El traductor como hombre invisible: literatura rusa y traducción en España

- 11/05/18
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Carlos Espinosa me ha entrevistado para Cubaencuentro sobre mi carrera como traductor literario de literatura rusa. La entrevista, que reproduzco aquí para archivo, apareció publicada el 11 de mayo de 2018 en Cubaencuentro.com

La capacidad de tornarse invisible

En esta entrevista, Jorge Ferrer habla acerca de su labor como traductor del ruso. Esta se plasma en 25 libros, entre los cuales, confiesa, hay una docena que se alegra enormemente haber trasladado al español

Carlos Espinosa Domínguez, Aranjuez | 11/05/2018 9:19 am

El lector ideal, afirma Alberto Manguel, es el traductor. Y lo argumenta expresando que “es capaz de disecar el texto, quitar la piel, cortar el hueso hasta la médula, seguir cada arteria y cada vena y luego dar vida a un nuevo ser viviente”. Es coincide con lo que sostiene Valery Larbaud, para quien traducir es “penetrar en la obra a un nivel más profundo de lo que podemos hacer con una simple lectura; significa poseerla más completamente, apropiárnosla en algunos sentidos. Ese es nuestro objetivo, plagiarios como somos todos en origen”.

A esas opiniones conviene agregar que traducir quiere decir llevar de un lugar a otro. Y eso es precisamente lo que desde hace años hace Jorge Ferrer (La Habana, 1967): ha traído a nuestro idioma una parte de la enorme riqueza de la literatura rusa. Esa labor lo ha convertido, junto con la española Marta Rebón, en el mejor traductor que actualmente se dedica a esa especialidad en España. Su actividad profesional le ha ganado un merecido prestigio y le ha reportado además varios reconocimientos. En 2014 obtuvo el premio La Literatura rusa en España, que otorga la Fundación Boris Yeltsin por su versión al castellano de El pasado y las ideas, las monumentales memorias de Alexander Herzen. Acerca de ese trabajo, Ricardo San Vicente, catedrático de literatura rusa de la Universidad de Barcelona, comentó que se trata de “una labor de exégesis y traducción digna de elogio”. Antes, en 2009 y 2012, Ferrer había obtenido sendas menciones en ese mismo premio por sus traducciones de Mijaíl Kuráyev (Ronda nocturna) y Vasili Grossman e Ilyá Ehrenburg (El libro negro). En 2014, formó parte de la lista de nominados al Premio Read Russia, que distingue las mejores traducciones de obras rusas a cualquier lengua.

En el listado de títulos trasladados al español por Ferrer, figuran, aparte de los autores mencionados, Liudmila Petrushévskaya, Nikolai Leskov, Serguei Lukyanenko, Mijaíl Gorbachov, Iulia Latinina, Vasili Rózanov, así como los Premios Nobel Iván Bunin y Svetlana Aleksiévich. En esas traslaciones, Ferrer aplica cumplidamente la idea del lector ejemplar que sostienen Manguel y Larbaud. Su aguda penetración y su colaboración amorosa con los textos dan como resultado unas traducciones en las que consigue el gran mérito de borrar su presencia, de pasar inadvertido. Y sobre todo, al leerlas logran crear la ilusión de que estamos leyendo no una traducción, sino el original.

En las líneas que siguen, Ferrer se refiere a su trabajo como traductor, y responde al cuestionario que le envió este cronista, a través del correo electrónico.

¿Dónde aprendiste ruso? Y a propósito de ese idioma, ¿es tan difícil como parece?

Aprendí las primeras palabras de lengua rusa en el barrio de Los Quemados, en La Habana. Mi padre había sido nombrado para un puesto en Moscú y ante el inminente traslado de la familia trajeron a una preceptora que nos preparara a mamá, mi hermana y a mí para el passage. Esas primeras clases no sirvieron de mucho, como pude comprobar después. Ya en Rusia, entonces aún llamada Unión soviética, cursé el bachillerato e hice estudios universitarios. De la dificultad… Bueno, tanto la gramática como la fonética entrañan un reto importante para quien tiene el español como lengua materna. Pero el esfuerzo de aprenderlo se paga muy bien: el placer de leer en lengua original a Brodsky o a Ajmátova, a Bunin o a Chéjov merece todo el afán.

¿Cómo te iniciaste en la traducción literaria?

Antes de venir a España en 1994, traduje unas cartas de Dostoyevski para la revista literaria El Caimán Barbudo que finalmente no aparecieron publicadas. Años después, ya en Barcelona, después de más de un lustro trabajando como intérprete de ruso para los refugiados que huían del imperio soviético en descomposición, conseguí mis dos primeros encargos de traducción literaria. Una experiencia demoledora: ambos libros tampoco fueron publicados, si bien mis honorarios me fueron abonados debidamente. El primero, una novela de Vladimir Sorokin, por razones que ya no recuerdo; el segundo, un magnífico librito de Vasili Rózanov, porque la editorial quebró antes de que fuera a imprenta, ya revisadas las galeradas. ¡Imagínate mi decepción! Ya podía creer y decir que me dedicaba a la traducción literaria, pero mis traducciones permanecían inéditas.

De los libros que has traducido, ¿cuál o cuáles has disfrutado más traducir?

En los quince años que llevo dedicado a la traducción literaria han salido de mi mesa unos 25 libros. No es mucho, porque trabajo despacio y combino el trabajo de traducción con otros afanes. De esos libros, hay una docena que me alegra enormemente haber traducido. No parece una mala ratio.

