redes.cu (Un documental sobre el uso de internet en Cuba)

- 25/06/13
Categoría: e-cuba
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Notable en un par de dimensiones, al menos… Principalmente, por el uso profesional de internet en la dinámica protoempresarial de Cuba.

Es una producción de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana / Ediciones Martes / Iré Films.

via Ted Henken @ El Yuma

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Día del Refugiado: “Del rechazo y la culpa”

- 21/06/13
Categoría: Letra impresa
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Ayer, 20 de junio, se celebró del Día del Refugiado.

Lo recuerdo aquí compartiendo este texto que escribí para el libro L’enriquiment de la pèrdua (La riqueza de la pérdida), del que fui coeditor, y que recoge textos de nueve escritores refugiados en Cataluña: Pius Alibek (Irak), Nazanín Amirian (Irán), Jorge Barudy (Chile), Marija Djurdjevich (Yugoslavia), Jorge Ferrer (Cuba), Cristina Peri Rossi (Uruguay), Bashkim Shehu (Albania), Inongo vi-Makome (Camerún) y Monika Zgustova (Checoslovaquia).

Publicado por la Comissió Catalana d’Ajuda al Refugiat, delegación de CEAR en Cataluña, y editado por Àgata Sol y Jorge Ferrer, L’Enriquiment de la pèrdua recoge testimonios escritos desde perspectivas diversas sobre la condición del refugio, el asilo político y el desarraigo.

La cubierta del libro está basada en la pieza Crossing, de Luis Cruz Azaceta (La Habana, 1942) que me fue cedida generosamente por el pintor para esta edición.

 

De L’Enriquiment de la pèrdua (Edició d’Àgata Sol i Jorge Ferrer), Barcelona: CCAR, 2007

Del rechazo y la culpa

Por Jorge Ferrer

Mi último vecino en La Habana era un mexicano nacido por no recuerdo qué azares en Barcelona y que debía su nombre de pila, Jordi, a esa circunstancia. Alguna vez bromeamos con que juntos –él, Jordi; yo, apellidado Ferrer– formaríamos un buen catalán. Nuestros apartamentos estaban al final de un largo pasillo en un edificio del barrio del Vedado y cuando me visitaban catalanes digamos auténticos de paso por La Habana, a los que algún conocido en España había pasado mis señas, yo les decía que conocía al cónsul de Cataluña en La Habana, un tal Jordi Ferrer.

No pensaba entonces que acabaría viniendo a vivir a Barcelona, ni que decenas de veces, en oficinas, consultas de médicos o restaurantes donde había reservado mesa, me iban a llamar, precisamente, «Jordi» Ferrer, como si la mera costumbre impidiera dar por válido que en Cataluña el nombre de pila de un Ferrer sea, en realidad, Jorge. (Por cierto, el listín telefónico de Barcelona recoge a un par más de tocayos míos por nombre y primer apellido.)

Más bien pensaba entonces en exiliarme en los EE.UU. o México, países más próximos por cercanía y afectos históricos hacia el exilio cubano, y hacia los que parecían conducirme la geografía y la pragmática de la supervivencia que marcan la ruta del destierro, así como las gestiones que iniciaban a mi favor amigos ya previamente exiliados en aquellos países. No obstante, han transcurrido ya trece años desde que fijé residencia en Barcelona. Un número cuya sola mención se considera de mal augurio y al que los cubanos supersticiosos –y no sólo los cubanos- rehuyen hasta el punto de ignorarlo.

Trece años, en efecto, en los que me ha tocado vivir en el destierro, reviviendo así lo tantas veces leído en los testimonios de múltiples exiliados de los más disímiles tiempos, signos y cifras, desde Chateaubriand a Joyce, Joseph Brodsky o Severo Sarduy, Canetti o Goytisolo, Blanco White o el padre Servando Teresa de Mier, en una galería que podría extenderse por decenas de páginas.

No es esta recopilación de textos, sin embargo, el lugar para hablar de mi experiencia del exilio, que apenas importa en medio de un mar de agravios y desgracias. Un mar, precisamente. Un mar que separa a quienes huyen de la muerte, la cárcel o la represión, de los islotes que les niegan sistemáticamente el asilo que necesitan y reclaman.

