El compañero que me atiende: autoritarismo, memoria y distopía

- 25/10/17
Categoría: Letra impresa, Libros, Literatura, Memoria, Poscastrismo | Etiquetas: , , ,
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Se ha publicado estos días la antología El compañero que me atiende (Editorial Hypermedia, Madrid, 2017), una idea de Enrique del Risco.

Siendo un tema goloso el de la relación entre la policía política y los intelectuales bajo un régimen autoritario (el título es la fórmula con que en Cuba se nombra al agente de la policía política encargado del seguimiento personal de un disidente o intelectual de interés), acepté enseguida la invitación del editor. Escribí este cuento, que me divirtió bastante y me ha gustado releer ahora. En él ubico la pregunta por la memoria del castrismo en un futuro no tan distante. En una organizada distopía poscastrista.

El libro incluye textos publicados anteriormente, seleccionados por Del Risco de libros publicados en Cuba o fuera de ella en distintas décadas, y otros que fueron escritos para la ocasión. He visto hoy unos pocos y me han parecido de notable interés.

El compañero que me atiende está a la venta en Amazon.com, Amazon.es y demás librerías digitales o abiertas en las calles del mundo.

 

 

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El apocalipsis de nuestro tiempo, por fin en español

- 23/10/17
Categoría: Letra impresa, Libros, Literatura, Rusia, Traducciones
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Vasili Rózanov es, sin dudas, uno de los escritores rusos más auténticos y singulares. Una condición difícil de ostentar cuando se forma parte de un corpus literario mayúsculo, tal vez el mayor que conoce la literatura universal.

Y aun así, Rózanov permanecía inédito en español. Durante años intenté corregir esa incomprensible falta y en una ocasión rocé el éxito. Solo ahora, y gracias al editor Jaume Vallcorba, de feliz memoria, quien conocía y apreciaba la obra de Rózanov, aparece por fin un libro suyo en español, uno de los que prefiero.

El Apocalipsis de nuestro tiempo es el libro de un hombre vencido que atisba ya la inminencia de una muerte, la propia, que avanza a la par que la de Rusia, el imperio muerto a manos de la Revolución. Junto a los diarios de Iván Bunin y Zinaida Hippius escritos en los mismos años, este opúsculo de Rózanov muestra con una claridad rotunda y desoladora el final de un mundo y el nacimiento de una tragedia. La que conduciría al horror del estalinismo y a la crisis de la cultura rusa, acaso aun no superada.

Deberían leer este libro los interesados en las revoluciones y en la religión, en la literatura y la historia, en la búsqueda de un estilo literario y el pesimismo radical, en el pensamiento reaccionario, la intolerancia  y la desesperanza.

Comparto con ustedes este fragmento, a modo de botón de muestra.

El Apocalipsis de nuestro tiempo de Vasili Rózanov está a la venta en Amazon.com, Amazon.es y demás librerías online o en las calles del mundo.

¿Cuál es la razón última de la imposibilidad de organizar pogromos contra los judíos?

 

Fragmento de Vasili Rózanov, El Apocalipsis de nuestro tiempo (traducción de Jorge Ferrer), Acantilado, Barcelona, 2017

La posición de los judíos en nuestra revolución resulta enormemente «ambigua». Como ambiguo y confuso es el papel de los judíos en todos los rincones de la civilización europea. Pero dejemos a Europa a un lado. Lo que nos importa es lo que nos está sucediendo a «nosotros». Repárese en el temblor que los judíos experimentan ante la revolución. No se la toman demasiado en serio ni le hacen ascos, pero tiemblan. Por lo tanto, saben que nada bueno promete para sus «negocios». De hecho, promete muy malos augurios. ¿Cómo explicar el miedo que experimentan? Hace poco le eché un vistazo a una revista ilustrada donde aparecía un retrato de Najamkis y al comparar su rostro con la repugnante faz de Lenin me dije: «¡Vaya empaque que muestra!» (Me gustaría encontrármelo un día y verlo al natural.)

Sin dudas, su arenga contra el Gran Duque Mijaíl Alexándrovich fue insolente. Pero ya se sabe que los judíos son siempre insolentes. En Europa, por ejemplo, se muestran incapaces de hablar como lo hacen los europeos, es decir, halagando, insinuando, disimulando; en definitiva, no son nada corteses. En cambio, hablan a gritos, como en Asia; ya se sabe que tanto la grosería como la insolencia están grabadas en la esencia misma de los asiáticos. Son profetas vocingleros, como los definí ya alguna vez. Montan encendidas peroratas en los mercados para vender un mísero pollo. «Te doy un efa de esto por un efa de lo otro», «¿por qué no te llevas un efa entero?», «¿qué pasa con esta balanza que no es justa?» (A Isaías o tal vez a algún otro lo timaron así un día.) Con todo, es evidente que acabó «postrándose» ante el soberano con tal de convertirse en un «Steklov». Pero jamás mintió. Lo que sucedió fue que, como el Najamkis que era, «pegó un puntapié» al gran duque Mijaíl Alexándrovich y contra todo el que pudo… Odiaba la Rusia vetusta, la Rusia «dura y reseca».

