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El CH€/(CHE) en Barcelona: Iván de la Nuez y Rodrigo Fresán

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¡Che! Revolución y Mercado, exposición comisariada por Trisha Ziff, se presenta esta noche en el Palau de la Virreina de Barcelona.

Proyecto mutante, como la figura del argentino que es su objet d’art, desembarca aquí con ese catálogo de «cheses» al que dieron pie Korda, Mario Terán y Giangiacomo Feltrinelli.

Ernesto Guevara, «el Che», es sobre todo el CH€. Una máquina de generar imágenes paródicas: crísticas, comerciales, vindicatorias de causas que quién sabe si Guevara de la Serna habría secundado y de muchas que habría reprimido a sangre y fuego.

Ese Guevara, asesino de tantos y amateur de tanto, tuvo un rostro –tuvo un día un rostro; tuvo un instante un rostro- que se ha convertido en el más reproducido de todos los que conocieron ideologías e imprentas del siglo XX. Trisha Ziff se ha dedicado a coleccionarlos.

A propósito de la exposición, abajo siguen dos textos.

«La foto fantasma», de Iván de la Nuez, director del Palau de la Virreina, que narra los avatares previos de la exposición y enumera algunas razones para felicitarse por su presencia en Barcelona. Le agradezco que lo ceda para los lectores de El Tono de la Voz.

Le sigue «El códiChe Guevara», magnífico texto de Rodrigo Fresán para el catálogo de la exposición. Mis agradecimientos también a Fresán.

CHE! Revolución y mercado estará expuesta en el Palau de la Virreina de Barcelona desde el 25 de octubre de 2007 hasta el 20 de enero de 2008.

El libro-catálogo está publicado por Turner y cuenta con textos de Trisha Ziff, Wally Ollins, David Kunzle, Rodrigo Fresán e Iván de la Nuez.

 

LA FOTO FANTASMA

Por Iván de la Nuez

Una foto recorre el mundo... Este es el título de un documental de Pedro Chaskel sobre la famosa fotografía del Che Guevara tomada por Alberto Korda el 5 de marzo de 1960 en La Habana. Un fantasma recorre el mundo... Y este es el comienzo del libro que ha producido el mayor quebradero de cabeza en la historia moderna: Manifiesto Comunista. El documental narra la historia de aquella foto, e intenta restituir al fotógrafo cubano su copyright definitivo, después de ver usurpada y expandida su imagen por el mundo entero, gracias al póster que el editor y militante de la izquierda radical Giangiacomo Feltrinelli publicó para acompañar el Diario en Bolivia. La foto de Korda se llamó Guerillero Heroico. El póster de Feltrinelli tuvo un título algo más psicodélico: Che in the Sky with Jacket. En principio, el retrato y el Manifiesto estaban unidos por la subversión. Al punto de que el propio Korda siempre mantuvo la idea de que esa foto debía representar la figura de un revolucionario y, aún más, de la revolución misma. Pero la foto - su foto- que hoy recorre este mundo no apunta a eso. No es la imagen de la revolución sino la del marketing. No nos invita al socialismo sino al consumo. No es el Che sino su fantasma. O, dicho con más exactitud por el narrador argentino Rodrigo Fresán, “no es un fantasma, sino la foto de un fantasma la que recorre el mundo”.

Ese retrato espectral ha adquirido vida propia, más allá del retratado y del retratista, hasta convertirse en la imagen más reproducida de la historia de la fotografía. En ceniceros y camisetas, tatuajes y graffitis, marcas de cerveza y pins, la imagen del Che está repartida por cualquier rincón de la geografía planetaria. Comenzó a aparecer, como tiene que ser en cualquier fantasma que se precie, después de muerto el personaje y en el mejor escenario posible: las convulsiones del 68. Hoy el rostro ubicuo del Che inspira, a pesar de los desvelos revolucionarios de Korda, las lecturas más dispares: es capaz de unir a contestatarios y estrellas de Hollywood, revolucionarios y top models, alternativos y vendedores de baratijas, artistas consagrados y grafiteros anónimos, nostálgicos del comunismo y ultras del fútbol...

En cualquier lugar del plantea, el Che nos mira siempre. Desde las subastas de e-bay en Internet. Interpretado por Omar Shariff, Antonio Banderas, Gael García o Benicio del Toro en Hollywood. En las obras de artistas como Annie Leibovitz, Vik Muniz o Marcos López. Desde los billetes de tres pesos que hoy emite el Banco Nacional de Cuba. En altares populares donde aparece como “Chesucristo” según lo ha visto David Kunzle. En un tierno modelo de Gaultier o bien puesto de marihuana en un coffee-shop de Amsterdam. En el tórax de Myke Tyson y en el brazo de Maradona. En el tanga de Giselle Bunchen (que he rebautizado como Bund-Che-n) y en la solapa del cómico Randy Credico, para quien el guerrillero prendido a su americana no es obstáculo que le impida zamparse una monumental langosta en el restaurante Docs de Nueva York.

La historia del retrato de Korda se deja leer también como una novela de intriga, con tramas contradictorias y enigmáticas no del todo resueltas. Alrededor de la foto fantasma encontramos polémicas por los derechos de autor, enfáticas controversias políticas, denuncias familiares, agentes de la CIA y de los servicios secretos cubanos, guerrilleros de todo pelaje, víctimas del Che, algún que otro negocio turbio y hasta pruebas de ADN.

