Lo que le debemos a Alvarez Guedes

- 31/07/13
Categoría: Agua corriente
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Guillermo Álvarez Guedes, maestro del humorismo cubano, murió hoy en Miami.

Le debemos mucho los cubanos. Todos los cubanos. Muchas risas, que es el saldo primero de los humoristas. Pero le debemos también, yo diría que se lo debemos sobre todo lo demás, la exposición de un exilio cubano que supo reírse de la sinrazón que había dejado atrás en Cuba, de la nostalgia por una Cuba las más de las veces inventada desde el destierro y, ¡esa fue la verdadera magia del maestro!, un exilio que supo reírse de sí mismo.

Todos los exilios son caldo de patologías. Y el cubano lo ha sido. Duelo y dolor, nostalgia, divorcio de afectos con quienes quedaron atrás, temor a la muerte en tierra ajena, rencor, resquemor, rabia.

Álvarez Guedes consiguió, sin internet ni demás moderneces, vindicar al exilio de Miami, tan injustamente denostado, cuando aún no era más que paisaje de factorías y lágrimas. Y llegar a la Cuba más sórdida en los tiempos del castrismo más sórdido. A las salitas de Santos Suárez y La Lisa y Placetas y Las Tunas. Cassette a cassette, Dios grabado en TDK y también en la hoja de lija de ORWO, mantuvo a toda Cuba unida en torno a la risa que hacía saltar las lágrimas. Por una vez para nación dividida: lágrimas de risa.

Nunca nadie nos hizo reír más durante tanto tiempo, pocos como él glorificaron al exilio cubano de Miami, que es uno de las singulares fenómenos de nuestra historia de los que podemos sentirnos genuinamente orgullosos.

¡Descanse en paz!

Allá en Miami, a donde volvió a la carrera este bobo al que un día se le ocurrió subir a Pennsylvania:

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Devuelto el manuscrito de Vida y destino, de Vasili Grossman

- 26/07/13
Categoría: Agua corriente, Libros, Literatura, Rusia
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El Servicio Federal de Seguridad (FSB, por sus siglas en ruso; antes por este orden: KGB, NKVD y GPU) ha devuelto hoy el manuscrito de Vida y destino a los herederos de Vasili Grossman.

Un mediodía del mes de febrero de 1961, Grossman recibió en su apartamento de la calle Begovaya, en Moscú, la visita de dos oficiales del KGB, que venían acompañados de sendos testigos. Antes había enviado copias del manuscrito de su novela mayor, Vida y destino, a las revistas Oktiabr y Novi mir. Ambas redacciones rehusaron publicarla y alguien avisó “a quien correspondía” de la existencia de ese manuscrito.

En tiempos de Jruschov, como Grossman anotaría más tarde con triste sarcasmo, no encerraban a los escritores: secuestraban sus libros. Tras incautarse de todos los manuscritos e incluso de las notas que sirvieron para escribir Vida y destino, los adustos agentes llevaron a Grossman por cada una de las redacciones de las revistas para retirar las otras copias. También se llevaron los manuscritos que guardaba en su despacho y en la casa de un primo suyo.

La novela debía desaparecer. Un alto funcionario le dijo que tardaría 250 años en publicarse. Grossman le escribiría a Jruschov un año después que esa no era manera de luchar contra la mentira de la que acusaban a su novela, sino de enfrentar, y ocultar, la verdad.

Años más tarde, el manuscrito que guardaba su amigo el poeta Serguei Lípkin fue sacado al extranjero. A ello ayudaron los disidentes Vladimir Voinovich, Elena Bonner y Andrei Sájarov. La primera versión en ruso apareció en la extraordinaria editorial L’Age d’homme, en Suiza, y un año más tarde fue publicada la versión en francés en coedición con Julliard.

El resto es materia conocida. Un clásico de la literatura del siglo XX que no ha hecho más que crecer. En España, y entre los lectores en español, la espléndida traducción de Marta Rebón para Galaxia Gutenberg ganó centenares de miles de lectores hace pocos años.

Hoy, más de medio siglo después del secuestro, la policía política rusa ha devuelto lo que robó a Grossman y nos robó a todos.

Tardísimo. ¡Tardísimo! Pero da igual. A Grossman le hubiera gustado saber que mucho antes de que se produjera esta devolución simbólica, su nombre, su libro mayor, eran ya una referencia literaria capital sobre el destino de los hombres y sus vidas terribles, azarosas y complejas.

Otras entradas sobre Vasili Grossman en El Tono de la Voz: 1) a propósito de la aparición de El libro negro en mi traducción; 2) Otras

(En el enlace se pueden ver algunas páginas del manuscrito.)