Los judíos. Detesto su vínculo con la revolución, aunque, por otra parte, se trata de un vínculo positivo, porque esa relación de los judíos con la revolución y el hecho de que estén fagocitándola harán que esta se destiña, acabe en una sucesión de pogromos y la revolución se diluya en la nada. Resulta demasiado evidente que «ni los soldados ni los campesinos rusos se avendrán a servir a los judíos»… Quiero subrayar el hecho igualmente evidente de que si la generalidad de los magnates del judaísmo tiene el propósito «de gobernar la Rusia futura» se encontrarán siempre a mucho judío pobretón que no cederá en resistencia a los (idealizados) campesinos rusos, a los artesanos y a los huérfanos (igualmente idealizados). Los judíos son sentimentalistas, más bien tontorrones y gustan de la exageración. El típico campesino ruso simplón los supera siempre en fiereza y desvergüenza. Sobre todo en desvergüenza. «Todavía no nos hemos aclarado muy bien aquí con los judíos.» El judío es el hombre más cultivado de una Europa que es vulgar, sosa e incapaz de superar la noción de socialismo cuando se trata de pensar en «la humanidad». El judío, en cambio, ha conocido los suspiros de Jahvé, las cancioncillas de Ruth, los cánticos de Débora y la hermana de Moisés:

—Te has precipitado en el mar, oh, Faraón. Y tus caballos se han ahogado. Ya lo ves, Faraón: no eres nadie tú.

Los judíos son el pueblo más refinado de Europa. Tan solo la estupidez y la ingenuidad les hicieron descender hasta el fondo plano de la revolución, cuando su lugar está en otra parte bien distinta: al pie de las grandes potencias (es así que se comportan los viejos judíos auténticos, quienes al declarar «somos tus esclavos» con nobleza muestran respeto por todo aquello que es verdaderamente grande. «Engrandece mi alma al Señor»: he ahí una idea siempre presente entre los judíos que muestra su permanente respeto a todo lo que es grande y noble en su historia). Oh, tengo la certeza de que también Najamkis habría convenido conmigo en esto. Pero la no-«grandeza» pudo más en él y se apartó, rencoroso como un judío, para sumarse a «la bohemia». «¡A por todas con la revolución!» «¡Lo demás no importa!» He ahí al judío; al pequeño judío y su impaciencia.

Examinemos de cerca a uno de estos pequeños judíos. La de burlas que tiene que aguantar. Pero él continúa aferrado a su címbalo. ¡Cuánta mofa, cuántas anécdotas picantes corren sobre él! Y él no deja de mirar a los rusos a los ojos y cantarles sus canciones en jerga: cancioncillas de la región del Dniepr, de Ucrania, de Podolia, de la Volinia, del Cáucaso y puede que hasta alguna de Siria y Palestina o de Babilonia y la China (¡¡¡he oído decir que hay judíos chinos que gastan trenzas!!!) Judíos hay por doquier: el «judío errante», ya se sabe. Pero no creáis que tal desparrame esté relacionado con la práctica de sus «negocios»: —Dios nos privó de nuestra tierra por nuestros pecados y desde entonces erramos por el mundo —se lee en nuestra Crónica.

Y a todos lados llevan su noble y sagrada idea del «pecado» (yo lloro) sin la que no hay religión que valga y la humanidad acabaría destrozada (por la justicia celestial), si no hubiera aprendido «de los propios judíos» a tremolar y a orar por la remisión de sus pecados. Fueron ellos, ellos, ellos, quienes nos legaron esa idea. Fueron ellos quienes les secaron los mocos a aquella civilización europea tan pagada de sí misma y le puso en las manos un libro de plegarias: «Toma, tonto, reza». Les dieron los salmos. Y una Virgen Admirable, ella también judía. ¿Qué seríamos los europeos, cuán salvajes no seríamos, de no ser por los judíos? Pero ellos acudieron a pasear sus tristes canciones entre nosotros mirándonos de frente (con esos ojos permanentemente tristes que tienen). En una ocasión le escuché a una judía cantar esto (y lloré en silencio sentado en el puente del barco en que navegábamos): «Cómprame quince kopeks de ácido acético para bebérmelo y morir, porque él ha traicionado nuestro amor». Cantaba una niña judía de unos catorce años; su hermano, de unos doce, la acompañaba al violín. Estaba impertérrita la pequeña judía. ¡Vaya si lo estaba! Mi alma se echó a llorar. Pensé en la manera honrada en que se ganaban unos cuartos con que pagarse el viaje. Los pobres rusos, en cambio, siempre viajan de balde, es decir, a costa del Estado, o escondidos bajo los bancos, igualmente gratis.

