa de anotarlo. Los tres años en los que se produjo esa cacería ardua, grotesca ¡y sobre todo estéril!, fueron los de la peor crisis económica que conoció España después de superados los primeros años de la posguerra, años en los que, apenas un dato, el índice de desempleo se encaramó por encima del 25% de la población activa.

De las 169 portadas, Espada selecciona 120, las incrusta en el libro y las acompaña de un doble comentario, uno que sigue la materia de la que se fabrican los hechos, esos animalitos más verticales que casi todos los hombres —“Como las ficciones, las mentiras suelen estar basadas en hechos reales”, escribe—, y otra, donde hace suyas las voces con las que comentó el caso (¡el proceso!) a lo largo de los cuatro años que trabajó sobre el libro.

El periodismo “es una verdad en marcha”, que corre siempre el riesgo de convertirse en “una mentira en marcha”. Encima, en tanto empresa, se enfrenta a retos enormes, entre los que la democratización del acceso a la información no sujeta al fact-checking y la proliferación de fake news multiplicadas por redes de una penetración inmensa, genuinamente masiva, son solo dos. Dos en uno.

El periodismo, como un soldado que recorre el campo de batalla con el bofe fuera, sabe que muere, pero quiere morir matando. Muere cierto periodismo, cabe decir. Como cabe separar al soldado torpón o henchido que se entrega a la muerte sordo, ciego, henchido de rabia o inflamado de orgullo, mientras otros le pasan al lado, más listos, más cautos, afinando mejor la puntería. “El policía, el juez y el periodista pueden y deben trabajar, como el tenista, con independencia de sus convicciones”, escribe Espada.

Creo que fue Juan Abreu quien me dijo que había leído Un buen tío como si fuera un thriller. Una apreciación muy atinada, porque uno va avanzando por lo que parece la perfecta urdimbre de un crimen, la afanosa conspiración contra un hombre. Pero Espada, hombre de un optimismo intelectual a prueba de trajes, piensa, a despecho también de Francisco Camps, que en esta historia por no haber nobleza alguna ni siquiera hay la de la literatura de espías, y que todo se debe, más bien, a la pereza, a la insobornable pereza, aliada con la mala fe, de quienes parecen rendidos a su incompetencia, a la acidia que denunció Mark Thompson en Enough Said.

Un buen tío es un libro sobre “los procedimientos del periodismo”. En una carta que Espada escribió a Javier Moreno, director de El País durante los años de la partida de caza para cobrarse a Camps, que no los trajes, le explica: “mi análisis del caso va más allá de la peripecia concreta del político y el periódico y trata de catalogar los mecanismos retóricos mediante los que el periodismo, aliado con el populismo y una suerte de posverdad before de Webster, destruye a los hombres”. En cierto modo, es también un libro sobre los últimos días del periodismo.

No entraré en los detalles —el juez, el fiscal, el sastre, los trajes, los figurantes, los figurones y los figurines, uno con bigotes, otro con apellido elevado a Gürtel— que los libros se leen y para eso hay que sentarse tras haberlos comprado. Pero sí les recuerdo el final, porque es público y notorio, aunque no todos lo conozcan, porque nadie ha querido dedicarle sus 169 correlativas portadas: Francisco Camps fue absuelto por un jurado popular en sentencia ratificada más adelante por el Tribunal Supremo. De manera que entre la primera y la última portada no hay más que la historia de la infructuosa construcción de una mentira.

Deberás contar con esa verdad incontrovertible cuando avances por las etapas de esta cacería. Yo empecé, al abrirlo, comparándolo con un retablo, aquellos frescos de Rila. Con un Libro de horas, incluso, porque hay su mística, hay un Dios, hay idolillos. ¡Y hay diablillos y muchas diabluras! Y no fue hasta el final que descubrí que hay una alegoría aún más precisa para esta construcción del periodista Espada.

¿Recuerda alguien ahí los folioscopios? ¡Ah, cuánto gozábamos con ellos de niños, con esos librillos hechos de viñetas con dibujos sucesivos que semejaban una película de imágenes en movimiento cuando se pasaban las páginas deprisa! Un buen tío, con sus 120 portadas como viñetas, es un curioso folioscopio de cinéma vérité: la exposición, viñeta a viñeta, de un film, ¡un film de terror!, donde el periodismo traicionó su tarea primigenia, que es acarrear la verdad a la mesa donde tomamos el café de la mañana o la pantalla donde buscamos el color que tiene el Pantone del mundo cada tarde. Un periodismo que se ha metido en un buen lío del que Un buen tío lo advierte con precisión, ay, fenomenal.

