La revolución ilustrada de Connie en Linden Lane Magazine

- 16/12/17
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Publica Linden Lane Magazine (Vol. 36, Nº. 4, Invierno/Winter 2017) mi reseña del libro magnífico de Anna Veltfort, Connie, Adiós mi Habana.

Dice esto, entre otras cosas:

“¡Y con qué bendita oportunidad nos llega (este libro)! Ya se nos estaba olvidando la Revolución cubana y Anna Veltfort nos la ha devuelto ahora para recordarnos en su realidad desnuda que sus años buenos fueron, por el afán con que en ellos se incubó el mal y la desidia con que el país asistió a ello, en verdad, sus años peores. Corran a leer ese libro antes de que olvidemos también que ya la olvidamos.”

Un preview de todo el número de Linden Lane Magazine, dirigido por Belkis Cuza Malé, y acceso a su compra en formatos papel o digital, en este enlace.

La reseña completa la pueden leer sin previo pago en este enlace. Allí también enlaces al libro en librerías.

 

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Diarios de la contrarrevolución rusa: Rózanov, Tsvetáieva, Hippius, Bunin

- 30/11/17
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En la entrega de Noviembre/Diciembre (Nº 766) de la revista El Ciervo publican este breve texto sobre la Revolución de Octubre. En él me ocupo muy someramente de vindicar a cuatro contrarrevolucionarios a partir de los diarios que llevaron. Dos de ellos, los de Vasili Rózanov e Iván Bunin, pude traducirlos para la editorial Acantilado. Pueden encontrarlos en la columna de la derecha.

(Durante) la revolución

Por Jorge Ferrer

El vacío que dejan las revoluciones —la rusa se llevó por delante nada menos que un imperio—, lo inundan ellas mismas con un lleno completo de sangre y muerte, pero también de ilusión, imágenes fijas o en movimiento, discursos, gestas, mitos y ese general entusiasmo que Kant describió a propósito de la revolución francesa. El constructivismo o el cine de Eisenstein, Lenin en el Smolny, el mito Trotsky o la heroica conquista de la tierra virgen, la ampliación del mapa de la URSS —¡la sexta parte de la tierra firme del planeta!—: he ahí huellas, jalones, y a la vez ladrillos de la construcción. Se inaugura un tiempo nuevo en un paisaje nuevo que vendrá a habitar un hombre nuevo. Todo es novedad, inflamación, afilados verbo y bayoneta. La revolución, en tanto fenómeno que todo lo abarca, retuerce y devora, es obesa y está dopada. Y su crónica tiene que ser inflamada, estremecedora.

A la revolución se la cuenta después. Y a veces enseguida. La rusa la contó inmediatamente después John Reed en Diez días que estremecieron al mundo, por donde se pasean los discursos encendidos y las masas enardecidas: los líderes, el pueblo, el hundimiento de un mundo, el nacimiento de otro. Los dolores del parto, el crujir de los fórceps, el recorrido del escalpelo con que se practica la cesárea.

Pero incluso en Reed, y en el día primero, se advierte que la revolución transcurre sobre otro paisaje también, que la vida la rebasa, que hay un territorio que permanece imperturbable a su avanzar en tromba, al Godzilla que desbancará a todos los dioses con sus manitas nerviosas. Momentos, como este, de una extraña paz: «El 18 de noviembre nevó. Al despertarnos por la mañana vimos las cornisas de las ventanas completamente blancas. (…) La ciudad sombría adquirió de pronto deslumbrante blancura (…) A pesar de la revolución, que conducía a Rusia con pasmosa velocidad hacia un futuro terrible y desconocido, la ciudad acogió la primera nieve con general alegría. Todos sonreían, la gente salía a la calle y atrapaba riendo los blandos copos que revoloteaban en el aire. Desaparecieron todos los tonos grises…» ¡Ah, esa paz donde la gente sonreía y participaba de una «general alegría»!

