Svetlana Aleksiévich: una entrevista sobre Chernobyl, la serie de HBO

- 08/08/19
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Esta entrevista apareció publicada en la edición del 21 de julio de 2019 de la revista Fashion & Arts Magazine, tanto en papel como en la versión digital con el título “Svetlana Aleksiévich: el precio de la verdad”. Esta última versión puede consultarse en la web de la revista.

La entrevista aparece aquí para archivo con el añadido de que esta es la primera versión, sin los recortes editoriales que le hice después para ajustarme al espacio disponible en la edición en papel.

La conversación con Svetlana la mantuve el día 26/06/2019 por vía telefónica, ella en Minsk, yo en Barcelona.

Svetlana Aleksiévich: “Chernobyl es una serie estupenda”

Por Jorge Ferrer

Tuve a Svetlana Aleksiévich muy presente mientras veía la serie Chernobyl que Craig Mazin creó para HBO. No recuerdo que habláramos antes de ese libro en concreto, pero sí recordaba la honda huella que me dejó su lectura en el cierre del milenio.
La serie ha sido un éxito mundial. Alabada por tantos, ha despertado también recelos en Rusia, donde anuncian respuesta contundente a la manera soviética. Una deliciosa manera de honrar a esta serie que reconstruye los años soviéticos con deliciosa minuciosidad.
No hablaba con ella desde hace meses y ahora en esta larga charla por teléfono vuelvo a encontrar a la interlocutora ágil y generosa. La llamo a Minsk un mediodía de este verano. Ha venido unos pocos días a la capital desde la dacha donde trabaja estas semanas, a pesar del calor del que se queja.

Todo el mundo habla de la serie, de Chernobyl. ¿A quién se le hubiera ocurrido que nos íbamos a ver en esto tantos años después? Toda Europa, el mundo entero con los ojos en Chernobyl. ¿Qué le ha parecido a usted?

Estoy muy contenta de que se haya hecho por fin una serie sobre Chernobil. Es una serie estupenda. Llevo muchos años intentando encontrar creadores lo suficientemente talentosos como para hacer algo así. Ha habido otras aventuras cinematográficas que no carecen de aciertos, pero pasaron inadvertidas. Esta serie sí que ha tenido una gran resonancia. Acabo de estar en Alemania y Polonia donde los jóvenes la están viendo y no paran de hablar de ella. También las ventas de mis libros se han disparado, así que estamos ante un gran éxito sin duda alguna.

¿Es la historia de Chernobil la mejor historia que usted ha escrito?

Es uno de mis libros preferidos, sí, junto con La guerra no tiene rostro de mujer.

¿Cómo ha sido recibida la serie Chernobyl en su país, Bielorrusia, en Ucrania y Rusia?

La ha visto mucha gente, sobre todo los jóvenes que han descubierto el tema, como ha sucedido con jóvenes de toda Europa. En Rusia, en cambio, han comenzado a atacar mi libro desde las posiciones de este nuevo patriotismo que cunde allá. Lo ha dicho muy bien el creador de la serie: él no entiende qué es lo que defienden los rusos, porque le parece que es como si los alemanes se pusieran a defender las ideas del nacionalsocialismo. Algo así está sucediendo con la recepción de la serie en Rusia. A él lo acusan de todos los pecados posibles. Y a mí lo mismo. Porque la serie incluye muchas de las historias de mi libro y también su espíritu, su filosofía, algo que han manifestado sus responsables. Y como a mí me tildan de rusófoba, pues dicen que era de esperar que una serie llena de calumnias saliera de un libro escrito por alguien como yo.

Y parece que se disponen a responder…

¡Eso es lo más gracioso! Han anunciado que ahora Rusia prepara su propia película con una historia que me dejó estupefacta. Se ve que en ella agentes soviéticos capturan a un espía norteamericano en Chernobil y cosas así. Yo me dije: “Dios mío, ¡han pasado 30 años y pareciera que después de la perestroika vivimos durante unos años en democracia, que hoy vivimos tiempos distintos, pero las ideas que esta gente enarbola son las mismas del pasado! Es lo mismo que ves en Facebook donde te encuentras muchas opiniones positivas acerca de la serie, pero también hay mucha gente tildándola de basura, de propagar calumnias. Algo parecido vimos en la prensa, por cierto, donde durante la primera semana encontramos reseñas muy entusiastas y después por lo visto cundieron las consignas salidas del Kremlin. Comenzaron los reproches, las reseñas negativas. Las acusaciones de inexactitud. Se olvidan de que Chernobyl, la serie, es a la vez una película de ficción y un documental.

Me encontraba en Rusia cuando comenzaron a emitirla y cada noche cuando iba al hotel encendía la televisión y no daba crédito a lo que veía. El mismo gobierno que asume “por la izquierda” la herencia del legado de la sociedad socialista, los mismos que son los responsables de la mentira de Chernobil, ahora se golpean el pecho, se rasgan las vestiduras exigiendo la verdad. La verdad sobre Chernobil. Es increíble. ¿Usted ha hablado con los medios rusos sobre la serie? ¿Qué relación mantiene con ellos?

Me han llamado, pero me he negado a viajar a Moscú a participar en esos shows, porque yo sé en qué se convierte todo eso. En puro fango. En un catálogo de ofensas. No tenía ningún sentido para mí viajar allá: nadie me habría escuchado, no me hubieran dejado decir lo que tenía que decir.