La exposición CHE! Revolución y Mercado, concebida por la crítica inglesa Trisha Ziff, recorre de manera exhaustiva el devenir de esta imagen fantasmal. Durante años de investigación, Ziff ha recogido unas trescientas piezas, firmadas y anónimas, que refuerzan o pervierten la foto original tomada por Korda por medio de fotografías, carteles, películas, sonidos, ropa y artefactos de más de treinta países. Desde la utilización como Agit-Prop en los sesenta hasta las numerosas apropiaciones posteriores. Desde la imagen original hasta su conversión en icono de consumo global. Desde el Che hasta el feti-Che.

La misma exposición ha sufrido, en su recorrido, algunos percances. El más notable, hasta ahora, cuando Gerry Adams, líder del Sinn Fein, fue expulsado de la inauguración en el Victoria & Albert Museum por “anti-éstético”. Por la parte que me toca, debo confesar que programar esta muestra en el Palau de la Virreina también me ha deparado algún que otro disgusto. Antes de inaugurarla, ya el Partido Popular de Catalunya se había lanzado sobre la exposición -“más propia de países como Cuba y Venezuela”-, pues no veían en ella la narrativa de una imagen, sino al Che en persona, levantando a las masas Rambla abajo y clamando por la revolución. Nada me gustaría más que el PP llevara razón y que el arte tuviera, tan sólo, unas mínimas propiedades subversivas. Y nada me gustaría más que allí en Cuba, donde el 80 por ciento de la población ha crecido exclamando cada mañana de su vida “Pioneros por el Comunismo. ¡Seremos como el Che!”, mis paisanos pudieran ver, tal cual, la exposición completa. Pero me temo que, por esta vez, la derecha no tendrá la razón. Desde luego, este es el tipo de proyecto con el que uno no hace muchos amigos. En realidad, no está pensado para quedar bien con todos sino exactamente para lo contrario: busca crear algún escozor en las distintas partes de este asunto y remover un poco las ideas preconcebidas que se tienen sobre las imágenes y las cosas. A los guevaristas ortodoxos seguramente no les gustará un Che Charles Manson, o gay, o fumado, o Homer Simpson. A los católicos más dogmáticos les puede resultar molesto ver al Che en los altares populares de América Latina, adorado como “Chesucristo”. A los anticomunistas irreductibles les provocará urticaria la zona dedicada a agitación y propaganda en los carteles revolucionarios de los años sesenta. A los puristas del arte les repugnará el momento kitsch de muñecos, matrioshkas, maracas y todos esos objetos todavía más “anti-estéticos” que Gerry Adams. A los idealistas puede disgustarles encontrar documentada una carta de Paquito D' Rivera a Carlos Santana, criticando su frívola camiseta del Che en la entrega de los Oscar al tiempo que le refresca la memoria sobre un Che al frente de los pelotones de fusilamiento en Cuba. Los puristas de la crítica de arte -esa especie a punto de extinguirse- posiblemente no compartan que un texto de Rodrigo Fresán tenga por título El CodiChe Guevara y aloje una trama de intriga en lugar de dedicarse a explicar estrictamente los pormenores de la exposición.

Si a David Beckham le dedican cursos de postgrado en Harvard, no parece demasiado descabellado realizar una investigación sobre la fotografía más reproducida de todos los tiempos y preguntarse por el misterio de la ubicuidad de esa imagen. Eso sí, desde la mistificación y desde la parodia. Desde el icono, pero también desde los iconoclastas.

 
 

El códiCHE Guevara: Apuntes para una teoría de una foto best-seller

Por Rodrigo Fresán

UNO No es un Big Bang (el Big Bang llegará más tarde, siete años después) sino un Big Click.

El instante mágico y preciso.

El dedo en el disparador y no en el gatillo y el milagro que, dicen, roba un poco del alma. Aunque aquí --me temo-- el sentido se invierte y es esa foto la que le roba un poco de alma a todo aquel que la mira, la usa, la viste, la pervierte, la cambia sin nunca modificarla del todo.

Una foto que es el alma; que permanece sólida como tal pero que, por el camino, te roba el cuerpo y, con el cuerpo, la vida. Muchos venderían su alma al Diablo para conseguir una foto así. Una foto que despide más religiosidad que cualquiera estampita religiosa con halo y corazón sangrante y ojos volteados hacia el cielo.

Porque a no dudarlo, compañeros: en su revolucionario y revolucionante génesis –en su consciencia de saberse definitiva e insuperable ya en el mismo segundo en el que el negativo comprende todo lo positivo que llegará a ser— está la clave de todo el asunto.

Preparen, apunten, posen.

Y fuego.

DOS Y a mí no me engaña: ese hombre –como el top-model Derek Zoolander preparando calculada y pacientemente su Blue Steel que sacudirá el mundo de la moda-- tiene que haber practicado mucho ese rostro y esos rasgos frente al espejo sabiendo que lo que allí ofrece es, en realidad, una cara-de-espejo. Un lugar donde, sí, reflejarse. Un retrato de Dorian Gray en reversa: mientras la carne y las ideas y las ideologías que toman su nombre en vano y profanan su memorioso espíritu se pudren, esa pose permanece, intocable e intacta, como si la piel estuviese bañada en bruñido bronce o en acero inoxidable o en oro puro. Esa estatuaria actitud destinada a sobrevivir hasta más allá de la carne y más allá de los huesos. Pocas veces un hombre se pareció tanto a su propio monumento y pocas veces un líder político –sin necesidad de decir nada-- tuvo tanta cara de slogan. La chispa de una vida con voluntad de incendio. Sí: ahí está la foto de alguien que, sin abrir la boca –suspendido en el tiempo y el espacio, condenado a romper cadenas perpetuas por toda la eternidad—parece decir “Hasta la victoria siempre” sin detenerse a pensar que se trata de una frase engañosa. Porque lo que en realidad anuncia es una vencida expresión de deseo irrealizable donde la palabra operativa no es victoria ni siempre sino ese ambiguo y elástico y atemporal hasta.

