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Lo que le debemos a Alvarez Guedes

Guillermo Álvarez Guedes, maestro del humorismo cubano, murió hoy en Miami [1].

Le debemos mucho los cubanos. Todos los cubanos. Muchas risas, que es el saldo primero de los humoristas. Pero le debemos también, yo diría que se lo debemos sobre todo lo demás, la exposición de un exilio cubano que supo reírse de la sinrazón que había dejado atrás en Cuba, de la nostalgia por una Cuba las más de las veces inventada desde el destierro y, ¡esa fue la verdadera magia del maestro!, un exilio que supo reírse de sí mismo.

Todos los exilios son caldo de patologías. Y el cubano lo ha sido. Duelo y dolor, nostalgia, divorcio de afectos con quienes quedaron atrás, temor a la muerte en tierra ajena, rencor, resquemor, rabia.

Álvarez Guedes consiguió, sin internet ni demás moderneces, vindicar al exilio de Miami, tan injustamente denostado, cuando aún no era más que paisaje de factorías y lágrimas. Y llegar a la Cuba más sórdida en los tiempos del castrismo más sórdido. A las salitas de Santos Suárez y La Lisa y Placetas y Las Tunas. Cassette a cassette, Dios grabado en TDK y también en la hoja de lija de ORWO, mantuvo a toda Cuba unida en torno a la risa que hacía saltar las lágrimas. Por una vez para nación dividida: lágrimas de risa.

Nunca nadie nos hizo reír más durante tanto tiempo, pocos como él glorificaron al exilio cubano de Miami, que es uno de las singulares fenómenos de nuestra historia de los que podemos sentirnos genuinamente orgullosos.

¡Descanse en paz!

Allá en Miami, a donde volvió a la carrera este bobo al que un día se le ocurrió subir a Pennsylvania: