Svetlana Aleksiévich, Lukashenko y la revolución en Bielorrusia

- 15/10/20
Categoría: Actualidad, Democracia, Letra impresa, Poscomunismo, Rusia | Etiquetas: , , ,
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El artículo “Aleksiévich, la revolución y los fármacos” apareció en la versión digital de Letras Libres el 22/09/2020. El original puede consultarse aquí.

Aquí se reproduce para archivo.

 

 

 

Aleksiévich, la revolución y los fármacos

Por Jorge Ferrer

 

Hace unos días escribí a Svetlana Aleksiévich un mensaje de apoyo. Se lo escribí en Telegram, una aplicación de mensajería instantánea que comenzó a utilizar en los días de las protestas que sacuden Minsk desde el verano y, especialmente, tras las sospechas de fraude electoral en las elecciones del 9 de agosto pasado.

Aleksiévich, premio Nobel de literatura en 2015, es miembro del Comité de coordinación que busca, tal vez ya debamos decir «buscaba», trazar los cauces por los que emprender una transición en Bielorrusia, tras una eventual marcha de Aleksandr Lukashenko. A lo largo de esta última semana todos los miembros de ese Comité fueron expulsados del país o detenidos por medio de contundentes dispositivos policiales. A ella aún la protege su nombre, el nombre de pila de su fama, y los diplomáticos europeos en Minsk que acuden a su casa a hacerle compañía para prevenir que se la lleven por la fuerza. Pero quienes conocemos su talante liberal, su manifiesta incapacidad para bajar la cabeza y callar, somos conscientes de que el muro de su celebridad podrá dejar de protegerla el día en que el régimen de Minsk se vea perdido. O, más bien, la noche.

Por eso le escribí desde la tierra firme de mi mesa a las arenas movedizas en las que se encuentra ella, como hace uno en tales circunstancias: alabando el arrojo, pero aconsejando cautela. Acababa de ver a Lukashenko en un canal bielorruso, empuñando un fusil automático y acompañado de su hijo armado hasta los dientes. Las imágenes los mostraban sobrevolando en helicóptero el Palacio de la Independencia y caminando después frente a la mole de mármol blanco, con el aire de quienes van a una guerra concebida para ser emitida por televisión, un reality show bélico. Todo parecía impostado en ellas, salvo, por razones obvias, el helicóptero.

Fuera de Bielorrusia, ese país que llamamos con desdén y un punto de alivio “la última dictadura de Europa”, en esa secuencia muchos vieron al gigante que es Lukashenko (188 cm) como a una suerte de dictatorzuelo africano. Yo que crecí un poco más al este del Este que es Minsk, vi ahí enseguida un artefacto poscomunista. Con el ridículo que ello entraña, sí, pero también con su potencial destructivo.

Lukashenko, el hombre que gobierna Bielorrusia desde 1994, no es lo peor del poscomunismo, ni siquiera lo más letal (¡para eso está el novichok!), pero sí es hoy su cara más desfachatada. Y no parece que los bielorrusos quieran soportar más el régimen autoritario, corrupto y corruptor que les ha impuesto. Sobre todo, cuando llevan años viendo prosperar a las llamadas repúblicas del Báltico, tres países que han sabido sobrevivir a la experiencia soviética e integrarse plenamente en las instituciones y la política económica europeas.

Es siempre complejo situar el momento exacto en el que la gente se ha hartado de una dictadura. ¿Cuánto tiempo pasa desde el día en que reconocen vivir en una, hasta que se deciden a dejar de hacerlo, a intentarlo al menos? Digo de una dictadura de verdad. De las que controlan el edificio social de arriba abajo. Dictaduras técnicamente perfectas y sin aparente fecha de caducidad como la bielorrusa, porque carecen de ideología y se sostienen exclusivamente gracias a un ejercicio muy bien calculado de la fuerza y a un clientelismo que garantiza un relativo bienestar económico. ¿Cómo sacudirse de una dictadura así? ¿Qué está ocurriendo en Minsk? ¿Cómo llamarle a lo que vemos a diario en sus calles creciendo sin parar estas últimas semanas?

La respuesta a esa pregunta me la dio precisamente Svetlana Aleksiévich en su respuesta a mi mensaje: “Te agradezco tus palabras de aliento. Ahora sé que las revoluciones no son sólo hermosas, porque también son terribles”.

Una revolución.

En Bielorrusia lo saben. Lo saben en la calle y lo saben en Palacio. Y saben unos y otros que las revoluciones no siempre triunfan, que hay mucha montaña que acaba pariendo ratón. ¿Se acuerda alguien de aquel Juan Guaidó que parecía tener a Venezuela lista para democrático delivery? Ahí está la tiranía del momentum, del clímax, que es cosa de la física y la política. Y de la noche tras noche en la escaleta del programa de noticias y el día a día del tablero geopolítico, torre allí, peón allá, brava y después lánguida reina acullá.

Con todo, que en medio de la pandemia, en este año de la peste en el que AstraZeneca y su vacuna en ciernes cotizan más en el interés del público que cualquier otro evento, es un fenómeno extraordinario que un pequeño país postcomunista engastado como una joyita de pocos quilates en un rincón de Europa se esté abriendo hueco unas semanas en la fiesta de las noticias.

Resulta aún más interesante, en términos pedagógicos, porque Bielorrusia muestra un retrato cabal de un mundo que parecía distante, el mundo soviético. Es un tableau vivant, un diorama como de Museo de Historia Natural, pero de uno que se ocupe de la historia política. Pero es, a la vez, un ejemplo de revuelta popular sin populismo. Y esa frescura es la vitamina pura de una manera de ver la democracia, ¡y sobre todo anhelarla!, que brilla en tiempos de cancel culture, populismos de izquierda y derecha, nacionalismos xenófobos y desprecio por la democracia representativa.

No menos interesante resulta Bielorrusia en cuanto a su rol en los equilibrios del poder en Europa, donde Rusia no se ha privado en las últimas décadas de atizar el caos y la subversión. La cercanía de Bielorrusia a Rusia, geográfica y también, aunque de manera irregular, política, será un elemento clave en el saldo de las protestas, cualquiera que acabe siendo. Y la posibilidad de que el Kremlin deje caer a Lukashenko con el consiguiente establecimiento en Minsk de un gobierno proeuropeo parece muy remota. Putin, que nunca ha ocultado su disgusto por el saldo de las reformas de Gorbachov en los 80 del siglo pasado, no quiere un Lukashescu, como se le ha venido llamando a Lukashenko en alusión al final del dictador rumano, en una antigua provincia del imperio.

Es curioso que fuera precisamente en Bielorrusia donde se consagró la disolución de la URSS. Ese acto que Vladimir Putin ha llamado “la mayor catástrofe geopolítica del siglo” tuvo lugar en un pabellón de caza ubicado en los confines del antiguo imperio soviético, a escasos kilómetros de la frontera con Polonia y en medio de un bosque milenario, Bélaya Vezha o Bialowieza, habitado por urogallos y los últimos bisontes europeos. Allí, bajo la coqueta linterna que remata un pabellón de caza, el 8 de diciembre de 1991 se consumó la implosión del sistema político soviético. La Revolución rusa, una de las grandes revoluciones del s. XX, acabó formalmente en Bielorrusia. ¿Querrá la historia, el futuro relato de la historia, que Rusia le responda ahora con simétrica cancelación, aún antes de que la revolución bielorrusa triunfe?

Hace unos días, Vladimir Putin recibió a Aleksandr Lukashenko en Sochi. Le ha dado dinero, mucho dinero, y le ha dado vacunas contra la peste que asola el mundo. Es difícil imaginar dos palancas contrarrevolucionarias más eficaces en el paisaje de la pandemia y la crisis económica que esta trae a Bielorrusia, como a buena parte del planeta.

Un fármaco y otro fármaco.

Habrá que ver si los bielorrusos están vacunados contra la simetría y el destino.

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Crónica del Transiberiano: un viaje en tren por Siberia

- 23/07/20
Categoría: Castro & Family, Crónicas, Literatura, Periodismo, Poscomunismo, Viajes | Etiquetas: , , , , , ,
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Esta crónica de un viaje en el Transiberiano fue escrita para la revista El Estornudo que la publicó en el mes de noviembre de 2019. Las fotografías son de Félix Lorenzo, excelente fotógrafo y simpar compañero de viaje.

De ese viaje publiqué una segunda pieza centrada en algunas poetisas que leí y encontré allá. Esta la publicó la revista Fashion & Arts Magazine y la puedes leer aquí.

 

 

Traqueteo: una crónica escrita sobre la faz de la Siberia

Por Jorge Ferrer

 

Nada te prepara mejor para un viaje a Rusia que leer a Dostoievski, pero si vas a Siberia tienes que cargar bien el Kindle. Cebarlo. Por eso, además de Memorias del subsuelo, le puse una taza de Chéjov, una pizca de Gógol y lo embutí con los Relatos de Kolymá de Varlam Shalámov en la traducción de mi amigo Ricardo San Vicente para Minúscula. Básicamente, era todo lo que necesitaba para ocho días en aquel lado del mundo. El continente que es Siberia; la cicatriz que es Siberia. ¡Y la promesa!

Desde Barcelona tenía que llegar al Transiberiano volando y ahora las líneas aéreas de Siberia, S7, tienen rutas desde España. Yo soy un hombre de Aeroflot cuando de volar a Rusia se trata, pero he de reconocer que S7 tiene una seria ventaja sobre ella, aunque también una importante desventaja. La primera, que sus azafatas no llevan hoces y martillos en las mangas del uniforme como las de Aeroflot. Y esa misma es, claro está, la desventaja. Aeroflot te conduce al pasado enseguida, te mete en una línea de continuidad con el Gulag desde que entras en el avión. Siberian Airlines, en cambio, tiene mejor nota en el escalafón del show poscomunista: te disimula el pasado, posterga su llegada. Te dice que vueles tranquilo mientras puedas y que cuando aterriсes ya se verá. Como una madre que te lleva de viaje.

 

Estación de Novosibirsk / Foto: Félix Lorenzo

***

El aeropuerto de Irkutsk me recuerda al de Pyongyang en el que me bajé hace años de un avión de Aeroflot. Descendemos a la pista de asfalto y caminamos por una acera techada hasta ingresar en el pequeño edificio. En Irkutsk viven algo más de 600.000 personas. Más tarde me sorprenderá que no se las vea. En un país con dieciséis ciudades habitadas por más de un millón de personas, tres de ellas en Siberia, Irkutsk no es cosa menuda, pero tampoco grandiosa. De ahí que no me sorprenda que la única cinta de equipajes del aeropuerto esté encerrada en una suerte de piscina. Nos apostamos afuera a esperar que aparezcan y se nos permita acceder. Como es habitual en Rusia, las encargadas del orden son mujeres entradas en carnes y de malas pulgas. No obstante, a las pulgas pareció alegrarlas mi acento extranjero, deliberadamente exagerado para la ocasión. Sonreímos. Tengo hambre. No hay wi-fi. Son las siete de la mañana.

Hay un café en el aeropuerto, justo frente al acuario donde nadarán pronto las maletas sobre la única cinta. Café Castro proclama el rótulo. “Siá cará”, me estremezco. Está cerrado a hora tan temprana. Más tarde sabré que el nombre se debe, simplemente, a la suma de las palabras café y bistro, que por mor de dudosa eufonía se convirtieron en Castro. Me lo explicó un representante de la franquicia: hay cinco Castros en Irkutsk. Cinco, por ahora, que todavía no he llegado yo.

 

Transiberiano / Foto: Félix Lorenzo

***

La dicha del early-checking nos permite ducharnos y desayunar después de una larga noche volando. En la habitación, el inodoro japonés con lucecitas y botones, un carnavalito de caca, subraya que he volado muy al este desde Barcelona. 7.203 km, concretamente. Pregunto a Siri la distancia entre Barcelona y La Habana y me dice que 7.892 km. Subo a desayunar a la terraza del hotel Sayen, donde nos alojamos. Tomo blinis con caviar rojo y té negro. Mi rojo y mi negro. ¡La herramienta que activa mi síndrome de Stendhal!

Varias ciudades han ostentado el título de capital de Siberia. Tobolsk y Tomsk, Krasnoyarsk y Omsk, Novosibirsk e Irkutsk, todas ubicadas en emplazamientos favorecidos por el curso de grandes ríos, han merecido esa primacía a lo largo de la historia. Pero después uno se planta en la calle Karl Marx, que es columna vertebral de Irkutsk y enarca las cejas. Hay que tener muchos huevos para quererse capital de la región más grande del mundo con las chimeneas tan pegadas a la tierra, los vecinos con una pinta provinciana que lo mismo te divierte que te espanta y una clamorosa ausencia de restaurantes donde sentarse a cenar y a beber a las diez de la noche. Aunque lo último te pasa también en Bruselas o cualquier ciudad francesa o alemana de provincias.

Irkutsk es de esas ciudades que existen sólo en su condición de antesala de algo grande. No es Ciudad Maravilla, como declara esa cursi taxonomía de estos tiempos: es Ciudad Prólogo. Una ciudad donde ya murió el pasado, pero no acaba de nacer el futuro. Y su emblema y el de su pugna con el tiempo pasado y futuro son las casitas azules de madera que se recuestan unas sobre otras y todas sobre el espacio de su desplome, sólido aún ese vacío, como en un poema escrito de prisa a una amada fugitiva.

Compro una tarjeta telefónica en la calle Karl Marx. Me cobran 199 rublos (poco menos de tres euros) por llamadas y datos suficientes para un mes. En Rusia, a diferencia de lo que pasa en China o Irán, la internet todavía es un campo bastante libre. Pasaré unos días aquí y aunque sé que en largos tramos del viaje no tendré señal de teléfono, necesito estar conectado. Concertar y confirmar citas. Confirmar intuiciones y datos también. Cruzar emoticonos. Descruzar emociones.