Pero hay aun otra manera de contar la revolución. Desde la ventana. En la penumbra. Con repugnancia. Con pesar. Y, sobre todo, con miedo. Si la revolución transcurre en la calle, si ese es su paisaje natural y la escenografía que acoge su puesta en escena, hay que vindicar también la narración que se hizo desde la celda, la buhardilla, la habitación de hotel, los espacios donde se la narró en tonos sombríos, donde se vivió en su reverso.

Esa escritura, el relato del envés de la revolución, lo debemos a algunos escritores rusos que llevaron diarios durante esos primeros años. Diarios terrible, maravillosamente contrarrevolucionarios. Y vale la pena releerlos y vindicarlos cuando se cumple su centenario, que es también el de la revolución que los dictó. Escritores a los que los diez días que estremecieron al mundo los estremecieron tanto que ya no se recuperaron jamás de ese estremecimiento.

Zinaida Hippius, por ejemplo, también vio nevar unos días antes de Reed. Poeta simbolista y animadora junto a su marido Dmitri Merezhkovski del salón literario por excelencia en el San Petersburgo prerrevolucionario, escribe en la entrada del miércoles 8 de noviembre de 1917: «Es mi día de cumpleaños. Cayó mucha nieve. Dimos un paseo en trineo. Nada nuevo. La misma pesadilla continúa». Sus diarios, de los que no tengo constancia se hayan traducido al castellano, muestran el ánimo menguante de quien se sintió horrorizada por la revolución desde el primer instante y escapó al exilio el 24 de diciembre de 1919. «Rusia nunca tuvo historia. Y esto que le está sucediendo ahora tampoco forma parte de su historia. Se olvidará, como salvajadas ignotas perpetradas en una isla deshabitada por tribus desconocidas», escribió.

Iván Bunin escribió un diario extraordinario en los meses anteriores a su fuga de Rusia a finales de enero de 1920: Días malditos. Un diario de la Revolución (tr. de Jorge Ferrer, Acantilado, 2007). A Bunin la revolución le roe el cuerpo, le mina la salud: en las páginas del diario que escribe desde la atalaya de la cultura del imperio asaltado por los bárbaros todo son pesadillas y desvanecimientos. Sale a la calle a buscar las voces de la gente, apostado bajo marquesinas, aguzando el oído en portals, aceras, colas… Su diario es una compilación de la decadencia progresiva de Moscú, primero, y Odessa después. «Ayer, a última hora de la noche, vinieron a tomar medidas del largo, ancho y alto de cada una de nuestras habitaciones “con el propósito de compactar la ocupación proletaria de las viviendas”. ¡Estos malditos simios están midiendo todas las habitaciones de la ciudad, como si jugaran a hacer rodar frenéticamente un tocón».

Marina Tsvietáieva, cuyo destino fatal aparece prefigurado en las páginas del diario que llevó en los primeros meses de la revolución (Diarios de la Revolución de 1917, tr. de Selma Ancira, Acantilado, 2015), acabó sus días en una remota ciudad de Tartaria, donde se ahorcó. Las notas que dejó entonces, a su hijo y a sus compañeros de infortunio, muestran a la misma mujer meticulosa y apasionada que veía pasar, como alelada, el carro de la revolución bolchevique: «No, con la mano en el corazón, de los comunistas yo, personalmente, hasta el día de hoy, no he visto maldad (¡tal vez – no he visto malos!). Y no los odio a ellos, sino al comunismo. (Hace ya dos años que por todos lados oigo: “¡El comunismo es maravilloso, los comunistas – nefastos!”. ¡Me retumba en las orejas!)» Un día viaja en un tren atestado de gente y anota, retratando a la sociedad que ya intuía: «Una sola cosa me consuela: sacar de esta masa espesa a una persona es lo mismo que sacar de una botella el corcho sin sacacorchos: es impensable».

