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Antonio J. Ponte con Martí en el cosmos, y Vincent Bloch

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La semana pasada, y bajo el epígrafe "La reinvención de lo político en Cuba. Memoria colectiva, sociedad civil y disidencia", se celebró en París un evento organizado por el Centre d’Études et des Recherches Internationales (CERI-Sciences Po) que contó –veo se informa en el programa que aparece en el site del CERI- con el apoyo de la Asociación Encuentro de la cultura cubana y el Centre d'Analyse et de Prevision del Ministerio de Asuntos Exteriores francés.

A petición mía, Antonio José Ponte ha accedido a ofrecer a los lectores de El Tono de la Voz la introducción a la conferencia que leyó en París, de cuya próxima publicación daré aviso aquí. Es cortesía con mis lectores que le agradezco. Vuelve Ponte al Martí del que ya se había ocupado antes en "El abrigo de aire".

Adicionalmente, inserto un fragmento de una reciente conferencia de Vincent Bloch, investigador de la École des hautes études en sciences sociales (EHESS), en torno al mismo asunto que trató en la cita del CERI, a saber, el concepto de lucha. Como suena.

Bloch coordinó junto a Gilles Bataillon el número que dedicó a Cuba la revista Communisme y es responsable de interesantes trabajos sobre la sociología del totalitarismo cubano. Así, “El papel del terror en la génesis de un poder totalitario en Cuba” o “Los rumores en Cuba”.

 

El pensamiento y la acción de José Martí

(Fragmento)
Antonio José Ponte
José Martí es una termoeléctrica y una enorme biblioteca. Es la más alta orden gubernamental y la radio que ataca al gobierno que entrega esa orden. Es un aeropuerto y un montón de avenidas. Es centro de parque en cientos de pueblos y ciudades. Es la dispersión de frases suyas que se repiten incesantemente. Es el dinero que circula con su efigie. Es el primer nombre propio que se menciona en la actual Constitución de la República Cubana: aparece cuando han pasado en anteriores claúsulas una masa anónima de aborígenes suicidas, de esclavos rebeldes, de criollos levantados en armas, de obreros, campesinos y estudiantes.
Como si se tratara de la traducción de títulos imperiales exóticos, Martí ha sido llamado “Nuestro Apóstol”, “Héroe Nacional”, “Pater Patriae”, “Nuestro Recetario Político”, “Padre Santo”, “Nuestro Botiquín de Moral Pública”, “Nuestra Biblia de Vida”. Y se ha afirmado que ninguna estatua que se le levante conseguirá hacerle justicia. Lo afirmó así Rubén Darío, luego de ciertos estimados constructivos, al consignar que para tal estatua “la isla entera sería todavía pequeño zócalo”.
Su figura parece cobrar la importancia universal que Martí mismo exageró para la Isla en una de sus cartas, cuando escribió: “Las Antillas libres salvarán la independencia de nuestra América, y el honor ya dudoso y lastimado de la América inglesa, y acaso acelerarán y fijarán el equilibrio del mundo”. Cobra la intemporalidad que él mismo prodigaba al advertir que quien se levantara por Cuba, por la causa cubana, se levantaba para todos los tiempos. Leo algunas de sus páginas y me viene a la memoria la noticia de que un poema suyo (no recuerdo cuál) y uno de sus manifiestos políticos (tampoco lo recuerdo) viajan por el espacio cósmico, en caso de no haberse desintegrado todavía.
Allá los puso en órbita el primer (y único) cubano que ha visto el planeta desde afuera y que en la actualidad asiste, mudo en su uniforme de coronel, a consabidas sesiones parlamentarias en La Habana. Trajeado entonces de cosmonauta, Arnaldo Tamayo Méndez, sacó del planeta, además de esos textos martianos, azúcar suficiente para organizar un experimento en torno al crecimiento de los cristales en un medio antigravitacional. Creo que nunca han llegado tan lejos las exportaciones cubanas, nunca se han extendido de manera igual las preocupaciones por el rendimiento de una cosecha. Y no habrá tenido la escritura de José Martí destinatario más extraño (y tal vez más justo), que al ponerse a orbitar en aquellos espacios pascalianos.
El equipaje de un cosmonauta incluye un paquete de azúcar y unas páginas impresas, hablo de exportaciones cubanas, y apunto esta ocurrencia que hizo pública Fernando Ortiz en 1953, durante la celebración del centenario martiano: si el país exportaba con muy buena suerte azúcar, tabaco y música, ¿por qué entonces no iba a exportar a José Martí? Martí era la mejor de las músicas (podía hablarse de esta manera de la impetuosidad y arrastre de su oratoria), era azúcar de óptima calidad (no había más que leer sus afectuosas cartas), y sus ideas acarreaban la misma ebriedad del buen tabaco. (En algunas marquillas de tabaco aparecía su efigie.)
Pocos años antes de esa celebración, Emil Ludwig había escrito su asombro ante algunas frases de Martí que había descubierto. Ludwig emparejaba aquellos fragmentos a los aforismos de Nietzsche, lamentaba que tal obra no estuviese traducida al alemán, y confirmaba la demanda internacional para ese artículo de exportación que Ortiz propusiera. “Centenares de aforismos en tal estilo vigoroso y penetrante”, escribió Ludwig, “que bien pudieran ser de Nietzsche, han sido recogidos en una magnífica colección de sus obras, y de ser traducidas, serían por sí solas suficientes para convertir a Martí en guía espiritual del presente momento del mundo”. Y aludía el biógrafo alemán al año 1948.
Guía espiritual del mundo o principal artículo de exportación, José Martí cobraría su mayor importancia a partir del triunfo revolucionario de 1959. Aunque era objeto de homenaje y objeto de abuso desde mucho antes, desde mucho antes su nombre había entrado en el trapicheo político cubano. Fulgencio Batista (por citar tan sólo el ejemplo de una dictadura anterior) tuvo a bien agenciarse buena parte de los réditos de la celebración del Centenario, e intentó legitimar su muy reciente golpe de Estado con las fiestas por Martí. De igual modo, en ese mismo año, Fidel Castro colocó su lucha contra Batista bajo la advocación del mismo nombre. La política cubana adoptaba en 1953 forma de guerra de reliquias.
Se ha repetido que Martí ha servido a toda intención política del último siglo cubano. Visto así, su utilización por la actual dictadura cubana no tendría particularidad mayor. Sin embargo, lo inusual de esta utilización reside en que un mismo poder se haya servido de él para justificar tendencias sucesivas que se contradicen entre sí. Durante casi medio siglo, Martí ha estado incluido en las cambiantes formulaciones del discurso oficial cubano, y ha sido principal pieza de dominio. Es por ello que ninguna otra interpretación martiana me parece más necesitada de atención que la versión oficial cubana. Porque ninguna otra interpretación ha sido llevada más lejos. Hasta el cosmos.