Deambulo un rato por el centro, veo pasar los tranvías con su sabor a viejo y su estruendo de hierros roñosos. Me encanta que el poscomunismo haya devuelto a las calles los nombres prerrevolucionarios, pero guardando la denominación soviética. Así, casi cada vía del centro lleva en las esquinas su nuevo nombre y debajo la aclaración: “Antes, calle X.” Es un juego magnífico, esa sucesión de los antes, porque cada nombre lo fue antes del otro, tanto como lo fue después. El poscomunismo, en tanto restauración del Antiguo Régimen, siquiera el onomástico, es tan traumático como travieso.

***

Entro a una librería en una esquina de la calle Karl Marx. Está en un Centro comercial hecho de esa fábrica poscomunista que es la suma de materiales baratos, carpintería metálica, colores chillones, acabados de pena. En suma, el resultado de la adición de una mano de obra barata y escasamente preparada, una administración lenitiva y un empresariado corrupto y corruptor. La librería está mal señalizada y me cuesta encontrarla. Doy con ella por fin en la segunda planta y vago entre los anaqueles. Félix Lorenzo, el eléctrico, magnífico fotógrafo que viaja conmigo, me propone una foto que nos podría servir. Tomo un libro, me siento en una butaca de Ikea, la Bäkla, que es exactamente igual a otra que tengo en mi estudio. Baklä/Baikal, paladeo el sangüichito que ha construído el azar. Incapaz de encontrar una sección dedicada a la historia de Siberia –busco memorias, epistolarios, informes… esa paja de la que se hacen los mejores cestos de la memoria– abordo a una empleada que repone libros. «¿Dónde está la sección de Historia de Siberia?», le pregunto. «No hay», responde. «¿Cómo es posible, en Irkutsk?», inquiero atónito. «Bueno, es que esta es una cadena de librerías de Moscú», replica. Es Chitai-gorod, la cadena de librerías más grande de Rusia. Su nombre se podría traducir por Barrio chino. Pero en Irkutsk no vende libros sobre Irkutsk. ¡Deja que se enteren los chinos!

He concertado una cita con las poetisas Svetlana Mijéyeva y Yekaterina Boyarskij. Leen esta tarde en la Casa Museo del novelista Valentín Rasputín, sin relación de parentesco con el otro, el célebre animalito priápico al que cantó Boney M. Todas las lecturas de poesía en ciudades de provincia se parecen como las familias felices que decía Tolstoi. Mijéyeva es la última en leer. Tiene el atractivo de las poetisas que gustan a las jóvenes tristes, los señores maduros llegados esta mañana de Barcelona y los biógrafos: es una mujer enigmática, de maneras suaves sin ser lánguidas. Su poesía, que no conocía, me gusta. Es la tercera en leer y es también, no cabe duda de ello, el alma de la velada. Cuando le llega el turno, el público se agita. No somos muchos allí, en todo caso: una docena de personas si descontamos organizadores y empleados de la casa. Aparecen los móviles, le hacen fotos. Hay sólo otro hombre aparte de mí y de Artiom Mors, un tipo que leyó de segundo una suerte de poesía jocosa y afán coloquial. Es un hombre de aspecto mongol –tal vez yakutio o buriatio– que ha venido acompañado de su mujer y su hija, de las que diría que eran bonitas como jarrones si no fuera porque nada en ellas sugería fragilidad. Visten con esmero y se comportan con ejemplar circunspección. Es evidente que han venido a un acto social importante. Que les importa la poesía. A Svetlana le piden bises. «¿Tiene algún poema de amor?», pregunta una muchacha que ha venido sola y se ruboriza que es un primor. La poetisa dice que sí y lee uno. Con eso termina. La aplauden con fervor.

Al término de la velada me quedo un rato charlando con Svetlana y Yekaterina. Félix les toma fotos para un reportaje que escribo para una revista de Madrid. Les pregunto por el feminismo. El feminismo en Siberia. Les cuento la lectura que repasé durante el vuelo desde Barcelona. A saber, los Relatos de Kolimá de Varlam Shalámov, que son el retrato literario más completo del universo concentracionario soviético, de la misma manera que el Archipiélago Gulag de Solzhenitsyn es su catálogo más razonado. Si comienzas a pasar sus páginas tendrás que esperar hasta la número 52 para encontrar a la primera mujer. Los zeks iban o venían del campo y se topan con ella. Shalámov refiere lo que los presos y él mismo pensaron de la mujer. Sería «una ex-algo o simplemente una prostituta». No cabía la posibilidad de que fuera otra índole de mujer la que avanzara por un sendero en Siberia. Habrá que esperar más, hasta la página 178, para que sepamos algo más de esa criatura. Allí aparece tendida en la cabeza de un párrafo y a los pies del militar que le acaba de dar muerte por celos. «Anna Pávlovna», anota Shalámov sus señas: «secretaria del director». Los presos, esta vez de vuelta del trabajo, se encuentran la terrible escena y a punto están de linchar al asesino. A las mujeres, siempre según Shalámov, los presos del Gulag las menosprecian y adoran por igual. Hombres sin mujer, las suyas estarán muertas, en otras prisiones o en los brazos de otros hombres. O añorándolos en casa, en aquella URSS que era a medias luminosa y tenebrosa, como un ocaso o un amanecer a los ojos del borracho que no sabe qué lugar del tiempo señalan las manecillas del reloj bajo la esfera impenitentemente rota.

 

Mujeres en el Transiberiano / Foto: Félix Lorenzo

Liudmila Ulítskaya, la gran dama viva de la literatura rusa, me había dicho unos meses antes en Barcelona que las mujeres de Rusia difícilmente podían participar del coro del feminismo de estos días en Occidente. Y no porque no sean víctimas de desigualdad y violencia patriarcal, sino porque la historia las colocó desde el principio de la Revolución en un lado de dolor, pero a la vez de fuerza, poco dado a la ñoñería y el victimismo. Mujeres emancipadas por la liberación sexual soviética y, sobre todo, mujeres solas, porque los hombres cayeron por millones en la Guerra civil, segados por el terror de Stalin, aniquilados en la Segunda guerra. Luego, fueron ellas las que condujeron el tractor y sus vidas, las que se pusieron detrás del torno en la fábrica y delante en la cola de la cárcel, aquella fila terrible que movió a Anna Ajmátova a escribir Réquiem, tal vez el poema más tremendo escrito contra la opresión comunista.

Veré mujeres como esas enseguida, en cuanto suba a lomos del Transiberiano. Un ejército de mujeres que muchas veces son el sostén de toda una familia y encaramadas a coches que atraviesan el país más grande del mundo echan aceite a la maquinaria de vida y conversación, mientras los maquinistas llevan las riendas sobre el camino de hierro. Pero antes insisto: ¿qué palabra define mejor a Siberia? ¿Cómo son los siberianos? ¡Ah, el vicio de formular preguntas cuya respuesta nos dejará estupefactos! Y una es la respuesta que me dan las poetisas: libertad, Siberia es libertad. ¡Svoboda! La que enmarca esa geografía inabarcable. La tierra virgen, la tundra y la taiga, un mundo que vive sobre el permafrost. «Para mí Siberia es el lugar de la fuerza y la libertad, algo que tiene una significación muy especial si eres mujer aquí… Una tierra inmensa, vacía, acogedora… Se parece a Australia. Los penados y los aborígenes juntos. Una naturaleza infinita y singular. Basta alejarse 50 kilómetros de cualquier ciudad y comenzar a sentir esa libertad con una fuerza indescriptible que difícilmente se pueda sentir en otro punto del planeta», me dice Yekaterina Boyarskij. Una tierra de aborígenes y colonos. La paradoja es deliciosa y aún volveré a paladearla: Siberia, el epítome de la represión, el destierro y la muerte, es percibida allí como un mundo de libertad. Svetlana Mijéyeva me lo explica así: «Probablemente las mujeres sean aquí especiales. Más recias, más fuertes, más sosegadas. La geografía y la naturaleza las obligaron a ser más sabias. El feminismo es para nosotras un fenómeno ajeno: ¿por qué y con quién deberíamos pelearnos ahora que lo tenemos todo? En Rusia las mujeres siempre hemos sido más resistentes y en Siberia sobre todo».

***

En los viajes largos, intensos, y sobre todo en los que es muy poco probable que se repitan, uno se va a dormir cada noche como si se derrumbara. Joseph Brodsky contó que cuando salió por primera y definitiva vez de la URSS al marchar al exilio en 1972, lo asaltaban terribles dolores de cabeza, porque sus ojos no paraban de fijarse en objetos lo mismo grandes que diminutos. Todo era distinto a lo que conocían –esa primera etapa del exilio de Brodsky transcurrió en Viena– y la mente no paraba de comparar y registrar. Algo parecido me sucede durante la primera jornada en Irkutsk y caigo en la cama como un fardo. Enciendo la tele. Yo es que no puedo tumbarme en una cama de hotel sin poner la tele. Da lo mismo que sea Moscú que Madrid, Bruselas que Zagreb. Necesito tele, sonido, basura local. Como esta televisión rusa peleándose con Ucrania sin parar. Pintándola como un país disfuncional, crítico, una pantomima de país, un Estado en trance de destrucción. Observando desde hace años la obsesión rusa con Ucrania, un país del que Rusia se ha anexionado Crimea y donde mantiene una guerra abierta desde las esperpénticas repúblicas populares de Luhansk y Donetsk, me inclino a pensar que lo que aterroriza a los rusos no es tanto tener a un miembro de la Unión Europea o la OTAN al otro lado de la frontera, como ver crecer a una democracia sólida e integrada en Occidente en la tierra donde está el origen de la civilización eslava. Es decir, ver lo que los rusos podrían ser, aun siendo lo que son.

 

Transiberiano / Foto: Félix Lorenzo

***

Tomamos el camino del Baikal al amanecer. Son setenta kilómetros hacia oriente por el Baikalski trakt. Voy adormilado y cuando creo ver los bigotes de Stalin en una valla gigante al lado del camino, me digo que serán las ganas. Marco enseguida el kilómetro, no obstante, para chequearlo a la vuelta.

Hay un pequeño museo del Baikal antes de llegar al agua. Paramos a echar un vistazo. Es un sitio oscuro y ridículamente pasado de moda, pero sirve para revisar los números del lago, para entender la envergadura, el carácter único de esa masa de agua que es el pozo del mundo, antes de asomarse al brocal. Veinticinco millones de años tiene de formado el lago. Contiene el 20 por ciento del agua potable no congelada del planeta. Un mar de agua dulce, pues. Sus 636 km de largo. La anchura máxima de 79 km. Dos mil cien km de costa repartidos casi a partes iguales entre la región de Irkutsk y la región de Buriatia. Lees los números y a lo mejor no te das cuenta, pero hay que pararse delante del agua, de toda esa agua. Un mar.

Listvyanka, topónimo que deriva de la palabra rusa que nombra los alerces, es una población de menos de 2.000 habitantes que se extiende unos centenares de metros junto a la costa. Caminarla de punta a punta me toma una media hora.

Yo quería preguntar también allí qué es Siberia, pero la respuesta me llegó en el mercado donde conviven pequeños bustos de Pushkin y Stalin con pedrería del lago y peces secos, donde mujeres de una elegancia y una amabilidad señoriales se ofrecen a explicar lo que venden, como quien quiere impartir una charla sobre cultura local en un Ateneo municipal. Esa manera rusa de aunar la circunspección con la poshlost’ o vulgaridad, la cultura más sofisticada con el desaliño civil más desaforado.

Me siento a comer en el restaurante de uno de los hoteles que puntean la costa, a la espera de la hora en que tomaré el barco para navegar por el lago. La comida es frugal, la música que sale de las esquinas del techo suena muy alto, como es habitual en los restaurantes rusos desde que fueron inventadas la soledad y los altavoces. Las camareras son delgadas como bailarinas. De hecho, todas las jóvenes rusas parecen bailarinas.

Todas menos la que nos presenta el patrón del barco que nos lleva a navegar por el agua iridiscente del Baikal. Zarpamos de un muelle en Listvyanka y vamos hacia el nacimiento del Angará. Es el río donde transcurre la mitad larga de la novela Zuleijá abre los ojos de Guzel Yájina que traduje hace unos meses para Acantilado. Comprenderás, entonces, que ansiara surcar yo también esas aguas. Hace frío, el viento azota la cubierta del barco, pero no abandonamos la proa, hechizados por el lago, que no por gusto es centro del chamanismo siberiano. La masa de agua imanta, vigoriza, impresiona. Metidos aún en el lago, cruzamos el río y bajamos del otro lado. Son aguas que se confunden, como se confunde el marinero bisoño. Arrojo guijarros al plato de agua, contento como un niño. Zuleijá, la protagonista de la novela tremenda de Guzel, llegó a ese río deportada por Stalin, vio morir en él a decenas, cientos de personas. Casi se ahoga ella misma. Entro como en trance. Me ayudo con un botellín de vodka que pedí prestado al minibar. ¡Glup! Estoy mejor. (¡Glup!) La brutalidad del estalinismo que desterró a millones de personas a Siberia y la apabullante belleza del lago y sus costas empinadas me recuerda de repente aquellos versos de José María Heredia en el Himno del desterrado que miraba a la Cuba del s. XIX: «La belleza del físico mundo,/ los horrores del mundo moral». «Ah, ¿a quién se le puede ocurrir comparar al lago Baikal con Cuba, una isla distante, en las antípodas del planeta?», me flagelo. ¡Ay, si hubiera sabido a quién!

En el camino de ida al Baikal, te lo dije antes, me había parecido ver algo que supuse no debía ver allí. A ver, me explico. No es que no debiera estar en el trakt, ni que me pareciera extraño que estuviera allí. Solo que, tal vez, no estaba para que lo viera yo. Y como fue una visión fugaz, ni estaba seguro de haber visto lo que creí ver, seguí camino. Pero a la vuelta, hinchado de lago, pedí al chófer que se detuviera junto a la segunda valla de las tres que se alzan al lado de la carretera en Bolshaya rechka (Riachuelo grande).

La valla, levantada con motivo de la celebración del Día de la victoria, mostraba en efecto una fotografía de Iosif Stalin bien peinado. No me habían engañado los ojos soñolientos. No me habían fallado las ganas.

