Diarios de la contrarrevolución rusa: Rózanov, Tsvetáieva, Hippius, Bunin

- 30/11/17
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En la entrega de Noviembre/Diciembre (Nº 766) de la revista El Ciervo publican este breve texto sobre la Revolución de Octubre. En él me ocupo muy someramente de vindicar a cuatro contrarrevolucionarios a partir de los diarios que llevaron. Dos de ellos, los de Vasili Rózanov e Iván Bunin, pude traducirlos para la editorial Acantilado. Pueden encontrarlos en la columna de la derecha.

(Durante) la revolución

Por Jorge Ferrer

El vacío que dejan las revoluciones —la rusa se llevó por delante nada menos que un imperio—, lo inundan ellas mismas con un lleno completo de sangre y muerte, pero también de ilusión, imágenes fijas o en movimiento, discursos, gestas, mitos y ese general entusiasmo que Kant describió a propósito de la revolución francesa. El constructivismo o el cine de Eisenstein, Lenin en el Smolny, el mito Trotsky o la heroica conquista de la tierra virgen, la ampliación del mapa de la URSS —¡la sexta parte de la tierra firme del planeta!—: he ahí huellas, jalones, y a la vez ladrillos de la construcción. Se inaugura un tiempo nuevo en un paisaje nuevo que vendrá a habitar un hombre nuevo. Todo es novedad, inflamación, afilados verbo y bayoneta. La revolución, en tanto fenómeno que todo lo abarca, retuerce y devora, es obesa y está dopada. Y su crónica tiene que ser inflamada, estremecedora.

A la revolución se la cuenta después. Y a veces enseguida. La rusa la contó inmediatamente después John Reed en Diez días que estremecieron al mundo, por donde se pasean los discursos encendidos y las masas enardecidas: los líderes, el pueblo, el hundimiento de un mundo, el nacimiento de otro. Los dolores del parto, el crujir de los fórceps, el recorrido del escalpelo con que se practica la cesárea.

Pero incluso en Reed, y en el día primero, se advierte que la revolución transcurre sobre otro paisaje también, que la vida la rebasa, que hay un territorio que permanece imperturbable a su avanzar en tromba, al Godzilla que desbancará a todos los dioses con sus manitas nerviosas. Momentos, como este, de una extraña paz: «El 18 de noviembre nevó. Al despertarnos por la mañana vimos las cornisas de las ventanas completamente blancas. (…) La ciudad sombría adquirió de pronto deslumbrante blancura (…) A pesar de la revolución, que conducía a Rusia con pasmosa velocidad hacia un futuro terrible y desconocido, la ciudad acogió la primera nieve con general alegría. Todos sonreían, la gente salía a la calle y atrapaba riendo los blandos copos que revoloteaban en el aire. Desaparecieron todos los tonos grises…» ¡Ah, esa paz donde la gente sonreía y participaba de una «general alegría»!

Pero hay aun otra manera de contar la revolución. Desde la ventana. En la penumbra. Con repugnancia. Con pesar. Y, sobre todo, con miedo. Si la revolución transcurre en la calle, si ese es su paisaje natural y la escenografía que acoge su puesta en escena, hay que vindicar también la narración que se hizo desde la celda, la buhardilla, la habitación de hotel, los espacios donde se la narró en tonos sombríos, donde se vivió en su reverso.

Esa escritura, el relato del envés de la revolución, lo debemos a algunos escritores rusos que llevaron diarios durante esos primeros años. Diarios terrible, maravillosamente contrarrevolucionarios. Y vale la pena releerlos y vindicarlos cuando se cumple su centenario, que es también el de la revolución que los dictó. Escritores a los que los diez días que estremecieron al mundo los estremecieron tanto que ya no se recuperaron jamás de ese estremecimiento.

Zinaida Hippius, por ejemplo, también vio nevar unos días antes de Reed. Poeta simbolista y animadora junto a su marido Dmitri Merezhkovski del salón literario por excelencia en el San Petersburgo prerrevolucionario, escribe en la entrada del miércoles 8 de noviembre de 1917: «Es mi día de cumpleaños. Cayó mucha nieve. Dimos un paseo en trineo. Nada nuevo. La misma pesadilla continúa». Sus diarios, de los que no tengo constancia se hayan traducido al castellano, muestran el ánimo menguante de quien se sintió horrorizada por la revolución desde el primer instante y escapó al exilio el 24 de diciembre de 1919. «Rusia nunca tuvo historia. Y esto que le está sucediendo ahora tampoco forma parte de su historia. Se olvidará, como salvajadas ignotas perpetradas en una isla deshabitada por tribus desconocidas», escribió.