 

Le sens de la lutte

(fragmento)

Vincent Bloch (EHESS)

Le projet révolutionnaire cubain avait instauré un dispositif institutionnel, des normes juridiques et un ensemble de droits sociaux dont le but était de créer à Cuba un « homme nouveau », luttant pour le bien commun dans une parfaite symbiose avec les valeurs politiques mises en exergue par le régime. Animé par une consciente révolutionnaire, cet « homme nouveau » était porté par un mode d’intégration et un système de référents sociaux et politiques dont l’effectivité des normes et des valeurs faisait sens pour l’ensemble de la

société, sans que celles–ci emportent nécessairement l’adhésion.

D’un côté prévalait un égalitarisme « strict », inscrit notamment dans des normes de consommation stables. De l’autre, la stratégie d’accès à davantage de faveurs passait par l’obtention d’un poste au sein du système politique ou du haut fonctionnariat, et à un moindre degré par la voie des qualifications professionnelles socialement valorisées par le gouvernement (santé, éducation). Si l’adhésion publique au régime était la norme pour tous, l’ascension sociale était la récompense d’un «comportement communiste exemplaire », conférant consubstantiellement une lisibilité à la hiérarchie sociale. Enfin, les valeurs exaltées par le régime agissaient aussi comme des référents qui faisaient sens : désignation d’un ennemi, le capitalisme, installation dans une alerte permanente face aux menaces extérieure (les USA) et intérieure (les contre–révolutionnaires), lutte pour l’égalité et la justice sociale, par le communisme.

Or, le tarissement de l’aide soviétique à partir de la fin des années 80 déclenche un effondrement du système économique cubain, à tel point qu’en 1990, Fidel Castro décrète la « période spéciale en temps de paix ». D’une part, l’économie officielle n’est plus en mesure d’assurer l’offre et par conséquent le régime ne garantit plus que de manière précaire les

services jadis offerts : alimentation, transports, santé, éducation, emploi. D’autre part, le système économique connaît à partir du début des années 90 une réintroduction partielle de la logique de marché. Les mesures concernent principalement la privatisation d’une partie du secteur agricole, la réouverture de marchés paysans où circulent des biens alimentaires dont le prix est régi par la loi de l’offre et de la demande, et la réautorisation du travail indépendant pour près de 200 métiers. Enfin, le pays s’ouvre aux capitaux étrangers à travers la création d’entreprises en joint venture puis totalement aux mains d’actionnaires non cubains,

tandis que la possession de dollars est dépénalisée et que sont créés des magasins où sont disponibles en devises des produits non soumis aux pénuries.