Cantaban como Débora, tan bien como ella. ¿Por qué lo iba a hacer peor? Como en «Los ríos de Babilonia»: «Oh, arrojaremos a tus hijos contra las piedras, hija de Babilonia». Ahí se anuncia ya Najamkis, quien reclamó a gritos: «¿Por qué se me priva del derecho a apellidarse Steklov, de convertirme en el noble ciudadano ruso Steklov?» Y entonces la tomó con toda furia contra Mijaíl Alexándrovich, con el mismo ímpetu con que aquellas mujeres judías querían (y apenas querían y así lo proclamaban en jerga babilonia) «tomar y estrellar a los niños contra las peñas de Babilonia».

Es la cólera. Es el furor. Precisamente esa cólera, ese furor, mantienen con vida a los judíos; les impiden morir. Los judíos no mueren de tan ardientes que son.

¡Sé ardiente, judío! ¡Muestra tu furor! Oh, actúa como Rózanov, es decir, sin dormirte ni un instante en los laurales, sin enfriarte jamás. Si te amodorras, el mundo fenecerá. El mundo está vivo y despierto mientras hay un judío que «tiene puestos en Él sus atentos ojos». «¿A cuánto sale hoy la avena?» Ocúpate del comercio, judío, ¡comercia!, pero jamás se te ocurra ofender a los rusos. No los ofendas, querido. Tienes talento para el comercio y hasta eres genial practicándolo (el peso de los siglos, el nexo con los fenicios). Déjanos también a los rusos meter baza, haznos sitio al menos en «el comercio de especialidades farmacológicas», en las boticas, enséñanos a organizar «sindicatos», y, anda, permítenos participar de tu negocio aunque sea en un siete o un ocho por ciento, quedándote tú con el cien. Los rusos tendrán que aceptarlo, porque bien es sabido que carecen de inventiva. Dale a los judíos, dale a los judíos: ellos son los creadores, ellos lo han inventado, sí. Pero después dale algo también al ruso. ¡Por Dios!: al ruso que vive en la miseria.

Mas basta ya de toda esta «suma menesterosa», de esta indigencia cristiana que no hace más que mostrar cómo asoman tantos ojillos llenos de envidia. Dejémoslo, de veras. Y volvamos a las tristes canciones de Israel.

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Siberia y el Baikal: Noticias del pozo del mundo

- 10/02/17
Categoría: Letra impresa, Poscomunismo, Rusia, Viajes | Etiquetas: , , , ,
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Revista Osaca Reportaje Siberia Baikal

Reportaje aparecido en la revista OSACA, Número 360, Enero de 2017

Noticias del pozo del mundo

Por Jorge Ferrer

 

Es una extensión inconcebible de agua. Forma parte del capítulo de accidentes geográficos increíbles, de las maravillas naturales del mundo, de los espectáculos de la naturaleza que, una vez vistos, no olvidarás jamás. Nada te prepara para enfrentarte al lago Baikal. A su antigüedad de veinticinco millones de años. Y lo que más te confunde es la propia denominación de lago, desbordada enseguida por esa masa de agua a la que te asomas: un mar de agua dulce. Cuando navegas sobre el Baikal, te sobrecoge la idea de que estás flotando sobre más de un kilómetro de agua que beber. Concretamente, el 20% del agua potable no congelada del planeta. El Baikal es un inmenso brazo de agua que se extiende en vertical por la Siberia oriental a lo largo de 636 km de largo y una anchura máxima de 79 km. En total son 2.100 km de costa repartidos, casi a partes iguales, entre dos regiones de la Federación rusa: la región de Irkutsk y la República de Buriatia. La mayoría de los viajeros que se acercan al Baikal lo hacen por su lado occidental, viajando a Irkutsk. Muchos aprovechan el ferrocarril Transiberiano, toda una leyenda. Pero hacerlo por la parte de levante resulta una aventura extraordinaria, porque la región de Buriatia es, además, uno de los centros espirituales del budismo en Rusia y patria involuntaria de los viejos creyentes, la secta deportada a Siberia tras el cisma que padeció la iglesia rusa en el siglo XVII. Visitar a unos y otros constituye una excelente gimnasia espiritual que prepara muy bien para el encuentro con el Baikal, esa suerte de pozo del mundo.

 

El viaje

De Madrid o Barcelona se vuela a Ulán-Udé a través de Moscú. Aeroflot, la principal aerolínea rusa, ofrece numerosos vuelos entre España y la capital rusa. Es viaje largo –algo más de diez horas en dos tramos– que nos situará a una distancia mayor que si nos hubiéramos ido al Caribe, por ejemplo. Habremos cruzado el mismo número de husos horarios, seis, aunque en dirección opuesta. Por eso es buena idea hacer noche en Moscú. Una visita a la Plaza roja y al Kremlin resulta un espléndido aperitivo antes de seguir viaje a Siberia.