El mar que separa África de las Canarias o las costas de Almería y Málaga, el mar que separa a Cuba de la Florida, el mar de China, que ha visto antaño a los boat people que huían del comunismo vietnamita y, más recientemente, a los norcoreanos rechazados en China y a tantos otros menesterosos de solidaridad y respeto a sus derechos más elementales. Una dispersa y distinta geografía de agua que se confunde en una misma tragedia moral.

De las muchas tragedias del exilio que conozco, hay una en la que me gustaría detenerme aquí. El tiempo que nos separa de ella apenas ha introducido variaciones en las culpables cautelas que guían los procedimientos a que se somete a quienes huyen del terror, y si bien todo país tiene de qué avergonzarse en materia de rechazo a refugiados, prefiero, antes que acusar al vecino cercano o distante, comenzar por el mío propio, Cuba. Los vaivenes de la política y las a veces disparatadas alianzas que ésta forja, los altibajos de la economía o la forma de gobierno de las que los pueblos se dotan o le son impuestas, marcan los perfiles de una generosidad de la que después ufanarse –por mucho que rara vez se la tome por precedente que siente jurisprudencia–, o, por el contrario, dibujan la historia de la ignominia.

Es materia ésta, en la que no se trata, como algunos suelen pensar erróneamente, del signo político de quien gobierne. En estos menesteres, pasiones e intereses se mueven siguiendo brisas de dirección mudable y, a veces, inescrutables. Así, por ejemplo, la ominosa dictadura comunista de Stalin fue refugio de tantos niños expatriados de la España dividida por la Guerra Civil, de la misma manera que la filofascista España de Franco sirvió de puente de salvación hacia el continente americano de largos miles de judíos que huían del terror nazi.

La historia de ese passage tolerado por el entonces recién instaurado régimen de Franco, es también la historia de extorsiones, humillaciones y vilezas sin nombre, como tampoco estuvieron exentos los llamados “niños de la guerra” de la sujeción al despótico régimen soviético, responsable, como el régimen nazi, del exterminio de millones de personas, una doble proyección totalitaria del s. XX que tanto ha costado poner en evidencia, desde, al menos, aquel inaugural testimonio de Margarete Buber-Neumann, quien fuera sucesivamente «prisionera de Stalin y de Hitler­», y que publicara el horroroso relato de su trasiego con lo peor del siglo en el temprano 1948.

También la propia Cuba, tan próspera tantas veces, hasta que el régimen de Castro alejó esa palabra de nuestro particular diccionario nacional, carga con el estigma de haber protagonizado uno de los episodios más vergonzantes de la historia del refugio. Hace años tuve ocasión de rumiar en silencio esa vergüenza en la pequeña y como aneja sala que el The Museum of Jewish Heritage de Nueva York dedica al episodio vivido en 1939 por los pasajeros del trasatlántico St. Louis.

Se trata de la historia del cruel bojeo en torno a La Habana y Miami, intercalada entre los viajes de ida y vuelta por el Atlántico, a la que se sometió a un grupo de refugiados judíos hace ya más de medio siglo, una historia que sirve de testimonio sangrante de cómo la ceguera y la muralla de papel timbrado que separan a quien busca ayuda de quienes podrían ofrecérsela generan dramas que pueden acabar en la muerte.

El 13 de mayo de 1939, verificado ya el Anchlüss y cuando apenas el verano separaba a Europa del estallido de la contienda bélica, el trasatlántico alemán St. Louis zarpó del puerto de Hamburgo con novecientos treinta y siete refugiados judíos a bordo. Según la historiadora israelí Margalit Bejarano –en plausible extremo-, se trataba de operación urdida por el Ministerio de Propaganda dirigido por Goebbels, a quien animaba la certeza de que Cuba rechazaría a los refugiados, validando así las radicales prácticas antisemitas que se perpetraban en Alemania.

Los pasajeros del St. Louis viajaban provistos de salvoconductos que autorizaban su desembarco en Cuba. Les habían sido expedidos por el Secretario de Inmigración de Cuba, Manuel Benítez González, un funcionario corrupto cercano a Fulgencio Batista, a la sazón jefe del Ejército, más tarde, presidente legítimo de Cuba y, por último, golpista. Un funcionario éste que, según diversas fuentes, amasó una fortuna cercana al millón de dólares norteamericanos de la época gracias a la expedición de este tipo de documentos.

