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Bruno y el alma de los perros

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Bruno, adorable criatura que me ha acompañado en tantas notas publicadas aquí —esta [2], esta [3] o esta [4], por ejemplo— cumple este fin de semana dos años de vida.

Martin Heidegger negó que los perros tengan un alma; Juan Pablo II soliviantó hace dos décadas [5] a los teólogos cristianos admitiendo la posibilidad de que sí la tuvieran.

Siempre heideggeriano y muy escasamente papista, debo admitir que en este capítulo tiendo a salir de la Selva Negra para ir a sentarme junto a la silla de Pedro.

Ojo: no para admitir que tengamos alma los humanos, sino únicamente para admitir esa gracia en los perros. O al menos en este tipo bajito, tierno y roñoso que, como suele decirse, no me pierde pie ni pisada.