El aeropuerto de Ulán-Udé, capital de la República de Buriatia, parece sacado de una película de espías de los setenta. Otrora una etapa significativa en las rutas de la seda y del té, los lugareños se vanaglorian todavía del número de millonarios que acogía la comarca durante ciertas décadas del s. XIX. No obstante, quedan pocas huellas de esas glorias de antaño en una ciudad cuya plaza central está ocupada por una cabezota de Lenin que con sus siete metros de altura tiene asiento en el Libro Guinness de los récords. Detrás de ella se sitúa el edificio que alberga el ayuntamiento de la ciudad y el gobierno de la República de Buriatia. El parlamento regional ocupa otro bloque a la derecha y entre ambos, separándolos o uniéndolos, según se mire, el inmenso edificio que acogió la sede local del KGB en tiempos soviéticos. Las ciudades de provincias son transparentes como las aguas de los 336 afluentes que alimentan el Baikal.

Dmitri Frolov, guía oficial de Ulán-Udé, un tipo nervioso y tierno que pone su corazón en la descripción de la ciudad que adora, carga con un bolso que parece contener todo el pasado de la urbe, sus edificios y sus leyendas, en viejas fotografías. Cuenta, por ejemplo, que cuando se construyó el Teatro de la ópera, el único de su tipo en esas latitudes, pintaron un retrato de Stalin en el techo. Corrían entonces los años de posguerra y el Amo, como llamaban a Stalin sus subalternos, era tenido por salvador de la Patria. Pero pronto llegaron las denuncias de los horrores del estalinismo, de los que tanto se sabía en Siberia, y el retrato fue ocultado debajo de una capa de pintura. No obstante,  dicen que todavía hoy quienes asisten a la ópera descubren el rostro de Stalin escrutando la platea, si se dan ciertas condiciones de iluminación en la sala.

Ulán-Udé, con su discreto encanto provinciano, su calle peatonal llena de paseantes que aprovechan los primeros días del otoño, su simpático monumento de Chéjov, a quien tenían allá por un excéntrico, su inevitable hombre del acordeón que entretiene a los forasteros con música alegre y maneras sobreactuadas a cambio de unas monedas, resulta un magnífico trampolín desde el que proyectarse a los paisajes extraordinarios de Buriatia, en los confines de Rusia.

 

El Datsán de Ivolguinsk

A apenas 40 km de Ulán-Udé, en el fondo de un hermoso valle rodeado de montañas, se encuentra el Datsán de Ivolguinsk, el más importante del centenar de monasterios budistas con que cuenta Rusia, su centro espiritual. El budismo llegó al imperio ruso desde el Tíbet, a través de Mongolia, en el s. XVII. Inicialmente tolerado en la Rusia zarista, y hasta favorecido por el zar Nicolás II, quien invitó al Hambo Lama a la celebración del tricentenario de la dinastía de los Romanov en 1913, la práctica del budismo fue perseguida durante los años soviéticos y ha vivido un saludable resurgimiento en la Rusia poscomunista. Ello es perfectamente apreciable en el magnífico estado de los templos y el creciente número de peregrinos que visitan los lugares sagrados. Actualmente, el número de creyentes budistas en Rusia se calcula en unos 200.000.

Levantado en 1945 por lamas que sobrevivieron al Gulag, el Datsán de Ivolguinsk es un impresionante conjunto arquitectónico que reúne diversos templos, la universidad budista, edificios para el alojamiento de alumnos y profesores, un anfiteatro, un museo de arte buriatio y una biblioteca. Traspasadas las puertas del complejo, el visitante es invitado a rodearlo avanzando por la izquierda, como manda la tradición, haciendo rodar los molinos de oración que contienen el mantra Om mane padme un, el mismo que se puede leer en las colinas a lo largo de la carretera que conduce a Ivolguinsk. Deambular por el monasterio, cruzándose a cada paso con las figuras esbeltas y silenciosas de los monjes absortos en sus faenas, entregarse a la serena monotonía del lugar, genera esa suerte de paz interior que solo se alcanza en los lugares santos.

El Datsán de Ivolguinsk es un lugar de peregrinaje al encuentro del Hambo Lama Itiguilov, una influyente figura del budismo ruso en el primer cuarto del siglo XX. Enterrado en 1927, el cuerpo de Itiguilov fue exhumado tres veces, la última en 2002. El estado de conservación de su cuerpo, que no fue sometido a proceso de momificación alguno, sorprende a los científicos forenses y admira a los fieles que viajan a verlo desde todo el mundo. Sentado en la posición de loto dentro de una urna de cristal y carpintería de aluminio ubicada en el templo principal del conjunto, Itiguilov produce una impresión a la vez incómoda y sublime. El aserto de los creyentes de que se trata del único hombre que ha superado la muerte y que, por lo tanto, lo vemos aún vivo, en estado de nirvana, genera un intenso desasosiego. Al visitante se lo anima a pedirle lo que se le antoje, en cualquier idioma y sea cual sea su credo. Yo pedí algo que no revelaré aquí por su carácter íntimo. Un zumbido del teléfono me avisó de la llegada de un mensaje en el instante mismo en que le hablaba al santo. Al salir del templo, tenía el aviso de un descuento en la óptica que frecuento, que no es un mal asunto para empezar.