Es la foto que conecta con otra foto en un futuro más o menos próximo (una foto a la que me referiré más adelante) y es la foto de alguien que acaso ya sospecha un impronunciable pero ensordecedor “Hasta la derrota pronto”.

TRES La fotógrafa y especialista en freaks Diane Arbus alguna vez dijo: “Una fotografía es un secreto sobre un secreto. Cuanto más te cuenta, menos sabe”.

Resultaría arriesgado definir a Ernesto “Che” Guevara como un freak pero sí se lo puede considerar una aberración histórica o histérica en el sentido que es un producto comestible y masificado sin fecha de vencimiento a la vista. Y, de acuerdo, se puede definir a esa prototípica y paradigmática foto que alguna vez le tomó Alberto Korda como un secreto, sí, pero –atención-- un secreto a voces. Un secreto a gritos más estridente en su silencio que “El grito” de Edvard Munch.

Una foto con un título que para muchos sonará a oximoron y para muchos otros a redundancia: “El Guerrillero Heroico”.

Una foto que es el sueño húmedo de un agente de Hollywood o de un director de arte publicitario.

Una foto que ya es tan warholiana que hasta Warhol decide pasar de largo y es su esclavo de factoría Gerard Malanga quien se atreve a toquetearla.

Una foto que –con los labios y los dientes apretados— proclama que ha llegado para quedarse para ser multiplicada y deformada, para extenderse con potencia de virus de alto poder de contagio.

Una foto que es un patógeno fotogénico patológico.

Una foto-epidemia que contiene, en los fluidos de revelar que corren por su semblante, una portentosa revelación. Algo así: “Yo soy el que soy. Y yo soy éste. El resto –los demás, los otros, los que me sobrevivirán degradándose y disolviéndose-- no será más que fotos movidas. En el principio era una foto. Y era una foto mía. Y mientras todos ustedes me miran yo miro por encima de ustedes. A otra parte. No les voy a decir qué es lo que miro. Baste con decir que no son ustedes. Y que lo que miro está más allá de vuestra comprensión, porque aquí y ahora yo ya estoy más allá de todo. No me pidan que los ilumine porque yo, en realidad, los encandilo. Yo soy un flash. Y lo más importante, lo más terrible de todo: por más que vivan muchos más años de los 39 que me tocaron a mí, por más que alcancen o superen el siglo de edad, a ninguno de ustedes nunca, jamás, les van a tomar o una foto tan pero tan buena como ésta que me sacaron a mí”.

CUATRO Y tiene razón. Pero al menos tenemos su foto –una foto más de Richard Avedon que de Annie Leibowitz-- y la venganza y la revancha, desde entonces, han pasado por hacerla nuestra, por hacerle todo lo que queramos hacerle, por profanarla y rendirle culto. El equivalente fotográfico a lo que La Gioconda de Leonardo Da Vinci significa para el retrato pictórico. El misterio de una sonrisa traduciéndose aquí en la certeza de una mirada.

La foto de Alberto Korda (alias de Alberto Díaz Gutiérrez, 1928-2001) fue alumbrada una mañana del 5 de marzo de 1960. La suerte o el destino de estar a la hora precisa en el lugar correcto y, sí, es una de esas imágenes que dicen más que mil palabras y tal vez por eso John Lee Anderson apenas la dedique un breve párrafo al satori en su exhaustivo Che Guevara: una vida revolucionaria (Anagrama). Allí se lee, se mira, se dispara:

“Al día siguiente, con los brazos entrelazados en confraternidad marcial, Fidel y el Che encabezaron el cortejo fúnebre (de las casi cien víctimas por una explosión nunca del todo explicada en el carguero francés La Coubre, atracado en un muelle del puerto de La Habana) que recorrió el Malecón. Más tarde, mientras Fidel arengaba a la multitud desde un balcón, flanqueado por los demás dirigentes de la revolución, un joven fotógrafo cubano llamado Alberto Korda encontró un buen puesto desde donde podía retratarlos. Su lente se detuvo en el Che, y al enfocarlo Korda quedó atónito al ver su expresión implacable. Oprimió el disparador y la fotografía no tardó en recorrer el mundo, convirtiéndose con el tiempo en el célebre retrato del prócer que adornaría tantas residencias universitarias. El Che aparece como el icono revolucionario sin par, con una mirada desafiante que escruta el futuro, su rostro es la encarnación viril de la indignación ante la injusticia social”, interpreta Anderson marcha atrás mientras Fidel habla y habla y habla y el Che, solemne, calla. Pero qué pasa si en ese momento el Che estaba pensando en lo que iba a almorzar más tarde, o si se preguntaba dónde habría dejado las llaves de su casa que no encontraba por ninguna parte, o si en realidad estaba recordando un sueño de la noche anterior: una pesadilla donde este extranjero corría por un selva extranjera, traicionado y perseguido por aquellos a los que había acudido a liberar, a revolucionar, y después disparos, disparos de rifles y no de cámaras y su propio cuerpo muerto y acostado, rodeado de extraños, posando para una última foto, con los ojos bien abiertos y el corazón tan cerrado.