 

El libro Un buen tío. Cómo el populismo y la posverdad liquidan a los hombres (Ariel, 2018) está disponible en librerías desde el 6 de marzo tanto en copia impresa como en formato para lectura digital

Amazon.es Amazon.com Casa del Libro La Central

 

De contra:

© www.eltonodelavoz.com

La palabra arrestada: literatura y terror en los archivos del KGB

- 07/03/18
Categoría: Letra impresa, Libros, Literatura, Rusia, Traducciones | Etiquetas: , , , , ,
Imprimir Imprimir


 

Cuando el régimen soviético comenzó a resquebrajarse en la segunda mitad de los años ochenta, el poeta Vitali Shentalinski tuvo una idea que le dio un vuelco a nuestro conocimiento de la represión a los intelectuales desde 1917 en adelante. Shentalinski consiguió que el KGB le abriera una rendija a sus archivos para examinar los expedientes de los escritores perseguidos, vigilados, detenidos y asesinados. Y publicar los inéditos secuestrados, además de hacer público el tormento. No fue tarea fácil, naturalmente, pero los aires de renovación traídos por la Glasnost lo hicieron posible.

Shentalinski recogió ese trabajo en tres volúmenes —Esclavos de la libertad. Los archivos literarios del KGB; Denuncia contra Sócrates. Nuevos descubrimientos en los archivos literarios del KGB; y Crimen sin castigo. Últimos descubrimientos en los archivos literarios del KGB— que fueron publicados en los años noventa y los dos mil, traducidos al español por Ricard Altés y Marta Rebón para la editorial Galaxia Gutenberg. Juntos suman algo menos de 1.800 páginas de un valiosísimo trabajo de archivo. Un legado mayúsculo.

Más de una década después de aparecido el último de esos tres volúmenes, Shentalinski, conjuntamente con Galaxia Gutenberg, ha pensado que era deseable acercar a un mayor número de lectores una versión depurada y enriquecida con nuevos hallazgos en los archivos y un cuidadoso trabajo con las notas, de sus tres libros sobre la vida y la muerte de los escritores soviéticos bajo la represión.

El resultado de esa iniciativa es La palabra arrestada, cuya edición ha sido realizada a mi cuidado y a la que, además, me he sumado como traductor de los textos nuevos.

Ocho son los autores en los que se centra este único volumen: Isaak Bábel, Ósip Mandelstam, Mijaíl Bulgákov, Marina Tsvietáieva, Andréi Platónov, Anna Ajmátova, Maksim Gorki y Borís Pasternak. Ocho historias de hombres y mujeres sin par a los que la maquinaria estalinista aniquiló.

No encontrarás otro libro donde, desde el apego estricto a los documentos arrancados a los represores, los perseguidores, los torturadores, resplandezcan con mayor brillo el talento y la humanidad de ocho escritores extraordinarios, todos ellos entre los más grandes que la literatura rusa ofreció al mundo en el s. XX.

No deberías pasar este libro por alto, créeme. No puedes hacerlo.

 

Vitali Shentalinski, La palabra arrestada, edición al cuidado de Jorge Ferrer, traducido por Ricard Altés Molina, Marta Rebón y Jorge Ferrer (Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2018, 555 pp.) ha salido a la venta hoy en todas las plataformas online y librerías.

Amazon, La Central, Casa del Libro, Laie

 

© www.eltonodelavoz.com

La revolución ilustrada de Connie en Linden Lane Magazine

- 16/12/17
Categoría: Letra impresa, Libros, Memoria | Etiquetas: , , , , , , ,
Imprimir Imprimir


 

Publica Linden Lane Magazine (Vol. 36, Nº. 4, Invierno/Winter 2017) mi reseña del libro magnífico de Anna Veltfort, Connie, Adiós mi Habana.

Dice esto, entre otras cosas:

“¡Y con qué bendita oportunidad nos llega (este libro)! Ya se nos estaba olvidando la Revolución cubana y Anna Veltfort nos la ha devuelto ahora para recordarnos en su realidad desnuda que sus años buenos fueron, por el afán con que en ellos se incubó el mal y la desidia con que el país asistió a ello, en verdad, sus años peores. Corran a leer ese libro antes de que olvidemos también que ya la olvidamos.”