El ensalzamiento de la figura de Stalin, responsable último de la muerte de millones de soviéticos por hambre, capricho o impiedad, es un proceso cuyos episodios, si bien escasos, son cada vez más frecuentes en la Rusia poscomunista. No es cosa escasa que Stalin asome en Siberia sus bigotes de cucaracha (Mandelstam dixit): en Novosibirsk le erigieron un busto en la sede del partido comunista; en Yakutia, en la Siberia oriental, van unos cuantos; en Krasnoyarsk acaban de colgar en la fachada de la sede local del partido una lona en la que aparte de la efigie de Stalin hay esta frase que se clava en el centro del ataque a la oposición liberal: «¿Han entendido ustedes por fin quiénes son los enemigos del pueblo?» «Enemigos del pueblo» con mayúsculas, ya sabes. Eso, a tantos años ya de denunciado el estalinismo, a tantos de la inauguración poscomunista. El proyecto de reimperialización llevado a cabo por Putin desde el Kremlin pasa por anexionarse o controlar territorios extranjeros –Crimea, el Este de Ucrania–, pero su objetivo último es conquistar ese equívoco sitio donde se juntan mente y corazón de los rusos –¡tal vez sea esa la dushá o «alma rusa» tan sobada! Y Stalin, a quien se atribuye la victoria en la guerra contra la Alemania nazi, resulta una figura muy conveniente para inflamar el espíritu nacional, por mucho que sea un acto de injusticia que su crueldad indiscriminada se vea ahora blanqueada con la benevolente herramienta de una memoria selectiva.

Me adentro en la aldea, cuyo nombre alude a un afluente del río que forma con él un cómodo puerto fluvial. Me pellizco, no vaya a ser que el pueblo me lo hayan levantado como hacía el ministro Potemkin para alegrar los ojos de la emperatriz Catalina II. Me alerta por arquetípico, por perfecta y abrumadoramente arquetípico. Un paisaje modélico. Casitas de madera con sus tapias de tablones desiguales y sus ventanitas de color azul. Cornisas que parecen bordadas por vírgenes impacientes; un par de perros guardianes mucho menos fieros que el hambre de mis mañanas buenas; una mujer y su hija, tan parecidas que Mendel se habría arrojado a sus pies, vuelven de un paseo por la orilla del Angará.

Reparo en que la calle central, la única que merece llamarse calle, lleva el nombre de Serguei Esenin, el poeta intenso y hermoso idolatrado por jóvenes inconformistas y depresivos, que acabó doblegado por el alcohol y el suicidio en 1925. ¡Tal vez solo Rusia te pueda sorprender con algo así: una callecita con nombre de poeta como ese en una aldea en la periferia del mundo! De repente, una ventana parece más adornada de flores que el resto, me acerco y la anciana que se acoda en la tapia más alta que sus hombros pregunta qué se me ofrece. Me habían conducido allí Stalin, primero, y, después, el olor encantador del arquetipo, su caricia de almíbar. Pero esta suerte de arquetipos son como las noches en un bar desconocido: nunca sabes qué lugar acabarán ocupando en el par dialéctico que dirimen el tedio y el desasosiego. La anciana, el micrófono, la casita de la calle Serguei Esenin con los postigos bonitos y un perro afincado en las patas traseras y las delanteras apoyadas en la cancela. Esto me dijo, me dictó, la actriz en el teatro de Siberia, el teatro de su casa:

«Me llamo Lidia, Lidia Nikoláyevna. Es un nombre de pila muy bonito. Me lo dio mi padre. Soy de Krasnoyarsk, pero he vivido 43 años en Yakutia. Me casé con un bielorruso. Mis nietas se han casado con yakutios. Vivo sola aquí, pero tengo una hija a veinte kilómetros. Es médico. Y tengo dos nietas y un nieto. Universitarias, las chicas; el nieto, militar. Me visitan de tanto en tanto, me ayudan a sembrar las patatas. No tengo de qué quejarme. Somos una familia siberiana. He vivido muchos años en el norte y le diré una cosa: no hay gente más cordial que los siberianos. Yo he sufrido tres inundaciones. ¡Nadie como los de Siberia a la hora de ayudar! Porque el dolor une mucho, ¿sabe? Yo vivía en Yakutia, al norte de Siberia. Unos paisajes magníficos. Gente linda y longeva. ¿Cuántos años me echa, a ver? ¡Ja! Ochenta y tres años tengo, más de los que usted cree. Soy hija de la guerra. Bueno, me duelen los pies, estoy un poco mala. Y las manos también. He tenido que trabajar mucho en esta vida… Pero no se crea que estoy abandonada aquí. Me cuidan los vecinos, que son muy buenos. Me llamo Lidia Nikoláyevna. Mi apellido es Vanzanok, que parece chino, pero es bielorruso, el de mi marido. Takapchuk era mi apellido de soltera. Mi padre llegó hasta Budapest cuando la guerra. Lo enterraron en una fosa común, pero avisó a tiempo de que estaba vivo. Yo me crié en un orfanato, en Krasnoyarsk. Los orfanatos eran muy buenos en esa época, cuando vivía Stalin. Por eso lloramos lo que lloramos cuando murió en el cincuenta y tres, el 5 de marzo, ¿sabe? ¡Tengo ese día grabado en la memoria! Lloramos tanto. Todas las chicas del albergue. Yo tenía trece años. O un poco más, creo. Lloramos todas a mares. Las maestras, las educadoras, las jóvenes comunistas, la gente que había luchado en la guerra. Un tío mío, hermano de mi madre, pasó ocho años prisionero en Alemania. Volvió del cautiverio y lo metieron en la cárcel de Chelyabinsk. Cuando supimos que estaba allá y era un judío el que estaba al mando, reunimos todo el oro que pudimos y compramos su libertad. Estaba enfermo de los pulmones el pobre y murió pronto. Nací en un pueblo llamado Chórnaya rechka (Riachuelo negro) y me voy a morir en este que se llama Bolshaya rechka. ¡Siga usted con Dios!»

 

Lidia Nikoláyevna / Foto: Rafa Pérez

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Dejamos a la dulce anciana estalinista regando sus geranios y tomamos el camino de vuelta a Irkutsk, cuando ya está a punto de cogernos la noche. Había dejado visto un lugar donde cenar y era cosa de llegar a tiempo. No quería distracciones. Nikolai, el chófer, se conoce la pista con tal detalle que no golpea ni a los mosquitos grandes como colibríes que parecen flotar frente a la luna del coche. Vamos en silencio, una ventanilla abierta un ápice mete un ulular como de un Tarkovsky funky en la banda sonora del final del viaje al pozo del mundo.

«Este viaje se lo debemos a Fidel Castro», dice de repente Nikolai rompiendo el silencio y yo creo que sueño.

«¿Ha dicho Castro?», pregunto a ver si es que.

«Es que esta carretera la asfaltaron cuando vino al Baikal y a Bratsk, a conocer la hidroeléctrica. ¡Mi madre todavía recuerda que también asfaltaron la calle que conducía al estadio en el que habló en Bratsk!», añade.

«¡Ah, si es que se lo voy a deber todo!», me digo. Lleva razón Nikolai. Irkutsk, el Baikal, fue una de las etapas del primer viaje de Fidel a la URSS. Un viaje que marcó mi vida, aunque todavía faltara mucho para que yo naciera. Un viaje que comenzó el 26 de abril de 1963 en Murmansk, donde aterrizó el TU-114 procedente de La Habana, que pilotado por el comandante Mijaíl Kostiukievich se encontró con nubes bajas y una niebla que lo obligó a tomar tierra con nula visibilidad. De hecho, solo consiguió hacerlo en el segundo intento. ¡Cuánto hubiera cambiado la historia de Cuba, y la de América toda, de haberle temblado la mano a aquel Mijaíl!

Casi cuarenta días estuvo Fidel viajando por la URSS. El periplo lo llevó por toda la geografía soviética: de Murmansk a Leningrado, de Kiev a Samarcanda, de Volgogrado a Moscú, donde saludó a los manifestantes del desfile del 1 de mayo desde la tribuna del Mausoleo de Lenin en la Plaza Roja. Y no faltó Siberia. A Irkutsk llegó en avión desde Tashkent, Uzbekistán, el 11 de mayo. Esa noche durmió en el hotel Retro, en el número 1 de la calle Karl Marx. Al día siguiente tomó la carretera al Baikal, asfaltada para su paso. Como a lo largo de todo ese viaje, la llegada de Fidel alegraba a los soviéticos que corrían a verlo, agasajarlo, aplaudirlo. Es difícil imaginar hoy lo que fue la Revolución cubana para los soviéticos de entonces: el cariño infantil que le tomaron a esa revolución joven los hijos del estalinismo que habían padecido hacía pocos años los horrores del Terror rojo y la guerra contra Alemania y Japón. La idea de que el socialismo se expandía por el mundo hasta alcanzar el hemisferio occidental de la mano de un grupo de jóvenes valientes e idealistas llenó de júbilo y esperanzas a los soviéticos. Fidel era para ellos una suerte de milagro. No es de extrañar entonces que, entre otros muchos regalos que llenaron sus alforjas a lo largo del viaje, en el Baikal recibiera una dádiva tan propia del lugar como rotundamente exótica para el visitante: un osezno. Hay diversas versiones del hecho. Que si lo regaló un geólogo, que si fue un cazador que se habría acercado a una cabaña donde Fidel departía con un grupo de geólogos. Esta última parece la más verosímil: el joven Guennadi Alexandrov, de quien una fuente informa que estudiaba en la Universidad agrícola, habría traído al animal. Su aparición produjo sorpresa y contento. Habrá sido una escena digna de película soviética y documental del ICAIC. El osezno regalado aún no tenía nombre y Fidel lo bautizó enseguida. Un rato antes, el Comandante había asistido a una conferencia sobre el lago que le ofreció Grigori Galazii, eminente biólogo y limnólogo cuya firma está al pie del primer Plan general de aprovechamiento de los recursos naturales del Baikal. Al término de su intervención, el joven revolucionario nacido en Birán hizo una de esas observaciones hijas de la improvisación y la flatterie tan propias de su trasiego con las palabras desde el Colegio de Belén hasta la sepultura: «La silueta del Baikal recuerda mucho a la de Cuba», dijo. Cuba era el Baikal. Al osezno le puso precisamente Baikal. Ese fue el nombre que le dio. Era una manera de ponerle Cuba.

Se conservan algunas fotografías de Fidel con el osezno. Llevan crédito de la agencia TASS, cuyos fotógrafos acompañaban al comandante. En varias de ellas Fidel sujeta a la bestezuela de una correa. Se advierte cierto asombro en él, el propio de alguien a quien le acaban de regalar un oso.

Baikal siguió viaje con Fidel encerrado en una jaula. Y con Fidel volvió a La Habana. ¡Es una condenada metáfora de Cuba ese osito, por Dios!

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Subo al Transiberiano en la estación de Irkutsk. Falta poco para medianoche. Voy a estar cinco días metido en el tren viajando en dirección Oeste. Del Baikal a los Urales. Son 3.500 kilómetros. La misma distancia que hay entre Barcelona y Moscú. O entre Los Ángeles y Atlanta. Más de la que separa a México DF de Ciudad de Panamá.

 

Transiberiano / Foto: Félix Lorenzo

El tren coge carrerilla y se empina colina arriba. El suave desnivel tiene las curvas de aquel célebre prado de Windows, pero la hierba que apenas brota tras el crudo invierno está renegrida. Hay un bosquecillo de abedules y alerces al fondo. Un par de tocones en la cresta sugieren que algún esteta necesitado de leña enderezó el conjunto. Tal vez un zorro, trajinada ya la noche, esté buscando abrigo y reposo entre los árboles. También puede que el maquinista esté anticipando la hermosa luz de la mañana, la luz total de los amaneceres de Siberia que saca de la tierra un brillo áureo que tal vez servía de augurio a los buscadores de oro que se desparramaron por estas tierras en una fiebre de oro que se conoce menos que la de los EEUU: le faltó una industria cultural –la literatura y el cine Western– que la ordenara. En todo caso, estas tierras estaban llamadas a recorrer estados febriles mucho más mortíferos y literariamente fecundos que aquella Gold rush. Siberia tendría su propia epopeya de dolor y sueños truncados que contar. Y sus mutilados, sus sheriffs con gorra de estrella roja y pistolones al cinto.

El pasillo de los vagones de primera clase es un buen lugar para conversar. Entablo conversación con un pasajero. Se dirige a Tiumén, un centro industrial importante y la primera ciudad fundada por los rusos en Siberia, en 1586. Mi compañero de viaje nació en los setenta. Fue un niño en la URSS, estudió y comenzó a trabajar en los convulsos años noventa. Ensalza la vida en Siberia, la prosperidad y la paz social, en detrimento de lo que ocurre, según él, en las grandes capitales donde imperan la codicia y mandan los bezbozhnie, los «sin Dios». «¿Por qué ese afán con la religión en la Rusia de hoy?», le pregunto. «Bueno, es que estuvo mucho tiempo prohibida y ahora con la libertad pues la gente tiene una reacción, da un bandazo y ha basculado hacia la fe», me dice. Y añade con esa mala costumbre que se tiene de ofrecerle al extranjero un ejemplo que le sea familiar para que comprenda una realidad que se le escaparía sin ese asidero: «Es como lo que pasó en España después de Franco: tantos años de imponerles la religión y después vino el libertinaje sexual y el ateísmo militante». «Bueno, no es exactamente lo mismo», protesto suavemente, «porque de hecho son dos sendas opuestas: España caminó hacia la razón y Rusia, en ese aspecto, avanza hacia el oscurantismo». El tipo me clavó la mirada, frunció el ceño: «Es lo mismo», insistió, «es lo mismo». Y con las mismas me dio la espalda y echó a andar hacia su compartimento. Lo seguí con la mirada. Todavía se volvió antes de entrar. En sus ojos había odio y desprecio. ¡Iglesia pura! ¡Pura ortodoxia!

 

Transiberiano / Foto: Félix Lorenzo

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Solo tengo a Glenn Gould en la memoria del laptop y no puedo usar Spotify, porque la conexión es irregular (¡ya estaba avisado de que no hay servicio de datos en la taiga!) Afuera, árboles, árboles, más árboles. Aquello de cuidarse de que los árboles no le dejen a uno ver el bosque aquí no vale. En el Transiberiano lo que no te dejan es ver el tren.