Por último, Vasili Rózanov, epítome del escritor reaccionario y una de las mentes más extraordinarias que dio la Rusia del cambio de siglo, escribió, retirado a una ciudad de provincias, El Apocalipsis de nuestro tiempo (tr. de Jorge Ferrer, Acantilado, 2017), un sofisticado artefacto donde lee el fin del Imperio ruso en clave apocalíptica. No se trata de un diario en sentido estricto, sino de un libro que Rózanov, que morirá en febrero de 1919, va escribiendo y vendiendo por fascículos a medida que caen las columnas que sostienen el techo del imperio. Es su particular relato de la revolución, donde escribe: «La antigua Rusia se destiñó en apenas un par de días. En tres jornadas, cuando más. (…) Es sorprendente cómo se hizo añicos toda de golpe, hasta en sus detalles más mínimos. (…) Ha sido cosa de tres días y puede que hasta de dos. Desapareció el imperio, desapareció la iglesia, desaparecieron el ejército y la clase trabajadora. ¿Y qué ha quedado, entonces? Por extraño que parezca, no ha quedado prácticamente nada».

Cien años después, fenecido ya el imperio soviético y con Rusia envuelta en los vapores de su restauración, la lectura de los diarios contrarrevolucionarios escritos en los primeros años de la Revolución de octubre resulta una experiencia deliciosamente revolucionaria.

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El compañero que me atiende: autoritarismo, memoria y distopía

- 25/10/17
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Se ha publicado estos días la antología El compañero que me atiende (Editorial Hypermedia, Madrid, 2017), una idea de Enrique del Risco.

Siendo un tema goloso el de la relación entre la policía política y los intelectuales bajo un régimen autoritario (el título es la fórmula con que en Cuba se nombra al agente de la policía política encargado del seguimiento personal de un disidente o intelectual de interés), acepté enseguida la invitación del editor. Escribí este cuento, que me divirtió bastante y me ha gustado releer ahora. En él ubico la pregunta por la memoria del castrismo en un futuro no tan distante. En una organizada distopía poscastrista.

El libro incluye textos publicados anteriormente, seleccionados por Del Risco de libros publicados en Cuba o fuera de ella en distintas décadas, y otros que fueron escritos para la ocasión. He visto hoy unos pocos y me han parecido de notable interés.

El compañero que me atiende está a la venta en Amazon.com, Amazon.es y demás librerías digitales o abiertas en las calles del mundo.

 

 

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El apocalipsis de nuestro tiempo, por fin en español

- 23/10/17
Categoría: Letra impresa, Libros, Literatura, Rusia, Traducciones
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Vasili Rózanov es, sin dudas, uno de los escritores rusos más auténticos y singulares. Una condición difícil de ostentar cuando se forma parte de un corpus literario mayúsculo, tal vez el mayor que conoce la literatura universal.

Y aun así, Rózanov permanecía inédito en español. Durante años intenté corregir esa incomprensible falta y en una ocasión rocé el éxito. Solo ahora, y gracias al editor Jaume Vallcorba, de feliz memoria, quien conocía y apreciaba la obra de Rózanov, aparece por fin un libro suyo en español, uno de los que prefiero.

El Apocalipsis de nuestro tiempo es el libro de un hombre vencido que atisba ya la inminencia de una muerte, la propia, que avanza a la par que la de Rusia, el imperio muerto a manos de la Revolución. Junto a los diarios de Iván Bunin y Zinaida Hippius escritos en los mismos años, este opúsculo de Rózanov muestra con una claridad rotunda y desoladora el final de un mundo y el nacimiento de una tragedia. La que conduciría al horror del estalinismo y a la crisis de la cultura rusa, acaso aun no superada.

Deberían leer este libro los interesados en las revoluciones y en la religión, en la literatura y la historia, en la búsqueda de un estilo literario y el pesimismo radical, en el pensamiento reaccionario, la intolerancia  y la desesperanza.

Comparto con ustedes este fragmento, a modo de botón de muestra.

El Apocalipsis de nuestro tiempo de Vasili Rózanov está a la venta en Amazon.com, Amazon.es y demás librerías online o en las calles del mundo.

¿Cuál es la razón última de la imposibilidad de organizar pogromos contra los judíos?