Cuando hablamos de la guerra o de la historia del socialismo todo está claro, porque se percibe la acción del hombre en la historia. Cuando hablamos de Chernobil, en cambio, surge enseguida la palabra “accidente” y los accidentes son algo que sucede al margen de la historia, se asocian con una mera casualidad…

Decir que lo que sucedió en Chernobil fue un accidente es pasar por alto lo principal: Chernobil fue una catástrofe. Una catástrofe de nuestra concepción del rol del hombre en este universo inmenso que habitamos, una catástrofe que afectó a nuestras antiguas ideas, a nuestra comprensión de la ciencia y hasta a la propia idea del curso de la civilización humana que teníamos. Chernobil sacudió todas esas nociones con una catástrofe brutal. Me ha dado mucha pena que en la serie tenga un mayor predominio la línea argumental que privilegia el rechazo a la mentira y al régimen que existía entonces en la URSS y no fueran capaces de subir al peldaño siguiente y explicar que con Chernobil entramos en la época de una nueva realidad, una realidad que todavía no somos capaces de comprender de manera cabal. Hoy en día nuestras capacidades tecnológicas están por encima de nuestra moral y carecemos de respuestas para las principales preguntas del presente. Por ejemplo, las primeras ocasiones en que yo visité Chernobil también experimenté esa sensación de catástrofe, pero me costaba explicarla, comprenderla, encontrar las palabras para describir la catástrofe. La literatura no podía ayudarme a hacerlo. La historia tampoco. Ahora es distinto, porque ya hubo Chernobil. Y cuando visité Fukushima, en Japón, todos repetían sin parar que aquello era como en Chernobil, que los engañaban como en Chernobil, que se evacuó a la gente como en Chernobil. Nosotros carecíamos de una experiencia previa, porque Chernobil fue la primera catástrofe global de ese tipo. Por eso no pudo haber una recepción intelectual de lo que estaba ocurriendo allí. Los filósofos no supieron comprender de qué se trataba exactamente aquello y lo mismo le sucedió a la literatura, al arte: el mundo de la cultura pasó por alto aquel suceso y no hizo sonar la alarma y plantear la pregunta por el camino que habíamos tomado y si acaso la civilización no había emprendido una vía suicida.

Un momento crucial, crítico, en el que se ponía en cuestión la noción misma de progreso.

¡Claro! Habíamos llegado a un punto en el que el progreso era equiparable a la guerra. Recuerdo cuando en Chernobyl subían a la gente en autobuses para evacuarla. Había una anciana que se resistía a marcharse, se había hincado de rodillas y no había quien la moviera. Y entonces me vio en medio de todos aquellos militares y se dirigió a mí: “Aquí no puede estar pasando nada, hijita. Mira como brilla el sol, como pían los pajarillos. Yo pude sobrevivir a una guerra, rodeada de gente extraña. Y ahora son mis soldados los que están aquí, es la vida como tal”. Y entonces me di cuenta de que no había otra respuesta para sus preguntas que explicarle que aquello era una guerra, hacerle entender que veíamos el resultado de nuestra guerra contra la naturaleza, de una guerra que librábamos contra nosotros mismos, contra la humanidad. Que las ideas que nos movían como civilización habían entrado en conflicto con lo que éramos y que la naturaleza también comenzaba a golpearnos y que cada vez nos veríamos confrontados con mayores catástrofes como aquella. Por eso titulé mi libro sobre Chernobil “Crónicas del futuro”.

¿Qué nos enseñó Chernobyl?

No puedo decirle con certeza qué nos enseñó Chernobyl. Hace poco estuve en Fukushima y da la impresión de que allí se ha repetido exactamente lo mismo: la misma mentira y la misma fe de la gente en que conseguirán tirar adelante, su total impotencia ante lo que les está sucediendo… No sabemos qué se está arrojando allí al océano. No conocemos la verdad hasta el fondo y nadie nos la dice. En Fukushima hay prohibiciones todavía más severas que las que hubo en Chernobyl. Es imposible acercarse a una distancia menor de 10 km de la estación atómica, mientras que a Chernobil se conseguía hacerlo provisto del permiso especial. Visitar el territorio de la central de Fukushima, en cambio, es totalmente imposible. De Chernobil no se extrajeron las experiencias debidas, no. ¡Ojalá que esta serie ayude a las jóvenes generaciones a cultivar un pensamiento ecológico más activo, que las obligue a reflexionar sobre todo esto!

A muchos espectadores les ha sorprendido la manera en que la serie refleja de una manera muy precisa el mundo soviético. A mí mismo, sin ir más lejos, que estaba en Moscú en aquellos años, en el año de Chernobil, me impresionó mucho la manera en que la serie refleja todo aquel mundo.

Sí, lo hicieron tremendamente bien. ¡Tuvieron asesores magníficos, eso se lo puedo asegurar! Y esa representación fidedigna del entorno material es algo magnífico porque dota de mayor credibilidad a la historia. Uno piensa que si se fue fiel al decorado, se fue fiel al relato de lo que allí sucede, a las palabras que allí se pronunciaron. Ésa es una premisa muy importante.

¿Cuánto de su libro sobre Chernobil ve usted en los capítulos de la serie de HBO? Buena parte de la narrativa acerca de Chernobil surge precisamente en su libro, porque antes de él nadie había hablado de algo así. Yo tuve enseguida la impresión de que asistía a la plasmación cinematográfica de la filosofía de su libro.

Ahí se produjo un fallo. Los artífices de la serie firmaron un contrato conmigo. Me pagaron unos buenos honorarios. Me dijeron que tomarían unas cinco o seis historias de mi libro, no recuerdo exactamente cuántas. Pero es cierto que aparte de las historias, el propio creador de la serie se mantuvo siempre atento a mi libro, alimentándose de su belleza y de su tristeza. Él mismo lo ha manifestado así con total precisión y es muy importante que él lo haya percibido así. Que haya prestado oídos a la filosofía del libro, al hecho de que cuando pensamos en Chernobil nos situamos un poco fuera de todo, más allá del bien y del mal, en una dimensión realmente distinta. Chernobil está más allá del Holocausto, más allá de la guerra, porque es algo con lo que tendremos que convivir durante millones de años. Pero es verdad que cuando salió la serie mi nombre no aparecía en los títulos de crédito y muchos periodistas y mi propio agente literario protestaron por eso. Entonces los creadores de la serie nos presentaron sus disculpas y dijeron que aunque ello les acabe costando caro harán constar mi nombre reconociendo así que cometieron un error.

