Jorge Ferrer - 01/11/11
Categoría: Agua corriente, Poscomunismo, Rusia, Uncategorized
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El FBI ha hecho públicos hoy una serie de documentos y videos de la red de agentes rusos que operó en los EE.UU. durante buena parte de la primera década del siglo XXI. Los espías que fueron repatriados en una operación que recordó a los años de la Guerra fría.
Hasta donde he alcanzado a ver en una primera ojeada, no hay revelaciones de peso. Más bien se trata de rastros del trabajo operativo sobre espías que nunca llegaron a penetrar verdaderamente servicios de inteligencia, organismos de gobierno o consejos de empresas relevantes. Pero a mí me estimulan las historias de espías, forman parte del mundo cinematográfico y literario en el que me crié, y aquí comparto (sígase el primer enlace allá arriba) los fragmentos de esta.
El delicioso nombre de la operación —«Ghost stories»— es el título de la novela o colección de estampas para la que se quedan cortos como personajes de intriga. (Yo antes pensaba que no.) Tan solo el clamoroso atractivo sexual de Anna Chapmann parece aquí materia de sujet, pero de uno cinematográfico.

En los espías de otras épocas —los que espiaban para los Aliados, por ejemplo— había una dimensión heroica. En los que espiaban para los soviéticos había una profundidad enigmática que los supervivientes del comunismo solemos confundir con la mera imbecilidad.
En cambio, los espías que pululan ahora por los pliegues de la historia que vemos hacer —y no me refiero a los infiltrados en Al-Qaeda o los narcos, por citar dos enclaves de la lucha undercover contemporánea— son gente corriente que sirve a una geopolítica rizomática y lábil. Son, y me quito el sombrero ante quien puso membrete a esta operación, fantasmas. Y las suyas son desvaídas historias de fantasmas.
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Jorge Ferrer - 28/09/11
Categoría: Poscomunismo, Rusia, Viajes
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Acabo de regresar de un viaje a Moscú. Más que entretenerlos con asuntos políticos como hice en artículo para El Nuevo Herald en julio pasado y que podría repetir ahora letra a letra, verificado ya el ponte tú que me pongo yo protagonizado el sábado por Putin y Medvedev, comparto dos escenas. Sirven para imaginar a Rusia desde la anécdota, ese asomo inconstante de la realidad.
1) Por asuntos a medias profesionales, a medias sentimentales, me interesaba aprovechar el viaje para visitar la Casa-Museo de Alexander Herzen, el liberal ruso del s. XIX víctima del destierro y el exilio bajo el zar Nicolás I.
Había escollo parecía que insalvable: el museo fue cerrado el año pasado para una reforma general y su reapertura se anuncia para el 2012, en ocasión del 200 aniversario del natalicio del ensayista. Unas gestiones me permitieron hacerme con el número de teléfono de una responsable del museo. La llamé y le expliqué en poco más de tres minutos por qué me interesaba entrar a esa casa y pasearme por sus salones. Una hora más tarde me recibieron ella y la investigadora principal del museo en el edificio en reformas. Sorteando escaleras y latas de pintura, me regalaron una visita absolutamente fantasmagórica. En un edificio con las paredes desnudas y con la ayuda de un catálogo editado hace veinte años, me mostraron el museo que fue y me describieron el que será.
He visitado muchos museos en mi vida, pero es probable que no haya visto antes con tanta claridad una colección como la que no vi, pero imaginé, en la casa de Herzen.
Toda Rusia es un poco así de gogoliana. Es la imaginación dando vida a los fantasmas.
(Fotografía: En compañía de dos responsables de la Casa Museo de Herzen en Moscú.)
2) Acudo a una reunión con un personaje muy importante en la vida política y empresarial de Moscú. Tan importante que me dispensarán omita aquí su nombre, dada la naturaleza de la anécdota. Cuando abandono su despacho me tropiezo en la antesala –la cosa era puro Chéjov-, a tres peticionarios que iban a ser los próximos en ser recibidos. Trajes de políticos de provincia, cabezas gachas, cuerpos contrahechos por la humillación y una cesta de flores de metro y medio de diámetro. Una ofrenda al gran jefe a quien acudían en busca de algún favor. Me entretengo en la antesala a la espera de unos papeles que firmar y los tipos entran al despacho del jefazo. Unos instantes después se escucha gritar al anfitrión:
—¡Saquen de aquí estas flores!