Iván Bunin escribió un diario extraordinario en los meses anteriores a su fuga de Rusia a finales de enero de 1920: Días malditos. Un diario de la Revolución (tr. de Jorge Ferrer, Acantilado, 2007). A Bunin la revolución le roe el cuerpo, le mina la salud: en las páginas del diario que escribe desde la atalaya de la cultura del imperio asaltado por los bárbaros todo son pesadillas y desvanecimientos. Sale a la calle a buscar las voces de la gente, apostado bajo marquesinas, aguzando el oído en portals, aceras, colas… Su diario es una compilación de la decadencia progresiva de Moscú, primero, y Odessa después. «Ayer, a última hora de la noche, vinieron a tomar medidas del largo, ancho y alto de cada una de nuestras habitaciones “con el propósito de compactar la ocupación proletaria de las viviendas”. ¡Estos malditos simios están midiendo todas las habitaciones de la ciudad, como si jugaran a hacer rodar frenéticamente un tocón».

Marina Tsvietáieva, cuyo destino fatal aparece prefigurado en las páginas del diario que llevó en los primeros meses de la revolución (Diarios de la Revolución de 1917, tr. de Selma Ancira, Acantilado, 2015), acabó sus días en una remota ciudad de Tartaria, donde se ahorcó. Las notas que dejó entonces, a su hijo y a sus compañeros de infortunio, muestran a la misma mujer meticulosa y apasionada que veía pasar, como alelada, el carro de la revolución bolchevique: «No, con la mano en el corazón, de los comunistas yo, personalmente, hasta el día de hoy, no he visto maldad (¡tal vez – no he visto malos!). Y no los odio a ellos, sino al comunismo. (Hace ya dos años que por todos lados oigo: “¡El comunismo es maravilloso, los comunistas – nefastos!”. ¡Me retumba en las orejas!)» Un día viaja en un tren atestado de gente y anota, retratando a la sociedad que ya intuía: «Una sola cosa me consuela: sacar de esta masa espesa a una persona es lo mismo que sacar de una botella el corcho sin sacacorchos: es impensable».

Por último, Vasili Rózanov, epítome del escritor reaccionario y una de las mentes más extraordinarias que dio la Rusia del cambio de siglo, escribió, retirado a una ciudad de provincias, El Apocalipsis de nuestro tiempo (tr. de Jorge Ferrer, Acantilado, 2017), un sofisticado artefacto donde lee el fin del Imperio ruso en clave apocalíptica. No se trata de un diario en sentido estricto, sino de un libro que Rózanov, que morirá en febrero de 1919, va escribiendo y vendiendo por fascículos a medida que caen las columnas que sostienen el techo del imperio. Es su particular relato de la revolución, donde escribe: «La antigua Rusia se destiñó en apenas un par de días. En tres jornadas, cuando más. (…) Es sorprendente cómo se hizo añicos toda de golpe, hasta en sus detalles más mínimos. (…) Ha sido cosa de tres días y puede que hasta de dos. Desapareció el imperio, desapareció la iglesia, desaparecieron el ejército y la clase trabajadora. ¿Y qué ha quedado, entonces? Por extraño que parezca, no ha quedado prácticamente nada».

Cien años después, fenecido ya el imperio soviético y con Rusia envuelta en los vapores de su restauración, la lectura de los diarios contrarrevolucionarios escritos en los primeros años de la Revolución de octubre resulta una experiencia deliciosamente revolucionaria.

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El apocalipsis de nuestro tiempo, por fin en español

- 23/10/17
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Vasili Rózanov es, sin dudas, uno de los escritores rusos más auténticos y singulares. Una condición difícil de ostentar cuando se forma parte de un corpus literario mayúsculo, tal vez el mayor que conoce la literatura universal.

Y aun así, Rózanov permanecía inédito en español. Durante años intenté corregir esa incomprensible falta y en una ocasión rocé el éxito. Solo ahora, y gracias al editor Jaume Vallcorba, de feliz memoria, quien conocía y apreciaba la obra de Rózanov, aparece por fin un libro suyo en español, uno de los que prefiero.

El Apocalipsis de nuestro tiempo es el libro de un hombre vencido que atisba ya la inminencia de una muerte, la propia, que avanza a la par que la de Rusia, el imperio muerto a manos de la Revolución. Junto a los diarios de Iván Bunin y Zinaida Hippius escritos en los mismos años, este opúsculo de Rózanov muestra con una claridad rotunda y desoladora el final de un mundo y el nacimiento de una tragedia. La que conduciría al horror del estalinismo y a la crisis de la cultura rusa, acaso aun no superada.

