El Libro Negro de Vasili Grossman e Ilyá Ehrenburg

- 24/01/12
Categoría: Letra impresa, Libros, Literatura, Rusia
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El libro negro, obra mayúscula de Vasili Grossman e Ilyá Ehrenburg que traduje por encargo de Galaxia Gutenberg, ha llegado a las librerías. Es coedición con Yad Vashem y ha contado con el apoyo económico de dos familias que cuentan entre sus miembros con sobrevivientes del Holocausto, Altaras-Apeloig y Apeloig-Schloser.

Algo menos de medio año me llevó trabajar en la traducción de las 1.225 páginas de este libro que estremece línea a línea a quien lo lee. ¡Imagínense qué hacen estas páginas con quien las traduce a su lengua! He traducido muchos libros significativos y hermosos pero jamás me había enfrentado a proyecto que me ocupara la mente y el corazón como lo hizo este. Viví medio año con este libro, metido en él, soñando con él.

Me gustaría pensar que sus lectores, ¡ojalá que muchos!, experimenten idéntico sobresalto, semejante estupor ante el arrojo de unos pocos, parejo dolor ante el martirio de las víctimas, igual desprecio hacia sus victimarios.

Por cortesía de Galaxia Gutenberg, inserto unos párrafos de El libro negro. Se deben a un judío, oficial del Ejército Rojo, que volvió a su pueblo para encontrarlo arrasado y conocer las circunstancias de la muerte de sus padres y su hermana. Son apenas unos párrafos de este monumento a quienes le vieron el rostro y las uñas al horror.

Si solo van a comprar un libro este mes, que sea este. Si solo van a comprar uno este semestre, que sea este. Si solo tienen fuerzas para enfrentar el horror una vez en muchos años, que sea esta.

El libro negro, de Vasili Grossman e Ilyá Ehrenburg (Galaxia Gutenberg, 2012, 1.225 pp.; traducción de Jorge Ferrer) está a la venta en:

Laie;

Fnac;

La Central;

y librerías en España y Latinoamérica.

El libro negro ha merecido en los últimos días espléndidas reseñas en El País (Marta Rebón), El Mundo (Alejandro Gándara) y ABC Cultural (Mercedes Monmany y Manuel Lucena Giraldo).

 

 

Bráilov, mi patria chica (fragmento de El libro negro)

(…)

Una gélida noche de febrero los hombres de la Gestapo y los policías rodearon Bráilov. La masacre comenzó antes del alba. Según uno de los policías al que interrogué personalmente, apenas se trataba de la primera Aktion. Cada uno de los agentes recibió la orden de desalojar dos o tres apartamentos habitados por judíos y conducirlos hasta el punto de reunión establecido en la Plaza del mercado de Bráilov. En caso de encontrarse con alguien que no fuera capaz de andar por su cuenta o que se negara a hacerlo, debían matarlo allí mismo, si bien cuidándose de no hacer mucho ruido. Las armas a utilizar eran las bayonetas, las culatas de los fusiles y los puñales.

Los culatazos dados a la puerta de casa despertaron a mi padre a las seis de la mañana. Dos policías irrumpieron de pronto en la habitación.

―¡Todos fuera! ¡A la plaza! ¡Deprisa!

―Mi mujer está enferma ―explicó mi padre―. No puede levantarse de la cama.

―Ya decidiremos nosotros quién puede o no puede levantarse ―replicó uno de los policías.

Mi padre fue sacado de casa a culatazos. Mientras mi hermana Roza se vestía apresuradamente alcanzó a ver que uno de los policías avanzaba hacia mi madre empuñando un puñal. Mi hermana hizo ademán de correr en socorro de nuestra madre, pero una lluvia de culatazos cayó sobre su cabeza y la empujó hacia la calle descalza y a medio vestir. Roza cayó al suelo; mi padre consiguió levantarla a duras penas y la ayudó a llegar hasta el punto de reunión, ubicado frente a la iglesia que se alza en la Plaza del mercado.

Era hacia allí que conducían a los judíos de Bráilov. Mas no a todos. A muchos los mataron en sus propias casas, como a mi madre. La familia Bakaléinik tampoco llegó al punto de reunión. Un policía los asesinó a todos con una sola ráfaga de ametralladora. Los obligó a formar una hilera frente a la casa, los hizo caer a todos, y así ganó una apuesta que había hecho con otro policía.

Después de hora y media verificando sus listas, los alemanes anunciaron que trescientas personas permanecerían en la ciudad ―fundamentalmente, sastres, zapateros, palafreneros y sus familias― para brindar servicio al ejército alemán, mientras que los demás serían fusilados. La enorme procesión de los condenados se puso en camino severamente guardada por los convoyes que la acompañaban. A mi padre y a mi hermana les tocó marchar a la cabeza de la columna. Los seguía Oskar Shmarián, un joven de dieciséis años, pariente nuestro, que había venido desde Kiev a pasar las vacaciones en Bráilov. Cuando llegó a la altura de la farmacia, la columna se detuvo de pronto. El jefe de la policía recordó que había olvidado convocar a Iosif Shwartz, quien vivía a las afueras de Bráilov, junto al cementerio ortodoxo. Enviaron a un policía a buscarlo. Apenas unos minutos más tarde llegaron Schwartz y su mujer. Les correspondió a ellos encabezar la fúnebre marcha durante aquel último tramo.

