Una ideología bucólica
Jorge Ferrer | 18/11/2007 14:24
En El País, Vargas Llosa sobre el por-qué-no-te-callas…
Allí la clara exposición de un miedo y un complejo:
«Claro que hay otra América Latina, más decente, honrada, culta y democrática que la representada por estos energúmenos. Estaba allí, en esa sesión de clausura, invisible y muda, como siempre en estas ocasiones en la que los caudillos, hombres fuertes, "comandantes" y payasos se apoderan de las candilejas. ¿Por qué callan y se dejan ningunear y eclipsar de esa manera si ellos son infinitamente más respetables y dignos de ser escuchados que aquéllos? No sólo porque algunos están sobornados por los petrodólares que derrocha el venezolano a diestra y siniestra. A menudo lo hacen porque temen ser víctimas de las diatribas y descalificaciones de aquellos matones, que les pueden soliviantar a sus extremistas criollos y, también, aunque parezca mentira, porque ellos, que sólo son gobernantes civiles que tratan mal que bien o bien que mal de ajustarse a las limitaciones que les señalan las leyes y constituciones, se sienten mandatarios de segunda frente a esos dioses omnímodos que no tienen otro freno para sus excesos y bellaquerías que su soberana voluntad.»
En Granma, orgullosas noticias sobre la implementación del raulismo, la ideología herbicida. La Operación Caguairán tiene sucesora: la «Operación Porterón», destinada a satisfacer «las necesidades de los pobladores del lomerío».
Una revolución bucólica, pues.
Manicaragua, enclave destinado al proyecto piloto, es nuestro Shenzhen.
Tomás Sánchez, La indecisión, 2001. Cortesía de la Galería Malborough.
Más Jan Švankmajer. El pasado sábado hubo aquí trasiego con su Stalin. Hoy sus Dimensiones del diálogo (1982), otra joyita. Para quien ande con prisas, nada recomendables con este checo, tip: la impronta bergmaniana con que comienza la segunda parte es sublime.
Dimensiones del diálogo, 1
Dimensiones del diálogo, 2
UPDATE:
Javier Marías hoy en EPS sobre el estado de la ignorancia, y Zapatero...
«Este es el panorama. En medio del cual, a nuestro Presidente del Gobierno no se le ocurre otra cosa que fomentar, en un vídeo no gracioso sino chusco, que la gente hable tan mal como él. Decir "libertaz", "unidaz" y "ciudaz" no supone tener tal o cual acento regional (todos son buenos), sino mala dicción y hablar como un patán. Jamás he oído a un madrileño de verdad decir "Madriz" (a lo sumo "Madrí"), eso no es una característica del habla madrileña ni leonesa ni de ningún lugar. Y Zapatero, en vez de procurar corregir su pésima dicción y dar ejemplo, insta a los ciudadanos a adoptar su error, e incluso se permite escribir con z esas palabras, para aumentar la burricie y las faltas de ortografía. Después de esto, en poco pueden tenerse sus discursos a favor de la educación y la cultura. Y lo primero que debería hacer, para enmendar su metedura de pata, es aprender de una vez a decir "Madrid", "autoridad" e "igualdad" correctamente, esto es, con una d final relajada (semejante a la segunda del vocablo "dedo", que no se pronuncia igual que la primera, hagan la prueba), y no con la ignominiosa z de zote, zarrapastroso, Zaplana y zoquete. Es el Presidente del Gobierno. Ya está bien. El Profesor Henry Higgins lo habría arrastrado de una oreja, en My Fair Lady.»
Lectura dominical:
Hoy concluyo la publicación de Marca de agua, de Joseph Brodsky, lectura de siete domingos, con éste.