Apenas unos días antes de que zarpara el St. Louis, el gobierno cubano, a la sazón presidido por Federico Laredo Bru, y estimulado tanto por las denuncias de corrupción de que era objeto, como por la activa campaña pronazi y antisemita animada por sectores filofascistas cubanos que encontraron eco en la prensa franquista de la isla, declaró invalidados unos certificados que, se alegó, contravenían lo dispuesto en la Ley de Nacionalización del Trabajo, un instrumento legal que favorecía la mano de obra nacional en detrimento de las oleadas de inmigrantes, principalmente españoles, que fluían hacia Cuba.

El destino de los pasajeros, pues, parecía sellado antes de que el barco se hiciera a la mar, aunque algunos –los empleados de la naviera, por ejemplo; no los pasajeros, desconocedores del juego político que se movía a su costa- creyeran que dado que los certificados de que viajaban provistos habían sido expedidos antes de la destitución de Benítez González y de que en realidad se trataba de inmigrantes que habían manifestado su clara intención de proseguir viaje hacia los EE.U.U. en cuanto consiguieran los visados necesarios, y no tenían, por lo tanto, intención de arraigarse en Cuba, sí serían admitidos. Eran, pues, según la economicista visión de los funcionarios cubanos, apenas una carga transitoria y esa circunstancia podía salvarlos.

Hay numerosos testimonios acerca de la travesía –así como verificadas noticias del fin que esperaba a muchos de los pasajeros, asunto al que me referiré más adelante–, buena parte de ellos recopilados en el curso de la exhaustiva investigación realizada por Sarah Ogilvie y Scott Miller, investigadores del U. S. Holocaust Memorial Museum de Washington. Todos ellos dan fe del alivio y las esperanzas de quienes creían haber conseguido escapar de una suerte segura y atroz y se aprestaban a iniciar una nueva vida en América.

El 27 de mayo de 1939 el barco con los cerca de mil refugiados que huían de una Europa que los nazis harían arder en apenas unos meses fondeó frente a la rada habanera. Allí les esperaba la sorpresa. No se les permitía desembarcar. Hubo súplicas de los pasajeros, de sus familiares y amigos ya instalados en Cuba, y gestiones de organizaciones de ayuda a los refugiados… Todo fue inútil. El gobierno cubano puso condiciones para la admisión ­–entre ellas el desembolso de una elevada suma de dinero por parte del Jewish Distribution Commitee, que envió un negociador a La Habana- que ni los refugiados, desposeídos de todos sus bienes por el régimen nazi, ni las organizaciones que les apoyaban fueron incapaces de satisfacer. Apelar a la más elemental justicia tampoco sirvió de nada. Del otro lado del Atlántico preferían desoír la realidad del drama que padecían los judíos alemanes. Así, tan solo desembarcaron en La Habana unos pocos pasajeros de nacionalidad cubana y española, veinte refugiados cuyos documentos fueron estimados válidos, y aun otro más que se cortó las venas en un acto de desespero y que fue llevado a tierra para recibir atención médica.

Finalmente, el 2 de junio, después de permanecer varios días fondeado frente a La Habana, el capitán del St. Louis recibió la orden terminante de que alejara el buque de las aguas cubanas. Entretanto, las conversaciones proseguían y cabía la esperanza de que los EE.UU. sí los aceptaran, a pesar de que ello requería que el presidente Roosevelt firmara un decreto ad hoc, puesto que la Ley de Inmigración vigente desde 1924 en los EE.UU. establecía cuotas estrictas de admisión de refugiados. Así, Gustav Schroeder, capitán del St. Louis puso proa hacia el mismo destino que han buscado cientos de miles de refugiados cubanos durante el último medio siglo: la ciudad de Miami.

También las luces de la ciudad floridana insuflaron esperanzas a los cientos de pasajeros. Esperaban el permiso para desembarcar. Tampoco lo obtuvieron y tan solo gracias a que se consiguió que cuatro países europeos prometieran repartírselos, se evitó lo que parecía destinado a suceder: los refugiados habían acordado lanzarse al agua e intentar ganar a nado las costas de Florida. No es difícil imaginar que buena cantidad de ellos jamás lo habría conseguido.

El rechazo de esos refugiados judíos es una vergüenza que se ha repetido una y otra vez desde entonces. Las consecuencias que acarreó ese rechazo, también.