La multitud avanzaba en silencio. Todos iban concentrados en sus propios pensamientos, observaban por última vez el paisaje natal, se despedían de él, decían adiós a la vida. Y de pronto se escuchó una canción alzándose sobre la columna. Una voz joven y aguda entonó una canción sobre las bondades de la patria, la vastedad de sus tierras, la belleza de sus bosques, sus ríos y sus mares, la pureza de su aire tan grato a los pulmones. Era mi hermana Roza quien cantaba.

He interrogado a muchos testigos y verificado una y otra vez que todo sucedió así en realidad. Mis pesquisas, profundas y escrupulosas, me han permitido establecer que la escena fue tal y como aquí la describo. Antes mi hermana nunca había dado muestras de que le gustara cantar. Aquella horrible mañana había pasado dos horas descalza y a medio vestir bajo un frío inclemente. En aquella etapa de la marcha sus pies estaban helados. Me pregunto qué la movió a cantar. Y, sobre todo, de dónde extrajo las fuerzas para realizar aquel último acto de veras heroico.

Un policía le ordenó callar, pero mi hermana continuó cantando como si no lo hubiera escuchado. Se escucharon dos disparos. Mi padre levantó del suelo el cadáver de su única hija y llevó aquella preciosa y sagrada carga durante el kilómetro y medio que aún le quedaba por recorrer hasta el lugar de la ejecución.

Cuando la columna de condenados llegó a la fosa abierta, se le ordenó al primer grupo que se desvistiera y colocara la ropa en el lugar señalado para ello. Después, se les ordenó tumbarse en el fondo de la fosa. Mi padre colocó con cuidado el cuerpo de mi hermana en la fosa y comenzó a desvestirse. Una docena de carretas llegaron desde el pueblo para transportar la ropa a los almacenes de la policía. En ese instante se produjo un incidente junto a la fosa. La joven Liza Perkel se negó a desvestirse y exigió que la fusilaran vestida. Los verdugos se abalanzaron sobre ella: le propinaron culatazos, hincaron las bayonetas en su cuerpo. Liza consiguió agarrar del cuello a un hombre de la Gestapo y cuando este intentó apartarla le clavó los dientes en una mano. El alemán pegó un grito y sus compinches acudieron a socorrerlo. Eran numerosos y todos estaban armados hasta los dientes, pero la joven no se rindió.

Al intentar arrancarle el vestido, los verdugos la echaron a tierra. Por un instante, Liza consiguió liberar una pierna y pegó una patada en la cara con todas sus fuerzas a otro hombre de la Gestapo. Entonces el comandante Kraft decidió poner «orden» en persona: se acercó mientras repartía órdenes. Liza se levantó del suelo a duras penas. Le sangraba la boca; su vestido estaba hecho jirones. Haciendo gala de un increíble aplomo, esperó a que el comandante llegara ante ella y le lanzó un escupitajo a la cara.

Se escucharon varios disparos. Liza Perkel murió de pie. Esperó la muerte luchando. ¿Qué resistencia podía ofrecer una joven desarmada a toda una multitud de verdugos? ¡Y aun así los alemanes no consiguieron doblegarla! [Pudo cumplir su último deseo: los alemanes fueron incapaces de someterla. Podían matarla ―armas les sobraban para hacerlo―, pero doblegar su voluntad, hacerla renunciar a su dignidad y privarla de su honor era algo que no estaba en sus manos hacer.]

Mi padre decidió aprovechar el momento de distracción del comandante, los policías y los hombres de la Gestapo y al percatarse de la presencia allí de una campesina a la que había curado alguna vez, le dijo en un susurro: «Gorpina, esconda a este niño» y empujó a Oskar Shmarián hacia el montón de ropa. La campesina lo cubrió rápidamente con un abrigo y lo cargó en una de las carretas en las que se llevaban la ropa. El niño permaneció unos quince minutos oculto bajo la maraña de abrigos hasta que la carreta se puso en marcha alejándose del lugar de la ejecución. La campesina escondió al niño durante unos días y lo proveyó de ropa. Muy pronto Oskar se enroló en un destacamento de partisanos. Oskar vive aún y fue de sus labios que escuché los pormenores de la muerte de mi familia: llegó a ver el instante en que murió mi padre. En el último instante de su vida, mi padre consiguió hacer lo que creyó justo y necesario: salvó a un vengador más, a un joven que luchó implacablemente para salvar a nuestro pueblo del fascismo.

(…)



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    Quimera rusa, y viajes

    - 20/09/11
    Categoría: Lecturas compartidas, Letra impresa, Literatura
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    La revista Quimera trae en su número de septiembre el dossier “Imaginando Rusia”, que coordinó Marta Rebón. Lectura muy aconsejable para quiénes se interesen por los senderos que sigue la más actual literatura poscomunista en Rusia.

    En un apartado del dossier, “Trece rusófilos nos regalan este directorio de indispensables contemporáneos de la literatura rusa” (pág. 27), Marta recoge las recomendaciones que solicitó a otros tantos traductores o editores de libros rusos, yo entre ellos.

    Aquí les anoto mi recomendación a los lectores de Quimera, que no extrañará a quienes conozcan mi predilección por este autor y este libro en concreto sobre los que he escrito, entre otras ocasiones, aquí.

    Mijaíl Kuráyev
    Petia camino al reino de los cielos (Acantilado, 2008, 164 pp. Traducción de Jorge Ferrer.)