Trabajar sobre cada uno de esos libros ha significado una experiencia singular, pero hay algunos que, por razones diversas, me han producido una satisfacción especial. El libro negro (Galaxia Gutenberg, 2011), la voluminosa compilación de los horrores perpetrados por el ejército del Tercer Reich en la Unión Soviética ocupada que hicieron Vasili Grossman e Ilyá Ehrenburg, es uno de ellos. El año que pasé trasegando ese horror día a día fue una experiencia demoledora. Téngase en cuenta que la traducción de cualquier libro, y particularmente los que son de índole histórica o están firmados por autores de una obra importante y ya traducida al español, requieren un trabajo monumental de documentación y lectura, una prolongada y profunda inmersión en el tema y el estilo, en el paisaje cultural e histórico y hasta en la propia vida del autor.
Por otra parte, hay pocos motivos de orgullo mayores para un traductor que traer a su lengua por primera vez a escritores excepcionales, escritores cuya obra venera. En mi obra como traductor hay dos autores así: Mijaíl Kuráyev y Vasili Rózanov. De Kuráyev, escritor petersburgués que vive y goza de muy buena salud, he publicado dos traducciones: Ronda nocturna (Acantilado, 2007) y Petia camino al reino de los cielos (Acantilado, 2008). Otros dos libros suyos, ya traducidos, esperan tomar el camino de la imprenta. El segundo es Vasili Rózanov, escritor, filósofo, pensador asistemático, atrabiliario y amigo del aforismo y la digresión, a quien me gusta considerar el único autor de la literatura clásica rusa que todavía no teníamos en español. ¿Recuerdas que te contaba antes que fracasó mi primer intento de publicarlo, debido a la quiebra de la editorial donde iba a aparecer? Bueno, pues ha sido solo en noviembre pasado que he visto por fin al primer Rózanov en español, primorosamente editado por Acantilado: El apocalipsis de nuestro tiempo (Acantilado, 2017). Un librito absolutamente crucial para entender la revolución rusa desde la óptica de los vencidos, como Kuráyev es un escritor clave para comprender el estalinismo y el mundo soviético, en general.

Al revisar la lista de las obras traducidas por ti, noto la ausencia de libros de poesía. ¿A qué se debe eso?

Aunque soy un lector regular de poesía, sobre todo la escrita en ruso y español, pero también en inglés y francés, no escribo poesía. Por ello tampoco la traduzco, más que muy ocasionalmente y por mera diversión. En mi hilo de Facebook, donde comparto mis lecturas y afanes diversos, publico la traducción de un poema muy de vez en cuando.

¿Cuál es el último libro que has traducido?

Una novela espléndida, que fue una sensación en Rusia cuando se publicó en 2015 y arrasó con los mejores premios literarios allá. Su título, Zuleija abre los ojos. Su autora es Guzel Yájina y la novela fue su desconcertante debut. Narra la historia de una joven tártara, musulmana, deportada a Siberia en los años del estalinismo. Una extraña historia de amor en los años del Gulag. Una mujer en medio del horror, creciéndose, accediendo a una realidad brutal y liberadora a la vez. Me perdonarás, y ojalá también lo hagan los lectores, pero no quiero contar más. Uno suele tener un apego especial a los trabajos más recientes —algo así como el “kilómetro sentimental” llevado al “folio sentimental”—, y más aún cuando acaba de darlos por terminados, pero en este caso no hay una emoción dictada por la inmediatez. ¡Es que es un libro de veras extraordinario! Uno de esos que uno agradecerá siempre haber tenido el privilegio de traducir. Aparecerá en Acantilado en los próximos meses.

¿Has sugerido a las editoriales algunos de los libros que has traducido?

La industria es un ecosistema complejo y los impulsos van en muchas direcciones. Están los editores, los agentes, los autores y los traductores. Y todos intentan llevar el agua a su molino. Los traductores, por nuestra naturaleza autónoma, es decir, externa a las empresas editoriales, proponemos libros y recibimos encargos que aceptamos de mayor o menor grado, o los rechazamos. Hay razones de toda índole para aceptar o rechazar y la económica no es la última. Sería pueril obviar que el negocio editorial es, precisamente, un negocio. O que el trabajo del traductor literario es, precisamente, un trabajo las más de las veces mal remunerado. Por otra parte, como sucede también a los autores, hay proyectos que se reciben por encargo y acaban proporcionando un placer aún mayor que otros nacidos de uno mismo. Comparto un par de ejemplos de mi propia carrera. Las traducciones de El pasado y las ideas, de Alexander Herzen (El Aleph editores, 2013), y de Una familia venida a menos, de Nikolái Leskov (El Aleph editores, 2010), me fueron encargadas por Mario Muchnik. Ambas constituyen dos de los momentos más importantes de mi carrera como traductor. Al primero de esos libros le debo el premio La literatura rusa en España, que me otorgó el Centro del presidente Borís Yeltsin en 2014. Otro tanto sucede con la traducción de El fin del homo sovieticus (Acantilado, 2015), el libro mayúsculo de Svetlana Aleksiévich, que me fue encargado por Jaume Vallcorba. Por cierto, trabajar con hombres como Mario o Vallcorba me ha servido para asistir al amor por los libros en su máxima expresión. No el amor por la literatura, que es expresión común entre la gente que uno frecuenta, sino precisamente el amor por los libros, un precioso objeto que contiene la expresión literaria sujeta entre siglos de oficio, como entre las dos tapas de una edición de lujo.

Hay quienes sostienen que en realidad solo se pueden traducir con éxito aquellos libros que a uno le hubiera gustado escribir. Y que para que una traducción literaria sea inspirada, el traductor debe lograr identificarse con el autor, de modo que el espíritu de este pase a habitarlo. ¿Qué opinas al respecto?