Llegado a Europa, el St. Louis fue repartiendo a los refugiados por diversos puertos. Gran Bretaña, Holanda, Francia y Bélgica habían aceptado acogerlos en pequeños grupos. Las investigaciones que se han realizado, siguiendo el destino de cada uno de los pasajeros, ha demostrado que en torno a trescientos de ellos murieron durante la guerra, buena parte de ellos en campos de concentración como Auschwitz y Buchenwald. Son muertos del fascismo, porque los asesinaron los nazis. Pero son también, lo digo sin ambages, muertos con los que cargan las sociedades democráticas que los rechazaron y enviaron de vuelta al horror.

He ahí, si es que alguien aún la necesitara, la prueba palmaria de las implicaciones que tiene rechazar a quien huye del terror en busca de la tabla de salvación del asilo.

Si he preferido narrar una historia transcurrida hace más de medio siglo, no ha sido por evitar referirme a las tragedias que nos asaltan a diario desde las primeras planas de los periódicos o las imágenes de los telediarios. Más bien al contrario, he querido devolver a la contemporaneidad la preterida historia del St. Louis, cuya sola memoria, especialmente al tratarse del envío de cientos de personas a la muerte, merece recordarse con más asiduidad.

Es lamentable que nadie haya aprendido de ese episodio y que no se lo tenga por ejemplo paradigmático de la miseria del rechazo a quienes buscan salvar sus vidas huyendo de una situación prebélica. Y es sospechoso el silencio y el olvido que padece ese episodio, más allá de los trabajos de los historiadores del Holocausto. Cómo es que no se lo esgrime en todo su cruel patetismo, me pregunto, a la hora de poner de manifiesto lo que significan –en términos éticos, pero también atrozmente prácticos­- las barreras que impone un país a la llegada de personas necesitadas de asilo. Tan sólo se me ocurre que aliados ese antisemitismo que asoma una y otra vez el hocico y la circunstancia de que cueste imaginar a la Cuba que en los últimos cincuenta años ha desperdigado por todo el mundo cientos de miles de refugiados como receptora deseada, y celosa ella misma de inmigrantes y refugiados, han hundido en el olvido a episodio tan elocuente de la ceguera que manifiestan los países prósperos ante la necesidad y el horror que padecen otros.

Trasegar con nuestras culpas pasadas, sin embargo, me parece necesario fármaco contra una desidia, que es también desmemoria y conciente voluntad de ocultar las vergüenzas.

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(Première) Les Cauchemars de Bruno

- 18/06/13
Categoría: Arte, Bruno, Cine
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Que mi Bruno estaba llamado a iniciar ya su carrera cinematográfica era un murmullo a voces.

Y el debut se ha producido en este breve corto del género de terror y con deliciosas reminiscencias a Freud y Georges Meliès. No pudo haber elegido mejor proyecto Bruno, criatura.

Naturalmente, recomiendo verlo a pantalla completa. También les ruego disculpar mi pobre actuación.

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El día que Stalin conoció Cuba

- 17/06/13
Categoría: Memoria
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La Agencia Federal de Archivos de Rusia ha puesto en dominio público centenares de miles de documentos relativos a Iosif Stalin. Unos pocos conciernen a Cuba. Hay algunos telegramas de Juan Marinello y Blas Roca felicitando a Stalin en los idolátricos términos propios de la relación de los comunistas con el vozhd Koba.

Y hay también unos pocos y fundamentales documentos relativos al establecimiento de relaciones diplomáticas entre Cuba y la URSS en 1942 que tienen un notable interés. Cuba, como es sabido, se sumó al bando aliado en la Segunda Guerra. Ello hizo que estableciera relaciones diplomáticas con la URSS. Fue el segundo país de la América hispana en hacerlo, después de Colombia.

Los dos documentos más significativos son la carta que escribió, a nombre de Fulgencio Batista, el diplomático cubano Aurelio F. Concheso, enviado de La Habana a abrir la Legación de Cuba en la URSS, y la versión que obra en los archivos de la charla que mantuvieron Stalin y Concheso. De esta segunda he hecho una traducción que sigue más abajo. Es este documento el que avala el título de este post.

1) La carta de Concheso / Batista

2) Telegrama de Iosif Stalin a Fulgencio Batista

(Traducción: Telegrama enviado el 27 de diciembre de 1942. Al Señor Fulgencio Batista, presidente de la República de Cuba. La Habana. Le ruego, Señor Presidente, reciba mi agradecimiento por sus felicitaciones y buenos deseos. I. Stalin.)

