El cerco a Leningrado contado por una enfermera

- 09/05/20
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Celebramos el 75 aniversario de la victoria de los ejércitos aliados contra la Alemania nazi, el fin de la Segunda Guerra Mundial. Setenta y cinco años.

Para celebrarlos he recuperado un fragmento de mi traducción inédita del libro El cerco (Blok-ada) de Mijaíl Kuráyev, un extraordinario escritor ruso de quien he traducido otros dos libros, ambos publicados en Acantilado: Ronda nocturna (2007) y Petia camino al Reino de los Cielos (2008).

El cerco, un homenaje de Kuráyev a la ciudad de Leningrado cercada por el ejército alemán incluye el diario que llevó Elizaveta Turnás, una humilde enfermera, durante los días del asedio. La grandeza humana y literaria con la que esa mujer fue llevando nota del día a día en la ciudad acosada con su mente embotada por el miedo, el hambre y el agotamiento es de veras extraordinaria.

Con la publicación de este breve fragmento del libro de Mijaíl Kuráyev rindo homenaje a los hombres y mujeres soviéticos que enfrentaron el fascismo y fueron absolutamente cruciales en su derrota, aun sobreponiéndose al estalinismo, su tragedia vernácula.

El cerco (fragmento)

Mijaíl Kuráyev

(Traducción de Jorge Ferrer, inédita.)

 

 

25 de noviembre.

Hoy ha sido un día como cualquier otro. Uno como tantos de los que he vivido durante estos últimos tiempos. Ya hace tres jornadas que se declara la alarma aérea cuando aún es de día y se prolonga durante tres horas. No hay bombardeos. Parece que los alemanes se limitan a enviar espías a observar la ciudad…

La ciudad continúa siendo blanco de los proyectiles. Hoy tomamos sopa de alforfón, extraído del fondo del lago Ládoga: por lo visto, había unas barcazas con alimentos hundidas. A ver si hay suerte y los alemanes nos dejan dormir un poco esta noche. Es difícil vivir así, y hasta cuesta pensar que se puede soportar todo esto y seguir con vida, pero de todas formas están ocurriendo cosas interesantísimas y dan ganas de esperar a ver en qué acabará todo esto.

27 de noviembre.

Ayer declararon la alarma a las 13 horas y no la levantaron hasta las 19 horas. El bombardeo fue leve, pero se hizo notar. Cuando empezaba a anochecer, los alemanes aparecieron sobre nuestro distrito con sus malvadas intenciones. Las antiaéreas comenzaron a castañetear sobre nosotros con enorme estruendo. Me encontraba en mi habitación y pensé que corría peligro si permanecía en el edificio, así que bajé las escaleras. Al llegar al último peldaño, la puerta se abrió de pronto de par en par y se oyó una potente explosión a la vez que el suelo temblaba bajo mis pies. Una bomba había caído muy cerca de nuestro colegio. Mi destacamento estaba precisamente de guardia y echamos a correr hacia allá para prestar socorro a las víctimas. Un edificio de dos plantas había sido tocado de lleno. Mujeres y niños aplastados gritaban bajo los escombros. Los aviones continuaban volando sobre nosotros, las baterías antiaéreas disparaban sin cesar, ululaban los proyectiles lanzados por piezas de artillería y estallaban muy cerca de nosotros. Era difícil saber si caían bombas o proyectiles de artillería. Por lo visto, su objetivo era el aeródromo [El Aeródromo de la Comandancia, que permaneció operativo durante toda la guerra y era el más antiguo de la ciudad estaba situado a un kilómetro de la calle Gorojovaya], pero los afectados eran los edificios de viviendas. Nos pusimos a sacar a madres e hijos mutilados de debajo de los escombros. Las primeras gritaban: «¡Allí están mis niños!» Los segundos: «¡Mamá! ¡Mamá!» Tras una hora de trabajo dos personas permanecían desaparecidas, es decir, bajo los escombros. El trabajo prometía durar toda la noche. Permanecí junto a mis compañeros. Hacía frío, soplaba el viento del norte, el cielo estaba casi despejado y la luna, indolente y altanera, se asomaba con frecuencia. Los presentes la maldecían. En estos tiempos, la visión de la luna es siempre una mala señal, porque indica que hace buen tiempo para volar. Entretanto, los proyectiles no paraban de silbar. Me estaba helando, así que me refugié en la habitación destinada al puesto sanitario. Estaba abarrotada de mujeres y niños de todas las edades, los inquilinos del edificio derruido. La luz estaba apagada y todos se apretujaban junto a una estufa donde los leños crepitaban alegremente. Los niños lloraban a moco tendido. Los adultos, jóvenes y ancianos, no dejaban de suspirar y rezar, resignados a su suerte, aunque de vez en cuando se oyera maldecir a Hitler. Los niños pedían algo de comer, pero no quedaba ni una migaja de pan. Las minúsculas reservas habían desaparecido con el ataque. Y si los propios combatientes encontraban por casualidad algo comestible entre los escombros, se lo guardaban deprisa en los bolsillos para comérselo después a hurtadillas. El trabajo continuó casi hasta el amanecer. Pasé una noche horrible. Por la mañana, derrengada y hambrienta, volví al cuartel arrastrando los pies a duras penas. Me bebí el bodrio acompañado de cien gramos de pan y así comenzó mi día… Es increíble cómo el hambre ahoga todos los sentimientos. Siento una apatía total hacia todo lo que me rodea. Sólo pienso en una cosa: cómo conseguir algo de comer.

 

El destino, sin embargo, le regalaba a veces días distintos a ese para que la sensibilidad no se le entumeciera del todo.

 

30 de noviembre.

Hoy he tenido gozos para dar y tomar. Primero, me dieron un pase para el día entero. Segundo, pude ver a mi hijo. Está saludable y contento. Me mostró todo lo que lo mantiene ocupado. Está esquiando. Pasé todo el día junto a él. De todos modos, echa de menos su casa, sabe que está en un lugar que no es el suyo. Estuvo muy cariñoso conmigo y todo el rato procuraba que nos quedáramos a solas para transmitirme todas sus impresiones. Se puso muy triste cuando me preparé para marcharme. Mi hijito querido, qué feliz sería de volver a tenerte junto a mí. Es lo único por lo que la vida continúa valiendo la pena: vivirla para ti, para cuidar de tu salud y de tus aficiones… Lo aguantaré todo. Aun cuando las cosas empeoren, apretaré los nervios en un puño y me apretaré el cinturón hasta que no dé más, con tal de conservarte junto a mí. Si me dieran libertad para hacerlo, te sacaría en brazos de aquí para alejarte de los peligros. Y lo haré. Si algo amenaza tu vida, lo haré. Tienes que vivir por ti y por mí, porque a mí ya me queda poco en este mundo. No quiero recordar mi pasado porque no hay en él ni un solo día que me traiga recuerdos gratos. Toda mi vida, de principio a fin, ha sido estéril. Por eso mi hijo vale tanto para mí: es lo único que he creado en la vida. Bueno, parece que me ha dado por ponerme profunda. Debe ser porque hoy he comido bien…

 

El 4 de diciembre la letra es confusa, el trazo amplio debido al apresuramiento.

 

Nos dan la orden de salida. Hoy sufrimos un severo ataque de artillería. Acaso haya llegado el día de mi muerte. Si así fuera, ruego a todos que no olvidéis a mi hijito ni le hagáis nunca daño.

 

Su presentimiento resultó vano. Habría un 5 de diciembre para ella y muchos otros días terribles por delante.

 

5 de diciembre.

No hemos vuelto al cuartel hasta ahora. No ha habido víctimas. Pero qué noche tan terrible hemos pasado. Dos horas seguidas de bombardeo y fuego de artillería. Cada cuatro minutos estallaba un proyectil. Nuestros edificios volaban en pedazos. La población se protegía en las trincheras y así se ponía a resguardo de las piezas de artillería, que no causaron víctimas. Pero las bombas caían sobre las trincheras atestadas convirtiendo a la gente en un amasijo de carne y tierra. Eso es lo que teníamos ante nuestros ojos: mujeres decapitadas y niños partidos por la mitad. Es imposible pensar en una imagen más repugnante. Entretanto, del cielo caían zumbando y silbando por todas partes bombas y proyectiles que traían más muerte y horror. Los nervios no dejaban de estar en tensión ni un instante, así que no había tiempo ni para respirar… Deseaba gritar tan fuerte que se oyera en el mundo entero: «¡Detente, maldito movimiento!» Agotados y exhaustos, regresamos al cuartel a las seis de la mañana. Nos desplomamos sobre las literas. Y en eso resonó una explosión, y después, otra aún más cerca, todo el edificio se estremeció, pero ninguno abandonó la habitación. Todos nos quedamos dormidos y ya no oímos nada más. Con toda probabilidad, esta noche todo se repetirá. Hay que tomarse un respiro.

 

Hasta los errores involuntarios que aparecen en las notas tienen una significación muy especial. Llega el mes de enero y, sin embargo, el día siguiente al 8 de enero aparece anotado como el 9 «de diciembre». Y también el día 11 será «de diciembre» y otra vez el 15.

Vuelven entonces a asomar las asociaciones literarias. Y recordamos el «calendario» de «Diario de un loco». Aquí, sin embargo, no estamos ante la invención de un autor ingenioso, sino ante la evidencia de la trágica descomposición del tiempo y, cuando se leen las notas escritas esos días, uno comprende que el tiempo se había detenido.

 

8 de enero.