    En el irregular paisaje de la literatura postsoviética —work in progress que se va haciendo mayorcito—, he distinguido siempre a un devoto cultor del sacerdocio que es haber nacido en San Petersburgo y narrar esa ciudad amasada por la literatura como pocas otras: Mijaíl Kuráyev. He tenido la dicha de leer casi todo Kuráyev y el privilegio de traducir algunos de sus libros. Es decir, que lo he leído como leemos los traductores: en la cama, la butaca y de pie ante páginas que son espejos; andando por los libros como quien emprende excursión en la que le va la vida.

    La luz de la prosa de Mijaíl Kuráyev es una que parece acrisolar todo el peso de la tradición heredada a la vez que proyecta una voz literaria a espacios que, me gustaría pensar, son los que ocupará la literatura rusa futura. Voces que asoman desde el pasado totalitario para insertarse en el relato de una literatura centenaria. Petia camino al reino de los cielos es un libro mayúsculo donde el horror del GULAG es narrado por la figura siempre patética, entrañable y sofisticada del «tonto del pueblo». No conozco inmersión más aguda, más tremenda, en la sima del totalitarismo estalinista.

    De contra:

    Mañana salgo al primero de dos viajes encadenados y estaré apartado de mis hábitos, aunque con brevísimo intervalo la semana próxima, hasta el 20 de octubre.

    En principio, ello no afectará al habitual trasiego mío aquí más de lo que ya se ha visto en las últimas semanas, que han sido de mucho trabajo. Como lo serán las próximas, que, por suerte, no escampa.

    Con todo, sí se podrán producir algunos lapsus y por eso aviso. (Tip: suscribirse al canal de RSS de El Tono de la Voz es una buena opción para mantenerse al tanto de los posts.)

    También aviso a quienes protestan cuando ven asomar aquí mi jeta, que muy probablemente este mes de viajes traerá aquí alguna que otra foto.



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      Atravesamos la ciudad vacía…

      - 09/07/11
      Categoría: En El Nuevo Herald, Letra impresa, Poscomunismo, Rusia
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      Maullidos de Rusia
      Por Jorge Ferrer

      Atravesamos la ciudad vacía a una velocidad de vértigo de camino al hotel. He dormido poco en el avión y apenas atino a distinguir si estoy efectivamente en Moscú o en Brighton Beach, Brooklyn, moviéndome por ese paisaje de vallas publicitarias que venden lofts, sofás de piel a precio de saldo y viajes a Malasia con mensajes escritos en cirílico y tonos chillones.

      El amable taxista, a quien ya dejé saber que soy extranjero fluido en lengua rusa, me señala un espigado edificio en construcción. Sus últimas seis o siete plantas no han sido revestidas de paneles de hormigón y por ellas corre el aire viciado de la ciudad. «Lleva mucho tiempo así», me informa: «Construyeron más plantas de las permitidas y ahora no saben cómo eliminar las sobrantes ni a quién sobornar para mantenerlas y vender los apartamentos», abunda con un guiño.

      La graciosa pifia y las opciones para salir de ella -un alarde ingenieril o el hallazgo de las manos que untar en una ciudad que cambió de alcalde recientemente- no definen con plena justicia el estado de la Rusia postcomunista a fecha del verano del 2011, pero sirven para acercarse a esa mezcla de solidez del gobierno e incertidumbre ciudadana que uno encuentra aquí a cada paso.

      Rusia ha sido siempre una máquina enorme cuyos engranajes piden aceite. Y el Moscú que experimenta hoy a medias hartazgo y orgullo mayúsculos veinte años después de haberse despedido de la marca URSS -aquella CCCP que asociamos en Occidente a los astronautas o a los deportistas soviéticos en los Juegos Olímpicos- es una ciudad que divide a los pesimistas y los optimistas en partes desiguales que, en mi experiencia, da ventaja a los segundos pero encuentra mejor argumentación en los primeros.

      Las fotos de la bicefalia que gobierna el país, Dmitri Medvedev y Vladimir Putin, y la indefinición sobre quién se presentará a las elecciones del año próximo despiertan una preocupación que rebasa el mero interés por las conjuras y componendas palaciegas. El rostro y el discurso modernos de Medvedev, su diáfana apuesta en favor de una economía más desestatizada y una sociedad más abierta contrastan con los aires restauracionistas que encarna Putin. Hay mucho más en esa dupla que la mera estrategia de enfrentar a Occidente desde la ventajista dialéctica del policía bueno y el malo. Detrás de Putin y Medvedev hay una masa social que facilitará que cualquiera de los dos continúe llevando las riendas del país, pero hay también una sociedad dividida entre el clamor por la modernización del sistema político y la dinamización de la economía, por un lado, y, por otro, el temor a que se desdibuje el perfil de una Rusia que desde un nacionalismo tan feroz como inseguro se niega a ser desplazada hacia la periferia de la arena internacional.

      Con todo, pocos discuten que el camino de Rusia para poner a brillar la letra «R» en el acrónimo BRIC acuñado por Goldman Sachs —Brasil, Rusia, India y China—, el conjunto de las potencias llamadas a dominar los flujos de la economía mundial hacia mediados de este siglo, pasa por abandonar la pulsión agónica en sus relaciones con los EEUU y Europa, a la vez que por la definitiva construcción de una democracia con letra inicial mayúscula. En definitiva, cultivar la transparencia -glasnost, ¿les suena?- tanto hacia afuera como dentro.

