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(Havana Runner): ¿Sueñan los catalanes con Fontanar poco eléctrico?

Me bastó entrar esta mañana al estanco donde compro cigarrillos casi a diario desde hace, al menos, siete años, para comprender que algo iba a cambiar. Tropecé al entrar, enredado con la correa a la que va atado Bruno; el dueño, y dependiente, estaba hablando en español con una muchacha que me daba la espalda, acodada sobre el mostrador.

Llevo años, decía, acudiendo a ese mismo lugar. Con el dueño siempre hemos hablado en catalán lo que se habla en transacciones la mar de sencillas, más algún comentario acerca del tiempo, el barrio, alguna rubia que me precedía en la cola o el mudable, y casi siempre ascendente, precio de los cigarrillos.

—…es que eso se tiene que acabar —le escuché decirle a la muchacha—. Por lo que sé, antes todo era distinto.

—No tenía nada que ver con lo de ahora —aprobó ella con un acento que podía ser cubano. Ahí decidí entretenerme mirando la mercancía, como si me interesara.

—Es que las cosas tienen que cambiar, porque si no hay cambio todo se hunde —prosiguió el tendero.

—Así mismitico —dijo ella con diminutivo ya con inconfundible olor a carné de identidad cubano.

—Pero ahora esa ciudad está destruida… Han acabado con ella los hijoputas… Ahora, ¡a mí me van a devolver la casa que le quitaron a mi padre! ¡Vaya si me la van a devolver!

Llegados a ese punto, Bruno y yo tuvimos la certeza de que hablaban de La Habana. Hay pocas ciudades del mundo destruidas hoy y con casa por recuperar, más allá de Kigali, alguna otra en la zona fronteriza entre Armenia y Azerbaiján, los Balcanes y posbélico etcétera. Nos acercamos al mostrador, unidos por la correa. A Bruno se lo veía ansioso.

—Solo podemos estar hablando de La Habana —tercié con mi sonrisa de los mediodías. Le pregunté—: ¿Dónde está la casa que te quitaron?

—En el Reparto Fontanar. ¡Tremenda casa! Y la tengo bien fichada en Google Earth. ¿Conoces La Habana?

—Soy habanero —respondí. A la cubanita no pareció hacerle mucha gracia que otro cubano amagara con sumarse a la conversación. Feíta y de «cuelpo etraño» que dicen en el Oriente de Cuba, de donde parecía proceder, le costó disimular una súbita incomodidad.

—¿No me digas que tú eres cubano? —exclamó el otro. Y protestó—: ¿Cómo es que no me lo dijiste antes?

—No había motivo —le dije. Ciertamente, uno no va a comprar cigarrillos con el pasaporte entre los dientes. Y yo ni siquiera tengo pasaporte de ese país.

—Pues, tenemos mucho que hablar. Yo estoy obsesionado con Cuba… Y con esa casa en Fontanar.

—Buenas casas las de Fontanar… —convine. Bruno tiró de la correa.

—Dame un Ducados —le pedí, como de costumbre, aunque ahora en español.

Pagué. Le dije un chao a la hosca y mal encabada cubanita y le guiñé un ojo al catalán de padre siquitrillado.

Dos pulsiones, en clave de double bind: por un lado, la curiosidad por ese catalán que anhela casa de La Habana; por otra, mi renuncia a bajar a comprar cigarrillos tarde sí y tarde no en Barcelona y encontrarme otra vez con esa cosa que se llama Cuba y lo que quieren de ella.

Dejaré que los pasos de Bruno decidan a dónde nos encaminamos pasado mañana. Él sabe. No me supera en estatura, pero sí, y con creces, en instinto.