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Primera transición

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En 1920, Rafael Martínez Ortiz publicó en París dos gruesos volúmenes que contienen testimonio vívido y exhaustivo de los primeros años republicanos: Cuba. Los primeros años de independencia. La segunda edición, que es la que poseo, salió de las prensas de la Imprimerie Artistique «Lux» -131, Boulevard Saint-Michel-, en 1921. Por entonces, Ortiz se desempeñaba como Ministro de Cuba en Francia, peldaño de una carrera diplomática al servicio de la República que lo quiso presente en el Salón de los Espejos de Versalles durante la firma del Tratado de Trianon y en múltiples reuniones de la Liga de las Naciones.

La crónica que hace Martínez Ortiz de los primeros años republicanos, es decir, de la instauración democrática en una Cuba que acababa de liberarse de la sujeción colonial, es lectura muy recomendable hoy. Como pertinente es la escena que cuenta Martínez Ortiz del primer encuentro entre Rafael Montoro y Estrada Palma, donde el recién nombrado presidente le asegura al antiguo autonomista: ¡Cuba será la Suiza de América! Y Montoro señala a la calle y pregunta: ¿Y dónde están los suizos?”

No se trata de establecer tercos paralelos, pero sí de encontrarse a cubanos que hace un siglo intentaron enderezar un país por la senda de la prosperidad y la norma democrática, bajo el escrutinio y la intervención de los EE.UU. y España. De las mañas que se dan para dilapidar la confianza ciudadana y la monumental ayuda que les llega desde Washington. De la facilidad con que se tuerce el rumbo del 20 de mayo. Del cómo basta un cuarto de siglo para que se comience a hablar de la necesidad de una refundación republicana. Para que se pavimente el camino hacia una cadena de dictaduras.

En vísperas de una transición, que está por ver cómo viene, vale la pena repasar esas dos transiciones que vivimos en el XX. De colonia a república; de república a dictadura comunista. En eso ando. Y sin motivo para el entusiasmo.

El caso del preterido Máximo Gómez que acabó muriendo debido a la infección que le provocaron las llagas que resultaron de los numerosos apretones de manos que recibió a lo largo de toda la isla me convence de que este futuro próximo hay que abordarlo con guantes. Como toda autopsia.

 

De contra: Otra de Rafael Martínez Ortiz:

Epílogo para una historia de amor

Tras 108 años, los restos de Emilia Rovira descansan en el panteón que construyó su amado, del que fue separada por su familia

Jordi Andreu. El Mundo

ARENYS DE MAR.- Y se cumplió el deseo de sus vidas. Esta vez nadie se ha interpuesto entre Emilia y Rafael. Los restos de Emilia Rovira ya reposan en el panteón que su amado Rafael Martínez le hizo construir hace ya más de un siglo en el cementerio de Sinera de Arenys de Mar. Al acto acto celebrado ayer acudió una multitud de vecinos que conocían la historia de este amor imposible, ocurrida a finales del siglo XIX y protagonizada por dos jóvenes apasionados.

Un programa de la emisora local se encargó de difundir la historia: Rafael Martínez y Emilia Rovira iniciaron su romance en Arenys de Mar, donde él se había trasladado desde Barcelona, ciudad en la que vivía y estudiaba medicina. Cubano de nacimiento, visitaba a menudo la localidad del Maresme porque allí tenía a un familiar. De este modo conoció al que sería el amor de su vida.

Pero jamás llegaron a casarse. La familia de Elvira, de origen aristocrático, se negó a dar su consentimiento. Según parece, la causa que pudo haber impedido su unión matrimonial fue el hecho de que ella tuviese que abandonar a su familia para trasladarse a Cuba, «algo que no entraba en los parámetros de la época», dijo ayer, Elvira Ortiz, una de las promotoras de esta iniciativa.

Rafael marchó a Cuba, desde donde escribía a Emilia con asiduidad. Pero la joven murió de pena y de amor a los 32 años ya que jamás llegó a recibir las cartas que Rafael Martínez le mandaba. Las artimañas de la familia de Emilia impidieron que pudieran vivir su historia de amor e interceptaban el correo para que Emilia no tuviera noticia de su amado.

En Cuba, Rafael Martínez se convirtió en un importante personaje público a raíz de la Guerra de la Independencia. Realizó una importante carrera política en la isla caribeña, desde donde fue enviado a París como representante político. Rafael, que se casó en Cuba, también fundó un periódico en su isla natal.