Son muchos los que han visto esta serie como un monumento al valor de todos estos hombres, Legasov, Scherbina, mucha gente sencilla que se dejaron la vida por Europa, por la civilización.

Esta serie constituye la primera reflexión seria de lo que Chernobil significa, de la nueva realidad que nos espera y en la que ya estamos instalados. Hay que tener una respuesta honesta a la pregunta que Chernobil planteó y aprender a convivir con ello. Seguramente necesitaremos una nueva escala de valores, una nueva relación del hombre con la naturaleza, con la inteligencia artificial. Aclararnos en el debate entre nuestras posibilidades tecnológicas y nuestras normas morales. Alcanzando el equilibrio entre ambas del que no somos dueños hoy en día. En ello tendrás que pensar los filósofos, los sociólogos, los artistas… No tengo dudas de que esta serie es la primera que se plantea estos enormes conflictos que hemos provocado.

Por cierto, ¿qué opinión le merece a usted el uso pacífico de la energía atómica?

El uso de la energía atómica constituye un callejón sin salida, porque no sabemos qué hacer con los residuos que genera. Se trata de un problema inmenso, porque esos residuos no paran de acumularse. Confío en que la humanidad consiga desarrollar formas más ecológicas de producción de energía.

De contra:

La publicación en Fashion & Arts Magazine llevaba la siguiente coda sobre las circunstancias en que se trabajó sobre el texto, como es habitual en esa publicación:

“Hacía un calor intenso en Minsk y en Barcelona la mañana en que hice esta entrevista. Svetlana me dijo que se volvía enseguida al campo huyendo del bochorno. Mientras hablábamos, Bruno, mi frenchie, resoplaba a mi lado dejando su rastro en la grabación, y pidiendo también fresco y campo”

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Entrevista a Aleksandr Duguin en Ajoblanco: Eurasia y el Kremlin

- 27/04/19
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Hoy comparto una entrevista caída en el olvido. ¡Incluso en el mío! Ya se sabe que muchos materiales publicados cuando todavía buena parte de las revistas y periódicos no tenían versiones digitales han quedado fuera del ojo público, salvo que hayan sido digitalizados a posteriori o tengan la suerte de que los lectores acudan a oler papel en las bibliotecas. Es lo que sucede, por ejemplo, con esta entrevista que hice a Alexander Duguin para la revista Ajoblanco y apareció publicada en su número 124, el de Diciembre de 1999, 600 pesetas el ejemplar, con una feroz llamada en portada: El fascismo que viene del frío. Fue ése el último número de una revista fundamental en la cultura española durante tres décadas (con intermedio) y vale la pena recuperarla aquí para lectura y archivo.

Es, por cierto, la primera que se le hizo en nuestra lengua a quien era entonces el ideólogo de una Rusia poscomunista devuelta a su condición imperial. Incendiario y amante del exabrupto, me dijo de todo. Fue divertido de hacer y leer. Veinte años después, Duguin continúa siendo un actor importante del pensamiento político en Rusia, tras haber asesorado al Kremlin y a Putin.

Recordé esta entrevista ahora porque mi colega y amigo Ladislao Aguado entrevistó a Duguin para Hypermedia Magazine. Una entrevista excelente la suya. Léanla también y verán a un hombre y un país en dos tiempos con veinte años en medio.

Rusia sigue siendo el lugar que más me interesa para ser leído y pensado. No hay otro igual. O mejor: no conozco otro igual.

(La herramienta de lectura de pdfs que utilizo aquí te permite pasar de página hacia adelante y hacia atrás por medio de las flechas que ves en el borde inferior izquierdo del marco)

Ajoblanco
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Liudmila Ulítskaya: una entrevista sobre literatura, Rusia, Europa, sexo y antisemitismo

- 18/04/19
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Esta entrevista que hice en Barcelona a la gran escritora rusa y judía Liudmila Ulítskaya apareció publicada en el suplemento La esfera de las letras del diario El Mundo en la edición del domingo 24 de marzo de 2019. La publicación original puede consultarse aquí.

Aquí, donde la publico para archivo, añado al final tres preguntas que no aparecieron publicadas en el diario, donde manda el espacio: una concierne al capítulo cubano de la novela de Ulítskaya Sinceramente suyo, Shúrik (Anagrama, 2006; tr. de Marta Rebón), otra a la escritura de diarios de escritores y una tercera al hostigamiento que padece el director de teatro y cine Kirill Serébrennikov, entonces todavía bajo arresto domiciliario y liberado de él ahora que reproduzco la entrevista aquí, aunque aún pendiente de juicio.

Liudmila Ulitskaya: «La época de las literaturas nacionales se ha acabado» Continúe leyendo… »

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Svetlana Aleksiévich: una entrevista sobre la verdad, la ficción, el periodismo… y el amor y la muerte

- 14/12/18
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El suplemento La esfera de papel del diario El Mundo trajo el pasado domingo la entrevista que Arcadi Espada y yo hicimos a Svetlana Aleksiévich en Berlín. De Aleksiévich traduje El fin del «homo sovieticus» (Acantilado, 2016), que se publicó en español coincidiendo con la concesión del Premio Nobel a la autora bielorrusa. La entrevista está centrada en el método de trabajo de Svetlana, su manera de abordar la realidad y la ficción, la verdad y el patchwork. Su generosidad en las más de dos horas de entrevista fue extraordinaria. Hablamos de asuntos de los que no se había hablado antes con ella en una entrevista con esta profundidad, con este alcance.

Naturalmente, la entrevista publicada, aun cuando extensa, no recoge todo lo conversado aquella tarde en el apartamento del barrio de Stegliz, al suroeste de Berlín. Y pensé que los lectores de El Tono de la Voz merecen un Bonus track sobre lo ya publicado y que muchos de ellos leyeron.