Un preview de todo el número de Linden Lane Magazine, dirigido por Belkis Cuza Malé, y acceso a su compra en formatos papel o digital, en este enlace.

La reseña completa la pueden leer sin previo pago en este enlace. Allí también enlaces al libro en librerías.

 

© www.eltonodelavoz.com

Diarios de la contrarrevolución rusa: Rózanov, Tsvetáieva, Hippius, Bunin

- 30/11/17
Categoría: Letra impresa, Libros, Literatura, Rusia | Etiquetas: , , , ,
Imprimir Imprimir


En la entrega de Noviembre/Diciembre (Nº 766) de la revista El Ciervo publican este breve texto sobre la Revolución de Octubre. En él me ocupo muy someramente de vindicar a cuatro contrarrevolucionarios a partir de los diarios que llevaron. Dos de ellos, los de Vasili Rózanov e Iván Bunin, pude traducirlos para la editorial Acantilado. Pueden encontrarlos en la columna de la derecha.

(Durante) la revolución

Por Jorge Ferrer

El vacío que dejan las revoluciones —la rusa se llevó por delante nada menos que un imperio—, lo inundan ellas mismas con un lleno completo de sangre y muerte, pero también de ilusión, imágenes fijas o en movimiento, discursos, gestas, mitos y ese general entusiasmo que Kant describió a propósito de la revolución francesa. El constructivismo o el cine de Eisenstein, Lenin en el Smolny, el mito Trotsky o la heroica conquista de la tierra virgen, la ampliación del mapa de la URSS —¡la sexta parte de la tierra firme del planeta!—: he ahí huellas, jalones, y a la vez ladrillos de la construcción. Se inaugura un tiempo nuevo en un paisaje nuevo que vendrá a habitar un hombre nuevo. Todo es novedad, inflamación, afilados verbo y bayoneta. La revolución, en tanto fenómeno que todo lo abarca, retuerce y devora, es obesa y está dopada. Y su crónica tiene que ser inflamada, estremecedora.

A la revolución se la cuenta después. Y a veces enseguida. La rusa la contó inmediatamente después John Reed en Diez días que estremecieron al mundo, por donde se pasean los discursos encendidos y las masas enardecidas: los líderes, el pueblo, el hundimiento de un mundo, el nacimiento de otro. Los dolores del parto, el crujir de los fórceps, el recorrido del escalpelo con que se practica la cesárea.

Pero incluso en Reed, y en el día primero, se advierte que la revolución transcurre sobre otro paisaje también, que la vida la rebasa, que hay un territorio que permanece imperturbable a su avanzar en tromba, al Godzilla que desbancará a todos los dioses con sus manitas nerviosas. Momentos, como este, de una extraña paz: «El 18 de noviembre nevó. Al despertarnos por la mañana vimos las cornisas de las ventanas completamente blancas. (…) La ciudad sombría adquirió de pronto deslumbrante blancura (…) A pesar de la revolución, que conducía a Rusia con pasmosa velocidad hacia un futuro terrible y desconocido, la ciudad acogió la primera nieve con general alegría. Todos sonreían, la gente salía a la calle y atrapaba riendo los blandos copos que revoloteaban en el aire. Desaparecieron todos los tonos grises…» ¡Ah, esa paz donde la gente sonreía y participaba de una «general alegría»!

Pero hay aun otra manera de contar la revolución. Desde la ventana. En la penumbra. Con repugnancia. Con pesar. Y, sobre todo, con miedo. Si la revolución transcurre en la calle, si ese es su paisaje natural y la escenografía que acoge su puesta en escena, hay que vindicar también la narración que se hizo desde la celda, la buhardilla, la habitación de hotel, los espacios donde se la narró en tonos sombríos, donde se vivió en su reverso.

Esa escritura, el relato del envés de la revolución, lo debemos a algunos escritores rusos que llevaron diarios durante esos primeros años. Diarios terrible, maravillosamente contrarrevolucionarios. Y vale la pena releerlos y vindicarlos cuando se cumple su centenario, que es también el de la revolución que los dictó. Escritores a los que los diez días que estremecieron al mundo los estremecieron tanto que ya no se recuperaron jamás de ese estremecimiento.