A lo largo de los últimos días la ciudad ha vuelto a ser víctima de constante fuego de artillería. Y otra vez son disparos que vienen decerca. Nuestro distrito lleva tres días bajo fuego enemigo. Hace una hora comenzaron a disparar con fuego intenso y fue declarada inmediatamente la alarma química. El ruido de hierros golpeados se oyó por toda la calle, pero no produjo demasiado efecto en la gente. De cualquier modo vamos a morir. Me quedé en casa. Ahora ya todo está en calma y no hemos tenido que hacer ninguna salida. Por lo que parece, los alemanes están intentando tomar la ciudad otra vez, porque puede percibirse que hay duros combates en torno a ella. El rugido de distantes disparos no cesa. Es probable que nuestros días estén contados y que nos dé igual. La gente ha dejado de reaccionar en forma alguna contra lo que acontece a su alrededor. En el rostro de la gente sólo aparece alguna expresión de sensatez cuando se habla de comida. Yo sólo temo por la suerte de mi hijo. Lo más probable es que Kolia ya no regrese jamás. Me da pena Kolia, porque debe de estar sufriendo por la ponzoña que le corroe el alma. Saber que su hijito se quedará sin padre. Aunque con la vida que llevamos hoy en día, no conviene adelantarse a los acontecimientos con suposiciones. Vivamos un poco más, y ya veremos.

 

9 de diciembre [Encima de la palabra diciembre, con lápiz, escribe «enero»].

Fui hasta Leváshovo. Ya no hay trenes que viajen hasta allá. Se acabó el combustible. Los militares están talando todos los postes de telégrafos y las farolas para procurarse combustible. Fui andando desde Stáraia Derevnia y pasando por Kolomiagui y Martínishko hasta llegar a Shuválovo. Salí a primera hora de la mañana. Cuando llegaba al parque Udélninski comenzó a salir el sol. Los árboles estaban completamente cubiertos de espesa escarcha. La nieve cegaba con su blanco fulgor. La naturaleza se mostraba tan bella que parecía burlarse de nosotros, una belleza que destacaba con mayor brillantez aún dado el estado de decrepitud general. Nuestra ciudad se está convirtiendo en un basurero por el que merodean animales hambrientos y feroces dispuestos en cualquier momento a saltarte a la garganta. Hice un alto en Shuválovo…

Llegué por fin a Leváshovo, mi hijito está bien de salud y se alegró de mi visita. Los habitantes de Shuválovo, es decir, Kolia y Shura, viven sobre un volcán a punto de entrar en erupción. A las seis de la mañana emprendí el camino de regreso. Al pasar por Pargólovo, me senté un momento en un portal y me puse a comer un trozo de pan de unos cincuenta gramos que llevaba. De pronto veo cómo la gente se me acerca, forma un semicírculo en torno a mí y me mira a la boca con ojos ávidos. Todas las caras tenían las mejillas hundidas y reflejaban dureza y rabia. Parecían dispuestos a todo. Sentí un escalofrío recorriéndome la espalda. Estaba oscuro todavía. Yo llevaba una bolsita y en ella una pequeña pata de caballo (para Lenka). Y pensé que esa pequeña pata me iba a costar la vida. Tuve la suerte de que había un grupo de militares comandados por un oficial que viajaban también a la ciudad, y me uní a ellos. Me sentía tan cansada que se me cerraban los ojos. En el camino de vuelta ya no percibí la belleza del entorno natural.

 

Turnás es enfermera y no le cuesta imaginar lo que espera a la ciudad cuando termine ese terrible invierno.

 

11 de diciembre [En el original la fecha no aparece corregida, aunque la anotación se realizó en el mes de enero].

…Si conseguimos sobrevivir a esta hambruna, cuando llegue el calor las epidemias harán estragos en la ciudad, porque es tremenda la cantidad de basura que hay por todos lados. El acueducto está fuera de servicio, al igual que el alcantarillado. Nadie retira la nieve ni las basuras. No hay luz eléctrica y todos los locales están llenos de cenizas y hollín. Es prácticamente imposible lavar la ropa, de ahí la plaga de piojos, que afecta a casi todo el mundo, y su inseparable compañero, el tifus. Los baños públicos han dejado de funcionar, como también las empresas. No hay electricidad y todo el transporte está parado. Las calles están llenas de vehículos cubiertos de nieve y con los tanques de combustible vacíos. Los tranvías llevan dos meses parados. No hay leña. La gente anda por las calles sin apenas avanzar y envuelta en todo tipo de trapos. El hambre alcanza cotas cada vez más altas. El mes pasado no se entregó a la población toda la norma de alimentos establecida y este mes aún no han dado nada. Las tiendas están completamente vacías. Sólo se despacha pan y hay que hacer largas colas para adquirirlo. Fallecen familias enteras. La gente muere en plena calle y pasan semanas antes de que se retiren los cadáveres. Este monstruo enorme y colmado de basuras que es Leningrado se está muriendo. El número de alienados crece sin parar. La actividad delictiva es constante. La gente no sabe cómo llegar a casa con el pan que ha comprado sin ser víctima de atracos. Si esta situación se prolonga un mes más todos acabaremos muertos. Se están montando puestos de alimentación o lazaretos ante las oficinas públicas y las clínicas para tratar a los que ya no pueden más. Pero casi todos los que acuden a esos puestos se mueren allí mismo, porque el organismo agotado no consigue asimilar las sustancias alimenticias que le administran. Dicho claramente, esto no es vida, sino un ataúd con música.

 

Tras monólogo tan doloroso, y tan marcado por la angustia y la desesperación, surge esa ácida broma del «ataúd con música», como una luz en medio de las tinieblas, como la sonrisa que se asoma a un rostro demacrado y moribundo.

Y también están esos «diciembres», y los «eneros» escritos encima con lápiz, como si se asistiera al esfuerzo de alguien a quien arrastran hacia la muerte por aferrarse al no ser de las garras de diciembre. Terrible será enero, y duros serán febrero y marzo, pero el infernal diciembre continuará cobrándose su tributo. Más adelante, el pan conseguirá viajar sobre el lago Ládoga, y avanzará sobre el hielo el flujo de evacuados, aligerando la ciudad de superfluas bocas que alimentar. Comenzarán a aumentar las raciones normadas. Con la llegada de la primavera, la ciudad ganará un poquito de fuerzas, que le permitirán sacudirse de encima la negra sábana que ha dejado diciembre…

 

15 de diciembre. [«Diciembre» aparece tachado y encima, escrito con lápiz, se lee «enero»].

Fui a lavarme a un baño público y me robaron toda la ropa. Un suceso de veras lamentable, sobre todo por las botas de fieltro que me da mucha pena haber perdido, porque el invierno está en su apogeo, y sólo podría comprar otras pagándolas con pan, que es de lo que menos tengo, aunque tampoco tenga dinero. ¡Ya me las arreglaré! ¡Igualmente, quizá tampoco me quede mucho de vida! Pese a todo, lo que más me urge es comer algo. Si me dieran pan, me comería una hogaza entera y después a morirme si es lo que me toca. Temo por mi hijo. Ojalá él no tenga que pasar mucha hambre.

 

Siempre que se refiere a los habitantes de la Ciudad, Elizaveta Turnás escribe Leningradense, con mayúscula. También ahí se hace notar la ortografía de la Ciudad. Porque precisamente así, con mayúscula, habrá llamado la Ciudad a sus habitantes en esos días, en esos años.

Véase este autorretrato de una Leningradense escrito en la primavera de 1942.

Liza viene de Stáraia Derevnia y se dirige a la calle Herzen, donde vive «mi hermana Lena», como se cuida de anotar una y otra vez:

 

El fuego de artillería empezó a caer cuando me estaba aproximando al puente de la Bolsa. Probablemente, el objetivo era el río Neva, donde había varios vapores inmensos…

 

Tropiezo con esa expresión casi infantil acerca de los «vapores inmensos», unos «vapores», entre ellos el acorazado Kírov, anclados en el río casi junto a la plaza del Senado, hacían fuego contra las posiciones alemanas en Krásnoie Seló, Gátchina y Strielná. Las frases que siguen honrarían a cualquier escritor de literatura bélica. Su laconismo. Su precisión. Y más: lo inimaginable que hay en ellas.

 

…El fuego comenzó tan de improviso y con tal intensidad que los estallidos de las explosiones se sucedían sin cesar. La gente corrió a refugiarse en zaguanes y portales. Todo movimiento se detuvo. Me invadió el pánico, cosa que me sorprendió. ¿Qué me había asustado tanto? ¿La muerte, acaso? Que una explosión me destrozara. Y de pronto sentí desprecio por mí misma. Qué poca cosa era, cuán egoísta. «No, cobardica, tú vas a seguir tu camino como si nada», me dije, y eché a andar con deliberada lentitud, mofándome de mí misma. Los proyectiles silbaban y el aire temblaba…

 

¿Habéis oído eso? ¿Lo habéis visto? Seguro que la propia autora se sorprendería si alguien le dijera que esa frase tremenda tiene hondísimas raíces literarias. El silbido y el temblor. El silbido es la llamada de aviso de alguien a quien conocemos bien: el Bandido-Ruiseñor, el monstruo de los bosques, que provoca en todo aquel que oye su silbido el más intenso temblor. Aquí es nada menos que el aire quien tiembla de miedo ante la inminencia de la explosión. Tiembla el aire y, mientras, una mujer tocada con una boina negra y abrigada con una chaqueta enguatada (le robaron el abrigo y las botas de fieltro en los baños), nos dice que se puso en camino «con deliberada lentitud, mofándome de mí misma». Es difícil abstenerse de admirar algo tan soberbiamente expresado, sobre todo cuando ella misma demuestra ser capaz de valorar un trabajo bien hecho.

 

Detrás del Palacio de Invierno se levantaban columnas de polvo y humo. Disparaban tan estupendamente que su precisión te dejaba pasmada.