Deberían leer este libro los interesados en las revoluciones y en la religión, en la literatura y la historia, en la búsqueda de un estilo literario y el pesimismo radical, en el pensamiento reaccionario, la intolerancia  y la desesperanza.

Comparto con ustedes este fragmento, a modo de botón de muestra.

El Apocalipsis de nuestro tiempo de Vasili Rózanov está a la venta en Amazon.com, Amazon.es y demás librerías online o en las calles del mundo.

¿Cuál es la razón última de la imposibilidad de organizar pogromos contra los judíos?

 

Fragmento de Vasili Rózanov, El Apocalipsis de nuestro tiempo (traducción de Jorge Ferrer), Acantilado, Barcelona, 2017

La posición de los judíos en nuestra revolución resulta enormemente «ambigua». Como ambiguo y confuso es el papel de los judíos en todos los rincones de la civilización europea. Pero dejemos a Europa a un lado. Lo que nos importa es lo que nos está sucediendo a «nosotros». Repárese en el temblor que los judíos experimentan ante la revolución. No se la toman demasiado en serio ni le hacen ascos, pero tiemblan. Por lo tanto, saben que nada bueno promete para sus «negocios». De hecho, promete muy malos augurios. ¿Cómo explicar el miedo que experimentan? Hace poco le eché un vistazo a una revista ilustrada donde aparecía un retrato de Najamkis y al comparar su rostro con la repugnante faz de Lenin me dije: «¡Vaya empaque que muestra!» (Me gustaría encontrármelo un día y verlo al natural.)

Sin dudas, su arenga contra el Gran Duque Mijaíl Alexándrovich fue insolente. Pero ya se sabe que los judíos son siempre insolentes. En Europa, por ejemplo, se muestran incapaces de hablar como lo hacen los europeos, es decir, halagando, insinuando, disimulando; en definitiva, no son nada corteses. En cambio, hablan a gritos, como en Asia; ya se sabe que tanto la grosería como la insolencia están grabadas en la esencia misma de los asiáticos. Son profetas vocingleros, como los definí ya alguna vez. Montan encendidas peroratas en los mercados para vender un mísero pollo. «Te doy un efa de esto por un efa de lo otro», «¿por qué no te llevas un efa entero?», «¿qué pasa con esta balanza que no es justa?» (A Isaías o tal vez a algún otro lo timaron así un día.) Con todo, es evidente que acabó «postrándose» ante el soberano con tal de convertirse en un «Steklov». Pero jamás mintió. Lo que sucedió fue que, como el Najamkis que era, «pegó un puntapié» al gran duque Mijaíl Alexándrovich y contra todo el que pudo… Odiaba la Rusia vetusta, la Rusia «dura y reseca».

Los judíos. Detesto su vínculo con la revolución, aunque, por otra parte, se trata de un vínculo positivo, porque esa relación de los judíos con la revolución y el hecho de que estén fagocitándola harán que esta se destiña, acabe en una sucesión de pogromos y la revolución se diluya en la nada. Resulta demasiado evidente que «ni los soldados ni los campesinos rusos se avendrán a servir a los judíos»… Quiero subrayar el hecho igualmente evidente de que si la generalidad de los magnates del judaísmo tiene el propósito «de gobernar la Rusia futura» se encontrarán siempre a mucho judío pobretón que no cederá en resistencia a los (idealizados) campesinos rusos, a los artesanos y a los huérfanos (igualmente idealizados). Los judíos son sentimentalistas, más bien tontorrones y gustan de la exageración. El típico campesino ruso simplón los supera siempre en fiereza y desvergüenza. Sobre todo en desvergüenza. «Todavía no nos hemos aclarado muy bien aquí con los judíos.» El judío es el hombre más cultivado de una Europa que es vulgar, sosa e incapaz de superar la noción de socialismo cuando se trata de pensar en «la humanidad». El judío, en cambio, ha conocido los suspiros de Jahvé, las cancioncillas de Ruth, los cánticos de Débora y la hermana de Moisés:

—Te has precipitado en el mar, oh, Faraón. Y tus caballos se han ahogado. Ya lo ves, Faraón: no eres nadie tú.

