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Sin Chávez, esperando

He dedicado unos minutos a la señal de Telesur [1], esa fábrica de bobadas que se dicen sueños. «¡No volverán!», grita la chusma chavista. Y que «unidad, unidad y unidad». Dicen los entrevistados que la revolución sigue, que más revolución, que Chávez en el corazón y la batalla y la victoria… Bueno, y cantan y moquean.

Los deudos de los caudillos suelen comportarse de esa guisa. El caso de Venezuela, a diferencia de otros episodios autoritarios, pero también heredero de algunos otros, dota al finado de una dimensión mesiánica, crística. Dicen que murió aferrado a Cristo, según he visto. Visto que lo digan, no el aferramiento.

A mí, que Chávez haya muerto no me alegra. La única muerte de la que me alegraré en esta vida que también conduce irremediablemente a otra muerte, la mía, es la de Fidel Castro. Ah, nenes, ¡ese día que está por venir! Estéril en lo político, ya sé, pero soñado con esmero e impaciencia durante tantos años.

Del Chávez que se marcha hoy lo que me entusiasman son los lloros de esos «revolucionarios», adelantando el día en que veremos llorar a los cubanos por la muerte de quien los hizo más pobres en conjunto y más tristes en masa. Lo que vi en Telesur de esa Caracas de hoy es un adelanto más bien pálido de la puesta en escena en la Cuba que sabrá muerto a Fidel. ¡Aprepárense!, que diría el guajiro que vive dentro de mí.

Y gocemos hoy y mañana, si de algo hay que gozar, con el ensayo, un mero ensayo, de la apoteosis plañidera de nuestros compatriotas. No hay como conocer a los hombres para aprender, a una, a despreciarlos y a sentir piedad por ellos.

Después, si uno quiere imaginar el futuro, hágalo. Ese futuro que es siempre una mera pausa entre el presente y su regreso.