Si grotesco fue el robo del cartel con la inscripción Arbeit Macht Frei del campo de concentración Auschwitz-Birkenau, mucho más grotescas me han resultado estas palabras leídas en la carta de agradecimiento que firmó y distribuyó hoy el director del museo, Piotr M.A. Cywiński.
«For the last three days, we have been intensively analyzing our security system. Some of our procedures and safety protocols will have to be seriously looked at, and most certainly revised. Our current security measures were agreed upon with the Police, but new ones may need to be put into place. In recent years, we developed methods for monitoring the grounds with electronic security systems, primarily inside the buildings where we store original camp documents and objects. CCTV has been employed for the time being, primarily in the area of the former Auschwitz II-Birkenau camp. It’s size of more than 170 hectares presents a unique challenge in terms of security.»
No es que sean grotescas en sí mismas. Pero lo son, y lo son mucho, por haber sido escritas en el mismo recinto que antes dirigió Rudolf Höss, obsesionado él también con los retos en materia de seguridad y esclavo de la misma jerga burocrática: los procedimientos, los protocolos, el monitoreo…
Proteger del revisionismo o el vandalismo la memoria del horror pasa también por una cierta cautela. Por elegir las palabras. Por olerlas en busca de trazas del Zyklon B que se cuela con tanta facilidad por las cañerías de todo discurso en torno a la vigilancia y la seguridad.
Hay una mujer que estornuda cada noche en torno a las dos. Repetidamente. Lo hará en unos pocos minutos. Sniff. Sniff. Dos veces siempre. Sus estornudos son como campanadas que me avisan de que he de irme a la cama. Hay dos argentinos, un par como los estornudos, que copulan antes con unas ganas extraordinarias. Ella es de lo mejorcito que he oído follando. La huelo cada vez que me la tropiezo en el supermercado. Huele súper y huele a mercado. Suelo poner algo de Charly García en Spotify cuando acaban. Hay unos vecinos, que por pobres o por gusto o tal vez por vicio, compran pescado barato que fríen una noche sí y otra no, llenándome la mesa de un insoportable olor al Moscú de los ochenta. Les gustan los arenques. ¡Vaya si les gustan! Hay una madre con hija adolescente y díscola. No me gustan sus peleas, que son sonoras y en un catalán exquisito que casi siempre acaba estropeándose con algún «joder», así fritado en español.
Patio de luz, le llamamos en España a esos tubos por los que sube la vida. Aquella bíblica columna de fuego. En Éxodo, ¿se acuerdan?
«Patio de luz», ¿quién ideó denominación tan extraordinaria?
Avanzo en la lectura de El cerco, el ensayo de Mijaíl Kuráyev sobre el asedio a Leningrado en los años de la Segunda Guerra mundial. Es también segunda esta lectura, y aunque tampoco la primera fue inocente, ésta ya no lo es en absoluto. Es la del traductor que ha de verter al español esas páginas escalofriantes y sublimes, como la realidad que describen. El hambre, la extenuación, la muerte en las calles, el asedio cotidiano a los habitantes de una de las ciudades más bellas de Europa y a la que debemos ese perfil del intelectual ruso, en cuyo surgimiento precisamente allí ha visto el propio Kuráyev la manifestación más determinante de la fuerza espiritual y material de la ciudad.
Ya había leído el ensayo antes de comenzar a traducirlo, pero es ahora, absorto en el traslado de una lengua a otra que reparo en un nombre propio, Хосе Марти. José Martí. No se trata de una cita, ni siquiera de una referencia concreta a su persona, de ahí, supongo, que pasara por alto durante la primera lectura esa marca «cubana» tatuada en el texto. Tampoco de una mención al poeta cubano a propósito del dolor de los asediados, o a la humanidad que desplegaron. Y cualquiera que haya leído a José Martí, al sobado grafómano José Martí, sabe que habría sido fácil extraer tantos y tantos de sus apotegmas para intercalarlos en un relato de esa índole.
No, si el nombre del poeta cubano se coló allí fue por razones extraliterarias y hasta, al menos para mí lo son, enigmáticas. La narración de las cuitas de los habitantes de Leningrado, sometidos a una criminal, y eficazmente letal, escasez de alimentos, hizo que las autoridades metropolitanas ordenaran cultivar improvisadas huertas en los parterres que en tiempos de paz servían de ornato a avenidas y alamedas. Y así, nos advierte de pronto el autor, los parterres del Bulevar de la Guardia Montada, a la sazón rebautizado Avenida de los Sindicatos, habían sido destinados a huertas, cuyos improvisados y famélicos horticultores no eran otros que los obreros de cierta fábrica de nombre «José Martí».