Solo se pueden traducir con éxito (si por éxito entendemos excelencia y brillantez) los libros en los que se trabaja con todo el peso del oficio. Un traductor es un lector minucioso responsable de trasladar a otra lengua el libro que lee. Ha de saber leer y escribir con suficiencia. Ha de ser leal a su oficio: comprender cabalmente lo que lee y traducirlo con fidelidad compartida: la fidelidad que debe al autor y la que debe a los lectores. Y metido en ese juego de fidelidades, el traductor tiene que desaparecer. Su éxito, su excelencia, estriban en su capacidad para tornarse invisible. El lector solo ha de ver al autor. Y, si acaso, al editor que se lo ha traído y dejado a buen precio. Es viejo reclamo del gremio de traductores que nuestros nombres aparezcan en las cubiertas de los libros. Yo siempre digo que cambio mi nombre impreso por un euro más la «holandesa».
Hay salvedades, claro, cuando de la traducción se encarga un gran autor que buscará, en el acto de traducir, explotar las resonancias que tiene la obra traducida en la suya propia, dialogar con el autor. Nabokov traduciendo a Pushkin; Cabrera Infante, a Joyce; Poe, a Baudelaire. O aventuras deliciosas como la traducción del Ferdydurke de Gombrowicz por aquel Comité de traducción que comandaba el gran Virgilio Piñera. Pero el trabajo cotidiano del traductor, el mío, es el martillear afanoso del hombre invisible. No todos los ingenieros acaban pegando saltos en la Luna.

¿Crees que está debidamente reconocido el trabajo de los traductores en España y en el mundo hispano?

El pinkeriano que soy te dirá que es probable que sí. Con las editoriales, va según el editor con el que trabajes: su probidad, su elegancia, su respeto por el trabajo ajeno. Los plazos de entrega o las condiciones económicas de los contratos son términos que a veces se resuelven mejor o peor… La antigüedad y el prestigio suelen conceder alguna ventaja. Pero eso valdrá igual para los traductores y las enfermeras, los ujieres y los sacerdotes. Lo único que nos diferencia claramente a los cuatro es que el oficio de traductor desaparecerá muy pronto, va desapareciendo ya, asumido por máquinas cuya inteligencia artificial volcará de una lengua a otra las novelas y poemas del hoy y el mañana con la misma eficacia y ligereza con que un buen barman nos sirve una copa en la barra. Al barman se le escapan unas gotas a veces, como al bot traductor, al TransBot, se le podrá escapar un matiz. Pero nadie lo echará de menos. ¡También a los humanos se nos escapa a veces algún matiz! ¡Y se les escapa a los traductores! Y también, ay, se me escapan cosas a mí…

Finalmente, quiero preguntarte por tu propia obra. Desde 2001, año en que publicaste Minimal Bildung no has publicado nada más. ¿Es una parcela que has abandonado?

No la he abandonado en modo alguno, aunque crezca la hierba por sus esquinas y se aprecie un charco de agua estancada junto al pozo. Pero continúo labrando esa parcela, empujando el arado, tirando del carro, porque es parcela donde no hay más bestia de carga que uno mismo. Hace unos meses apareció una nueva edición de Minimal Bildung (Bokeh, 2016) y la Maximal Bildung en la que trabajo desde hace años deberá estar lista pronto. Antes, si no lo tuerce mi falta de ambición, aparecerá un libro que recoja estos últimos años de acarreo de la palabra en las redes, desde El Tono de la Voz en adelante.

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Sobre el homo sovieticus de Svetlana Aleksiévich y el poscomunismo en Rusia

- 06/02/16
Categoría: El Timbre de la Voz, Entrevistas, Libros, Literatura, Poscomunismo
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Esta noche estuve conversando con Roge Blasco en el programa La casa de la palabra, de Radio Euskadi, a partir del libro El fin del homo sovieticus, de Svetlana Akleksiévich, que traduje para Acantilado.

Váyase al segmento 20:00 – 35:20 de la pista de audio del programa.

El fin del homo sovieticus, en mi traducción, se puede adquirir en todas las librerías online, además de en librerías en España y el mundo.

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(Audio): Una entrevista a Jorge Ferrer en 1800 Online, Radio Martí

- 10/07/14
Categoría: e-cuba, El Timbre de la Voz, Entrevistas
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Ayer estuve con Lizandra Díaz Blanco y Juan Juan Almeida en su programa 1800 Online de Radio Martí.

Hablamos de este ETDLV y otros muchos asuntos. Va el audio…

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(Fragmento de) Una entrevista sobre el Holocausto, el estalinismo y más

- 17/02/12
Categoría: Entrevistas, Literatura
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El portal Cubaencuentro publica hoy la extensa entrevista que me hizo Alejandro Armengol con motivo de la publicación de El libro negro y más. Hablamos de muchas cosas —el Holocausto, el estalinismo, la censura, Cuba— y allá remito para la lectura de toda la entrevista.

Aquí les anoto apenas unos fragmentos.

Toda la entrevista AQUÍ.

Entrevista a Jorge Ferrer (fragmentos)

(…)

¿Qué nos dice El libro negro que no conociéramos con anterioridad sobre los crímenes de los nazis?

JF: El Holocausto se ha convertido en una suerte de suceso pop desde hace mucho tiempo. Desde los stalag —las novelas pornográficas ambientadas en los campos de concentración que fueron tan populares en el Israel de la década de los sesenta— hasta películas de éxito espectacular como La lista de Schindler o La vida es bella. Theodor Adorno se preguntaba en clave moral por el cómo escribir poesía después de Auschwitz, pero la cultura popular nos sirve ya al Holocausto en píldoras que cada buen vecino puede consumir hoy en el confortable salón de su casa. En Love and Peace, la película “rusa” de Woody Allen, un ruso ultramontano le muestra una foto de un judío vestido de rabioso negro a un niño y cuando este le pregunta si todos los judíos son así de sombríos le replica que no, que los judíos alemanes visten a rayas. ¡A ver quién se resiste a sonreír ante ese gag!