 

Los viejos creyentes

Siberia es en nuestro imaginario sinónimo de deportación y exilio. ¡No nos lo hemos inventado! Durante siglos, zares y chekistas enviaron allá a padecer el crudo clima de Siberia, la terrible soledad de Siberia, a millones de disconformes y disidentes. Buena parte de los decembristas, el grupo de jóvenes militares salidos de la aristocracia que se levantaron contra Nicolás I en 1825, fueron a dar con sus huesos a Buriatia, donde se los reverencia. La entrega que mostraron sus esposas, acompañándolos, mientras dejaban atrás las mieles de San Petersburgo, es tenida en Rusia como ejemplo de amor sublime y ha sido cantada por sus poetas.

Antes aún, Siberia fue incómodo puerto de destino para los viejos creyentes, que es como se conoce a quienes rechazaron la reforma eclesiástica promovida por el Patriarca Nikón y abandonaron la iglesia ortodoxa rusa en 1666. Gentes de una rara autenticidad, los raskólniki, como también se les llama, han cultivado la fe y las costumbres de sus ancestros, acarreándolas de generación en generación, hasta hoy. En Tarbagatai, un pueblo ubicado a cincuenta kilómetros de Ulán-Udé, se puede visitar una iglesia de esa congregación donde el padre Serguii o su corpulento ayudante narran con notas no exentas de humor la trágica historia de los viejos creyentes y explican sus costumbres ayudados por un museo que el propio Serguii se ha ocupado de reunir a lo largo de los años. El orgullo de haber perseverado en la fe  de los antiguos, de haberle ganado sendas batallas al zarismo y al régimen soviético, convierten en una historia de éxito lo que uno habría percibido como un relato de horror y desesperación.

Saciada la curiosidad del visitante, pero abierto su apetito, a unos pocos kilómetros espera la aldea Desiátnikovo, que forma parte de la red «Los pueblos más bonitos de Rusia», entidad asociada a otra red de escala mundial a la que también está integrada España. Allí unas divertidas ancianas sirven comidas tradicionales y, tras los postres y la copita de aguardiente, ofrecen un espectáculo musical que concluye con la escenificación de una boda según el rito conservado a lo largo de los siglos. Por cierto, aviso que la ceremonia incluye negociar jocosamente el precio de la dote y pagarlo en rublos contantes y sonantes. Y doy fe de que no permiten escurrir el bulto al novio elegido para la representación.

 

Jorge Ferrer Baikal Siberia Rusia

 

El Baikal

Zandra Zandaguiev, el ministro de economía de Buriatia, es un hombre de hablar pausado, pero firme, que más parece un académico que un político. El desarrollo del turismo en la costa del Baikal se ha convertido en una prioridad del gobierno ruso y el ministro regional habla con entusiasmo de inversiones y hoteles. También de la preservación del entorno natural del lago, cuyo complejo equilibrio ecológico se ha visto amenazado en ocasiones. En el lado buriatio, el gobierno ruso estableció cinco zonas económicas especiales que cuentan con una millonaria inversión del presupuesto federal. Una de ellas, El puerto del Baikal, a poco más de un centenar de kilómetros de Ulán-Udé, ya permite apreciar el resultado de la inversión: potente infraestructura, un paseo marítimo, una marina y un faro. Ahora se trabaja con inversores privados para la construcción de sendos hoteles y chalés de dos clases, una de ellas de gran lujo.

Ese es el futuro del turismo en el Baikal buriatio. Pero el presente ya cuenta centenares de miles de visitantes que se alojan en establecimientos diversos, incluidas casas particulares que se han sumado a la oferta. En todos, reina la célebre hospitalidad rusa, más generosa aún en la remota Siberia, donde la llegada de un viajero fue siempre una fiesta. Tradicionalmente, los meses de verano, de junio a agosto, han congregado la mayor cantidad de visitantes y el funcionamiento óptimo de toda la oferta de ocio: festivales, viajes en barco por el lago, práctica de la pesca deportiva, observación de animales (aves, focas, osos) y los baños de mar en algunas playas donde la temperatura del agua alcanza los 25 grados y la arena es tan fina y blanca como en una playa de California. Pero el encanto invernal del lago, el extraordinario paisaje de su superficie helada, concita cada vez mayor entusiasmo entre amantes de actividades deportivas de riesgo o, simplemente, de experiencias deportivas singulares. Cobra cada vez mayor celebridad el Maratón de hielo del Baikal, cuya próxima edición tendrá lugar el 7 de marzo de 2017, y donde ya se han visto corredores españoles.