      Pero por ahora nos pasa con esa Rusia lo que con el gato de Schrödinger: escondido en la caja de sus vicios geopolíticos, nunca sabemos con certeza si el democrático gato está vivo o está muerto.

      El artículo «Maullidos de Rusia», de Jorge Ferrer, aparece en la edición del 8/7/2011 de el diario El Nuevo Herald.



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        Cuba en España: historia, periodismo y literatura

        - 16/05/11
        Categoría: Letra impresa, Literatura, Memoria
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        Regresé anoche de Madrid con ejemplares olorosos a imprenta.

        Peleando con los milicianos. Crónicas, de Pablo de la Torriente Brau, en edición que prologué y anoté para la editorial Verbum, llega a librerías.

        El libro recoge la totalidad de las crónicas que el periodista cubano escribió durante su breve paso por la Guerra civil española y una serie de suculentos anexos.

        Se trata de la segunda colaboración que emprendo con Pío Serrano y Verbum. La primera fue la edición de Diario íntimo de la Revolución española, de José María Chacón y Calvo.

        En ambos casos hemos publicado libros escritos por autores cubanos implicados de manera crucial en la historia de España que iluminan la liaison histórica entre ambos países y dejan ejemplar y singular constancia de ella.

        ¿Otra buena noticia? Habrá más.

        Sigue el prólogo que escribí para la edición de Pablo de la Torriente Brau, Peleando con los milicianos. Crónicas, Verbum, Madrid, 2011. (Esta versión para ETDLV prescinde de las notas que aparecen en el libro.)

        El libro está disponible en librerías o se sirve escribiendo a la Editorial Verbum.

        «¡Que hable el cubano!»
        Por Jorge Ferrer

        Ante Pablo los días se abstienen ya y no andan.
        No temáis que se extinga su sangre sin objeto,
        Porque este es de los muertos que crecen y se agrandan
        aunque el tiempo devaste su gigante esqueleto.
        Miguel Hernández, «Elegía segunda»

        El escritor cubano Pablo de la Torriente Brau llegó a España a mediados de septiembre de 1936. Contaba treinta y cinco años y viajó al país que comenzaba a padecer los horrores de la guerra con varios propósitos entre los que el periodismo no era más que uno. Viajaba a escribir sobre la «revolución española», pero también a aprender de ella. Era uno más de tantos cronistas que quisieron retratar la guerra española desde el bando republicano.

        Apenas tres meses más tarde, el 19 de diciembre, caía en combate en Majadahonda Pablo de la Torriente Brau. No caía un periodista, sino el comisario político del Batallón de Valentín González, «El Campesino».

        Poco más de noventa días bastaron para que mudara su misión en España, para que el corresponsal muriera como un miliciano más. Los mismos días ―cortos y trepidantes― que le permitieron dejar una huella profunda en los intelectuales que trató y los hombres y mujeres junto a los que luchó. Los poetas Miguel Hernández, Juan Ramón Jiménez o Rafael Alberti le dedicaron palabras hermosas. Sus compañeros de armas velaron su cadáver como quien custodia un tesoro.

        Sin figurar entre los cubanos más señalados en la guerra por sus éxitos militares ni haber alcanzado a participar en los congresos «en defensa de la cultura», como otros intelectuales cubanos, y sin alcanzar a sobrevivir la guerra para narrar después sus vivencias en novelas o memorias, Pablo de la Torriente Brau es sin dudas el más emblemático de los cubanos que lucharon por la República española.

        Se lo debe a su arrolladora personalidad que marcó a cada uno de los que lo conocieron. Y también, de manera señalada, a las extraordinarias crónicas que escribió durante aquellos breves noventa días que vivió con la prisa con que se camina hacia la gloria.

        Pablo de la Torriente Brau nació en San Juan de Puerto Rico el 12 de diciembre de 1902. Su padre, «hijo de cubano y cubano él por sus sentimientos» , había nacido en Santander y se trasladó a Puerto Rico para servir de secretario al último gobernador español de la isla. Ocho años más tarde la familia se traslada a Santiago de Cuba. Antes, Pablo de la Torriente Brau tuvo ocasión de hacer su primer viaje a España a donde, escribe su hermana, «siempre anheló volver».

        Esencialmente autodidacta, Pablo de la Torriente Brau comienza muy pronto a hacer un periodismo que descoloca a sus colegas y encandila a los lectores. Y desde el principio, lo hará simultaneando su doble condición de cronista y activista social. Inmerso en las luchas políticas del convulso período de gobierno de Gerardo Machado, Pablo de la Torriente Brau participa en la colosal manifestación estudiantil del 30 de septiembre de 1930 y allí es herido en la cabeza. A su lado muere el joven estudiante Rafael Trejo, convertido en icono de las luchas estudiantiles contra la dictadura de Gerardo Machado.