La trivialización del Holocausto nos hace a todos cómplices del horror, pero la ignorancia de la magnitud de ese horror no nos exime de culpa. De ahí que sean tan relevantes los testimonios de la barbarie nuda, por pedirle prestado el adjetivo a Giorgio Agamben. Naturalmente, me felicito que los Diarios de Anna Frank sean lectura escolar en un tercio del mundo o de que Primo Levi haya sido leído por generaciones de lectores, como otros tantos supervivientes del Holocausto, aunque en menor medida, desde Jean Améry hasta Imre Kertész. Pero El libro negro es otra cosa; es, en cierto modo, “la cosa”: centenares de testimonios recogidos allí mismo, en las tierras que padecieron el horror, entre 1943 y 1946, es decir, antes de que dispusiéramos de una narrativa del horror, antes de que tuviéramos una gramática para contarlo o una metafísica para condenarlo. Son los testimonios de gente sencilla o sofisticada que acaba de asistir al horror y lo cuenta como si nadie lo hubiera contado antes, porque nadie lo había hecho. Llevo años leyendo testimonios de los supervivientes y créeme cuando te digo que jamás, ¡jamás!, había enfrentado tal dimensión prístina y originaria del horror.

(…)

Permíteme saltar a otro tema y a otro autor, Leszek Kolakowski. Recuerdo que en una ocasión colocaste en tu blog un ensayo de Kolakowski, Alabanza del exilio, que tiene este párrafo: “Uno se siente tentado a decir que en gran medida fueron los antisemitas (siempre que no utilizaran en el debate argumentos como las cámaras de gas) quienes capacitaron a los judíos para conseguir tantos logros magníficos, y que lo hicieron privándolos del acceso a la seguridad moral e intelectual que ofrece la pertenencia a una tribu —francesa, polaca, rusa o alemana— y abandonándolos a su suerte en la posición privilegiada del outsider”. ¿Compartes ese punto de vista y consideras que se te puede aplicar a ti y a los cubanos exiliados en general?

JF: Por principio, me niego a tratar el tema del Holocausto rebajándolo a cualquier comparación con otras experiencias totalitarias como la cubana, por funesta que sea esta última para nosotros. Hace muchos años un buen amigo me contó una anécdota que nunca me abandona. Paseaba con una joven judía por La Habana y la llevó a la Sinagoga de la calle Línea. Después de la visita, ya en la calle, hablaban de la persecución a los judíos en la Alemania nazi y mi amigo le dijo con esa frivolidad de la que a veces hacemos gala los cubanos: “Sí, igualito nos pasa a los cubanos que no estamos con este gobierno”. Ella le miró a los ojos y le dijo con voz rota, pero firme: “No vuelvas a decir esa tontería jamás. Porque cada vez que la digas habrá miles de personas que dejarán de creer que a ustedes los hostigan”. Conviene recordar esa admonición que fue a la vez protesta y consejo.

Pero tomo nota de tu “saltar a otro tema” y ahí voy, dado el brinco.

Kolakowski apunta, en la cita que anotas, a la adversidad como vía de excelencia. A la desgracia del outsider convertida en suerte del creador. Como exiliados, emigrados o expatriados, según a cada cual le corresponda, los cubanos hemos confrontado la misma dinámica que los otros largos millones de personas que viven en países distintos del que nacieron. La vindicación de una cultura propia y la tentación de asimilarnos han corrido parejas con la voluntad de denuncia de una situación política en la Isla que a muchos nos repugna y el deseo de desgajarse definitivamente de la realidad del país, volverle la espalda, crearnos una vida en la que Cuba sea más una marca blanda que un doloroso estigma.

Siempre he dicho que considero una lástima que algunos cubanos hayan comprado la cultura de la queja para justificar la desazón que produce la huella cultural de nuestro exilio. Sobre todo porque así la demeritan. Ha habido de todo, como de todo hay en todas partes. Pero el exilio cubano puede ufanarse de haber conservado la pluralidad artística y política que define a Cuba tal como yo la entiendo. Toda reducción de Cuba a paisito de mármol me resulta ajena.

(…)

Consideras aún que la Diáspora es algo más que un mero desplazamiento: “es una palabra que alude a un merecido castigo que se debe vivir a un tiempo como realización de un destino, como expiación y como tránsito”. ¿En este sentido cuál es la culpa que estamos expiando los cubanos?

JF: Eso escribí en el ensayo que aporté a aquel libro excelente que fue Cuba y el día después, coordinado por Iván de la Nuez hace ya diez años. Allí intentaba situar el discurso sobre la noción de Diáspora en una perspectiva cubana. Su título, “No se invita particularmente”, procede de la esquela que publicó un diario barcelonés invitando al funeral de José Antonio Saco cuando murió aquí. Lo velaron a unas pocas manzanas de mi apartamento.

La culpa que expiamos los cubanos es la que misma que acecha a todos los hombres que se han visto involucrados en una guerra. La de no haber sabido dotarnos de un marco de convivencia que excluya pogromos y paredones, “actos de repudio” y odios prestados.

Eso sí, y El libro negro enseña muy bien esa feroz distinción, víctimas y victimarios están situados en las aceras opuestas de la calle del dolor: a unos corresponde reparación; a los otros, desprecio.

De contra:

La Agencia EFE me hizo otra entrevista sobre El libro negro que aparece en diversos medios. Por ejemplo, AQUÍ.

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A 30 años del éxodo: el Padre del Mariel

- 06/04/10
Categoría: Entrevistas, Memoria | Etiquetas:
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Por estos días se cumple el XXX Aniversario del asalto a la Embajada del Perú en La Habana y el subsiguiente éxodo del Mariel.

Hace año y medio tuve oportunidad de entrevistar a Héctor Sanyústiz, el hombre que encendió la espoleta de aquel acontecimiento, uno de los más extraordinarios de la resistencia de los cubanos al castrismo. O la renuncia, según se vea.

Publiqué entonces nuestro diálogo en el anterior asiento de ETDLV.

Algunos me han recordado esa entrevista en ocasión del aniversario y otros con quienes la he comentado -aun lectores esporádicos de esta página- me han confesado desconocerla. Año y medio después, incluso a mí me ha dado placer leerla.