Su ayudante corre a abrir la puerta del despacho y alcanzo a ver la mesa en la que nos habíamos reunido. En torno a ella, los tres visitantes y el político. Toda la mesa ocupada por la inmensa cesta que no les dejaba verse las caras.
La muchacha se vuelve hacia una suerte de antesala de la antesala donde esperaban sendos guardaespaldas de dos metros de estatura y hombros como robles.
—¡Saquen de aquí esa cesta! —clama.
Los guardaespaldas entran a la carrera, las manos en la sobaquera, me rodean y uno grita con voz ronca:
—¿A quién sacamos? ¿A este? —”Este” era yo.
—No es «a quién», sino «qué» —les aclara la ayudante en frase que suena encantadora en ruso—. ¡La cesta! ¡La cesta es lo que tienen que sacar de aquí!
Por un instante se me ocurrió que pudieron haberme pegado un tiro.
También eso es Rusia. Un guión escrito en el s. XIX, un mar de gestos soviéticos y un decorado poscomunista.
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Jorge Ferrer - 26/08/11
Categoría: Arte, Poscomunismo
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El ruso Alexei Titarenko es más conocido por sus fotografías del San Petersburgo, entonces todavía Leningrado, que se encaminaba hacia el poscomunismo. Las series Nomenclatura de signos o San Petersburgo, significativamente.
Sus fotografías son las de fantasmas que vagaban por calles sin nombre o zombis sin rumbo arracimados junto a la esperanza del cambio. Unos y otros, iluminados por el dedo (¿el ojo?) del fotógrafo y ralentizados por la magia de una emulsión domesticada, como el mundo que habitaban.
Titarenko también estuvo en La Habana, viajó allá en dos ocasiones, y buscó esas sombras de país evanescente y fantasmagórico.
¡Fíjate, oye, que es difícil sacarle algo a esa ciudad tan grosera y profusamente fotografiada desde el detrás de una cámara!
Él lo hizo, sabedor de que el tránsito hacia el poscomunismo pasa por tinieblas y nieblas atravesadas por luces y recostadas al contraluz.
Aquí les subo unas pocas fotografías. Más de su serie habanera aquí.



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Jorge Ferrer - 09/07/11
Categoría: En El Nuevo Herald, Letra impresa, Poscomunismo, Rusia
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Maullidos de Rusia
Por Jorge Ferrer
Atravesamos la ciudad vacía a una velocidad de vértigo de camino al hotel. He dormido poco en el avión y apenas atino a distinguir si estoy efectivamente en Moscú o en Brighton Beach, Brooklyn, moviéndome por ese paisaje de vallas publicitarias que venden lofts, sofás de piel a precio de saldo y viajes a Malasia con mensajes escritos en cirílico y tonos chillones.
El amable taxista, a quien ya dejé saber que soy extranjero fluido en lengua rusa, me señala un espigado edificio en construcción. Sus últimas seis o siete plantas no han sido revestidas de paneles de hormigón y por ellas corre el aire viciado de la ciudad. «Lleva mucho tiempo así», me informa: «Construyeron más plantas de las permitidas y ahora no saben cómo eliminar las sobrantes ni a quién sobornar para mantenerlas y vender los apartamentos», abunda con un guiño.
La graciosa pifia y las opciones para salir de ella -un alarde ingenieril o el hallazgo de las manos que untar en una ciudad que cambió de alcalde recientemente- no definen con plena justicia el estado de la Rusia postcomunista a fecha del verano del 2011, pero sirven para acercarse a esa mezcla de solidez del gobierno e incertidumbre ciudadana que uno encuentra aquí a cada paso.
Rusia ha sido siempre una máquina enorme cuyos engranajes piden aceite. Y el Moscú que experimenta hoy a medias hartazgo y orgullo mayúsculos veinte años después de haberse despedido de la marca URSS -aquella CCCP que asociamos en Occidente a los astronautas o a los deportistas soviéticos en los Juegos Olímpicos- es una ciudad que divide a los pesimistas y los optimistas en partes desiguales que, en mi experiencia, da ventaja a los segundos pero encuentra mejor argumentación en los primeros.