MARCA DE AGUA
Apuntes venecianos
(continuación; partes primera, segunda, tercera, cuarta, quinta, sexta y séptima)
Joseph Brodsky
Las estaciones son metáforas de continentes existentes, y el invierno es siempre algo antártico, aun aquí. La ciudad ya no depende tanto del carbón; ahora depende del gas. Las magníficas chimeneas con forma de trompeta, que semejaban torrecillas medievales en el telón de fondo de cada Madonna y cada Crucifixión, no cumplen función alguna y, poco a poco, se desmoronan, dejando paso al horizonte local. De ello resulta que uno tiemble y se vaya a dormir con los calcetines de lana puestos, porque los radiadores siguen su errático ciclo aquí, inclusive en los hoteles. Sólo el alcohol puede absorber el rayo polar que recorre el cuerpo cuando se pone un pie en el suelo de mármol, con o sin zapatillas, con o sin zapatos. Si se trabaja de noche, se queman partenones de velas -no para limpiar la atmósfera o tener más luz, sino por su ilusoria calidez-; o se va uno a la cocina, enciende los hornillos de gas y cierra la puerta. Todo desprende frío, especialmente las paredes. Las ventanas no cuentan porque ya se sabe lo que se puede esperar de ellas. En realidad, sólo dejan pasar el frío, mientras que las paredes lo acumulan. Recuerdo una ocasión en que pasé el mes de enero en un apartamento del quinto piso de una casa próxima a la iglesia de Fava. El lugar pertenecía a un descendiente nada menos que de Ugo Foseólo. El propietario era ingeniero forestal o algo parecido y estaba, naturalmente, en viaje de negocios. El apartamento no era muy grande: dos habitaciones, con pocos muebles. El techo, sin embargo, era extraordinariamente alto, y las ventanas correspondían a él. Había seis o siete, porque el apartamento estaba en una esquina. A mediados de la segunda semana, la calefacción dejó de funcionar. Esa vez, no estaba solo, y mi camarada de armas y yo echamos a suertes quién tendría que dormir del lado de la pared. «¿Por qué tengo que ir siempre al lado de la pared?», había preguntado ella de antemano. «¿Por qué soy una víctima?» Y la incredulidad oscureció sus ojos color mostaza-y-miel al ver que había perdido. Se envolvió para pasar la noche -jersey rosa de lana, bufanda, calcetines, largas medias- y, tras contar uno, due, tre!, se metió en la cama de un salto como si se tratara de un río oscuro. Para ella, italiana, romana, con un toque de sangre griega en las venas, probablemente lo fuera. «Mi único punto de desacuerdo con Dante», solía destacar, «es la forma en que describe el Infierno. Para mí, el Infierno es frío, muy frío. Yo conservaría los círculos, pero hechos de hielo, con una temperatura que descendiera en cada espiral. El Infierno es el Ártico.» Lo decía en serio. Con la bufanda alrededor del cuello y la cabeza, se parecía a Francesco Querini en esa estatua de los Giardini, o al famoso busto de Tetrarca (que, para mí, es la viva imagen de Montale -o, más bien, al revés-). No había teléfono allí; un revoltijo de chimeneas como tubas asomaban en el cielo oscuro. Todo hacía pensar en la Huida a Egipto, con ella haciendo a la vez de mujer y de niño, y yo de mi homónimo y el asno; después de todo, era enero. «Entre el Herodes del pasado y el Faraón del futuro», me repetía a mí mismo. «Entre Herodes y el Faraón, ahí es donde estamos.» Al final, enfermé. El frío y la humedad me alcanzaron; o, mejor dicho, alcanzaron a los músculos y los nervios de mi pecho, arruinado por la cirugía. Me asaltó el pánico al paro cardíaco, y ella se las arregló para meterme a empujones en el tren de París, ya que ninguno de los dos confiaba en los hospitales locales, por mucho que yo adore la fachada del de Giovanni e Paolo. En el vagón hacía calor, se me partía la cabeza por obra de las píldoras de nitroglicerina, un grupo de bersaglieri celebraba en el compartimiento su partida con Chianti. Yo no sabía bien qué haría en París; pero lo que se interponía entre mi miedo y yo era el claro sentimiento de que, como fuese, enseguida -bueno, en un año-volvería al lugar frío entre Herodes y el Faraón. Aun entonces, acurrucado en el asiento de madera de mi compartimiento, yo era plenamente consciente del absurdo de ese sentimiento; aunque, en la medida en que me ayudara a ver a través de mi miedo, el absurdo era bienvenido. El ruido de las ruedas y el efecto de su constante vibración sobre el esqueleto hicieron, supongo, el resto, arreglando o desarreglando mis músculos, etc., aún más. O quizá fuera únicamente el calor del vagón el que hizo su obra. En cualquier caso, llegué a París, mi electrocardiograma fue pasable, y cogí el avión para los Estados Unidos. En otras palabras, viví para contarlo, y repetirlo.