Un buen destino es el complejo Baikálskaya Riviera, tal vez el mejor alojamiento en esa parte del lago, una serie de chalés de olorosa madera de pino, habilitados con todas las comodidades, incluida una sauna rusa tradicional. Su directora, la encantadora Marina Zapolskaya, siberiana de pura cepa, es una enciclopedia de las costumbres de la región y el Baikal, su peculiar fauna conformada por un 80% de especies endémicas. Marina habla con ardor de la mística que rodea al lago, de la manera en que le cambia la vida a todo el que se entrega a su embrujo. Es habitual terminar las noches en el complejo, ubicado junto al lago, en torno a una hoguera donde se asa en espetones el ómul, un salmónido que constituye el eje vertebral de la gastronomía del lugar, y se escucha ulular el viento, tal vez el temido barguzín, mientras alguien rasga las cuerdas de una guitarra.

Siberia es un espacio inmenso donde conviven, como en un planeta distinto, como en una luna a la que nos diéramos un salto en avión, una naturaleza absolutamente impresionante, una historia que junta el dolor de los deportados con el afán de los buscadores de oro, la perseverancia en la fe de los antiguos que muestran los viejos creyentes y los budistas con la realidad cotidiana de gente hospitalaria, entrañable. Y el Baikal. Ese alucinante pozo del mundo.

 

 

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‘Mapa dibujado por un espía’: Un Cabrera Infante en crudo

- 29/11/13
Categoría: Letra impresa, Libros, Literatura
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Un Infante en crudo

Por Jorge Ferrer

Las publicaciones póstumas de un autor sirven, fundamentalmente, para alimentar por igual a sus lectores devotos y a los académicos. Al cierre de una obra por circunstancia tan rotunda como la muerte se añaden esas adherencias póstumas que rara vez consiguen modificar el corpus ya concluso, salvo excepciones: libros mayúsculos secuestrados por la censura, manuscritos extraviados o engavetados u otros accidentes en el camino que llevan unas páginas a la disciplina de la letra de imprenta. Vasili Grossman o Roberto Bolaño, en claves distintas, son dos de esas excepciones.

Estos días ha llegado a mi mesa ‘Mapa dibujado por un espía’, la tercera entrega de la edición de los libros póstumos de Guillermo Cabrera Infante que emprendió Galaxia Gutenberg en 2008.

‘Mapa’ no es un libro acabado, pero es uno que cuenta una historia. Una buena historia, aunque no sea una historia buena. Un diplomático cubano regresa a La Habana a enterrar a su madre a mediados del año 1965. La suerte de Cuba ha dado un vuelco seis años y medio antes. La visita, que imaginaba episodio de unos pocos días antes de regresar a retomar sus funciones, se alarga cuatro meses en los que se ve despojado de su dignidad diplomática y asiste al desmoronamiento de la ciudad que conocía, al envilecimiento de sus habitantes, al trabajo minucioso de los siniestros muñidores de un estado totalitario. Nuestro diplomático, que fue antes director de la más entusiasta de las publicaciones culturales “revolucionarias”, vive esos meses en La Habana en ascuas. El paraíso de antaño se ha convertido en un infierno por venir. Sus amigos homosexuales son los primeros en padecerlo; él mismo se vio obligado a abandonar su carrera de activista cultural en favor de un exilio dorado en la cancillería cubana en Bruselas. Comprende que tiene que escapar de allí a toda costa y el libro es hoja de ruta in progress de quien busca la puerta de salida. Pero, ay, una joven de piel dorada y labios disparejos lo enamora. Un tercio del libro narra ese enamoramiento que transcurre en paisaje sórdido. Conocemos el final desde el principio, porque el autor tiene biografía que nos es más próxima que cualquiera otra del exilio cubano: Cabrera Infante escapará de la tiranía y de la muchacha que encontró allí por azar.

‘Mapa dibujado por un espía’ no habría sido una novela menor en la obra de GCI. De hecho, pudo haber sido la ‘novela de la revolución’ que nunca escribió, centrada como estuvo su obra en La Habana prerrevolucionaria que convirtió en un monumento a la vida y la lengua. De haber llevado a término lo que este manuscrito esboza en clave notarial, ¿quién sabe qué efecto habría producido ‘Mapa’ en el eje de su obra? Sin dudas, se habría insertado en la serie de novelas del desencanto del comunismo, junto a Koestler, Milosz, Orwell, Gide…, una serie de ‘renegados’ que él mismo recorre en el que acaso sea el más importante de todos los textos que dedicó al afán totalitario en la Cuba castrista: sus respuestas a la entrevista que le hiciera Tomás Eloy Martínez para Primera Plana que significaron su ruptura pública con el régimen cubano.

