Un reportaje sobre el Astaná poscomunista ante la EXPO 2018

- 05/06/17
Categoría: Actualidad, Arquitectura, Periodismo, Poscomunismo, Reportaje | Etiquetas: , , , , , ,
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Este reportaje apareció publicado por primera vez en Jot Down el 2 de junio. Puede consultarse allí siguiendo este enlace.

Para los lectores de El Tono de la Voz lo reproduzco aquí con un dudoso bonus: mis propias fotografías.

Centro comercial de Norman Foster, Astaná Foto: Jorge Ferrer

Centro comercial de Norman Foster, Astaná Foto: Jorge Ferrer

Un futuro espera allá en la estepa

Jorge Ferrer

 

El viajero abandona el aeropuerto de Astaná, donde lo recibieron guardias de fronteras tan amables que ellos mismos formularon las preguntas y dieron las mejores respuestas, atraviesa la ciudad inverosímil con grúas como zombies girando sobre sí mismas, pasa junto a los edificios de la EXPO 2017 y lo asalta una cierta incredulidad ante el extravagante paisaje al que ha llegado después de diez horas de viaje desde Madrid. Pero entonces un rótulo sobre los muros de un centro comercial, el último construido en la época soviética, acude en su ayuda. Sine Tempore, proclama. Un entusiasta rebranding convirtió las siglas olorosas a plan quinquenal con que se lo conocía antes, TsUM, en el anuncio de un mundo sin tiempo. La flamante capital del nuevo Kazajistán quiere saltarse todos los tiempos. No es extraño entonces que el lema de la EXPO 2017 que inaugurará el próximo 10 de junio sea «La energía del futuro».

Astaná, capital de Kazajistán desde diciembre de 1997, es una de las marcas más ambiciosas salidas del espacio postsoviético. Una ciudad de provincias ubicada en los confines de un imperio mudó como por arte de magia en la capital de un nuevo país. Encima, lo hizo con la pretensión de convertirse en el epicentro de Eurasia, esa leyenda de la geopolítica periférica. En lengua kazaja, Astaná significa precisamente capital, una correspondencia entre el nombre y la cosa que habría hecho las delicias de Ferdinand De Saussure. El traslado de la capital, que antes estuvo en Almaty, significó también la mudanza de los organismos del Estado y de miles de funcionarios y sus familias. Los kazajos suelen decir que la compleja operación buscaba acercar a los ciudadanos al gobierno, aunque basta echarle una ojeada al mapa de Kazajistán para constatar que el cambio no entraña accesibilidad alguna en términos geográficos. Como basta asomarse a las calles de Astaná para ser conscientes de que los vecinos de los confines del país no tienen nada que hacer en las flamantes avenidas sembradas de edificios de Norman Foster, lujosos gimnasios, restaurantes y salones de Spa o sofisticadas tiendas de decoración y showrooms de electrodomésticos de la casa Gaggenau. Al fin y al cabo, todas las disquisiciones sobre el motivo del cambio acaban con un guiño y un encogimiento de hombros que vienen a decir que la razón última, que es también la de todo lo que ha sucedido allá para bien o para mal durante el último cuarto de siglo, remite a un nombre propio, el del hombre que pasó del sillón de secretario general del partido comunista en tiempos soviéticos al de presidente del Kazajistán independiente: Nursultán Nazarbáyev.

Museo del primer presidente de la República de Kazajistán. Foto: Jorge Ferrer

Museo del primer presidente de la República de Kazajistán. Foto: Jorge Ferrer

El encargo de diseñar el plan urbanístico de la ciudad nueva recayó en el japonés Kisho Kurokawa, cuya visión filosófica de la arquitectura la concebía en clave de metabolismo y ecología. No obstante la elección —sin dudas un acierto—, en Astaná uno tiene la sensación de pasear por una ciudad sembrada de edificios calculados a vuelo de pájaro, en un paisaje digno de los arquitectos que el urbanista danés Jan Gehl llama arquitectos birdshit, es decir, los que proyectan desde la distancia y delante de una maqueta de la ciudad sobre la que dejan caer sus edificios como los pájaros sus deyecciones.

Invención genuinamente poscomunista, el «Dubai de la estepa», como se conoce también a Astaná, se coló en las salas de estar de medio mundo con la adquisición de un equipo ciclístico que corre todas las grandes carreras —el Astana Pro Team— y se acomodó en las habitaciones de hotel de todo el planeta con periódicos anuncios en cadenas como Euronews o CNN. La EXPO que se celebrará entre el 10 de junio y el 10 de septiembre próximos es otro anillo en la espiral de esa campaña permanente de promoción de un país al que no le faltan ambición y mucho menos dinero para ello, porque cuenta con las primeras reservas mundiales de cromo, las segundas de uranio y las décimas de oro. Todo ello en un territorio que hace de Kazajistán el noveno país más grande del mundo —más de cinco veces el territorio de España— con una población de apenas 18 millones de personas.