En 1926, fue enviado de nuevo a Europa, algo que aprovechó para trasladarse a Arenys de Mar con el objetivo de conocer el paradero de la ya difunta Emilia Rovira. Tras conocer el trágico final de la joven, Martínez hizo construir un panteón de mármol negro a donde pretendía que se trasladasen los restos mortales de su antiguo amor. Rafael encargó el panteón a un escultor francés, quien esculpió un busto con la preciosa imagen de Emilia a partir de una fotografía que ella regaló a Rafael antes de que partiera. Pero la oposición de los familiares resisitía, y se negaron a este traslado.

Han tenido que pasar 108 años para que Emilia haya podido ser enterrada en el nicho de amor que le había construído su amado, quien murió en Fontainebleu (Francia) en 1931 sin conseguir su objetivo. La iniciativa popular ha hecho que más de un siglo después se cumpla el deseo de Rafael Martínez. Los restos de la joven Emilia Rovira iban a ser trasladados a una fosa común, ya que hacía años que se habían dejado de pagar los derechos de la tumba donde fue enterrada a finales del siglo XIX.

Un invitado de excepción estaba ayer presente en el cementerio de la Sinera: Juan-Roberto de Rovira Douzas, bisnieto de un hermano de Emilia, quien aseguró sentirse muy emocionado. Y quiso dar una lección: Afirmó que debería servir para «evitar que los prejuicios sociales rompan una relación sentimental».

Unas 300 personas asistieron ayer al romántico acto durante el que se leyeron poemas y se cantó una habanera y una canción interpretada por una soprano. El traslado de los restos de Emilia fue posible gracias a un acuerdo unánime del pleno del Ayuntamiento de Arenys de Mar.



China de domingo

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I travelled 9000 km to give it to you, segmento dirigido por Won Kar Wai ( 王家衛 ) para Chacun son cinéma ou Ce petit coup au coeur quand la lumière s'éteint et que le film commence, homenaje coral al festival de Cannes.

 

Lectura dominical:

Color local

Rolando Sánchez Mejías

Al Barrio Chino de la Habana –situado alrededor de la calle Zanja, que en sus viejos tiempos fue eso: una zanja–, en los años que me gustaba caminarlo, no iba yo en busca de algo asiático, sino más bien en búsqueda de un lugar que carecía de identidad; o, más exactamente, un lugar cuya identidad, por extraña, por ligeramente amenazante, conminaba al paseíto, a mis no menos deplorables correrías por una Habana que también, por aquellos años –hablo de la década de 1990–, se me volvía ligeramente amenazante. Hoy, remendado el barrio, remedado en lo que pudo ser, es un Asia de cartón.

Y dije paseíto porque no quiero ofrecer la idea de que yo era un paseante o flâneur al estilo Baudelaire, ni siquiera al estilo de los paseos esquizo-románticos de un Robert Walser, ni mucho menos de los paseos de tritón trotón, del inmenso –en obra y gordura– poeta cubano José Lezama Lima, vasco con ojitos de chino acriollado, acrisolado. (Aún queda gente que se pasea, en la Habana, por la Habana, como si la Habana fuera una Ruina gratificante, una Ruina Elegante; de Baudelaire, les queda la cáscara, o la cascarilla [cascarilla: polvo blanco de la cáscara del huevo que se utilizaba para talco y afeites y luego para “limpiezas y resguardos y otros oscuros menesteres”]. Porque Baudelaire era lo suficientemente moderno –así son los románticos de pura cepa– para querer ver lo antiguo-y-nuevo de un único y súbito coup d´oeil. Mirón trocado en visionario.)

En realidad, yo no sirvo para pasear. O avanzo muy rápido dando zancadas y zancadillas de desconcierto, o muy lento haciendo “cruzas” de rostros y animales (en Barcelona la gente suele pasearse con perros, incluso he visto a uno que otro gato halado, alado por correa) y pedazos de fachadas, recortado, todo esto, contra un cielito lindo mediterráneo.

Así, caminoteando, en 1997, fue que vi, apenas a un mes de mi llegada, a mi primer chino barcelonés. Yo iba por Joaquín Costa, y en el cruce con Ferlandina vi a mi chino. Es curioso, porque yo ya había intentando ver chinos en lo que aún, a veces, como en lapsus linguae o lapsus topológico, o tal vez tropológico, se denomina Barrio Chino de Barcelona. Y no había visto ni uno de tales chinos, cuando los chinos, los asiáticos, los otros, casi por definición, deberían ser legión.