Fui al encuentro de Svetlana también por un proyecto teatral en el que trabajo con la actriz Patricia Jacas a partir del monólogo que ella ha llevado al teatro con un personaje del mencionado libro de Aleksiévich, la ejecutiva Alisa (pp. 451-470): «De una soledad muy parecida a la felicidad». Es asunto ese que no recogimos Arcadi y yo en lo que publicamos y se me ocurre que a ustedes les gustará y ojalá ponga también la miel en los labios leer un par de respuestas adicionales donde Svetlana aborda aspectos técnicos de su trabajo en relación, precisamente, con la entrevista a Alisa, una Alisa de la que pronto volveremos a hablar.

La entrevista, tal como se publicó en El Mundo, en cuya portada apareció ese día, sigue ahora. El Bonus track va al final.

Svetlana Aleksiévich: «Matarme haría mucho ruido»

Arcadi Espada – Jorge Ferrer

Publicada en La Esfera de Papel, El Mundo, 9 de diciembre de 2018 

 

Svetlana Aleksiévich está en Berlín. Ha venido al médico. Acaba de llegar al apartamento alquilado donde vivirá una temporada y le pone nerviosa no poder cumplir el rito ruso de recibir con un samovar de té humeante. Máxime teniendo en cuenta que los invitados han traído a la habitación bien caldeada la ráfaga de un frío de perros. Está escribiendo dos libros nuevos. Uno sobre el amor y el otro sobre la muerte. Teme más a lo primero.

 

 

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Andrei Filimonov: una entrevista sobre literatura y política en Rusia

- 26/10/18
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Esta entrevista que hice a Andrei Filimonov apareció publicada en Hypermedia Magazine el 24/10/2018. La reproduzco aquí para archivo.

El original en este enlace

 

Entrevista

 

“Los siberianos son gente que perdió el billete de vuelta y se quedó allá para siempre”

Por Jorge Ferrer

 

Andrei Filimonov (1969), novelista, poeta, periodista, es un tipo tan normal que no le hace caso al éxito deslumbrante de sus dos últimos libros: El renacuajo y los santos y Recetas para la creación del mundo. Nacido en Tomsk, en cuya universidad se graduó de filosofía, Andrei lo mismo bucea en el habla vernácula de Siberia —ese mito, ese mundo, esa maldición—, que se lanza, en su última novela, a narrar una saga familiar que atraviesa el siglo XX. No iba a privarme de charlar con él cuando supe que venía por primera vez a Barcelona. Hablamos largo y mucho. Aquí va la cosa acotada, destilada. Samogón se llama en ruso al aguardiente de alambique, al destilado más autónomo. ¡Aquí unos shots!

Me costará convencer a los lectores de Hypermedia Magazine de que esta entrevista con un escritor de Tomsk, en el corazón de Siberia, no será una experiencia fría. ¡Machaquemos el cliché enseguida! ¿Cómo son, en verdad, los siberianos?

Mi abuela nació cerca de Moscú y mi abuelo en Odesa, en la costa del mar Negro. ¿Qué se les perdió en Siberia, donde vivieron cincuenta años? Hasta su muerte, mi abuela no dejó nunca de repetir: “aquí en Siberia todo es distinto a como es en Rusia”. Cuando yo era un niño, me sorprendía mucho esa contraposición y no me percibía como un siberiano. Me parecía que la Unión Soviética era un único país, sin distinciones. Pero mi abuela sí que percibía las diferencias. Decía: “aquí en Siberia no saben guisar, se la pasan comiendo pelmeni todo el tiempo y no conocen más sazón que la sal y la pimienta”. O decía: “aquí en Siberia la gente no sabe hablar”.

Más adelante, cuando crecí, me tocó preguntarme quiénes eran los siberianos en verdad. Y no encontré una respuesta convincente. De manera que acudí a los libros de viaje, a los diarios y las cartas de los deportados a Siberia en tiempos del zar o del poder soviético, y comprendí entonces que desde su punto de vista los siberianos sí que somos singulares. Por ejemplo, los siberianos nunca han sido gente muy religiosa y a la iglesia siempre han ido poco. En cambio, eran muy amigos de las peleas callejeras a puñetazos los domingos, cuando los vecinos de dos calles distintas se enfrentaban cara a cara y boxeaban hasta que se les agotaban las fuerzas. En un diario de Siberia, encontré un suelto publicado en el siglo XIX que decía: “Esta semana ha habido puñetazos en Tomsk, como es habitual: se han pegado en la calle, se han pegado en las casas, se han pegado en los billares y se han pegado en los bares…”.

También merece destacarse el conservadurismo gastronómico de los siberianos: no les gusta llevarse alimentos extraños a la boca. Yo mismo, siendo un niño, rechazaba plátanos, piñas y demás manjares exóticos. Esa sencillez en el paladar es la que probablemente conduce a la simpleza con que abordan la vida, una vida que desconoce los matices tanto como la cocina siberiana desconoce las especias.

He ahí el por qué los personajes de mi primera novela, El renacuajo y los santos, vecinos de una aldea situada en los confines del mundo, hablan una lengua sencilla, pero rica y pródiga en imágenes, a la vez que tienen fe en los milagros, mientras se resisten bastante a creer que exista un mundo más allá de los límites de su aldea.

Andrei Filimonov (1969), novelista, poeta, periodista, es un tipo tan normal que no le hace caso al éxito deslumbrante de sus dos últimos libros: El renacuajo y los santos y Recetas para la creación del mundo.

Los siberianos no existen en realidad. Lo que hay es gente que perdió el billete de vuelta y se quedó en Siberia para siempre. Así son los siberianos, por describirlos en pocas palabras.

