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Alabanza del exilio

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Leszek Kołakowski es uno de los exiliados más insignes del siglo pasado. Filósofo polaco, se vio obligado a marchar de su país en 1968. Los tres volúmenes de Las principales corrientes del marxismo constituyen un monumento a la historia de la doctrina marxista, en particular, a la trama heterodoxa del marxismo.

La barcelonesa editorial Melusina, que dirige José Pons, acaba de publicar un extraordinario compendio de ensayos, conferencias y artículos de Kołakowski: Por qué tengo razón en todo, Melusina, Barcelona, 2007.

Casi todos los temas que han ocupado a Kołakowski aparecen en esas páginas. También sus textos sobre el poscomunismo, sus debates con la izquierda occidental y su «teoría» del exilio. El texto que da título al libro es la célebre respuesta de Kołakowski al conocido marxista y animador prosoviético Edward Thompson. Quien no conozca esas largas y rabiosas páginas, escritas con humor exquisito, se ha perdido el testimonio más lúcido escrito jamás por un exiliado de país totalitario que se encuentra, escapado de la tiranía, con los aplausos que ésta recibe por parte de la izquierda de los países libres. Los Thompson de ayer, que son los Ramonet, los Gopegui y los Saramago de hoy en lo que a Cuba y Venezuela se refiere.

Por cortesía de la editorial Melusina, que agradezco, ofrezco a los lectores de El Tono de la Voz esta «Alabanza del exilio», un texto magnífico escrito en 1985 para el Times Literary Supplement.

Por qué tengo razón en todo, en Melusina, en Casa del Libro, en La Central...

 

Alabanza del exilio

Por Leszek Kołakowski

La figura del «intelectual exiliado», muy popular en el siglo xx, puede presumir de una genealogía ilustre: empezando por Anaxágoras, Empédocles y Ovidio, pasando por Dante, Ockham y Hobbes, y acabando en Chopin, Mickiewicz, Hercen e incluso Víctor Hugo. Sin embargo, en la mayoría de los casos, los exiliados de hoy son refugiados más que exiliados en el sentido estricto. Por regla general, nadie los ha deportado de sus países ni han sido desterrados por una sentencia judicial, sino que han huido de las persecuciones políticas, de la cárcel, de la muerte, o, simplemente, de los rigores de la censura.

Esta distinción es importante por razones psicológicas. Los que han escapado por voluntad propia de los regímenes totalitarios a menudo se sienten incómodos. Ya no están expuestos a los peligros y a las dificultades que afrontan a diario sus amigos y la nación con la que se identifican. No hay criterios inequívocos que permitan juzgarles; es imposible establecer reglas que determinen en qué caso la decisión de emigrar ha sido justificada, y en qué caso no lo ha sido. Es fácil observar que a nadie le habría servido de nada si Einstein o Thomas Mann se hubiesen quedado en la Alemania nazi o si Chagall no hubiese abandonado el Vitebsk soviético. Por otro lado, en Polonia o en la Unión Soviética viven personas a quienes las autoridades mandarían con gusto a otro país, pero ellas rechazan porfiadamente la sugerencia de trasladarse al extranjero, prefiriendo la cárcel, las persecuciones y la miseria. ¿Quién se atrevería a opinar que están equivocadas? A Solzhenitsyn y a Bukovsky hubo que expulsarles del país por la fuerza para que compartieran el triste destino de los centenares de intelectuales eminentes a quienes las autoridades soviéticas habían condenado al exilio en los primeros años después de la revolución. A muchos dirigentes de Solidarnosc se les ha propuesto la libertad a cambio de comprometerse a emigrar, pero han rechazado el trato, y algunos siguen aún entre rejas y otros pueden sumárseles muy pronto. Milan Kundera abandonó Checoslovaquia, Czeslaw Milosz se marchó de Polonia, y de sus experiencias nacieron obras maestras de la literatura contemporánea. Havel se quedó en su patria, al igual que Herbert. Y con toda esta gente estamos en deuda. El Dr. Faustus y las novelas de Nabokov son frutos de la emigración, de la misma manera que las obras de Conrad, Ionesco o Koestler, pero un exiliado no hubiera podido escribir El archipiélago Gulag. Es imposible formular reglas generales que determinen si la decisión de autoexiliarse es correcta o no.

Cuando hablamos del «intelectual en el exilio», casi siempre nos referimos a alguien que ha huido de una u otra forma de opresión, y suponemos que el exilio, aunque forzoso, por múltiples razones le conviene más que quedarse en el país. Una particularidad de Rusia (tal vez debida a su superficie) es la posibilidad de practicar deportaciones dentro de las fronteras del propio país; al deportado le toca en suerte lo peor: abandonar el suelo patrio y sufrir la misma violencia de que era víctima antes de la deportación (naturalmente, en este caso también hay matices; basta con comparar la deportación de Pushkin a Crimea con la de Sajarov a Gorki). Dejando de lado este asunto, podemos dar por cierto que la emigración tiene sus aspectos positivos (la libertad), y sus aspectos negativos (el desarraigo, dificultades lingüísticas insuperables).

