Una despedida (versión impresa)

- 27/09/13
Categoría: Uncategorized
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Una despedida

Jorge Ferrer

Afuera, desparramados sobre la acera, muebles de cocina desmontados deprisa y con cierta violencia, un par de colchonetas, otros muebles decrépitos, piezas de vajilla, trapos que alguna vez fueron ropas. La puerta del vestíbulo está abierta de par en par, guardada por una viejecita que apoya las dos manos, y se apoya casi toda ella, sobre un bastón. No la reconocí.

Un hombre de más de setenta años, tal vez frisando ya los ochenta, está de pie en medio del vestíbulo. No me cuesta comprender que está esperando que baje el ascensor cargado con más desechos. Están vaciando un apartamento de mi edificio. El hombre, esbelto para sus años y con aires de quien está habituado a mandar, se disculpa conmigo: “Tardará un poco, porque acaba de subir”, nos dice. “Esperaremos”, le digo. Y me explico: “A Bruno le cuesta subir las escaleras”. El hombre mira a Bruno. “No parece viejo”, dice. “Pero las patas cortas casan mal con las contrahuellas altas”, le aclaro. Asiente. Sabe lo que significa la voz “contrahuella” y yo siempre me fío de quien conoce palabras de escaso uso. “Tampoco tenemos prisa” , añado. Porque no la tenemos.

La figura sentada junto a la puerta suspira. El hombre tuerce el gesto. Entonces reconozco a la anciana. Apenas una semana atrás era la elegante vecina del tercero primera. Una mujer en los setenta, maquillada siempre, olorosa a perfumes de fragancia bien distinta de esa suerte de formol adelantado con que se bañan otros viejos de mi edificio y todos los edificios del mundo. Espigada, sonriente, imbuida de una dignidad transparente, solía subir a taxis que la esperaban en la puerta. Reparo ahora en que en los siete años que hemos compartido escalera, jamás la vi acompañada.

“¿Hace mucho que vive aquí?”, me pregunta el hombre. Le digo. “Yo compré en el sesenta y dos, cuando lo construyeron”, explica. “¿Por qué lo está vaciando? ¿Lo vende?”, pregunto. “Sí… Aunque ya nada vale la pena, ni tener, ni alquilar, ni vender, ni nada…”, dice con menos pena que indiferencia. Yo asiento, sin saber por qué, pero ya puesto en guardia. “Ya ve cómo está todo esto”, añade y subraya la presunta decadencia ambiente trazando un círculo con la mano derecha. Pudo referirse a la ciudad de Barcelona, a España o al mundo.

Miro a la anciana. Tiene los ojos clavados en el suelo. Pero adivino que sigue nuestra conversación. Veo de repente lo que no he sabido ver antes. A esa mujer que ahora va camino de un asilo o, lo que es lo mismo, de una convivencia que pondrá fin a sus afeites y sonrisas, su paso elegante y su solitario bienestar. Me pregunto qué parentesco la une a ese hombre adusto, pero franco y hasta afable, que le está echando el cierre a su vida. ¿Fue su mujer y juntos compraron ese apartamento en el lejano sesenta y dos? ¿Será su hermana, a la que cedió el apartamento hasta que decidió, ahora, venderlo, por mucho que ya nada valga la pena? ¿Qué drama terrible se vive en ese vestíbulo iluminado por luces fluorescentes y, valga la expresión, azulejado de beige?

Se abre la puerta del ascensor y, sin molestarse en saludar o excusarse, un sujeto contrahecho, maloliente y de rostro simiesco me avisa de que tardará en vaciarlo. En efecto, viene lleno hasta los topes. El anciano, su patrón, lo mira con desprecio y lo apremia. Parece saber que la elección de empleado tan miserable, en semblante y gesto, descubre la sordidez de un acto que su prestancia buscaba, y casi conseguía, disimular.

Bruno y yo nos apartamos. Reculamos hacia el rincón que ocupa la anciana. Esta levanta los ojos apenas lo suficiente para encontrar los de Bruno y lo acaricia con una mano que parece haberse arrugado tanto la víspera como no lo hizo en el lustro anterior. Bruno se la lame y ella se deja. Bruno sabe, porque no hay inteligencia como la de los perros, si acaso solo comparable a la de los ancianos que se ven en el trance de abandonar su mundo, antes de que les toque abandonar el de todos.