        Si hasta 1930 Pablo de la Torriente Brau era «perfectamente desconocido» ―así lo anotó él mismo en el prólogo a su primer libro de cuentos, Batey, aparecido a principios de ese año―, a partir de entonces se situará en el vórtice de la lucha contra Machado y los gobiernos que se sucedieron tras la caída de quien su amigo Rubén Martínez Villena llamó «asno con garras». Su figura, su voz y sus artículos encendidos se tornan ubicuos. El 3 de enero de 1931 De la Torriente Brau acude a una crucial reunión del Directorio estudiantil universitario. No llegará a ella. Le tocaron «105 días preso», como tituló la crónica que publicó por entregas el habanero diario El Mundo. Apenas unos meses más tarde vuelve a la cárcel, esta vez al panóptico penal de Isla de Pinos, el Presidio Modelo. También esa segunda experiencia cobra peso literario con el libro intitulado precisamente Presidio Modelo, una denuncia feroz de la represión política en Cuba bajo el régimen machadista. Un libro que permaneció inédito durante treinta y dos años. En Madrid, sabemos que De la Torriente Brau intentó, sin éxito, se publicara una edición española de Presidio Modelo con la mediación de Julio Álvarez del Vayo, a la sazón ministro de Estado del gobierno republicano. Póstumamente se publicaron en La Habana Historia del soldado desconocido cubano (1940), una breve novela de corte satírico, y Pluma en ristre (1949), recopilación de artículos y relatos.

        La inestable situación política cubana, especialmente tras el fracaso de la huelga de marzo de 1935, lo obliga a marchar al exilio en Nueva York. Allá continúa sus actividades políticas y funda, junto a otro grupo de cubanos, la Organización Revolucionaria Cubana Antiimperialista (ORCA) y el club Julio Antonio Mella. Las cartas que escribe a sus corresponsales en La Habana u otras ciudades de EE.UU. dan fe de la dureza de un exilio que le resultaba penoso y, sobre todo, consideraba estéril. «La revolución está “en el punto muerto”; está como esas ruedas de los camiones atascados, que giran en el aire inútilmente», escribe a Carlos Martínez, un miembro de ORCA exiliado en Miami Beach. En esa misma carta, fechada el 28 de julio de 1936, unos párrafos más adelante, señala hacia dónde se dirigían entonces sus afanes políticos: «…ahora me consuelo con la revolución española. Nosotros hemos cometido una pifia al no irnos para allá hace algún tiempo» . Cinco días más tarde otra carta da fe de la misma sensación de hastío ante la ausencia de actividad política en Nueva York ―«Todo está muerto. En el Club no hay nadie…»― y revela el camino que se ha trazado para llegar a España: «…estoy haciendo gestiones a todo vapor por conseguir que algún periódico me envié a España como corresponsal de guerra». Seguidamente, De la Torriente Brau anota el fondo de su motivación, que no pasaba únicamente por la defensa de la República española: «Allá, aparte de la gran experiencia a mi vista, creo firmemente que puedo hacer por la revolución cubana mucho, pues parece claro que la revolución española tiene en Cuba profundas repercusiones y se le podrá sacar lascas innúmeras, de lección, en beneficio de todo nuestro pueblo». La idea de la utilidad que la guerra de España podría tener para la guerra que De la Torriente se proponía librar en Cuba aparece una y otra vez en las cartas que escribirá en esos últimos días de afanes con los preparativos. La traslación a Cuba de la experiencia de una «lucha entre milicias populares frente al ejército» le parece natural: «a esa lección se le puede extraer extraordinario provecho», escribe a Raúl Roa. También, en otra carta: «..la revolución española, para Cuba, es como cuando uno va al cine a ver lo que quisiera ser de valiente, hermoso y triunfal» . No se trata de una insistencia gratuita: las cartas dan testimonio de la resistencia de sus compañeros de lucha que prefieren verlo viajar a Cuba en lugar de marchar a España: «Me parece que ninguno de ustedes ve el proyecto de mi viaje ni en su justa proporción ni en su real sentido. La impresión que me dan las argumentaciones de ustedes es de que piensan que no es sino una aventura más o menos temperamental y agradable». Enfebrecido por su decisión ya incontrovertible, De la Torriente Brau responde a esas críticas subrayando la dimensión que le calibra a la guerra librada en España y a su importancia para Cuba y el resto de naciones latinoamericanas: «No discuto que puedo (…) ser más útil en Cuba, para Cuba, hoy, que en España. Pero tú olvidas la importancia fundamental, para mí irrebatible, de que hoy en España se están, en proporciones poderosas, aclarando el problema de la gran disyuntiva planteada al mundo desde octubre de 1917, y de cuya solución penderá la vida, particularmente de todos los países coloniales y semicoloniales… Yo voy concreta y específicamente a España por nosotros; por la importancia que considero tiene para nosotros aquella lucha y la necesidad de conocer su desenvolvimiento…, la fuerza inspiradora de un pueblo decidido a morir». Veintitrés años después de su caída en combate, su madre, Graziella Brau, volvió sobre el asunto en una entrevista que concedió a Pablo Armando Fernández en La Habana para sentenciar: «(Pablo) Se fue a España para aprender a hacer una revolución y traérnosla a su Cuba».

        La búsqueda de corresponsalías que le permitieran pagarse el viaje hasta España se convierte en actividad febril. Y coronada por el éxito. La primera se la otorga el periódico New Masses, «que me pagará diez pesos por crónica». New Masses, una célebre publicación cercana al Partido Comunista de los EE.UU., se volcó con la guerra en España. La nómina de sus colaboradores incluyó a Ernest Hemingway, Upton Sinclair, John Dos Passos o Ezra Pound. La segunda se la ofrece El Machete, órgano del Partido Comunista de México que comenzó su andadura en 1924 de la mano de Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco.