Pero ésta no es la respuesta a la pregunta de si la emigración es simplemente la elección de un mal menor o abre nuevas posibilidades espirituales, inaccesibles para los que se han quedado en el suelo patrio. Busquemos la respuesta a esta pregunta analizando el destino de los exiliados más aguerridos, los exiliados por excelencia: los judíos.

Mientras vivieron en guetos protegiendo su identidad con una cáscara de rituales y tabúes sofisticadísimos (tal vez fuera esta gran cantidad de complicados preceptos lo que les permitiera subsistir: un judío piadoso no podía vivir entre gentiles y conservar al mismo tiempo sus costumbres; la complejidad de éstas obligaba a los judíos a mantener unida la comunidad y les impedía fusionarse con las sociedades cristianas), fueron capaces de dar al mundo muchos talmudistas y comentadores de la Escritura, pero su cultura permanecía encerrada en un enclave. En el sentido geográfico, durante varias generaciones fueron gente sin patria, pero en sus guetos no eran extranjeros. Más o menos indiferentes al universo cultural de los cristianos, conservaban con tenacidad en la mente y en el corazón la imagen de la patria perdida. Por lo que atañe a la cultura, a un judío ortodoxo le daba bastante igual vivir en Varsovia, en Shanghai o en Buenos Aires; se sentía portador de una fe heredada, y ser guardián de este legado era alimento suficiente para su vida espiritual. Pero cuando los muros de los guetos empezaron a desmoronarse a raíz de la llamada emancipación (vale la pena recordar lo equívoco que es este concepto valorativo), los judíos irrumpieron en el espacio cultural europeo con una velocidad y una eficacia sorprendentes. Algunos como Marx, Freud o Einstein se convirtieron en conquistadores del mundo; miles de judíos entraron a formar parte de las elites de distintas ramas de la civilización: la ciencia, el arte y la política. Gracias a haber emigrado de su emigración colectiva, se volvieron exiliados en el sentido moderno del término. No obstante, a pesar de sus esfuerzos, muchos no lograron deshacerse de su antigua identidad y asimilarse del todo. Las tribus entre las cuales vivían los percibían como forasteros, y probablemente fue su estatus confuso, la falta de una identidad bien delimitada, lo que les permitió ver y poner en duda cosas que no veía la gente que tenía satisfecha desde el nacimiento su necesidad de pertenencia. Uno se siente tentado a decir que en gran medida fueron los antisemitas (siempre que no utilizaran en el debate argumentos como las cámaras de gas) quienes capacitaron a los judíos para conseguir tantos logros magníficos, y que lo hicieron privándolos del acceso a la seguridad moral e intelectual que ofrece la pertenencia a una tribu —francesa, polaca, rusa o alemana— y abandonándolos a su suerte en la posición privilegiada del outsider.

Es cosa sabida que la posición del outsider resulta privilegiada por razones cognoscitivas. Un turista a menudo percibe lo que a los lugareños les pasa desapercibido por parecerles un componente natural de la vida (me viene a la memoria un turista que viajó por América y que se llamaba Alexis de Tocqueville).

Para las gentes del Libro, cristianos y judíos, el exilio es el destino inevitable y normal del hombre en la tierra. Podríamos ir más lejos y decir que el mito de la expulsión es la base de todas las religiones y caracteriza todas las experiencias religiosas verdaderas. En el mensaje de todo culto religioso subyace la fe en que el verdadero hogar está en otra parte. Sin embargo, de esta convicción pueden desprenderse dos conclusiones prácticas totalmente distintas. Una es el desprecio por todo lo terrenal y, finalmente, por la vida, incapaz de deparar más que desgracias y sufrimientos: a esta tesis conduce a menudo la sabiduría budista. Pero el exilio de la humanidad también puede considerarse una oportunidad sin parangón que hay que aprovechar en el camino de regreso a la casa del Padre. Esta fe es la que domina en las principales corrientes de la civilización judeocristiana. El desprecio total y absoluto por la materia, el cuerpo y los valores terrenales ha sido un fenómeno marginal de la historia del cristianismo. Lo más esencial de la actitud cristiana ante la vida se resume en lo siguiente: vivimos en el exilio y eso no lo podemos olvidar nunca; por lo tanto, todos los bienes y objetivos temporales deben considerarse relativos y secundarios, aunque son reales y tenemos la obligación natural de aprovecharlos. La naturaleza es un adversario que debe ser subyugado, no repelido.