Los judíos son el pueblo más refinado de Europa. Tan solo la estupidez y la ingenuidad les hicieron descender hasta el fondo plano de la revolución, cuando su lugar está en otra parte bien distinta: al pie de las grandes potencias (es así que se comportan los viejos judíos auténticos, quienes al declarar «somos tus esclavos» con nobleza muestran respeto por todo aquello que es verdaderamente grande. «Engrandece mi alma al Señor»: he ahí una idea siempre presente entre los judíos que muestra su permanente respeto a todo lo que es grande y noble en su historia). Oh, tengo la certeza de que también Najamkis habría convenido conmigo en esto. Pero la no-«grandeza» pudo más en él y se apartó, rencoroso como un judío, para sumarse a «la bohemia». «¡A por todas con la revolución!» «¡Lo demás no importa!» He ahí al judío; al pequeño judío y su impaciencia.

Examinemos de cerca a uno de estos pequeños judíos. La de burlas que tiene que aguantar. Pero él continúa aferrado a su címbalo. ¡Cuánta mofa, cuántas anécdotas picantes corren sobre él! Y él no deja de mirar a los rusos a los ojos y cantarles sus canciones en jerga: cancioncillas de la región del Dniepr, de Ucrania, de Podolia, de la Volinia, del Cáucaso y puede que hasta alguna de Siria y Palestina o de Babilonia y la China (¡¡¡he oído decir que hay judíos chinos que gastan trenzas!!!) Judíos hay por doquier: el «judío errante», ya se sabe. Pero no creáis que tal desparrame esté relacionado con la práctica de sus «negocios»: —Dios nos privó de nuestra tierra por nuestros pecados y desde entonces erramos por el mundo —se lee en nuestra Crónica.

Y a todos lados llevan su noble y sagrada idea del «pecado» (yo lloro) sin la que no hay religión que valga y la humanidad acabaría destrozada (por la justicia celestial), si no hubiera aprendido «de los propios judíos» a tremolar y a orar por la remisión de sus pecados. Fueron ellos, ellos, ellos, quienes nos legaron esa idea. Fueron ellos quienes les secaron los mocos a aquella civilización europea tan pagada de sí misma y le puso en las manos un libro de plegarias: «Toma, tonto, reza». Les dieron los salmos. Y una Virgen Admirable, ella también judía. ¿Qué seríamos los europeos, cuán salvajes no seríamos, de no ser por los judíos? Pero ellos acudieron a pasear sus tristes canciones entre nosotros mirándonos de frente (con esos ojos permanentemente tristes que tienen). En una ocasión le escuché a una judía cantar esto (y lloré en silencio sentado en el puente del barco en que navegábamos): «Cómprame quince kopeks de ácido acético para bebérmelo y morir, porque él ha traicionado nuestro amor». Cantaba una niña judía de unos catorce años; su hermano, de unos doce, la acompañaba al violín. Estaba impertérrita la pequeña judía. ¡Vaya si lo estaba! Mi alma se echó a llorar. Pensé en la manera honrada en que se ganaban unos cuartos con que pagarse el viaje. Los pobres rusos, en cambio, siempre viajan de balde, es decir, a costa del Estado, o escondidos bajo los bancos, igualmente gratis.

Cantaban como Débora, tan bien como ella. ¿Por qué lo iba a hacer peor? Como en «Los ríos de Babilonia»: «Oh, arrojaremos a tus hijos contra las piedras, hija de Babilonia». Ahí se anuncia ya Najamkis, quien reclamó a gritos: «¿Por qué se me priva del derecho a apellidarse Steklov, de convertirme en el noble ciudadano ruso Steklov?» Y entonces la tomó con toda furia contra Mijaíl Alexándrovich, con el mismo ímpetu con que aquellas mujeres judías querían (y apenas querían y así lo proclamaban en jerga babilonia) «tomar y estrellar a los niños contra las peñas de Babilonia».

Es la cólera. Es el furor. Precisamente esa cólera, ese furor, mantienen con vida a los judíos; les impiden morir. Los judíos no mueren de tan ardientes que son.

¡Sé ardiente, judío! ¡Muestra tu furor! Oh, actúa como Rózanov, es decir, sin dormirte ni un instante en los laurales, sin enfriarte jamás. Si te amodorras, el mundo fenecerá. El mundo está vivo y despierto mientras hay un judío que «tiene puestos en Él sus atentos ojos». «¿A cuánto sale hoy la avena?» Ocúpate del comercio, judío, ¡comercia!, pero jamás se te ocurra ofender a los rusos. No los ofendas, querido. Tienes talento para el comercio y hasta eres genial practicándolo (el peso de los siglos, el nexo con los fenicios). Déjanos también a los rusos meter baza, haznos sitio al menos en «el comercio de especialidades farmacológicas», en las boticas, enséñanos a organizar «sindicatos», y, anda, permítenos participar de tu negocio aunque sea en un siete o un ocho por ciento, quedándote tú con el cien. Los rusos tendrán que aceptarlo, porque bien es sabido que carecen de inventiva. Dale a los judíos, dale a los judíos: ellos son los creadores, ellos lo han inventado, sí. Pero después dale algo también al ruso. ¡Por Dios!: al ruso que vive en la miseria.