"Italia», solía decir Anna Ajmatova, «es un sueño que vuelve durante el resto de la vida.»
Se debe señalar, sin embargo, que el advenimiento de los sueños es irregular, y su interpretación inspira el bostezo. Además, si los sueños constituyesen un género, su principal recurso estilístico sería, sin duda, el non sequitur. Ello, al menos, justificaría todo lo ocurrido hasta aquí en estas páginas. También explicaría las tentativas que hice a lo largo de estos años de asegurarme de la recurrencia de este sueño, maltratando mi superego en el proceso con no menos brutalidad que mi inconsciente. Para decirlo francamente, sigo regresando al sueño, no rodeándolo. En efecto, en algún punto tuve que pagar por esta especie de violencia, erosionando lo que constituía mi realidad, u obligando al sueño a cobrar rasgos mortales, como lo hace el alma en el curso de una vida. Sospecho que pagué en los dos órdenes; y no me importó, especialmente en el segundo, que tomaría la forma de una Cartavenezia (fecha exp. ene. 1988) en mi cartera, de ira en aquellos ojos de una variedad particular (preparados, y como de la misma fecha, para mejores visiones), o de algo igualmente finito. La realidad sufrió más y muchas veces me encontré cruzando el Atlántico, camino de mi hogar, con la clara sensación de estar viajando de la historia a la antropología. Pese a todo el tiempo, la sangre, la tinta, el dinero y todo lo demás que derramé o desembolsé aquí, nunca pude afirmar, ni siquiera ante mí mismo, que hubiese adquirido una sola característica local, que me hubiese convertido, de alguna manera, por minúscula que fuese, en un veneciano. Una vaga sonrisa de reconocimiento en el rostro de un hotelero o del propietario de una trattoria, no cuenta, como no engañan a nadie las ropas compradas aquí. Gradualmente, me fui convirtiendo en un transeúnte en ambos reinos, y la imposibilidad de convencerme del sueño de mi presencia en éste es algo más desalentadora. A eso, por supuesto, estaba acostumbrado. Sin embargo, supongo que se puede alegar fidelidad cuando uno regresa año tras año al lugar que ama, en la estación equivocada, sin garantía alguna de ser amado. Pues, como toda virtud, la fidelidad sólo tiene valor cuando es instintiva o forma parte de la propia personalidad, y no cuando es racional. Además, a cierta edad, y en cierto oficio, ser amado cuando se ama no es exactamente imperativo. El amor es un sentimiento desinteresado, una calle de dirección única. Por eso es posible amar ciudades, amar la arquitectura per se, la música, los poetas muertos o, dado un temperamento particular, a una deidad. Ya que el amor es un asunto entre un reflejo y su objeto. Éste es, en definitiva, lo que le trae a uno de vuelta a esta ciudad -como la marea trae el Adriático y, por extensión, el Atlántico y el Báltico-. En todo caso, los objetos no hacen preguntas: en la medida en que el elemento exista, su reflejo está garantizado, en forma de un viajero que retorna o en forma de un sueño, ya que un sueño es la fidelidad del ojo cerrado. Este es el tipo de confianza de la que nuestra especie carece, aunque en parte estemos hechos de agua.
Si el mundo constituyese un género, su principal recurso estilístico sería, sin duda, el agua. El que ello no sea así, se debe a que el Todopoderoso tampoco parece tener muchas alternativas, o a que el pensamiento mismo posee un modelo acuático. Eso ocurre con la escritura; eso ocurre con las emociones; eso ocurre con la sangre. La reflexión es la propiedad de las sustancias líquidas, y siempre, aun en un día de lluvia, es posible demostrar la superioridad de nuestra fidelidad respecto de la del cristal, situándonos tras él. Esta ciudad nos deja sin respiración en cualquier clima, cuya variedad, en cualquier caso, es bastante limitada. Y si en realidad somos parcialmente sinónimos del agua, cuya sinonimia con el tiempo es absoluta, nuestros sentimientos hacia este lugar mejoran el futuro, contribuyen a este Adriático o Atlántico de tiempo que almacena nuestros reflejos para cuando nos hayamos ido. Tal vez fuera de ellos, como fuera de las gastadas imágenes sepia, el tiempo sea capaz de forjar, a la manera de un collage, una versión del futuro mejor que en su interior. Así, se es veneciano por definición, porque fuera de aquí, en su equivalente del Adriático o el Atlántico o el Báltico, el tiempo-alias-agua borda o teje nuestros reflejos -alias amor a este lugar- según modelos irrepetibles, de modo muy semejante al de las viejas marchitas, vestidas de negro, de las islas de este litoral, siempre absortas en su labor de encaje, fatal para la vista. Se reconoce que quedan ciegas o enloquecen antes de los cincuenta años, pero entonces son reemplazadas por sus hijas y sobrinas. Entre las mujeres de los pescadores, la Parca nunca tiene que buscar una entrada.