Supongo que para un barcelonés o un payés que jamás hubiera visto en vida a un chino, el ejercicio o experiencia de definirlo –ya no digo describirlo– como chino habría sido, qué duda cabe, extremadamente arduo, complicado, laborioso. A diferencia de un negro (excepto los indianos, muchos en Cataluña no sabían qué cosa, bestia o bestiola, era un negro), de un marroquí, o de un paquistaní (experiencias de conocimiento o reconocimiento que en su momento histórico han sido también laboriosas para un payés o un barcelonés), un chino puede correr la suerte, o desgracia, de no ser reconocido, ni siquiera conocido, a primera vista. Se le con-funde con filipino, o se le hunde en las lindes mogólicas o mongólicas de la estepa rusa, o se trastoca en homo japonicus o, como le pasa a un joven y amigo poeta cubano mío –usaba, en los noventa, en la Habana, bigotes torcidos hacia arriba–, se le atribuía –a él, cruce de mulata y cantonés– la etnia chino-malaya, como uno de esos personajes de Salgari que se mal oculta entre las lianas de un árbol de malanga.

Continúa aquí.

Cortesía de Letras libres.



El Corresponsal Vitalicio, y Zoé Valdés.

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Al teléfono:

-¿Otra vez Mauricio y recorte de primera plana de El País? Te repites, jorgito.

-Coño, ¡más se repite él! Y eso que el de hoy es el mejor Mauricio: estadísticas crudas, testimonios de peso...

–Pero ¿tú sabes cuál es el problema de Mauricio, alias, el Corresponsal Vitalicio?

–Dime tres.

–Apenas uno: Mauricio sólo es creíble para aquellos que nunca hayan hablado con él en privado.

–¡Pero todos hemos hablado con él “en privado”!

Voilà: ése es el problema de Mauricio.

–También están los lectores, ¿no? Ellos no han gozado de esa intimidad. ¡Imagínate lo que les espera cuando Maurivitalicio traiga el artículo que le valga como disculpa por este de hoy!

–Pero ese no es problema de Mauricio. Es problema del diario que lo consiente.

 

Zoé Valdés en Singulier, TSR.



Aviso, más Martí, y tres

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La ocasión de ver tocar juntos a Iliana Matos y Eduardo Martín es absolutamente única. Matos, coincidimos casi todos, es la más importante de las guitarristas cubanas vivas. La obra de Martín como compositor va alcanzando en los últimos años una solidez que lo coloca entre los compositores más imaginativos para guitarra clásica que haya tenido Cuba.

Ya Matos grabó obra de Martín para el sello GSP Recording de San Francisco: el magnífico Angels in the Street del que daba noticia aquí hace meses.

Mañana estarán en la Casa Luthier de la calle Balmes en Barcelona.

Que a nadie se le ocurra perderse ese concierto.

Que a nadie se le ocurra llegar con menos de media hora de antelación. Aunque cómoda, la sala es pequeña y los amantes de la guitarra clásica en Barcelona somos muchos.

Que a nadie se le ocurra dejar de agradecerme este aviso en el cocktail que sigue al concierto.

Y, sobre todo, que a nadie se le ocurra venir a hacerlo cuando me vea hablando con Iliana.

 

Al teléfono:

–Oye, Jorgito, ¿ya se sabe quién es el pobre diablo al que el reflexionista llamó burócrata?

–¿El que le puso los pelos de punta?

–Ese mismo. ¿Tienes nombre y pedeéfe con la carta de renuncia del tipo?

–La carta no la tengo. El nombre: Carlos Rodríguez, comisionado nacional de béisbol.

–¿Qué hizo?

–No lo sé. Todo lo que trae google es revolucionario y pico.

–Lo habrá jodido el pico…

–Eso veo.

–…

–…

–Oye, ¿y qué coño hace el mariscal mirando una mesa redonda sobre pelota? ¡Parece mi abuelo, socio!

–…

 

Y la prometida tercera taza de Martí.

De: Jorge Ferrer. Minimal Bildung. Ediciones Catalejo, Miami, 2001.

Once

Intersección de las calles 13 y L en El Vedado. Rebota la mirada contra la extensión inmóvil del mar, lo que provoca un sentimiento de insularidad puro. En el tramo que le resta a la calle 13 para perderse en el Malecón, se suceden los fragmentos de asfalto, también como islas, las casas de un desteñido neoclásico, la gente disfrutando del ocio espurio de La Habana transcolonial.