Комсомольская Правда
Книге «Жизнь и судьба» Василия Гроссмана дали свободу

Книге «Жизнь и судьба» Василия Гроссмана дали свободу

25 Июля 2013 20:19

25 июля Федеральная служба безопасности передала Министру культуры рукописи романа, более полувека пролежавшие в архиве Лубянки [видео]

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(Va de China y Barcelona): Hoy me tomé un café…

- 24/07/13
Categoría: Urbanas
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Hoy me tomé un café en el bar L’Escorial, en la calle del mismo nombre, al noreste del barrio de Gràcia, Barcelona, y fui muy bien atendido por sus nuevos dueños chinos. Son, todo sea dicho, mucho más simpáticos que los chinos que se hicieron antes con el bar Calderón, cruzando Pi i Margall, justo al lado de una frutería y al frente de una zapatería igualmente regentadas por chinos. Todo en un perímetro que no rebasa los trescientos metros tomando a mi casa como epicentro. El mismo perímetro donde cabe lo que sigue. Todo en un período de tiempo cuyos meses se contarían con los dedos de mis manos.

Después crucé la calle Escorial y compré una planta, mustia pero barata, tres euritos, y salvable, que uno se aplica con la flora, en la tienda que llevan dos chinas graciosas al lado de la simpar La Bellota, donde todavía venden jamones espléndidos y unas morcillas llegadas de Burgos que no tienen igual en Barcelona, por calidad, por precio y por la bilingüe gracia de las vendedoras. Ojalá les dure.

Donde compré la planta antes había un negocio de electrodomésticos que quebró. Se anunciaba con BOSCH, que sería onomatopeya de su fracaso.

Antes de subir a casa, en la misma Escorial y a sesenta metros de esta segunda tienda y a setenta del bar de marras, ya en la esquina con Sant Lluis, entré al supermercado que han abierto unos chinos enjutos y silenciosos, y compré una cajita de cerezas a buen precio. 谢谢, nenes.

De haber querido que me cortaran el pelo, podría haber traspasado la puerta del negocio que hay al lado, una peluquería llevada por media docena de chinas pizpiretas y muy maquilladas, y allí mismo me podrían haber hecho un masaje (los anuncian a €25 la hora) y con toda certeza (que no cereza) también una buena paja, no sé si incluida en la tarifa. Lo preguntaré, que las tardes lo cogen a uno muy estresado a veces.

Pero no entré a la peluquería porque no necesito corte de pelo y me dan escrúpulos los servicios adicionales que le adivino a esa cueva guardada por muchachas de piernas muy curvas y uñas muy largas. Bueno, no me dan escrúpulos los servicios en sí ni ese doble muy: ¡es que no me fío de los guantes de látex fabricados en la China popular!

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Los cohetes de Corea del Norte

- 17/07/13
Categoría: Agua corriente
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No sé si lo he contado antes aquí. Lo traigo a propósito de ese barco norcoreano cargado con viejos aviones y coheticos soviéticos llevados desde La Habana a Pyongyang e interceptados hoy en el Canal de Panamá.

Es noticia que veo circular. Y es noticia mayúscula, aunque todavía a estas horas no se sepa muy bien qué hacer con ella.

Mi historia la roza muy tangencialmente.

Fue en 1992 o tal vez 1993. En uno de esos cuatro años que viví en Cuba entre mis ocho en Rusia y el día en que me largué, que fue uno de junio y 1994. Conducía yo una tarde el coche de mi padre y me embistió por detrás otro con matrícula diplomática. Golpe recio. ¡PUM! Y mis cervicales sufrieron su ay.

Me apeo, rodeo el carro y detrás un coche de la Embajada de Corea del Norte. El cabrón con su sello de Kim Il Sung en la solapa y los ojos y la moral igualmente rasgadas: borracho como un perro el hijoputa.

Soy un tipo moderado, ¡no se ría nadie!, y cuando vi al del embiste y su borrachera lo saludé en coreano. Pocos años antes había pasado cinco semanas en Pyongyang y recordaba lo que se me olvida ahora. El cómo se le dice hola a uno allá.

No le dije que pondría denuncia, porque de nada me habría servido. Pero sí le dije: «Estás borracho, comemierda». Y que me debía el arreglo y que me lo tenía que pagar. Me dio su tarjeta y concertamos cita para el día siguiente.

No recuerdo qué cargo ocupaba el tipo en la Embajada de Corea del Norte, pero sí la casona en Kohly. No era cargo baladí, a juzgar por el casón. Entré, criada mulata, cincuentona, y su qué desea el señor, yo que güisquisito, que siempre me he cuidado como gallo fino, y el tipo, ya sobrio, que qué pena, que cómo lo arreglamos, que quede entre nosotros, camarada, y que busque usted el taller y yo le pago la chapistería –que sabe ahora Dios, Kim, cómo me explicó eso el puto coreano. El güisqui es una metáfora y una eficaz herramienta de traducción, ya se sabe.