CINCO En cambio, el escritor cubano Guillermo Cabrera Infante le dedicará al segundo páginas enteras denunciando algo parecido a una conspiración gráfica –recortando al Che de lo que en realidad es una foto de grupo tomada en el Cementerio Colón; por ahí andan también Simone de Beauvoir y Jean Paul Sarte quien explica al Che como “no sólo un intelectual, sino el ser humano más completo de nuestra época”-- que involucrara al ambicioso Korda (más aficionado a los desnudos artísticos y a las fotos de moda y, según Cabrera Infante, autor por lo menos incierto de la imagen) y a los astutos editores italianos Giangiacomo Feltrinelli y Valerio Riva quienes la posterizaron para la, sí, posteridad en 1967 o en 1968.

Korda lamentó hasta su muerte –según lo que se lee en Senior Service (Tusquets), biografía de Feltrinelli firmada por su hijo Carlo, el no haber pedido derechos de autor por esa foto.

Y concluye Cabrera Infante: “Una palabra o dos, como dice Otelo, antes de irme. Es, como siempre, una pregunta de despedida. ¿Alguien ha reparado que la imagen del ‘Guerrillero Heroico’ muestra la cara no de un ‘visionario revolucionario’ sino de un perdedor nato?”

Está claro que Cabrera Infante exagera un poco.

Porque, para imagen de la derrota, ahí está la otra foto.

La foto que no nos ocupa pero que se me hace imposible no mencionar aquí.

Una foto imposible de manipular porque impone un respeto casi sacro y cuya casi exclusiva alternativa gráfica es la antigua pero por siempre novedosa perspectiva el Cristo muerto del renacentista Andrea Mantegna.

La foto que es el Yang para el Yin de la foto anterior.

La polaridad negativa después de la descarga positiva.

La derrota absoluta luego de la victoria perfecta.

La estudiada composición y luz de los cuadros clásicos y, al mismo tiempo, evoca esos daguerrotipos sepia del Far West que salían en la primera plana de periódicos amarillos. Así, La lección de anatomía fundiéndose con el Wanted Dead or Very Dead: ahí está el Che, Bolivia 1967, horizontal muerto y sonriendo con los ojos ciegos rodeado por sus asesinos. El sueño terminó y nada de eso de “Dondequiera que la muerta nos sorprenda, bienvenida sea”. No, no, no: no es la foto de un muerto feliz pero sí la foto de un muerto inmortal y ya entonces las monjas que se encargaron de lavar el cadáver se percataron de su parecido con el mesías y --cuenta Anderson-- cortaron mechones de su pelo para conservarlos como talismanes dentro de relicarios. Con los años (aunque para mí el Che siempre ha estado más cerca de un mix de Capitán Ahab y Moby-Dick que del Jesús de los Evangelios) sus similitudes se harían todavía más fuertes: ambos, ha quedado más que demostrado, sirven para vender todas las cosas de este mundo –tanto en el campus como en el cottage—y de todo lo que pueda llegar a comprarse en el Más Allá y qué, seguro, incluye a pósters y a pins y a boinas estrelladas del Che Guevara.

Una y otra foto despertaron en su momento y siguen despertando hoy el reflejo obvio y fácil de relacionar a este mártir con el mártir de mártires. Tal vez tenga que ver con el irreducible sedimento místico que, supongo, debe existir en todo hombre dispuesto a morir y a ser inmortalizado por sus ideales. Alcanza con ver esas dos fotos para sentirlo y sentirse cerca más allá de matices ideológicos o simpatías y antipatías políticas. Y es que su historia es demasiado perfecta y no admite intrusos y, ni siquiera, vale la Variante Elvis de que el Che está vivo en alguna parte o el recurso sci-fi de imaginarlo perdido en un continuum de junglas eternas como un Kurtz protagonizando Genesis Now!

Ninguna película le hará justicia (a diferencia de lo que le sucedió a T. E. Lawrence, ese claro antepasado de Guevara, quien a partir de Lawrence de Arabia ha sido anulado por el frente y perfil de Peter O’Toole) y, parece, a esta altura del partido ya nadie tendrá la temeridad de atreverse a imitarlo. (El Comandante Marcos en un Che diet, un Che light, un Che nada fotogénico porque no da la cara y que, también, escribe bastante peor. Nada diré de Hugo Chávez o de Evo Morales salvo que no creo que sus rostros lleguen a engalanar alguna vez el breve bikini de Gisele Bündchen o la camiseta con la que posa para El País un torero venerado que vuelve a los ruedos luego de varios años de misteriosa ausencia y así un matador eligiendo a un matado como figura protectora en su pecho para que lo defienda de embistes y cornadas.

Nunca volvimos ni –todo parece indicarlo– volveremos a tener algo tan absurdo, épico, loco, valiente, ingenuo, poético, sangriento y (para muchos que llegan a predecir incluso su resurrección) irreprochable tanto desde un punto de vista moral como (lo que a mí más me interesa, su vida y su muerte y su después, previsible pero inevitable como una ópera o un mito) tan perfecto en lo que a estructura narrativa se refiere.

