Jorge Ferrer - 26/01/12
Categoría: Agua corriente, Exilio, Oposición
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A) En mayo de 2011 en Miami (aka «la Capital del exilio cubano») no concebían que Reina Luisa Tamayo, madre del preso político Orlando Zapata Tamayo, quien murió tras huelga de hambre, fuera enviada a Arizona por las autoridades norteamericanas. La madre del mártir, se desgañitaban, tenía que estar rodeada de «los suyos». Y no fue a Arizona Reina. Tuvo la suerte de quedarse entre quienes la colmarían de honores:
“He estado en contacto con el Departamento de Estado para pedirles que permitan a Reina Luisa Tamayo quedarse en Miami”, dijo la republicana Ileana Ros-Lehtinen, presidenta del Comité de Relaciones Exteriores de la Cámara de Representantes, en un declaración publicada por medios de prensa y blogs.
“Reina Luisa no debe de ser enviada a Arizona rodeada de personas ajenas a su sufrimiento y al de nuestros hermanos y hermanas en Cuba”, añadió.
“Estamos comprometidos a ayudar a Reina Luisa Tamayo a establecerse en Miami e integrarse a nuestra comunidad”, afirmó la congresista.
“Después de años de sufrimiento bajo la tiranía cubana y del martirio sufrido después del asesinato de su hijo, Orlando Zapata Tamayo, por los agentes castristas, Reina Luisa Tamayo, merece estar rodeada de aquellos en Miami que la apoyan”, dijo.
B) En enero de 2012 Reina Luisa Tamayo comparece en la televisión de Miami. Acude a programa de presentador uruguayo donde apoyada por una activista colombiana y otra nicaragüense —¡¡¡en el Miami cubano, papa!!!— se pide a los cubanos que por favor que por sus madres que por lo que mas quieran donen siquiera un dólar por cabeza para ayudar a la madre del mártir que se halla al borde del desahucio.
C) Ladra Bruno que si alguna vez le resuelven plaza en perrera de Arizona ¡que no se me vaya a ocurrir mandarlo para perrera de Miami!
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Jorge Ferrer - 24/01/12
Categoría: Letra impresa, Libros, Literatura, Rusia
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El libro negro, obra mayúscula de Vasili Grossman e Ilyá Ehrenburg que traduje por encargo de Galaxia Gutenberg, ha llegado a las librerías. Es coedición con Yad Vashem y ha contado con el apoyo económico de dos familias que cuentan entre sus miembros con sobrevivientes del Holocausto, Altaras-Apeloig y Apeloig-Schloser.
Algo menos de medio año me llevó trabajar en la traducción de las 1.225 páginas de este libro que estremece línea a línea a quien lo lee. ¡Imagínense qué hacen estas páginas con quien las traduce a su lengua! He traducido muchos libros significativos y hermosos pero jamás me había enfrentado a proyecto que me ocupara la mente y el corazón como lo hizo este. Viví medio año con este libro, metido en él, soñando con él.
Me gustaría pensar que sus lectores, ¡ojalá que muchos!, experimenten idéntico sobresalto, semejante estupor ante el arrojo de unos pocos, parejo dolor ante el martirio de las víctimas, igual desprecio hacia sus victimarios.
Por cortesía de Galaxia Gutenberg, inserto unos párrafos de El libro negro. Se deben a un judío, oficial del Ejército Rojo, que volvió a su pueblo para encontrarlo arrasado y conocer las circunstancias de la muerte de sus padres y su hermana. Son apenas unos párrafos de este monumento a quienes le vieron el rostro y las uñas al horror.
Si solo van a comprar un libro este mes, que sea este. Si solo van a comprar uno este semestre, que sea este. Si solo tienen fuerzas para enfrentar el horror una vez en muchos años, que sea esta.
El libro negro, de Vasili Grossman e Ilyá Ehrenburg (Galaxia Gutenberg, 2012, 1.225 pp.; traducción de Jorge Ferrer) está a la venta en:
Laie;
Fnac;
La Central;
y librerías en España y Latinoamérica.
El libro negro ha merecido en los últimos días espléndidas reseñas en El País (Marta Rebón), El Mundo (Alejandro Gándara) y ABC Cultural (Mercedes Monmany y Manuel Lucena Giraldo).

Bráilov, mi patria chica (fragmento de El libro negro)
(…)
Una gélida noche de febrero los hombres de la Gestapo y los policías rodearon Bráilov. La masacre comenzó antes del alba. Según uno de los policías al que interrogué personalmente, apenas se trataba de la primera Aktion. Cada uno de los agentes recibió la orden de desalojar dos o tres apartamentos habitados por judíos y conducirlos hasta el punto de reunión establecido en la Plaza del mercado de Bráilov. En caso de encontrarse con alguien que no fuera capaz de andar por su cuenta o que se negara a hacerlo, debían matarlo allí mismo, si bien cuidándose de no hacer mucho ruido. Las armas a utilizar eran las bayonetas, las culatas de los fusiles y los puñales.
Los culatazos dados a la puerta de casa despertaron a mi padre a las seis de la mañana. Dos policías irrumpieron de pronto en la habitación.
