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Fronteras comunistas y transfusiones de sangre

Una noticia extraordinaria esta [1]. En su esperpento y su dimensión blanda.

Resulta que en tiempos de las «democracias populares» en la Europa del Este, la Cruz Roja de Baviera, en la República Federal de Alemania, compraba sangre extraída al otro lado del Muro de Berlín y de los muros de las cárceles pobladas por la Stasi. Sangre disidente. Servía, la sangre alemana robada, para salvar otras vidas alemanas. Vidas enfrentadas, disparejas; vidas paralelas, aunque opuestas.

Dice la noticia que se vio en tv [2] y yo apenas leo glosada:

«Las donaciones de sangre eran obligatorias. En algunos casos se disfrazaban de análisis médicos a los presos políticos de la Alemania comunista, pero en la mayoría no se les daban explicaciones. El estado de la RDA, sin embargo, utilizaba esa sangre para venderla al exterior y obtener divisas… Uno de los clientes de esta macabra mercancía fue nada menos que la Cruz Roja de Baviera, en la Alemania occidental».

Es asunto al que sacarle más lascas que a pernil de tiranosaurio crecidito sobre sus cuartos traseros. Asunto asqueroso, sí, pero también foco que alumbra. Siempre lo hace la sangre, su luz roja. Y sobre todo la derramada, pero ahora resulta que también la transfundida.

La impermeable frontera que guardaba el Checkpoint Charlie dejaba pasar riachuelo de sangre. Por la puerta, la vena, de atrás. Ahora queda definir si corría esa sangre por vena endotelial o adventicia. Y si era adventicia la cosa. O femoral. ¡Cuán femoral!

Vale la pregunta también para asuntos del diario acontecer cubiche en otra frontera porosa [3]. Esa sociología de la transfusión, glóbulo a glóbulo.