 

Una mujer, una enfermera, alguien, pues, con una profesión totalmente ajena a la guerra, incapaz incluso de distinguir entre un vapor y un crucero con el casco blindado y adornado para la ocasión con torretas artilladas, va y exclama de pronto con un lenguaje propio más bien de un artillero chamuscado por la pólvora: «¡Disparaban tan estupendamente…!» ¿No será que por su boca habla el artillero Piotr Alexéyevich, asombrado ante el arte de sus maestros forasteros?5

No obstante, la siguiente frase sí es de Liza, aunque no le pertenezca en exclusiva: «Llegué a casa de Lena, y con qué me encuentro: pues con que el edificio se ha quedado sin un solo cristal.»

Sin exagerar ni forzar la verdad, son dos las voces que suenan en el diario. La voz de una mujer, una madre, una blokadnitsa, una combatiente, y la voz de la Ciudad. Y uno no deja de maravillarse cada vez que se producen esas inesperadas a la vez que evidentes salidas de su propio «Yo».

¿Queréis otro ejemplo? Ahí va.

Se trata de la nota fechada el 5 de abril de 1942.

 

A las 19 hrs. declararon la alarma aérea. Se desató el huracanado tableteo de las baterías antiaéreas. El día era claro y soleado. En las alturas, aparecieron los aviones alemanes como bellas mariposas. Y comenzó el bombardeo, el primero que llegaba tras las vacaciones de invierno. El aire se estremeció por el zumbido y el estruendo; la tierra temblaba y vibraba.

 

No ceso de maravillarme ante esos súbitos, y difícilmente explicables, cambios del punto de vista, o mejor, del sistema de medidas, como tampoco ante la capacidad para ver, recordar y registrar cosas que, cabría pensar, no deberían ni verse ni recordarse. Nabokov escribió alguna vez: «Y puedo escuchar cómo Pushkin recuerda todos esos pequeños e inspirados matices y ecos…» Dios está en los detalles, decía Goethe. Los «inspirados matices y ecos» son una presencia constante en este diario. Todavía no había transcurrido un mes desde que pasaron a cuchillo a la familia de su hermano y a su propio hijo de siete años en Leváshovo. Y el 11 de febrero de 1942 anota:

 

Vivir me produce un asco irreprimible. Ojalá me mandaran al campo de batalla, ojalá me mataran pronto; sola, me siento desesperadamente triste. Compré un revólver hace unos días y casi me alivió empuñarlo.

 

Sola, se siente desesperadamente triste; armada con el revólver, casi aliviada. Repárese en esos matices. Inspirados.

El 19 de septiembre de 1942:

 

La noche era oscura. En cuanto sonó la sirena, comenzaron los disparos de las antiaéreas. Parecía que el cielo estallara en mil pedazos. Los motores rugieron sobre nuestra cabeza. La luz de un proyector resplandeció de pronto y pude ver cómo decenas de proyectiles salidos de las bocas de las antiaéreas pasaban por encima de mí. Los trozos de metralla también volaron emitiendo silbidos y quejosos aullidos. Algunos impactaban muy cerca, resonaban al golpear contra los raíles y rebotaban con fuerza… Las olas de aire iban de un lado a otro como si se tratara de un mar encrespado, hacían añicos los vidrios y descoyuntaban las puertas y hasta sus marcos.

 

Esos marcos y puertas arrancados constituyen otro «inspirado matiz», sin el cual las olas de aire se habrían quedado en una suerte de difusa metáfora.

 

No hace mucho uno de nuestros aviones alcanzó con una ráfaga de ametralladora a un avión enemigo y lo derribó. El avión se incendió y el piloto consiguió saltar en paracaídas. Ocurrió de día, cuando comíamos en el comedor. Alguien avisó a gritos: “Paracaidistas”. Salimos y vimos que en efecto había una nubecilla blanca descendiendo. Vino a caer junto a un quiosco de venta de cerveza, y se repuso enseguida. Un policía lo ayudó a levantarse, le sacudió el polvo de la ropa y se lo llevó. El aviador parecía muy sereno, aunque estaba algo pálido. Muy joven todavía, tendría unos 25 años, llevaba la orden de la Cruz de hierro y era muy guapo.

 

Es la primera vez en su vida que alcanza a ver a un asesino, a un criminal condecorado con la orden que recibían los verdugos: guapo, joven, pálido… Supongamos que se expresa así porque habla como una mujer, no obstante resulta difícil de olvidar la imagen del policía sacudiendo el polvo de la ropa del asesino. Tal vez sea por eso por lo que existe el arte.

La atención femenina y el afán de orden generan «ritmos» de veras inesperados. Sacudieron la nieve que cubría al difunto padre de Klávochka, le dieron «la apariencia debida» y lo enterraron. Al fascista le sacudieron el polvo y se lo llevaron.

Veamos aún otro matiz; aparece en la nota del 20 de agosto de 1942.

 

Ayer estuve de guardia veinticuatro horas y al terminarla me eché a descansar, aunque era de día. Mis compañeros armaban mucho jaleo en la habitación y de pronto apareció Vitia y dijo «Bajad la voz, que mamá duerme». Lo oí claramente entre sueños. Después se me acercó, me besó dos veces en los labios y se dispuso a marcharse. Pero me levanté de un salto y repetí su nombre una y otra vez. Sentía sus besos en mis labios y eran húmedos.

 

¿Cuántas sombras no se yerguen sobre el diario?

 

(Este texto no puede ser reproducido salvo autorización expresa del traductor.)

 

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Lezama Lima en el Día Mundial de la Poesía

- 25/03/20
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En ocasión del Día Mundial de la Poesía, la editorial barcelonesa Somos Libros convocó a leer un poema desde el confinamiento impuesto por la pandemia.

Elegí “Ah, que tú escapes…” de José Lezama Lima (La Habana, 1910-1976).

 

 

 

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De una visita a la casa y futuro museo de Joseph Brodsky con un poema bajo el brazo

- 24/09/19
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Hace un par de días visité en San Petersburgo la “habitación y media” en la que el poeta Joseph Brodsky vivió hasta su marcha al exilio. No es buena costumbre acudir a una visita con las manos vacías, ni siquiera cuando el anfitrión lleva décadas ausente, y se me ocurrió llevarle la traducción de un poema suyo que hice hace un par de años y leérsela allí.

La habitación, parte de una kommunalka, está en eternas obras con vistas a la creación de un museo que honre la memoria del poeta. En otro lugar contaré los pormenores de la visita, alguno siniestro a la vez que iluminador.

Ahora comparto aquí la lectura del poema y algunas imágenes del espacio.
Más abajo, para disfrute sobre todo de quien conozca ambas lenguas, copio el poema en ruso y la traducción que leo.

Un recorrido por la “Habitación y media” en el número 24 de la avenida Liteini

El poema en ruso:

В озерном краю

В те времена в стране зубных врачей,
чьи дочери выписывают вещи
из Лондона, чьи стиснутые клещи
вздымают вверх на знамени ничей
Зуб Мудрости, я, прячущий во рту
развалины почище Парфенона,
шпион, лазутчик, пятая колонна
гнилой провинции — в быту
профессор красноречия — я жил
в колледже возле Главного из Пресных
Озер, куда из недорослей местных
был призван для вытягиванья жил.

Все то, что я писал в те времена,
сводилось неизбежно к многоточью.
Я падал, не расстегиваясь, на
постель свою. И ежели я ночью
отыскивал звезду на потолке,
она, согласно правилам сгоранья,
сбегала на подушку по щеке
быстрей, чем я загадывал желанье.

1972

El poema en mi traducción que leo aquí:

En la región de los lagos

En los años que pasé en el país de los dentistas,
cuyas hijas encargan sus regalos
en Londres y cuyas apretadas tenazas
se elevan a lo alto como banderas que saludan a una Muela del juicio sin dueño,
yo, que escondo en mi boca ruinas más blancas que las del Partenón,
espía, husmeador, quintacolumnista en una provincia podrida
y, de diario, profesor de oratoria, vivía en un college
situado junto al principal de los Grandes lagos, al que me habían llamado
para tensar las venas a las algas locales.

Todo lo que escribía en aquellos años
tendía inexorablemente a los puntos suspensivos.
Me dejaba caer en la cama cada noche sin desabrocharme el traje. Y si alguna vez
me ponía a buscar una estrella en el techo, ésta, obedeciendo a las leyes de la                                                                                                                                    combustión,
corría por mi mejilla hasta la almohada, antes de que yo alcanzara a imaginar un deseo.

1972

Traducción de Jorge Ferrer

 

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Crónica: Berlín, Aleksiévich, la memoria y unas cucarachas

- 10/09/19
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Esta crónica se publicó en la revista digital El Estornudo el 5 de enero de 2019 y se reproduce aquí para archivo. La publicación original se puede consultar aquí.

Es el relato de un viaje a Berlín a entrevistar a Svetlana Aleksiévich, cuyo libro El fin del “Homo sovieticus” traduje para la editorial Acantilado. A la entrevista que resultó de ese encuentro se enlaza más adelante. Este es el relato del hors d’oeuvre y el making-off, la reunión de los temas conexos que rodearon ese viaje que hice junto a Arcadi Espada, un viaje que fue también una excursión a mi pasado.

 

 

Citas en Berlín: cuidado con esa gaveta que tiene cucarachas

Por Jorge Ferrer

Uno se detiene en el borde de la acera, frente al aparcamiento del aeropuerto de Tegel, también Otto Lilienthal, y mira la pantalla donde Uber le informa de que viene a recogerlo un Mercedes-Benz de color blanco. «En un Mercedes blanco llegó / a la feria del ganado», recuerda lo que cantaba Kiko Veneno. Levanta la mirada y todos los coches, menos alguno, son allí Mercedes-Benz de color blanco. La conclusión está servida: Berlín es la feria del ganado.

