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Mario Diaz-Balart, hijo de Fort Lauderdale, y los viajes a Cuba

A ver. Volvamos sobre esto, aunque ya me aburre repetirme sobre asunto que he abordado muchas veces, y siempre con malas pulgas. La última, creo, aquí y a propósito de Marco Rubio [1], donde concluía que el problema de tanto cubano o pericubano tonto (por decirlo suave, que este es primer párrafo) es el «trauma de la traslación».

Pero volvamos, decía, sobre el asunto de los viajes a Cuba por cubanos residentes en los Estados Unidos, porque, ay, la han vuelto a hacer. Concretamente, Mario Díaz-Balart, representante por el Distrito 21 de la Florida.

Esta es la anotación del House Appropriations Committee sobre la enmienda introducida por Mario a los presupuestos del año 2012:

Diaz-Balart (R-FL) The amendment tightens regulations on family travel and remittances to Cuba, returning these policies to those that were in place during the Bush Administration. These changes to travel restrictions include: requiring specific licenses for family travel, tightening the definition of “family,” and limiting travel to every three years for a time period of 14 days. The amendment would also limit family remittances to immediate family members, and limit the total to $300 for every quarter of the year. The amendment was adopted on a voice vote.

Este Mario Díaz-Balart quiere devolver la situación de los cubanos residentes en los Estados Unidos a las restricciones anteriores que establecían un viaje cada tres años, etc. Quiere «restringir la definición de “familia”» este mascatrancas que pertenece a una de las familias cubanas que llevan décadas decidiendo el destino de los cubanos —casi como los Castro, aunque con menos público en la platea— con la débil, bovina e irresponsable anuencia de los afectados. Para familia la suya, pensará —que ya es concederle mucho al más tonto de los hermanos Díaz-Balart.

Mario Díaz-Balart nació en Fort Lauderdale en 1961. Una ciudad que tiene algún sentido concreto para quienes buscamos precios económicos para volar a Miami desde Nueva York —yo mismo he utilizado ese aeropuerto un par de veces— y un sofisticado sentido literario para quienes tenemos A Supposedly Fun Thing I’ll Never Do Again, de David Foster Wallace [2], como uno de los textos más hilarantes de la literatura posmoderna norteamericana. De Cuba Mario Díaz-Balart —ya les avisé que no quiero repetirme, pero maldita sea la tozudez de estas familias «ilustres»— sabe tanto como mi vecina de abajo, una buena mujer que jamás ha puesto pie en esa isla, pero enfebrecida por la sangría y ahíta de sobrasada es capaz de solucionar todos los problemas que aquejan a los cubanos con ristra de espontáneas fórmulas la mar de pintorescas, como los eructos que las puntúan.

Hace unos años entrevisté para ETDLV a su hermano Lincoln Díaz-Balart [3], que ocupaba a la sazón cargo de representante, ¡los heredan, papa!, y tuvimos el siguiente intercambio:

JF: Usted ha dicho que no sabría cómo explicarles a sus colegas norteamericanos que apoyen el embargo y al mismo tiempo abogar por que los cubanos que viven en EE.UU. puedan viajar a Cuba cuantas veces les plazca. Oiga, se lo pongo facilito: los americanos irían a Cuba de vacaciones; los cubanos viajan a visitar a sus familiares. ¿Acaso no ve la diferencia?
LDB: La Ley de Ajuste Cubano trata a cada cubano que llega a suelo de Estados Unidos como a un asilado político. Ninguna otra nacionalidad recibe ese tratamiento excepcionalmente generoso de Estados Unidos. Por cierto, los asilados políticos de cualquier país no pueden visitar al país de donde huyeron. Lo que yo le sugiero a los cubanos, y que la gran mayoría de nuestra comunidad entiende perfectamente, es que el extraordinario privilegio del tratamiento recibido por la Ley de Ajuste Cubano conlleva ciertas responsabilidades.

Lógica la suya que se basa en una perversión que habría hecho las delicias de Cooper y Laing allá en Palo Alto: una vez que los cubanos escapan de la tiranía castrista pasan a ser reos de la burocracia de los Díaz-Balart, aprovechados leguleyos que deciden la naturaleza de los vínculos que quienes escaparon mantienen con quienes allá los esperan. Llegan los primeros a la libertad para que un Díaz-Balart les diga lo malos que son y los enseñe a comportarse con sus «tightened» familias. Si querían el chocolate de la Ley de Ajuste, que se priven del azúcar del amor filial, fraternal, etc.

Vivo en España, país que no establece restricciones de esa índole a los cubanos que aquí residimos. No puedo viajar a Cuba puesto que el gobierno de ese país me lo impide. Soy víctima de una prohibición expresa emitida con mi nombre y apellidos por los hijos de puta de La Habana. Y no voy a deslizarme aquí por la rosada por lacrimosa prosa de contarles lo que me duele no poder visitar a los míos, no poder visitar mi país.

Pero una cosa sí tengo clara: si a algún político español nacido de padres cubanos en Almería o Girona, a algún mascatrancas como Mario Díaz-Balart, se le ocurriera restringir mi capacidad de manejar en libertad mis afectos con el país donde nací y los míos que allá viven, 1) no lo votaría jamás; y 2) me complacería ver despistados a sus guardaespaldas para sonarle la patada en el culo que merece, en este caso, «cubano» nacido, ¡fíjate tú!, en Fort Lauderdale.

Hace unos días comentaba aquí sobre el optimismo y el pesimismo en relación a los asuntos cubanos [4]. Que alguien que se apellida Díaz-Balart siga siendo noticia cuando de la libertad de los cubanos se trata, cuando de restringirla se trata, es testimonio mayúsculo de que, oigan, la normalidad y la paz nos esperan mucho más allá de Orión.