        Con esos dos avales Pablo de la Torriente Brau se embarca hacia España. Según una de las últimas cartas escritas en Nueva York, se proponía hacerlo «el 27 (de agosto), en el “Lafayette”, vía El Havre» . Su hermana Zoe, no obstante, asegura que viajó algo después, a saber, el 1 de septiembre de 1936 en el «Île de France». Con todo, diversas fuentes sostienen que fue el primer hispanoamericano que cruzó el Atlántico para sumarse a la Guerra civil española.

        Sí fue sin dudas el primer cubano que lo hizo. El primero de un contingente de al menos 1.056 naturales de esa isla, de los que 850 salieron de La Habana y el resto lo hicieron desde Estados Unidos o se encontraban ya en España ―unos 170― al estallar la guerra. Es significativo, cuando se trata de resaltar el carácter pionero del viaje de nuestro cronista que no fuera hasta el 15 de abril de 1937 que saliera de Cuba el primer grupo de cubanos que viajó a España respondiendo al llamado de la Internacional Comunista.

        Antes, De la Torriente Brau viajó sin partido, aunque ya lo había tomado.

        La primera carta escrita desde España está fechada en Madrid el 25 de septiembre de 1936. En ella afirma que llegaba a la capital «después de varios días en Barcelona». Y, en efecto, la primera de las crónicas que escribió en España está fechada en Barcelona el 20 de septiembre.

        Las catorce crónicas escritas por Pablo de la Torriente Brau durante su brevísimo paso por la Guerra civil española permiten seguir el itinerario que eligió ―hasta donde se elige algo en medio de una guerra. Tras pasar unos días junto a las tropas mandadas por Francisco Galán en Buitrago de Losoya, y realizar varios viajes a Madrid en busca de entrevistas que le permitieran introducir en sus crónicas a los protagonistas de la resistencia del bando republicano, De la Torriente Brau se deja envolver por la contienda y es nombrado Comisario de guerra en la Brigada de Choque de Valentín González, «El Campesino».

        La actividad del cubano ―corresponsal y miliciano; miliciano y corresponsal― es de veras frenética. Lo vemos entrevistándose con el general Álvarez del Vallo, comiendo con Marañón y Menéndez Pidal, visitando a José María Chacón y Calvo ―eminente hispanista a la sazón secretario de la Legación de Cuba en España― o a Lino Novás Calvo. Lo sabemos acudiendo a la sede de la Alianza Intelectual Antifascista, donde le conoce el poeta Miguel Hernández, hablándole al enemigo parapetado al otro lado de la estrecha línea del frente ―¡Que hable el cubano!, pedían desde el otro lado―, asistiendo a bombardeos en la Sierra, en Barajas, escuchando el tableteo de los cañones a las afueras de Madrid ―«¡Si oyeras cómo truena el cañoneo! Parece que están sacudiendo todas las alfombras de Madrid»―, desentrañando la compleja maraña de fuerzas que formaban el bando republicano, admirando los discursos de Indalecio Prieto, «de corte leniniano por completo», planeando escribir todo un libro sobre «El Campesino» y sus hombres que pensaba titular La leche de Buitrago, organizando actividades culturales festivas «para levantar el ánimo a los hombres»…

        Decididamente, el corresponsal que iba a dar parte de la guerra se ha convertido él mismo en «parte» de la guerra. Y apenas tiene dudas de haber elegido la senda correcta. «…(M)i cargo de Comisario de Guerra con Campesino», escribe en carta fechada el 15 de noviembre, «acaso sea un error desde el punto de vista periodístico, puesto que tengo que permanecer alejado de Madrid más tiempo del que debiera, pero, para justificarme plenamente, comprenderás que en estos momentos había que abandonar toda posición que no fuera la más estrictamente revolucionaria».

        Precisamente a Valentín González dedicó De la Torriente Brau una espléndida crónica aquí recogida. Crónica que seguramente contiene in nuce el libro que la muerte le impidió escribir. Con todo, tal vez pudo habérselo impedido la historia, tan pródiga en regalarnos sorpresas y tan pródiga en sustos cuando se trata de trasegar con los dos horrores totalitarios del siglo XX.

        La historia quiso que Valentín González, «El Campesino», terminara siendo un anticomunista contumaz y, luego, despreciado por sus antiguos compañeros de armas. Trasladado a la Unión Soviética, sufrió allá, como tantos occidentales que simpatizaron con el régimen de los Sóviets, la represión estalinista. No es este el lugar donde narrar esa historia. Conviene, sí, anotar que Valentín González, cuya bravura cantó De la Torriente Brau antes de que perdiera el favor de Dolores Ibarruri y demás jerarcas del exilio comunista español en la URSS, padeciera los rigores del GULAG y consiguiera escapar milagrosamente de la Unión soviética fugándose a Teherán y después a París, guardó para aquel cubano que luchó y se dejó la vida bajo sus órdenes un recuerdo grato.

        «El Campesino», por cierto, tentó a más plumas que la de Pablo de la Torriente Brau. Ernest Hemingway e Ilyá Ehrenburg también describieron su fuerte personalidad y su arrojo. Sus cuitas en la URSS, donde sobrevivió de puro milagro, las narró él mismo en colaboración con Julián Gómez García en Yo escogí la esclavitud.

