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De lo que no voy a hablar…

…es del subproducto discursivo más siniestro de la aniquilación del psicópata en Abbottabad. A saber, de la pertinencia de la tortura para arrancar confesiones a yihadistas o a quien sea.

Hay pocas cosas sobre las que no estoy dispuesto a discutir, asuntos a los que no dedico ni uñita de instante. Porque son asuntos que rebajan a quien los discute, ya no digo a quien los ejercita. Son escasos. El negacionismo del Holocausto, los discursos racistas, la justificación de cualquier tipo de violencia contra las mujeres… y la tortura. Creo que es todo.

Sobre casi cualquier otro asunto me muestro siempre dispuesto a debatir, entendido el debate como un espacio donde la humildad y la razón —la humildad de la razón— me dispongan a si no aceptar, sí al menos comprender la perspectiva de mi interlocutor.

Pero la pertinencia de la tortura —del waterboarding, por ejemplo— es asunto que no discuto. Y como hice esta tarde, me levanto de la mesa, como impelido por un resorte, dispuesto a abandonar el almuerzo y la charla.

Si incapaces de comprender su grosero error desde una perspectiva moral, los valedores de la tortura deberían someterse a ella voluntariamente. Probarla, vaya.

Christopher Hitchens lo hizo en una ocasión a iniciativa de Vanity Fair. Se sometió a una, ya verán cuan brevísima, sesión de waterboarding.

Recuérdenlo: