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Mariel, “Paraíso del Norte”

Mariel no se ahorra méritos para justificar el nombre por el que se la conocía antaño, cuando los años cincuenta y los bastante menos de veinte mil muertos: “El Paraíso del Norte”.

Parecía un lugar de veras hermoso aquel Mariel apenas habitado, de cuyo puerto zarpaban cada mañana barcos de recreo que uno imagina cargados de hermosas marielitas.

Aquel “Paraíso del Norte”, como reo de su apodo, sirvió de trampolín a los 125.000 cubanos que consiguieron escapar de una década de los setenta que los había dejado exhaustos y ahorrarse la de los ochenta. De camino al “Paraíso del Norte” partieron desde el “Paraíso el Norte”, como pereginos inmóviles que emprendían un viaje imaginario.

Ahora ese mismo Mariel se nos ha convertido en estandarte de la economía del poscastrismo que propugna Raúl y lo engorda Brasil, lo gestiona una empresa de Singapur y lo miran con codicia quienes buscan habitar muy pronto el fin del embargo. En torno a su puerto crecerá en los próximos años un paisaje de almacenes, oficinas y chalets que se parecerá a cualquier zona urbana de la Florida. “Paraíso del Norte”, por fin.

Hoy Mariel ha vuelto a hacer honor a su impenitente gusto por encarnar símbolos. Inaugurado ayer, su puerto recibió el primer barco. [1] Y el barco venía, cómo no, desde el “Paraíso del Norte” aunque no cargado de aves del paraíso, precisamente.

Eran pollos, que ya se sabe que el embargo hace ya década que excluye la venta de alimentos a la desalimentada Cuba. Dicho a la manera de Pánfilo: “El bloqueo no incluye la jama”.

Pollos desabridos, artificialmente engordados y ferozmente congelados.

¡Ah, Mariel y los símbolos!