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Futuros de Cuba, en Barcelona y Miami

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A lo largo de esta tarde, ya ayer, las intervenciones de Carmelo Mesa-Lago, Haroldo Dilla, Velia Cecilia Bobes, Alejandro de la Fuente, Victor Fowler y Magali Espinosa en las jornadas Cuba y sus futuros en el Centro de Cultura Contemporánea (CCCB) de Barcelona.

Algunas de esas intervenciones me han parecido verdaderamente memorables, aunque entenderán que en tanto parte de la organización me inhiba de establecer jerarquías.

En cualquier caso, el conjunto -y es consenso entre los asistentes- ha sido formidable.

Mañana -hoy, 26 de marzo-, las sesiones finales. Primero, un mano a mano entre Rafael Rojas y Julio César Guanche que abordarán distintas versiones de futuros para Cuba, moderado por Iván de la Nuez.

Después, la sesión final que abrirá el debate a todos los ponentes y al público asistente en Barcelona y el Centro Cultural de España en Miami por espacio de dos horas.

Invitados quedan a las 18:00 hrs, en Barcelona; 13:00 hrs. en Miami.

En Barcelona, acúdase al Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona, Montalegre, 5, en El Raval.

En Miami, la cita es en el Centro Cultural de España, 800 Douglas Rd, suite Nº 170, Coral Gables.

Las sesiones pueden seguirse en directo en la web del CCCB.

El programa completo del evento puede verse aquí.

Detalles adicionales, en post anterior de El Tono de la Voz.

 

UPDATE:

Creer en España

By JORGE FERRER

El gobierno de España ha vuelto a preferir el exabrupto a la negociación, el portazo a la consulta, el desplante a la cortesía, la estampida al cumplimiento del compromiso. Como si estuviera empeñado en convertirse en un enfant terrible de la política atlántica, José Luis Rodríguez Zapatero ha anunciado por boca de su ministro de Defensa, Carme Chacón, la retirada del contingente español desplazado en Kosovo en el marco de una operación de la OTAN que ya cuenta dos lustros.

Ha vuelto a hacerlo, sí, como cuando ordenó el regreso de los efectivos españoles destacados en Irak, atento entonces al clamor de sus votantes en contra de la intervención en ese país, razón que estimó suficiente para desatender los compromisos que España había contraído con los aliados --significativamente, con los Estados Unidos-- y traerse, en mayo de 2004, hasta el último de los hombres emplazados en Base España, en Diwaniya.

Pero si el abandono de Irak, donde las tropas españolas acudieron en misión ''humanitaria y de reconstrucción'', tenía el aval de responder a una promesa electoral --más allá de lo que cada cual crea de la pertinencia de esa promesa y su ejecución súbita--, en el caso de las tropas destacadas en Kosovo no ha existido presión popular alguna, ni debate que rebase la permanente llamada a la inacción española en materia de seguridad internacional que se escucha desde la extrema izquierda. No es de sorprender, por tanto, que la decisión haya causado estupor en la OTAN y la Casa Blanca, desde donde se escucharon diáfanas críticas y se desmintió con énfasis la aseveración de la ministra española acerca de que la misión en Kosovo ha concluido. ¿Acaso no corresponde a todos los países embarcados en una operación de tal envergadura decidir cuándo dar por terminada la misión y no a uno solo de ellos? Tanto más, cuando el estatuto jurídico de Kosovo permanece en la incertidumbre a poco más de un año de la declaración unilateral de independencia hecha por el parlamento de Pristina.

Las claves de esta clamorosa metedura de pata de la diplomacia española --tanto más inoportuna cuando España parecía apostar por enderezar sus relaciones con los Estados Unidos-- radican en la incomodidad que el tema de Kosovo ha representado para España desde la declaración de independencia. Desde entonces, unos sesenta países han reconocido a la provincia secesionista, entre ellos la práctica totalidad de los miembros de la Unión Europea y la OTAN. No así España, que se ha escudado en vagos llamamientos al multilateralismo para negarse --junto a Serbia y Rusia, por ejemplo-- a reconocerle carta de ciudadanía a la República de Kosovo. Una cautela dictada por los ánimos independentistas que soliviantan la política española y que, por lo mismo, es perfectamente comprensible en tanto asunto de política interna.

Pero una cosa es optar por la cautela ante el nacimiento de una nueva república en el corazón de Europa y otra bien distinta desairar a los aliados y rehuir compromisos contraídos con ellos y sobre todo con la población de Kosovo y la minoría serbia que necesita los esfuerzos pacificadores de Occidente. Víctima de un incurable pacifismo que no afecta, por cierto, a los pingües beneficios que le reporta la venta de armas a las empresas españolas, el ejecutivo español ha quebrado nuevamente la confianza que los aliados de la OTAN y, en especial, los Estados Unidos puedan concederle. Ello ha ocurrido, además, cuando Francia se integra a la estructura militar de la OTAN, después de años de exclusión, algo que convierte el gesto español en una anomalía, a la vez que en un desaire que resultará costoso.

El apresurado viaje del secretario general de la presidencia, Bernardino León, a Washington para explicar lo que no supo explicar la ministra de Defensa y el paralelo reconocimiento de la inoportunidad del anuncio generan, además, una tensión entre los titulares de las carteras de Defensa y Exteriores que promete ser muy gravosa y pone en entredicho la buena sintonía de ambos ministerios en la generosa respuesta que se espera de España a la estrategia de Barack Obama en Afganistán.

En Washington, León, cuyo nombre no deja de sonar como sustituto de Miguel Angel Moratinos en la cartera de Exteriores, ha intentado arreglar el entuerto como padre que acude a disculparse por los excesos de hijo díscolo. Un buen servicio a España, pero testimonio flagrante de que la política exterior española es manejada desde la improvisación y el despropósito.

Enredada en su propia torpeza, España se verá ahora obligada a una participación más decidida en el enfrentamiento a los señores de la guerra afganos. Que no guarden, pues, los uniformes los soldados que regresan de los Balcanes. Tanto va el cántaro a la fuente que un día vuelve lleno de promesas por cumplir. Lo malo es que, visto lo visto una y otra vez, creerle a Zapatero o sus ministros se va convirtiendo en un acto de fe apenas apto para los amantes del suspense, la intriga o el misterio.

El artículo "Creer en España" aparece publicado en la edición de hoy de el diario El Nuevo Herald.



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Autor: Jorge Ferrer

Jorge Ferrer. Foto © Laura Ceccacci

Jorge Ferrer. Escritor y traductor. Escribe desde Barcelona, España.

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Contacto: eltonodelavoz@gmail.com

 

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