Cuando llegué a Moscú en 2005, después de quince años sin ver la ciudad donde antes había vivido ocho y encontrármela con la ropa fea de las vallas que anuncian neumáticos y sofás en la carretera que conduce al centro desde Sheremetievo, creí que llegaba a Brighton Beach, en Nueva York, donde había visto por primera vez anuncios en ruso vistiendo los flancos de los edificios. Cuando llegué a La Habana en 2008 después de catorce años sin verla, creí que había llegado a los sucios lavabos de la estación de autobuses de Tánger, en Marruecos. Cuando llegué ahora a Berlín, después de 30 años sin venir aquí, nada me distrajo de la evidencia de que había llegado a Berlín. Los rótulos, el cielo bajo, las señales de tráfico indicando direcciones que parecen marcas en mis libros (Tempelhof, Spandau, Tiergarten…), el señor con bigotes y paraguas, el perro aliviándose orondo sobre tres patas firmes como porras.

Viajé a Berlín al encuentro de dos mujeres. Más precisamente, al encuentro de una, Svetlana Aleksiévich, que me ayudara a llegar a la segunda. Tampoco descartaba encontrar la sombra del adolescente que fui allí, pero con ésa no me había citado. Ésa, si aparecía bien y si no también, que tampoco iba a llenar la sala de gente en tan pocas horas.

Y viajé con Arcadi Espada para entrevistar a una Svetlana cuyo Premio Nobel la grey periodística reivindicó para sí. A hablar sobre la verdad y la ficción, el patchwork y la verosimilitud, sobre el método de Svetlana, algo de lo que no suele hablar, tal vez, entre otras razones, porque no se lo preguntan como debieran.

¡Todo un three-pack para menos de 46 horas! Y todavía no se habían asomado las cucarachas.

Del aeropuerto, tras una breve parada para recoger las llaves en el Instituto Cervantes, vamos a un complejo de edificios en la esquina de las calles Hussiten y Bernauer. Sí, esa Bernauer strasse. El complejo de edificios donde nos alojamos está recostado al Muro del lado occidental. Estaba en la esquinita misma del curioso pico que formaba el Muro, allí una lengua adelantada en el cuerpo del Este, al correr desde la Bernauer Gartenstrasse arriba. Estamos en el lado de Berlín que yo no pisé nunca y ya sé que ello te puede parecer una cuestión baladí, cuando celebramos el 30 aniversario de la caída del Muro. No lo es para mí.

Nos adentramos en un rizoma de edificios conectados por patios. Fincas levantadas a primeros del siglo XX por el arquitecto Ernst Schwarzkopff, cada una de ellas en un estilo arquitectónico distinto, patios cuidados, senderos, parterres, un césped que debe haber cortado el que se ocupa del Allianz Arena, puertas bajas, escaleras de madera que chirrían como ofendidas. Uno adivina que lo que ve no es lo que fue, como suele pasar en todas las ciudades heridas por la guerra. Y, en efecto, el registro catastral da fe de que se han suprimido un par de alas.

Esquina de las calles Bernauer y Hussitenstrasse a mediados de la década de los 60 con el Muro en pie. En el extremo inferior izquierdo, el complejo de edificios de Ernst Schwarzkopff

Tú has visto imágenes de la calle Bernauer, aunque no sepas ahora que es ésa calle precisamente. La Bernauer strasse separaba el sector francés del soviético a lo largo de un kilómetro y medio y cuando las autoridades comunistas de la RDA dividieron en dos la ciudad en agosto de 1961, sus vecinos se vieron con la frontera en la puerta de casa, literalmente. Salían de casa, en el Este, y pisaban una acera que ya era el Oeste. Transitaban del oprobio a la libertad con solo asomar la nariz al dintel.

Es comprensible que los celosos guardianes de la felicidad socialista los privaran enseguida de ese susto: las puertas y las ventanas de las casas que daban al Oeste fueron tapiadas; se abrieron nuevas entradas desde el Este. Eso durante un tiempo, hasta que las derribaron y establecieron un perímetro. De pie ante los cimientos del edificio antes marcado con el Nº 10a intenté más tarde imaginar el horror, el estupor, el anhelo de libertad, la desazón que vivió allí tanta gente…

Repaso mentalmente, y después en YouTube ante una cerveza, las imágenes de los berlineses arrojándose al vacío desde las ventanas de las casas de la Bernauer strasse para caer en el Oeste. Arrojarse desde el vacío, más bien, para caer en el lleno. Ida Siekmann, una enfermera de 59 años, se arrojó desde su apartamento de una cuarta planta en el Nº 50 de la Bernauer. Los bomberos no habían tenido tiempo de extender las mantas con las que recogían a los que saltaban. Fue la primera víctima de muerte provocada por la construcción del Muro de la Vergüenza, el símbolo más ominoso y a la vez gráfico de la Guerra fría: una línea en un mapa, una cicatriz en un cuerpo, un hito en la historia de la idiotez de los hombres.

Pero la Bernauer strasse fue también donde se echaron abajo los primeros tramos del Muro en la noche del 10 al 11 de noviembre de 1989, la noche que inauguró el siglo XXI. Y esa idea y las imágenes en color intercaladas con las imágenes de blanco y negro de la gente huyendo en el 61 me acompañarán cuando me mueva después por sus aceras ya ubicadas en un mismo mundo.

***

Yo no había vuelto a Berlín desde que lo visitaba con cierta frecuencia a mediados de los años ochenta. De hecho, siendo todavía un adolescente, Berlín fue la primera ciudad que pisé fuera de Cuba, cuando hicimos etapa allí de camino a Moscú para lo que se llamaba entonces «habilitación»: la adquisición de ropa a cuenta del Estado para que los empobrecidos cubanos no lo parecieran tanto al dejarse ver en paisajes extranjeros. Había un par de tiendas en la calle Galiano de La Habana a la que eran dirigidos los viajeros, ¡de hecho, esa visita ya era parte del viaje, ya era un viaje ella misma!, a adquirir blusas y calzoncillos, corbatas y mocasines.

A Berlín viajaban a habilitarse los funcionarios de mayor rango como mi padre, a la sazón nombrado para un puesto en un banco que se ocupaba de contar el dinero que se debían unos a otros los países del bloque del Este. A Berlín, a Berlín oriental, se viajaba si ibas a trabajar en el Este del mundo; si en el Oeste, te ibas a vestir a París o a Madrid. Gracias a ello, yo pude ver el Muro en pie, lo vi de frente y lo miré de soslayo. Y lo vi desde arriba, desde la ventana de un apartamento donde nos alojamos en uno de los viajes de «habilitación» y desde donde también se veía el Oeste. Más tarde volveremos a esa ventana. Y no para asomarnos afuera, sino para observar lo que ocurre dentro de la habitación.

Sigo siendo aquel animalito salvaje y cuando entro al apartamento en el número 5 de Hussitenstrasse voy directamente a la nevera: está vacía. Tengo por delante 46 horas en Berlín, la cita con una dama que me podrá conducir a otra, la idea vaga de localizar el edificio donde dormí la primera noche en Berlín en 1982, tengo a Berlín todito, y, sin embargo, me produce una gran contrariedad que la nevera esté vacía. Un yogur quería ver. Y una salchicha o dos. Aun cuando es seguro que no hubiera tocado nada. Pero yo había llegado a Berlín una noche de 1982 y allí descubrí que el socialismo real admitía la posibilidad de la mesa decentemente provista. Ahora no iba a ser menos.

Bajo a la calle. Camino a lo largo de un parquecillo alargado y tan estrecho como el curso del Muro y su zona de exclusión. Es el Memorial del Muro. Me vienen a la mente aquellas palabras de la trapecista en Cielo sobre Berlín, la película que rodó Wim Wenders poco antes de que la ciudad creciera en 1989 y con ella también el mundo: «Es imposible perderse en Berlín: siempre acabas tropezando con el Muro». «¡Incluso cuando ya no está!», me digo y echo a andar hacia el Supersonico, en el 71/72 de la calle Bernauer, un nombre el de ese restaurante italiano que me parece ideal para que sigan plegándose los tiempos pasado y presente, inundando el aire de Berlín con su sonido de acordeón.

***

En la noche me acerco al hotel Adlon y la Puerta de Brandenburgo. Frente al Adlon, donde se celebra algo, la feria del ganado. Vago un rato por las calles oscuras y frías. Más tarde, cenando rodeados de ruidosos gays alemanes en una bistró, Arcadi y yo hablamos de Svetlana Aleksiévich, de la charla que mantendremos con ella al día siguiente. El ardor de la conversación y el sosiego que traen a la mesa el foie-gras y el tartare me predisponen estupendamente para volver a casa andando a lo largo del trazado de la Bernauer. Me tomo una foto de espaldas al Muro con los brazos abiertos. El sosiego del foie ha sido desbancado por la cursilería. Me meto en la cama con Joseph Anton, las memorias de Salman Rushdie, el relato de cómo se convirtió en escritor. Me dejo arrastrar por el sueño pensando en la joven muchacha bielorrusa que acabó pasmando al mundo con el fresco más extraordinario del mundo soviético y postsoviético que cabe imaginar.

***

Svetlana Aleksiévich nos esperaba en un elegante apartamento de Stegliz, al sur de Berlín. Su ayudante, cuando me envió el sms con los datos, escribió: «Llame a la puerta marcada en el interfono con la palabra Barrios». Así en español. Pensé que nos esperaba en un magnífico lado de la lengua.