Todos conocemos esas fotos.

Tal vez de ahí –las fotos nunca mueren– la impresión de que el Che sigue cumpliendo años más que aniversarios.

SEIS Y misterio o no tanto: uno siempre se encuentra con personas –o con amigos de personas– que dicen haber conocido a alguien famoso y patrio o que, por lo menos, rozó con sus dedos el pesado y trascendente manto de la historia. Ya saben: Evita me regaló personalmente una bicicleta; yo conocí a una chica que vio como Mark David Chapman asesinaba a John Lennon; yo le sonreí a Cortázar y Cortázar me sonrió a mí; Mike Tyson me cerró un ojo de una puñetazo, lo juro; a que no sabes con quién me acosté el sábado… Y siguen las firmas y las anécdotas donde una nube más o menos desconocida se vale de los rayos de un sol poderoso para así proyectar algo de sombra sobre las cosas.

Pero cosa rara: jamás me crucé –en mis cuarenta y cuatro años de vida– con algún mitómano o verídico que dijera haberse cruzado con el Che. La explicación a semejante incógnita –la resistencia de un espectro a ser manipulado por dudosos espiritistas– es, me parece, tan compleja como sencilla: con el Che no se jode. El tipo impuso, impone y seguirá imponiendo respeto.

O tal vez tenga que ver con la foto del Che, la foto de Korda, la foto que se muestra en esta muestra multiplicada hasta la más eufórica de las exasperaciones. Quizá el enigma se aclare así: nos encontramos con el Che cada vez que nos encontramos con esta foto del Che. O mejor aún: es el Che quien se encuentra con nosotros desde esta foto que –a diferencia de esos vulgares trucos cóncavos y convexos que te venden en los alrededores del Vaticano, de esas efigies de Jesús que te siguen con la mirada y te piden limosnas— no nos mira, no le hace falta mirarnos, porque ya nos tiene vistos.

Y yo volví a ver esa foto, traducida a tantas otras fotos, en otra encarnación de esta misma muestra que ustedes ahora ven en los pasillos y galerías del Palacio de la Virreina en Barcelona donde --aquí afuera, en las Ramblas y frente al Palacio de la Virreina—seguro hay algún Che Mimo o un Che Imitador o un Che Folk Singer cantando aquel jingle de “Comandante Che Guevara” o un Che Dorado o un Che Estatua Viviente junto al que los turistas se hacen fotos con el Che.

Y es que no hay problemas en fotografiarse con una versión falsa de alguien que, en la falsificación, ha encontrado su auténtica vida después de la muerte.

SIETE Vi por primera vez esta muestra curada por la inglesa Trisha Ziff en México D. F. –la ciudad en la que se conocieron El Che y Fidel Castro, me gusta pensar que en un restaurante frecuentado por luchadores enmascarados— en un lugar llamado Centro de la Imagen, frente a una plaza y a un mercado popular.

Fui a verla junto con mis amigos y escritores Alan Pauls y Mario Bellatin. Y el efecto conseguido allí y ahora aquí –la radiación a la que uno se expone—es el mismo al que uno se expone cuando se pasea por los pabellones de fenómenos de uno de esos circos que ya no existen poblados por los resultados obtenidos por científicos locos de cine clase B, esos que mezclan una cosa con otra y así…

Pasen y vean: Che Madonna, Che Simpson, Che Star Wars, Che Tatuaje, Che Gay, Che Perfume, Che Dólar, Che Peso, Che Llavero, Che Maraca, Che Guitarra, Che Galleta, Che Botella, Che Vodka, Che Calavera, Che Chihuahua, Che Cenicero, Che Pañuelo, Che Cigarro, Che encendedor, Che de Pared, Che Cristo, Che Santo, Che Camiseta, Che Moneda, Che Reloj, Che Sello, Che Cerveza, Che Gaseosa, Che Hoja de Contactos de donde sale ese Che siendo estudiada por Alberto Korda.

Y –Che Etc.-- la paradoja de que “el ser humano más completo de nuestra época” predicado por Sartre se convierta en la imagen más incompleta por, paradoja otra vez, resultar imposible de agotar a partir de su perfección.

Y, pensé entonces y vuelvo a pensar ahora, me sorprende que ningún gran laboratorio farmacéutico haya patentado algún medicamento para el asma –enfermedad-fetiche del Che, el Gran Asmático Argentino, ¡salud!— con su nombre y figura: Aschex o Chesmax o Guevarín o Cheguevaricina o algo por el estilo. Un último homenaje para aquel que, apenas en 1947, adolescente, escribía un poema donde manifestaba su temor a sucumbir por falta de aire en sus pulmones cobardes y no en un violento estallido de gloria: “Las balas, qué me pueden hacer las balas / si mi destino es morir ahogado. Pero voy / a superar mi destino. El destino se puede / alcanzar con la fuerza de voluntad. (…) Morir, sí, pero acribillado por / las balas, destruido por las bayonetas, si no, no. Ahogado no… / un recuerdo más perdurable que mi nombre / es luchar, morir luchando”.

Destino concedido entonces.

Y ya se lo dijo muchas veces: cuidado con lo que deseas porque puede hacerse realidad.

