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Infeliz cumpleaños de Fidel

Fidel Castro cumple hoy 86 años. Lo de «longevo dictador», para decirlo en cursi, ya es un buen trozo de jabón con que enjabonarnos los glúteos.

Si contamos desde 1953, cuando lideró el asalto a un cuartel en Santiago de Cuba, Fidel Castro lleva 59 años protagonizando la política cubana. ¡Cincuenta y nueve años!, nenas, nenes. Que de esos sumen ya seis desde su obligado paso a retiro no significa que se los deba descontar. Más bien al contrario. Estos últimos años valen el doble, porque son los que le han regalado la formidable visión de la continuación del régimen. Ah, ¡qué regalo mayúsculo! Los cubanos viven bajo un modelo que no funciona ni para ellos mismos, como le confió a Jeffrey Goldberg [1], ya no tienen a un líder carismático que los seduzca y, sin embargo, continúan sirviendo a los mismos amos con su habitual apatía.

No sé a ustedes, pero a mí esa longevidad me produce una profunda vergüenza. Cada vez que veo a un cubano enarbolando su gentilicio antillano lo miro estupefacto. «¿De qué se ufana?», me pregunto. «¿De añadir inapelable lqqd al pie de La Boétie [2]

Bien, Fidel Castro cumple hoy 86 años y su vida se va apagando plácidamente en el muelle nido de Punto Cero. Allí, con su mesa erguida sobre rueditas, la pantalla de un televisor que siempre sintoniza Telesur, los resúmenes de prensa que le compilan sus aides de chambre, las tazas de caldo que le acerca la criada en las noches y las galleticas macrobióticas que toma en los desayunos, cada uno de sus gestos monitoreado por la adusta Dalia, este hombre domina el pasado de Cuba, como se promete dominar también su futuro.

Nada le estorbó antes, como nada parece atentar contra la certeza de que morirá en una Cuba «socialista». De hecho, la única posibilidad de que algo lo dañe, lo hiera, pasa por el arañazo que alguna inocente ramita de los arbustos de moringa entre los que se pasea como el anciano Vito Corleone por entre las tomateras pudiera trazarle en la carne.

Esa parece ser su suerte. La nuestra es mucho peor. Porque a la historia, a la infalible memoria de la historia, no le será indiferente la manera en que muera Fidel Castro ni la evolución de su legado después de su retiro en 2006 y durante estos ya largos años de sobrevida.

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