La calle L sube hasta la Colina universitaria, cuya escasa cima queda oculta desde nuestra esquina gracias a un inexplicable exabrupto de la calle 21. Si desde allá, 21 y L, dejáramos descender la vista, parecería que uno se asoma a un abismo de juguete. Esa percepción de lo pseudoabisal ha hecho sonreír a Buenaventura más de una vez.

Ahora, en cambio, no sonríe. Sus ojos se cierran, esquivando la luminosidad ubicua del meridiano tropical, siempre a la caza de un gesto de asombro para penetrar, punzante, hasta la silla turca, estrecho asiento del sentido común.

Buenaventura está de pie bajo un sol que parece apoyado en su espalda, tan sólida y húmeda su presencia. El edificio López Serrano proyecta una sombra zigzagueante, como insegura, sobre las baldosas del pavimento.

Ante él se extienden cinco largas hileras de libros, que un improvisado vendedor ha dispuesto en la acera, con paciencia de geómetra pitagórico, como frutas en un mercado de Bagdad. Cada libro está calzado con piedras de escaso peso, como de nieve, que los protege de la acción aviesa y destructora de la brisa. Y refractándose sobre la nieve, la luz del sol, que decolora los libros con pertinacia de fuego fatuo en fiesta popular. Buenaventura busca un libro que lo arrastre a la siesta. Páginas de letra menuda, que ofendan el misterio de la lectura, con un contenido más blando y reposado que el salto de las ovejas.

Tras pasear su mirada, rápida y desdeñosa, sobre el mosaico de títulos y nombres propios, elige los Diarios de José Martí, en la edición de 1956. Retira la piedra que ha impedido que la carátula echara a volar con un gesto lento, diríase martiano.

De una billetera sucia —una vez desplegada deja ver fotos, imágenes de santos, papelitos— saca unos billetes arrugados, casi rotos. En ellos la cara de Martí parece centenaria. “Parecía que el Apóstol iba a morir en el año de su Centenario, y apenas se ha arrugado”, parodia entre dientes.

Hace una seña al vendedor, incitándolo al intercambio simbólico: tres diarios de Martí por tres billetes con su rostro grasiento y sudoroso. El de Guatemala, juvenil e ingenuo, el de Montecristi a Cabo Haitiano, donde se anuncia el fin con paso apresurado, y el último, escrito ya en la tierra prometida, donde la fatalidad deviene página inconclusa. Prólogo de Fina García Marruz, que el librero regala: en Cuba no hay billetes con efigie de mujer. Sabe que los diarios de Martí sólo condujeron al sueño a su redactor, pero confía en el prólogo gratuito para adormecerse.

El vendedor, achinado como sólo consiguen estarlo ciertos raros jarrones, ha salido con paso ágil de la sombra. Agilidad que parece reñida con su edad imprecisa aunque más propensa a la duda del arqueólogo que a la del inspector del censo municipal. Se acerca a Buenaventura dando saltitos, como piruetas, ya sea porque teme que la luz y el calor lo penetren o porque se apresta a vender el primer libro de la mañana.

El chino estruja aún más los billetes al deslizarlos, con esa impertinente avidez que exhiben las prostitutas recién llegadas de provincia, en un bolsillo elíptico, su boca oculta tras los faldones de una guayabera un par de tallas más grande de lo aconsejable.

Se ofrece.

—Tengo otros libros de Martí, ¿le interesan las obras completas?

Ha pronunciado “obras completas” con voz grave, como si quisiera arrojar de sí todo el peso de la totalidad. De todos modos el ofrecimiento acusa cierto desgano, que delata la sonrisa falsa y teatral, que lo acompaña.

“¿Será la edición Trópico o la del Consejo Nacional de Cultura?”, se pregunta Buenaventura, y se regocija de poder plantear una interrogante, cuya solución no variará absolutamente nada el curso del mundo. Le dice, con una seguridad hija del hábito:

­­—Yo no leo a Martí, no es por su autoría que he elegido este libro; prefiero las comedias asumidas a las mal llevadas. Sepa usted que cuando voy al circo trato de olvidar que los payasos también pueden ganarse la vida protagonizando reality shows en noches de sábado, a la misma hora en que los niños van a la cama, ya lista la ropita dominguera que vestirán camino al circo cuando despierten.