Alguna vez dijiste que todos los escritores que te interesaban en la infancia acababan publicados en el samizdat, el sistema alternativo de publicación de textos prohibidos por la censura soviética que circulaban de mano en mano. Eso hace pensar que tu gusto y el de los censores transcurrían por vías paralelas. ¿Cómo fue, Andrei, el camino que condujo al niño que fuiste, un niño crecido en una ciudad provincial de Siberia, a la creación literaria?

De joven, soñaba con ser solista de un grupo de rock. No sabía tocar ningún instrumento musical, pero suponía que eso no era un obstáculo. Porque pensaba que lo más importante eran los versos. Y me puse a escribir las letras de las canciones que tocaría un grupo de rock que solo existía en mi imaginación. Después, poco a poco, me fui encontrando con otros poetas y comprendí que leer versos delante del público no es en modo alguno diferente que cantarlos en un concierto de rock.

Mucho más tarde, desde Siberia, creaste el festival itinerante de poesía PliasNigde, cuyo nombre reúne la palabra francesa place, “lugar”, y la rusa нигде, “en ningún lugar”.

Un festival magnífico, sí, que se materializa de repente en una u otra ciudad y después, con la misma velocidad, se esfuma. En los últimos siete años PliasNigde se ha materializado en San Petersburgo y París, en Frankfurt y Berlín.

Has trabajado como periodista en un canal local de Tomsk. ¿Qué temas te interesaba tratar más? Por cierto, resulta bastante evidente que ese trato frecuente con la gente sencilla que habita la periferia de un antiguo imperio es la base sobre la que se yergue tu primera novela: El renacuajo y los santos.

Cuando trabajaba como reportero, me gustaba salir a hacer trabajo de campo, alejarme lo más posible de la civilización, ir allá donde acaban los caminos. En una ocasión, me fui en pleno invierno a una aldea habitada por los selkupí, que son una tribu aborigen que lleva viviendo en Siberia desde antes de la llegada de los rusos. Gente que vive de la pesca, se abriga con pieles de enormes lucios y todavía hoy se ufana de su independencia. Antes de emprender viaje, llamé por teléfono al principal de la aldea. Y me dijo: “¡Muy bien! Limpiaremos el camino cuando venga llegando”. En los inviernos de Siberia, si no limpias un camino, la nieve lo hace impracticable en dos o tres días. Y los aborígenes se aprovechan de ello para librarse de visitantes indeseados. Pero a mí me dejaron entrar y pasé una semana en una suerte de isla descolgada de la civilización. Es por momentos como esos que vale la pena dedicarse al periodismo.

Un día se produjo el momento crucial en que decides abandonar la práctica del periodismo y dedicarte a escribir novelas. Algo que no sucedió sin la participación de Putin, porque al canal de televisión donde trabajabas le retiraron la licencia y dejó de emitir. Por cierto, ¿qué tal vive un periodista en la Rusia de Putin?

Los periodistas en Rusia se pegan una vida padre. Sobre todo, los que trabajan para el canal Russia Today, RT, y cuentan lo estupendamente que se vive bajo Putin. Los demás periodistas, los que no se conforman con ese retrato de la realidad, todavía están en libertad. Y, en ocasiones, hasta consiguen encontrar trabajo, aunque lo desempeñen en calidad de “agentes enemigos”. Yo mismo, por ejemplo, colaboro con Radio Svoboda (servicio en lengua rusa de Radio Free Europe/Radio Liberty), considerada oficialmente un agente enemigo. Radio Svoboda tiene el proyecto Sibir-Realii para el que escribo. A los lectores de ese portal les interesa sobre todo el tema de la represión estalinista. Y como sabes, todos los represaliados acababan dando con sus huesos en Siberia. Por eso escribimos constantemente sobre el Gulag, el destierro y la deportación de pueblos enteros en los años de poder soviético.

“En la Unión Soviética no había órgano más importante que el hígado. Costaba horrores soportar la realidad circundante. Una realidad que solo tenía dos colores: el gris y el rojo”.

En los años treinta, en Siberia ocurrieron cosas increíbles. La URSS estableció los pasaportes en 1931. Y a partir de entonces la policía política comenzó a dar caza en las calles a gente que carecía de documentación y la deportaba a Siberia. Toda esa gente fue llevada a una isla en medio del río Ob y dejada allí a su suerte. No tenían qué comer, ni techo que los guareciera. Vagaban por la isla en busca de comida hasta que los más desesperados comenzaron a practicar el canibalismo. De las seis mil personas desembarcadas en la isla, apenas sobrevivieron unas dos mil. Y ese es solo uno de los múltiples ejemplos de los crímenes del régimen de Stalin.

En tu último libro, Recetas para la creación del mundo, escribes: “Pero yo no juzgo a nadie. Y no recomiendo a otros que lo hagan. ¡Prueben ustedes a nacer bajo Lenin, sobrevivir a Stalin y envejecer al son de los mugidos de Ilích-2! No le podemos exigir a toda una generación que se comportara como lo hizo el académico Sajarov”. ¿Cuál es tu visión del pasado soviético? Conoces lo que dijo Putin respecto a ese período de la historia de Rusia: “Quien no lamente la disolución de la URSS carece de corazón, pero quien pretenda restablecerla tal como era, lo que no tiene es seso”. Tú, Andrei, ¿cómo tienes los órganos?

En la Unión Soviética no había órgano más importante que el hígado, porque los soviéticos estaban obligados a beber mucho. Porque de lo contrario, estando sobrios, costaba horrores soportar la realidad circundante. Una realidad que solo tenía dos colores: el gris y el rojo. Edificios grises, gente vestida con ropas de color gris, el gris asfalto bajo los pies. Y todo ese paisaje salpicado por todos lados de pancartas rojas. Casi no había edificio de cuyos muros no colgara una pancarta con alguna frase de Lenin o Brezhnev. Imagínate ese panorama y también tú querrás ponerte a beber vodka hasta perder la consciencia.

