(En directo): Visita de Benedicto XVI a Cuba

- 26/03/12
Categoría: Actualidad
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Jaime Ortega y Raúl Castro, la película

- 22/03/12
Categoría: Agua corriente, Castro & Family, Susan
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La ya inminente visita de Susan* a Santiago de Cuba y La Habana tiene revolucionada a la blogosfera cubiche y opinadores adyacentes. Todo a partir de una extraordinaria, castrísima, unanimidad en presentar al cardenal Jaime Ortega como el mamporrero que sirve a los Castro para jodernos vivos, y perdónenme la gráfica expresión.

El argumento es otro más en una serie eterna: siempre es otro el que tiene la culpa de que los cubanos estemos como estemos. Batista, Kennedy, los rusos, los americanos en general, Venezuela… y ahora son la iglesia y Susan. ¡Qué mala suerte tenemos, chico! ¡Cuántas fuerzas se confabulan para impedir que diez millones de cubanos que querrían vivir en democracia no consigan hacerlo!

En esencia, la película que están pasando en todos los cines es esta que sigue con Raúl y Jaime en los papeles estelares. Lástima que no sea igualmente muda y contenga intertítulos más apropiados. Y, sobre todo, nos permita indagar a fondo en el guión que subyace a estos déjame-echarte-aquí-una-mano-tortugón sin recurrir a tragicómicos salpafueras:

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Volveré en los próximos días a lo que hay de cierto y lo que hay de incierto en este relato de tortugas de caparazón a prueba de aporías.

*Susan es la forma apocopada con que me gusta llamar a Su Santidad el Papa Benedicto XVI -se pronuncia así.

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El espía René González viaja a Cuba

- 20/03/12
Categoría: Agua corriente
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Bien, porque, y esto nunca lo repetiremos lo suficiente, nosotros no somos como ellos.

Y aunque esa constatación nos ponga cara de bobo tantas veces, vale más tener rostro de eso, de bobo, que jeta de hijoputa.

René González ha cumplido su pena de internamiento en la cárcel y aunque las precauciones de la jueza Joan A. Lenard nos arranquen sonrisa, su decisión demuestra el respeto a la ley, la sobriedad y la humanidad que jamás veremos en los castristas.

Otros son los malos. Nosotros, esa jueza, no le negamos a un hombre que ha cumplido el grueso de su condena la posibilidad de despedir a un hermano al borde de la muerte.

Somos distintos y en esa distinción radica buena parte de nuestra fuerza moral.

La orden de la jueza en Café Fuerte.

Dicho esto, expuesta esa verdad de Perogrullo, quiero ver a Alan Gross viajando a Washington ya. ¡YA!

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Mientras Susan prepara las maletas de camino a La Habana…

- 16/03/12
Categoría: Agua corriente, Literatura
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…Susan, que es la forma apocopada con que me gusta llamar a Su Santidad el Papa Benedicto XVI -se pronuncia así-, mientras esperan días de júbilo a decenas, acaso centenares de miles de creyentes cubanos que acudirán a escuchar al heredero de Pedro, mientras asisto al escasamente divertido espectáculo de la antesala de esa visita, preparo hígado y retinas para la obscena sobreabundancia de noticias que vendrá y adivino los entusiastas titulares que nos regalarán los periódicos, este fin de semana repasaré algunas páginas de Cecilia Valdés.

¿Ha contado alguien las veces que aparece el nombre de Jesús en esa novela de Cirilo Villaverde, la pieza más shakespeareana del puzzle que nos tocó?

Villaverde, Cirilo – Cecilia Valdes

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El Consulado de Cuba en Barcelona me mima y me lo manda a decir con JYCTEL

- 13/03/12
Categoría: Exilio
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Esta tarde me interrumpe el trabajo una llamada. Ring, ring. No suelo responder al teléfono a esas horas y hoy lo habría hecho menos por haberme visto apartado un buen rato de la mesa de trabajo por una comida con los autores de Barcepundit y Obamaworld —bendita rutina—, pero lo hice.