La EXPO 2017 se propone como un foro de alto nivel para imaginar la producción y el uso de las energías fósiles y alternativas en las próximas décadas. Confirmada la participación de 112 países y 18 organismos internacionales, España acude con un pabellón que costará cuatro millones de euros y mostrará las experiencias y el potencial empresarial del país en el campo de las energías renovables. Que Kazajistán, el décimo segundo exportador mundial de crudo, sea el promotor de un foro mundial sobre energías alternativas de esa envergadura muestra la voluntad de las elites kazajas de emular a Dubai y otros principados del Golfo que buscan diversificar sus economías basadas en la exportación de materias primas.

Edificio central del complejo de la EXPO2018, Astaná. Foto: Jorge Ferrer

Edificio central del complejo de la EXPO2018, Astaná. Foto: Jorge Ferrer

A escasas semanas del pistoletazo de salida de la EXPO 2017, los organizadores pasean al visitante en autobús y solo le permiten bajar a cierta distancia de los impresionantes edificios principales. Son 25 hectáreas de terreno en las que crecen los pabellones, el Palacio de Congresos de Astaná, complejos de apartamentos, un hotel y el centro comercial Mega Silk Way, ya abierto al público. En el epicentro se alza el pabellón del país anfitrión: un espectacular edificio de forma esférica —con sus cien metros de envergadura es el más grande de su tipo en el mundo— que albergará más adelante un Museo del futuro. Las obras, coordinadas por el estudio de arquitectura Adrian Smith + Gordon Gill Architecture, de Chicago, aún no están acabadas y la machacona insistencia en que todo está bajo control recuerda aquella anécdota que contaba Manfredi Nicoletti, el arquitecto italiano que construyó la Sala central de conciertos frente al Palacio presidencial de Astaná, de cómo Nazarbáyev solía bromear con él, durante la construcción, diciéndole que tenía bajo permanente control las obras y a sus ejecutores desde las ventanas de su despacho. Un nutrido ejército de obreros se afana a toda prisa y el viajero que los admira desde la altura del hotel Marriot evocará aquel verso de T. S. Eliot sobre otra «ciudad irreal»: «Veo muchedumbres vagando en círculos». Es de La tierra baldía, que parece una estupenda definición de la estepa.

Pero aun en la ciudad que solo quiere hablar del futuro, el pasado asoma como un zorro hambriento. Kazajistán se reivindica parte de la Ruta de la seda que unió durante siglos a Oriente y Occidente en una madeja de rutas comerciales que tuvieron un impacto fundamental en el vínculo cultural entre las civilizaciones. También la naturaleza nómada del pueblo kazajo hasta la llegada del poder soviético es motivo de exaltación. Las ubicuas gasolineras de NomadOil dan fe de ello. En clave bien distinta, el pasado más reciente, el pasado soviético, ha sido borrado con afán. En la moderna Astaná no hay un solo museo dedicado a los años en que Kazajistán fue una tierra por conquistar para los jóvenes llegados de toda la URSS o una cárcel al aire libre a la que enviar al destierro a pueblos enteros: chechenos, polacos, alemanes… Apenas un modesto monumento recuerda el islote del Archipiélago GULAG ubicado en Akmolá, como se llamaba la pequeña ciudad antes de convertirse en Astaná, un campo destinado a la reclusión de las esposas de aparatchiki y escritores caídos en desgracia. La madre de la bailarina Maya Plisétskaya y la viuda del novelista Borís Pilniak fueron apenas dos de ellas. Un espectacular salto en el tiempo conduce del Museo nacional, donde se glorifica el pasado remoto, al Museo del primer presidente de Kazajistán —es decir, el mismo que ocupa el cargo desde 1991. Los desiertos salones de la casona acogen los regalos recibidos por el presidente, el despacho donde dio inicio la historia moderna del país y los pintorescos esfuerzos por convertir a Nazarbáyev en una suerte de prócer cuyo linaje se remonta a los orígenes de los kazajos. Todo ello está custodiado por celosas damas que exigen al visitante contener la propensión natural de todo ciudadano llegado de lejos a enarcar las cejas o esbozar una sonrisa ante el retrato napoleónico del presidente que parece mirar a la pantalla de plasma desde la que pronuncia un discurso.

En Kazajistán nadie reirá el viejo chiste que aseguraba que el imperio soviético era un imperio a la inversa, porque no era la metrópoli la que esquilmaba a las colonias, sino estas las que saqueaban sin cesar las arcas del imperio. Aquí la percepción es distinta y la lista de agravios es larga. Las secuelas de las pruebas de armas nucleares en el polígono de Semipalátinsk —actualmente Semey, a 780 km al este de Astaná—, son uno de los más notables. Que el cosmódromo de Baikonur, epicentro de la conquista del espacio en los años de la URSS, permanezca en manos rusas tampoco parece generar mucha alegría.