La recupero con gusto, pues, tal como la publiqué entonces -introducción incluida.

Sirva para la memoria. La memoria viva del exilio cubano.

Shin-Divider

Conozco a muchos Marielitos. A largas decenas de Marielitos. Y conozco la historia de Mariel, la llevo en la familia, y hasta me he permitido escribir sobre ella alguna que otra vez.

Cuando hace unas semanas me contactó Héctor Sanyústiz, sabía quién era… Bueno, creía que sabía quién era.

Sanyústiz, recordarán los que tengan más memoria, y lo recordarán sobre todo los Marielitos, fue el hombre que comenzó todo aquello. Fue el cubano que aquel 1 de abril de 1980, en torno a las 3:55 p.m., estrelló una guagua contra la Embajada del Perú. Un gesto que desató el viaje a la libertad de tantos cubanos desde el puerto de Mariel. Y, digan lo que digan, para mí es Héctor Sanyústiz el Padre del Mariel. Porque lo fue el guagüero y no el «negociador». Porque no fue quien se sentó a negociar con los Castro quien parió el éxodo de tantos. Fue el hombre que dijo hasta aquí y empuñó un timón que fue un destino.

He hablado largas horas con Héctor estas últimas semanas, hemos intercambiado docenas de e-mails. Hemos compartido historias, hasta nos hemos peleado y reconciliado, hemos chismeado y hecho planes.

Héctor es un tipo como cualquier otro. Un cubano como muchos de ustedes o como yo mismo. Un tipo que se enciende y se relaja, en ese espasmódico vaivén de los afectos que parece marcarnos a los cubanos. Y es también un tipo de una espontaneidad en el trato y la expresión cubanísimos, arcanos. Los de siempre, vaya.

Ambos nos hemos decidido a publicar esta entrevista en El Tono de la Voz. Se la agradezco sobre todo porque es el testimonio de una ruptura con el castrismo que pasó por la violencia y abrió paso a tanta gente hacia el exilio. Resolutiva por partida doble, entonces.

Y se lo agradezco más, porque en una cena el pasado sábado -¡qué cena, L., querida!– dije a cubanos lectores de este blog, cubanos en la treintena y salidos de Cuba en los últimos años, que andaba conversando con Héctor Sanyústiz y, sorprendidos, me preguntaron quién era ese.

Aquí les va, pues.

De común acuerdo, y dado que Héctor prepara un libro que recoge su historia, hemos callado algunos acontecimientos de su vida.

Entrevista a Héctor Sanyústiz

Jorge Ferrer

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Jorge Ferrer: Tú naces en Oriente y te llevan a La Habana de pequeño. ¿Cómo fue tu niñez en la capital?

Héctor Sanyústiz: Yo nací en Oriente. Cuando llegué a La Habana, con apenas 6 años, nunca había visto un juguete. El primero que vi fueron unos patines de ruedas de hierro. Después de verlos y quedar sorprendido, los sentí estrallados en mi cabeza. De ahí en adelante, el guajirito noble y sencillo se convirtió en un volcán en erupción.

Cuando se venía de Oriente a La Habana, en aquellos tiempos tan difíciles, no era muy fácil subsistir. El hambre y la miseria se daban la mano. En San Miguel del Padrón, que fue donde me crié, encontré una fuente de trabajo, un futuro, y por eso no estudié, en contra del deseo de mis padres. Preferí trabajar escondido y fingir que iba a la escuela. Lo que hacía era madrugar y esperar a las prostitutas que regresaban de su trabajo. Les preguntaba en qué podía ayudarlas desinteresadamente, pero sabía que mi ayuda me iba a dejar propinas. Se trataba de hacerles las compras que ellas me ordenaban cuando abría la bodega a las 8 de la mañana, mientras ellas dormían. También ayudaba a personas incapacitadas, que tenían algún dinero. Nunca lo hacía mostrando interés, pero sabía que mi recompensa venía detrás del favor. De igual manera, ayudaba a quien no me diera nada, porque eso me hacía feliz.

Por aquella época también tuve que aprender a defenderme de otros niños que se burlaban de mí y ahí comencé a romper cabezas, dar galletas, patadas por el culo, hasta que encontré el respeto por la fuerza. Los domingos contaba lo que me había ganado en la semana y lo cambiaba en efectivo. Cuando pasaba por donde los demás niños que jugaban, me acercaba a ellos, me metía la mano en el bolsillo y hacía sonar mi dinero, y así les daba a entender que cuando me gritaban esclavo, por estar trabajando y no querer jugar con ellos, esa era mi esclavitud… Y siempre me llevaba a alguien conmigo al cine, a la matiné, como le llamaban. Luego, lo invitaba a la fonda donde un almuerzo costaba 10 centavos y no te lo podías comer de tanta comida que daban. Me preguntaban: «Héctor, ¿qué quieres comer?» Y yo me reía y pedía «Rubia con ojos verdes», harina con aguacate. ¡Cosa más grande tiene la vida, chaguito!

