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Ángel Carromero (o Los amigos que no merecemos)

No, no voy a escribir un prolijo post sobre la rueda de prensa que ofreció esta tarde Rosa María Payá y lo que dijo allí, un evento del que solo conozco el texto circulado por el Movimiento Cristiano Liberación [1] (MCL).

De hacerlo me inhiben, a disparejos pares, mis dudas y el respeto a la familia de Oswaldo Payá y a su duelo, él sí todavía vivo.

Sí quiero compartir, a propósito de Ángel Carromero, una vieja anécdota. Tanto como que de 2005. Tal vez no resulte ocioso hacerlo.

En algún momento de mayo, también puede que fuera en junio, de aquel año coincidí en Barcelona con una corresponsal extranjera en La Habana. Una colega y amiga muy versada entonces en los entresijos de la política española hacia y en Cuba. El poeta Raúl Rivero había llegado a España hacía entonces muy poco después de veinte meses en prisión y gracias a un acuerdo entre los gobiernos de España y Cuba. Y Raúl Rivero, desde que pisó Madrid, denunciaba la situación de los presos del Grupo de los 75 todavía tras las rejas.

La corresponsal me manifestó su disgusto, que me aseguró extensivo a la cancillería española en La Habana y al ministerio en Madrid por el comportamiento del poeta y periodista. Las razones: cuando se acordó con él que se gestionaría su puesta en libertad y traslado a España, se le pidió inhibirse de toda denuncia y de mantener un perfil público alto, después de los ritos del recibimiento por Zapatero [2]. Raúl Rivero, se quejó la corresponsal, no había cumplido el pacto de mantener lo que llamaban entonces «máxima discreción» [2].

A tales quejas opuse lo que cualquier cubano habría opuesto. A saber, que me felicitaba de que para Raúl Rivero la suerte de los presos y la falta de democracia en Cuba fueran más importantes que cualquier acuerdo cerrado cuando aún se encontraba en las manos de los Castro. Repásese esta entrevista que concedió al diario El País dos semanas después de su llegada a España [3], por ejemplo.

Fin de la anécdota.

Ángel Carromero arribó a España en vísperas de la Nochevieja pasada. Desde entonces no ha dicho palabra de lo que vivió aquella triste tarde en Cuba. Ni una sola. Tampoco se ha manifestado Aron Modig. No lo hizo cuando Carromero permanecía en Cuba, pero tampoco ha abandonado su mutismo una vez que el chófer al que servía de copiloto abandonó la isla.

Esta tarde Rosa María Payá ha revelado lo que le habría revelado Carromero: que la muerte de Payá no habría sido un mero accidente. Se trataría de una noticia de un calado inmenso. De un vil asesinato que merecería el repudio más firme y la adopción inmediata de medidas de castigo al régimen de La Habana.

Pero ya dije que no voy a entrar ahora en el fondo de la cuestión.

Otra es la pregunta que me hago ahora: esos dos políticos europeos que se decían comprometidos con la causa de la libertad de Cuba, ¿cómo es que no nos dijeron a los cubanos lo que sabían? Digamos que se comprende no lo hicieran mientras ambos, y después Carromero, permanecían en manos de la policía cubana. Entonces podían ser alangrosseados o serlo Carromero, Modig ya en Suecia. Pero, oigan, desalangrosseados los dos: ¿cómo es que al día mismo de la llegada de Ángel a Barajas no se plantaron ante los ojos de mosca de los micrófonos en Estocolmo y Madrid para decirnos: ¡a Payá lo mataron y lo sabemos!? De ambos vimos grabaciones refrendando la versión del gobierno cubano. Son las únicas explicaciones públicas que han dado a día de hoy. Si las hicieron bajo coacción, algo que no es descartable, ¿cómo es que no se apresuraron a desdecirse y a contar la verdad, de haber otra, en cuanto pudieron hacerlo?

«Algo huele a podrido en Dinamarca». Y mucho huele a podrido cuando de algunos de «los amigos» de los demócratas cubanos se trata. O pendejos, o reos de compromisos espurios o gente que desprecia a los cubanos. O las tres juntas, en cocktail que no se llama Cuba libre precisamente.

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