No recuerdo por qué bajamos al garaje. Nenas, nenes: ¡en ese garaje había más pacotilla que en la cueva de Alí Babá!

Y había el maná que necesitaba el carro de papá tanto como yo meterme un buen plato de cadne’e’puelco en aquellos años de hambre: una hilera de neumáticos nuevecitos, ¿treinta?, ¿cuarenta?

«Dame cuatro gomas (así le llamamos los cubanos a los neumáticos) y me olvido de esto ahora mismo», le dije. Vale anotar que el tipo me creía alguien importante: 23-24 años y con coche en la Cuba castrista de entonces, había estado en Corea del Norte, discernía en aquella Cuba entre marcas de güisqui y sabía elegir la mejor sin titubear.

A la mañana siguiente, una furgoneta dejó en mi casa cuatro neumáticos nuevos y dos botellas de Chivas Regal, por cortesía de la Embajada de Corea del Norte.

Fin.

Y no, no sé ahora cómo cerrar este post que busca reunir aquella vieja historia y la del tráfico de coheticos cubanos a Corea del Norte vía Panamá.

Pero en ambas, no lo duden, hubo güisquisito y componenda amistosa y un saldemos cuentas, camarada.

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A punto estaba de ilustrarnos…

- 06/07/13
Categoría: Bruno, Cambios en Cuba
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…con sesudo post sobre la gira de Guillermo Fariñas, “huelguista de hambre” que produjo uno de los titulares más hilarantes que ha soportado el papel: “Cuban hunger striker begins tour in Miami” (con permiso de Prince y Madonna y sus anuncios de tours), y a quien se debe, siendo de hambre huelguista, frase que entra en los anales -no pun intended- de la obscenidad (trans)nacional cubiche cincuenta y pico años después de la irrupción de La Niebla, porque calcada de la cruel pragmática castrista: “es mejor pasar hambre y tener dignidad que tener comida y ser indigno”…

A punto estaba de aquello, digo, cuando escucho a Bruno machacando el parquet en el salón, bailando al son de melodía llegada de esa Cuba. “¿Quién te menea así, cánido infernal?”, pregunto. “Los principales con David El Embajador, amo”, responde babea(n)do.

Principales y Embajador. ¡Cuánta excelencia! ¿El tema? “Huevo frito y boniato”.

Bueno, “el tema”. Sucede que no sabemos exactamente cuál es el tema. El de ellos. Todos ellos, incluyendo al clownesco Fariñas.

¡Dale, Bruno! Y Bruno le da.

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Poscomunismo: “Pudimos liberarnos del yugo comunista, pero no conseguimos liberarnos de nosotros mismos”

- 01/07/13
Categoría: Poscomunismo, Rusia
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Mijaíl Shishkin desembarca hoy en The New Republic de la mano, ¡cómo no!, de Julia Ioffe. Shishkin, uno de los escritores rusos contemporáneos que más (me) interesan hace un espléndido repaso de esa recurrente maldición que imagina/constata la imposibilidad de una regeneración democrática en Rusia. Es decir, problematiza el maná del poscomunismo a partir del lastre de una tradición cultivada con criminal mimo.

Por mucho que el interés mayúsculo de este ensayito radique en su lectura del pasado y el presente de la democracia en Rusia, también tiene lecturas que afectan a todos los que nos interesamos por el devenir poscomunista en el Este y en Cuba.

Léanlo.

Un botón de muestra:

In 1991, we were able to free ourselves of Communist rule, but we were unable to free ourselves from ourselves. We had been naïve. Everything had seemed simple and clear: our country had been hijacked by a band of Communists, and if we could just chase out the party, the borders would open and we would return to the global family of nations living according to the laws of democracy, freedom, and respect for individual rights. They were like the words of a fairy tale of an unattainable future: “parliament,” “republic,” “constitution,” “elections.”

For some reason, we neglected to remember that we already had all these words. We had Stalin’s Constitution of 1936, which was “the most democratic constitution in the world,” and we were regularly mobilized to vote in elections. We forgot that all the good words crossing our borders lost their original meanings and began to mean anything other than what they were supposed to mean. Who would have thought that the Communist Party would leave but we would stay, and all the best words—“democracy” and “parliament” and “constitution”—would become just the billy clubs in the eternal struggle for power and money in the new, free Russia?

The guards proved impossible to chase out because each of us was our own best guard. Even if you don’t quash the rebellion in the prison yard, it will eventually end on its own, and in the prison yard of our country it ended with everyone returning to their barracks. We had to live, after all. And order returned on its own, the very same order because no one in Russia knows a different one. The best bunks again went to the strongest, who had consigned the weakest among them to sleep by the latrine.

 

 

 

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