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El largo viaje en tren te da ganas de llamar. De decir que te estás moviendo. Que estás en un punto remoto del mundo. Llamo a E., que está en Austin. En las antípodas. Doce horas de diferencia y yo ya un día más en el calendario. No contesta. Salta la grabación del contestador. La voz de la locutora con una de esas ñoñas voces de hembra norteamericana me produce una sensación de extrañeza enorme. Una voz de otro mundo. Miro afuera. Bosque y más bosque. ¡¿Es eso que pasa la ruina de una torreta de un Gulag?! En realidad, las cosas de afuera no pasan; el que pasa es el tren. Pero el solipsismo del viajero, su egoísmo, quieren que sea el paisaje el que pase, circule, se mueva. Cuando el paisaje es pura quietud. Permanencia pura. Y somos los hombres, figuritas movidas por los afanes mundanos o el turismo, quienes nos movemos sobre la piel de la tierra. Sobre su corteza, que aquí es fría, helada: es permafrost.

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Despierto en medio de la noche. Siento una urgencia que no puedo definir. Salgo al pasillo. El bosque arde del lado izquierdo del tren. Veo arder un pino como una cerilla. Es una imagen impresionante. Las llamas consumen el grafito en un santiamén. Me embarga una tristeza enorme. Descorro la puerta del compartimento y me meto dentro para enjugarme una lágrima. «Ah, esto era el Transiberiano», me digo.

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Hay una prostituta en el tren. Aun yo, ciego a las manifestaciones esponjosas o punzantes de la maldad, no tardo en darme cuenta. Es una camarera del coche restaurante. Anastasía, aunque ella, toda coquetería ruralísima, lo pronuncia a la manera inglesa: Anastéishia. Anestesia era. Y no precisamente epidural. «Periodistas españoles», dice acariciando las sílabas con la misma entonación con la que yo digo «Estos dulces franceses los he comprado en Avignon» o «Con qué bendita abundancia he cagado hoy». Así ella. Me dice algo al oído pegándose tanto que incluso a mí me parece un exceso de confianza. Mueve las tetas cuando le pregunto el nombre para que lo lea en la chapita que lleva en el escote. Sonríe como una puta, pero yo tardo en restarle la naturaleza de estatua prerrafaelita. La entrevisto, pero el pudor o la cautela me impiden grabarla y me limito a tomar notas. Dice tener veinte años y que el empleo de camarera en el Transiberiano es el trabajo de su vida. Después la veo cazar clientes. El espectáculo es de una sordidez pasmosa. «Yo no he venido aquí a esto», me digo y abandono el coche restaurante. Más tarde me castigo en la soledad del compartimento: «¡Qué remilgos son esos! Tú has venido a ver lo que te echen, a escribir de lo que te echen». Y me lo repito ampliando el perímetro temporal ¡y sobre todo dislocando el moral! para convencerme. Ah, estas cosas que dan gracia y generan curiosidad hasta que dejan de hacerlo. Como una prostituta con cara de niña. Y vuelvo.

Me clavo los auriculares de nuevo y dale que te dale que ruedan los carros del ferrocarril… Transiberiano. Es una suerte que me haya traído a este Gould, porque distrae de la idea de que no hay personas más infelices sobre la faz de la tierra que las azafatas de coche del Transiberiano. Sobre la faz de Siberia. La muchacha está en tratos con un tipo sesentón muy borracho. Yo tengo al tipo de espaldas mientras escribo. A ella la tengo de frente. Cierra la mano en un puño y va abriendo los dedos uno a uno hasta abrirla toda: cinco. Cinco mil rublos, unos 75 dólares. El tipo protesta, pero echa a andar tras ella.

«¿Y dónde podré leer su artículo?», me pregunta la joven prostituyente ya vuelta a sus afanes peor pagados en el coche restaurante donde sigo tomando notas. «Estará en español», le hurto el cuerpo. Y estornudo.

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Dos huskies siberianos juegan en torno a un monumento funerario vallado. Los veo desde el tren. Sospecho que guardaré esa imagen mucho tiempo en la memoria. Y cada vez que en mi presencia alguien pronuncie la palabra «Siberia» veré a esos perros, el túmulo y la cerca de alambre.

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Hay un momento en el que un hombre que atraviesa Siberia en el Transiberiano y se topa en el tren con una prostituta se pregunta si sí. ¡Sobre todo si parece lavada! Lo alivia a uno formularse la pregunta, mirarse dentro, y decir que no. ¡Pero hay que hacérsela! Ignorarla es de cobardes. Yo resolví que no, me tumbé en el compartimento y le acaricié el lomo al Kindle mientras leía a Dostoyevski, putero ontológico, follaviejas. Después pensé que un hombre que viaja en el Transiberiano, al que le han pagado un compartimento de primera clase para él solo y ha observado y rehusado los servicios de una puta bonita tiene una obligación con la humanidad, el tren y, sobre todo, consigo mismo. Y yo no soy hombre de hurtar el cuerpo a la responsabilidad. Cuando acabé, miré afuera, al bosque y la noche y la luz de la luna. Ahí eché de menos ese otro milagro de la civilización humana que es el minibar, pero ya estaba escrito que en el Transiberiano todo es descubrir y sufrir.

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Me equivoco al pulsar de icono en el iPhone y pongo a cargar la aplicación de Uber en medio de la taiga. ¡Ah, cuánto me divierte esto! ¡La posibilidad de derrapar ante los renos! ¡Acelerar a la par de los osos! ¡Atropellar una marta cebellina y desollarla para llevar a M. a cenar al Dos palillos en invierno!

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Tal vez el encanto principal del Transiberiano radique en su carácter mítico, legendario. Y ahora, en un tiempo en el que todo es fugaz y evanescente, en su pertinaz manera de demorarnos el paso, de obligarnos a pensar. Les chemins de fer, la zheléznaia doroga. El encabritarse de los trenes. Ese quiero y no puedo; ese dale, ese aguanta. El paseo a pie o el viaje en coche promueven el merodeo, el desvío súbito, la improvisación, la vuelta a un mismo sitio más veces. En definitiva, favorecen la alteración del curso. En modo alguno el viaje en tren. Lo mismo a Auschwitz que a la Gare du Nord, a la Puerta de Atocha o a Novosibirsk, las vías férreas te conducen con voluntad precisamente férrea. Tan solo puedes esquivar el arrastre ineluctable alejándote del convoy en las estaciones, disimulando así el carácter tiránico de la ruta.

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Un animalillo pasó corriendo campo a través. Pensé inmediatamente en que los presos del Gulag apenas se fugaban. ¿A dónde iban a ir con esos pelos y piojos? ¡Y con aquella hambre que quitaba a los hombres su humanidad!

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Cené en el coche restaurante. Pescados en salmuera. Y una trucha al papillón. También fruta que trajeron primero. Todo de una extrema sencillez. Y sabroso. Cuando pedí el postre la camarera me dijo: «¡Pero si el postre ya lo tomó antes!» Tiene sentido que en un mundo distinto las cosas se ingieran en un orden distinto.

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El tren para de tanto en tanto y voy bajando del coche a estirar las piernas y el tiempo. En los tipos despeinados que fuman pitillos en los andenes de las estaciones hay algo de duendes de jardín. Antes y durante lustros, décadas, los acompañaban abuelas que vendían bollos, dulces y cigarrillos a los pasajeros. Pero el poder postsoviético decidió echarlas de las estaciones hace unos años. Se adujeron razones de seguridad. Las babushkas ya no se sacan unos rublos con los que dignificar la mesa. No fueron razones de seguridad social, precisamente. El 11 de septiembre de Nueva York fue la excusa de las excusas. La amenaza. Aquello del aleteo de la mariposa que desata calamidad, el Efecto mariposa que acabó abatiéndose sobre las abuelitas siberianas. ¿Cómo era aquello de las mariposas de Siberia que volaron a América?

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Uno establece un estrecho vínculo con las mozas que atienden los coches del ferrocarril. Vínculos que no trenza jamás con las azafatas de vuelo por muy largos que estos sean. Probablemente se trate del hecho de que en los trenes azafatas y pasajeros duermen en posición horizontal sobre camas hechas como las de hotel, como las de casa, algo que no ocurre en los aviones aunque allí compartan espacio de sueño también. Es la horizontalidad, sin duda.

 

Azafata del Transiberiano / Foto: Félix Lorenzo

Hay algo antediluviano en el paisaje que atravesamos ahora, llegando a Novosibirsk. El bosque ralo. Los abedules echados abajo por el viento, pero vivos aún. Guerreros caídos en un paisaje sin clemencia ni enfermeras.

Aproveché una parada con wi-fi para descargarme algo más de música. Ahora escucho a Rosalía en el Transiberiano. Déjame escribirlo otra vez: escucho a Rosalía en el Transiberiano. Tamborileo al ritmo de Malamente en la mesilla del compartimento. El tren aminora la marcha. Hay guardagujas más bien sucios, coches más bien feos que esperan a que pase el tren y levanten las barreras, mujeres más bien hermosas que se impacientan. Después de treinta y tantas horas de quietud, vuelve a aparecer la gente con sus cuitas y su desazón, sus anhelos y sus prisas.

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No me he olvidado del osezno, no. Maksim Makarychev, responsable de la biografía rusa de Fidel Castro que publicó la serie «Vidas de hombres notables», asegura que en una de las residencias de Fidel se le crearon condiciones de vida, pero que no soportó los calores del trópico y acabó muriendo varios años después. En otro lugar se sostiene que el osezno se tornó irascible y lo habrían sacrificado enseguida. A mí no me gustaba esa última versión, a la vez que me traía resonancias que tardé en ubicar y te contaré después.

Pasé algunas horas en el tren repasando esa historia, reuniendo datos que sumados a los que compilo ahora dibujan el que parece haber sido el destino de Baikal, el oso con nombre de Cuba.

Según el autor de las memorias Yo fui guardaespaldas de Fidel Castro y su familia (Freeditorial.com, 2018) firmadas con el seudónimo e-maro, la jaula donde fue encerrado Baikal estaba en la llamada Casa Carbonell, una de las edificaciones que formaban parte de la Unidad de la calle 160, refugio de su jefe en el reparto Siboney de La Habana. Concretamente, el que utilizaba para sus relaciones extramatrimoniales. Su matadero. Allí llevaron a Baikal, pues. Al matadero. «En la parte frontal derecha y detrás de la cerca de la calle se encontraban las jaulas donde alguna vez se encerraba un oso gris regalo de los soviéticos a Fidel. Se llamaba Baikal», escribe e-maro.

Pero unos años después Baikal consiguió escapar de aquella casa, aunque no lo hiciera para pescar biajacas en el río Zaza hasta el fin de sus días o emprender un improbable viaje a la semilla. Debo su historia a Oscar R. Verdeal Carrasco, director comercial en la Empresa para la conservación de la Ciénaga de Zapata y autor de numerosos artículos sobre conservación y diversidad animal en la isla. Un comentario suyo acerca de una visita que hizo al Zoológico de Sancti Spiritus en 1992 me puso sobre la pista de su conocimiento del destino de Baikal y le escribí. Antes, mientras esperaba su respuesta, pregunté al periodista Wilfredo Cancio, espirituano, quien me dijo que recordaba haber visto en el Zoológico de El Bosque a «un oso carmelitoso, negro, inmenso que pasaba mucho calor en aquel infierno». Ya estaba sobre la pista de Baikal, el osezno sacado de Siberia para halagar al joven Castro, pensé. Y no me equivocaba. La respuesta de Verdeal Carrasco llegó para completar el cuadro. Mi informante supo de Baikal en 1992 en ocasión de una visita que hizo al Zoológico de Sancti Spiritus acompañando al comandante Faustino Pérez, superviviente del desembarco del yate Granma en 1957. Este Pérez, nacido en la provincia de Sancti Spiritus, fue nombrado máxima autoridad en la región en 1969, cargo que desempeñó hasta 1973. En el viaje que recuerda Verdeal Carrasco, ambos se alojaron en la Casa de visita del gobierno provincial y allí Faustino recibió la visita de Alicia Crespo Díaz, a la sazón vicepresidenta del Poder popular en la provincia. El comandante comenzó a interrogar a Alicia sobre algunos planes locales que había puesto en marcha durante su estancia allá y, zas, Baikal asomó a la conversación. Preguntó por el Zoológico y, cito a Verdeal Carrasco, «ahí fue donde nos contó que el Comandante en Jefe le había entregado a Baikal para el Zoológico que se construyó estando él en la región». Su relato incluyó una mala noticia y una, según se mire, buena. La mala es que Alicia Crespo le dijo que habían tenido que sacrificar a Baikal («por edad y enfermedad, creo»). Vale anotar que los osos pardos de Siberia oriental (ursus arctos collaris) alcanzan unos 25 años de vida en libertad, aunque logran vivir hasta los cuarenta y pico en cautiverio. Dos noticias, decía. La buena es que parece ser, se dijo en la misma reunión, que el cadáver de Baikal pasó por el taller del taxidermista. Si así fuera, allá estará aún eternizado en Sancti Spiritus con gesto fiero y ojos de vidrio el osezno arrancado a Siberia.

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También Novosibirsk aspira a la capitalidad de Siberia. Y por eso y porque he concertado citas allí bajo del tren para pasar unas horas en la ciudad. El convoy entra bufando en la estación a las cinco de la mañana. Ya bulle allí la vida. Hay gente corriendo por las pasarelas sobre las vías. Policías con la cara picada de viruelas. Pasajeros que llegamos y otros que subirán al tren para seguir viaje hacia los Urales, hacia Europa, dejando Siberia y Asia atrás. Me dirijo hacia el aparcamiento a tomar el camino del hotel donde me podré duchar, y poco más, después de días volando sobre el camino de hierro sin más higiene que el kleenex y un hilillo de agua.

Una bendición la ducha. Otra, el desayuno copioso: más blini, más caviar, más té, más repostería soviética. «¿Soviética?», protestarás. Yo es que nunca protesto.