Mas basta ya de toda esta «suma menesterosa», de esta indigencia cristiana que no hace más que mostrar cómo asoman tantos ojillos llenos de envidia. Dejémoslo, de veras. Y volvamos a las tristes canciones de Israel.

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El poscomunismo de Aleksiévich se hizo teatro en Barcelona

- 12/07/17
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Este sábado 8 de julio se ensanchó en lengua española, a la que lo traduje, el fresco más grande del poscomunismo en Rusia que conocemos, el que pintó Svetlana Aleksiévich en El fin del «homo sovieticus» (Acantilado, 2016). Un libro crece cuando gana más lectores y crece aún más cuando es capaz de ganarlos desde otros géneros. El de Aleksiévich, ya en origen materia de género híbrido, se hizo teatro en Barcelona la otra noche y yo estaba allí.

Fueron ensanche y desplazamiento con actriz expuesta: Patricia Jacas. A ella se le ocurrió convertir en monólogo teatral el testimonio que Aleksiévich recogió en un viaje en tren a San Petersburgo, un viaje que la llevaba en busca de una voz, pero le regaló otra por sorpresa. ¡Y la de Jacas por añadidura!

Con Patricia el testimonio recogido por Svetlana pasó de la letra redonda de Acantilado a la cursiva mayúscula de la viva voz, del acomodo en la página al susto de la puesta en escena, del archivo al teatro, de la matinée en paz de sofá a la soirée con la platea llena de gente mirando, gente con los pies clavados en el césped y la vista más clavada aún en la mujer que les contaba el poscomunismo en español con acento ruso. «Alisa Z., gerente de una Agencia de publicidad, 35 años», la tagueó Aleksiévich: un personaje más del paisaje de la descomposición de la URSS, una figura arquetípica del fin del Imperio, una extraña Ave Fénix en la trama de ese libro excepcional donde todos pierden, menos ella.

De la mano de Patricia Jacas, en su cuerpo recortado sobre fondo de piscina y unicornio de playa que iba y venía como le daba la gana, fresco él también, su cuernecito hincado en aire que olía a Rusia –inflado a pulmón, me dijeron–, el último, el mayor libro de Svetlana Aleksiévich, se hizo paisaje habitado en Barcelona. Una ciudad con suerte, fíjate.

Fue tan bueno que habrá más. Fue tan bueno, oigan, que las flores, a Patricia, se las ofreció Albert Boadella.

Fotografías: © José Luis Laborda

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Siberia y el Baikal: Noticias del pozo del mundo

- 10/02/17
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Revista Osaca Reportaje Siberia Baikal

Reportaje aparecido en la revista OSACA, Número 360, Enero de 2017

Noticias del pozo del mundo

Por Jorge Ferrer

 

Es una extensión inconcebible de agua. Forma parte del capítulo de accidentes geográficos increíbles, de las maravillas naturales del mundo, de los espectáculos de la naturaleza que, una vez vistos, no olvidarás jamás. Nada te prepara para enfrentarte al lago Baikal. A su antigüedad de veinticinco millones de años. Y lo que más te confunde es la propia denominación de lago, desbordada enseguida por esa masa de agua a la que te asomas: un mar de agua dulce. Cuando navegas sobre el Baikal, te sobrecoge la idea de que estás flotando sobre más de un kilómetro de agua que beber. Concretamente, el 20% del agua potable no congelada del planeta. El Baikal es un inmenso brazo de agua que se extiende en vertical por la Siberia oriental a lo largo de 636 km de largo y una anchura máxima de 79 km. En total son 2.100 km de costa repartidos, casi a partes iguales, entre dos regiones de la Federación rusa: la región de Irkutsk y la República de Buriatia. La mayoría de los viajeros que se acercan al Baikal lo hacen por su lado occidental, viajando a Irkutsk. Muchos aprovechan el ferrocarril Transiberiano, toda una leyenda. Pero hacerlo por la parte de levante resulta una aventura extraordinaria, porque la región de Buriatia es, además, uno de los centros espirituales del budismo en Rusia y patria involuntaria de los viejos creyentes, la secta deportada a Siberia tras el cisma que padeció la iglesia rusa en el siglo XVII. Visitar a unos y otros constituye una excelente gimnasia espiritual que prepara muy bien para el encuentro con el Baikal, esa suerte de pozo del mundo.