Las fotos de la bicefalia que gobierna el país, Dmitri Medvedev y Vladimir Putin, y la indefinición sobre quién se presentará a las elecciones del año próximo despiertan una preocupación que rebasa el mero interés por las conjuras y componendas palaciegas. El rostro y el discurso modernos de Medvedev, su diáfana apuesta en favor de una economía más desestatizada y una sociedad más abierta contrastan con los aires restauracionistas que encarna Putin. Hay mucho más en esa dupla que la mera estrategia de enfrentar a Occidente desde la ventajista dialéctica del policía bueno y el malo. Detrás de Putin y Medvedev hay una masa social que facilitará que cualquiera de los dos continúe llevando las riendas del país, pero hay también una sociedad dividida entre el clamor por la modernización del sistema político y la dinamización de la economía, por un lado, y, por otro, el temor a que se desdibuje el perfil de una Rusia que desde un nacionalismo tan feroz como inseguro se niega a ser desplazada hacia la periferia de la arena internacional.
Con todo, pocos discuten que el camino de Rusia para poner a brillar la letra «R» en el acrónimo BRIC acuñado por Goldman Sachs —Brasil, Rusia, India y China—, el conjunto de las potencias llamadas a dominar los flujos de la economía mundial hacia mediados de este siglo, pasa por abandonar la pulsión agónica en sus relaciones con los EEUU y Europa, a la vez que por la definitiva construcción de una democracia con letra inicial mayúscula. En definitiva, cultivar la transparencia -glasnost, ¿les suena?- tanto hacia afuera como dentro.
Pero por ahora nos pasa con esa Rusia lo que con el gato de Schrödinger: escondido en la caja de sus vicios geopolíticos, nunca sabemos con certeza si el democrático gato está vivo o está muerto.
El artículo «Maullidos de Rusia», de Jorge Ferrer, aparece en la edición del 8/7/2011 de el diario El Nuevo Herald.
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Jorge Ferrer - 05/07/11
Categoría: Poscomunismo
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Ayer en Bielorrusia salieron a la calle algunos internautas que se oponen al gobierno detestable de Lukashenko. Salieron y cogieron mano de palos, como era de esperar.
La iniciativa rodó bastante por las redes sociales y aunque V kontakte, que es la versión eslava de Facebook, la vetó, se pudo ver a un buen número de blogueros, twitteros y demás ciudadanos conectados a las redes manifestándose en la celebración de una patriotera fiesta bielorrusa. “Se trata de elegir entre la libertad y la tiranía, entre la verdad y la mentira, entre el bien y el mal. Entre vivir en un país libre o en una Corea del Norte”, se leía en la proclama que llamaba a salir a la calle.
A los convocados se les dio instrucción verdaderamente peculiar: no debían llevar carteles, ni gritar contra el gobierno. Simplemente debían aplaudir al presidente cuando este hablara. Y la policía política cargó contra los que aplaudían, una deliciosa inversión de lo que uno supone ha de ser la represión a movimiento contestatario.
Aquí les inserto el video de la convocatoria. Cursilón y pico, es un entrañable copy & paste de escenas de Hollywood, pero la cursilería es también un arma. Los textos en el video, escasos, aluden a la necesidad de héroes cuando se quiere derrotar a un dictador.
Las fotografías de la actuación de los esbirros de Lukashenko, aquí. Les dejo una:

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Jorge Ferrer - 20/06/11
Categoría: Cine, Memoria, Poscomunismo
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Ya sé que el lunes no es el mejor día para recomendar algo que les consumirá un par de horas o algo más.
Con todo, va una recomendación de esas, que bien pueden guardar para cuando dispongan de tantos minutos. Otros asuntos me pueden privar de hacerla o me harán posponerla.
Se trata de Stilyagui (Стиляги, Valery Todorovsky, 2008), una película extraordinaria ambientada en el Moscú de 1955-56. En los EE.UU. se la distribuyó con el título de Hipsters, aunque en otras referencias me aparece como Boogie Bones. Sus protagonistas son los «stiliagui», que viene de «estilo», y eran los seguidores del jazz y la moda de Occidente en medio de la grisura comunista. Una película excepcional sobre la libertad y la diferencia bajo un régimen que las excluye. De factura absolutamente primorosa, es seguramente una de las mejores películas rusas de los últimos años.
Tomen nota, oigan. Jamás recomiendo algo en vano.
En Netflix, aquí. No encuentro referencias en España y no sé si se la distribuyó en lengua española. En el Tube, está la versión original subtitulada en inglés, que es la que aquí inserto.
Primera parte:
Segunda parte
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