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En Rusia hay 5776 calles que llevan el nombre de Lenin. Y en Novosibirsk hay un museo de la URSS, un almacén de memorabilia. Ya visité antes el que mantiene el carismático Rustem Valiajmetov en Kazán, la bonita capital de Tataristán. Pero si Rustem, que era un artista underground en los tiempos cuya cultura material colecciona, te cuenta la historia del socialismo con ironía, desapego y rigor, el responsable de la colección aquí es un sujeto claramente psicótico, un tipo que convendría mantener alejado de cualquier relación no ya con la memoria, sino con la gente que paga la renta y controla el colesterol.

De la misma manera que Friedrich Engels era un caballero comunista, yo intento ser un anticomunista caballero, de modo que aguanto con cierto estoicismo hasta que el tipo me muestra una pintura en óleo y laca sobre un trozo de madera y me dice: «Esta es una de las cosas que hacían los zeks: así se corregían y, de paso, resultaban de alguna utilidad a la sociedad a la que habían hecho daño».

«Imbécil», le dije. Y salí de allí.

De camino a la cita que me urge me sorprende un edificio de arquitectura constructivista, la propia de las Casas de cultura de los años soviéticos. Meto el hocico. Hay unos empleados ociosos, unas escaleras y, eso lo intuyo enseguida, una historia que contar. Se lo digo sin ambages a los sorprendidos anfitriones: ¿qué guarda este edificio? ¿de dónde le viene esta fuerza? Me lo cuenta Saveli Morobov, un joven hermoso como un Cristo que baila ballet: «La Filarmónica de Leningrado fue evacuada a Novosibirsk durante la guerra y este edificio fue su sede. Por lo tanto, fue aquí donde tuvo lugar el estreno de la célebre Sinfonía Nº 7 de Shostakóvich, Leningrado», me dice. Saveli me conduce escaleras arriba al auditorio donde, efectivamente, una butaca está marcada con una chapa. En ella se sentó Shostakóvich la noche del estreno. Lo pudieron establecer, me dice el joven, por las fotografías de la época. «Tal vez le interese saber que en los años treinta este edificio se llamaba Club Stalin», añade al despedirnos. Le digo adiós agitando la mano con enfáticas ínfulas de líder.

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Me esperan más poetas en Novosibirsk. Antón Metelkov, alma de Estudio 312, el espacio de cultura alternativa más cool de la ciudad, acude a la cita acompañado de Stanislav Mijailov y la joven y temperamental Yekaterina Guiléyeva, cuyos libros leeré más tarde en el Transiberiano y me revelarán a la poeta rotunda, enérgica y perspicaz que ya intuí en la charla en torno a la taza de café.

Cual si viviéramos aún en tiempos soviéticos, con un periodista extranjero en la sala los poetas no quieren perder un instante y enseguida me hablan de los esfuerzos que los artistas e intelectuales de la ciudad están haciendo por preservar la casa donde vivió Yanka Dyaguileva. Yanka, un icono de la música y la poesía underground en Siberia a la que se ha comparado con Patti Smith por la irreverencia y la pasión de sus letras, murió o la mataron joven. «Yanka es importantísima para la tradición rusa de la poesía del rock, porque se trata de una tradición integrada básicamente por hombres y ella es la única mujer, la única chica, porque murió con apenas 25 años, que sentó las bases de una tradición femenina de la poesía del rock en Rusia», me dice Guiléyeva. Ahora un concejal comunista pugna por echar abajo su casa. Los poetas luchan para preservarla y convertirla en un museo de la cultura underground en Siberia. Los escucho y me da la impresión de que luchan como luchan los poetas. Y que perderán por lo mismo.

También a ellos los interrogo acerca de Siberia. Ofrezco un pie, algo que me dijo el novelista Andrei Filimónov, a quien apremié una noche en Barcelona para que me regalara una definición de siberiano y me negó la mayor: «Los siberianos no existen en realidad. Lo que hay es gente que perdió el billete de vuelta y se quedó en Siberia para siempre», me dijo. Yekaterina lo explica desde una perspectiva concomitante: «Siberia es un lugar excepcional por una razón muy sencilla: dado que durante años enviaban aquí a todo aquel que resultaba incómodo en los centros de poder de Rusia, todo lo mejor venía a Siberia y en Siberia se quedaba. ¡Y ya nadie podía sacarlos después! De manera que, capa a capa, en Siberia se fue acumulando todo lo que antes hubo de valor en Moscú o San Petersburgo. Y todavía hoy, tantos años después, una tiene la sensación de que en Siberia todo aquello permanece vivo y asoma la cabeza». ¡Fascinante! Ya podría volver al tren alimentado por ese pienso, pero me queda comer en un templo de la gastronomía local y tengo que poner punto final a la reunión.

«Amigos, tendremos que interrumpir esta charla porque sé que ahora vendrán a buscarme», les digo a los poetas. Y la frase hace que los cuatro nos miremos un instante y estallemos en una misma carcajada que resuena en el bar. ¡Sin darme cuenta, mis palabras fueron las de alguien a quien fueran a detener en el 37, durante el Gran Terror! «¡No se preocupe que al menos usted es extranjero!», me consuela Mijalkov. «¡Y ya está en Siberia, así que se ahorra el viaje!», sube la apuesta Metelkov.

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Un par de años antes mi amigo Fidel Herranz, habanero y moscovita, me había llevado a cenar en Moscú a un restaurante recién estrenado en la plaza Smolénskaya, la misma donde se alza uno de los siete edificios llamados stalinkas, el que alberga la sede del Ministerio de Asuntos Exteriores ruso, como albergó antes el soviético. Esa continuidad que dan los edificios a las voces. Se trataba del SibirSibir, un restaurante de gastronomía siberiana que era el salto a la capital del original de Novosibirsk. Ahora Nazar Lukashov, que es en Novosibirsk y junto a Iberrusia Travel en Barcelona el mejor organizador de cualquier viaje en lengua española por Siberia, me invitaba a comer en la casa madre. A la mesa siberiana con sus pescados y ciervos, sus perdices y embutidos, los bollos rellenos de vísceras de liebre y las sopas extraordinarias. Y el té, la bebida laica de Rusia. Y también el vodka, que es su bebida sagrada. ¿Sabes cómo subí al tren un par de horas más tarde? Alegre, digamos. Pegando saltitos. Pero también triste: era el último tramo del recorrido. Así que trastabillando.

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El convoy del Transiberiano avanza en línea recta a través de la taiga. De estar tirando de él una locomotora de vapor, ahora bufaría de lo lindo y el fogonero estaría maldiciendo su suerte mientras echa paletadas de carbón a las fauces de fuego.

Huele a montañas, a pinos, a diferencia. Ya no es Siberia, siéndolo un poco. Estoy llegando a los Urales, el límite, la frontera, la marca en el mapa y el planisferio. A tiro de piedra del punto donde el Barón de Humboldt trazó el límite entre Europa y Asia. Pondré un pie en cada lado en un rato.

Me espera Ekaterimburgo, la ciudad donde acabó el zarismo, donde acabaron con los zares, literalmente, en aquella horrenda escena cientos de veces descrita. Repaso un poco la historia para no llegar desnudo. Los zares sacados de San Petersburgo y conducidos a los Urales, el plan siniestro de asesinarlos. El águila bicéfala, emblema de la familia zarista, asoma en los materiales que reviso. Pienso en esos tres animales emblemáticos del poder que recorren toda la heráldica y la simbología europeas: el águila, el oso y el león. El poder y la astucia, la bravura. El oso y el león corriendo parejos por la historia de Europa, las fronteras del Medioevo temblorosas como sierpes. El oso y el león. ¡Ah, ya sé por qué se me ha metido en la cabeza un león! Por el oso. Por Baikal, el osezno que Fidel se llevó a Cuba.

Llamo a mi amiga Lili a Barcelona desde el Transiberiano. Recuerdo vagamente una historia que me contó treinta años atrás. Su padre, un hombre que alcanzó el rango de capitán peleando contra Batista en la Sierra Maestra, bajó a La Habana con los barbudos, barbudo. Allí recibió un mazo de llaves para que se buscara casa. Eran las llaves de las casas abandonadas por quienes habían marchado al exilio con la llegada de la Revolución en enero de 1959. Las historias de esos mazos de llaves pueblan la memoria de la primera generación post-59. Tintineantes y arrancadas, esas llaves fueron el ascensor social de la nueva clase revolucionaria. El botín #1 del castrismo popular, donde el gran botín fueron las empresas expropiadas que provocaron la imposición del embargo.

La casa a la que accedió el capitán Vilá había pertenecido antes a Martín Fox, dueño del célebre cabaré Tropicana. Una casa bonita en primera línea de mar en el habanero barrio de Miramar construida por el arquitecto Max Borges Jr., responsable también de los célebres arcos del cabaré. Según yo recordaba la historia, el capitán guerrillero entró en la casa, llegó al fondo y se topó con una jaula. En ella había un león. Un león moribundo, abandonado. Y el capitán había sacado la pistola y lo había sacrificado de un certero, compasivo disparo. Le recuerdo esa historia a Lili desde el traqueteo del Transiberiano. Pero Lili me dice que no, que ella no la recuerda así, porque ella… ella había convivido con el león.

Es curioso lo que la memoria hace con nosotros. Los recuerdos que se borran, los recuerdos construidos. Ahora me interesaba aún más el asunto de las vidas paralelas del oso y el león regalados a dos hombres poderosos de Cuba, aunque con la importante salvedad de que uno de ellos acabaría destruyendo al otro. Lili llamó a su hermano mayor a La Habana. Y este negó mi versión de la historia y rió con la suya. Ni su padre había sacrificado al león, ni Lili había convivido con él, aunque sí con la jaula vacía a cuyo pie una chapa permitía leer el nombre del animal africano: Sunan.

Tardé un tiempo en recuperar la historia del león Sunan y establecer cuánto tenía en común con la del oso Baikal, ambos exóticas criaturas de importación a La Habana que cambiaba de aires. Tuve que llegar a las memorias que Ofelia Fox, la mujer de Martín, escribió a cuatro manos con Rosa Lowinger y se publicaron con el título de Tropicana Nights: The Life and Times of the Legendary Cuban Nightclub (Harcourt, 2005), para trazar el itinerario de nuestro rey de la selva.

El león con el que Ofelia asombraba a La Habana cada vez que la atravesaba a toda velocidad llevándolo, cachorro aún, sentado en el asiento trasero de su Cadillac Eldorado descapotable de color crema que ponía en marcha una llave de oro de 14 quilates, fue el regalo de un príncipe de Kenia. Ambos coincidieron una noche de 1956 en una mesa de Tropicana. En un momento de la velada, Ofelia hizo un comentario sobre la belleza y la majestad de los animales africanos. El galante príncipe le preguntó cuál de los animales del continente era su preferido. Ella respondió enseguida que el león. Eso bastó. Un mes después llegó el cachorrito al puerto de La Habana en una caja de madera. «La cosa más bonita del mundo», dice Ofelia.

Fidel le mandó construir una jaula a Baikal en Casa Carbonell. Sunan también tuvo a albañiles poniéndole rejas en la casa del dueño de Tropicana. Cuenta Ofelia: «Lo teníamos en el garaje. Le hicimos construir una jaula especial con barrotes. Era tan dulce. Un día se escapó y los vecinos estaban aterrorizados. Llamamos a la policía, pero los agentes también le tenían miedo. Yo fui la que lo encontré. Estaba agazapado en la hierba que había detrás de la casa, como si hubiera estado cazando en la sabana africana». Ofelia regala también otra imagen deliciosa del Miramar prerrevolucionario: «Las criadas del vecindario solían traer a los niños que cuidaban a ver al león». Natalia Revuelta, quien vivió en la planta superior de la casa durante algún tiempo, asegura en una entrevista a Vanity Fair que al león le habían sacado los colmillos y limado las uñas. «Era un león con manicura, como los de los zoológicos de los millonarios», dice. También que solía amenazar a su hija pequeña con llamarlo, cuando la pequeña se negaba a beberse la leche.

La suerte de Sunan cambió junto con la del marido de su ama. La cambió Fidel antes de mirarle a los ojos al osezno. Un día de finales de agosto de 1960, Martín tuvo un enfrentamiento físico con los nuevos administradores de Tropicana y al volver a casa le dijo a su mujer: «China, creo que deberíamos irnos unos meses a Miami».

La huida requería tomar una serie de decisiones de orden práctico y qué hacer con Sunan era una de ellas. Ofelia se proponía dejarlo al cuidado de su madre, Cuca, durante los meses que calculaba estar fuera de Cuba, mientras caía Fidel. Pero la víspera del viaje de Martín y Ofelia, Cuca sufrió un derrame cerebral, lo que trastocó los planes. Ofelia se quedó dos semanas más en La Habana junto a su madre, después de que marchara Martín. Debe haber llegado a Miami en octubre o tal vez noviembre de 1960. No hay noticias de qué hizo con el león, una vez que su madre no podía cuidarlo. Sí de que se llevó a Miami a una de las sirvientas de la casa. Cabe presumir que a la de más confianza.

Dejar atrás a Sunan resultó doloroso para Ofelia: «How I hated to leave him when we had to go», se lamenta en el libro. Ofelia viajó otras dos veces a Cuba a ver a su madre en los próximos meses. El último viaje fue en las Navidades de 1960. El 11 de enero de 1961 abandonó Cuba para no volver ya más. «¿Y qué fue del león?», me seguía yo preguntando.

Asomará aún un instante al relato de Rosa Lowinger. En un encuentro que mantienen las dos y otra Rosa, la mujer con la que Ofelia vivió desde que abandonó a Martín en Miami, esta última intenta apartarla del triste relato del registro que le hicieron al salir de Cuba y la requisa de las joyas, que eran también la memoria de su vida:

«Rosa, ¿no quieres oír otra historia de Sunan?», le dice a Lowinger: «Pídele a Ofelia que te cuente cómo la reconoció cuando fue a verlo al Zoológico». Pegué un grito cuando llegué a ese punto. ¡Lo tenía! Y también tenía la prueba para Lili de que el león había habitado, sí, sus sueños de niña y su casa, pero nunca a la vez. Sin embargo, Ofelia no quiso cambiar de tema. Y no contó el episodio de la visita al Zoológico. Tampoco se mencionó más a Sunan, el león, en el libro.