―¡Todos fuera! ¡A la plaza! ¡Deprisa!
―Mi mujer está enferma ―explicó mi padre―. No puede levantarse de la cama.
―Ya decidiremos nosotros quién puede o no puede levantarse ―replicó uno de los policías.
Mi padre fue sacado de casa a culatazos. Mientras mi hermana Roza se vestía apresuradamente alcanzó a ver que uno de los policías avanzaba hacia mi madre empuñando un puñal. Mi hermana hizo ademán de correr en socorro de nuestra madre, pero una lluvia de culatazos cayó sobre su cabeza y la empujó hacia la calle descalza y a medio vestir. Roza cayó al suelo; mi padre consiguió levantarla a duras penas y la ayudó a llegar hasta el punto de reunión, ubicado frente a la iglesia que se alza en la Plaza del mercado.
Era hacia allí que conducían a los judíos de Bráilov. Mas no a todos. A muchos los mataron en sus propias casas, como a mi madre. La familia Bakaléinik tampoco llegó al punto de reunión. Un policía los asesinó a todos con una sola ráfaga de ametralladora. Los obligó a formar una hilera frente a la casa, los hizo caer a todos, y así ganó una apuesta que había hecho con otro policía.
Después de hora y media verificando sus listas, los alemanes anunciaron que trescientas personas permanecerían en la ciudad ―fundamentalmente, sastres, zapateros, palafreneros y sus familias― para brindar servicio al ejército alemán, mientras que los demás serían fusilados. La enorme procesión de los condenados se puso en camino severamente guardada por los convoyes que la acompañaban. A mi padre y a mi hermana les tocó marchar a la cabeza de la columna. Los seguía Oskar Shmarián, un joven de dieciséis años, pariente nuestro, que había venido desde Kiev a pasar las vacaciones en Bráilov. Cuando llegó a la altura de la farmacia, la columna se detuvo de pronto. El jefe de la policía recordó que había olvidado convocar a Iosif Shwartz, quien vivía a las afueras de Bráilov, junto al cementerio ortodoxo. Enviaron a un policía a buscarlo. Apenas unos minutos más tarde llegaron Schwartz y su mujer. Les correspondió a ellos encabezar la fúnebre marcha durante aquel último tramo.
La multitud avanzaba en silencio. Todos iban concentrados en sus propios pensamientos, observaban por última vez el paisaje natal, se despedían de él, decían adiós a la vida. Y de pronto se escuchó una canción alzándose sobre la columna. Una voz joven y aguda entonó una canción sobre las bondades de la patria, la vastedad de sus tierras, la belleza de sus bosques, sus ríos y sus mares, la pureza de su aire tan grato a los pulmones. Era mi hermana Roza quien cantaba.
He interrogado a muchos testigos y verificado una y otra vez que todo sucedió así en realidad. Mis pesquisas, profundas y escrupulosas, me han permitido establecer que la escena fue tal y como aquí la describo. Antes mi hermana nunca había dado muestras de que le gustara cantar. Aquella horrible mañana había pasado dos horas descalza y a medio vestir bajo un frío inclemente. En aquella etapa de la marcha sus pies estaban helados. Me pregunto qué la movió a cantar. Y, sobre todo, de dónde extrajo las fuerzas para realizar aquel último acto de veras heroico.
Un policía le ordenó callar, pero mi hermana continuó cantando como si no lo hubiera escuchado. Se escucharon dos disparos. Mi padre levantó del suelo el cadáver de su única hija y llevó aquella preciosa y sagrada carga durante el kilómetro y medio que aún le quedaba por recorrer hasta el lugar de la ejecución.
Cuando la columna de condenados llegó a la fosa abierta, se le ordenó al primer grupo que se desvistiera y colocara la ropa en el lugar señalado para ello. Después, se les ordenó tumbarse en el fondo de la fosa. Mi padre colocó con cuidado el cuerpo de mi hermana en la fosa y comenzó a desvestirse. Una docena de carretas llegaron desde el pueblo para transportar la ropa a los almacenes de la policía. En ese instante se produjo un incidente junto a la fosa. La joven Liza Perkel se negó a desvestirse y exigió que la fusilaran vestida. Los verdugos se abalanzaron sobre ella: le propinaron culatazos, hincaron las bayonetas en su cuerpo. Liza consiguió agarrar del cuello a un hombre de la Gestapo y cuando este intentó apartarla le clavó los dientes en una mano. El alemán pegó un grito y sus compinches acudieron a socorrerlo. Eran numerosos y todos estaban armados hasta los dientes, pero la joven no se rindió.
Al intentar arrancarle el vestido, los verdugos la echaron a tierra. Por un instante, Liza consiguió liberar una pierna y pegó una patada en la cara con todas sus fuerzas a otro hombre de la Gestapo. Entonces el comandante Kraft decidió poner «orden» en persona: se acercó mientras repartía órdenes. Liza se levantó del suelo a duras penas. Le sangraba la boca; su vestido estaba hecho jirones. Haciendo gala de un increíble aplomo, esperó a que el comandante llegara ante ella y le lanzó un escupitajo a la cara.
