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La bandera, la caca y el perro: ¿quién tendrá la culpa?

Coincidimos en la acera desierta. Llovizna. Son pasadas las once de la noche en Barcelona.

He sacado a pasear a Bruno y me protejo de la llovizna con un paraguas que M. me trajo alguna vez de Washington. Un souvenir nada extraordinario, y con un cierto aire de feria, pero que cumple sobradamente su doble función. Al abrirlo se despliegan las barras y las estrellas de la bandera norteamericana. Es, pues, eficaz souvenir de Washington y sombrilla de recia arquitectura. Jean Baudrillard se ocupó alguna vez de ese preciso objeto, creo recordar.

bruno [1]

Ajeno al «sistema de los objetos», Bruno ha sentido de pronto la llamada de los intestinos y se agacha para defecar. Con gesto mecánico, extraigo del bolsillo el rollo de bolsitas de nylon, perfumadas y negras; desgajo una para recoger las heces. Somos cuadrúpedo y bípedo cívicos Bruno y yo. Bruno lo ha sido tanto en esta ocasión que la defecación ocurre justo al lado de un contenedor de basura.

En ese instante se acerca un árabe arrastrando un carrito. Es uno más de los centenares, probablemente millares, de personas que sobreviven en esta ciudad gracias a la basura que recogen. El perro que caga en la acera y el kafir (كافر) protegido de la llovizna por la bandera norteamericana le impiden llegar a la basura que le da de comer. Lo miro y esbozo una vaga sonrisa que quiere ser una disculpa. Ya Bruno acaba, por suerte, así que me agacho, recojo las heces y las lanzo al contenedor, cuya tapa, al abrirla accionando el pedal, tropieza con «la bandera norteamericana» y me hace trastabillar.

No recuerdo haber visto en mi vida mirada de desprecio ―¿o era lisa y llanamente odio?― como la que ese hombre lanzó al infiel que recogía con sus manos la mierda de un animal impuro mientras lanzaba torpes estocadas con la bandera de los Estados Unidos.

Si algún día ese tipo decidiera hacerse estallar para matar infieles ―algo por demás prácticamente imposible en términos estadísticos: 1) porque de los poco menos de 1.400 millones de musulmanes apenas unos escasos centenares escogen el camino del martirio y 2) porque no son los musulmanes pobres quienes suelen inmolarse―; pero si lo decidiera, digo, tengo para mí que lo último que recordará para darse ánimos antes de manosearse el calzoncillo-bomba será esta inocente escena urbana.

Ojalá la más sensata de la huríes que le correspondan lo avergüence espetándole con virginal sentido común: «Chico, pero si aquel cubano no hacía más que pasear al perro».