Uno de los mejores libros rusos del siglo XX lo escribió Venedikt Yeroféyev y se titula Moscú-Petushki. Cuenta la historia de un hombre que despertó en Moscú con una resaca tremenda en el vestíbulo de una casa que no era la suya, y encaminó sus pasos a la estación de ferrocarril para visitar a su amada en el pequeño poblado de Petushki, a apenas hora y media de viaje en tren suburbano. Pero el protagonista de la historia consume tanto alcohol durante el trayecto que su viaje adquiere una dimensión épica, como el regreso de Odiseo a Ítaca. Evidentemente, Moscú-Petushki fue prohibido por la censura soviética, como tantos otros libros que ofrecían un retrato veraz de la vida cotidiana en la URSS.

Después de algunos años de “literatura de la perestroika”, últimamente se aprecia en la literatura rusa un enfoque distinto del pasado, un enfoque más sofisticado y más fructífero en términos de creación literaria. El convento, de Zajar Prilepin, o Zuleija abre los ojos, de Guzel Yájina, son dos buenos ejemplos de ello. Por otro lado, vemos en Rusia la restauración de monumentos a Stalin o cómo suben los índices de percepción de la personalidad de Stalin y el estalinismo, gestos que apuntan a una peligrosa desmemoria. Francamente, el hombre postsoviético me horroriza a veces…

El hombre postsoviético que habita la Rusia de hoy tuvo que sobrevivir al trauma de la demolición del mundo que conocía. Con la perestroika y después, tras la disolución de la URSS, aparecieron muchos libros, artículos de prensa y películas que describían la realidad soviética como una suerte de pesadilla total controlada por el KGB. Lo que los medios de comunicación estaban diciéndole a toda esa gente era que habían vivido su vida por gusto. Les dijeron que todo aquello en lo que habían creído era mentira. Y hubo mucha gente que se negó a aceptar ese retrato del pasado. Probablemente, eso explique la popularidad de Putin, que fue capaz de devolverles el mito de un gran país.

Con su Make America Great Again, Trump no hace más que repetir la retórica propagandística que usa Putin. Lo cierto es que la gente no está cómoda con la realidad y se siente agradecida a quien le cuenta un cuento de hadas geopolítico sobre una gran potencia, un poderoso imperio que domina la tierra, el cielo y el cosmos.

Tanto El renacuajo y los santos como Recetas para la creación del mundo han concitado el interés de la crítica e integrado las short-lists de prestigiosos premios literarios. ¿A qué huele el éxito, Andrei?

Pues no sé qué responder a eso, la verdad. Hay un montón de desconocidos que de repente te elogian o te riñen, te llaman genio o te tildan de psicópata. Es fácil ceder a las emociones que todo ello provoca, de manera que huyo de ellas: no leo las reseñas de los críticos, porque tanto las elogiosas como las derogatorias inflan el ego del escritor. Y mientras más grande es ese ego, más duro resulta escribir.

De contra:

En la fotografía, tomada en el restaurante Rilke en agosto de 2018, Andrei Filimonov y Jorge Ferrer

 

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El traductor como hombre invisible: literatura rusa y traducción en España

- 11/05/18
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Carlos Espinosa me ha entrevistado para Cubaencuentro sobre mi carrera como traductor de literatura rusa. La entrevista, que reproduzco aquí para archivo, apareció publicada el 11 de mayo de 2018 en Cubaencuentro.com

La capacidad de tornarse invisible

En esta entrevista, Jorge Ferrer habla acerca de su labor como traductor del ruso. Esta se plasma en 25 libros, entre los cuales, confiesa, hay una docena que se alegra enormemente haber trasladado al español

Carlos Espinosa Domínguez, Aranjuez | 11/05/2018 9:19 am

El lector ideal, afirma Alberto Manguel, es el traductor. Y lo argumenta expresando que “es capaz de disecar el texto, quitar la piel, cortar el hueso hasta la médula, seguir cada arteria y cada vena y luego dar vida a un nuevo ser viviente”. Es coincide con lo que sostiene Valery Larbaud, para quien traducir es “penetrar en la obra a un nivel más profundo de lo que podemos hacer con una simple lectura; significa poseerla más completamente, apropiárnosla en algunos sentidos. Ese es nuestro objetivo, plagiarios como somos todos en origen”.

A esas opiniones conviene agregar que traducir quiere decir llevar de un lugar a otro. Y eso es precisamente lo que desde hace años hace Jorge Ferrer (La Habana, 1967): ha traído a nuestro idioma una parte de la enorme riqueza de la literatura rusa. Esa labor lo ha convertido, junto con la española Marta Rebón, en el mejor traductor que actualmente se dedica a esa especialidad en España. Su actividad profesional le ha ganado un merecido prestigio y le ha reportado además varios reconocimientos. En 2014 obtuvo el premio La Literatura rusa en España, que otorga la Fundación Boris Yeltsin por su versión al castellano de El pasado y las ideas, las monumentales memorias de Alexander Herzen. Acerca de ese trabajo, Ricardo San Vicente, catedrático de literatura rusa de la Universidad de Barcelona, comentó que se trata de “una labor de exégesis y traducción digna de elogio”. Antes, en 2009 y 2012, Ferrer había obtenido sendas menciones en ese mismo premio por sus traducciones de Mijaíl Kuráyev (Ronda nocturna) y Vasili Grossman e Ilyá Ehrenburg (El libro negro). En 2014, formó parte de la lista de nominados al Premio Read Russia, que distingue las mejores traducciones de obras rusas a cualquier lengua.

En el listado de títulos trasladados al español por Ferrer, figuran, aparte de los autores mencionados, Liudmila Petrushévskaya, Nikolai Leskov, Serguei Lukyanenko, Mijaíl Gorbachov, Iulia Latinina, Vasili Rózanov, así como los Premios Nobel Iván Bunin y Svetlana Aleksiévich. En esas traslaciones, Ferrer aplica cumplidamente la idea del lector ejemplar que sostienen Manguel y Larbaud. Su aguda penetración y su colaboración amorosa con los textos dan como resultado unas traducciones en las que consigue el gran mérito de borrar su presencia, de pasar inadvertido. Y sobre todo, al leerlas logran crear la ilusión de que estamos leyendo no una traducción, sino el original.