Ofelia Fox murió en California el 2 de enero de 2006, a la edad de 82 años. A Sunan ni lo baleó el capitán Vilá, ni lo conoció Lili, ni era cierta la historia que yo recordaba: fue a parar al parque Zoológico de La Habana en algún momento antes del 11 de enero de 1961. Corrió, pues, la misma suerte de Baikal. Fue una bestia traída de lejos que acabó enjaulada en la casa de un poderoso hombre de La Habana y terminó sus días en el parque zoológico a la vista de los niños y sus abuelas.

***

Me despido del Transiberiano después de cinco días rodando sobre el ferrocarril. El viaje completo entre Vladivostok y Moscú es una experiencia que todo el mundo debería probar siquiera una vez en la vida. Todos dicen que mejor si se hace en clase económica. No lo creo. El asunto aquí es el traqueteo, la soledad, el paisaje, la envergadura del paisaje, su tendencia al absoluto. La gente distrae, aunque dote de un aire pintoresco a la situación. Tal vez sería fantástico si la gente no oliera, claro. Créeme, es mejor dejar que solo huelan aquí la historia y la grasa que aceita los rodamientos. Y las vísceras estofadas de las liebres.

Yekaterimburgo, la capital de los Urales, me sorprende desde el primer instante. Primero, con Elena Teytelbaum, una encantadora muchacha de inteligencia viva y saber rizomático que me acompañará en las pocas horas que pasaré allí. Después, porque es una ciudad moderna, europea, de espacios amplios, buen café, restaurantes admirables. Hay una modernidad exultante en todas partes, un rico aire alternativo, underground, huele a Berlín ¡y que me perdonen los abuelos del lugar! ¡Que me perdonen!

Dos personalidades me interesan en Yekaterimburgo. Sus destinos, como los del oso Baikal y el león Sunan, están sujetos a una misma pulsión de los hombres y la historia que los ve pasar. Uno, porque con él murió un tiempo. El otro, porque fue el paridor del mundo nuevo que dio continuidad al primero. Ellos son el zar Nicolás II, asesinado en Yekaterimburgo el 17 de julio de 1918. El otro es Borís Yeltsin, el hombre que modeló la Rusia poscomunista a los mandos de un país deshecho y menguante.

Al zar lo asesinaron en la Casa Ipatiev, requisada la víspera a un comerciante de la ciudad. Allí lo recluyeron en una etapa del viaje desde Siberia que lo conducía a Moscú, donde iba a ser juzgado y condenado a muerte. Pero esa muerte le llegó antes, como al personaje de aquella leyenda oriental al que la muerte había citado en Samarcanda, pero se lo encontró en Mumbai. Era un hombrecito curioso aquel zar. Rusia parecía quedarle grande, grande como un abrigo grande. Sus contemporáneos lo tildaban de pusilánime. La posteridad lo ha tratado con algo más de piedad. Hoy se alza una iglesia en el lugar donde antes estuvo la Casa Ipatiev. La llaman Templo sobre la sangre. Unos peldaños permiten asomarse al lugar exacto donde se produjo la masacre, el sótano de la casa. Los asesinos hicieron que el zar, la zarina, las cuatro niñas y el zarevich Aleksei bajaran con el pretexto de tomarles una fotografía antes de seguir viaje. Pero en lugar de esperarlos la lente de la cámara y el flash de polvo de magnesio, los aguardaban las bocas de los fusiles y las bayonetas caladas. Eché de menos una de esas admoniciones que rigen la colección de la memoria en iglesias y museos: «Prohibido tomar fotografías». Habría sido muy apropiada justamente allí, en la boca de ese sótano.

***

De una sangre derramada nos dirigimos a otra. Salimos de la ciudad y tomamos la carretera de Moscú hasta la marca del kilómetro 17, donde un conjunto monumental honra la memoria de decenas de miles de represaliados del estalinismo que la recorrieron de camino al destierro en Siberia. Y dieron con sus huesos allí. En fosas comunes inmensas. Bestiales. Una obra de Ernst Neizvestny, el célebre escultor ruso exiliado en Nueva York, domina el conjunto. Neizvestny, quien dejó la URSS en 1976, no alcanzó a vivir para verlo terminado. Los reparos de la Iglesia ortodoxa a su proyecto retrasaron la ejecución de la obra durante años. Tanto Yekaterimburgo como Kazán fueron ciudades clave en el entramado del Gulag, grifos en las tuberías que conducían a los presos. Stalin me miraba con rostro adusto y pose marcial unos días atrás en Bolshaya rechka. Hoy miro a los muertos, sus nombres, decenas de miles, inscritos en el monumento de los Urales.

***

Visité el punto donde se dividen Asia y Europa. Hay dos en verdad. Uno fake, a unos 15 km de la ciudad y más asequible para los turistas que visitan Yekaterimburgo. El otro está a 40 kilómetros y es el sancionado por el Barón de Humboldt como frontera entre los dos continentes. De hecho, visité los dos. Yo tengo mi querencia por Humboldt. Escribió el primer libro fundamental que se conoce acerca de Cuba, el Ensayo político sobre la isla de Cuba. Y tal vez también el último. Me toman una foto con las piernas abiertas sobre la línea divisoria. Un pie en Europa y otro en Asia. Me entran ganas de mear. Enormes. Continentales. Me alivio en el bosquecillo contiguo, el chorro mirando nervioso a la China popular.

***

El Centro Borís Yeltsin es mucho más que un lugar donde rendir homenaje a la figura del primer presidente de Rusia tras la desaparición de la URSS en diciembre de 1991. Hay pocos lugares en el país que muestren de manera más cabal y vitaminada lo que fue la transición del Antiguo régimen soviético a la Rusia contemporánea. Me atrevería a decir que ninguno. En nueve salas se narra la historia de un sueño que proclama la primera frase con que nos recibe la exposición, un sueño al que aún no se le ha ahuecado debidamente la almohada, un sueño del que todavía hay que despertar: «La historia de Rusia es la historia de la búsqueda de la libertad», se lee en un muro.

Le pregunto a Dmitri Kuzmin, el joven director del archivo del Centro Yeltsin, si no chirría un poco y hasta chirría mucho armar el relato a partir de premisa tan arriesgada: «Es una frase muy atrevida, pero aceptable en el contexto de una exposición que busca sacar al visitante de su zona de confort», me dice. Y añade: «Este es un museo que exigirá al espectador ponerse a pensar en serio, que le reclama tanto su entusiasmo como su espíritu crítico».

El camino que llevó de la URSS a la Rusia contemporánea en este cuarto de siglo largo es leído de manera distinta por quienes asistieron a la implosión del sistema y padecieron el desplome de las ruinas, y los que gozaron los frutos de la libertad desbocada y primera (viajar al extranjero, adquirir casa o coches, montar empresas). En ocasiones fueron los mismos, claro.

Distinta es la lectura de los millennials, naturalmente. En Yekaterimburgo, por ejemplo, los jóvenes protagonizaron jornadas de protesta contra una componenda entre la oligarquía y la Iglesia ortodoxa hace unos días. Pretendían levantar una iglesia en un parque muy concurrido de la ciudad. Secuestrar el espacio público para convertirlo en lugar de fe bendecido por la empresa. Los jóvenes se opusieron con su tiempo y sus cuerpos. En Rusia. Paseo por ese parque hollado por los pies de la reivindicación juvenil. De algo sirvió lo que cuenta la expo del Centro Yeltsin, el anhelo de libertad. ¡Vaya si sí!

No voy a dejar escapar a Dmitri con las huellas de esa protesta a la vista. Se huele fango, aunque bebamos el sabroso té del bar que da a la explanada. «Es indudable que Yeltsin hizo mucho para convertir a Rusia en una sociedad abierta, democrática», le concedo, «pero han pasado 20 años desde que abandonó el poder y me pregunto si la Rusia de Putin, esta Rusia de hoy, es el tipo de sociedad abierta con la que soñaba Yeltsin».

Dmitri no se achica y la sonrisa en su rostro impasible es un sí, un no y un esto es Rusia y aquí todo puede ser: «Eso no lo sé con certeza, pero sí puedo afirmar que muchos de los cimientos del país en el que vivimos hoy fueron puestos en la segunda mitad de los años 90, los años de Yeltsin. Y si vemos el presente desde la perspectiva de hace unos cuarenta años, a nadie, ni al más optimista, se le hubiera pasado por la cabeza lo que disfrutamos hoy: tenemos un presidente cuya edad no supera los setenta años, una Duma bicameral, partidos políticos distintos. No obstante, está claro que todos querríamos algo mejor, superior, ser los amos de nuestro destino, creer que todas las instituciones de este país son reales y no una ficción, una mera imitación. Pero nada es perfecto. Aquí mostramos la realidad del pasado totalitario. Mostramos a los visitantes que en este país el poder de leer, escuchar, ver y decir lo que uno quiere no tiene más de treinta años, mientras que ya lo damos como algo natural. Costó mucho poner en marcha este museo, créame». Y sé que tiene razón. Recuerdo los ataques que tuvieron que enfrentar hace un par de años cuando el cineasta oficialista Nikita Mijalkov los puso en la picota por, decía, tergiversar la historia de la URSS y la historia reciente de Rusia.

Tengo que dormir unas horas antes de tomar el avión de vuelta a casa. Me esperan mi perro Bruno, un frenchie que es más o menos el reverso de un husky siberiano, y mis rutinas. He escapado de una breve charla con Zhenia Chaika, que fue curadora durante años de la Bienal de arte que alimentan en Yekaterimburgo con temática industrial, porque nada como los tornos y los pistones de las fábricas para dar sabor local aquí. Escuché con interés los pormenores de las últimas ediciones de la Bienal hasta que comenzó a hablar en la jerga del arte en mi lado del mundo. Cuando dijo «postkolonialni» por segunda vez me despedí de prisa: no sé cómo se dirá «empoderamiento» en ruso y me aterra aprenderlo y que la voz se me quede rondando en la cabeza como un estribillo pegadizo.

Pero antes de decir adiós corro a admirar un espléndido espectáculo que ofrece Yekaterimburgo, la ciudad entre dos continentes que contiene un objeto entre dos mundos: el soviético y el postsoviético. A saber, la Torre Vysotski, un rascacielos de 56 plantas y 188,3 metros de altura: el segundo edificio más alto de Rusia, descontando los rascacielos de Moscú. Lleva el nombre del célebre bardo Vladimir Vysotski, la voz de un par de generaciones de soviéticos, la rara avis del mundo gris de Brezhnev: actor y cantante, poeta y bon vivant. Su Mercedes 350 W116, un Mercedes-Benz solitario en el Moscú que se llenaría de ellos años después de su muerte, se exhibe en el museo de Yekaterimburgo como una piedra Rosetta en la que descifrar la clave de la mutación. Un rascacielos postcomunista construido por una promotora llamada Anteo, ¡nada menos!, ensalza la memoria del disidente que lo fue apenas, del más soviético de todos los soviéticos, porque era el que menos lo era. En lo alto de la torre un mirador ofrece soberbias vistas de la capital de los Urales, una de las joyas del poscomunismo. ¿Qué habría sido de Vysotski de haber alcanzado la década de los noventa y el siglo XXI, estos veinte años de Putin? ¿Se habría convertido como Mijalkov en un nacionalista acérrimo, enemigo del liberalismo y soldadito de la batalla de Putin? ¿O se habría erigido en una voz crítica al autoritarismo del Kremlin, como Andrei Makarevich y Boris Grebenshikov, fundadores de las bandas de rock Mashina vremeni y Akvarium en tiempos soviéticos? Nadie puede decirlo.

***

Un estudio publicado en la revista Cell (Volume 179, Issue 1, Septiembre, 19 de 2019) cuando escribo esta crónica sostiene que el Homo altaiensis, u Hombre de Denísova, por la cueva en Siberia donde aparecieron sus restos, tenía el cráneo más ancho que el nuestro y el de los neandertales. El Hombre de Denísova, del que apenas se ha conseguido reunir un poco más de huesecillos desde el primer hallazgo, convivió con el Homo sapiens y los neandertales. Poco se sabe de él, más allá de que llegado de África convivió con gente distinta con la que se mezcló con esfuerzo. Las poetisas y el novelista Filimónov me avisaron ya: son gente distinta los de Siberia, acumulación de otros muchos, los mejores tal vez, en un territorio inmenso, inabarcable, agreste y hermoso.

El avión de S7 que me lleva de vuelta a casa está a punto de levantar el vuelo, sus alas prestas a planear sobre el umbral de Europa. Chemins de fer los del Transiberiano. Alas de hierro ahora. Cuando revolotean las azafatas con el termo de té y la sonrisa pagada me acuerdo, cómo no, de otras alas de Siberia. Las que fijó Vladimir Nabokov en su avatar de entomólogo al adelantar en 1945 la idea de que los miembros del grupo Polyommatus blues llegaron a América volando desde Siberia, una conjetura que se confirmó 66 años más tarde. Mariposas con las alas extendidas sobre Siberia que alcanzaron las costas de California y siguieron bajando. Volaron de Siberia a América salvando el estrecho de Bering. Como el homo de la cueva Denísova llegó a Siberia desde África.

Todo se mueve. Nos movimos todos y no hay que parar de hacerlo sobre la manta de retales que es el mundo. Así traqueteaba el tren que me llevó desde el Baikal hasta los Urales, desde el pozo del mundo hasta la frontera de los continentes. Un traqueteo que todavía llevo al andar. Es un deje, un tumbaíto, una marca, un tatuaje en mayúsculas: TRANSIB.