Svetlana es una mujer pequeña y firme. Su rostro es afable, sus maneras suaves pero enérgicas y tiene un ligero aire rural, que tal vez esté menos en ella que en el ojo que la mira y la ubica en el campo, en medio de un trigal donde todo es rumor y murmullo. Es una mujer que ha escuchado tanto –ella dice de sí misma que es una mujer-oreja en oposición al Flaubert que se decía un hombre-pluma–, que parece menos interesada en hablar que en escuchar.

Yo la había visto antes, en Barcelona, desde el público que asistió a una presentación, dueña ya del Premio Nobel. Pude haberme acercado a ella entonces. Me habían sentado en la segunda fila, una excelente distancia para abordarla y también para que me pasara la tarde con la mirada fija en sus zapatos inverosímiles. Preferí no acercarme a ella en aquella ocasión, no obstante. Eran muchos los que deseaban saludar a la Nobel, que parecía agotada e incluso dijo estarlo para abreviar el acto. Cedí mi lugar en aquella fila.

Svetlana Aleksiévich se hizo famosa cuando le concedieron el Premio Nobel de literatura en 2015. Mucho antes y por iniciativa de Iván de la Nuez, que nunca le quita un ojo al Este, se había publicado su primer libro en español: Voces de Chernobyl. Crónica del futuro (Casiopea, 2002; Siglo XXI ed., 2006) en formidable traducción de Ricardo San Vicente. Yo me enteré del Nobel en la ducha. Lo escuché en la radio. Había pasado largos meses traduciendo El fin del «Homo sovieticus», la obra monumental que cerró el primer ciclo de la obra de Svetlana, y en aquellos días estaba haciendo las últimas correcciones. Mi primer recuerdo fue para Jaume Vallcorba, el gran editor fallecido en agosto de 2014, porque él me encargó la traducción de ese libro, convencido de que Svetlana recogería el Nobel más pronto que tarde. Y aun recogiéndolo tan pronto, Vallcorba no alcanzó a verlo.

La obra de Svetlana constituye un esfuerzo titánico por pintar un fresco de la utopía soviética en las voces de sus protagonistas. Víctimas y victimarios, «testigos», como le gusta llamarlos («El testigo es el héroe más importante de la literatura», nos dijo en Berlín), reunidos en una «novela de voces», como se le ha llamado a las suyas, en un coro que funciona como una colección de tipos que a veces parecen arquetipos. La guerra no tiene rostro de mujer (Debate, 2015), Últimos testigos. Los niños de la Segunda Guerra Mundial (Debate, 2016), Los muchachos de zinc. Voces soviéticas de la Guerra de Afganistán (Debate, 2016), Voces de Chernóbil. Crónica del futuro (Casiopea, 2002), El fin del «Homo sovieticus» (Acantilado, 2015) son los cinco pilares del templo que ha erigido a la memoria del «hombre rojo» u «homo sovieticus».

De buena parte de lo que hablamos con Svetlana en aquella sala a lo largo de más de dos horas y media quedó debido, pulcro, notarial registro en la entrevista que Arcadi Espada y yo firmamos en La esfera de papel, el suplemento de cultura del diario El Mundo, el 9 de diciembre pasado. Debes leerlo allí.

***

De lo que hablamos y no alcanzaste a leer en la entrevista publicada fue de Alisa. Y era a Alisa, precisamente, a quien yo iba a buscar. La Alisa Z. que habita las páginas 451-470 de la edición española de El fin del «Homo sovieticus» y la actriz Patricia Jacas ha encaramado a las tablas y colado en su vida y las de sus amigos con la meticulosidad y el desparpajo con que un bárbaro conquista un territorio, lo puebla y lo nombra.

Un día del otoño de 2016 Patricia me dijo que estaba ensayando el testimonio de Alisa Z. para representarlo como un monólogo teatral. El monólogo se estrenó el verano siguiente en una fiesta estupenda. Nada menos que Albert Boadella bendijo a la actriz vestida de rusa. La tarde del estreno, de pie en una esquina de un patio de césped con un olivo en medio y una piscina sumada con entusiasmo al decorado, supe que había nacido algo. Lo que no alcancé a ver entonces fue que la criatura que gritaba a la noche cuando nos marchábamos, cenados y bailados, iba a crecer tanto. Y de manera tan proporcionada. Tan preocupada, precisamente, por la proporción. Por la proporción entre lo real y lo creado. Lo que es y lo que es fabricado. Entre la realidad y la ficción.

Alisa fue creciendo como crecen los personajes, como crecen las personas, como he ido creciendo yo: con tesón, desayunando bien y festejando el azar que es existir con una dedicación impenitente a respirar bien. Para Alisa eso era aún más importante, porque Alisa es un ser que, sobre todo y en los momentos de mayor esplendor, existe encaramada a las tablas, el lugar donde más le vale a uno respirar bien.

Muchos meses y unas veinte representaciones después, Patricia me hizo lo que era a la vez ofrecimiento y ruego: «Quiero que escribas otro monólogo para ese personaje, que Alisa viva más allá del libro de Svetlana». A mí ese momento me gusta recordarlo con música: un poco de folklore ruso y trompetas, trompetas.

No voy a echar mano de ninguna de las maneras de nombrar las formas complejas, alteradas o incluso ensimismadas de la literatura para aproximarme al nombre de esta aventura. Solo te voy a describir el, digamos, problema para que lo entendamos los dos: 1) Una escritora bielorrusa que opera mediante un método que se suele denominar «novela de voces» incluye en un libro el testimonio de una mujer; 2) Una actriz lee ese testimonio en su traducción al español, se enamora de la testigo, lleva ese texto al teatro y le construye, de manera paralela, una vida en el mundo real y el digital; 3) La actriz pide al traductor del texto original a la lengua en el que ella lo representa que escriba un nuevo monólogo para la testigo, es decir, que la saque del campo de la realidad y la transporte a la ficción, que de ser una persona, la convierta en un personaje, que en lugar de traducir la vida que le han transcrito, le escriba una vida futura.

Un reto así, cómo no, tenía que pasar por ir a ver a Svetlana y saber cuánto de Alisa hay en «Alisa», cuánto de la persona, de cuántas personas, hay en el personaje, cuánta es la realidad sobre la que tendré que operar mi ficción. Tenía que ir al huevo. Y el huevo era Aleksiévich, la única mujer que había visto a la Alisa de carne y hueso y quien la convirtió en texto impreso sobre el que se levantaba toda la secuencia posterior. «¿Cuánto de hombre hay en un hombre?», se preguntó alguna vez Dostoyevski en expresión que Svetlana gusta citar. ¡Eso!

«Yo he venido porque quiero ver a Alisa», le espeté después de los saludos de rigor. Nunca nos habíamos visto antes, como dije, pero yo había pasado largos meses doblado sobre las cerca de seiscientas páginas de El fin del «Homo sovieticus», traduciendo esas historias una a una, moviéndome entre esos registros, circulando por la geografía de la debacle del comunismo en la URSS, de Rusia a Armenia, del Cáucaso a Ucrania, de Bielorrusia a Kazajistán, andando de barrio en barrio de la ciudad ideal que acabó rota en mil pedazos y haciendo correr aún más sangre a un cuerpo que ya cualquier forense habría calificado de exangüe. Mi dedicación me autorizaba a pedir limosna con escopeta. «Yo he venido porque quiero ver a Alisa», le dije. Y en tono lastimero, le pedí: «¿Puedo ver a Alisa?»

Yo traía otra pregunta dentro, una pregunta que me rondaba desde que la otra Alisa, la que creció ante mis ojos y los ojos de tantos en Barcelona, se convirtió en el eje en torno al que pivotábamos un grupo de amigos, sus amigos. Ya a punto de despedirnos mostré a Svetlana en la pantalla de mi teléfono un breve saludo que le enviaba Patricia Jacas desde Barcelona. «¡Qué guapa es!», exclamó al verla. Y añadió, ay, lo que yo ya sabía, lo que a estas alturas ya habrás adivinado tú también: «¡Se parece tanto a Alisa!»

Salí de allí con la certeza de que tenía todo lo que Svetlana estaba dispuesta a darme de Alisa. ¡Y fue mucho! Pero no veré a Alisa, porque los hilos con ella están rotos. No pudo o no quiso Svetlana entregarme más Alisa que la que me dio en Stegliz, al barrio donde alquila el Sr. Barrios. Y yo pensé volviendo a Barcelona a la mañana siguiente que eso estaba bien, que casi mejor así, porque ahora, ¡tenía que decírselo enseguida a Patricia!, Alisa es nuestra y solo nuestra. Ya no tenemos que salir a buscar nada más que lo que hagamos juntos con ella.

***

Esa noche cenamos en el restaurante einsunternull, que la Guía Michelin adorna con una estrella. Tomé un carpaccio de colinabo, cuyo paladeo merece el esfuerzo y aun el riesgo de salvar los más altos muros.

***

La mañana siguiente Arcadi me había citado para desayunar en el Yada Yada Breakfast Club, un buen lugar del que partir después al aeropuerto. La idea fue doblemente feliz porque sus joviales e inexpertas camareras poblaron después el sueñecito que eché en el vuelo a Barcelona. Pero antes, a primera hora de la mañana y todavía poseído por la resaca de la entrevista, tomé el metro hasta Alexanderplatz. A ver la plaza a la que treinta años atrás se había asomado aquel adolescente venido de los trópicos, al lugar donde pisó las primeras calles de otro mundo, con el Muro en pie, cuando veníamos a «la habilitación». ¿Te estabas preguntando por las cucarachas? Ahora llegan.