En las líneas que siguen, Ferrer se refiere a su trabajo como traductor, y responde al cuestionario que le envió este cronista, a través del correo electrónico.

¿Dónde aprendiste ruso? Y a propósito de ese idioma, ¿es tan difícil como parece?

Aprendí las primeras palabras de lengua rusa en el barrio de Los Quemados, en La Habana. Mi padre había sido nombrado para un puesto en Moscú y ante el inminente traslado de la familia trajeron a una preceptora que nos preparara a mamá, mi hermana y a mí para el passage. Esas primeras clases no sirvieron de mucho, como pude comprobar después. Ya en Rusia, entonces aún llamada Unión soviética, cursé el bachillerato e hice estudios universitarios. De la dificultad… Bueno, tanto la gramática como la fonética entrañan un reto importante para quien tiene el español como lengua materna. Pero el esfuerzo de aprenderlo se paga muy bien: el placer de leer en lengua original a Brodsky o a Ajmátova, a Bunin o a Chéjov merece todo el afán.

¿Cómo te iniciaste en la traducción literaria?

Antes de venir a España en 1994, traduje unas cartas de Dostoyevski para la revista literaria El Caimán Barbudo que finalmente no aparecieron publicadas. Años después, ya en Barcelona, después de más de un lustro trabajando como intérprete de ruso para los refugiados que huían del imperio soviético en descomposición, conseguí mis dos primeros encargos de traducción literaria. Una experiencia demoledora: ambos libros tampoco fueron publicados, si bien mis honorarios me fueron abonados debidamente. El primero, una novela de Vladimir Sorokin, por razones que ya no recuerdo; el segundo, un magnífico librito de Vasili Rózanov, porque la editorial quebró antes de que fuera a imprenta, ya revisadas las galeradas. ¡Imagínate mi decepción! Ya podía creer y decir que me dedicaba a la traducción literaria, pero mis traducciones permanecían inéditas.

De los libros que has traducido, ¿cuál o cuáles has disfrutado más traducir?

En los quince años que llevo dedicado a la traducción literaria han salido de mi mesa unos 25 libros. No es mucho, porque trabajo despacio y combino el trabajo de traducción con otros afanes. De esos libros, hay una docena que me alegra enormemente haber traducido. No parece una mala ratio.

Trabajar sobre cada uno de esos libros ha significado una experiencia singular, pero hay algunos que, por razones diversas, me han producido una satisfacción especial. El libro negro (Galaxia Gutenberg, 2011), la voluminosa compilación de los horrores perpetrados por el ejército del Tercer Reich en la Unión Soviética ocupada que hicieron Vasili Grossman e Ilyá Ehrenburg, es uno de ellos. El año que pasé trasegando ese horror día a día fue una experiencia demoledora. Téngase en cuenta que la traducción de cualquier libro, y particularmente los que son de índole histórica o están firmados por autores de una obra importante y ya traducida al español, requieren un trabajo monumental de documentación y lectura, una prolongada y profunda inmersión en el tema y el estilo, en el paisaje cultural e histórico y hasta en la propia vida del autor.
Por otra parte, hay pocos motivos de orgullo mayores para un traductor que traer a su lengua por primera vez a escritores excepcionales, escritores cuya obra venera. En mi obra como traductor hay dos autores así: Mijaíl Kuráyev y Vasili Rózanov. De Kuráyev, escritor petersburgués que vive y goza de muy buena salud, he publicado dos traducciones: Ronda nocturna (Acantilado, 2007) y Petia camino al reino de los cielos (Acantilado, 2008). Otros dos libros suyos, ya traducidos, esperan tomar el camino de la imprenta. El segundo es Vasili Rózanov, escritor, filósofo, pensador asistemático, atrabiliario y amigo del aforismo y la digresión, a quien me gusta considerar el único autor de la literatura clásica rusa que todavía no teníamos en español. ¿Recuerdas que te contaba antes que fracasó mi primer intento de publicarlo, debido a la quiebra de la editorial donde iba a aparecer? Bueno, pues ha sido solo en noviembre pasado que he visto por fin al primer Rózanov en español, primorosamente editado por Acantilado: El apocalipsis de nuestro tiempo (Acantilado, 2017). Un librito absolutamente crucial para entender la revolución rusa desde la óptica de los vencidos, como Kuráyev es un escritor clave para comprender el estalinismo y el mundo soviético, en general.

Al revisar la lista de las obras traducidas por ti, noto la ausencia de libros de poesía. ¿A qué se debe eso?

Aunque soy un lector regular de poesía, sobre todo la escrita en ruso y español, pero también en inglés y francés, no escribo poesía. Por ello tampoco la traduzco, más que muy ocasionalmente y por mera diversión. En mi hilo de Facebook, donde comparto mis lecturas y afanes diversos, publico la traducción de un poema muy de vez en cuando.

¿Cuál es el último libro que has traducido?

Una novela espléndida, que fue una sensación en Rusia cuando se publicó en 2015 y arrasó con los mejores premios literarios allá. Su título, Zuleija abre los ojos. Su autora es Guzel Yájina y la novela fue su desconcertante debut. Narra la historia de una joven tártara, musulmana, deportada a Siberia en los años del estalinismo. Una extraña historia de amor en los años del Gulag. Una mujer en medio del horror, creciéndose, accediendo a una realidad brutal y liberadora a la vez. Me perdonarás, y ojalá también lo hagan los lectores, pero no quiero contar más. Uno suele tener un apego especial a los trabajos más recientes —algo así como el “kilómetro sentimental” llevado al “folio sentimental”—, y más aún cuando acaba de darlos por terminados, pero en este caso no hay una emoción dictada por la inmediatez. ¡Es que es un libro de veras extraordinario! Uno de esos que uno agradecerá siempre haber tenido el privilegio de traducir. Aparecerá en Acantilado en los próximos meses.