Se escucharon varios disparos. Liza Perkel murió de pie. Esperó la muerte luchando. ¿Qué resistencia podía ofrecer una joven desarmada a toda una multitud de verdugos? ¡Y aun así los alemanes no consiguieron doblegarla! [Pudo cumplir su último deseo: los alemanes fueron incapaces de someterla. Podían matarla ―armas les sobraban para hacerlo―, pero doblegar su voluntad, hacerla renunciar a su dignidad y privarla de su honor era algo que no estaba en sus manos hacer.]
Mi padre decidió aprovechar el momento de distracción del comandante, los policías y los hombres de la Gestapo y al percatarse de la presencia allí de una campesina a la que había curado alguna vez, le dijo en un susurro: «Gorpina, esconda a este niño» y empujó a Oskar Shmarián hacia el montón de ropa. La campesina lo cubrió rápidamente con un abrigo y lo cargó en una de las carretas en las que se llevaban la ropa. El niño permaneció unos quince minutos oculto bajo la maraña de abrigos hasta que la carreta se puso en marcha alejándose del lugar de la ejecución. La campesina escondió al niño durante unos días y lo proveyó de ropa. Muy pronto Oskar se enroló en un destacamento de partisanos. Oskar vive aún y fue de sus labios que escuché los pormenores de la muerte de mi familia: llegó a ver el instante en que murió mi padre. En el último instante de su vida, mi padre consiguió hacer lo que creyó justo y necesario: salvó a un vengador más, a un joven que luchó implacablemente para salvar a nuestro pueblo del fascismo.
(…)
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Jorge Ferrer - 22/01/12
Categoría: Agua corriente, e-cuba, Oposición
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Es la foto de casi todos nosotros, pero sobre todo es la de un difunto.
Una bandera cubana a medias sujeta, a medias acariciada; un pobre tipo a la vez que tipo pobre que se dejó morir; una puerta tapiada a sus espaldas. Suprema metáfora: un kamikaze en tierra de vividores.
Ni hubo tiempo para cubrir de yeso los ladrillos que cerraron esa puerta, ni palabras que le salvaran la vida a Wilman Villar, la última víctima de la sinrazón cubana. Y la bandera es una mierda de bandera, como todas las que sirven para adornar a un hombre vivo que acabará muriendo por ella, creyendo que muere por ella, suponiendo que le importa a alguien ese pedazo de tela pintada.
Wilman, ¡que vaya nombre para apuntar a la voluntad de un hombre!, es otra víctima con la que cargamos todos. Los hermanos Castro y sus esbirros los primeros. Pero yo también. Y tú. Porque ser incapaces de «armar» un país en el que un Wilman cualquiera no se sienta animado a dejarse la vida por gusto, por nada, por nadie, es sobrado motivo de vergüenza.
Veo ahora en paseo rápido por la charlatanería que nos define que si ese Wilman es mártir o es delincuente. ¡Qué asco de indagación forense, nenes, con el tipo, el cuerpo del tipo, recién rociado de tierra de Contramaestre!
El falso martirio y la episódica delincuencia son dos de nuestras más arraigadas señas. Dos rasgos de entre los muchos que aceitan el motor de nuestra identidad; dos ejercicios a los que tan habituados estamos.
Nunca mártires más falaces que nosotros fueron más delincuentes. (Todos nosotros.)
En paz descanse ese pobre Wilman.
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Jorge Ferrer - 16/01/12
Categoría: Cine, Poscomunismo, Rusia
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Me siguen llegando opiniones encontradas acerca del documental Patria o muerte (Родина или смерть) de Vitali Mansky (Виталий Манский).
Mansky, tal vez el más importante de los realizadores de documentales en la Rusia postsoviética rodó en La Habana este proyecto que se ha estrenado en algunas salas de cine en Rusia y del que todavía no me hago con una copia. La prensa lo ha tratado a golpe de ditirambo, pero 1) es un Mansky; y 2) ha calado su idea de que la Cuba que encontró se asemeja a la Unión Soviética de los últimos años de Stalin.
Aún pendiente de verlo y forjarme una opinión sobre la que se anuncia como una mirada espectacular sobre Cuba desde ojo postsoviético, miro una y otra vez el corto de promoción y me digo que a mí esa Cuba que muestra —el trailer, no el documental— se me parece a un montón de cosas de las que ninguna es la URSS ca. 1950. Pero a la hondura de la decrepitud se llega por muchos caminos, lo sé.
Juzguen, juzguen.
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Jorge Ferrer - 13/01/12
Categoría: Agua corriente
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¿Más confusión? ¿Mejunje del bueno? ¡Vaya, lleven!
Aquí Kentucky Colonel Thomas C. Parisi, activista en #OccupyMiami y, a la vez, activista en favor de los derechos humanos en Cuba nos cuenta su visión del… ¿qué se yo del qué?
El inefable entrevistador alucina con el «gringo» y yo, ay, gozo con estas suculentas transversalidades que nos asedian desde, más o menos, Aristófanes.
¡Cavilen, cavilen!
Aquí y aquí, más featuring Parisi.
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