—Hace mal, joven.

Sorprendido por el desdén con que ha sido recibido su ofrecimiento, el vendedor, con una lentitud que parece provenir de antes, mucho antes de que se contaran las horas, le replica:

—Los payasos, cuando son verdaderos, convierten la mostración, el show, en un simulacro donde lo tragicómico se confunde con lo propio, en el sentido heideggeriano de la palabra. Y créame que Martí podría enseñarle mucho a ese respecto, porque conoció el secreto de la cuerda floja tan bien como las mañas para alimentar a las fieras del circo.

Volvió el chino peleón a la sombra, despacio, diríase que contrariado. Pero la seguridad de su paso era la de alguien que sabía que había abierto una puerta y encendido la luz.

Buenaventura, sabedor de que había entrado a una habitación amplia y amueblada con gusto dieciochesco, pasó por sobre las hileras de libros, esquivándolos, como si quemaran. El sol se deslizó desde su espalda hacia el suelo, que quedó atrás humeante, molesto, casi rencoroso.

—Busco una edición de los diarios... —y le tendió el libro como para no dejar dudas— que contenga las páginas escritas el 6 de mayo de 1895.

—Puedo ofrecerle algo mejor.

El viejo tomó el libro, lo abrió con un arte que delataba a un necrófilo practicante: suave, segura, concentradamente, y arrancó las páginas marcadas por la fecha del 5 de mayo. Se lo tendió de vuelta con gesto satisfecho, como aleteo de ganso que ha logrado escapar de la saña impostada de un cazador primerizo.

Buenaventura sonrió, sacó un bolígrafo y escribió en una de las páginas arrancadas un número de teléfono. Se lo tendió al viejo, le dio la espalda y se fue a dormir. Sabía que en la habitación que le habían abierto lo esperaba una cama blanda, como el tránsito del sol hacia la sombra luminosa de una verdad revelada. Presentía que se hundiría en el sueño con la absoluta certeza de lo falso.



Álbum con Castro I y objetivo chino

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Más conocidos por su magnífica serie Childhood Memento , Shao Yinong (1961) y Mu Chen (1970) han documentado también los espacios ruinosos que fueron sede de la tensión didáctica y narcotizadora de la ideología. Las imágenes decadentes de esas salas de reuniones que acogieron asambleas rabiosas o aquiescentes son los escenarios vacíos que retratan en la serie The Assembly Hall .

Aunque recuerdan los afanes de Robert Polidori, en las fotos de la serie The Assembly Hall hay una espontaneidad que no estetiza las ruinas. En las fotos de Polidori en Pripyat, La Havana o New Orleáns se advierte una objetivación que construye arte, que obliga al ojo a ver arte.

Yinong y Cheng son más documentalistas que estetas. Tal vez sean menos dóciles a la seducción de la belleza antigua, una debilidad que el pathos aristocrático, amigo de los jardines entreverados de falsas columnas ganadas por la maleza, convirtió en extraña moda. Parece importarles más lo vacío que lo ruinoso y eso los coloca más en la línea de Hiroshi Sugimoto y sus teatros vacíos, que en la estela de Polidori, coleccionista de desastres, retratista de cataclismos.

Ese Radio City de Sugimoto, por ejemplo.

El mismo Sugimoto que incluyó a Fidel Castro en su galería de próceres de yeso. Y produjo la mejor foto que conozco de Castro I posando de Castro I. Rey sabio o macizo mariscal, uno adivina ya en esta foto al no menos falso Fidel Castro que ostenta en sus más recientes instantáneas esa sonrisa de resucitados que tienen los ancianos, al decir de José Martí.

Una experiencia visual que cerraría muy bien, se me ocurre, un collage del Emperador Adidas recostado a la tribuna de un desolado teatro Karl Marx. Mis mañas con Photoshop no dan para tanto. A ver si alguien se anima…

De contra: Y, mañana, habrá tercera taza de Martí. ¡No me carezcan!



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Autor: Jorge Ferrer

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Jorge Ferrer. Escritor y traductor. Escribe desde Barcelona, España.

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Retrato de apóstata con fondo canónico. Artículos, ensayos, un sermón. Selección y prólogo de Jorge Ferrer. Editorial Colibrí, Madrid, 2004.

 
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Veintinueve escenas para una novela sobre la inercia y el olvido Editorial Catalejo, Miami, 2001.

 

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