Una encantadora voz femenina cubana me saluda y pasa a venderme una oferta «irresistible» para llamar a Cuba. «A ver, espera», la interrumpo incapaz de comprender por qué recibía esa llamada: «¿Qué compañía es esa?» «Bueno, somos no-sé-qué-tel y ofrecemos servicios de telefonía con los mejores precios del mercado a Cuba. Contamos con oficinas en los Consulados de Cuba en Madrid y Barcelona y…», me informa muy cortésmente la muchacha. «¿En los Consulados de Cuba?», quiero asegurarme. «Sí, sí, al lado de los Consulados», me asegura. (Contrasté ese extremo más tarde y es rotundamente cierto: las oficinas de la compañía coinciden con los edificios donde tienen sede los Consulados cubanos en Madrid y Barcelona como puede verificarse fácilmente en su website.)

«Pero, ¿esa compañía a quién pertenece?», pregunto. «Es mixta», responde. Sonreí. «Mixta, ¡vaya! ¿Mixta, porque cubana y española?» «Sí» «A ver, deletréame el nombre otra vez que no lo entendí», ruego. Ella, solícita: «Jota de Jaén; I griega de Yaguajay; Cé de Cuba; y TEL, como en teléfono: JYCTEL». Mi perplejidad iba en aumento, pero la muchacha, cariñosa como una prima del campo, me obliga a recuperarme a golpe de preguntas: «Cuando llama a Cuba, ¿cómo lo hace? ¿Desde la casa o va a un locutorio? ¿Cuánto suele gastar? ¿Qué tarifas está pagando ahora?» Respondí puntualmente, que yo a muchacha cubana siempre le respondo sin rechistar. «Pues, mire, nosotros le ofrecemos XX céntimos de euro x minuto y, además, tenemos un competitivo servicio de envío de dinero a Cuba y un programa para mensajes de texto, Acercados…» «¿Cercados, como de cerco?», pregunto, porque de veras fue lo que entendí. ¡Ay, esas prístinas risas de Yaguajay que me interrumpieron!: «No, no. Acercados, de acercar a la gente. Este programa le permite por 9 euros al mes…»

Ahí ya me pareció que era hora de formular la pregunta que me rondaba desde el primer instante: «¿De dónde han sacado ustedes mi número de teléfono?» «Bueno, tenemos una base de datos que se incrementa y…», comenzó a explicarse la amable vendedora. «¿Cómo pueden conocer mi número de teléfono y saber que soy cubano, cuando eso no consta en ningún registro de las compañías telefónicas españolas? Y sí, y únicamente, en el Consulado de Cuba en Barcelona», la interrumpí suavemente, bucólico e inocente yo también. No tenía respuesta y nos despedimos amablemente. (Cabe anotar que me nacionalicé español hace doce años, de manera que mi identidad extranjera, cubana, apenas figura ya en ningún documento, salvo los del Registro civil.)

Resumamos, oigan. Aquí parece que tenemos, por una parte, la circunstancia de que el Consulado de Cuba cede a una empresa de telefonía, JYCTEL, su base de datos de residentes cubanos para que hagan negocio con ellos. La idea es magnífica, porque consiste en mandar a tus comerciales a pescar en una poceta de piscifactoría. ¡Bingo! ¡A cada llamada responde un cubano! Se trataría, por cierto, de una evidente violación de la Ley de protección de datos vigente en España, porque ni el Consulado podría pretextar extraterritorialidad ni mucho menos JYCTEL, una empresa inscrita en el Registro mercantil español.

Pero hay más, ay, cuando llaman a un servidor. Y ahí es donde me parece que estos funcionarios cubanos estarían rizando el rizo. Hace unos años, lo saben mis lectores, recibí una llamada del Consulado de Cuba en Barcelona para notificarme la prohibición de entrada a Cuba que pesa sobre mí por razón tan, digamos, pueril, como que al gobierno de mi país no le gusta lo que escribo. Ahora¸ ese mismo Consulado estaría cediendo mis datos personales a una empresa de telefonía participada por el gobierno cubano para que me contacte en mi propia casa y me ofrezca tarifas convenientes para llamar a los míos, enviarles dinero y «acercarlos», según el brand del programa de 9 € que me describió la encantadora muchacha que me llamó.

Supongo que a estas alturas ustedes estarán preguntándose lo que yo: ¿ofrecen los Consulados de Cuba en Barcelona y Madrid y la compañía «mixta» JYCTEL descuentos adicionales a quienes el gobierno de Cuba nos tiene prohibido viajar a la isla? ¡¿A que sería todo un detalle a proclamar entre fanfarrias en la próxima cita entre lo que llaman nación y lo que llaman emigración?!

