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Una despedida

Afuera, desparramados sobre la acera, muebles de cocina desmontados deprisa y con cierta violencia, un par de colchonetas, otros muebles decrépitos, piezas de vajilla, trapos que alguna vez fueron ropas. La puerta del vestíbulo está abierta de par en par, guardada por una viejecita que apoya las dos manos, y se apoya casi toda ella, sobre un bastón. No la reconocí.

Un hombre de más de setenta años, tal vez frisando ya los ochenta, está de pie en medio del vestíbulo. Espera. No me cuesta comprender que está esperando que baje el ascensor cargado con más desechos. Están vaciando un apartamento de mi edificio. El hombre, esbelto para sus años y con aires de quien está habituado a mandar, se disculpa conmigo: «Tardará un poco, porque acaba de subir», nos dice. «Esperaremos», le digo. Y me explico: «A Bruno le cuesta subir las escaleras». El hombre mira a Bruno. «No parece viejo», dice. «Pero las patas cortas casan mal con las contrahuellas altas», le aclaro. Asiente. Sabe lo que significa la voz «contrahuella» y yo siempre me fío de quien conoce palabras de escaso uso. «Tampoco tenemos prisa», añado. Porque no la tenemos.

La figura sentada junto a la puerta suspira. El hombre tuerce el gesto. Entonces reconozco a la anciana. Apenas una semana atrás era la elegante vecina del tercero primera. Una mujer en los setenta, maquillada siempre, olorosa a perfumes de fragancia bien distinta de esa suerte de formol adelantado con que se bañan otros viejos de mi edificio y todos los edificios del mundo. Espigada, sonriente, imbuida de una dignidad transparente, solía subir a taxis que la esperaban en la puerta. Reparo ahora en que en los siete años que hemos compartido escalera, jamás la vi acompañada.

«¿Hace mucho que vive aquí?», me pregunta el hombre. Le digo. «Yo compré en el sesenta y dos, cuando lo construyeron», explica. «¿Por qué lo está vaciando? ¿Lo vende?», pregunto. «Sí… Aunque ya nada vale la pena, ni tener, ni alquilar, ni vender, ni nada…», dice con menos pena que indiferencia. Yo asiento, sin saber por qué, pero ya puesto en guardia. «Ya ve cómo está todo esto», añade y subraya la presunta decadencia ambiente trazando un círculo con la mano derecha. Pudo referirse a la ciudad de Barcelona, a España o al mundo.

Miro a la anciana. Tiene los ojos clavados en el suelo. Pero adivino que sigue nuestra conversación. Veo de repente lo que no he sabido ver antes. A esa mujer que ahora va camino de un asilo o, lo que es lo mismo, de una convivencia que pondrá fin a sus afeites y sonrisas, su paso elegante y su solitario bienestar. Me pregunto qué parentesco la une a ese hombre adusto, pero franco y hasta afable, que le está echando el cierre a su vida. ¿Fue su mujer y juntos compraron ese apartamento en el lejano sesenta y dos? ¿Será su hermana, a la que cedió el apartamento hasta que decidió, ahora, venderlo, pòr mucho que ya nada valga la pena? ¿Qué drama terrible se vive en ese vestíbulo iluminado por luces fluorescentes y, valga la expresión, azulejado de beige?

Se abre la puerta del ascensor y, sin molestarse en saludar o excusarse, un sujeto contrahecho, maloliente y de rostro simiesco me avisa de que tardará en vaciarlo. En efecto, viene lleno hasta los topes. El anciano, su patrón, lo mira con desprecio y lo apremia. Parece saber que la elección de empleado tan miserable, en semblante y gesto, descubre la sordidez de un acto que su prestancia buscaba, y casi conseguía, disimular.

Bruno y yo nos apartamos. Reculamos hacia el rincón que ocupa la anciana. Esta levanta los ojos apenas lo suficiente para encontrar los de Bruno y lo acaricia con una mano que parece haberse arrugado tanto la víspera como no lo hizo en el lustro anterior. Bruno se la lame y ella se deja. Bruno sabe, porque no hay inteligencia como la de los perros, si acaso solo comparable a la de los ancianos que se ven en el trance de abandonar su mundo, antes de que les toque abandonar el de todos.