Obama ha dado por zanjadas las especulaciones, y los debates, en torno a la publicación de una fotografía del cadáver de Osama bin Laden. Ha decidido guardárselas.
Se crea así una desusada situación: en un mundo superpoblado de imágenes se nos hurta la de la escena que cierra diez años de titulares en los periódicos y largos, larguísimos millones de dólares empleados para llegar al set donde pudo ser tomada por fin —¡click!
Luego, la imagen del cadáver se convierte en la carencia de esa misma imagen. El previsible, y ya descrito, rostro deformado por una bala disparada a quemarropa, la frente abierta, los sesos desparramados quedan en la sombra de los despachos de Washington, ofreciendo un reto a los wikileaquicos de la semana o el mes que viene. Razón de estado contra razón de píxel.
En este caso yo estoy del lado de la primera por al menos un par de razones.
1) La ética del guerrero impide regodearse en el horror que resulta de las batallas ganadas. Y no porque no seamos tan bárbaros como ellos, que suele alegarse, sino porque nuestra barbaridad no debe ser obscena (a esa renuncia a la obscenidad le llamamos civilización occidental);
y 2) quienes reclaman las fotografías del fiambre bajo la excusa de que solo entonces creerán que se mató a quien se mató olvidan que si algo no sirve de prueba en la civilización del píxel son las fotografías, tal vez el documento más fácilmente manipulable y por lo mismo discutible de todos. Las fotografías, de hacerse públicas, serán igualmente impugnadas por los mascatrancas que sostienen que jamás hemos pisado la Luna, que Elvis vive y que hay UFOs paseándose sobre Austin o Seattle cada tarde de cada jueves.
Dicho lo cual, la fotografía con la que prefiero ilustrar la muerte de Osama bin Laden es la que sigue:
Se trata de un niño afgano que asistió hace unos días a una de las actividades desarrolladas por un Cultural Support Team del ejército norteamericano en el mercado de Oshay, Afganistán.
Un niño al que tal vez le alargaron la vida, como a sus padres, hermanos, primos y vecinos, los SEALs que agujerearon el cráneo de ese psicópata que respondía por Osama bin Laden.
Fotografía: Staff Sgt. Kaily Brown/U.S. Dept. of Defense
De contra:
Escrito este post y programada su aparición en ETDLV, Reuters ha publicado un puñado de fotos que habría comprado a un oficial de inteligencia paquistaní. Muestran cadáveres en la casa donde se realizó la operación del domingo. Muestran, por lo mismo, lo que considero un flagrante error de la operación de comunicación que sigue a la exitosa operación de asalto: ¿de veras no se pudo cargar con esos tres fiambres en el Chinook?
Pero hete ahí que en medio de ese torrente de informaciones se cuela Cuba, ese lindo paisito del Caribe —“la tierra más hermosa…” y todo aquello— y también quiere aportar lo suyo al ruedo noticioso.
Mientras los periódicos proclamaban urbi et orbi que Superman renuncia a la ciudadanía norteamericana, una veintena de SEALs se aprestaban a descerrajarle un tiro en la jeta a Osama bin Laden. En Pakistán, nada menos.
El mundo no es hoy más seguro, ni están más limpios el aire o los mares —lo último es manifiestamente obvio.
Todo es mucho más simple: los Estados Unidos se ocuparon de hacer el trabajo debido. (¡Vaya sorpresa!) El de cobrarse la muerte de miles de hombres y mujeres en la persona de quien los mandó a matar en nombre del odio a lo que representan nuestros valores —tan amplios ellos, que no difusos, que incluyen la capacidad de cuestionarlos y hasta la magia de volverlos al revés.
¿Qué rayos importa, pues, que a dibujante y empresa que distribuye comics se les ocurriera dar de baja a Superman para amasar otro puñadito de dólares a cuenta del antiamericanismo? ¿Qué coño importa, pues, que ya no contemos, ay, con el favor y el sabor de la criptonita?
Una buena hamburguesa, un vaso de Coca Cola y el convencimiento de que cumplir con el deber para con los vivos y los muertos es un oficio. A mí me basta con eso, como bastó para liquidar a psicópata hijo de puta.
Y Superman, dicho sea de paso, jamás me hizo ni puñetera gracia.
Se avecinan días con una buena cantidad de noticias que prometen robarnos el sosiego. Y más bien por gusto.
Enumero unas pocas: el (dicen que esperado) VI Congreso del Partido comunista de Cuba y el desfile militar que lo acompañará; los encuentros (del siglo, y sumen cuatro) entre el Barça y el Real Madrid; la boda del príncipe Guillermo y Kate Middleton; el cincuentenario de la fracasada invasión de la Brigada 2506; los estertores del régimen de Libia y las dudas de la OTAN y Obama sobre el qué diablos hacemos ahí y cómo lo hacemos… Y largo etcétera.
Atendiendo nuevamente a la vocación de servicio público de la que vanamente se ufana ETDLV, les confío, y recomiendo, una herramienta magnífica para sortear el aluvión de informaciones baladíes que nos asaltarán desde todos los rincones de pantallas y papeles.
A saber, la adictiva exposición de la vida de una familia de águilas en Decorah, Indiana. Una media de 60.000 personas sigue en todo momento el streaming de la cámara instalada sobre el nido por Raptor Resource Project. Ahora mismo, cuando redacto esta nota, somos 46.997 los internautas que seguimos las plácidas peripecias de esa casa que se alza a ochenta pies del suelo de una granja de Indiana. Tan plácida que uno de los aguiluchos lleva diez minutos ignorando la trucha que le trajo su padre.