OCHO Fue aquel un domingo largo y mexicano y chilango que siguió en una mezcalería y –varios y demasiados vasitos pequeños pero contundentes después; casi tantas variedades de mezcal como variedades de la foto de Korda horas antes— fue a dar frente a un televisor donde, alucinados y carcajeantes, asistimos al estreno mundial del documental de la National Geographic titulado El evangelio de Judas. Un documental delirante y muy Dan Brown donde volvía a postularse –ahora como versión alternativa pero verosímil de la historia oficial—aquello de que el traidor era el verdadero héroe, el que con su infamia encendía los motores de movimiento perpetuo de la apoteosis. Inevitablemente trasladamos la cuestión al mapa de la revolución cubana, superponiendo Ches y Fideles y muertes anunciadas u orquestadas pero siempre mezcalizadas. Ya saben: el Che que les dice a sus captores en Bolivia que “Valgo más vivo que muerto” sin detenerse a pensar que vale más muerto que vivo para Castro quien pierde un problema y gana un tótem multiuso sin derecho a réplica pero con inusitada potencia para ser serializado en réplicas: “Un modelo de hombre que pertenece al futuro”, rugiría Castro el 18 de octubre de 1967 en su discurso en el velatorio nacional sin cadáver en la Plaza de la Revolución de La Habana. Un veterano agente de la inteligencia cubana le dirá al biógrafo Anderson –con una mezcla rara de lírica y cinismo—que “Hubiéramos querido tenerlo con vida aquí en Cuba, pero la verdad es que su muerte fue una ayuda tremenda para nosotros. Difícilmente hubiéramos tenido tanta solidaridad revolucionaria en todos estos años si El Che no hubiera muerto como lo hizo”.

Lo de antes, lo dicho: el producto perfecto.

El Che –cuyas certezas solían ser cuando menos un tanto fantasiosas-- que, en una carta a su madre, tal vez intuyendo lo que se venía, se auto-diagnostica, por una vez, con absoluta precisión: “Se ha desarrollado en mí el sentido de lo masivo en contraposición a lo personal”.

Y no se equivocaba.

Y ahí está en todas partes: multiplicado y multiplicándose. Y “‘Mezcal’, dijo el Cónsul”, aullaban los escritores.

Y en el avión de vuelta –todavía un poco en el aire-- me crucé con una foto de Gisele Bündchen desfilando en un ya mencionado bikini con estampado del Che Korda sobre sus pechos y su pubis.

Y más de un año después este escritor –el aquí firmante-- volvía a pensar en lo mismo. Ahora en Barcelona, junto a otros dos escritores amigos (Javier Calvo y Diego Salazar) y frente a platillos de esa revolución gastronómica conocida como sushi y a la que el ensayista Nick Tosches señaló como forma subrepticia de los ideales orientales invadiendo –lo crudo imponiéndose a lo cocido—a Occidente o algo así. La conversación –el éxito editorial de sombras, catedrales, códigos, sábanas santas, esas cosas— derivó, entre tristes sonrisas, al cómo alumbrar un best-seller perfecto y conspiracional y paranoico y, claro, religioso e histórico.

El título y el tema surgió como una revelación: El códiCHE Guevara. Uno de esos thrillers con apellido célebre.

Por esos días yo había leído un número de la revista mexicana-española Letras Libres con el Che Guevara en la portada – El Che Revisited era el título general—donde se reunían varios artículos interesantes: una investigación sobre los hipotéticos falsos huesos del Che (encontrados oportunamente para decorar los fastos por el trigésimo aniversario de su muerte, en 1997, en uno de los momentos más down y oscuros por los apagones de la Revolución Cubana), una defenestración de su vigencia ideológica y otra sobre el marketing de su imagen. Allí, Félix Romeo contaba: “The Che Store (www.thechestore.com) es una tienda virtual en la que se venden productos relacionados con el Che. Su slogan es impresionante: ‘Para todas tus necesidades revolucionarias’. La página tiene también una función didáctica y aleccionadora: se cuelgan informaciones y documentos (favorables y en inglés) sobre el Che. No hay problemas para pagar con Visa o con American Express o con Master Card. El Che estaría encantado”.

De todo esto y de tantas otras cosas surgió la idea para la novela que –hasta la victoria siempre-- me hará millonario.

