Slavoj Zizek me divierte siempre…

- 31/10/13
Categoría: Poscomunismo
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…porque es la expresión más acabada de lo que el comunismo legó al poscomunismo: histrionismo, ingenio, bolsillo lleno de panoplia de trucos “dialécticos”, resistencia ante el lugar común, descaro intelectual, agudeza, frivolidad y ese fuck-you-all de quien desanda un camino, y dos

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Y si yo me despertara en Malabo

- 29/10/13
Categoría: Exilio
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Coincido esta tarde con M. N. en una esquina de la calle Escorial. He contado al menos una de nuestras charlas aquí. Son habituales, porque somos vecinos en Gràcia y nos unen el exilio y años, ya remotos, trabajando juntos. M. N. es uno de los líderes más firmes de la oposición ecuatoguineana. Un tipo muy especial, hijo y nieto de opositores. La suya ha sido, y es, una vida vivida contra la sinrazón de Macías Nguema, primero, y de Obiang, después y aún. Un hombre que sabe de lo que habla y lo habla en ese español decimonónico que es propio de los intelectuales de Guinea Ecuatorial. Una lengua prístina y hermosa. Una rectitud de espíritu la suya igualmente bruñida, porque hija del dolor postcolonial y la triste evidencia de ser hablada en un mundo postdemocrático.

Como ya no los hemos dicho todo, nuestras charlas son las de dos exiliados que se entretienen manoseando ficciones. Como siempre, nos maravillan las similitudes entre uno y otro país en sus desgracias disímiles pero comparables y la esterilidad de los afanes opositores en uno y otro. Somos, cada vez, dos perdedores de pie en una bonita esquina del mundo –hoy, peluquería, restaurante y dos edificios de modesto lujo dibujaban la cruz– a miles de kilómetros de donde escaparon un día a edades parejas. Dos tipos que no tienen a dónde volver. Dos tipos vencidos por dictadores eficaces. Bruno, el único de los tres sujeto allí por una correa de la que puede liberarse, nos miraba con pena. Eso Bruno, nacido en un criadero a las afueras de Praga que sé odioso.

Con mi buen amigo M. N. solemos jugar al quién volverá primero: si él a vivir en Malabo, si yo a vivir en La Habana. Él dice que nuestros destinos están asociados y lo sostiene con una convicción tan firme como africana. Hoy ya nos despedíamos, hecho el repaso de penas y agravios, cuando me ofreció de repente, sus ojos brillando como ascuas:

“¿Qué tal si cambiamos, Jorge? Va y somos tú y yo los de la mala suerte. ¡Vete tú a lidiar con Obiang y yo me ocupo de los Castro! ¿Quién sabe si esa no será la cifra para ganar estas batallas?”

Exilio y ficción, ay, esa fecunda pareja…

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Back in twenty minutes

- 06/10/13
Categoría: Viajes
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Llevo unos días en Nueva York con este blog desatendido, en favor de otras urgencias. Vuelvo pronto, que en Miami y Key Largo son otros los tiempos y allá me verá la semana próxima.
See you in twenty minutes, then.

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Una sensación que nunca me abandona…

- 02/10/13
Categoría: Viajes
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Una sensación que nunca me abandona antes de emprender un viaje que me separe más de una semana de mi mesa, mis meriendas tasadas y el barrio donde las tomo: la de comenzar a contar de antemano, aun antes de emprender el viaje, los días que me separan del regreso.

–¿Qué? ¿Cuánto falta para las vacaciones? –me preguntó hoy el plomero de aquí abajo, quien sabía del inminente viaje por mi insistencia en que acudiera antes a casa.

–Veintitrés días –le respondí con falaz precisión.

–¿Pero no me dijiste que te ibas esta semana?

–Ah, sí, sí, falta poco ya…

No obstante, ya sé por experiencia que basta con que uno se instale en otro paisaje, y en mi caso ahora en postcards tan repasadas como amables, para que se deje ganar enseguida por otras meriendas.

A fin de cuentas, qué es esto que llamamos estar-ahí si no una sucesión de estampas y momentos que nos vamos merendando, bocadito a bocadito.

Tomo nota, por cierto, para la pregunta, de haberla, en la barrera de inmigración. “¿Oficio?”, preguntaría el agente. Y yo, la lengua hurgando en una muela y con la consiguiente mueca: “Merendador”.

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Desafortunadamente, ese tipo…

- 01/10/13
Categoría: Agua corriente
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Desafortunadamente, ese tipo que me mira desde el fondo del espejo no soy yo. ¡Ya me gustaría serlo –pagaría por ello–, pero no lo soy!

Sonríe más que yo, tiene hombros más anchos que los míos y los dientes más blancos; lleva una camiseta con leyenda cursilona y al menos dos días sin afeitarse. Me gusta ese tipo, lo que excluye de plano que ese pueda ser yo.

Salgo del cuarto de baño a la carrera y voy al dormitorio contiguo desde donde me estaría mirando, apostado al otro lado del espejo, para interpelarlo. No hay nadie allí. Pego el oído a la pared. La golpeo con los nudillos. No suena a hueco. Vuelvo al cuarto de baño y el tipo se muestra otra vez. Parecía esperarme y estar entrenado para asomarse al espejo al tiempo que lo hago yo. «¡Tiene gracia!», me digo y él sonríe por encima de sus gafas.

Lo miro fijamente a los ojos y me pregunto si habrá aprovechado mi escapada para imitarme y palpar también él la pared, pegarle el oído, asegurarse de que no somos el mismo.

Aunque remota, la posibilidad de que también él dude si somos uno, y acaricie esa posibilidad, me conmueve y consuela.

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