Supongamos que tengan razón los teólogos cuando afirman que nuestros antepasados del Edén habrían conocido el amor carnal y habrían procreado, aun cuando se hubiesen resistido a la tentación y hubiesen permanecido en un estado de bendita ignorancia acerca de los asuntos del Bien y del Mal. ¡Pero, de haber sido así, nunca habrían podido dar origen a la humanidad que conocemos, una humanidad capaz de crear!

Ésta es la felix culpa, y la subsiguiente expulsión, con sus sufrimientos y amenazas, arrancó a la humanidad de su estado de paz y tranquilidad celestiales para ponerla cara a cara con el mal, el peligro, la lucha y el dolor, creando de este modo las condiciones necesarias para una existencia humana. La creatividad nació de la inseguridad, de una especie de exilio, de la experiencia de no tener donde cobijarse.

La filosofía puede negar la expulsión o —como preferirían los cristianos— ocultárnosla; eso es lo que solían hacer los partidarios del empirismo, del naturalismo, el materialismo o el cientismo. La filosofía puede también aceptar este hecho e intentar encontrar el camino hacia una reconciliación definitiva del hombre con el ser —éste es el enfoque de Hegel—. Pero también puede aceptarlo sin creer que sea posible cambiar el destino; en tal caso estamos condenados a la eterna añoranza de un paraíso inexistente; la filosofía existencialista fue la que mejor expresó en nuestro siglo esta visión lúgubre, una secuela amarga del Siglo de las Luces.

El concepto cristiano de la expulsión prístina puede ampliarse de modo que abarque la segunda expulsión, es decir, la expulsión de la expulsión, y también la tercera y la cuarta. (Por ejemplo, se puede decir que Spinoza fue un exiliado cuádruple: lo repudió la comunidad judía que se había asentado en Ámsterdam tras haber sido expulsada de Portugal, donde vivía después de haber huido de Eretz, lugar que Dios le había asignado al expulsarla del Edén.)

El exilio puede percibirse como una desgracia o como un reto, puede ser motivo de desesperación o un aliciente doloroso.

Podemos utilizar una lengua extranjera porque las circunstancias nos obliguen a hacerlo o intentar descubrir en ella tesoros lingüísticos únicos e intraducibles. De este modo, enriquecemos nuestra mente y no sólo la capacidad técnica de comunicarnos. Podemos también confrontar nuestro punto de vista de advenedizos con el de los lugareños, y así reforzar un fermento intelectual que muy a menudo resulta fértil y provechoso para ambas partes. La historia contemporánea abunda en ejemplos que lo ilustran, aunque no conozco ningún estudio dedicado al papel cultural que las distintas formas de emigración individual o colectiva han desempeñado en la historia de Europa.

Sin embargo, no hay duda de que sin todas aquellas expulsiones y autoexpulsiones debidas a causas religiosas o políticas, sin todos aquellos refugiados y emigrados, la vida intelectual y artística de Europa habría sido muy diferente.

Tomemos como ejemplo a los hugonotes de Inglaterra y Holanda, a los radicales religiosos italianos y a los unitarios que buscaron amparo en la (muy tolerante por aquellas fechas) Polonia de la segunda mitad del siglo xv, a los unitarios polacos de la segunda mitad del siglo xvii refugiados en la Europa occidental, precursores de la Ilustración, a los judíos expulsados de los países ibéricos, o a los fugitivos de la Europa central y oriental dominada por los comunistas. Todo ellos contribuyeron, a veces considerablemente, al desarrollo de la civilización de los países de acogida, aun cuando a veces no fuesen bienvenidos y recibiesen un trato desconfiado. Los emigrados del Tercer Reich ejercieron una influencia enorme en la vida intelectual americana. Hay quien afirma que fue una influencia siniestra, pero ¿quién conoce el balance definitivo?

Lo queramos o no, tenemos que hacernos a la idea de que vivimos en una época de refugiados, emigrantes, nómadas y trotamundos que recorren los continentes y se reconfortan pensando en sus patrias espirituales o étnicas, celestes o terrenales, verdaderas o imaginarias.

No tener casa en ninguna parte es una situación insoportable que pondría en peligro los fundamentos de la existencia humana. ¿Es posible un cosmopolitismo perfecto? Diógenes Laercio dice: Preguntado por si realimente su patria no le importaba, Anaxágoras contestó que le importaba enormemente, y señaló el cielo. Hay quienes afirman algo parecido hoy en día: sostienen que no les interesa la tribu que los vio nacer ni se sienten unidos a ella por ninguna clase de lealtad; hay serios motivos para dudar de si estas declaraciones se hacen de buena fe.