Lo que la gente de aquí no hace jamás es pasear en góndola. Para empezar, un paseo en góndola es caro. Sólo los turistas extranjeros, y entre éstos los más acomodados, pueden permitírselo. Eso es lo que explica la edad, mediana, de los pasajeros de las góndolas: un septuagenario puede desembolsar la décima parte del salario de un maestro sin quejarse.
La visión de esos decrépitos Romeos y de sus desvencijadas Julietas es invariablemente triste y violenta, por no decir horrible. Una góndola está tan lejos del alcance de los jóvenes, es decir, de aquellos para quienes las cosas de ese tipo serían apropiadas, como un hotel de cinco estrellas. La economía, desde luego, refleja la demografía; y ello es doblemente triste, porque la belleza, en vez de prometer el mundo, se reduce a ser su recompensa. Esto, entre paréntesis, es lo que lleva al joven hacia la naturaleza, cuyos placeres gratuitos, o, más exactamente, baratos, están libres -es decir, desprovistos- de la intención y la invención presentes en el arte o en el artificio. Un paisaje puede ser conmovedor, pero una fachada de Lombardini nos dice lo que somos capaces de hacer. Y una de las maneras -la original- de mirar esas fachadas es desde una góndola: así se ve lo que ve el agua. Por supuesto, nada puede estar más lejos que las góndolas de los asuntos de los venecianos, que se apresuran y se agitan en su trajín diario, completamente inconscientes del esplendor que los rodea, y aun alérgicos a él. Lo más que se acercan a una góndola es cuando cruzan el Gran Canal en el transbordador o cuando llevan a casa alguna compra de difícil manejo; una lavadora, digamos, o un sofá. Pero ni un balsero ni un botero rompen en ocasiones tales a cantar «O solé mió». Tal vez la indiferencia del nativo siga el ejemplo de la indiferencia del artificio respecto de su propio reflejo. Ése puede ser el argumento definitivo de los venecianos contra la góndola, a menos que se lo contrarreste con la oferta de un paseo nocturno, a la que una vez sucumbí.
La noche era fría, clara y serena. Éramos cinco en la góndola, contando a su propietario, un ingeniero local que, con su compañera, remó todo el tiempo. Avanzamos lentamente y zigzagueando como una anguila por la ciudad callada que pendía sobre nuestras cabezas, cavernosa y desierta, y recordaba en aquella hora tardía un vasto arrecife de coral, en su mayor parte rectangular, o una sucesión de grutas deshabitadas. Era una sensación peculiar: encontrarse en movimiento en el interior de lo que sueles contemplar –los canales-; es como adquirir una dimensión más. Luego salimos a la laguna y nos dirigimos a la isla de la muerte, a San Michele. La luna, extraordinariamente alta, se veía como el perfecto dibujo de una «t», a través de una nube que semejaba la firma de un recibo; su luz a duras penas alcanzaba la sábana del agua. También el movimiento de la góndola era absolutamente silencioso. Había algo definidamente erótico en el paso silencioso y sin rastro de su leve cuerpo por el agua -muy parecido al deslizamiento de la palma por la suave piel de la amada-. Erótico, porque no había consecuencias, porque la piel era infinita y casi inmóvil, porque la caricia era abstracta. Quizá, con nosotros dentro, la góndola fuese algo más pesada y el agua cediera momentáneamente debajo, sólo para cerrar la brecha en el segundo inmediatamente siguiente. Además, impulsada por un hombre y una mujer, la góndola ni siquiera era masculina. A decir verdad, no se trataba de un erotismo de géneros, sino de elementos, una perfecta adecuación de sus superficies igualmente lacadas. La sensación era neutra, casi incestuosa, como si se asistiera a las caricias de un hermano a su hermana, o viceversa. Así rodeamos la isla de la muerte y pusimos rumbo a Canareggio... Las iglesias, he pensado siempre, deberían permanecer abiertas durante toda la noche; al menos, la Madonna dell'Orto -no tanto por la probable coincidencia horaria con la agonía del alma, como por la maravillosa Madonna con niño de Bellini que guarda-.