        Con todo, lo cierto es que «El Campesino» no olvidaba al cubano cuyo cadáver, según algunos testimonios, rescató con riesgo para su propia vida. Una carta de José María Carbonell a la familia De la Torriente Brau en La Habana da sobrada fe de ello: «Por aquí anduvo El Campesino. Supongo que habrá ido a conocer a la familia de Pablo. ¿No han hablado ustedes con él? Yo no pude verlo personalmente; pero lo oí por radio, donde después de su discurso contra los comunistas, recordó a Pablo con verdadera y honda emoción. Citó varios nombres de revolucionarios y guerrilleros republicanos, pero de Pablo habló largamente. Dice que el pueblo español conserva sus restos en urna de bronce para entregarlos al pueblo cubano cuando llegue la ocasión. Tuvo frases muy bellas. Dijo que la pluma de Pablo hacía mayores estragos que toda una batería de artillería; y que fue determinante en el abastecimiento de víveres y municiones que fluían a España de los países de habla castellana; pero que Pablo estuvo siempre ansioso, desde que pisó suelo español, de cambiar esa pluma maravillosa por el fusil…»

        Valentín González viajó en efecto a La Habana en 1951 invitado por la Confederación de Trabajadores de Cuba y fue recibido por el entonces presidente Carlos Prío Socarrás. Atacado allá por republicanos que lo consideraban un traidor al ideario comunista se defendió con saña. Sin embargo, no se privó de tener palabras elogiosas para Pablo de la Torriente Brau, de quien sostuvo que «murió como un héroe». No será, por cierto, el último encuentro del extremeño y el cubano. Cuando en 1962 se publican en La Habana las crónicas recogidas en este libro, la última, la que Pablo de la Torriente Brau dedicó a cantar la gloria de su jefe fue omitida. También se omitieron todas las menciones a «El Campesino» en la correspondencia del cubano que insertaba aquella edición. Para los ortodoxos censores cubanos la relación entre el inmaculado luchador comunista Pablo de la Torriente Brau y Valentín González era una mácula que convenía expurgar de la memoria.

        Honda fue también la impresión que el cubano dejó en los intelectuales españoles con quienes lo cruzaron sus afanes de cronista o su condición de Comisario político y entrañables son los ecos generados por ese conocimiento breve, pero tan intenso como la propia guerra. Y la conmovedora «Elegía segunda» que Miguel Hernández dedicó a «Pablo de la Torriente, Comisario político» no es el único asiento de ese agradecimiento.

        Tal vez estas palabras de Juan Ramón Jiménez resuman como ningunas otras el reconocimiento póstumo que recibió Pablo de sus colegas de las letras:

        «…ningún hombre, ni uno solo, que sea del lado y de la cara que fuese, y sea el que fuere, su acuse de destino, se atreverá a dudar ni a sonreír pública ni íntimamente de la fe, la esperanza, la caridad, el noble heroísmo de otro hombre palpitantemente joven y poeta, que deja una hirviente paz y su patria viva para morir con el corazón en la mano, por el mundo que sueña, en otra.

        »Esta vez, la otra patria ha sido España, el héroe, un cubano: Pablo de la Torriente. Yo, como español del mundo que él soñaba, me inclino ante el ejemplo jeneroso de su muerte».

        Sirva la lectura de estas crónicas escritas cuando España fue sacudida por el «enfrentamiento armado de dos filosofías obstinadas y totalitarias», el comunismo y el fascismo, para evocar la memoria de un hijo de Cuba que se dejó la vida por una idea de la libertad.

        Una idea como otra cualquiera de esas que conducían a la muerte en aquellos años convulsos. Pero no al olvido.



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          A vueltas con José Lezama Lima

          - 07/02/11
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          [Este artículo apareció publicado ayer domingo en el periódico digital Diario de Cuba, con redacción en Madrid.]

          Lezama, lomo a lomo
          Por Jorge Ferrer

          Cabe también dividir a los escritores que nos hicieron y hacen ser hoy lo que somos en dos estantes que se miren de espaldas. Esos libros tremendos lomo frente a lomo. Y situarnos en medio. Concederle a la “angustia de las influencias” una dimensión espacial, geométrica. Feng shui y también competencia y vibración de la memoria. Arquitectura basada en afectos y en la corta distancia.

          ¡Ese placer que es rascarle el lomo a algunos libros! Sus lomos gastados y castigados por uñas y el astro.

          Ahora los libros de José Lezama Lima están perfectamente ordenados aquí a mi derecha. Antes, en otras casas donde viví, me dieron la espalda desde otros extremos. Desde hace unos años son soldaditos presos en una celda diseñada por IKEA de la que entran y salen de tanto en tanto. No pasean mucho, ni falta que nos hace. Son libros caseros. De la suya dentro de la mía.

          Tienen enfrente, yo en medio, una balda en la que guardo libros itinerantes: aquellos que utilizo en los trabajos en curso, casi todos ellos recién llegados a casa o prestados por bibliotecas y que viven aquí desordenados por el capricho de su arribo o el manoseo. Casi los toco ahora con la frente si los miro y cabeceo. Y leer, como escribir y también traducir, se parece mucho a cabecear en la acepción que los hombres de mar dan a esa palabra.

          Los libros de José Lezama Lima, en cambio, permanecen ordenados, salvo escasos sustos.