El azar quiso que en Moscú, adonde llegué en 1982, eligiéramos a tiempo para comenzar el bachillerato, eligiéramos, me eligiera, qué sé yo, una escuela especializada en biología, la #199 del distrito Cheriomushkinski. En ella cursé los tres años de bachillerato. Un día, antes de que volara a La Habana de vacaciones, la directora del colegio, una señora soviética entrada en carnes y con un moño a là Valentina Tereshkova me hizo una petición: que les trajera bichitos tropicales para el fabuloso terrario que la escuela tenía en la última planta. De modo que ese agosto cacé en Bauta y Marianao unas cucarachas, algunas cochinillas y un par de lagartijas. Ese iba a ser mi aporte al zoológico privado de los alumnos de la 199, metro Akademícheskaya, al sureste de Moscú.

Había un escollo imprevisto, no obstante, y era que aquel verano, después de dos años viviendo en el Este de Europa, nos tocaba nueva «habilitación». «Los llevo a Berlín, muchachos», dije a mis bichos guardados en cajitas de cartón. No lo recuerdo ahora con precisión, pero cabe pensar que las cucarachas respondieron agitando las antenas de gozo: ya en Cuba escaseaba el dulce. No sé las lagartijas. Tal vez se mostraran más cautas preguntándose si allá lejos en la Europa higienizada habría moscas.

Tengo un recuerdo vago de mis pasos por el Berlín socialista de los ochenta, pero guardo un recuerdo vivo de las noches en que cazaba moscas del lado Este del Muro (¡de este lado del Muro!) para alimentar a mis fierecillas tropicales, bichitos arrancados de Marianao para crecer en Moscú, como yo mismo. Ahora entenderás que yo no haya leído La metamorfosis de Kafka como tú.

Tengo el recuerdo prístino, ese sí, de una noche larga temiendo que se me murieran los bichos, sentado ante la ventana, entomólogo de oenegé, y mirando a la torre que se alza en Alexanderplatz. Es ésa una de las noches memorables de mi adolescencia, como las que pasé mirando fijamente al cielo esperando ver levantarse el hongo de una explosión nuclear. Y no fueron pocas ésas. Todos los que vivieron en Moscú en 1984 las conocen. Al menos, todos los que escuchaban a Pink Floyd y leían a Dostoyevski.

Si yo hiciera una película que contara mi infancia como ha hecho Alfonso Cuarón en Roma, en la mía saldría un huracán, como en la suya un terremoto. Pero, además, sacaría la cámara fuera de Bauta y Marianao para que se viera a ese adolescente velándole el sueño a las cucarachas detrás de las contraventanas de Berlín, sacados todos de su casa, las cucarachas y él, y arrojados al mundo.

***

Han pasado muchos años y me pregunto si soy el único que se acuerda de aquellas cucarachas y lagartijas que recorrieron el camino contrario al del espía de Le Carré: los bichos que vinieron del calor y no del frío. Tengo que averiguarlo, para mí y para contártelo, y sé que el hombre para ello es Dmitri Margasiuk y lo llamo a Moscú.

Dmitri fue mi primer amigo ruso. Jugador de ajedrez y amante perdido de la biología, guió mis primeros pasos en Rusia: al círculo de ajedrez, el shájmatni kruzhok, y al terrario de marras. Yo después me estropeé. Nuestras vidas divergieron. Pero Dmitri estudió magisterio y volvió al colegio donde cursamos el bachillerato. La enseñanza y la biología han sido su vida. Él recordaría qué fue de mis bichos cubanos que hicieron etapa en Berlín. Reunidos por Facebook, lo llamé.

«Del terrario se ocupaban Borís Alekséyevich y su mujer Tamara Mijáilovna y por lo que recuerdo algunos de tus bichos vivieron largos años», me dice Dmitri. Mucho tiempo después de haber acabado el bachillerato vio vivitas y coleando a las lagartijas, mostrando toda la joie de vivre de la que se podía hacer gala entre los muros (¡otra vez el Muro!) del terrario. Pero de ellas también me dio noticias peores.

En algún momento de los noventa, cuando se desmontaba la URSS cuyo fin tan bien cartografió Svetlana Aleksiévich, los responsables del colegio comenzaron a desconectar la calefacción los fines de semana y muchos animales murieron. Las lagartijas llegadas de Cuba estuvieron entre las víctimas. Se rindieron al frío como las iguanas que cayeron vencidas por las heladas de Miami en el terrible invierno de 2010. A algunas de estas últimas las vi descolgarse de las palmeras, tal vez purgando, sin saberlo, la culpa por haber echado en el olvido a las lagartijas que cayeron antes en Moscú, vestidas con uniformes de vivos colores y ateridas, como los soldados de Napoleón en la campaña de 1812.

***

Es hora de volver a casa. Otro Mercedes blanco de Uber. El aeropuerto Tegel es una porquería. Vueling, de la que Arcadi dice cosas más gruesas que aquella directora soviética, retrasa su vuelo a Barcelona. Yo, entretanto, no dejo de preguntarme por qué son tan caros los bombones en un edificio tan feo. Y eso me ofusca. De haber estado más relajado, tres euritos menos de nada en caja, me habría percatado de lo que veo ahora. Otto Lilienthal, cuyo nombre lleva el aeropuerto, voló en diversos aparatos, fue un genuino pionero de la aviación. Lilienthal estaba convencido de que adosando alas a los hombres, estos podrían volar como los pájaros. Hizo muchos prototipos, y muchos vuelos también. Otto Lilienthal falleció en agosto de 1896 tras un accidente de vuelo. El Sturmflügel-modell y el Gelenkflügelapparat, dos de sus prototipos más notorios, me recuerdan bastante una cucaracha cubana con las alas desplegadas. La Panchlora Nivea, concretamente.

© Las fotografías son del autor, excepto la de Patricia Jacas tomada por José Antonio Laborda, y no pueden ser utilizadas sin autorización.

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Siberia y sus mujeres vistas a lomos del Transiberiano

- 06/09/19
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Este reportaje fue publicado en la revista Fashion & Arts Magazine, edición del 25 de agosto de 2019.

 

 

Siberia, otro curioso nombre de la libertad

Por Jorge Ferrer

 

El tren coge carrerilla y se empina por una suave colina. El desnivel tiene las curvas del célebre prado de Windows, pero la hierba que brota tras el crudo invierno está renegrida. Hay un bosquecillo de abedules y alerces al fondo. Un par de tocones en medio sugieren que algún esteta necesitado de leña enderezó el conjunto. Tal vez una marta cebellina, trajinada ya la noche, esté buscando abrigo y reposo entre los árboles. Es seguro que el maquinista estará saludando a la luz total de los amaneceres de Siberia que saca de la tierra un brillo áureo.

Viajo en el Transiberiano envuelto en el humo del té y el rumor del pasaje. No es este mi primer viaje a Siberia, pero sí es un viaje peculiar. Dediqué unos meses de 2018 a traducir la novela Zuleijá abre los ojos de Guzel Yájina, que publicó Acantilado. Es la historia de una mujer deportada en los años del estalinismo, que recorre media Rusia en un tren que la conduce al destierro en una colonia de trabajo. Allí, contra todo pronóstico, encontrará por fin la emancipación, descubriéndose a sí misma como amante y como madre, como una mujer dueña de su destino. Sí, sí, ya sé que rompe nuestros esquemas mentales concebir que alguien fuera a emanciparse en uno de los islotes del archipiélago Gulag; a encontrar la serenidad en medio del horror de la deportación, el hambre y la muerte; el valor, allá donde el cautiverio y las privaciones convertían a los seres humanos en guiñapos, marionetas movidas por la historia.

Mi viaje a Siberia transcurre sobre un caballo legendario —el Transiberiano— y entre dos puntos esenciales de su geografía: los montes Urales y el lago Baikal. La joven Zuleijá cruzó los Urales y llegó hasta el Angará, el único río que nace en el pozo del mundo. Mi viaje es en dirección opuesta. Vuelo a Irkutsk desde España y desde allí hacer el viaje en tren hasta los Urales. No viajaré al par que Zuleijá. Lo hago en dirección contraria y mirándole los ojos, escuchándola hablar por las voces de las mujeres de Siberia, voces de ayer y, sobre todo, voces de hoy.

Llego a Irkutsk la noche en que se celebra una velada poética. Me había citado con dos poetisas: Yekaterina Boyarskij y Svetlana Mijéyeva. Nos sentamos a hablar después. De las mujeres y Siberia. Boyarskij desmonta enseguida todos los clichés: «Siberia es un lugar de libertad y eso tiene una significación muy especial si eres mujer aquí… Es una tierra inmensa, vacía y acogedora, que se parece a Australia: los aborígenes y los deportados viven juntos. Basta alejarse 50 kilómetros de cualquier ciudad para comenzar a sentir esa libertad con una fuerza indescriptible».

Le apunto a Mijéyeva que en los Relatos de Kolymá de Varlam Shalámov no aparece una mujer hasta después de un centenar de páginas y la que asoma es tomada por una prostituta y acaba asesinada por celos. «Probablemente las mujeres sean aquí especiales», me dice: «Más fuertes, más sabias, más sosegadas. La geografía y la naturaleza las obligaron a ser así. Sin embargo, el feminismo es para nosotras un fenómeno ajeno», apunta.

Siberia y sus mujeres. No puedes juntarlas ignorando a las compañeras de los decembristas, los jóvenes que se levantaron contra el régimen zarista en 1825 y, vencidos, fueron condenados a la deportación en Siberia. La renuncia de aquellas mujeres a sus vidas cómodas en San Petersburgo para viajar junto a sus maridos a padecer el ostracismo y las penurias del destierro ha corrido de generación en generación como un ejemplo de lealtad, amor y entrega. «Esa renuncia no parece un ejemplo muy apropiado en la educación de las niñas de hoy», les digo a Liubov y Antonina, investigadoras de un museo que es una suerte de epicentro del cultivo de la memoria de los decembristas. Responden al reto con gesto resuelto: «Ellas no siguieron a sus maridos de forma sumisa. El Emperador las autorizó a divorciarse y comenzar una nueva vida y ellas eligieron. Dos se divorciaron. Del resto, algunas permanecieron con sus hijos en la capital y otras vinieron aquí a Siberia siguiendo a los hombres que amaban».

