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De terroristas, de taxistas moscovitas, de Twitter y de nosotros

Atentado terrorista hoy en Moscú [1], ya sabrán. Treinta y cinco muertos cuando escribo esta nota. Centenar y medio de heridos. Súmese cuánto dolor a cuántos allegados de esas víctimas. Y anótese en la cuenta del terrorismo islámico. (Oh, sí, ya sé que no han concluido las investigaciones ni ha reivindicado la acción grupo alguno. Pero tengan por seguro que no son filatelistas, pentecostales ni enemigos de las gaviotas quienes perpetraron la matanza en Domodedovo. Ay, los antecedentes. [2])

Del horror, nada que añadir.

Otros dos epifenómenos me han llamado la atención mientras trasegaba con las noticias sobre sangre, carne y miedo que se multiplica. Sobre todo las que servía el que Jordi Pérez llama «el mejor periódico que existe»: Twitter.

1) La reacción de los taxistas del aeropuerto de Domodedovo al atentado. A una, entre el pavor de quienes querían alejarse cuanto antes de la terminal, acordaron subir la tarifa a 20.000 rublos [3] (=400 Euros). Eso es multiplicarla por cuatro en relación con la que se paga habitualmente para salvar los 20 km que separan ese aeropuerto de la capital rusa. En medio de la desolación y el miedo, y aprovechándose de ambos, decidieron lucrarse con ellos. Mostraron la miseria de la que somos capaces. La sacaron a pasear sin correa. La soltaron a la vista de todos;

2) La comunidad de twitteros rusos reaccionó al instante [4] con una campaña en favor de apagar los ordenadores, subirse a los coches particulares de cada cual y rodar al aeropuerto a evacuar a la gente sin costo alguno. Centenares de jóvenes rusos se apartaron de sus laptops y acudieron en ayuda de las víctimas de la extorsión de los taxistas. La fotografía ahí arriba muestra a tres muchachas enarbolando carteles que ofrecen esos viajes gratis.

Sirva esto, y no se me endilgue vocación de amigo de la moraleja, que no la tengo, de prueba de un par de cosas, o tres.

El horror del Islam más agresivo se ha visto acompañado esta vez de la codicia de hombres como usted y yo. Del más bajo oportunismo, del peor rostro de una sociedad envilecida. Pero la generosidad de otros tantos, alimentada por las redes sociales, les ha salido al paso. ¡A ver si ante espectáculo tan enaltecedor vuelve alguien a denunciar la supuesta enajenación de quienes «viven» en Facebook, Twitter o similares! Los nuevos paradigmas de comunicación nos dan sorpresas hermosas como esta de hoy en la twittería moscovita. Porque hay sociedad más allá del teclado, aunque hecha en el teclado. Sociedad que se aparta de la ilusión digital y se derrama a veces por las calles.