Tout ceci bouleverse les habitudes et ouvre une période de réorientation des comportements économiques. Petits trafics et entorses à la légalité socialiste se multiplient, alors que dans le même temps apparaît une autre ressource, l’argent des touristes, dont le nombre avoisine les deux millions annuels à la fin des années 1990. Ainsi, pour beaucoup de Cubains et d’observateurs et analystes étrangers, le pays a connu un bouleversement de fond en comble.

Le propos de cet article sera de s’interroger sur la nature du système de normes en vigueur au sein de la société cubaine. Mon attention portera sur la vision communément admise selon laquelle il existait à Cuba un système de normes qui s’est effondré avec l’instauration de la période spéciale, laissant le régime castriste moribond. J’essaierai au contraire, de montrer à travers la trajectoire biographique d’un Havanais de trente ans, comment ces normes peuvent s’accommoder d’une marginalité « délinquante », sans que cette dernière n’en vienne à constituer un facteur de trouble dans la pérennité de l’ordre castriste.

« La rue »

Né à Pinar del Rio en 1970, Juan Diaz a un frère – né en 1966 – et une soeur aînée – née en 1969 –, ainsi que deux frères cadets, nés respectivement en 1972 et 1973. Il n’a pas poursuivi sa scolarité au–delà du noveno grado, considérant, « à 14 ans [que] les études qui [lui] étaient

proposées [« technicien » ne [le] mèneraient à rien, même si [ses] résultats étaient excellents. »

« J’ai été élevé dans la rue, c’est la que se trouve la vie, et je me débrouille seul depuis l’âge de 14 ans, sans être un poids pour ma famille […] Je ne suis pas éduqué, mais contrairement à beaucoup de gens éduqués, j’ai du tact. » Ses proches mettent unanimement en avant son

intelligence, et établissent volontiers un rapport entre cette caractéristique et ses problèmes nerveux. Son ami Leo disait ainsi : « Quand il commence à analyser quelque chose, il s’obsède et devient fou. » Pour sa part, Juan se reconnaît dans un diagnostic informel qui lui avait été fait par un psychologue : « individu agressif, incapable de contrôler ses

nerfs ».

Arrivés de Galice et des îles Canaries au milieu du XIXe siècle, les ancêtres de Juan se sont établis dans l’ouest de Cuba, les uns travaillant comme ouvriers agricoles, les autres réussissant à ouvrir de petits commerces au fil des générations. Avant la Révolution, nombreux étaient les membres de sa famille impliqués dans les jeux clandestins et les petits

trafics, et rares étaient ceux qui avaient poursuivi des études au–delà de l’école primaire. Dès les premières années de la Révolution, un de ses oncles, ingénieur, avait émigré à Miami. Le reste de la famille demeurait dans l’ouest de l’île et subsistait grâce à un petit commerce, dont la fermeture, conséquence de « l’offensive révolutionnaire » de 1968, a réorienté les activités de son père et de ses oncles vers le trafic de produits agricoles et les jeux clandestins. La mère, née en 1951, s’occupait exclusivement de l’éducation de ses enfants – dont aucun n’a

étudié au–delà de l’âge de scolarisation obligatoire – , les hommes de la famille assurent la survie matérielle du foyer lorsque le père est condamné à trois ans de prison pour vente d’essence au marché noir. Lorsqu’il sort de prison en 1978, il décide d’essayer d’établir les siens à La Havane, considérant que les activités illicites y sont moins risquées. En 1980, grâce à une permuta1 convenue avec une famille désireuse de quitter la capitale, les Diaz échangent leur appartement de cinq pièces à Pinar del Rio contre une somme d’argent et un deux pièces dans le quartier havanais de Colón.

« Imagine toi les guajiritos – paysans – arrivant dans le quartier avec notre accent et nos faces de guachos – blancs. C’était bronca – embrouille, bagarre – à chaque instant. Mes petits frères se battaient tout le temps […] Rapidement on s’est fait notre place, rapidement on a fait

des amitiés avec les chamaquitos – gamins – du quartier, dont certains avaient du statut : on les respectait parce qu’ils savaient se battre et parce qu’ils étaient mostruo – balaise – pour trouver de l’argent. Entre nous, il y avait du respect, de la rectitude, personne n’arnaquait personne : business de viande, de fringues, de quoi que ce soit, des trucs qu’on avait

dépouillés ensemble à des mecs […] Dans l’ensemble, c’était les règles de l’ambiente qui faisaient marcher les choses, avec le tact les problèmes étaient évités, mais attention, ça veut pas dire que tu pouvais faire confiance aux gens du quartier, si tu leur tournes le dos, te clavan – ils te niquent. »

Publicado en COMMUNISME – n°83/84/85 – 2005/2006. Continúa aquí



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