JF: Y un día, llega la revolución…

HS: Yo seguía adelante con mi vida, hasta aquel fin de año de 1959, cuando yo estaba sentado en una esquinita de la sala de mi casa mirando a todos bailar y de pronto se sintió un bullerío afuera, que se oía por encima de la música alta. Todos gritaban. «¡Se fue Batista! ¡Se fue Batista!», pero en ningún momento escuché a nadie decir el nombre de Fidel. Claro, yo era un niño y estaba asustado, y algunos estaban disparando, la gente estaba como loca en la calle. Unos días después aparecieron Camilo y Fidel juntos, y siempre estaban juntos. Camilo hablaba, no me acuerdo de qué pero hablaba. Después hablaba Fidel y así fueron apareciendo poco a poco los tiranos. Hubo unos días de tranquilidad al menos para mí que era un niño y ni sabía qué pasaba ni me interesaba. Yo seguía en mis trabajitos como siempre, pero de alguna manera sentía como algún tipo de terror, hasta que escuché de unos juicios que se celebrarían en la Ciudad deportiva, y hablaban de un tal Sosa Blanco, y la gente jodiendo decía: «¿Qué pasa si Sosa pasa?», y alguien respondía: «Que te quema tu casa». Bueno, yo no miré mucha televisión, pero se hablaba de fusilar mucha gente y eso me hacía sentir mal. Sólo vi una escena donde una mujer reclamaba y decía a uno de los acusados: «¿Te acuerdas de este hierro, cuando me lo metiste por mis partes?» Para mí que la mujer mentía, porque decía que el hierro estaba al rojo vivo y yo pensé que si el hierro hubiera estado hirviendo esa mujer no estaría haciendo el cuento. Yo pensé en mi padre y en algún momento me comparé con el hijo de algunos de aquellos acusados que inevitablemente iban a morir y sentí cierta angustia. Ya los muchachos de mi edad o un poco más mayorcitos sabíamos que había llegado gente con muchas ganas de matar. A medida que fueron pasando los días, las cosas se fueron calmando y los juicios fueron quedando atrás, y yo también fui perdiendo mi temor. Pero un buen día llegó Playa Girón y el pánico regresó. De nuevo volvieron los juicios y los milicianos regresaban con pedazos de los uniformes de camuflaje de los que habían matado o cogido presos. ¡Ustedes no se imaginan lo que pasamos los niños del comienzo de la tiranía actual! ¿Hasta cuándo habrá gente que todavía apoye a estos hijos de perra?

JF: ¿Qué otros recuerdos tienes de aquellos primeros años de revolución?

HS: Tenía un amiguito llamado Mario como mi padre, y sobrino de Orlando, el dueño de la bodega que estaba en la calle 6 al lado de la Quincalla de Felipe en la Calzada de San Miguel del Padrón… Bueno, no sé qué problema tuvo con unos milicianos en el hospital La Balear, pero lo fusilaron. Cumplí 59 años el 27 de septiembre, y créanme que todavía me duele pensar en mi amigo Mario y el padre que le fusilaron. Llévense a la cama este dolor que todavía siento por mi amigo Mario y piensen, como pensé yo, como se sintió Mario el día que dejó de ver a su padre para siempre. ¡Y todavía esa gente esta ahí haciendo daño! Esa revolución se engrandeció con la sangre que los inocentes derramaron y esos hombres que murieron fueron el aviso de lo que le podía suceder a cualquiera que hiciera un comentario de mal gusto para estos terroristas que todavía mantienen el terror vivo en nuestra Cuba.

Un día sale en el periódico que todas las mujeres que ejercían la prostitución tenían que presentarse en el Departamento de Salud pública para un examen médico, para que pudieran continuar ejerciendo la prostitución. Algunas de las prostitutas de las cuales yo me consideraba empleado no fueron y las que fueron las evaluaron. Las que tenían buena apariencia y no estaban enfermas pasaron a ser miembros del Ministerio del Interior. Las otras terminaron en el famoso UMAP. También recogieron a los chulos, los carteristas, los homosexuales, y los Testigos de Jehová. Todo el mundo quedo sorprendido, las madres desesperadas y hubo un gran descontento pero de afuera para dentro, cuidadito con abrir la boca.

Pocos meses más tarde, aparece una gordita llamada Pastorita Núñez, que creo que era la directora de viviendas ocupadas por los terroristas, una bonita estrategia para calmar el descontento, y en su discurso dice que todos los cubanos que pagaran rentas iban a pagar la mitad y al cabo de 10 años iban a ser dueños de esas propiedades. Al otro día, había cientos de camiones repartiendo una chapa metálica donde decía «Esta es tu casa, Fidel». ¡Qué manera más dramática de calmar el dolor de las madres que les llevaron a los hijos al UMAP! Los únicos que no aceptaron esas chapas fueron los Testigos de Jehová. Hasta en mi casa recuerdo haber leído una…

Después apareció en la revista Bohemia un tipo joven con barba, un rosario y una corona de espinas en la cabeza, ¡parecía el mismito Jesucristo! Muchos sabían quién era, pero los niños no lo sabíamos: Era el Difunto Mal Nacido de Fidel Castro… Recuerdo a todas las viejas, entre ellas mi abuela, con su retrato en un cuadro, en la sala.

JF: Cuéntame cómo llegó un tipo que había militado en las Fuerzas Armadas Revolucionarias, las FAR, a decidir que había que entrar en una Embajada. ¿Cómo fue tu paso por el orden castrista?

HS: Yo milité en el Ministerio del Interior cuando casi iba a cumplir los 16 años, involuntariamente… Y después estuve tres años en la Marina de Guerra, trabajando para el mismo Ministerio del Interior, pero terminé como chofér. Nunca les fui útil. Cuando me tenía que comunicar con ellos en los diferentes códigos, porque los cambiaban para cada comunicación, y ejercer mi función de chivatiente, nunca tenía nada que informarles y les decía que todo estaba en orden. Cuando uno de los que en nombre de la Patria chivateaba a alguien, yo llamaba a mi contacto y daba mala evidencia de ese hijito y terminaba en la Siberia. Todo el que me caía mal lo desaparecía, siempre con cosas relacionadas a la ideología comunista.