Venir a una ciudad donde se está construyendo el futuro es una experiencia vigorizante. Dejarse caer por un lugar del mundo que vive embelesado en su propio nacimiento, que vive absorto en su propia invención. Y advertir los movimientos minúsculos, los pequeños detalles, los momentáneos colapsos de ese Matrix alucinante. Atravesando estos días Astaná, el viajero encuentra vallas que anuncian el complejo de lujo Barcelona, que se anuncia con una bailarina flamenquísima. Los bloques del Barcelona incluirán tres tipos de apartamentos que se comercializan bajo los nombres, vagamente catalanes, de Costa tropical, Costa del Marisme (sic) y Costa del Graf (sic). Graf es conde en ruso, como en alemán, con lo que el promotor kazajo ha convertido a la costa del Garraf en artículo de lujo con peso nobiliario. A la flamenca bailarina de las vallas le habrá hecho una gracia tremenda la operación.

De camino al aeropuerto, el viajero se despide mentalmente del centro comercial Sine Tempore y el taxista abandona por un instante su mutismo para avisarle, sin que se le preguntara, de la tristeza que le produce saber que lo van a echar abajo muy pronto. Lo acaba de anunciar el alcalde de Astaná, dice. Del pasado, ni la sombra. El Sine Tempore ya está en la lista de derribos. Es la hora de un tiempo nuevo. Y la EXPO 2017 es su altavoz más próximo.

PS. Un servidor en Astaná

Jóvenes kazajas, Astaná. Foto: Jorge Ferrer

Jóvenes kazajas, Astaná. Foto: Jorge Ferrer

 

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José Antonio Coderch recuperado en Barcelona un poco cubana

- 17/12/14
Categoría: Arquitectura
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José Antonio Coderch (1913-1984) es uno de los más conspicuos arquitectos españoles de la segunda mitad el s. XX. Un hombre que revolucionó los interiores de las viviendas que proyectaba con tanta pasión, que algunos clientes tomaban por desgana. Por capricho. Perdió clientes, pero cinceló una obra arquitectónica que le granjeó premios, adhesiones y discípulos. Trataba a los albañiles con reverencia tan mayúscula como despreciaba a funcionarios y políticos. Ni la Wikipedia, tan parlanchina y amiga de enjabonar lomos, pone a sus pies la sábana de letras que merece. El obituario que le dedicó El País el día de su muerte es más cicatero que una estilográfica sedienta de tinta. Los honores póstumos también fueron escasos. Ninguno en el centenario de su nacimiento, el año pasado. El gobierno autonómico catalán, que nunca lo quiso, como a Plá, como a Dalí, por ser catalán y español, por ser español y conservador, mandó a uno, cuando ya Coderch se marchaba de este mundo, a ofrecerle la Cruz de Sant Jordi, pero queriendo asegurarse antes de que no la rechazaría. Coderch le dijo al enviado que si la merecía, debían arriesgarse a otorgársela aun corriendo el riesgo de que la rechazara. Y si no la merecía, ¿entonces por qué se la ofrecían en privado? No hubo ofrecimiento público, naturalmente.

La tienda de mobiliario MINIM, con apoyo del estudio de interiorismo Vilablanch, ha rescatado ahora el último proyecto de José Antonio Coderch, «La herencia», que estuvo décadas perdido. Lo expone en su sede en la Vía Augusta, 185, de Barcelona. «La Herencia de Coderch» es el título de la exposición.

Además, MINIM ha producido un documental donde varios colaboradores de Coderch, junto a puñado de colegas y amigos, dibujan el perfil del arquitecto y el hombre. Se lo podrá ver este diciembre y el próximo enero cada martes. Y no deberían perdérselo. El documental se debe a idea original y guión de Pati Nuñez y Ginés Górriz y fue dirigido por Poldo Pomés.

Si alguien creía que la impronta de Cuba en la arquitectura de Barcelona se iba a quedar en el dinero que aquel López y López, y tantos otros, se trajeron a la ciudad gracias a la trata de negros, y la engrandeció y «ensanchó», ahora ya vemos que no. Ginés Górriz y Elina Vilá, dos cubanos y algunas cosas más, son los responsables, junto a su socia catalana Agnés Blanch, de haber devuelto a José Antonio Coderch a una sala de exposiciones, los periódicos y la memoria de un público más amplio que el de la profesión.

De contra:

Exposición “La Herencia de Coderch”. Un homenaje a José Antonio Coderch y de Sentmenat en el 101 aniversario de su nacimiento.

27 de noviembre de 2014 al 30 de enero de 2015.

Lunes a viernes, de 10 a 20 hrs.

Sábados de 10 a 14 hrs.

Próximas proyecciones y actividades:

Martes 23 y 30 de diciembre y 13, 20 y 27 de enero de 2015 a las 18 hrs., proyección del film “Recordando a Coderch” (67′) de Poldo Pomés.

Martes, 13 de enero de 2015.
18 h: proyección del film “Recordando a Coderch” (67′)de Poldo Pomés.
19:30 h: Mesa redonda “La Herencia de Coderch, el proyecto”. Con Jordi Badia, Josep Llinàs, Octavio Mestre, Jaume Prat y Elina Vilá. Modera Pati Núñez.

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