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Esa Habana tan deliciosamente kitsch

Tú imagínatelo ahí. Con su guayabera blanca, su cara de imbécil, su calamitosa hoja de servicios al país que lo quiso presidente y lo desquiso enseguida. James Carter, cará’.

Tú imagínatelo reunido con Castro II, guayabera contra guayabera como espejitos, con cardenales y judíos que viven en Cuba de ser judíos. ¿De qué habló con estos? Contaron los brazos de la Menorá [1].

James Carter, el «vendedor de cacahuetes». Que en Cuba es maní y sus vendedores tienen larga fama de pregoneros. Y, por feliz accidente, de rumberos.

«Distinguido visitante», le llaman, porque el ciego es tuerto en casa del rey. Aunque ni rey haya, ni Jimmy Carter sea ciego. Pero es tuerto útil.

Ha ido a ejercitar el músculo del trueque. Del quid pro quo. Del dando y dando. ¡Pero que nadie se entere, oigan! Que en silencio ha tenido que ser…

(¿Habrá votado Alan Gross a este mequetrefe en el lejano 1976?)

Pero tú imagínatelo ahí. Imagínate a esos «estadistas». El aquiescente Jimmy Carter que quiere cobrarle pieza a Barack Obama antes de ir a rezarle a la almohada. Y Alan Gross esperando en La Condesa. Y los espías cubanos jugando a las cartas.

Y cuando ya te has apoderado de ese paisaje sórdido y decadente, cuando ya ves temblar esas parejas de labios luchando trueque, cuando tarareas «El manisero» —The Peanut Vendor— para bailar la escena, te anuncian que Alix de Foresta —«Princesa Napoleón»— volará pronto a esa misma Habana para asistir a la reapertura del Museo Napoleónico [2].

¡Del Museo Napoleónico, nene!

Habaaana —léase como cantado por Los Zafiros [3]. De ti se puede imaginar todo. ¡Y todo es tan, pero tan deliciosamente kitsch!