Mi paso por el orden castrista fue muy malo. En el año 70, me botaron deshonrosamente de la Marina de Guerra y me condenaron a 10 años de cárcel en la Base Naval de Cabañas, en Pinar del Río, por darle un piñazo en la mandíbula a un Primer teniente y por deserción. Por suerte, cuando Raúl Castro se fue a Rusia a pasar la Escuela Superior de Guerra lo sustituyó el comandante Juan Almeida Bosque, y en el mes de noviembre del 70 concedió una amnistía conocida como Ley # 58 para todos los militares presos. No podían acogerse a esa ley los militares que habían matado a alguien, o los condenados por traición a la patria y robos. Después de quedar en libertad me llamaron de regreso y me ofrecieron un trabajo en el Departamento de hidrografía náutica militar, como civil. No lo acepté y ya no tuve que ver con ellos nunca más. A partir de ahí, mi vida se convirtió en un doble infierno y ya más nunca pertenecí a nada que tuviera que ver con ellos.

JF: Y es entonces cuando te vinculas con el transporte, ¿no?

HS: Sí, porque me fui a manejar taxis. En ese tiempo la chivatería era muy grande, pero yo sabía por dónde me paseaba: ellos me habían enseñado. En el Centro # 1 de autos de alquiler, que le daba servicios a la Terminal de ómnibus, todo el que me olía a chiva y se me enfrentaba, le pasaba los puños. Me hice respetar, y mi apellido, que no era muy común en esos tiempos, era como decir peligro. De ahí me botaron también y en el año 74 me fui a manejar ómnibus al Paradero de Lawton. Allí nadie me conocía y opté por mantenerme en paz y tranquilidad. Conocí un buen amigo al que llamaban por el nombrete de Macuto. Su nombre era René Salazar y era secretario de trabajo voluntario del sindicato y aspirante al partido, pero sentí en él una buena energía y de vez en cuando me pedía que le diera una vuelta voluntaria. Nos hicimos amigos y no me estuvo mal, porque no era chiva. Al cabo del tiempo, me propuso que si quería la secretaría de propaganda del sindicato y la acepté. Eso me amparaba de no hacer guardias ni participar en nada con el Cómite de defensa de la revolución, la mayoría eran chivatientes. Lo lindo del caso es que una tarde llego al paradero y me entero de que el compañero René Salazar, aspirante al partido, se había ido del país con otro amigo mío de nombre Giraldo Caballero, y ahí empezaron mis deseos de seguir el camino de aquel ex aspirante al partido comunista. ¡Aquello fue todo un show! Bueno, de ahí en adelante todos los que eran amigos de él quedaron fichados, pero la ficha que me pusieron a mí no fue de importancia… Ya que yo estaba integrado en el sindicato. A los pocos días explota el secretario de la juventud, de apellido Núñez y hermano de un general del Ministerio del Interior, porque lo cogieron abriendo las alcancías de las guaguas. Ahí ya me di cuenta de que los únicos que no comían cuento eran los guagüeros.

Seguí metiéndome en problemas… Con choféres que creían que yo era chiva, y empecé a romper ojos otra vez, pero esa vez me dio tan fuerte que me fajaba a los trompones en cualquier lugar de Lawton. El descontento entre todos era tan grande que ya no se sabía a quién golpear. La represión que había era demasiada. La policía registraba a la gente en la calle, le quitaba las cosas… La gente ya no respetaba a la policía, y aunque nunca se dijo hubo muchos policías muerto o malheridos, al punto que tenían miedo. Fue entonces que empezaron a traer a policías orientales como yo, pero con diferente sentimiento.

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JF: Han pasado más de 28 años desde aquel día en que la guagua impactó contra la verja de la Embajada del Perú. ¿Ha valido la pena?

HS: Claro que valió la pena. Mis acciones hicieron desestabilizar al régimen comunista que nadie quería, pero tampoco desafiaba. A veces recordando ese día sonrío y me pregunto qué estarían tramando esos hijos de puta aquel día, el 1 de abril de 1980. Yo le llame a ese día: «Asalto a la Libertad». Te juro que nunca sentí ni un poquito de miedo al enfrentar aquellas ametralladoras agujereando el autobús. De veras no sé cómo te lo estoy contando… El miedo llego después, cuando a la hora de estar allí sangrando, se apareció Isidoro Malmierca, Ministro de relaciones exteriores, haciendo preguntas que yo contesté de mal humor, hasta hacerlo callar, y decirme: «Mira, firma este documento para que puedas ser atendido en un hospital cubano». Imagínate que el hospital era el Carlos J. Finlay, como sabes un hospital militar. Ahí empezó mi odisea: ofensas, amenazas de que me iban a cortar la pierna donde me había impactado una bala –la otra bala me impactó muy cerca del ano– y me decían que si en realidad me daban asistencia médica, jamás iba a caminar, que ellos se encargarían de eso. Pero dentro de mi miedo oculto, siempre los desafié con humillaciones y les gritaba asesinos, les decía que habían matado a Camilo Cienfuegos, el hombre que el pueblo en realidad quería, y ellos se iban para que yo me callara…

Jorge Ferrer: ¿Cómo sales de Cuba? Tengo entendido que te imponen un pacto de silencio y te vienes a los EE.UU.: ¿te sentías cómodo con él? Continúe leyendo… »

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Entrevista a Rodolfo Nodal Tarafa, presidente de la República de Cuba en el Exilio

- 22/01/10
Categoría: Entrevistas | Etiquetas:
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Estos últimos días me ha llegado una y otra vez la noticia de reunión que propone el autodenominado Gobierno de Cuba en el Exilio en Renaissance Ballrooms, un restaurante de Miami. La reunión se propone reunir por fin al exilio. ¡Dale! Será el próximo 30 de enero.

La noticia viene acompañada de nota escrita por el «Presidente» en términos que reúnen el sentido común ―el más barato de los sentidos― con un «Asere, qué volá» que repugna al «mandatario» y otras perlas que dan testimonio del divorcio entre Gobierno (presunto) y Pueblo (este sí real como los pastelitos de guayaba).

A mí esto, para decirlo con claridad, me parece un almuerzo con plato único, aunque se lo sirva con múltiples mañas: Catibía. Con mojo, grillée, en enchilado, deconstruída a la manera de Ferrán Adrià, hecha de vuelta y vuelta, etc. Pero la catibía, como la mona con la seda, catibía se queda.