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De una visita a la casa y futuro museo de Joseph Brodsky con un poema bajo el brazo

- 24/09/19
Categoría: El Timbre de la Voz, Literatura, Memoria, Poscomunismo, Rusia, Traducciones, Viajes | Etiquetas: , , , , , , , , ,
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Hace un par de días visité en San Petersburgo la “habitación y media” en la que el poeta Joseph Brodsky vivió hasta su marcha al exilio. No es buena costumbre acudir a una visita con las manos vacías, ni siquiera cuando el anfitrión lleva décadas ausente, y se me ocurrió llevarle la traducción de un poema suyo que hice hace un par de años y leérsela allí.

La habitación, parte de una kommunalka, está en eternas obras con vistas a la creación de un museo que honre la memoria del poeta. En otro lugar contaré los pormenores de la visita, alguno siniestro a la vez que iluminador.

Ahora comparto aquí la lectura del poema y algunas imágenes del espacio.
Más abajo, para disfrute sobre todo de quien conozca ambas lenguas, copio el poema en ruso y la traducción que leo.

Un recorrido por la “Habitación y media” en el número 24 de la avenida Liteini

El poema en ruso:

В озерном краю

В те времена в стране зубных врачей,
чьи дочери выписывают вещи
из Лондона, чьи стиснутые клещи
вздымают вверх на знамени ничей
Зуб Мудрости, я, прячущий во рту
развалины почище Парфенона,
шпион, лазутчик, пятая колонна
гнилой провинции — в быту
профессор красноречия — я жил
в колледже возле Главного из Пресных
Озер, куда из недорослей местных
был призван для вытягиванья жил.

Все то, что я писал в те времена,
сводилось неизбежно к многоточью.
Я падал, не расстегиваясь, на
постель свою. И ежели я ночью
отыскивал звезду на потолке,
она, согласно правилам сгоранья,
сбегала на подушку по щеке
быстрей, чем я загадывал желанье.

1972

El poema en mi traducción que leo aquí:

En la región de los lagos

En los años que pasé en el país de los dentistas,
cuyas hijas encargan sus regalos
en Londres y cuyas apretadas tenazas
se elevan a lo alto como banderas que saludan a una Muela del juicio sin dueño,
yo, que escondo en mi boca ruinas más blancas que las del Partenón,
espía, husmeador, quintacolumnista en una provincia podrida
y, de diario, profesor de oratoria, vivía en un college
situado junto al principal de los Grandes lagos, al que me habían llamado
para tensar las venas a las algas locales.

Todo lo que escribía en aquellos años
tendía inexorablemente a los puntos suspensivos.
Me dejaba caer en la cama cada noche sin desabrocharme el traje. Y si alguna vez
me ponía a buscar una estrella en el techo, ésta, obedeciendo a las leyes de la                                                                                                                                    combustión,
corría por mi mejilla hasta la almohada, antes de que yo alcanzara a imaginar un deseo.

1972

Traducción de Jorge Ferrer

 

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Siberia y sus mujeres vistas a lomos del Transiberiano

- 06/09/19
Categoría: Letra impresa, Libros, Literatura, Periodismo, Poscomunismo, Reportaje, Rusia, Traducciones, Viajes | Etiquetas: , , , , , , , ,
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Este reportaje fue publicado en la revista Fashion & Arts Magazine, edición del 25 de agosto de 2019.

 

 

Siberia, otro curioso nombre de la libertad

Por Jorge Ferrer

 

El tren coge carrerilla y se empina por una suave colina. El desnivel tiene las curvas del célebre prado de Windows, pero la hierba que brota tras el crudo invierno está renegrida. Hay un bosquecillo de abedules y alerces al fondo. Un par de tocones en medio sugieren que algún esteta necesitado de leña enderezó el conjunto. Tal vez una marta cebellina, trajinada ya la noche, esté buscando abrigo y reposo entre los árboles. Es seguro que el maquinista estará saludando a la luz total de los amaneceres de Siberia que saca de la tierra un brillo áureo.

Viajo en el Transiberiano envuelto en el humo del té y el rumor del pasaje. No es este mi primer viaje a Siberia, pero sí es un viaje peculiar. Dediqué unos meses de 2018 a traducir la novela Zuleijá abre los ojos de Guzel Yájina, que publicó Acantilado. Es la historia de una mujer deportada en los años del estalinismo, que recorre media Rusia en un tren que la conduce al destierro en una colonia de trabajo. Allí, contra todo pronóstico, encontrará por fin la emancipación, descubriéndose a sí misma como amante y como madre, como una mujer dueña de su destino. Sí, sí, ya sé que rompe nuestros esquemas mentales concebir que alguien fuera a emanciparse en uno de los islotes del archipiélago Gulag; a encontrar la serenidad en medio del horror de la deportación, el hambre y la muerte; el valor, allá donde el cautiverio y las privaciones convertían a los seres humanos en guiñapos, marionetas movidas por la historia.

Mi viaje a Siberia transcurre sobre un caballo legendario —el Transiberiano— y entre dos puntos esenciales de su geografía: los montes Urales y el lago Baikal. La joven Zuleijá cruzó los Urales y llegó hasta el Angará, el único río que nace en el pozo del mundo. Mi viaje es en dirección opuesta. Vuelo a Irkutsk desde España y desde allí hacer el viaje en tren hasta los Urales. No viajaré al par que Zuleijá. Lo hago en dirección contraria y mirándole los ojos, escuchándola hablar por las voces de las mujeres de Siberia, voces de ayer y, sobre todo, voces de hoy.

Llego a Irkutsk la noche en que se celebra una velada poética. Me había citado con dos poetisas: Yekaterina Boyarskij y Svetlana Mijéyeva. Nos sentamos a hablar después. De las mujeres y Siberia. Boyarskij desmonta enseguida todos los clichés: «Siberia es un lugar de libertad y eso tiene una significación muy especial si eres mujer aquí… Es una tierra inmensa, vacía y acogedora, que se parece a Australia: los aborígenes y los deportados viven juntos. Basta alejarse 50 kilómetros de cualquier ciudad para comenzar a sentir esa libertad con una fuerza indescriptible».

Le apunto a Mijéyeva que en los Relatos de Kolymá de Varlam Shalámov no aparece una mujer hasta después de un centenar de páginas y la que asoma es tomada por una prostituta y acaba asesinada por celos. «Probablemente las mujeres sean aquí especiales», me dice: «Más fuertes, más sabias, más sosegadas. La geografía y la naturaleza las obligaron a ser así. Sin embargo, el feminismo es para nosotras un fenómeno ajeno», apunta.

Siberia y sus mujeres. No puedes juntarlas ignorando a las compañeras de los decembristas, los jóvenes que se levantaron contra el régimen zarista en 1825 y, vencidos, fueron condenados a la deportación en Siberia. La renuncia de aquellas mujeres a sus vidas cómodas en San Petersburgo para viajar junto a sus maridos a padecer el ostracismo y las penurias del destierro ha corrido de generación en generación como un ejemplo de lealtad, amor y entrega. «Esa renuncia no parece un ejemplo muy apropiado en la educación de las niñas de hoy», les digo a Liubov y Antonina, investigadoras de un museo que es una suerte de epicentro del cultivo de la memoria de los decembristas. Responden al reto con gesto resuelto: «Ellas no siguieron a sus maridos de forma sumisa. El Emperador las autorizó a divorciarse y comenzar una nueva vida y ellas eligieron. Dos se divorciaron. Del resto, algunas permanecieron con sus hijos en la capital y otras vinieron aquí a Siberia siguiendo a los hombres que amaban».

Con las decembristas y Zuleijá en mente, marcho a la mañana siguiente al lago Baikal. Quiero asomarme al nacimiento del Angará, el río donde la joven fue abandonada a merced del hambre, el frío y las fieras. Navegar por las aguas del Baikal de una transparencia inverosímil y pasear por sus orillas golpeadas por las suaves olas es una experiencia conmovedora, enaltecedora, única. Pero también allí bulle la vida moderna, la Rusia nueva junto a la Rusia de siempre. Una joven pareja de etnia buriatia se besa de pie junto al agua; una rubia que viste un chándal con incrustaciones de pedrería avanza tomando de la mano a un hombre tatuado como un Libro de horas, de estas últimas horas; unos chiquillos arrojan piedras planas al lago para verlas saltar una, dos, tres veces sobre el plato de agua.

Inspirado por la mística del lago, corro a la estación de ferrocarriles de Irkutsk a tomar el Transiberiano. A retomar el punto donde inicié este relato: la azafata Irina brindándome té, bollos y su historia. La de una mujer llegada a Siberia desde Kazajistán cuando la implosión de la URSS obligó a su familia a repatriarse. En un país con salarios escasos, un ejército de Irinas se ocupan de la vida en los coches del Transiberiano. Mujeres adustas y recias, que se buscan la vida para completar la paga exigua. Madres que no ven a sus hijos durante días, que viven alejadas de sus maridos y sus padres ancianos. En cada parada del Transiberiano se ve a este ejército de mujeres pulcramente uniformadas de pie ante las puerta de sus coches. También hay hombres, agentes de seguridad y maquinistas, pero unas y otros apenas se miran. Son soldados de una misma guerra pero con objetivos muy distintos. Los hombres parecen asegurarse de la estabilidad del marco; ellas lo llenan de contenido.

Es tarea difícil transmitir el delicioso hervor de la vida sobre el traqueteo de los trenes del Transiberiano al viajero acostumbrado a la velocidad del AVE y su silencio anestésico. El tiempo que no avanza y el tren que parece que tampoco. Afuera, todo son estampas que parecen salidas de Repin. Casitas y cobertizos; tierra quemada. Torres de alta tensión abriéndose camino a través del paisaje inmenso, conectando islotes de civilización unidos más por esos cables que por la inmensa geografía vacía, un plano enorme que nunca había con qué llenar, ni con minas, ni pozos de petróleo: ni siquiera con hombres y mujeres animados por un sueño, ese otro sueño que es la codicia, o reunidos por el horror totalitario de un Estado inclemente. Vida no hay apenas, sea humana o animal.

 

Bajo del tren en Novosibirsk, nel mezzo del cammin, porque me espera otra poeta. Yekaterina Guiléeva, una conversadora enérgica, me cuenta su lucha por preservar la memoria de Yanka Diaguileva, una cantante punk y estrella del underground siberiano, cuya casa el Ayuntamiento pretende echar abajo. Es una singular batalla por la memoria de las mujeres de Siberia la que se está librando allí, porque Yanka, a la que se ha comparado con Patti Smith, murió en 1991 en circunstancias que aún no han sido aclaradas y continúa siendo el emblema de una generación. Yekaterina me corrobora lo que ya anunciaron sus colegas de Irkutsk: «Siberia es un lugar excepcional, porque durante años aquí enviaban a todos los que incomodaban al poder. Y aquí se quedaban: capa a capa se fue acumulando lo mejor del país y eso aún se percibe en la cultura y la manera de ser».

 

Antes de seguir viaje, Nazar y Olesia, almas de Siberica y las dos personas que mejor enseñan en español este trozo del mundo, me llevan a comer a SibirSibir, un templo nuevo a la gastronomía siberiana. La mesa me sumió aún más hondo en mis cavilaciones sobre Siberia y sus mujeres. No sé si fueron los entremeses de pescado o los bollos rellenos de vísceras de liebre, pero cuando subí al Transiberiano para seguir viaje sentí un poso de angustia y un asomo de alegría, el chup chup de una creciente euforia. Le mandé un Whasap a una amiga en Moscú contándole mi estado: «Parece que ya comienzas a entender de qué se trata exactamente esto del alma rusa», respondió entre emoticonos con lágrimas de risa a chorros y bíceps contraídos.

La azafata asoma la cabeza por la puerta del compartimento, ofrece más té, la bebida laica de Siberia. La sagrada es el vodka, claro. Pienso en Zuleijá, la deportada por Stalin, en las mujeres de los decembristas que despreciaron la clemencia de Zar, en los cientos de miles de mujeres que han sufrido y sido felices en esta extensión de tierra, que han confrontado su suerte y forjado su destino en una Siberia que es campo de trabajo y campo a través, presidio y colmo de la libertad. Repaso uno a uno los libros de versos que me han regalado las dos Svetlanas y Yekaterina, sus voces distintas pero unidas por una misma tradición e idéntica verdad: la del paisaje sublime, la de una geografía indócil. Mujeres unidas por la convicción de que Siberia es libertad, la que cada cual se procura. Afuera, mientras bufa la locomotora y corren los carros, los montes Urales ya se anuncian en la brisa suave que baja por sus laderas.

Iberrusia Travel, en Barcelona, y Siberica, en Novosibirsk, dos agencias especializadas en viajes a Rusia y Siberia colaboraron con la organización de este viaje. También la línea aérea S7 Siberian Airlines.

 

De contra:

En la Fundación Yeltsin, Yekaterimburgo, montes Urales.

© Todas las fotos son del autor y no pueden ser utilizadas sin autorización.

 

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Svetlana Aleksiévich: una entrevista sobre Chernobyl, la serie de HBO

- 08/08/19
Categoría: Actualidad, Agua corriente, Entrevistas, Letra impresa, Literatura, Periodismo, Poscomunismo, Rusia, Traducciones | Etiquetas: , , , , , ,
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Esta entrevista apareció publicada en la edición del 21 de julio de 2019 de la revista Fashion & Arts Magazine, tanto en papel como en la versión digital con el título “Svetlana Aleksiévich: el precio de la verdad”. Esta última versión puede consultarse en la web de la revista.

La entrevista aparece aquí para archivo con el añadido de que esta es la primera versión, sin los recortes editoriales que le hice después para ajustarme al espacio disponible en la edición en papel.

La conversación con Svetlana la mantuve el día 26/06/2019 por vía telefónica, ella en Minsk, yo en Barcelona.

Svetlana Aleksiévich: “Chernobyl es una serie estupenda”

Por Jorge Ferrer

Tuve a Svetlana Aleksiévich muy presente mientras veía la serie Chernobyl que Craig Mazin creó para HBO. No recuerdo que habláramos antes de ese libro en concreto, pero sí recordaba la honda huella que me dejó su lectura en el cierre del milenio.
La serie ha sido un éxito mundial. Alabada por tantos, ha despertado también recelos en Rusia, donde anuncian respuesta contundente a la manera soviética. Una deliciosa manera de honrar a esta serie que reconstruye los años soviéticos con deliciosa minuciosidad.
No hablaba con ella desde hace meses y ahora en esta larga charla por teléfono vuelvo a encontrar a la interlocutora ágil y generosa. La llamo a Minsk un mediodía de este verano. Ha venido unos pocos días a la capital desde la dacha donde trabaja estas semanas, a pesar del calor del que se queja.