Aquel “Yo acuso”, escrito y publicado en 1968, tres años después de su último paso por La Habana, contiene los mimbres del ‘Mapa’ en magnífica y demoledora síntesis. Todos ellos, menos los secretos de alcoba, y este manuscrito publicado ahora parece una nota al pie de él. Nota notable, no obstante. Pero nota que no impide que uno lea este manuscrito más con la sensación de pérdida que con la de ganancia.

Su lectura nos aboca a pregunta insoslayable, al por qué Cabrera Infante no acabó de dibujar este ‘Mapa’ e insertarlo en el catálogo cartográfico de Cuba que es toda su obra. Su condición póstuma nos obliga a dejar esa feroz incógnita en vilo, mientras paseamos los ojos, igualmente en vilo, por este ‘mapa’ de la desazón y la renuncia.

La columna ‘Un Infante en crudo’ aparece publicada en la edición de hoy del diario El Nuevo Herald.

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De Cataluña y la secesión

- 12/09/13
Categoría: En El Nuevo Herald, Letra impresa
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España y Cataluña: senderos que (a ratos) se bifurcan
Por Jorge Ferrer

Por la llamada “zona alta” de Barcelona, cruzando sinuosa el elegante barrio de San Gervasio, transcurre una calle inscrita en el nomenclátor de la ciudad con el nombre de Vía Augusta. No me consta que alguien haya disputado esa inscripción, como sí le sucede a la Ronda del General Mitre con la que esta se cruza dibujando una descoyuntada equis, y que aparece denunciada en minoritarios foros del secesionismo catalán por llevar nombre de argentino en lugar de rememorar las glorias de algún prócer local.

La Vía Augusta, prolongación en la península ibérica de la Vía Domitia, fue construida por los romanos antes de que Cristo partiera en dos la historia de Occidente y unía La Junquera, al norte de Cataluña, con dos de las hoy capitales provinciales catalanas, Gerona y Tarragona, para continuar hasta la hermosa y otrora pujante Cádiz, o “Cai”, si la prefieren cantada por Niña Pastori en delicioso dialecto andaluz. Todavía hoy importantes carreteras españolas y la Autopista del Mediterráneo siguen su trazado.

Muy distinta fue la inspiración de la “Vía Catalana” que ayer sacó a la calle en esta comunidad autónoma española a cientos de miles de ciudadanos para formar una “cadena humana” en favor de la secesión. El gesto carece de originalidad, aunque tal vez no de consecuencias: se trata de una emulación de la Vía Báltica, la “cadena humana” que recorrió los países bálticos en agosto de 1989 reclamando, ellos sí con razón, la independencia. Lituania, Letonia y Estonia habían sido anexionados a la URSS mediante el tristemente célebre pacto entre los soviéticos y los alemanes que antecedió a la guerra. Pocas décadas más tarde y adelantándose a la inminente desaparición de la URSS, esos tres países reclamaban soberanía e independencia. ¿Acaso hay alguna semejanza entre la situación de la Cataluña española y la de los países bálticos arrojados en brazos del totalitarismo soviético por la Alemania de Hitler? La respuesta correcta es que no.

Larga es la historia común de Europa y de las naciones que la componen. Siglos de cultura compartida y dividida, de conflictos territoriales y fronteras serpeando sobre los mapas, de identidades en liza, de guerras dinásticas y crueles contiendas modernas. Compleja es también la historia de España, herida por guerras, la pérdida de su grandeza imperial, asonadas militares, dictaduras, la tensión entre el orden monárquico y el republicano… En definitiva, abundantes fuentes de agravios que estas últimas décadas de ejemplaridad democrática parecían haber resuelto en una virtuosa dinámica económica. A eso el común de la gente le llama historia y lo vive e incorpora a una identidad que en este mundo construido a golpe de identidades superpuestas, contiguas y siempre enriquecedoras, solo unos pocos convierten en estrategia de disrupción, perpetuo encono y, en ocasiones, odio racista. Lo hemos visto con olor a pólvora en los Balcanes y con detestable hedor antidemocrático y excluyente en las decenas de movimientos nacionalistas de la Europa de hoy: en Italia, en Francia, en Hungría u Holanda…

España tiene muchos problemas y uno de ellos, uno importante, es Cataluña. Su obligación, como Estado, es conseguir que el déficit fiscal catalán encuentre una solución que, sin ser en extremo onerosa para el resto de los españoles, de La Junquera a Cádiz, alivie el descontento de muchos ciudadanos de esta próspera región del país. Cataluña también tiene muchos problemas que comparte con España, pero su mayor problema es ella misma. Pocas, si acaso alguna, regiones de un Estado moderno gozan de un mayor margen de autonomía, con prácticamente todas las competencias administrativas transferidas a su exclusivo control, con una capacidad legislativa y normativa enorme.