3) Versión oficial de la charla del enviado de Fulgencio Batista con Stalin

Transcripción de la charla mantenida entre el enviado de Cuba (Aurelio) Concheso y el camarada Stalin

28 de mayo de 1943. 22:00 hrs.

Concheso hace entrega al camarada Stalin de una carta de su autoría en la que le transmite saludos del presidente de Cuba, Batista.

Después de escuchar la traducción de la carta, el camarada Stalin pregunta si esta debe ser publicada.

Concheso responde que se la puede publicar.

El camarada Stalin pregunta si estaría bien que respondiera a una carta del enviado de Cuba.

Concheso responde que él puede transmitir de viva voz lo que el camarada Stalin quiera decirle a Batista.

El camarada Stalin pregunta si el enviado puede esperar la respuesta, que recibiría prontamente.

Concheso responde que esperará en Moscú hasta recibir la respuesta.

El camarada Stalin pregunta si Cuba es un país independiente, si no depende de los Estados Unidos de América.

Concheso responde que Cuba es un país independiente desde el año 1902. No obstante, la constitución de Cuba contuvo una disposición que establecía la posibilidad de que los Estados Unidos de América intervinieran en los asuntos domésticos de Cuba en caso de disturbios sociales. Esa disposición fue suprimida en 1933.

El camarada Stalin pregunta si hay tropas norteamericanas en Cuba.

Concheso responde que no las hubo hasta el estallido de la guerra. Y que ahora hay tropas norteamericanas en un aeropuerto cubano donde realizan vuelos de instrucción. Menciona que algo semejante ocurre en Brasil.

El camarada Stalin pregunta a cuánto asciende la población de Cuba.
Concheso responde que la población de Cuba asciende a 4 ½ millones de personas.

El camarada Stalin pregunta si toda la población es española.

Concheso responde que los españoles constituyen el 95% de la población de Cuba.

El camarada Stalin pregunta si Cuba cuenta con ejército propio.

Concheso responde que actualmente el ejército cubano cuenta con unos 40.000 efectivos. Tras el estallido de la presente guerra se introdujo en el país el servicio militar obligatorio. Hasta entonces el ejército cubano estaba integrado por profesionales.

El camarada Stalin observa que en los países que carecen de servicio militar obligatorio suele haber escasez de oficiales.

Concheso manifiesta que actualmente el ejército cubano busca incrementar el número de oficiales.

El camarada Stalin pregunta qué exporta Cuba.

Concheso responde que Cuba exporta azúcar de caña, de la que produce entre cuatro y cinco millones de sacos cada año y materiales estratégicos como el volframio y el manganeso. Cuba es el tercer productor mundial de manganeso. Actualmente los Estados Unidos importan desde Cuba todo el manganeso que consumen, debido a la distancia a que se encuentra África del Sur.

Secretario: /firmado/ V. Pávlov

© Traducción de Jorge Ferrer

De contra:

Un telegrama a Stalin de Juan Marinello y Blas Roca

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Los Castro y el impúdico mañana

- 12/06/13
Categoría: Cambios en Cuba, Castro & Family, En El Nuevo Herald, Letra impresa, Transición
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El impúdico mañana

Por Jorge Ferrer

La alegre impudicia con que los vástagos de la familia Castro se han asomado al paisaje del postcastrismo no niega la existencia –algún lector preferirá que escriba “la inminencia”– de este. En cierto modo la confirma, en tanto la dota de una dimensión insospechada hace una década. A saber, la de un mañana en el que los viejos Castro permanecerán como memoria y referencia, sea por exclusión o reafirmación para los agentes sociales que vendrán –eso ya lo sabíamos–, pero en el que también los nuevos Castro sean actores encaramados a los titulares, porque partícipes, beneficiarios y, en cierto modo, tal vez también agentes de la transición.

