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Soñando con estampar un cake en la cara del déspota

El domingo pasado dediqué unas cinco horas a ver Quemados por el sol [1], película rotundamente espléndida, y su secuela, Quemados por el sol 2, de Nikita Mijalkov. Se trata, aun cuando la segunda parte sea en muchos sentidos decepcionante, de uno de los proyectos cinematográficos más deslumbrantes sobre el totalitarismo soviético en los años de Stalin.

No las vi por gusto, que bien valía la pena. Lo hice porque la tercera y última parte del proyecto de Mijalkov será estrenada en Rusia el 5 de mayo y confío verla en los próximos días, que la piratería allá es más boyante que en los mares de Somalia.

Nikita Mijalkov es actor y director de mucho talento y también es un tipo con un posicionamiento poscomunista muy peculiar. Hace tres años le dediqué aquí un «De contra» [2] a su aprovechamiento pecuniario del restauracionismo de Putin. En Besogon, su también peculiar y polémico videoblog [3], anuncia que con La ciudadela, el venidero estreno, cerrará de manera inapelable su retrato del horror stalinista. Me froto las manos.

A quien conozca las películas le recomiendo verlas como yo lo hice: una tras otra en larga noche. A quien no, se las recomiendo doblemente y ya puede irme dando las gracias. Que de nada. (En Netflix, aquí [4].)

Para abrir boca o repaladearla les marco aquí la escena del regalo que hace Kotov, el protagonista, a Stalin. Se trata del regalo al déspota que hace en sueños un prisionero en el Gulag. Está en 0:01:40 – 0:06:19 del video que sigue.

¡Gocen!

http://www.youtube.com/watch?v=4AueN0L4UK8 [5]

[6]

De contra:

Como algún lector recordará, Quemados por el sol se alzó con el Oscar a la mejor película extranjera en 1995, dejando con las ganas a Fresa y chocolate, aquella producción del ICAIC. El amigo García Borrero relata muy bien esa historia [7].