La prensa, esa funcionaria que empuña sello con el que estampar nombres sobre el lomo de la realidad y bautizarla, llama «disidentes cubanos» a los familiares de un expreso político, llama «indignados» a los perroflautas desalojados anoche de Plaza Catalunya, llama «víctimas» a los griegos. Y todo ello con la misma alegría con que llamaba antes «insurgentes» a los terroristas en Irak.
Habría que poner una suerte de policía en las redacciones que impida ese trasvase del nombre que se usa en los artículos de opinión, que es libérrima, a los nombres que utilizan quienes apenas deben informar, ¡como si fuera poco!, ajustando la marca de agua o el hierro candente a la carne de los hechos. Pero me da que es causa perdida. Los periódicos, cuando mueran por fin y por desgracia los que lo hagan, que no son pocos, pagarán en sus epitafios la incapacidad para leer el mundo y reescribirlo para su lectura precisa y veraz.
A muchos de esos cadáveres les podría servir este epitafio: «Murió de rodillas buscando un nombre en el suelo pisoteado de la redacción. Como no lo encontró, nadie recuerda tampoco el suyo».
¡Vaya tríada! Desde La Habana, proclaman la perdurabilidad del castrismo amenazándonos con una bíblica por imposible longevidad del dictador; desde Matanzas, nos dan aviso de que la madre de un prisionero político muerto en la cárcel se marcha al exilio con residencia en la casa de las quimbambas; desde Miami, la noticia de la muerte de un hombre público del exilio. En definitiva, el sempiterno relato de nuestra condición. Más dictadura, más exilio, más ausencia.
Hay días en que los periódicos pasan por divertidos. Hay otros en que apenas remiten a su sacrosanta función de envolver pescado. Hoy han ofrecido una narrativa que dibuja paisaje verosímil porque veraz. ¡Mal rayo los parta!
Ya hace tiempo que no les pedimos verdades a los periódicos, porque sabemos que no están diseñados para ofrecerlas. ¿A qué perseverar, pues, una vez que ya los hemos eximido de esa función?
Coño, ¡que ni siquiera nos endulcen las tardes con un buen cóctel de ilusiones!
En Lorca, Murcia, España, hoy se movió la tierra. Se movió tanto que a estas horas, cerca de la medianoche, se cuentan al menos 10 muertos. Para zona sísmica tan plácida son un montón de muertos. Para sus deudos son diez vidas arrancadas a la realidad de sus familias.
Los diarios de esta urbe, la Ciudad Condal, se ven a estas horas ante disyuntiva: ¿cuál es la noticia que merecen leer sus lectores? ¿La de los diez muertos aquí en España —pero allá abajo, en Murcia? ¿O la de los muchachones que patean balones y estremecen a multitudes?
A estas horas sus versiones digitales no tienen dudas al respecto:
Ara:
El Periódico de Cataluña:
La Vanguardia:
¡Ay, malpensados que mirarán de reojo a esa prensa siempre atenta a lo que quieren leer sus lectores!
Once jugadores contra diez muertos. ¡He ahí la ecuación! Que, oigan, de haber sido doce los cadáveres bajo los escombros, otro gallo cantaría.
Bin Laden mira a Bin Laden. El tipo estudia el resultado de su alocución. Se pregunta, cabe suponer, el efecto que tendrá sobre sus seguidores y sobre nosotros, las víctimas a asustar: «¡Uhhh, que te mato, kafir!»
Se pregunta, como cualquiera que se mira en un espejo: «¿Luzco bien?» Es el terrorista Narciso a la vez que el metemiedo en la duda. El CEO de una empresa en la ruina. Es una parodia de Bin Laden en la que aparece Bin Laden.
¿Que querían fotografía del psicópata con túnel abierto en el cráneo? Esto es superior, es mayúsculo: es su cráneo enfrentado al efecto catódico; «craneándose» el tipo, que diríamos en cubano.
