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Medicina preventiva

Hoy entré a comprar cigarrillos en el estanco de la calle Ramón y Cajal y me di de bruces con una joven mulata que juraría es la mujer más bella que he visto en mi vida. Una de esas mujeres por las que uno se siente dispuesto a abandonarlo todo de golpe —¡todo!— con solo mirarles a la cara. Era un ángel. De pie junto a una suerte de atril, ofrecía a los clientes no sé qué nueva versión de qué sé yo qué marca. Los ángeles también venden cosas. Le sonreí como mejor pude, disimulé esa mezcla de «temor y temblor» que sobreviene a la súbita exposición a lo sagrado y le di las gracias y la espalda.

Abandoné el estanco, volví a casa dando un rodeo y tan solo cuando asomé a mi calle reparé en que iba cojeando. A veces la belleza es tan contundente que hiere, y duele.

En ese sentido, el niqab sería una suerte de fármaco.