 

El viaje

De Madrid o Barcelona se vuela a Ulán-Udé a través de Moscú. Aeroflot, la principal aerolínea rusa, ofrece numerosos vuelos entre España y la capital rusa. Es viaje largo –algo más de diez horas en dos tramos– que nos situará a una distancia mayor que si nos hubiéramos ido al Caribe, por ejemplo. Habremos cruzado el mismo número de husos horarios, seis, aunque en dirección opuesta. Por eso es buena idea hacer noche en Moscú. Una visita a la Plaza roja y al Kremlin resulta un espléndido aperitivo antes de seguir viaje a Siberia.

El aeropuerto de Ulán-Udé, capital de la República de Buriatia, parece sacado de una película de espías de los setenta. Otrora una etapa significativa en las rutas de la seda y del té, los lugareños se vanaglorian todavía del número de millonarios que acogía la comarca durante ciertas décadas del s. XIX. No obstante, quedan pocas huellas de esas glorias de antaño en una ciudad cuya plaza central está ocupada por una cabezota de Lenin que con sus siete metros de altura tiene asiento en el Libro Guinness de los récords. Detrás de ella se sitúa el edificio que alberga el ayuntamiento de la ciudad y el gobierno de la República de Buriatia. El parlamento regional ocupa otro bloque a la derecha y entre ambos, separándolos o uniéndolos, según se mire, el inmenso edificio que acogió la sede local del KGB en tiempos soviéticos. Las ciudades de provincias son transparentes como las aguas de los 336 afluentes que alimentan el Baikal.

Dmitri Frolov, guía oficial de Ulán-Udé, un tipo nervioso y tierno que pone su corazón en la descripción de la ciudad que adora, carga con un bolso que parece contener todo el pasado de la urbe, sus edificios y sus leyendas, en viejas fotografías. Cuenta, por ejemplo, que cuando se construyó el Teatro de la ópera, el único de su tipo en esas latitudes, pintaron un retrato de Stalin en el techo. Corrían entonces los años de posguerra y el Amo, como llamaban a Stalin sus subalternos, era tenido por salvador de la Patria. Pero pronto llegaron las denuncias de los horrores del estalinismo, de los que tanto se sabía en Siberia, y el retrato fue ocultado debajo de una capa de pintura. No obstante,  dicen que todavía hoy quienes asisten a la ópera descubren el rostro de Stalin escrutando la platea, si se dan ciertas condiciones de iluminación en la sala.

Ulán-Udé, con su discreto encanto provinciano, su calle peatonal llena de paseantes que aprovechan los primeros días del otoño, su simpático monumento de Chéjov, a quien tenían allá por un excéntrico, su inevitable hombre del acordeón que entretiene a los forasteros con música alegre y maneras sobreactuadas a cambio de unas monedas, resulta un magnífico trampolín desde el que proyectarse a los paisajes extraordinarios de Buriatia, en los confines de Rusia.

 

El Datsán de Ivolguinsk

A apenas 40 km de Ulán-Udé, en el fondo de un hermoso valle rodeado de montañas, se encuentra el Datsán de Ivolguinsk, el más importante del centenar de monasterios budistas con que cuenta Rusia, su centro espiritual. El budismo llegó al imperio ruso desde el Tíbet, a través de Mongolia, en el s. XVII. Inicialmente tolerado en la Rusia zarista, y hasta favorecido por el zar Nicolás II, quien invitó al Hambo Lama a la celebración del tricentenario de la dinastía de los Romanov en 1913, la práctica del budismo fue perseguida durante los años soviéticos y ha vivido un saludable resurgimiento en la Rusia poscomunista. Ello es perfectamente apreciable en el magnífico estado de los templos y el creciente número de peregrinos que visitan los lugares sagrados. Actualmente, el número de creyentes budistas en Rusia se calcula en unos 200.000.

Levantado en 1945 por lamas que sobrevivieron al Gulag, el Datsán de Ivolguinsk es un impresionante conjunto arquitectónico que reúne diversos templos, la universidad budista, edificios para el alojamiento de alumnos y profesores, un anfiteatro, un museo de arte buriatio y una biblioteca. Traspasadas las puertas del complejo, el visitante es invitado a rodearlo avanzando por la izquierda, como manda la tradición, haciendo rodar los molinos de oración que contienen el mantra Om mane padme un, el mismo que se puede leer en las colinas a lo largo de la carretera que conduce a Ivolguinsk. Deambular por el monasterio, cruzándose a cada paso con las figuras esbeltas y silenciosas de los monjes absortos en sus faenas, entregarse a la serena monotonía del lugar, genera esa suerte de paz interior que solo se alcanza en los lugares santos.