El set es penoso. A uno se le ocurre enseguida llamarlo «guarida». Esos cables que cuelgan. El desmañado electricista que conectó esto y lo otro. Un amateur al servicio de quien nos modificó la entrada en el siglo XXI que nos prometíamos feliz. Nosotros aquí con iPad y demás tabletas, mientras un vejete enturbantado y con técnica setentera nos aguaba la fiesta. ¡Y ni conexión a Internet tenía!
Fiesta esa sí y en toda regla este making off de las bravatas en Al Jazeera del hijoputa. ¡Zappeando el bobo!
Y un poco de decepción y un tanto de vergüenza, porque vaya mierda de enemigo y vaya enemigo de mierda.
Obama ha dado por zanjadas las especulaciones, y los debates, en torno a la publicación de una fotografía del cadáver de Osama bin Laden. Ha decidido guardárselas.
Se crea así una desusada situación: en un mundo superpoblado de imágenes se nos hurta la de la escena que cierra diez años de titulares en los periódicos y largos, larguísimos millones de dólares empleados para llegar al set donde pudo ser tomada por fin —¡click!
Luego, la imagen del cadáver se convierte en la carencia de esa misma imagen. El previsible, y ya descrito, rostro deformado por una bala disparada a quemarropa, la frente abierta, los sesos desparramados quedan en la sombra de los despachos de Washington, ofreciendo un reto a los wikileaquicos de la semana o el mes que viene. Razón de estado contra razón de píxel.
En este caso yo estoy del lado de la primera por al menos un par de razones.
1) La ética del guerrero impide regodearse en el horror que resulta de las batallas ganadas. Y no porque no seamos tan bárbaros como ellos, que suele alegarse, sino porque nuestra barbaridad no debe ser obscena (a esa renuncia a la obscenidad le llamamos civilización occidental);
y 2) quienes reclaman las fotografías del fiambre bajo la excusa de que solo entonces creerán que se mató a quien se mató olvidan que si algo no sirve de prueba en la civilización del píxel son las fotografías, tal vez el documento más fácilmente manipulable y por lo mismo discutible de todos. Las fotografías, de hacerse públicas, serán igualmente impugnadas por los mascatrancas que sostienen que jamás hemos pisado la Luna, que Elvis vive y que hay UFOs paseándose sobre Austin o Seattle cada tarde de cada jueves.
Dicho lo cual, la fotografía con la que prefiero ilustrar la muerte de Osama bin Laden es la que sigue:
Se trata de un niño afgano que asistió hace unos días a una de las actividades desarrolladas por un Cultural Support Team del ejército norteamericano en el mercado de Oshay, Afganistán.
Un niño al que tal vez le alargaron la vida, como a sus padres, hermanos, primos y vecinos, los SEALs que agujerearon el cráneo de ese psicópata que respondía por Osama bin Laden.
Fotografía: Staff Sgt. Kaily Brown/U.S. Dept. of Defense
De contra:
Escrito este post y programada su aparición en ETDLV, Reuters ha publicado un puñado de fotos que habría comprado a un oficial de inteligencia paquistaní. Muestran cadáveres en la casa donde se realizó la operación del domingo. Muestran, por lo mismo, lo que considero un flagrante error de la operación de comunicación que sigue a la exitosa operación de asalto: ¿de veras no se pudo cargar con esos tres fiambres en el Chinook?
Pero hete ahí que en medio de ese torrente de informaciones se cuela Cuba, ese lindo paisito del Caribe —“la tierra más hermosa…” y todo aquello— y también quiere aportar lo suyo al ruedo noticioso.
Tristán de Jesús Medina
Retrato de apóstata con fondo canónico. Artículos, ensayos, un sermón. Selección y prólogo de Jorge Ferrer. Editorial Colibrí, Madrid, 2004.
Minimal Bildung
Veintinueve escenas para una novela sobre la inercia y el olvido Editorial Catalejo, Miami, 2001.
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