Se asoman ya hoy, sea en paisajes tan distintos de esa Cuba emergente como la reivindicación de los derechos de los homosexuales que ha hecho célebre a Mariela Castro y le ha granjeado no escasas simpatías, o sentando cátedra en los predios del béisbol –la vicepresidencia de la Federación Internacional de Béisbol (IBAF) que ostenta no es precisamente una bicoca– y el golf, como Antonio Castro, hijo de Fidel y Dalia Soto del Valle. El trofeo que el último ganó hoyo a hoyo en Varadero antes de que los estanquillos de La Rampa o Cuatro Caminos cuenten con versiones locales de revistas que nos cuenten sus hazañas en papel couché no es más que un avance de lo que vendrá. Que vendrá. La fotografía que el hoy jubilado Benedicto XVI se hizo rodeado de Fidel Castro, Dalia Soto del Valle y tres de sus hijos fue, tal vez, la expresión más conspicua de ese outing.

Con todo, y aun siendo los primos Mariela y Antonio Castro los dos rostros más visibles de esa segunda generación, mucho más relevantes, por obscenos, son los roles ejercidos por Luis Alberto Rodríguez López-Calleja y Raúl Rodríguez Castro. El primero, casado con Deborah Castro y según algunas fuentes en trámites de divorcio, es quien controla el holding empresarial GAESA, lo que equivale a dominar el núcleo de la economía cubana del hoy y el mañana; el segundo, nieto que no se aparta de las cámaras que enfocan a Raúl y hasta apareció sentado entre los presidentes invitados al funeral de Hugo Chávez como un cargo electo más –nieto, por cierto, cuyas luces se dicen más escasas que las que alumbraban La Habana a principios de los noventa. Ahí asoma también Alejandro Castro Espín, autor de un libro cuya presentación me sorprendió hace unos meses en una librería de Moscú mientras buscaba, vaya paradoja, las cartas de Vasili Grossman en sus años más tristes. La misma ciudad donde he conocido a tantos que se apearon del coche oficial del “partido” o la KGB para subirse enseguida al Mercedes-Benz de la prosperidad postcomunista.

No era así en el pasado, ¿lo recuerdan? Antes corrían anécdotas de quienes compartían escuela con los vástagos de los Castro, de quienes decían haber visto a las hijas de Raúl viajando en guaguas empujón a empujón y dejando el níquel en la ranura de la alcancía. Antes era evidente que gozaban de privilegios mayúsculos en medio de una población empobrecida, pero sus vidas, piscinas y comidas servidas por solícitas criadas, transcurrían bajo la opacidad de un régimen sin herederos de sangre. Eran hijos, sobrinos y nietos invisibles para los ojos y la historia. Antes los Castro presumían de una vida espartana y una ausencia de vocación hereditaria que los alejaba de otras dinastías. Lo suyo iba a acabarse con ellos, creíamos. Pero, ay, también eso era mentira.

Ahora, parafraseando a Cicerón, otros son los tiempos y otras las costumbres.

No ha de sorprender a nadie que así sea. El retorno de la Cuba de la anormalidad a la condición de paisito normal presupone también que la sobrevivencia de las elites sea la regla. Y los Castro que nunca dejaron escapar a la Cuba miserable, menos la dejarán escapar cuando dé los réditos, políticos o económicos, que ya se anuncian.

Una Cuba que abandone su excepcionalidad será también una Cuba en la que nos toque convivir con esta impudicia.

La columna “El impúdico mañana” aparece publicada en la edición de hoy del diario El Nuevo Herald.

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Aviva la llama / Fan the Flame

- 07/06/13
Categoría: Agua corriente, Media
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Conocen mi debilidad por las campañas publicitarias que sirven a Amnesty International. Se han visto otras aquí. Esta, por ejemplo, en favor de la abolición de la pena de muerte. O esta, en vísperas de los Juegos Olímpicos en Beijing.

El insobornable prestigio de Amnesty en defensa de los derechos humanos hace que las agencias de publicidad más punteras pongan a sus creativos a trabajar cada vez que hay que arrimar el hombro. Amnesty les sirve de escaparate, sí, pero que el talento venda algo más que hamburguesas y lo venda bien admira siempre a este impenitente amigo de las hamburguesas poco hechas.

Esta vez ha sido Ogilvy & Mather, oficina de Londres. Y la fuerza visual de estas imágenes, muy hechas ellas a partir de elementos tan simples como unas figurillas de papel y una breve llama que llama a consumirlas –¿estás atento allá, Gaston?– es de una sutileza que llega a tiempo para oler a humo de Estambul. Son extraordinarias.

Fan the Flame / Aviva la llama… ¡Andando!

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