Con las decembristas y Zuleijá en mente, marcho a la mañana siguiente al lago Baikal. Quiero asomarme al nacimiento del Angará, el río donde la joven fue abandonada a merced del hambre, el frío y las fieras. Navegar por las aguas del Baikal de una transparencia inverosímil y pasear por sus orillas golpeadas por las suaves olas es una experiencia conmovedora, enaltecedora, única. Pero también allí bulle la vida moderna, la Rusia nueva junto a la Rusia de siempre. Una joven pareja de etnia buriatia se besa de pie junto al agua; una rubia que viste un chándal con incrustaciones de pedrería avanza tomando de la mano a un hombre tatuado como un Libro de horas, de estas últimas horas; unos chiquillos arrojan piedras planas al lago para verlas saltar una, dos, tres veces sobre el plato de agua.

Inspirado por la mística del lago, corro a la estación de ferrocarriles de Irkutsk a tomar el Transiberiano. A retomar el punto donde inicié este relato: la azafata Irina brindándome té, bollos y su historia. La de una mujer llegada a Siberia desde Kazajistán cuando la implosión de la URSS obligó a su familia a repatriarse. En un país con salarios escasos, un ejército de Irinas se ocupan de la vida en los coches del Transiberiano. Mujeres adustas y recias, que se buscan la vida para completar la paga exigua. Madres que no ven a sus hijos durante días, que viven alejadas de sus maridos y sus padres ancianos. En cada parada del Transiberiano se ve a este ejército de mujeres pulcramente uniformadas de pie ante las puerta de sus coches. También hay hombres, agentes de seguridad y maquinistas, pero unas y otros apenas se miran. Son soldados de una misma guerra pero con objetivos muy distintos. Los hombres parecen asegurarse de la estabilidad del marco; ellas lo llenan de contenido.

Es tarea difícil transmitir el delicioso hervor de la vida sobre el traqueteo de los trenes del Transiberiano al viajero acostumbrado a la velocidad del AVE y su silencio anestésico. El tiempo que no avanza y el tren que parece que tampoco. Afuera, todo son estampas que parecen salidas de Repin. Casitas y cobertizos; tierra quemada. Torres de alta tensión abriéndose camino a través del paisaje inmenso, conectando islotes de civilización unidos más por esos cables que por la inmensa geografía vacía, un plano enorme que nunca había con qué llenar, ni con minas, ni pozos de petróleo: ni siquiera con hombres y mujeres animados por un sueño, ese otro sueño que es la codicia, o reunidos por el horror totalitario de un Estado inclemente. Vida no hay apenas, sea humana o animal.

 

Bajo del tren en Novosibirsk, nel mezzo del cammin, porque me espera otra poeta. Yekaterina Guiléeva, una conversadora enérgica, me cuenta su lucha por preservar la memoria de Yanka Diaguileva, una cantante punk y estrella del underground siberiano, cuya casa el Ayuntamiento pretende echar abajo. Es una singular batalla por la memoria de las mujeres de Siberia la que se está librando allí, porque Yanka, a la que se ha comparado con Patti Smith, murió en 1991 en circunstancias que aún no han sido aclaradas y continúa siendo el emblema de una generación. Yekaterina me corrobora lo que ya anunciaron sus colegas de Irkutsk: «Siberia es un lugar excepcional, porque durante años aquí enviaban a todos los que incomodaban al poder. Y aquí se quedaban: capa a capa se fue acumulando lo mejor del país y eso aún se percibe en la cultura y la manera de ser».

 

Antes de seguir viaje, Nazar y Olesia, almas de Siberica y las dos personas que mejor enseñan en español este trozo del mundo, me llevan a comer a SibirSibir, un templo nuevo a la gastronomía siberiana. La mesa me sumió aún más hondo en mis cavilaciones sobre Siberia y sus mujeres. No sé si fueron los entremeses de pescado o los bollos rellenos de vísceras de liebre, pero cuando subí al Transiberiano para seguir viaje sentí un poso de angustia y un asomo de alegría, el chup chup de una creciente euforia. Le mandé un Whasap a una amiga en Moscú contándole mi estado: «Parece que ya comienzas a entender de qué se trata exactamente esto del alma rusa», respondió entre emoticonos con lágrimas de risa a chorros y bíceps contraídos.

La azafata asoma la cabeza por la puerta del compartimento, ofrece más té, la bebida laica de Siberia. La sagrada es el vodka, claro. Pienso en Zuleijá, la deportada por Stalin, en las mujeres de los decembristas que despreciaron la clemencia de Zar, en los cientos de miles de mujeres que han sufrido y sido felices en esta extensión de tierra, que han confrontado su suerte y forjado su destino en una Siberia que es campo de trabajo y campo a través, presidio y colmo de la libertad. Repaso uno a uno los libros de versos que me han regalado las dos Svetlanas y Yekaterina, sus voces distintas pero unidas por una misma tradición e idéntica verdad: la del paisaje sublime, la de una geografía indócil. Mujeres unidas por la convicción de que Siberia es libertad, la que cada cual se procura. Afuera, mientras bufa la locomotora y corren los carros, los montes Urales ya se anuncian en la brisa suave que baja por sus laderas.

Iberrusia Travel, en Barcelona, y Siberica, en Novosibirsk, dos agencias especializadas en viajes a Rusia y Siberia colaboraron con la organización de este viaje. También la línea aérea S7 Siberian Airlines.

 

De contra:

En la Fundación Yeltsin, Yekaterimburgo, montes Urales.

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Svetlana Aleksiévich: una entrevista sobre Chernobyl, la serie de HBO

- 08/08/19
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Esta entrevista apareció publicada en la edición del 21 de julio de 2019 de la revista Fashion & Arts Magazine, tanto en papel como en la versión digital con el título “Svetlana Aleksiévich: el precio de la verdad”. Esta última versión puede consultarse en la web de la revista.

La entrevista aparece aquí para archivo con el añadido de que esta es la primera versión, sin los recortes editoriales que le hice después para ajustarme al espacio disponible en la edición en papel.

La conversación con Svetlana la mantuve el día 26/06/2019 por vía telefónica, ella en Minsk, yo en Barcelona.

Svetlana Aleksiévich: “Chernobyl es una serie estupenda”

Por Jorge Ferrer

Tuve a Svetlana Aleksiévich muy presente mientras veía la serie Chernobyl que Craig Mazin creó para HBO. No recuerdo que habláramos antes de ese libro en concreto, pero sí recordaba la honda huella que me dejó su lectura en el cierre del milenio.
La serie ha sido un éxito mundial. Alabada por tantos, ha despertado también recelos en Rusia, donde anuncian respuesta contundente a la manera soviética. Una deliciosa manera de honrar a esta serie que reconstruye los años soviéticos con deliciosa minuciosidad.
No hablaba con ella desde hace meses y ahora en esta larga charla por teléfono vuelvo a encontrar a la interlocutora ágil y generosa. La llamo a Minsk un mediodía de este verano. Ha venido unos pocos días a la capital desde la dacha donde trabaja estas semanas, a pesar del calor del que se queja.

Todo el mundo habla de la serie, de Chernobyl. ¿A quién se le hubiera ocurrido que nos íbamos a ver en esto tantos años después? Toda Europa, el mundo entero con los ojos en Chernobyl. ¿Qué le ha parecido a usted?

Estoy muy contenta de que se haya hecho por fin una serie sobre Chernobil. Es una serie estupenda. Llevo muchos años intentando encontrar creadores lo suficientemente talentosos como para hacer algo así. Ha habido otras aventuras cinematográficas que no carecen de aciertos, pero pasaron inadvertidas. Esta serie sí que ha tenido una gran resonancia. Acabo de estar en Alemania y Polonia donde los jóvenes la están viendo y no paran de hablar de ella. También las ventas de mis libros se han disparado, así que estamos ante un gran éxito sin duda alguna.

¿Es la historia de Chernobil la mejor historia que usted ha escrito?

Es uno de mis libros preferidos, sí, junto con La guerra no tiene rostro de mujer.

¿Cómo ha sido recibida la serie Chernobyl en su país, Bielorrusia, en Ucrania y Rusia?

La ha visto mucha gente, sobre todo los jóvenes que han descubierto el tema, como ha sucedido con jóvenes de toda Europa. En Rusia, en cambio, han comenzado a atacar mi libro desde las posiciones de este nuevo patriotismo que cunde allá. Lo ha dicho muy bien el creador de la serie: él no entiende qué es lo que defienden los rusos, porque le parece que es como si los alemanes se pusieran a defender las ideas del nacionalsocialismo. Algo así está sucediendo con la recepción de la serie en Rusia. A él lo acusan de todos los pecados posibles. Y a mí lo mismo. Porque la serie incluye muchas de las historias de mi libro y también su espíritu, su filosofía, algo que han manifestado sus responsables. Y como a mí me tildan de rusófoba, pues dicen que era de esperar que una serie llena de calumnias saliera de un libro escrito por alguien como yo.