 

Fragmento de Vasili Rózanov, El Apocalipsis de nuestro tiempo (traducción de Jorge Ferrer), Acantilado, Barcelona, 2017

La posición de los judíos en nuestra revolución resulta enormemente «ambigua». Como ambiguo y confuso es el papel de los judíos en todos los rincones de la civilización europea. Pero dejemos a Europa a un lado. Lo que nos importa es lo que nos está sucediendo a «nosotros». Repárese en el temblor que los judíos experimentan ante la revolución. No se la toman demasiado en serio ni le hacen ascos, pero tiemblan. Por lo tanto, saben que nada bueno promete para sus «negocios». De hecho, promete muy malos augurios. ¿Cómo explicar el miedo que experimentan? Hace poco le eché un vistazo a una revista ilustrada donde aparecía un retrato de Najamkis y al comparar su rostro con la repugnante faz de Lenin me dije: «¡Vaya empaque que muestra!» (Me gustaría encontrármelo un día y verlo al natural.)

Sin dudas, su arenga contra el Gran Duque Mijaíl Alexándrovich fue insolente. Pero ya se sabe que los judíos son siempre insolentes. En Europa, por ejemplo, se muestran incapaces de hablar como lo hacen los europeos, es decir, halagando, insinuando, disimulando; en definitiva, no son nada corteses. En cambio, hablan a gritos, como en Asia; ya se sabe que tanto la grosería como la insolencia están grabadas en la esencia misma de los asiáticos. Son profetas vocingleros, como los definí ya alguna vez. Montan encendidas peroratas en los mercados para vender un mísero pollo. «Te doy un efa de esto por un efa de lo otro», «¿por qué no te llevas un efa entero?», «¿qué pasa con esta balanza que no es justa?» (A Isaías o tal vez a algún otro lo timaron así un día.) Con todo, es evidente que acabó «postrándose» ante el soberano con tal de convertirse en un «Steklov». Pero jamás mintió. Lo que sucedió fue que, como el Najamkis que era, «pegó un puntapié» al gran duque Mijaíl Alexándrovich y contra todo el que pudo… Odiaba la Rusia vetusta, la Rusia «dura y reseca».

Los judíos. Detesto su vínculo con la revolución, aunque, por otra parte, se trata de un vínculo positivo, porque esa relación de los judíos con la revolución y el hecho de que estén fagocitándola harán que esta se destiña, acabe en una sucesión de pogromos y la revolución se diluya en la nada. Resulta demasiado evidente que «ni los soldados ni los campesinos rusos se avendrán a servir a los judíos»… Quiero subrayar el hecho igualmente evidente de que si la generalidad de los magnates del judaísmo tiene el propósito «de gobernar la Rusia futura» se encontrarán siempre a mucho judío pobretón que no cederá en resistencia a los (idealizados) campesinos rusos, a los artesanos y a los huérfanos (igualmente idealizados). Los judíos son sentimentalistas, más bien tontorrones y gustan de la exageración. El típico campesino ruso simplón los supera siempre en fiereza y desvergüenza. Sobre todo en desvergüenza. «Todavía no nos hemos aclarado muy bien aquí con los judíos.» El judío es el hombre más cultivado de una Europa que es vulgar, sosa e incapaz de superar la noción de socialismo cuando se trata de pensar en «la humanidad». El judío, en cambio, ha conocido los suspiros de Jahvé, las cancioncillas de Ruth, los cánticos de Débora y la hermana de Moisés:

—Te has precipitado en el mar, oh, Faraón. Y tus caballos se han ahogado. Ya lo ves, Faraón: no eres nadie tú.

Los judíos son el pueblo más refinado de Europa. Tan solo la estupidez y la ingenuidad les hicieron descender hasta el fondo plano de la revolución, cuando su lugar está en otra parte bien distinta: al pie de las grandes potencias (es así que se comportan los viejos judíos auténticos, quienes al declarar «somos tus esclavos» con nobleza muestran respeto por todo aquello que es verdaderamente grande. «Engrandece mi alma al Señor»: he ahí una idea siempre presente entre los judíos que muestra su permanente respeto a todo lo que es grande y noble en su historia). Oh, tengo la certeza de que también Najamkis habría convenido conmigo en esto. Pero la no-«grandeza» pudo más en él y se apartó, rencoroso como un judío, para sumarse a «la bohemia». «¡A por todas con la revolución!» «¡Lo demás no importa!» He ahí al judío; al pequeño judío y su impaciencia.