Atiendan a esas águilas, oigan. Se trata, creo, de uno de los proyectos más extraordinarios que viven en la Internet. A veces uno tiene la sensación de que si de atender al decurso de la vida animal se refiere, hacerlo con la vida del hombre tal como la reflejan los periódicos es la peor de las opciones. La más estéril, al menos.
Dedíquenle al menos diez minutos al día al nido de Decorah, IN, aunque después, yo también, volvamos a pasearnos entre tomeguines y urracas.
El diario El País se hacía eco esta tarde en su edición digital del inminente arribo a España de un avión fletado por el Gobierno de España con un centenar de familiares de presos políticos cubanos y algunos de estos.
Concluiría así una larga operación que ha sacado de las cárceles de Cuba a buena parte de los presos que la Comisión Cubana de Derechos Humanos y Reconciliación Nacional (CCDHRN) presidida por Elizardo Sánchez recomendó poner en libertad, a ruego de la Iglesia Católica cubana. España medió y ofreció asiento en la Península a los desterrados y en los finales de esas estamos. Más bien, aquí están. Más precisamente, aquí estarán, pues deben andar de camino al aeropuerto en Rancho Boyeros cuando escribo estas líneas.
Concluida la operación, llega la hora de evaluarla y de asomarse al espacio en que nos sitúa. Y ya me ocuparé de ello con menos prisas, si bien ya algo he ido adelantando. Significativamente en esta columna en El Nuevo Herald.
Volviendo a El País, y mientras resuenan en mis oídos los peros a la operación Iglesia/Estado y la acusación de «Nuevo Mariel» que se filtra por los mentideros cubiches, no he podido evitar sonreír cuando he visto hoy la manera en que titula la noticia su edición digital.
Lo hace así:
¿Reos? ¡¡¡Reos???
Corro al mataburros, a ver si, alfabetizándome, me tuerce la sonrisa.
¡Nada de eso!
Las acepciones primera y segunda de la voz «reo» corresponden a trucha marina y a turno en una cola. Entiendo no son esas las que interesaron a los redactores de El País.
Estas son las que siguen…
De escalofrío, señores, porque una de dos: o los redactores del diario El País consideran que los presos políticos cubanos bien presos estaban o los consideran, si los llamaron “a la uruguaya”, gente antisocial y de modales groseros.
En ambos casos, ay, coinciden punto por punto con la idea que de ellos tienen los medios de La Habana.
Yo me recuerdo con 14 o 15 años escrutando el cielo de Moscú, donde vivía entonces, a la espera de que se levantara el hongo producido por la explosión de una bomba atómica. Tenía la certeza de que en cualquier momento lo vería alzarse sobre los edificios vecinos. Una certeza que en algunos días o a lo largo de algunas semanas era absoluta.
Y no es que fuera precisamente eso lo que me convertía en un adolescente algo lunático. Millones de adolescentes —y adultos y ancianos— que vivieron aquellos primeros años de la década de los ’80 en las grandes capitales a uno u otro lado del Telón de Acero compartieron ese miedo al Armagedón inminente. Un somero resumen de la impronta cultural de aquellos años «en los que se acababa el mundo» puede verse en este rincón de la web de la Universidad de Colorado.
Aquel peligro fue conjurado, felizmente. Y el fin del bloque soviético trajo la amenaza, muy exagerada y apenas creíble, de la libre disposición de las llamadas mininukes por parte de agentes terroristas. Asunto del que se han ocupado con moderado éxito el cine y charlatanes de toda especie.
Aún antes tuve ocasión, todavía en Moscú, de vivir la tragedia de Chernobyl. Por aquellos años el puesto que ocupaba mi padre en una institución financiera internacional me regalaba la dicha de leer cada fin de semana la prensa occidental que él traía a casa. No era poco, viviendo bajo la censura soviética, dedicar las tardes del sábado o el domingo a la lectura de Financial Times, Newsweek, US News & World Report y, muy especialmente, costumbre que todavía alimento, la sin par The Economist. Todas ellas cubrieron el accidente de la planta nuclear en Ucrania con isotópicos pelos y amenazantes señales. Luego, a pesar del criminal secretismo de las autoridades comunistas, también conocí ese miedo venido del átomo.
Todo eso había quedado atrás, mero recuerdo de la adolescencia y la primera juventud, hasta la histérica abundancia de los medios acerca de los peligros que nos llegan desde la Prefectura de Fukushima. Los medios europeos, ojo. Titulares como maldiciones bíblicas —charlatanería encaramada al pedestal de fango de los periódicos; politiquería fitomedieval; periodismo convertido en antropología para escolares —toda esa insufrible letanía sobre el savoir-être nipón: gente que, ¡fíjate tú!, ni llora ni asalta supermercados——, cuando no en mera proyección de las aventuras de un Godzilla al que apenas se ha visto escama, o dos.
¿Y saben qué? Harto estoy. Luego, métanse Prefectura, díscolo átomo, fisura en el contenedor y jolgorio fin-del-mundista por la misma primera plana donde les quepa.
Ni los japoneses, las víctimas de ahora o las que sean mañana, merecen ser reducidos a meros figurantes de los histéricos vicios de los lectores de periódicos de la mañana en Barcelona o París, ni mucho menos todos los lectores que todavía vamos a abrevar a esas charcas de papel merecemos se nos avise que debemos ir contratando a stalker.
Tristán de Jesús Medina
Retrato de apóstata con fondo canónico. Artículos, ensayos, un sermón. Selección y prólogo de Jorge Ferrer. Editorial Colibrí, Madrid, 2004.
Minimal Bildung
Veintinueve escenas para una novela sobre la inercia y el olvido Editorial Catalejo, Miami, 2001.
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