NUEVE El códiCHE Guevara (Ideas más o menos sueltas) La novela comienza con un asesinato en el Palacio de la Virreina. La muerte muy violenta de alguien que se coló por una ventana por una noche en busca de… algo. Una sombra (la sombra tiene respiración pesada) lo sigue y lo persigue y lo estrangula y deja, sobre su pecho, grabadas con un estilete, la palabra: VIVO. Enseguida se descubre que el muerto es uno de los más importantes guevarófilos del mundo y, un poco después, comienzan a correr los rumores sobre su pasada participación en el fusilamiento de Guevara en La Higuera (enumerar en algún momento los detalles de la tutankamónica maldición del Che –leyenda urbana y/o campesina-- por la que varios de los asociados con la muerte de Guevara también murieron de manera violenta) y su amistad con el agente de la CIA Félix Rodríguez (aquel que declaró que, en el momento de la muerte del guerrillero, el asma del Che saltó para ya nunca abandonarlo sobre él quien nunca había tenido problemas respiratorios) y su vínculo con el verdugo material Mario Terán (consignar también que –me cuenta alguien que lo leyó en el blog que lleva el argentino Juan Pablo Meneses en el diario Clarín— este hombre anciano y casi ciego por las cataratas volvió a ver gracias a los médicos cubanos que llegaron en la Operación Milagro para operar, gratuitamente, a gente sin recursos; interesante: el último hombre que vio vivo al Che, el que lo mató, vuelve a ver ahora con una ayuda de cirujanos revolucionarios que no lo reconocieron al operarlo; la paradoja con mucho de trama borgeana donde aquel anónimo verdugo que conoce el consuelo de dejar de ver a su célebre víctima recupera la vista y descubre la condena de volver a contemplar, en todas partes, esa foto). El protagonista es un joven coleccionista de memorabilia Che (tal vez un empleado de The Che Shop) quien nunca supo que su padre fue agente de la CIA hasta que este, en su lecho de muerte, le confiesa que existe otra foto del Che tomada por Korda aquella misma mañana de 1967 (a la que se refiere como “El Guerrillero Satírico” en lugar de “El Guerrillero Heroico”)y que su hallazgo podría cambiar la historia. Mientras tanto, comienzan a morir asesinados todos los actores que alguna vez representaron al Che: Omar Sharif, Antonio Banderas, Gael García Bernal y, coming soon, Benicio del Toro. Y –por qué no—Manu Chao también aparece muerto. El protagonista –llamémoslo Frank—se enreda (sexo, mojitos, música, azúcarrrr) con una hermosa cubana que en principio parece una jinetera de luxe pero que en realidad es la hija de uno de esos cantautores cubanos de voz finita y espía-mercenaria (quien comienza respondiendo a órdenes de Al-Qaeda, ya que Osama Bin Laden le atribuye propiedades mágicas a la fotografía misteriosa; pero que finalmente se redime y se pasa al bando de Frank) y, juntos, siguen la pista de la foto perdida hasta que comienza a vislumbrar las claves del misterio: el Che de la foto de Korda no es el verdadero Che sino un actor/modelo perfecto quien más tarde se habría recluido en un convento de clausura (para introducir el imprescindible e inevitable factor religioso en la trama; no estaría mal que se tratase del mismo convento italiano en el que pudieron haber estado escondidos o no los restos embalsamados de Evita y donde se fabrica una pócima medieval que cura el asma) y quien, ahora, enloquecido y suelto, se habría convertido en serial killer (inspirado por la lectura de esas cartas, escritos y discursos donde el Che se propone como una encendida pero fría máquina de derramar sangre alimentándose con el incombustible combustible del odio y capaz de atemorizar hasta al mismísimo Hannibal Lecter). La escena final: un duelo entre el Falso Che Verdadero y Frank tiene lugar en la antorcha de la Estatua de la Libertad en New York o en la casa-museo de Hemingway en La Habana, da igual. La foto, una vez contemplada, muestra al Che de Korda en igual posición y encuadre al de la foto original pero, aquí, sonriendo y guiñando un ojo como si dijera “¿Pero cómo pudieron creerse algo así, eh?”

DIEZ No un fantasma sino la foto de un fantasma la que recorre el mundo.

Un fantasma de “entrañable transparencia”.

Un sueño despierto para muchos y un delirio en trance para tantos otros.

Y en alguna parte leí que un psicólogo de Dallas aseguraba que, desde 1963, diez mil personas soñaban, cada noche, con el asesinato de John Fitzgerald Kennedy.

Si el sueño de la razón produce monstruos entonces me pregunto qué producirá el sueño de lo irracional y me pregunto también –habiendo vivido y viajado por tantas partes y muerto en un sitio perdido del mapa-- cuántos serán los sueños diarios que tienen al Che Guevara como protagonista. Cuántas personas soñarán con el Che en Rosario, en Alta Gracia, En Buenos Aires, en Ciudad de México, en La Habana, en Moscú, en Dar es Salam (“nadie me conoció”, apuntó el Che en sus notas), en Pekín, en París, El Cairo, en Praga (donde se dice que vivió disfrazado de mujer y cómo es que no existe, por favor, una foto de La Che Guevara), en Kimbamba, en las orillas del Lago Tanganyka, en La Paz y en La Higuera donde confirmando la tendencia de los grandes símbolos argentinos –San Martín, Rosas, Gardel, Cortázar, Borges—de morir afuera, lejos, todo terminó para que pudiera comenzar. Y en los sueños unas cosas se funden con otras y así su rostro mutando en tantos rostros (uno de mis favoritos es su autorretrato de 1951) y tantos nombres de paz y de guerra: Ernestito, Teté, Pelao, El Chancho, El Loco, Fuser, Chang-Cho, El Francotirador, Martín Fierro, Ramón Benítez Fernández, Tatu, Adolfo Mena González, Ramón, Sacamuelas y –el onomatopéyico código con que la CIA lo ingresó en sus archivos— AMQUACK.

¿Y cuántas personas soñarán no con el Che sino con esta foto del Che? El misterio de ese mega-poderoso artefacto pop que es la foto del Che de Korda no es un gran misterio. La foto de Korda del Che está en todas partes porque es la foto que todos querrían sentir como propia, como autorretrato. Y memo para The Che Shop: comercializar una cámara fotográfica Polaroid que, se enfoque a quien se enfoque, hombre o mujer, niños o ancianos, perros o gatos, siempre saque una única instantánea: el rostro de ese hombre con cara de larga historia imponiéndose a los rostros con caras de días breves.