Examinemos de cerca a uno de estos pequeños judíos. La de burlas que tiene que aguantar. Pero él continúa aferrado a su címbalo. ¡Cuánta mofa, cuántas anécdotas picantes corren sobre él! Y él no deja de mirar a los rusos a los ojos y cantarles sus canciones en jerga: cancioncillas de la región del Dniepr, de Ucrania, de Podolia, de la Volinia, del Cáucaso y puede que hasta alguna de Siria y Palestina o de Babilonia y la China (¡¡¡he oído decir que hay judíos chinos que gastan trenzas!!!) Judíos hay por doquier: el «judío errante», ya se sabe. Pero no creáis que tal desparrame esté relacionado con la práctica de sus «negocios»: —Dios nos privó de nuestra tierra por nuestros pecados y desde entonces erramos por el mundo —se lee en nuestra Crónica.

Y a todos lados llevan su noble y sagrada idea del «pecado» (yo lloro) sin la que no hay religión que valga y la humanidad acabaría destrozada (por la justicia celestial), si no hubiera aprendido «de los propios judíos» a tremolar y a orar por la remisión de sus pecados. Fueron ellos, ellos, ellos, quienes nos legaron esa idea. Fueron ellos quienes les secaron los mocos a aquella civilización europea tan pagada de sí misma y le puso en las manos un libro de plegarias: «Toma, tonto, reza». Les dieron los salmos. Y una Virgen Admirable, ella también judía. ¿Qué seríamos los europeos, cuán salvajes no seríamos, de no ser por los judíos? Pero ellos acudieron a pasear sus tristes canciones entre nosotros mirándonos de frente (con esos ojos permanentemente tristes que tienen). En una ocasión le escuché a una judía cantar esto (y lloré en silencio sentado en el puente del barco en que navegábamos): «Cómprame quince kopeks de ácido acético para bebérmelo y morir, porque él ha traicionado nuestro amor». Cantaba una niña judía de unos catorce años; su hermano, de unos doce, la acompañaba al violín. Estaba impertérrita la pequeña judía. ¡Vaya si lo estaba! Mi alma se echó a llorar. Pensé en la manera honrada en que se ganaban unos cuartos con que pagarse el viaje. Los pobres rusos, en cambio, siempre viajan de balde, es decir, a costa del Estado, o escondidos bajo los bancos, igualmente gratis.

Cantaban como Débora, tan bien como ella. ¿Por qué lo iba a hacer peor? Como en «Los ríos de Babilonia»: «Oh, arrojaremos a tus hijos contra las piedras, hija de Babilonia». Ahí se anuncia ya Najamkis, quien reclamó a gritos: «¿Por qué se me priva del derecho a apellidarse Steklov, de convertirme en el noble ciudadano ruso Steklov?» Y entonces la tomó con toda furia contra Mijaíl Alexándrovich, con el mismo ímpetu con que aquellas mujeres judías querían (y apenas querían y así lo proclamaban en jerga babilonia) «tomar y estrellar a los niños contra las peñas de Babilonia».

Es la cólera. Es el furor. Precisamente esa cólera, ese furor, mantienen con vida a los judíos; les impiden morir. Los judíos no mueren de tan ardientes que son.

¡Sé ardiente, judío! ¡Muestra tu furor! Oh, actúa como Rózanov, es decir, sin dormirte ni un instante en los laurales, sin enfriarte jamás. Si te amodorras, el mundo fenecerá. El mundo está vivo y despierto mientras hay un judío que «tiene puestos en Él sus atentos ojos». «¿A cuánto sale hoy la avena?» Ocúpate del comercio, judío, ¡comercia!, pero jamás se te ocurra ofender a los rusos. No los ofendas, querido. Tienes talento para el comercio y hasta eres genial practicándolo (el peso de los siglos, el nexo con los fenicios). Déjanos también a los rusos meter baza, haznos sitio al menos en «el comercio de especialidades farmacológicas», en las boticas, enséñanos a organizar «sindicatos», y, anda, permítenos participar de tu negocio aunque sea en un siete o un ocho por ciento, quedándote tú con el cien. Los rusos tendrán que aceptarlo, porque bien es sabido que carecen de inventiva. Dale a los judíos, dale a los judíos: ellos son los creadores, ellos lo han inventado, sí. Pero después dale algo también al ruso. ¡Por Dios!: al ruso que vive en la miseria.