Además de los que han huido de la tiranía o han sido expulsados de sus países, existen naciones enteras cuyos miembros han sido despojados de su ciudadanía sin abandonar el suelo patrio: son los ciudadanos de los países que han caído bajo el dominio extranjero. Éste es el destino —esperemos que pasajero— de las naciones de la Europa central y oriental. El abismo entre un Estado que los ciudadanos no sienten como suyo y que, sin embargo, se ha proclamado su propietario y la patria a la que quisieran servir les otorga el ambiguo estatus de semiexiliados. El Estado privado de soberanía intenta robarle a la gente la memoria histórica, falseándola y tergiversándola de acuerdo con las necesidades políticas del momento. Y la memoria colectiva es la patria. Si una parte de Europa ha sufrido este desarraigo, ¿qué puede esperar la otra? ¿Acabará el mundo entero condenado a un semiexilio interior? ¿Acaso Dios quiere recordarnos con métodos algo brutales que el exilio es parte inalienable de la condición humana? Una advertencia despiadada, por más merecida que sea.

Traducción del polaco de Anna Rubió Rodon y Jerzy Slawomirski.

 

De contra: el poeta José Antonio Parra (Caracas, 1969), quien fuera editor de la magnífica Kalathos, echa a andar de nuevo su Casa Azulada. Cuenta con la colaboración de Octavio Armand, María Ramírez Ribes, Leonardo Rodríguez, Kira Elena Morales y Jorge Ferrer. Salud, y suerte para él.



6 Comentarios



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6 por Infortunato Liborio del Campo (Usuario no autenticado) 11/11/2007 14:30

El hombre dejará de ser un exiliado cuando todo el planeta sea La Patria, para esa fecha ya hará muchos años que habrá desaparecido el Catalá y todas las lenguas conocidas y sólo se hablará una lengua universal (con mucho de Inglés, Español y Chino) y quizás seamos eso que Vasconcelos precursoramente llamó "La raza cósmica"

5 por Max de Robespierre (Usuario no autenticado) 08/11/2007 11:10

¿Conoce alguien si Solzhenitsyn declaró o escribió alguna vez que "...todo exiliado es un eunuco" , y si es afirmativo donde lo expresó? Saludos y gracias

4 por ric (Usuario no autenticado) 07/11/2007 22:50

Henry, es "Perro huevero (aunque le quemen el hocico)", no "Al perro huevero..."

3 por Subal Quinina (Usuario no autenticado) 07/11/2007 18:50

Qué gran texto, éste, senyor Ferrer. Ya sabe que pienso que sus opiniones y aportaciones al tema del exilio es lo que más me gusta de su blog. Aún así, yo, que soy "un lugareño" que se encuentra con inmigrantes (exiliados económicos) o exiliados ( a secas), no puedo dejar de pensar que hay algún parágrafo del texto de este señor que no casa con mi realidad actual, y es, por ejemplo, este; "Podemos utilizar una lengua extranjera porque las circunstancias nos obliguen a hacerlo o intentar descubrir en ella tesoros lingüísticos únicos e intraducibles. De este modo, enriquecemos nuestra mente y no sólo la capacidad técnica de comunicarnos." Ojalá se animen ustedes, o los hijos de ustedes, a intentar descubrir los tesoros secretos que esconde una lengua que está ante sus narices pero que algunos ningunean, el catalán, tan necesitado de voces, acentos y giros nuevos. Sé que es una estupidez, pero mi amiga venezolana se inventó un giro genial del catalán; ya conoce usted la frase "estar més content que un gínjol". Y va y ella se inventó; "estic més contenta que un chinchúl". Lo que es un pequeño fruto de los campos de conrreo se convierte en algo que suena exótico y selvático, ¡caribeño! Su colega Juan Abreu hablaba hoy de la obra de Agota Kristof, una hungaresa exiliada en Suiza que tiene toda su obra escrita en francés, su lengua extraña. Le recomendé la lectura de La Analfabeta,a Juan Abreu. A usted le recomiendo L'Analfabeta. Pero no se apure, no lo compre. Pronto tendrá este librito entre las manos.

2 por Henry Driver Robayna (Usuario no autenticado) 07/11/2007 15:50

El domingo tuve el placer de conocer al autor de "Gabo y Fidel", el profesor granadino Angel Esteban, quien está enseñando dos cursos de Literatura Latinoamericano este semestre de otoño en mi segunda alma mater, la Universidad de Delaware. El Dr. Esteban es un hombre modesto, tranquilo, con un conocimiento profundo de la la literatura cubana. En nuestra larga conversación me mencionó los nuevos trajines políticos de Vargas Llosa en la madre patria. A pesar de la dolorosa experiencia que Vargas Llosa sufrió a manos del chinito, ahora se ha separado del PP y fundado su propio partido político. Los guajiros decimos, <>.


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