¿Cómo apareció en Leningrado el nombre de José Martí aun antes de la «indestructible amistad» entre Cuba y la URSS? ¿Habrá sido acaso por su artículo sobre Pushkin? Es artículo notable, sí, y bien pudo haber sido rescatado ya desde aquellos años por los arquitectos de la Pushkiniana. Pero dista de ser elegiaco y es evidente que fue escrito de segunda mano, como tantas correspondencias enviadas por Martí a los periódicos que le daban de comer. Cuesta imaginar entonces que apenas hayan bastado la dura critica al zarismo que contiene y el alarde falsamente premonitorio –«Si la monarquía no hace una revolución, la revolución deshará la monarquía. Un jefe prudente se hará jefe de las fuerzas que no pueden ser contenidas»– para ganarle nombre de fábrica en Leningrado.
Mas, ¿quién sabe? ¿Quién es capaz de prever la ruta que sigue una literatura para insertarse en otra, asomar súbitamente a una página en la que no se la espera, sorprender fugazmente para desaparecer después pegando otro salto en busca de un nuevo acomodo? Continúe leyendo… »
Hace algo más de dos meses un joven de origen cubano fue asesinado en un colegio de Coral Gables. Un suceso luctuoso que sirvió para poner en evidencia la extraordinaria y menospreciada porosidad de la frontera que separa a Miami de La Habana.
La madre de la víctima, Anaís Cruz, una doctora que ejercía su profesión en un barrio popular de La Habana, acudió al entierro de su hijo. Como es habitual, durante los días previos en Miami se preguntaban si la dejarían viajar y se denunció el veto del Ministerio de Salud pública cubano a expedir autorizaciones de salida a los médicos.
Pocas horas después de su arribo a la llamada capital del exilio, la dolida madre compareció ante la prensa. Como era evidente, su viaje nada tenía que ver con el exilio ni con las preguntas acerca de su relación con la “frontera” o la situación en Cuba.
Con todo, en sus declaraciones afloró la palabra “cambio”, tan propia del discurso político del exilio. También se habló de educación, uno de los estiletes que la dictadura de La Habana utiliza para vocear las bondades “revolucionarias”. Y, sin embargo, en ambos casos las notas tomaron una dirección muy distinta a la habitual y, para algunos, sorprendente. “El cambio que pretendemos que se produzca es aumentar la seguridad (en los colegios del condado)… Tiene que haber algún modo de que esto no siga ocurriendo en las escuelas de este país (Estados Unidos)”, declaró la cubana. “¿Qué hacemos con las escuelas?”, se preguntó seguidamente. Recién llegada de La Habana, sugirió algunas medidas para paliar los problemas de seguridad en las escuelas. Instalar detectores de metales en los colegios, por ejemplo. En algún momento de la intervención dijo: “Envié a mi hijo a estudiar (aquí)”. Continúe leyendo… »
Como avancé el pasado 4 de diciembre, evaluaba la pertinencia de continuar escribiendo El Tono de la Voz tras tomar la decisión de interrumpir su publicación en el portal Cubaencuentro.com.
De las diversas posibilidades de hacerlo, he elegido que sea accesible a través de un dominio propio.
La reflexión acerca de si continuarlo se ha resuelto, pues, a favor de su continuación. La pregunta por el qué camino tomar en la producción de contenidos, asunto sobre el que he meditado a lo largo de todos estos días, tuvo respuestas que irán apreciando los lectores.
Como hasta ahora, mi compromiso con ustedes pasa por la responsabilidad, la diversidad de opiniones y contenidos. Y, por sobre todas las cosas, por el goce de escribir.
En los próximos días, y gracias a amigos tan laboriosos como generosos, haré accesible aquí el archivo de posts publicados en El Tono de la Voz durante su anterior avatar.
Tristán de Jesús Medina
Retrato de apóstata con fondo canónico. Artículos, ensayos, un sermón. Selección y prólogo de Jorge Ferrer. Editorial Colibrí, Madrid, 2004.
Minimal Bildung
Veintinueve escenas para una novela sobre la inercia y el olvido Editorial Catalejo, Miami, 2001.
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