Por lo pronto, y muy a tono con los tiempos, JYCTEL sortea entre sus clientes una casa en Cuba valorada en 20.000 CUC. CUC. CUC. Y yo, bueno, yo creo que me divierto.

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Un “Secretario general” postcomunista

- 09/03/12
Categoría: En El Nuevo Herald
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Mismo Putin, nuevas aguas

Por Jorge Ferrer

Como tantos occidentales que han visitado Rusia, Alexander von Humboldt no lo tuvo fácil cuando viajó allá en 1829. Nicolás I asignó un funcionario que velara por la buena marcha de la expedición del célebre naturalista. Pero el sabio y su involuntario cicerone no se entendían. Cuando el primero arrancaba hierbas de las márgenes de un río y pedía al segundo hundir los pies en el agua y alcanzarle una porción de cieno, el ruso creía que buscaba humillarlo. El alemán buscaba comparar los brotes que crecían en tierra firme y los que lo hacían bajo el agua. Pero el ruso –se lo contó a Alexander Herzen–, se hacía el sordo. Humboldt se exasperaba y ello solo servía para que su ayudante se afianzara en la idea de que el despótico occidental buscaba algo más que comparar hierbajos. Era otro el déspota al que servía, pero una equívoca idea del orgullo y una peor noción de la libertad le impedían cobrar conciencia de que le estaba negando un servicio a la ciencia, a su país.

Vladimir Putin no ganó las elecciones del pasado domingo porque hiciera trampas en las legislativas de noviembre pasado o en estas presidenciales. En ambas se produjeron irregularidades –flagrantes en noviembre; numerosas después–, pero creer que a ellas se debe la victoria de Rusia Unida sería desconocer la evolución del paisaje sociológico del país.

Putin ganó porque el control sobre la prensa que ha ejercido el gobierno ruso ha rebasado los límites que se permitiría sin sonrojo una democracia con inicial mayúscula. Pero también, y sobre todo, porque una mayoría del electorado se siente cómoda en la idea de que Rusia ha de recuperar el peso geopolítico que la desaparición de la URSS quebró y considera que la estabilidad económica ganada en los últimos años es un tanto en la cuenta de quienes gobiernan. Poder, madurez e independencia fueron nociones repetidas una y otra vez durante la campaña, las mismas que seducen a una población expuesta a sostenido rearme ideológico en clave nacionalista.

¿Eficaz populismo? Sí. ¿Amenaza de vuelta al pasado soviético? Ninguna. Otros son los tiempos y otras las apetencias. Rusia es una economía que ostenta buenos enteros y un país distante del caos postsoviético. Luego, tampoco es el espacio donde se desarrollará una nueva primavera democrática.

Con todo, el país que Vladimir Putin recupera para un mandato de seis años que lo convertirá, de agotarlo, en una suerte de “secretario general” del postcomunismo ha conocido en los últimos meses una movilización espectacular de la sociedad civil. Por una vez, la cuestión ahora no es cuánto va a cambiar el país su nuevo presidente –que ni siquiera es nuevo, en sentido estricto–, sino cuánto ha cambiado ese país en los meses previos a su entronización y cómo enfrentará Putin el nuevo paisaje poblado por gente que se manifiesta en las calles y exige transparencia – glasnost, ¿se acuerdan?– y una radical modernización del sistema político y económico.

Deliciosa paradoja: quienes se manifiestan en favor de la democratización son los mismos que se han beneficiado de la bonanza económica del postcomunismo gestionado por las elites del Antiguo Régimen. Crecieron hasta tocar un techo que ahora ha fijado la Rusia rural y obrera y exigen participar de un proceso de toma de decisiones que les ha sido usurpado por una casta política amiga del clientelismo, la corrupción y una verticalidad de una rigidez apoteósica.

Por mucho que Putin acuse a sus opositores de responder a Occidente, no hace falta un Humboldt que acuda hoy a pedir que remuevan el fango. Rusia, pacificada a golpe de diktat, está tan agitada como las aguas de aquel río de los Urales.

La columna «Mismo Putin, nuevas aguas» aparece publicada en la edición de hoy del diario El Nuevo Herald.

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