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Aviso, más Martí, y tres

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La ocasión de ver tocar juntos a Iliana Matos y Eduardo Martín es absolutamente única. Matos, coincidimos casi todos, es la más importante de las guitarristas cubanas vivas. La obra de Martín como compositor va alcanzando en los últimos años una solidez que lo coloca entre los compositores más imaginativos para guitarra clásica que haya tenido Cuba.

Ya Matos grabó obra de Martín para el sello GSP Recording de San Francisco: el magnífico Angels in the Street del que daba noticia aquí hace meses.

Mañana estarán en la Casa Luthier de la calle Balmes en Barcelona.

Que a nadie se le ocurra perderse ese concierto.

Que a nadie se le ocurra llegar con menos de media hora de antelación. Aunque cómoda, la sala es pequeña y los amantes de la guitarra clásica en Barcelona somos muchos.

Que a nadie se le ocurra dejar de agradecerme este aviso en el cocktail que sigue al concierto.

Y, sobre todo, que a nadie se le ocurra venir a hacerlo cuando me vea hablando con Iliana.

 

Al teléfono:

–Oye, Jorgito, ¿ya se sabe quién es el pobre diablo al que el reflexionista llamó burócrata?

–¿El que le puso los pelos de punta?

–Ese mismo. ¿Tienes nombre y pedeéfe con la carta de renuncia del tipo?

–La carta no la tengo. El nombre: Carlos Rodríguez, comisionado nacional de béisbol.

–¿Qué hizo?

–No lo sé. Todo lo que trae google es revolucionario y pico.

–Lo habrá jodido el pico…

–Eso veo.

–…

–…

–Oye, ¿y qué coño hace el mariscal mirando una mesa redonda sobre pelota? ¡Parece mi abuelo, socio!

–…

 

Y la prometida tercera taza de Martí.

De: Jorge Ferrer. Minimal Bildung. Ediciones Catalejo, Miami, 2001.

Once

Intersección de las calles 13 y L en El Vedado. Rebota la mirada contra la extensión inmóvil del mar, lo que provoca un sentimiento de insularidad puro. En el tramo que le resta a la calle 13 para perderse en el Malecón, se suceden los fragmentos de asfalto, también como islas, las casas de un desteñido neoclásico, la gente disfrutando del ocio espurio de La Habana transcolonial.

La calle L sube hasta la Colina universitaria, cuya escasa cima queda oculta desde nuestra esquina gracias a un inexplicable exabrupto de la calle 21. Si desde allá, 21 y L, dejáramos descender la vista, parecería que uno se asoma a un abismo de juguete. Esa percepción de lo pseudoabisal ha hecho sonreír a Buenaventura más de una vez.

Ahora, en cambio, no sonríe. Sus ojos se cierran, esquivando la luminosidad ubicua del meridiano tropical, siempre a la caza de un gesto de asombro para penetrar, punzante, hasta la silla turca, estrecho asiento del sentido común.

Buenaventura está de pie bajo un sol que parece apoyado en su espalda, tan sólida y húmeda su presencia. El edificio López Serrano proyecta una sombra zigzagueante, como insegura, sobre las baldosas del pavimento.

Ante él se extienden cinco largas hileras de libros, que un improvisado vendedor ha dispuesto en la acera, con paciencia de geómetra pitagórico, como frutas en un mercado de Bagdad. Cada libro está calzado con piedras de escaso peso, como de nieve, que los protege de la acción aviesa y destructora de la brisa. Y refractándose sobre la nieve, la luz del sol, que decolora los libros con pertinacia de fuego fatuo en fiesta popular. Buenaventura busca un libro que lo arrastre a la siesta. Páginas de letra menuda, que ofendan el misterio de la lectura, con un contenido más blando y reposado que el salto de las ovejas.

Tras pasear su mirada, rápida y desdeñosa, sobre el mosaico de títulos y nombres propios, elige los Diarios de José Martí, en la edición de 1956. Retira la piedra que ha impedido que la carátula echara a volar con un gesto lento, diríase martiano.

De una billetera sucia —una vez desplegada deja ver fotos, imágenes de santos, papelitos— saca unos billetes arrugados, casi rotos. En ellos la cara de Martí parece centenaria. “Parecía que el Apóstol iba a morir en el año de su Centenario, y apenas se ha arrugado”, parodia entre dientes.