Que el gobierno autonómico se dedique a incentivar ansias tribales –lo hace por todos los medios a su alcance: adoctrinamiento victimista desde la escuela, subsidios a entidades ferozmente separatistas, cerco a la lengua española en los espacios públicos y audiovisuales, engaño sobre las verdaderas y terribles consecuencias que traería la secesión…– explica que no sea “Augusta” la “vía” que hemos visto hoy. Ni siquiera es “catalana” en verdad, porque Cataluña, la Cataluña y la Barcelona de sus gentes, son mucho, mucho, más que el tóxico “sujeta aquí tu banderita” que preconiza el separatismo.

La columna España y Cataluña: senderos que (a ratos) se bifurcan aparece en la edición de hoy, 12 de septiembre, del diario El Nuevo Herald.

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Apocalíptica

- 30/08/13
Categoría: En El Nuevo Herald, Letra impresa
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Es agosto el mes más cruel
Por Jorge Ferrer

T. S. Eliot explayó las razones de su angustia, la de todos, al pie del verso que ha hecho fortuna: “ April is the cruellest month”. Ya se sabe, la promesa que trae cada vez la primavera antes de que verano, otoño e invierno la traicionen a golpe de bochorno, lluvia y ventisca. Abril es mes cruel por lo que promete con escasas garantías, sí, pero en verdad es agosto el mes más cruel. Que en agosto, de garantías, ni una.

Lo es con certeza en esta Barcelona que se convierte de repente en un gigantesco resort donde los vecinos obligados a permanecer en la ciudad nos movemos por las calles del centro con paso y mueca de zombies. Me he habituado a esa condición tras años en los que mis obligaciones profesionales me mantienen clavado al asfalto todo el estío. Y busco vías de escape, hurtándole cuerpo y sombra al mes que más castiga al primero y lo hace más menesteroso de la segunda.

Busco cada vez una estrategia distinta. Este verano decidí irme al cine a gozar del fin del mundo. Tres fueron las películas de temática apocalíptica que se estrenaron este agosto en España, y yo acudí a cada una de las citas con entusiasmo: Guerra Mundial Z, de Marc Forster; Pacific Rim, de Guillermo del Toro, y Elysium, del joven Neill Blomkamp. Espaciados los estrenos en las salas de otros países, a España llegaron todas juntas en un solo agosto, sumándole grados al calor estival con su espectacularidad olorosa a sangre y azufre.

Tal vez lo que más nos atraiga del cine de inspiración apocalíptica provenga del miedo a la muerte y el absurdo convencimiento de que la civilización humana va a peor y acabará consumiéndose en su propia destrucción. Una angustia metafísica y una sociopolítica de domingo que parece alimentar el paisaje que dejamos fuera de la sala de cine y engordan los titulares de los diarios y la cháchara inane en torno a la crisis. El género apocalíptico ha buscado siempre llevarnos al huerto por medio de nuestra lectura negativa de la realidad. Por añadidura, suele asegurarnos que ni huertos habrá. Eso cuando no nos asusta con campos sembrados de cultivos transgénicos, claro.

Las tres catástrofes que me entretuvieron este agosto se inspiraron, cómo no, en la incesante kermesse apocalíptica que transcurre en diarios y canales de noticias. En World War Z, la historia de zombies sobre el paisaje de un virus tiene su origen en las tropas norteamericanas destacadas en Oriente Medio. Pacific Rim transcurre por otros derroteros. Unos inmensos monstruos invaden la tierra y amenazan con destruir a una civilización que no encuentra mejor estrategia de defensa que disputarles el planeta a puñetazos mediante unas inmensas máquinas humanoides y la construcción de un muro en torno a las costas. Un muro contra aliens, ya me entienden. El espectáculo imaginado y dirigido por el gran mexicano maravilla. Recaudó más de 300 millones de dólares en las taquillas en apenas unas semanas. Elysium va todavía más allá. O más acá. Todos los periódicos están en ella, como todas las angustias que siguieron a la Primera Guerra encontraron asiento en The Wasted Land. Una Tierra reducida a inmensa favela por la polución y el calentamiento global observa desde su miseria a una Shangri-La que flota en lo alto habitada por el “1%”. Allá arriba se goza de un sistema de salud exclusivo para ricos, mientras los pobres enfermos que ni siquiera gozan del status de ciudadanos mueren sin seguro médico que los ampare. Un deficiente guión culmina con un grupo de hackers que establecen un sistema de salud universal y conceden a todos los hombres el status de ciudadanos. ¿Les suena?

¡Ah, esa “realidad” que tanto gusta a guionistas que van del tablet a la escaleta! Pero ni el cruel agosto me impide salir cada vez del cine tarareando aquello de R.E.M.: “ It’s the End of the World as We Know It (And I Feel Fine)”.

La columna “Es agosto el mes más cruel” aparece en la edición de hoy del periódico El nuevo Herald.

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