La columna “Una despedida” aparece en la edición de hoy de El Nuevo Herald.

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Unsere Mütter, unsere Väter

- 26/09/13
Categoría: Cine, Memoria
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Anoche vi los dos últimos episodios de Unsere Mütter, unsere Väter, la serie en tres entregas de 95 minutos cada una de la que nos llegó el alebrestado rumor de susto y reprobación que provocó en Alemania, Austria y Polonia cuando se la vio allá la pasada primavera. ¡No sabían qué hacer con ella, los pobres hijos de sus padres y sus madres! ¡Los polacos montaron en cólera y se quejaron a las cancillerías! Anduve hace un tiempo por Polonia, por Cracovia y Varsovia y haciendo etapas, y jamás vi gente más espontáneamente antisemita ni más espontáneamente dolida por su tara, salvedad hecha de un moldavo con el que compartí psiquiátrico cuando yo era bueno. (Que lo fui antes de que lo vuelva a ser algún día que adivino lejano.)

Un espectáculo sentimental inédito a estas alturas el de esos lloros, esos yonofui, cuando las culpas del siglo pasado, ¡no digamos ya las de mediados del siglo pasado!, nos parecen distantes como unicornios. ¡Ah, pero esos unicornios judíos siguen ahí, millón a millón! ¡Y esos nazis a los que el cine ha puesto todos los cuernos asoman en este filme como gente, digamos, regular!

En España nos tocó verla ahora titulada Hijos del Tercer Reich (Generation War, en inglés), en la linde que separa verano y otoño. Muy apropiado, que es serie de lindes. Lindas, terribles, lindes. (¿Cabrá “Länder” en esta línea cuando la discipline WordPress?)

Búsquenla, aunque sean ustedes hijos de otras madres y otros padres, o nietos de otras abuelas y abuelos. Todos llevamos el horror en la sangre. Horrores grandes u horrores pequeños. Nadie está a salvo, nenes. Lo que desconcierta de Unsere Mütter, unsere Väter es que el horror se reparte como la tarta en un cumpleaños o, mejor, como las sonrisas en un funeral. Y nos descubre que nada sabemos hacer con ese merengue, ni esa espuma, que nos gustan y repugnan en días alternos que buscamos igualar desde el olvido. Subalternos que somos.

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De contra:

Sigan, por cierto, a Miriam Stein –Charlotte, Charly–, que hay algo en ella de lo que debería ocuparse el maestro Herzog antes de meterse en otra cueva. ¡Y son ideas, Werner!

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Una despedida

- 20/09/13
Categoría: Urbanas
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Afuera, desparramados sobre la acera, muebles de cocina desmontados deprisa y con cierta violencia, un par de colchonetas, otros muebles decrépitos, piezas de vajilla, trapos que alguna vez fueron ropas. La puerta del vestíbulo está abierta de par en par, guardada por una viejecita que apoya las dos manos, y se apoya casi toda ella, sobre un bastón. No la reconocí.

Un hombre de más de setenta años, tal vez frisando ya los ochenta, está de pie en medio del vestíbulo. Espera. No me cuesta comprender que está esperando que baje el ascensor cargado con más desechos. Están vaciando un apartamento de mi edificio. El hombre, esbelto para sus años y con aires de quien está habituado a mandar, se disculpa conmigo: «Tardará un poco, porque acaba de subir», nos dice. «Esperaremos», le digo. Y me explico: «A Bruno le cuesta subir las escaleras». El hombre mira a Bruno. «No parece viejo», dice. «Pero las patas cortas casan mal con las contrahuellas altas», le aclaro. Asiente. Sabe lo que significa la voz «contrahuella» y yo siempre me fío de quien conoce palabras de escaso uso. «Tampoco tenemos prisa», añado. Porque no la tenemos.