Yo querría desembarcar allí y echar una mirada furtiva al cuadro, al espacio de una pulgada que separa la palma izquierda de la Virgen de la planta del pie del Niño. Esa pulgada -¡ah, mucho menos!- es la que separa el amor del erotismo. O tal vez sea lo esencial del erotismo. Pero la catedral estaba cerrada y nos internamos en el túnel de las grutas, para cruzar su mina piranesiana, abandonada, plana, iluminada por la luna, con las escasas chispas de su mineral eléctrico, hacia el corazón de la ciudad. Sin embargo, ahora sabía lo que el agua siente al ser acariciada por el agua.
Desembarcamos cerca del armatoste de cemento del Hotel Bauer Grünwald, reconstruido después de la guerra, cerca de cuyo final fue volado por los partisanos locales porque alojaba al mando alemán. Como adefesio, hace buena compañía a la iglesia de San Moisé -la fachada más recargada de la ciudad-. Juntos, hacen pensar en Albert Speer comiéndose una pizza capricciosa. Yo jamás entré, pero conocí a un caballero alemán que vivió en esa estructura monstruosa y la encontró muy cómoda. Su madre se estaba muriendo, él estaba aquí de vacaciones y hablaba con ella por teléfono a diario. Cuando la mujer expiró, él consiguió que la administración del hotel le vendiera el receptor telefónico. La administración comprendió, y el receptor fue incluido en la cuenta. Pero es muy probable que aquel hombre fuera protestante, y San Moisé es una iglesia católica, que además está cerrada durante la noche.
Equidistante de nuestras respectivas viviendas, había un lugar tan bueno como cualquier otro para desembarcar. Lleva alrededor de una hora cruzar esta ciudad a pie, en cualquier dirección. Dando por sentado, desde luego, que uno conoce su camino; yo lo conocía en el momento en que salí de la góndola. Nos dijimos adiós y nos dispersamos.
Eché a andar hacia mi hotel, cansado, sin intentar siquiera mirar a mi alrededor, murmurando para mí mismo algunas frases, pescadas Dios sabe dónde, del tipo de «Saquea esta aldea» o «Esta ciudad no tiene piedad». Sonaba al primer Auden, pero no lo era. De pronto, deseé un trago. Me desvié hacia San Marcos, con la esperanza de que el Florian aún estuviese abierto. Habían cerrado; estaban retirando las sillas de la arcada y colocando tableros de madera sobre las ventanas. Una breve negociación con el camarero, que ya se había cambiado para marcharse a su casa, pero al que yo conocía superficialmente, dio el resultado apetecido; y con ese resultado en la mano, salí de la arcada y eché un vistazo a lapiazza. Estaba absolutamente desierta, sin un alma. Sus cuatrocientas ventanas con arco se encontraban en su desesperante orden habitual, como olas idealizadas. Esa visión siempre me hizo pensar en el Coliseo romano, donde, en palabras de un amigo mío, alguien inventó el arco y no pudo detenerse. «Saquea esta aldea», seguía murmurando todavía. «Esta ciudad no...» La niebla empezó a tragarse la piazza. Era una invasión tranquila, pero, a pesar de todo, una invasión. Vi sus arpones y sus lanzas, que avanzaban en silencio, pero a buena velocidad, desde la laguna, como soldados de infantería que precedieran a la caballería pesada. «En silencio, y a buena velocidad», me dije. Se preveía la aparición, en cualquier momento, de su rey, el Rey