Hace una seña al vendedor, incitándolo al intercambio simbólico: tres diarios de Martí por tres billetes con su rostro grasiento y sudoroso. El de Guatemala, juvenil e ingenuo, el de Montecristi a Cabo Haitiano, donde se anuncia el fin con paso apresurado, y el último, escrito ya en la tierra prometida, donde la fatalidad deviene página inconclusa. Prólogo de Fina García Marruz, que el librero regala: en Cuba no hay billetes con efigie de mujer. Sabe que los diarios de Martí sólo condujeron al sueño a su redactor, pero confía en el prólogo gratuito para adormecerse.

El vendedor, achinado como sólo consiguen estarlo ciertos raros jarrones, ha salido con paso ágil de la sombra. Agilidad que parece reñida con su edad imprecisa aunque más propensa a la duda del arqueólogo que a la del inspector del censo municipal. Se acerca a Buenaventura dando saltitos, como piruetas, ya sea porque teme que la luz y el calor lo penetren o porque se apresta a vender el primer libro de la mañana.

El chino estruja aún más los billetes al deslizarlos, con esa impertinente avidez que exhiben las prostitutas recién llegadas de provincia, en un bolsillo elíptico, su boca oculta tras los faldones de una guayabera un par de tallas más grande de lo aconsejable.

Se ofrece.

—Tengo otros libros de Martí, ¿le interesan las obras completas?

Ha pronunciado “obras completas” con voz grave, como si quisiera arrojar de sí todo el peso de la totalidad. De todos modos el ofrecimiento acusa cierto desgano, que delata la sonrisa falsa y teatral, que lo acompaña.

“¿Será la edición Trópico o la del Consejo Nacional de Cultura?”, se pregunta Buenaventura, y se regocija de poder plantear una interrogante, cuya solución no variará absolutamente nada el curso del mundo. Le dice, con una seguridad hija del hábito:

­­—Yo no leo a Martí, no es por su autoría que he elegido este libro; prefiero las comedias asumidas a las mal llevadas. Sepa usted que cuando voy al circo trato de olvidar que los payasos también pueden ganarse la vida protagonizando reality shows en noches de sábado, a la misma hora en que los niños van a la cama, ya lista la ropita dominguera que vestirán camino al circo cuando despierten.

—Hace mal, joven.

Sorprendido por el desdén con que ha sido recibido su ofrecimiento, el vendedor, con una lentitud que parece provenir de antes, mucho antes de que se contaran las horas, le replica:

—Los payasos, cuando son verdaderos, convierten la mostración, el show, en un simulacro donde lo tragicómico se confunde con lo propio, en el sentido heideggeriano de la palabra. Y créame que Martí podría enseñarle mucho a ese respecto, porque conoció el secreto de la cuerda floja tan bien como las mañas para alimentar a las fieras del circo.

Volvió el chino peleón a la sombra, despacio, diríase que contrariado. Pero la seguridad de su paso era la de alguien que sabía que había abierto una puerta y encendido la luz.

Buenaventura, sabedor de que había entrado a una habitación amplia y amueblada con gusto dieciochesco, pasó por sobre las hileras de libros, esquivándolos, como si quemaran. El sol se deslizó desde su espalda hacia el suelo, que quedó atrás humeante, molesto, casi rencoroso.

—Busco una edición de los diarios... —y le tendió el libro como para no dejar dudas— que contenga las páginas escritas el 6 de mayo de 1895.

—Puedo ofrecerle algo mejor.

El viejo tomó el libro, lo abrió con un arte que delataba a un necrófilo practicante: suave, segura, concentradamente, y arrancó las páginas marcadas por la fecha del 5 de mayo. Se lo tendió de vuelta con gesto satisfecho, como aleteo de ganso que ha logrado escapar de la saña impostada de un cazador primerizo.

Buenaventura sonrió, sacó un bolígrafo y escribió en una de las páginas arrancadas un número de teléfono. Se lo tendió al viejo, le dio la espalda y se fue a dormir. Sabía que en la habitación que le habían abierto lo esperaba una cama blanda, como el tránsito del sol hacia la sombra luminosa de una verdad revelada. Presentía que se hundiría en el sueño con la absoluta certeza de lo falso.



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Autor: Jorge Ferrer

Jorge Ferrer. Foto © Laura Ceccacci

Jorge Ferrer. Escritor y traductor. Escribe desde Barcelona, España.

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