La figura sentada junto a la puerta suspira. El hombre tuerce el gesto. Entonces reconozco a la anciana. Apenas una semana atrás era la elegante vecina del tercero primera. Una mujer en los setenta, maquillada siempre, olorosa a perfumes de fragancia bien distinta de esa suerte de formol adelantado con que se bañan otros viejos de mi edificio y todos los edificios del mundo. Espigada, sonriente, imbuida de una dignidad transparente, solía subir a taxis que la esperaban en la puerta. Reparo ahora en que en los siete años que hemos compartido escalera, jamás la vi acompañada.

«¿Hace mucho que vive aquí?», me pregunta el hombre. Le digo. «Yo compré en el sesenta y dos, cuando lo construyeron», explica. «¿Por qué lo está vaciando? ¿Lo vende?», pregunto. «Sí… Aunque ya nada vale la pena, ni tener, ni alquilar, ni vender, ni nada…», dice con menos pena que indiferencia. Yo asiento, sin saber por qué, pero ya puesto en guardia. «Ya ve cómo está todo esto», añade y subraya la presunta decadencia ambiente trazando un círculo con la mano derecha. Pudo referirse a la ciudad de Barcelona, a España o al mundo.

Miro a la anciana. Tiene los ojos clavados en el suelo. Pero adivino que sigue nuestra conversación. Veo de repente lo que no he sabido ver antes. A esa mujer que ahora va camino de un asilo o, lo que es lo mismo, de una convivencia que pondrá fin a sus afeites y sonrisas, su paso elegante y su solitario bienestar. Me pregunto qué parentesco la une a ese hombre adusto, pero franco y hasta afable, que le está echando el cierre a su vida. ¿Fue su mujer y juntos compraron ese apartamento en el lejano sesenta y dos? ¿Será su hermana, a la que cedió el apartamento hasta que decidió, ahora, venderlo, pòr mucho que ya nada valga la pena? ¿Qué drama terrible se vive en ese vestíbulo iluminado por luces fluorescentes y, valga la expresión, azulejado de beige?

Se abre la puerta del ascensor y, sin molestarse en saludar o excusarse, un sujeto contrahecho, maloliente y de rostro simiesco me avisa de que tardará en vaciarlo. En efecto, viene lleno hasta los topes. El anciano, su patrón, lo mira con desprecio y lo apremia. Parece saber que la elección de empleado tan miserable, en semblante y gesto, descubre la sordidez de un acto que su prestancia buscaba, y casi conseguía, disimular.

Bruno y yo nos apartamos. Reculamos hacia el rincón que ocupa la anciana. Esta levanta los ojos apenas lo suficiente para encontrar los de Bruno y lo acaricia con una mano que parece haberse arrugado tanto la víspera como no lo hizo en el lustro anterior. Bruno se la lame y ella se deja. Bruno sabe, porque no hay inteligencia como la de los perros, si acaso solo comparable a la de los ancianos que se ven en el trance de abandonar su mundo, antes de que les toque abandonar el de todos.

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Carcassés se dispone a viajar a Berlín y…

- 18/09/13
Categoría: Agua corriente
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h/t: Guamá Periódico @ Facebok

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Otra definición del castrismo: “la babita bordada”

- 15/09/13
Categoría: Agua corriente, Castro & Family
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Cristina Fernández de Kirchner acaba de mostrar en su cuenta en Twitter los regalos que Fidel y Dalia Soto del Valle enviaron a su nieto.

Estos gatunos esperpentos acompañados de, dice ella, “duende”:

Ay, si solo fuera que estos miserables viven en y por la mentira. ¡Hasta eso podría alguien perdonarles al final del día! Pero su mal gusto, su propensión al kitsch, su desprecio por la belleza, ¡eso no! ¡Eso jamás!

Aun si, y démosle ese crédito a Cristina, cuando esta asegura que le “encantó la babita bordada” llegada desde La Habana resume impecable, luminosamente, y en pizca de tweet, el más de medio siglo de oratoria de Fidel Castro, hijo de Lina.

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(Carcassés): Quiero, acuérdate que siempre quiero

- 14/09/13
Categoría: Agua corriente
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Leyenda

Leyenda, ii (“separado del sector”)

UPDATE:

El video de la performance de Robertico Carcassés ha sido retirado de Youtube, como apreciarán. No retiro este post, no obstante, porque ese fundido a negro es parte sustancial de la performance mayor en que se inscribió la primera.

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