          El ejemplar de Paradiso en su edición cubana de 1966, su lomo rozado y rosado por el tiempo, lo debo a mi madrina —una mujer extraordinaria que murió joven creo que precisamente por extraordinaria— y ocupa, más o menos, el medio del pelotón que me da la espalda. Lo he manoseado en las pocas ciudades donde he tenido cama, mesa y libreros: La Habana, Moscú y Barcelona. Y aún recuerdo con precisión el día en que lo saqué de un estante en el barrio de La Laguna, Bauta, y Adis Estévez me dijo: “Es tuyo”.

          He leído muchos libros una vez y unos pocos libros unas cuantas veces. Hay unos poquísimos libros que agarro siempre para leer un par de páginas o cuatro; un capítulo o dos. Y hay libros con los que me levanto algunas mañanas. Algunas tardes, más bien. Paradiso y Oppiano Licario han demostrado ser herramientas óptimas para esas lecturas sin más propósito que el de ingerir palabras que predispongan el día desde almohadas tacadas de café con leche.

          A Lezama, pues, le debo ciertos días bien encaminados. Y, encima, tengo la suerte de haberle pagado un cuarto de alguno. Y ya se sabe que uno le paga un cuarto a quien desea de veras y a nadie más.

          José Lezama Lima nos enseñó que podíamos ser cubanos, muy cubanos y siéndolo hasta la caricatura, sin serlo apenas y, sobre todo, sin parecerlo. La figura del “peregrino inmóvil” es el oxímoron que viste a esa habanera y por lo mismo díscola mujer del César. Todas las poses talladas o ensayadas después, desde a la A hasta la Z del último medio siglo de literatura cubana, se cosieron el traje en la casa del sastre de ese guajirango capitalino que chapurreaba el francés y decía Schopenhauer con la lengua enredada en manteca’e'puerco transmutada en foie gras gracias, ¿quién lo diría?, a las tardes de Bauta o Trocadero, 162 —peculiares crisoles.

          Lezama iluminaba así —Martí en un bolsillo, Casal en el otro y sacándose país imaginario del sombrero de Zequeira—, el más allá de lo que cualquier escritor de esa provincia de la literatura que es Cuba habría imaginado jamás. Lo que Lezama enseña, en definitiva, es que tradición y lecturas se alzan sobre pilares que responden a una arquitectura abofada y juguetona; firmísima, aunque escurridiza…

          Ahí su peso y ahí su liviandad: el Lezama que inspira desde el enigma y el Lezama cuyo rostro se ha ido desdibujando en la arena de la lectura. A cien años de su nacimiento apenas lo honran unos pocos. Y quien con más ruido, el régimen que lo redujo a calculado silencio. Hoyo Colorao se llamó la Bauta que el padre Ángel Gaztelu convirtió en sofisticado merendero del origenismo. ¡Sorpresas del corrimiento del rojo!

          Tan pronto como en junio de 1945 leemos en el diario que Lezama llevaba entonces: “Soy un fantasma de conjeturas e insignificancias. J. L. L.”. A cien años de su nacimiento, ni las conjeturas han sido desentrañadas, ni debidamente vindicado el poder de sus “insignificancias”.

          Coda:

          Le puse “un cuarto”, dije ahí arriba. Y ahora me explico.

          En un ensayo fundamental, “Paralelos. La pintura y la poesía en Cuba (siglos XVIII y XIX)”, José Lezama Lima anotó un catálogo de lo que los cubanos perdimos sin remedio.

          Allí recogía, entre otras ausencias, la que sigue: “no conocemos ni siquiera un sermón de Tristán de Jesús Medina, brillante y sombrío como un faisán de Indias”.

          Un día de hace unos pocos años tuve la suerte de dar con uno de esos sermones, “María-Esperanza”, que incluí en la selección de textos de Medina que preparé para la Editorial Colibrí: Tristán de Jesús Medina, Retrato de apóstata con fondo canónico. Artículos, ensayos, un sermón (Colibrí, Madrid, 2004).

          José Lezama Lima no vivió para leerlo. Yo sí para imaginarlo manoseando esas páginas, tijereteando un tabaco y dando a Tristán de Jesús Medina las gracias que le di yo a los dos cuando me permitieron imaginarlos reunidos en un brevísimo instante en que nos vimos, no los lomos, sino las caras los tres.



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            Una familia venida a menos

            - 04/11/10
            Categoría: Letra impresa, Libros, Literatura
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            Hoy, 4 de noviembre, sale a la venta Una familia venida a menos, de Nikolai Leskov, en mi traducción. Se debe a Aleph Editores y Del Taller de Mario Muchnik.

            No son abundantes las ocasiones de traducir por primera vez al español una novela de esta envergadura ―una joya de la literatura clásica rusa. Se trata, por demás, de una de las traducciones que más me ha complacido emprender y leer.

            Debo la oportunidad a un proyecto de Mario Muchnik que se propone ofrecer a los lectores de nuestra lengua una biblioteca de literatura rusa capaz de sobrevivir, al menos, al próximo medio siglo de lectura.

            Mario y Bernat Puigtobella explicaron en detalle sus propósitos en la presentación de hace unos días en Madrid de la que hay información aquí y aquí.

            Muy recomendado queda este Leskov, pues. Como todo lo que salga de ese Taller. El texto de la contraportada puede verse aquí.

            Una familia venida a menos, de Nikolai Leskov (El Aleph Editores / del Taller de Mario Muchnik, 2010, 304 pp.), se puede comprar a partir de hoy en todas las librerías españolas.

            Para adquisiciones online desde España o el extranjero: aquí, aquí y aquí.



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