¿Has sugerido a las editoriales algunos de los libros que has traducido?

La industria es un ecosistema complejo y los impulsos van en muchas direcciones. Están los editores, los agentes, los autores y los traductores. Y todos intentan llevar el agua a su molino. Los traductores, por nuestra naturaleza autónoma, es decir, externa a las empresas editoriales, proponemos libros y recibimos encargos que aceptamos de mayor o menor grado, o los rechazamos. Hay razones de toda índole para aceptar o rechazar y la económica no es la última. Sería pueril obviar que el negocio editorial es, precisamente, un negocio. O que el trabajo del traductor literario es, precisamente, un trabajo las más de las veces mal remunerado. Por otra parte, como sucede también a los autores, hay proyectos que se reciben por encargo y acaban proporcionando un placer aún mayor que otros nacidos de uno mismo. Comparto un par de ejemplos de mi propia carrera. Las traducciones de El pasado y las ideas, de Alexander Herzen (El Aleph editores, 2013), y de Una familia venida a menos, de Nikolái Leskov (El Aleph editores, 2010), me fueron encargadas por Mario Muchnik. Ambas constituyen dos de los momentos más importantes de mi carrera como traductor. Al primero de esos libros le debo el premio La literatura rusa en España, que me otorgó el Centro del presidente Borís Yeltsin en 2014. Otro tanto sucede con la traducción de El fin del homo sovieticus (Acantilado, 2015), el libro mayúsculo de Svetlana Aleksiévich, que me fue encargado por Jaume Vallcorba. Por cierto, trabajar con hombres como Mario o Vallcorba me ha servido para asistir al amor por los libros en su máxima expresión. No el amor por la literatura, que es expresión común entre la gente que uno frecuenta, sino precisamente el amor por los libros, un precioso objeto que contiene la expresión literaria sujeta entre siglos de oficio, como entre las dos tapas de una edición de lujo.

Hay quienes sostienen que en realidad solo se pueden traducir con éxito aquellos libros que a uno le hubiera gustado escribir. Y que para que una traducción literaria sea inspirada, el traductor debe lograr identificarse con el autor, de modo que el espíritu de este pase a habitarlo. ¿Qué opinas al respecto?

Solo se pueden traducir con éxito (si por éxito entendemos excelencia y brillantez) los libros en los que se trabaja con todo el peso del oficio. Un traductor es un lector minucioso responsable de trasladar a otra lengua el libro que lee. Ha de saber leer y escribir con suficiencia. Ha de ser leal a su oficio: comprender cabalmente lo que lee y traducirlo con fidelidad compartida: la fidelidad que debe al autor y la que debe a los lectores. Y metido en ese juego de fidelidades, el traductor tiene que desaparecer. Su éxito, su excelencia, estriban en su capacidad para tornarse invisible. El lector solo ha de ver al autor. Y, si acaso, al editor que se lo ha traído y dejado a buen precio. Es viejo reclamo del gremio de traductores que nuestros nombres aparezcan en las cubiertas de los libros. Yo siempre digo que cambio mi nombre impreso por un euro más la «holandesa».
Hay salvedades, claro, cuando de la traducción se encarga un gran autor que buscará, en el acto de traducir, explotar las resonancias que tiene la obra traducida en la suya propia, dialogar con el autor. Nabokov traduciendo a Pushkin; Cabrera Infante, a Joyce; Poe, a Baudelaire. O aventuras deliciosas como la traducción del Ferdydurke de Gombrowicz por aquel Comité de traducción que comandaba el gran Virgilio Piñera. Pero el trabajo cotidiano del traductor, el mío, es el martillear afanoso del hombre invisible. No todos los ingenieros acaban pegando saltos en la Luna.

¿Crees que está debidamente reconocido el trabajo de los traductores en España y en el mundo hispano?

El pinkeriano que soy te dirá que es probable que sí. Con las editoriales, va según el editor con el que trabajes: su probidad, su elegancia, su respeto por el trabajo ajeno. Los plazos de entrega o las condiciones económicas de los contratos son términos que a veces se resuelven mejor o peor… La antigüedad y el prestigio suelen conceder alguna ventaja. Pero eso valdrá igual para los traductores y las enfermeras, los ujieres y los sacerdotes. Lo único que nos diferencia claramente a los cuatro es que el oficio de traductor desaparecerá muy pronto, va desapareciendo ya, asumido por máquinas cuya inteligencia artificial volcará de una lengua a otra las novelas y poemas del hoy y el mañana con la misma eficacia y ligereza con que un buen barman nos sirve una copa en la barra. Al barman se le escapan unas gotas a veces, como al bot traductor, al TransBot, se le podrá escapar un matiz. Pero nadie lo echará de menos. ¡También a los humanos se nos escapa a veces algún matiz! ¡Y se les escapa a los traductores! Y también, ay, se me escapan cosas a mí…

Finalmente, quiero preguntarte por tu propia obra. Desde 2001, año en que publicaste Minimal Bildung no has publicado nada más. ¿Es una parcela que has abandonado?

No la he abandonado en modo alguno, aunque crezca la hierba por sus esquinas y se aprecie un charco de agua estancada junto al pozo. Pero continúo labrando esa parcela, empujando el arado, tirando del carro, porque es parcela donde no hay más bestia de carga que uno mismo. Hace unos meses apareció una nueva edición de Minimal Bildung (Bokeh, 2016) y la Maximal Bildung en la que trabajo desde hace años deberá estar lista pronto. Antes, si no lo tuerce mi falta de ambición, aparecerá un libro que recoja estos últimos años de acarreo de la palabra en las redes, desde El Tono de la Voz en adelante.

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