Niebla, volviendo la esquina en toda su gloria de cúmulos. «En silencio, y a buena velocidad», me repetí. Ahora, era la última línea de la «Caída de Roma» de Auden, y aquél era ese lugar que estaba «enteramente en otra parte». De pronto, sentí que estaba detrás de mí, y me giré con toda la rapidez posible. Una alta, lisa ventana del Florian, razonablemente bien iluminada y aún no cubierta con madera, brillaba entre las masas de niebla. Fui hacia ella y miré al interior. En el interior, era 195?. En los divanes de felpa roja, alrededor de una mesita de mármol con un kremlin de bebidas y teteras encima, estaban Wystan Auden con su gran amor, Chester Kallman, Cecil Day Lewis y su esposa, Stephen Spender y la suya. Wystan narraba alguna historia divertida y todos reían. Al promediar la historia, pasaba junto a la ventana un guapo marinero; Chester se levantaba y, sin decir ni siquiera «Te veré luego», salía en ardiente persecución. «Miré a Wystan», me contó Stephen años más tarde. «Seguía riendo, pero una lágrima rodaba por su mejilla.» En este punto, para mí, la ventana se había oscurecido. El Rey Niebla entró en la piazza, refrenó su semental y comenzó a desplegar su turbante blanco. Tenía los borceguíes húmedos, y también su caballería; su capa estaba tachonada con los débiles, miopes rubíes de las lámparas encendidas. Vestía así porque no tenía la menor idea del siglo en que se encontraba, por no decir del año. Pero, siendo niebla, ¿cómo podría?
Permitid que me repita: El agua es igual al tiempo y proporciona a la belleza su doble.
Constituidos en parte por agua, servimos a la belleza del mismo modo. Al rozar el agua, esta ciudad mejora la apariencia del tiempo, embellece al futuro. Ése es el papel de esta ciudad en el universo. Porque la ciudad es estática, mientras que nosotros nos movemos.
La lágrima es prueba de ello. Porque nosotros partimos y la belleza queda. Porque nosotros vamos hacia el futuro, en tanto que la belleza es eterno presente. La lágrima es un intento de permanecer, de rezagarse, de fundirse con la ciudad. Pero eso va contra las reglas. La lágrima es una reversión, un tributo del futuro al pasado. O es el resultado de sustraer lo mayor a lo menor: la belleza al hombre. Lo mismo vale para el amor, porque nuestro amor, también, es más grande que nosotros.
Noviembre 1989
Traducción de Horacio Vázquez Rial
Publicado en: El Tono de la Voz | Actualizado 18/11/2007 15:29



![Muestra el enlace externo en una ventana emergente. [http://www.amazon.com/Tristan-Medina-Retrato-apostata-canonico/dp/8493231150/ref=pd_bbs_2/002-7736270-8772012?ie=UTF8&s=books&qid=1177366006&sr=1-2] Tristán de Jesús Medina](../../../var/cubaencuentro.com/storage/images/blogs/el-tono-de-la-voz/libros/tristan-de-jesus-medina/326352-2-esl-ES/tristan_de_jesus_medina_small.jpg)
![Muestra el enlace externo en una ventana emergente. [http://www.amazon.com/Minimal-Bildung-Jorge-Ferrer/dp/0970307918/ref=pd_bbs_sr_1/002-7736270-8772012?ie=UTF8&s=books&qid=1177365089&sr=8-1] Cubierta Minimal Bildung](../../../var/cubaencuentro.com/storage/images/blogs/el-tono-de-la-voz/libros/minimal-bildung/326325-1-esl-ES/minimal_bildung_small.jpg)

1 Comentarios
Página 1 de 1
1 por HDR (Usuario no autenticado) 18/11/2007 20:20
Acabo de leer en Cubaencuentro que van a exhibir La Vida de Otros en un festival en La Habana. Esa magnífica película es un ataque feroz contra los regímenes comunistas. ¿Cómo es que La Habana la va a presentar? A los mayimbes comunistas en la película no les pasa nada cuando cae el régimen. No funcionaron los "pelotones de fusilamiento de las mafias alemanas/alemanas" que Fidel anuncia para Cuba. ¿Es que La Habana no considera el gobierno de la extinta DDR su hermano ideólogico? Creo que tengo que decir algo similar a lo que decía el negro cubano: "Allá ustedes que son comunistas y se entienden".
Página 1 de 1