Hace un par de años entrevisté a Rodolfo Nodal Tarafa, ese fantasmagórico presidente de Cuba inexistente. Estaba entonces en vísperas de su «investidura» y formando su gabinete de ministros. Sí, sí, no es broma. El gobierno freak de Nodal Tarafa tiene ministros y viceministros a paletadas, aunque carezca de ciudadanos.

La entrevista se publicó originalmente en El Tono de la Voz en marzo de 2008 y se me ocurre que muchos de sus lectores actuales no la conozcan. A modo excepcional, pues, la reproduzco. Va y alguno de mis lectores exiliados no sabe que por tener, hasta gobierno tenemos. ¡De ampanga!

Entrevista al Presidente de la República de Cuba, en vísperas de su investidura

Por Jorge Ferrer

Quejoso de tantos males, el exilio cubano padece también de la patología de la memoria. Una enfermedad que conoce dos terapias extremas: el olvido más radical o la sublimación del pasado.

Hay, por ejemplo, cubanos que reivindican la legitimidad que emanaría de la Constitución de 1940 y actúan en consecuencia. Es el caso del Dr. Rodolfo Nodal Tarafa, quien será investido el próximo sábado Presidente Constitucional de la República de Cuba en ceremonia a celebrarse en Ybor City, referencia martiana obliga.

He querido ofrecer a los lectores de El Tono de la Voz la palabra de quien preside la República según ese rito continuista.

En el trance, me he hablado o escrito con el propio Presidente, el Secretario de la Presidencia y el Ministro de Información. Todos han sido amables y eficaces. He tenido también ocasión de recordar tantos gobiernos en el exilio que poblaron el pasado siglo. Y he ahogado alguna sonrisa. De pronto, alguien que se dedica a urdir ficciones sobre la patria –los lectores de Minimal Bildung saben de qué hablo- se encuentra con narración que lo supera.

Hay algo decididamente freak en todo esto. Pero hay también una voluntad de mantener viva la tradición republicana que constituye curioso y tenaz apéndice a la historia de Cuba y de su exilio.
Creo que una buena disposición para leer la entrevista que sigue es la que me ha animado a hacerla a mí mismo: imaginar países soñados es una buena manera de construir -y conjurar- futuros posibles.

Agradezco al Dr. Nodal Tarafa su disposición a someterse al escrutinio de los lectores de El Tono de la Voz.

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Jorge Ferrer: Supongo sea consciente de que la investidura de un presidente en el exilio a estas alturas provoca en muchos, por lo menos, estupor. La ceremonia del próximo sábado en Ybor City: ¿Un acto lúdico, una representación teatral o se la toma en serio?

Dr. Rodolfo Nodal Tarafa: Para la gran mayoría de exiliados cubanos militantes y enterados, que han respaldado la Constitución de 1940, así como la Coalición que la representa, formada por la casi totalidad de las instituciones representativas de la República democrática, y el gobierno que de ella emana, el acto de proclamación y jura del nuevo presidente constitucional en el exilio no es mas que la continuación y continuidad del proceso de la instauración de ese gobierno que comenzó en 1995 con la proclamación del primer presidente, que fue el magistrado Dr. Morell Romero, q.e.p.d., y que continuó con la proclamación de su substituto legal constitucional, el Dr. Claudio Benedi, quien debió renunciar por motivos de salud el 21 de Diciembre pasado.

De forma que para quien conozca los hechos, este acto no es de ninguna manera un suceso nuevo y aislado, sino que responde a la voluntad cubana de regresar al estado de derecho democrático y ofrecer para ello la legítima alternativa legal que representa un gobierno producto del mandato constitucional, y que garantice los derechos de todos y conduzca el país hacia la legitimidad celebrando elecciones libres para entregar la dirección del estado al gobierno electo a los 24 meses de haberse hecho cargo de la provisionalidad, con la particularidad de que el presidente provisional no puede ser candidato en las elecciones por disposición de la misma Constitución.

JF: La investidura se basa en el Art. 149 de la Constitución de 1940. ¿Qué fundamento de derecho lo habilita concretamente a usted para ser investido según lo que establece dicho artículo?

Dr. NT: El ex-presidente doctor Benedi siguiendo los procedimientos señalados por los artículos 180 y 149 de la Constitución escogió al magistrado que debería ocupar la posición de sucesor a la presidencia de una terna de juristas que le sometió el Consejo Asesor Jurídico de la Coalición Constitucional. La persona seleccionada a principios de 2007 fue el que subscribe y por ello se produjo la substitución constitucional automática a la renuncia del presidente anterior.

JF: La mayoría de los «gobiernos en el exilio» que conoció el s. XX se dedicaron fundamentalmente a denunciar a los gobiernos establecidos en sus países de origen y a trazar planes de recuperación del poder. Otros trabajaron en el diseño de planes de reconstrucción democrática imaginando el retorno. ¿En qué perspectiva se sitúa Coalición Constitucional?

Dr. NT: El equipo de gobierno que presidimos, formado por cubanos de destacada trayectoria de militancia patriótica, calibre intelectual y experiencia profesional, se proyecta en ambas direcciones: hacer conocer al mundo la verdadera situación del pueblo cubano bajo la gastada tiranía, y a la vez fomentar el cambio hacia la democracia legítima y el estado de derecho en Cuba mediante la presión de la acción de rebeldía popular y el reconocimiento y respaldo de gobiernos e importantes instituciones democráticas del mundo, especialmente del mundo occidental. En este sentido, se adelantan gestiones ya con resultados positivos, que esperamos muy pronto habrán de conocerse públicamente, y que están dirigidas también a hacer saber a los militantes de intramuros del respaldo con que contarán al producirse el cambio a través de su gobierno constitucional.

JF: ¿En qué medida representará su gobierno al exilio cubano?

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