Y parece que se disponen a responder…

¡Eso es lo más gracioso! Han anunciado que ahora Rusia prepara su propia película con una historia que me dejó estupefacta. Se ve que en ella agentes soviéticos capturan a un espía norteamericano en Chernobil y cosas así. Yo me dije: “Dios mío, ¡han pasado 30 años y pareciera que después de la perestroika vivimos durante unos años en democracia, que hoy vivimos tiempos distintos, pero las ideas que esta gente enarbola son las mismas del pasado! Es lo mismo que ves en Facebook donde te encuentras muchas opiniones positivas acerca de la serie, pero también hay mucha gente tildándola de basura, de propagar calumnias. Algo parecido vimos en la prensa, por cierto, donde durante la primera semana encontramos reseñas muy entusiastas y después por lo visto cundieron las consignas salidas del Kremlin. Comenzaron los reproches, las reseñas negativas. Las acusaciones de inexactitud. Se olvidan de que Chernobyl, la serie, es a la vez una película de ficción y un documental.

Me encontraba en Rusia cuando comenzaron a emitirla y cada noche cuando iba al hotel encendía la televisión y no daba crédito a lo que veía. El mismo gobierno que asume “por la izquierda” la herencia del legado de la sociedad socialista, los mismos que son los responsables de la mentira de Chernobil, ahora se golpean el pecho, se rasgan las vestiduras exigiendo la verdad. La verdad sobre Chernobil. Es increíble. ¿Usted ha hablado con los medios rusos sobre la serie? ¿Qué relación mantiene con ellos?

Me han llamado, pero me he negado a viajar a Moscú a participar en esos shows, porque yo sé en qué se convierte todo eso. En puro fango. En un catálogo de ofensas. No tenía ningún sentido para mí viajar allá: nadie me habría escuchado, no me hubieran dejado decir lo que tenía que decir.

Cuando hablamos de la guerra o de la historia del socialismo todo está claro, porque se percibe la acción del hombre en la historia. Cuando hablamos de Chernobil, en cambio, surge enseguida la palabra “accidente” y los accidentes son algo que sucede al margen de la historia, se asocian con una mera casualidad…

Decir que lo que sucedió en Chernobil fue un accidente es pasar por alto lo principal: Chernobil fue una catástrofe. Una catástrofe de nuestra concepción del rol del hombre en este universo inmenso que habitamos, una catástrofe que afectó a nuestras antiguas ideas, a nuestra comprensión de la ciencia y hasta a la propia idea del curso de la civilización humana que teníamos. Chernobil sacudió todas esas nociones con una catástrofe brutal. Me ha dado mucha pena que en la serie tenga un mayor predominio la línea argumental que privilegia el rechazo a la mentira y al régimen que existía entonces en la URSS y no fueran capaces de subir al peldaño siguiente y explicar que con Chernobil entramos en la época de una nueva realidad, una realidad que todavía no somos capaces de comprender de manera cabal. Hoy en día nuestras capacidades tecnológicas están por encima de nuestra moral y carecemos de respuestas para las principales preguntas del presente. Por ejemplo, las primeras ocasiones en que yo visité Chernobil también experimenté esa sensación de catástrofe, pero me costaba explicarla, comprenderla, encontrar las palabras para describir la catástrofe. La literatura no podía ayudarme a hacerlo. La historia tampoco. Ahora es distinto, porque ya hubo Chernobil. Y cuando visité Fukushima, en Japón, todos repetían sin parar que aquello era como en Chernobil, que los engañaban como en Chernobil, que se evacuó a la gente como en Chernobil. Nosotros carecíamos de una experiencia previa, porque Chernobil fue la primera catástrofe global de ese tipo. Por eso no pudo haber una recepción intelectual de lo que estaba ocurriendo allí. Los filósofos no supieron comprender de qué se trataba exactamente aquello y lo mismo le sucedió a la literatura, al arte: el mundo de la cultura pasó por alto aquel suceso y no hizo sonar la alarma y plantear la pregunta por el camino que habíamos tomado y si acaso la civilización no había emprendido una vía suicida.

Un momento crucial, crítico, en el que se ponía en cuestión la noción misma de progreso.

¡Claro! Habíamos llegado a un punto en el que el progreso era equiparable a la guerra. Recuerdo cuando en Chernobyl subían a la gente en autobuses para evacuarla. Había una anciana que se resistía a marcharse, se había hincado de rodillas y no había quien la moviera. Y entonces me vio en medio de todos aquellos militares y se dirigió a mí: “Aquí no puede estar pasando nada, hijita. Mira como brilla el sol, como pían los pajarillos. Yo pude sobrevivir a una guerra, rodeada de gente extraña. Y ahora son mis soldados los que están aquí, es la vida como tal”. Y entonces me di cuenta de que no había otra respuesta para sus preguntas que explicarle que aquello era una guerra, hacerle entender que veíamos el resultado de nuestra guerra contra la naturaleza, de una guerra que librábamos contra nosotros mismos, contra la humanidad. Que las ideas que nos movían como civilización habían entrado en conflicto con lo que éramos y que la naturaleza también comenzaba a golpearnos y que cada vez nos veríamos confrontados con mayores catástrofes como aquella. Por eso titulé mi libro sobre Chernobil “Crónicas del futuro”.

¿Qué nos enseñó Chernobyl?

No puedo decirle con certeza qué nos enseñó Chernobyl. Hace poco estuve en Fukushima y da la impresión de que allí se ha repetido exactamente lo mismo: la misma mentira y la misma fe de la gente en que conseguirán tirar adelante, su total impotencia ante lo que les está sucediendo… No sabemos qué se está arrojando allí al océano. No conocemos la verdad hasta el fondo y nadie nos la dice. En Fukushima hay prohibiciones todavía más severas que las que hubo en Chernobyl. Es imposible acercarse a una distancia menor de 10 km de la estación atómica, mientras que a Chernobil se conseguía hacerlo provisto del permiso especial. Visitar el territorio de la central de Fukushima, en cambio, es totalmente imposible. De Chernobil no se extrajeron las experiencias debidas, no. ¡Ojalá que esta serie ayude a las jóvenes generaciones a cultivar un pensamiento ecológico más activo, que las obligue a reflexionar sobre todo esto!

A muchos espectadores les ha sorprendido la manera en que la serie refleja de una manera muy precisa el mundo soviético. A mí mismo, sin ir más lejos, que estaba en Moscú en aquellos años, en el año de Chernobil, me impresionó mucho la manera en que la serie refleja todo aquel mundo.

Sí, lo hicieron tremendamente bien. ¡Tuvieron asesores magníficos, eso se lo puedo asegurar! Y esa representación fidedigna del entorno material es algo magnífico porque dota de mayor credibilidad a la historia. Uno piensa que si se fue fiel al decorado, se fue fiel al relato de lo que allí sucede, a las palabras que allí se pronunciaron. Ésa es una premisa muy importante.

¿Cuánto de su libro sobre Chernobil ve usted en los capítulos de la serie de HBO? Buena parte de la narrativa acerca de Chernobil surge precisamente en su libro, porque antes de él nadie había hablado de algo así. Yo tuve enseguida la impresión de que asistía a la plasmación cinematográfica de la filosofía de su libro.

Ahí se produjo un fallo. Los artífices de la serie firmaron un contrato conmigo. Me pagaron unos buenos honorarios. Me dijeron que tomarían unas cinco o seis historias de mi libro, no recuerdo exactamente cuántas. Pero es cierto que aparte de las historias, el propio creador de la serie se mantuvo siempre atento a mi libro, alimentándose de su belleza y de su tristeza. Él mismo lo ha manifestado así con total precisión y es muy importante que él lo haya percibido así. Que haya prestado oídos a la filosofía del libro, al hecho de que cuando pensamos en Chernobil nos situamos un poco fuera de todo, más allá del bien y del mal, en una dimensión realmente distinta. Chernobil está más allá del Holocausto, más allá de la guerra, porque es algo con lo que tendremos que convivir durante millones de años. Pero es verdad que cuando salió la serie mi nombre no aparecía en los títulos de crédito y muchos periodistas y mi propio agente literario protestaron por eso. Entonces los creadores de la serie nos presentaron sus disculpas y dijeron que aunque ello les acabe costando caro harán constar mi nombre reconociendo así que cometieron un error.

Son muchos los que han visto esta serie como un monumento al valor de todos estos hombres, Legasov, Scherbina, mucha gente sencilla que se dejaron la vida por Europa, por la civilización.

Esta serie constituye la primera reflexión seria de lo que Chernobil significa, de la nueva realidad que nos espera y en la que ya estamos instalados. Hay que tener una respuesta honesta a la pregunta que Chernobil planteó y aprender a convivir con ello. Seguramente necesitaremos una nueva escala de valores, una nueva relación del hombre con la naturaleza, con la inteligencia artificial. Aclararnos en el debate entre nuestras posibilidades tecnológicas y nuestras normas morales. Alcanzando el equilibrio entre ambas del que no somos dueños hoy en día. En ello tendrás que pensar los filósofos, los sociólogos, los artistas… No tengo dudas de que esta serie es la primera que se plantea estos enormes conflictos que hemos provocado.

Por cierto, ¿qué opinión le merece a usted el uso pacífico de la energía atómica?

El uso de la energía atómica constituye un callejón sin salida, porque no sabemos qué hacer con los residuos que genera. Se trata de un problema inmenso, porque esos residuos no paran de acumularse. Confío en que la humanidad consiga desarrollar formas más ecológicas de producción de energía.

De contra:

La publicación en Fashion & Arts Magazine llevaba la siguiente coda sobre las circunstancias en que se trabajó sobre el texto, como es habitual en esa publicación:

“Hacía un calor intenso en Minsk y en Barcelona la mañana en que hice esta entrevista. Svetlana me dijo que se volvía enseguida al campo huyendo del bochorno. Mientras hablábamos, Bruno, mi frenchie, resoplaba a mi lado dejando su rastro en la grabación, y pidiendo también fresco y campo”

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