Zinaida Hippius, por ejemplo, también vio nevar unos días antes de Reed. Poeta simbolista y animadora junto a su marido Dmitri Merezhkovski del salón literario por excelencia en el San Petersburgo prerrevolucionario, escribe en la entrada del miércoles 8 de noviembre de 1917: «Es mi día de cumpleaños. Cayó mucha nieve. Dimos un paseo en trineo. Nada nuevo. La misma pesadilla continúa». Sus diarios, de los que no tengo constancia se hayan traducido al castellano, muestran el ánimo menguante de quien se sintió horrorizada por la revolución desde el primer instante y escapó al exilio el 24 de diciembre de 1919. «Rusia nunca tuvo historia. Y esto que le está sucediendo ahora tampoco forma parte de su historia. Se olvidará, como salvajadas ignotas perpetradas en una isla deshabitada por tribus desconocidas», escribió.

Iván Bunin escribió un diario extraordinario en los meses anteriores a su fuga de Rusia a finales de enero de 1920: Días malditos. Un diario de la Revolución (tr. de Jorge Ferrer, Acantilado, 2007). A Bunin la revolución le roe el cuerpo, le mina la salud: en las páginas del diario que escribe desde la atalaya de la cultura del imperio asaltado por los bárbaros todo son pesadillas y desvanecimientos. Sale a la calle a buscar las voces de la gente, apostado bajo marquesinas, aguzando el oído en portals, aceras, colas… Su diario es una compilación de la decadencia progresiva de Moscú, primero, y Odessa después. «Ayer, a última hora de la noche, vinieron a tomar medidas del largo, ancho y alto de cada una de nuestras habitaciones “con el propósito de compactar la ocupación proletaria de las viviendas”. ¡Estos malditos simios están midiendo todas las habitaciones de la ciudad, como si jugaran a hacer rodar frenéticamente un tocón».

Marina Tsvietáieva, cuyo destino fatal aparece prefigurado en las páginas del diario que llevó en los primeros meses de la revolución (Diarios de la Revolución de 1917, tr. de Selma Ancira, Acantilado, 2015), acabó sus días en una remota ciudad de Tartaria, donde se ahorcó. Las notas que dejó entonces, a su hijo y a sus compañeros de infortunio, muestran a la misma mujer meticulosa y apasionada que veía pasar, como alelada, el carro de la revolución bolchevique: «No, con la mano en el corazón, de los comunistas yo, personalmente, hasta el día de hoy, no he visto maldad (¡tal vez – no he visto malos!). Y no los odio a ellos, sino al comunismo. (Hace ya dos años que por todos lados oigo: “¡El comunismo es maravilloso, los comunistas – nefastos!”. ¡Me retumba en las orejas!)» Un día viaja en un tren atestado de gente y anota, retratando a la sociedad que ya intuía: «Una sola cosa me consuela: sacar de esta masa espesa a una persona es lo mismo que sacar de una botella el corcho sin sacacorchos: es impensable».

Por último, Vasili Rózanov, epítome del escritor reaccionario y una de las mentes más extraordinarias que dio la Rusia del cambio de siglo, escribió, retirado a una ciudad de provincias, El Apocalipsis de nuestro tiempo (tr. de Jorge Ferrer, Acantilado, 2017), un sofisticado artefacto donde lee el fin del Imperio ruso en clave apocalíptica. No se trata de un diario en sentido estricto, sino de un libro que Rózanov, que morirá en febrero de 1919, va escribiendo y vendiendo por fascículos a medida que caen las columnas que sostienen el techo del imperio. Es su particular relato de la revolución, donde escribe: «La antigua Rusia se destiñó en apenas un par de días. En tres jornadas, cuando más. (…) Es sorprendente cómo se hizo añicos toda de golpe, hasta en sus detalles más mínimos. (…) Ha sido cosa de tres días y puede que hasta de dos. Desapareció el imperio, desapareció la iglesia, desaparecieron el ejército y la clase trabajadora. ¿Y qué ha quedado, entonces? Por extraño que parezca, no ha quedado prácticamente nada».

Cien años después, fenecido ya el imperio soviético y con Rusia envuelta en los vapores de su restauración, la lectura de los diarios contrarrevolucionarios escritos en los primeros años de la Revolución de octubre resulta una experiencia deliciosamente revolucionaria.

© www.eltonodelavoz.com