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Superman no mató a Osama bin Laden

Mientras los periódicos proclamaban urbi et orbi que Superman renuncia a la ciudadanía norteamericana [1], una veintena de SEALs [2] se aprestaban a descerrajarle un tiro en la jeta a Osama bin Laden. En Pakistán, nada menos.

¡Oh, cuánto se solazaron con que si el de la criptonita abandonaba a los EE.UU. a su suerte! [3] ¡Cuánta gracia les hacía! ¡Cuánto bulló el antiamericanismo más primario en 24 horas de prensa barata!

El mundo no es hoy más seguro, ni están más limpios el aire o los mares —lo último es manifiestamente obvio [4].

Todo es mucho más simple: los Estados Unidos se ocuparon de hacer el trabajo debido. (¡Vaya sorpresa!) El de cobrarse la muerte de miles de hombres y mujeres en la persona de quien los mandó a matar en nombre del odio a lo que representan nuestros valores —tan amplios ellos, que no difusos, que incluyen la capacidad de cuestionarlos y hasta la magia de volverlos al revés.

¿Qué rayos importa, pues, que a dibujante y empresa que distribuye comics se les ocurriera dar de baja a Superman para amasar otro puñadito de dólares a cuenta del antiamericanismo? ¿Qué coño importa, pues, que ya no contemos, ay, con el favor y el sabor de la criptonita?

Una buena hamburguesa, un vaso de Coca Cola y el convencimiento de que cumplir con el deber para con los vivos y los muertos es un oficio. A mí me basta con eso, como bastó para liquidar a psicópata hijo de puta.

Y Superman, dicho sea de paso, jamás me hizo ni puñetera gracia.