Siempre, ahora mismo…

- 27/04/10
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Un amigo y antiguo condiscípulo murió en Moscú hace dos días.

Tenía mi edad y una vitalidad que me asombraba y le envidié. Su encanto no se lo envidié nunca, porque es de gente mezquina o imbécil envidiar lo que uno sabe que no alcanzará jamás. El aviso de su muerte fue un puñetazo. Varios: una genuina paliza.

Las noticias de su funeral me trajeron otra más: otro viejo condiscípulo, del que no supe por años, enviudó hace poco. Su mujer, aún más joven que todos nosotros, falleció también de repente.

Esta tarde recibí un mensaje de un corresponsal: me pedía las señas de alguien que murió hace pocos años. Quería hablarle para convocarlo a entrevista. Nada sabía de su muerte. Me reclamaba su número de teléfono.

Me he pasado el resto del día trabajando a duras penas, porque lo hice reparando a ratos en el ritmo de mi respiración y pensando en los vivos y los muertos.

También y sobre todo recordando aquel aserto de Mijaíl Bulgákov, quien dijo, más o menos, que lo terrible no es que seamos mortales, sino que lo seamos siempre y en todo momento. Ahora mismo, por ejemplo.

Descansa en paz, Dmitri, querido amigo.

Y ojalá que nadie me pida en lo adelante tu teléfono, porque todos te recuerden vivo, mientras te sepan y te honren muerto.

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(AM): identidad indígena vs. identidad criolla

- 02/02/10
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Compartiré en lo adelante, ahora de manera explícita bajo el tag “Retazos”, breves fragmentos de los textos en que trabajo. Son textos “crudos” y, naturalmente, se aceptan apuntes…

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«…» Durante unos pocos años –acaso apenas meses- de mi infancia me sentí conmovido por la matanza de Caonao, simpaticé con los lamentos del Padre Las Casas, el peculiar holocausto de Hatuey y la rebeldía de un Guamá escoltado por sus perros mudos. Pero fue breve mi simpatía de entonces. El pasado indígena no consiguió ganar mi interés o solidaridad duraderas, acaso porque nunca vi a un indio tout court y los que se les asemejaban en mi colegio o las calles de mi barrio, sabía, o creía que sabía, que eran en realidad yucatecos, ajenos, mexicanos. No alcanzo a recordar ahora si fue en alguna charla en torno a la sobremesa de nuestra casa de Baracoa o en la visita que hice al museo Montané en el Capitolio habanero, cuando creí aprender que los habían traído para suplir las fuerzas que las paperas quitaron a los indios autóctonos, hasta matarlos. (Parece que deseché sarampiones y otros holocaustos, dominado por una imagen que representaba a un trío de indios aquejados no sé si de bocio, en favor de las paperas que yo mismo padecí, las mías benignas y breves, por aquellos años.)

Los nuestros, que apenas ganaban mención en los diecinueve tomos de El Tesoro de la Juventud –páginas catequéticas de mi paideia primera-, se denunciaban todos muertos a manos de españoles crueles, diezmados por arcabuces y las omnipresentes paperas. Nada indígena había, pues, en mí… ¿Cómo podía haberlo, me decía, sin marcas genéticas visibles ni duradera simpatía?

Vivíamos por aquellos años –la década de los setenta en La Habana– en un mundo plagado de voces indígenas. Una fiesta ideológica nos había llenado las casas de sonidos de bateyes: las radios, alimentadas en las noches al raso por pilas Yara, se llamaban Siboney y Taíno; los televisores se decían Caribes; los guantes de béisbol, Batos. Y el helado, ay, el helado que repartían poco y mal unos carritos azules de música tan dulce como los mantecados, se llamaba Guarina.

La toponimia de mi infancia tampoco era ajena a aquel acarreo de voces precolombinas. Alternábamos los domingos entre Guanabo y Bauta, para regresar cada vez a esperar los albores del lunes en Marianao. Y, sin embargo, toda aquella maraña lascasiana nunca supo ganarle a una identidad criolla, anclada en una nunca suficientemente aclarada prosapia valenciana e isleña. Entonces, yo aún no sabía que Bauta es el nombre de una máscara veneciana.

Nada había, pues, en mí de aquellos indios «…»

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