Mas basta ya de toda esta «suma menesterosa», de esta indigencia cristiana que no hace más que mostrar cómo asoman tantos ojillos llenos de envidia. Dejémoslo, de veras. Y volvamos a las tristes canciones de Israel.

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Memorias de Anna Veltfort: La revolución, ¡por fin ilustrada!

- 28/09/17
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La Revolución cubana, ¡al fin ilustrada!
Por Jorge Ferrer

En la época feliz de la blogósfera cubana —su Quinquenio dorado— la ilustradora norteamericana Anna Veltfort llevaba un blog llamado El Archivo de Connie. A él iba subiendo documentos de la primera década de historia de la Revolución cubana, notables fragmentos, su rastro impreso. A lo largo de los años Connie fue desplegando una galería que cubría y exponía, sobre todo, la dimensión cultural de la Revolución y los dispositivos de represión en el mundo de la cultura y la libertad individual que bien conocía por haber vivido en La Habana a lo largo de la década de los sesenta: la incipiente disidencia estudiantil en la Escuela de Letras, los primeros pasos del ICAIC, la lucha feroz contra los homosexuales, la aparición de las Unidades militares de ayuda a la producción —los campos de trabajo y reeducación conocidos por el acrónimo UMAP—, el Salón de Mayo organizado por Carlos Franqui, odiosas viñetas de la revista Mella, materiales (programas de mano, folletos, impresos) recolectados durante su activo merodeo por la vida teatral y musical habanera, piezas salidas de publicaciones como El Caimán barbudo o Pensamiento crítico, retazos de polémicas culturales de aquellos años o sus exposiciones completas. En definitiva, lo que Connie subía a su blog en ordenados pedeéfes era el rastro documental y gráfico del terreno culturalmente fértil de los primeros años de la Revolución, donde, en medio de la efervescencia que vivía el país, ya se iba anunciando, cada vez con mayor insolencia, que a la ciénaga poblada de entusiastas ranas que croaban al sol seguiría muy pronto una espantosa aridez, cuyas bolas de paja más engordadas fueron precisamente las UMAP, el Caso Padilla, el Congreso de educación y cultura de 1971 y, por fin, lo que después llamaríamos Quinquenio gris.

El Archivo de Connie se convirtió muy pronto, con su catálogo creciente, en un imán que atraía a gente interesada en la historia cultural de la Revolución y no era infrecuente ver allí comentando y agradeciendo uno u otro hallazgo a muchos autores que luego publicarían ensayos de enorme interés sobre ese período o lo habían hecho ya.

Entretanto, no había que ser especialmente perspicaz y ni siquiera proclive a las historias de espías para darse cuenta de que tal tesón recopilatorio, tal minucioso orden en la exposición, tal exhaustividad, tal afán por convocar a emparejar sus documentos con otros que los complementaran, eran los de alguien que, como ahora se ha hecho manifiesto de la manera más espectacular, tramaba algo. Concretamente, Anna Veltfort tramaba contarnos y, nunca mejor dicho, con todo lujo de detalles, sus años cubanos, parte de los cuales pasó en la Escuela de Letras de la Universidad de La Habana.

Lo ha hecho en la novela gráfica Adiós mi Habana. Las memorias de una gringa y su tiempo en los años revolucionarios de la década de los 60 (Verbum, Madrid, 2017), un deslumbrante comic autobiográfico.