El Datsán de Ivolguinsk es un lugar de peregrinaje al encuentro del Hambo Lama Itiguilov, una influyente figura del budismo ruso en el primer cuarto del siglo XX. Enterrado en 1927, el cuerpo de Itiguilov fue exhumado tres veces, la última en 2002. El estado de conservación de su cuerpo, que no fue sometido a proceso de momificación alguno, sorprende a los científicos forenses y admira a los fieles que viajan a verlo desde todo el mundo. Sentado en la posición de loto dentro de una urna de cristal y carpintería de aluminio ubicada en el templo principal del conjunto, Itiguilov produce una impresión a la vez incómoda y sublime. El aserto de los creyentes de que se trata del único hombre que ha superado la muerte y que, por lo tanto, lo vemos aún vivo, en estado de nirvana, genera un intenso desasosiego. Al visitante se lo anima a pedirle lo que se le antoje, en cualquier idioma y sea cual sea su credo. Yo pedí algo que no revelaré aquí por su carácter íntimo. Un zumbido del teléfono me avisó de la llegada de un mensaje en el instante mismo en que le hablaba al santo. Al salir del templo, tenía el aviso de un descuento en la óptica que frecuento, que no es un mal asunto para empezar.

 

Los viejos creyentes

Siberia es en nuestro imaginario sinónimo de deportación y exilio. ¡No nos lo hemos inventado! Durante siglos, zares y chekistas enviaron allá a padecer el crudo clima de Siberia, la terrible soledad de Siberia, a millones de disconformes y disidentes. Buena parte de los decembristas, el grupo de jóvenes militares salidos de la aristocracia que se levantaron contra Nicolás I en 1825, fueron a dar con sus huesos a Buriatia, donde se los reverencia. La entrega que mostraron sus esposas, acompañándolos, mientras dejaban atrás las mieles de San Petersburgo, es tenida en Rusia como ejemplo de amor sublime y ha sido cantada por sus poetas.

Antes aún, Siberia fue incómodo puerto de destino para los viejos creyentes, que es como se conoce a quienes rechazaron la reforma eclesiástica promovida por el Patriarca Nikón y abandonaron la iglesia ortodoxa rusa en 1666. Gentes de una rara autenticidad, los raskólniki, como también se les llama, han cultivado la fe y las costumbres de sus ancestros, acarreándolas de generación en generación, hasta hoy. En Tarbagatai, un pueblo ubicado a cincuenta kilómetros de Ulán-Udé, se puede visitar una iglesia de esa congregación donde el padre Serguii o su corpulento ayudante narran con notas no exentas de humor la trágica historia de los viejos creyentes y explican sus costumbres ayudados por un museo que el propio Serguii se ha ocupado de reunir a lo largo de los años. El orgullo de haber perseverado en la fe  de los antiguos, de haberle ganado sendas batallas al zarismo y al régimen soviético, convierten en una historia de éxito lo que uno habría percibido como un relato de horror y desesperación.

Saciada la curiosidad del visitante, pero abierto su apetito, a unos pocos kilómetros espera la aldea Desiátnikovo, que forma parte de la red «Los pueblos más bonitos de Rusia», entidad asociada a otra red de escala mundial a la que también está integrada España. Allí unas divertidas ancianas sirven comidas tradicionales y, tras los postres y la copita de aguardiente, ofrecen un espectáculo musical que concluye con la escenificación de una boda según el rito conservado a lo largo de los siglos. Por cierto, aviso que la ceremonia incluye negociar jocosamente el precio de la dote y pagarlo en rublos contantes y sonantes. Y doy fe de que no permiten escurrir el bulto al novio elegido para la representación.

 

Jorge Ferrer Baikal Siberia Rusia

 

El Baikal

Zandra Zandaguiev, el ministro de economía de Buriatia, es un hombre de hablar pausado, pero firme, que más parece un académico que un político. El desarrollo del turismo en la costa del Baikal se ha convertido en una prioridad del gobierno ruso y el ministro regional habla con entusiasmo de inversiones y hoteles. También de la preservación del entorno natural del lago, cuyo complejo equilibrio ecológico se ha visto amenazado en ocasiones. En el lado buriatio, el gobierno ruso estableció cinco zonas económicas especiales que cuentan con una millonaria inversión del presupuesto federal. Una de ellas, El puerto del Baikal, a poco más de un centenar de kilómetros de Ulán-Udé, ya permite apreciar el resultado de la inversión: potente infraestructura, un paseo marítimo, una marina y un faro. Ahora se trabaja con inversores privados para la construcción de sendos hoteles y chalés de dos clases, una de ellas de gran lujo.