Todo el mundo habla de la serie, de Chernobyl. ¿A quién se le hubiera ocurrido que nos íbamos a ver en esto tantos años después? Toda Europa, el mundo entero con los ojos en Chernobyl. ¿Qué le ha parecido a usted?

Estoy muy contenta de que se haya hecho por fin una serie sobre Chernobil. Es una serie estupenda. Llevo muchos años intentando encontrar creadores lo suficientemente talentosos como para hacer algo así. Ha habido otras aventuras cinematográficas que no carecen de aciertos, pero pasaron inadvertidas. Esta serie sí que ha tenido una gran resonancia. Acabo de estar en Alemania y Polonia donde los jóvenes la están viendo y no paran de hablar de ella. También las ventas de mis libros se han disparado, así que estamos ante un gran éxito sin duda alguna.

¿Es la historia de Chernobil la mejor historia que usted ha escrito?

Es uno de mis libros preferidos, sí, junto con La guerra no tiene rostro de mujer.

¿Cómo ha sido recibida la serie Chernobyl en su país, Bielorrusia, en Ucrania y Rusia?

La ha visto mucha gente, sobre todo los jóvenes que han descubierto el tema, como ha sucedido con jóvenes de toda Europa. En Rusia, en cambio, han comenzado a atacar mi libro desde las posiciones de este nuevo patriotismo que cunde allá. Lo ha dicho muy bien el creador de la serie: él no entiende qué es lo que defienden los rusos, porque le parece que es como si los alemanes se pusieran a defender las ideas del nacionalsocialismo. Algo así está sucediendo con la recepción de la serie en Rusia. A él lo acusan de todos los pecados posibles. Y a mí lo mismo. Porque la serie incluye muchas de las historias de mi libro y también su espíritu, su filosofía, algo que han manifestado sus responsables. Y como a mí me tildan de rusófoba, pues dicen que era de esperar que una serie llena de calumnias saliera de un libro escrito por alguien como yo.

Y parece que se disponen a responder…

¡Eso es lo más gracioso! Han anunciado que ahora Rusia prepara su propia película con una historia que me dejó estupefacta. Se ve que en ella agentes soviéticos capturan a un espía norteamericano en Chernobil y cosas así. Yo me dije: “Dios mío, ¡han pasado 30 años y pareciera que después de la perestroika vivimos durante unos años en democracia, que hoy vivimos tiempos distintos, pero las ideas que esta gente enarbola son las mismas del pasado! Es lo mismo que ves en Facebook donde te encuentras muchas opiniones positivas acerca de la serie, pero también hay mucha gente tildándola de basura, de propagar calumnias. Algo parecido vimos en la prensa, por cierto, donde durante la primera semana encontramos reseñas muy entusiastas y después por lo visto cundieron las consignas salidas del Kremlin. Comenzaron los reproches, las reseñas negativas. Las acusaciones de inexactitud. Se olvidan de que Chernobyl, la serie, es a la vez una película de ficción y un documental.

Me encontraba en Rusia cuando comenzaron a emitirla y cada noche cuando iba al hotel encendía la televisión y no daba crédito a lo que veía. El mismo gobierno que asume “por la izquierda” la herencia del legado de la sociedad socialista, los mismos que son los responsables de la mentira de Chernobil, ahora se golpean el pecho, se rasgan las vestiduras exigiendo la verdad. La verdad sobre Chernobil. Es increíble. ¿Usted ha hablado con los medios rusos sobre la serie? ¿Qué relación mantiene con ellos?

Me han llamado, pero me he negado a viajar a Moscú a participar en esos shows, porque yo sé en qué se convierte todo eso. En puro fango. En un catálogo de ofensas. No tenía ningún sentido para mí viajar allá: nadie me habría escuchado, no me hubieran dejado decir lo que tenía que decir.

Cuando hablamos de la guerra o de la historia del socialismo todo está claro, porque se percibe la acción del hombre en la historia. Cuando hablamos de Chernobil, en cambio, surge enseguida la palabra “accidente” y los accidentes son algo que sucede al margen de la historia, se asocian con una mera casualidad…

Decir que lo que sucedió en Chernobil fue un accidente es pasar por alto lo principal: Chernobil fue una catástrofe. Una catástrofe de nuestra concepción del rol del hombre en este universo inmenso que habitamos, una catástrofe que afectó a nuestras antiguas ideas, a nuestra comprensión de la ciencia y hasta a la propia idea del curso de la civilización humana que teníamos. Chernobil sacudió todas esas nociones con una catástrofe brutal. Me ha dado mucha pena que en la serie tenga un mayor predominio la línea argumental que privilegia el rechazo a la mentira y al régimen que existía entonces en la URSS y no fueran capaces de subir al peldaño siguiente y explicar que con Chernobil entramos en la época de una nueva realidad, una realidad que todavía no somos capaces de comprender de manera cabal. Hoy en día nuestras capacidades tecnológicas están por encima de nuestra moral y carecemos de respuestas para las principales preguntas del presente. Por ejemplo, las primeras ocasiones en que yo visité Chernobil también experimenté esa sensación de catástrofe, pero me costaba explicarla, comprenderla, encontrar las palabras para describir la catástrofe. La literatura no podía ayudarme a hacerlo. La historia tampoco. Ahora es distinto, porque ya hubo Chernobil. Y cuando visité Fukushima, en Japón, todos repetían sin parar que aquello era como en Chernobil, que los engañaban como en Chernobil, que se evacuó a la gente como en Chernobil. Nosotros carecíamos de una experiencia previa, porque Chernobil fue la primera catástrofe global de ese tipo. Por eso no pudo haber una recepción intelectual de lo que estaba ocurriendo allí. Los filósofos no supieron comprender de qué se trataba exactamente aquello y lo mismo le sucedió a la literatura, al arte: el mundo de la cultura pasó por alto aquel suceso y no hizo sonar la alarma y plantear la pregunta por el camino que habíamos tomado y si acaso la civilización no había emprendido una vía suicida.

Un momento crucial, crítico, en el que se ponía en cuestión la noción misma de progreso.

¡Claro! Habíamos llegado a un punto en el que el progreso era equiparable a la guerra. Recuerdo cuando en Chernobyl subían a la gente en autobuses para evacuarla. Había una anciana que se resistía a marcharse, se había hincado de rodillas y no había quien la moviera. Y entonces me vio en medio de todos aquellos militares y se dirigió a mí: “Aquí no puede estar pasando nada, hijita. Mira como brilla el sol, como pían los pajarillos. Yo pude sobrevivir a una guerra, rodeada de gente extraña. Y ahora son mis soldados los que están aquí, es la vida como tal”. Y entonces me di cuenta de que no había otra respuesta para sus preguntas que explicarle que aquello era una guerra, hacerle entender que veíamos el resultado de nuestra guerra contra la naturaleza, de una guerra que librábamos contra nosotros mismos, contra la humanidad. Que las ideas que nos movían como civilización habían entrado en conflicto con lo que éramos y que la naturaleza también comenzaba a golpearnos y que cada vez nos veríamos confrontados con mayores catástrofes como aquella. Por eso titulé mi libro sobre Chernobil “Crónicas del futuro”.

¿Qué nos enseñó Chernobyl?

No puedo decirle con certeza qué nos enseñó Chernobyl. Hace poco estuve en Fukushima y da la impresión de que allí se ha repetido exactamente lo mismo: la misma mentira y la misma fe de la gente en que conseguirán tirar adelante, su total impotencia ante lo que les está sucediendo… No sabemos qué se está arrojando allí al océano. No conocemos la verdad hasta el fondo y nadie nos la dice. En Fukushima hay prohibiciones todavía más severas que las que hubo en Chernobyl. Es imposible acercarse a una distancia menor de 10 km de la estación atómica, mientras que a Chernobil se conseguía hacerlo provisto del permiso especial. Visitar el territorio de la central de Fukushima, en cambio, es totalmente imposible. De Chernobil no se extrajeron las experiencias debidas, no. ¡Ojalá que esta serie ayude a las jóvenes generaciones a cultivar un pensamiento ecológico más activo, que las obligue a reflexionar sobre todo esto!

A muchos espectadores les ha sorprendido la manera en que la serie refleja de una manera muy precisa el mundo soviético. A mí mismo, sin ir más lejos, que estaba en Moscú en aquellos años, en el año de Chernobil, me impresionó mucho la manera en que la serie refleja todo aquel mundo.

Sí, lo hicieron tremendamente bien. ¡Tuvieron asesores magníficos, eso se lo puedo asegurar! Y esa representación fidedigna del entorno material es algo magnífico porque dota de mayor credibilidad a la historia. Uno piensa que si se fue fiel al decorado, se fue fiel al relato de lo que allí sucede, a las palabras que allí se pronunciaron. Ésa es una premisa muy importante.

¿Cuánto de su libro sobre Chernobil ve usted en los capítulos de la serie de HBO? Buena parte de la narrativa acerca de Chernobil surge precisamente en su libro, porque antes de él nadie había hablado de algo así. Yo tuve enseguida la impresión de que asistía a la plasmación cinematográfica de la filosofía de su libro.

Ahí se produjo un fallo. Los artífices de la serie firmaron un contrato conmigo. Me pagaron unos buenos honorarios. Me dijeron que tomarían unas cinco o seis historias de mi libro, no recuerdo exactamente cuántas. Pero es cierto que aparte de las historias, el propio creador de la serie se mantuvo siempre atento a mi libro, alimentándose de su belleza y de su tristeza. Él mismo lo ha manifestado así con total precisión y es muy importante que él lo haya percibido así. Que haya prestado oídos a la filosofía del libro, al hecho de que cuando pensamos en Chernobil nos situamos un poco fuera de todo, más allá del bien y del mal, en una dimensión realmente distinta. Chernobil está más allá del Holocausto, más allá de la guerra, porque es algo con lo que tendremos que convivir durante millones de años. Pero es verdad que cuando salió la serie mi nombre no aparecía en los títulos de crédito y muchos periodistas y mi propio agente literario protestaron por eso. Entonces los creadores de la serie nos presentaron sus disculpas y dijeron que aunque ello les acabe costando caro harán constar mi nombre reconociendo así que cometieron un error.

Son muchos los que han visto esta serie como un monumento al valor de todos estos hombres, Legasov, Scherbina, mucha gente sencilla que se dejaron la vida por Europa, por la civilización.

Esta serie constituye la primera reflexión seria de lo que Chernobil significa, de la nueva realidad que nos espera y en la que ya estamos instalados. Hay que tener una respuesta honesta a la pregunta que Chernobil planteó y aprender a convivir con ello. Seguramente necesitaremos una nueva escala de valores, una nueva relación del hombre con la naturaleza, con la inteligencia artificial. Aclararnos en el debate entre nuestras posibilidades tecnológicas y nuestras normas morales. Alcanzando el equilibrio entre ambas del que no somos dueños hoy en día. En ello tendrás que pensar los filósofos, los sociólogos, los artistas… No tengo dudas de que esta serie es la primera que se plantea estos enormes conflictos que hemos provocado.

Por cierto, ¿qué opinión le merece a usted el uso pacífico de la energía atómica?

El uso de la energía atómica constituye un callejón sin salida, porque no sabemos qué hacer con los residuos que genera. Se trata de un problema inmenso, porque esos residuos no paran de acumularse. Confío en que la humanidad consiga desarrollar formas más ecológicas de producción de energía.

De contra:

La publicación en Fashion & Arts Magazine llevaba la siguiente coda sobre las circunstancias en que se trabajó sobre el texto, como es habitual en esa publicación:

“Hacía un calor intenso en Minsk y en Barcelona la mañana en que hice esta entrevista. Svetlana me dijo que se volvía enseguida al campo huyendo del bochorno. Mientras hablábamos, Bruno, mi frenchie, resoplaba a mi lado dejando su rastro en la grabación, y pidiendo también fresco y campo”

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Entrevista a Aleksandr Duguin en Ajoblanco: Eurasia y el Kremlin

- 27/04/19
Categoría: Entrevistas, Letra impresa, Memoria, Periodismo, Poscomunismo, Rusia | Etiquetas: , , , , ,
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Hoy comparto una entrevista caída en el olvido. ¡Incluso en el mío! Ya se sabe que muchos materiales publicados cuando todavía buena parte de las revistas y periódicos no tenían versiones digitales han quedado fuera del ojo público, salvo que hayan sido digitalizados a posteriori o tengan la suerte de que los lectores acudan a oler papel en las bibliotecas. Es lo que sucede, por ejemplo, con esta entrevista que hice a Alexander Duguin para la revista Ajoblanco y apareció publicada en su número 124, el de Diciembre de 1999, 600 pesetas el ejemplar, con una feroz llamada en portada: El fascismo que viene del frío. Fue ése el último número de una revista fundamental en la cultura española durante tres décadas (con intermedio) y vale la pena recuperarla aquí para lectura y archivo.

Es, por cierto, la primera que se le hizo en nuestra lengua a quien era entonces el ideólogo de una Rusia poscomunista devuelta a su condición imperial. Incendiario y amante del exabrupto, me dijo de todo. Fue divertido de hacer y leer. Veinte años después, Duguin continúa siendo un actor importante del pensamiento político en Rusia, tras haber asesorado al Kremlin y a Putin.

Recordé esta entrevista ahora porque mi colega y amigo Ladislao Aguado entrevistó a Duguin para Hypermedia Magazine. Una entrevista excelente la suya. Léanla también y verán a un hombre y un país en dos tiempos con veinte años en medio.

Rusia sigue siendo el lugar que más me interesa para ser leído y pensado. No hay otro igual. O mejor: no conozco otro igual.

(La herramienta de lectura de pdfs que utilizo aquí te permite pasar de página hacia adelante y hacia atrás por medio de las flechas que ves en el borde inferior izquierdo del marco)

Ajoblanco

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