Anna Veltfort, «Connie», llegó en barco a La Habana en 1962. Su padrastro, un ingeniero comunista norteamericano, fue contratado como tantos otros especialistas —la mayoría de países del bloque sometido al Kremlin, pero muchos también llegados de todas partes— para trabajar en el nuevo país socialista, el primero en el hemisferio occidental. Connie se sumergió gozosa en un país fascinante. Y en este libro recoge su experiencia de formación personal e intelectual en medio de una revolución, su propia vida encajada en una ciudad que fue una de las capitales del mundo a lo largo de un buen puñado de años: la ciudad de la Crisis de los Misiles y la Tricontinental, la ciudad por la que se pasearon, con diversa suerte, Allen Ginsberg y Jean-Paul Sartre, donde Kalatozov y Urusevsky rodaron la película Soy Cuba (¡y el de «Connie» estuvo a punto de ser uno de los cuerpos rutilantes que nadan en la piscina de la primera, bestial, secuencia!) y Fidel Castro reunía al Volk entero para leer la carta con que se despidió Ernesto Guevara, aka Che, esa superstición de la utopía.

Tal es la materia de esta crónica ilustrada con una inteligencia artística y una belleza gráfica extraordinarias. Esto era lo que tramaba «Connie»: contar su Bildung recortada sobre el paisaje de la Revolución: ¡y recortada por ella! Recrear La Habana y Cuba medio siglo después aunando el rigor documental, la descarnada exposición de sí misma en su relación con su familia y su homosexualidad, dibujar Cuba en su doble dimensión física y moral con un aire que remite a la célebre Maus de Art Spiegelman. Saldar cuentas con la Revolución y con su propia vida. A la vez, viñeta a viñeta, los avatares de una vida personal y el archivo que sustenta los discursos de la época. La historia personal que Connie cuenta con trazo vivo y el día a día de la Revolución que la va a arrinconar hasta enviarla de vuelta a su mundo, cambiándole la vida.

Nadie había escrito la historia de la primera década de la Revolución cubana así, con ese afán de exposición didáctica de un archivo y en formato de comic. ¡Ni con esos trazos! Hay magníficos testimonios de esos años —Jorge Edwards, Heberto Padilla, Martha Frayde, Huber Matos, las memorias de las mujeres que padecieron el presidio político recogidas por Mignon Medrano en Todo lo dieron por Cuba, textos del poeta José Mario sobre el malogrado grupo El Puente, Guillermo Cabrera Infante contando su regreso a Cuba desde Bruselas en el póstumo Mapa dibujado por un espía, Reinaldo Arenas hablando de sí mismo y de todos los demás, por poner unos cuantos.

Pero el camino que sigue Anna Veltfort es distinto. A ella la manda el género. Y, sobre todo, manda la ocasión. A medio siglo, y más, de los hechos narrados, la puesta de su historia entre las tapas de un libro, viñeta a viñeta, esa vida dibujada sobre la armazón del archivo, es una verdadera conmoción.

¡Y con qué bendita oportunidad nos llega! Ya se nos estaba olvidando la Revolución cubana y Anna Veltfort nos la ha devuelto ahora para recordarnos en su realidad desnuda que sus años buenos fueron, por el afán con que en ellos se incubó el mal y la desidia con que el país asistió a ello, en verdad, sus años peores. Corran a leer ese libro antes de que olvidemos también que ya la olvidamos.

Adiós mi Habana, de Anna Velfort, está a la venta en Amazon.es y otras librerías.

 

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“El Nuevo exilio cubano”: un reportaje de 1995

- 25/07/17
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Rescato de mis archivos este reportaje que escribí a cuatro manos en 1995 con mi amigo Ángel Tomás González, entonces corresponsal en La Habana de varios medios españoles.

La revista Cambio16 (16 de octubre de 1995, Nº 1245) nos publicó este retrato del exilio cubano en España que comenzaba a mutar en aquellos años. Cinco retratos, más bien. De cinco personas espléndidas.

Al que guste de los números le interesará saber que de los cinco entrevistados dos continúan viviendo hoy en Barcelona, otros dos se mudaron a Nueva York y un quinto vive a caballo entre Barcelona y Nueva York. Los autores permanecemos en nuestras bases 22 años después: Ángel Tomás en La Habana y yo aquí, acodado a la barra del bar.

 

 

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