Y, así, enseguida, por encima de su futuro garantizado, la sospecha de que esa foto siempre estuvo ahí, incluso antes del nacimiento de Ernesto Guevara de la Serna. Y que en cualquier momento se la descubrirá --inexplicable pero al mismo tiempo lógica—pintada en la pared de alguna cueva prehistórica o en el lecho de alguna tumba inca del mismo modo en que, cuando ninguno de nosotros estemos aquí, cuando ya no quede nada de todo esto, florecerá constantemente entre las ruinas para intriga de los que vendrán de afuera para intentar explicar quiénes fuimos y cómo fue que desaparecimos.

Una y otra vez, bajo cualquier piedra, la foto y sus derivados. La constante aparición de un aparecido.

Se me ocurre ahora que una de las maneras de entender y disfrutar de la tarea recopilatoria de Trisha Ziff –de todo lo que aquí se reúne y se encuentra, producto de un trabajo de cuatro años a lo largo de treinta países— es la de pasearse como en un sueño ensamblado a partir de las esquirlas de una onda expansiva o de las piezas rotas de un rompecabezas que, de producirse alguna vez el imposible prodigio de juntarse y de regresar al estallido primario, tal vez ofrezcan un retrato auténticamente preciso de una leyenda degradada o enaltecida por demasiadas voces hablando al mismo tiempo.

Contemplar entonces a todas estas mutaciones a partir de una foto –cuarenta años después del Big Bang del final y cuarenta y siete años después del Big Click del principio-- como si se trataran de objetos y de vistas oníricas elaboradas con la materia líquida de lo que parece real pero no lo es del todo aunque los sueños tengan materia y sustancia. La materia y sustancia de ciertas quimeras; y, ya que estamos en tema, en lo que respecta a El códiCHE Guevara, mejor que lo escriba otro.

Y así, en alguna parte, mientras tanto y hasta entonces –diga lo que diga Fidel Castro, quien nunca gozó ni gozará de una inoxidable foto así, quien ha cometido el error de durar demasiado por lo que su cadáver no será apuesto-- este modelo de hombre que ahora pertenece al pasado, nos confía aquello que leí en un graffiti, sobre una pared de Rosario, Argentina, en el sitio exacto donde todo comenzó, y que me hizo sonreír: “Yo, en mi habitación, tengo un póster de todos ustedes. Firmado: El Che”.

De ser esto verdad, pobre hombre.

Poster: Luz de Mora

Ilustración: Campaña publicitaria de Jean Paul Gaultier



7 Comentarios



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7 por Adalid Valencia (Mexico) (Usuario no autenticado) 21/05/2009 12:20

Ojala el gran comandante me hubiera usado a mi para formar al hombre nuevo ojala hubiera podido experimentar conmigo como formar esa nueva sociedad, a mi no me hubiera importado dejar de comer, tener que trabajar, sabiendo que es por la construcción de la nueva sociedad, sin embargo a muchos parece si pesarles, es por que no dejan de pensar en su individualidad que el capital les ha enseñado, si uno esta vivo es por que existen mas, y es en ellos en quienes tenemos que pensar cada que nuestro brazo se mueve cada que vemo y pensamos, por que si uno no piensa en el otro entonces esta solo, y entonces esta muerto en vida, El che no ha muerto sigue vivo por que penso en todos, y hasta el ultimo segundo lo hizo, por eso no muere, por que vive en todo el que mientras moria pensaba, HASTA LA VICTORIA SIEMPRE COMANDANTE. VENCEREMOS

6 por daniel lopez (Usuario no autenticado) 06/09/2008 0:20

Par Rodrigo y su best seller: creo que meoraría mucho si en la última batalla, mientras el che falso lucha contra el portagonista, se enfrente el presidente de Estados Unidos (Podría ser interpretado por Brad Pit) y Fidel Castro. Ojalá fuera con espadas y si fueran espadas láser, mucho mejor. Creo que navegar por las superficies es lo nuestro. Preferimos los atardeceres diseñados por la oficina de marketing de la Coca Cola proyectados en nuestro living. Pero, cuidado, afuera la tormenta no tiene visos de terminar y los paraguas no sirven de nada.

5 por Infortunato Librorio del Campo (Usuario no autenticado) 25/10/2007 16:50

Siempre me pregunté ¿por qué el Che no se parecía al che? El Che con mayúsculas, el guerrillero heróico, el de bronce, el de la foto de Korda, no se parecía , al otro che, el de las otras fotos, el de los noticieros, cortando caña o estivando azucar. El Che era un tipo con una prestancia que no tenía el che que era más bien un tipo vulgar, medio sucio, mal vestido, sudoroso, con la barba mal arreglada, mientras que el Che está diseñado para las cámaras. Ahora leyendo esto me doy cuenta que era una pose, el fotógrafo supo captarla y convertirla en lo que es: El Che El che posaba para ser el Che, o la foto del Che o el fantasma del Che, o el llavero del Che, o el tshirt del Che.

4 por A.T. (Usuario no autenticado) 24/10/2007 23:10

El show promete y creo que puedo verlo en diciembre.

3 por Alicia Maravillosa (Usuario no autenticado) 24/10/2007 19:20

Sería muy bueno que empecemos a enterrar al muerto Guevara. Los nuevos mitos y los nuevos héroes están en las casa y calles, en las cárceles y en el destierro, en la isla y el mundo. Los que no han crecido en tiranía, y repitiendo todos los días que serán como el Ché, pueden amarlo. Los que no han sentido el peso insoportable de este ídolo pueden adorarlo. Los cubanos queremos, simplemente, olvidarlo.


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