Ese es el futuro del turismo en el Baikal buriatio. Pero el presente ya cuenta centenares de miles de visitantes que se alojan en establecimientos diversos, incluidas casas particulares que se han sumado a la oferta. En todos, reina la célebre hospitalidad rusa, más generosa aún en la remota Siberia, donde la llegada de un viajero fue siempre una fiesta. Tradicionalmente, los meses de verano, de junio a agosto, han congregado la mayor cantidad de visitantes y el funcionamiento óptimo de toda la oferta de ocio: festivales, viajes en barco por el lago, práctica de la pesca deportiva, observación de animales (aves, focas, osos) y los baños de mar en algunas playas donde la temperatura del agua alcanza los 25 grados y la arena es tan fina y blanca como en una playa de California. Pero el encanto invernal del lago, el extraordinario paisaje de su superficie helada, concita cada vez mayor entusiasmo entre amantes de actividades deportivas de riesgo o, simplemente, de experiencias deportivas singulares. Cobra cada vez mayor celebridad el Maratón de hielo del Baikal, cuya próxima edición tendrá lugar el 7 de marzo de 2017, y donde ya se han visto corredores españoles.

Un buen destino es el complejo Baikálskaya Riviera, tal vez el mejor alojamiento en esa parte del lago, una serie de chalés de olorosa madera de pino, habilitados con todas las comodidades, incluida una sauna rusa tradicional. Su directora, la encantadora Marina Zapolskaya, siberiana de pura cepa, es una enciclopedia de las costumbres de la región y el Baikal, su peculiar fauna conformada por un 80% de especies endémicas. Marina habla con ardor de la mística que rodea al lago, de la manera en que le cambia la vida a todo el que se entrega a su embrujo. Es habitual terminar las noches en el complejo, ubicado junto al lago, en torno a una hoguera donde se asa en espetones el ómul, un salmónido que constituye el eje vertebral de la gastronomía del lugar, y se escucha ulular el viento, tal vez el temido barguzín, mientras alguien rasga las cuerdas de una guitarra.

Siberia es un espacio inmenso donde conviven, como en un planeta distinto, como en una luna a la que nos diéramos un salto en avión, una naturaleza absolutamente impresionante, una historia que junta el dolor de los deportados con el afán de los buscadores de oro, la perseverancia en la fe de los antiguos que muestran los viejos creyentes y los budistas con la realidad cotidiana de gente hospitalaria, entrañable. Y el Baikal. Ese alucinante pozo del mundo.

 

 

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Un sueño fugaz: Rusia 25 años después de la desaparición de la URSS

- 04/01/17
Categoría: Poscomunismo, Rusia, Transición
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Este pasado mes de diciembre se cumplió el XXV aniversario de la desaparición de la URSS. Por encargo de la redacción de la revista Letras Libres escribí este texto sobre el suceso, que pueden leer en la edición del mes de diciembre de la revista para iPad.
Pueden descargar la aplicación Letras libres desde iTunes por unos 3 euros u obtenerla gratis en la App Store. Ya dentro del número del mes de diciembre, han de abrir la sección Convivio y el acápite El derrumbe de la utopía.
La que publico aquí es una versión con bonus, porque es la original, no editada para ceñirme a los rigores del espacio que me concedieron allí. Es un regalo especial para los lectores de ETDLV, para ustedes. Es lectura breve, pero les garantizo que la agradecerán.

(Disclaimer: Hace meses que no publicaba aquí, mea culpa, y ahora WordPress no me permite subir imágenes. Les debo haberlo ilustrado, pues.)

 

Un sueño fugaz

Jorge Ferrer

Al hotel StandArt, un imponente edificio marcado con el número dos del Bulevar Strastnoi, en un lateral de la plaza Pushkin, se accede a través de un modesto lobby con la mesa de la recepción a la izquierda, el ascensor al fondo y un suelo que parecería el de un edificio bizantino, de no ser por las graciosas volutas art decó que lo adornan. Un ascensor exterior y con vistas al interior de la manzana, sube al huésped, o a quien acude a tomar una copa hasta el bar instalado en la azotea. Arriba lo esperan solícitos camareros y vistas privilegiadas a la plaza y la calle Tverskáya, la antigua calle Gorky, una de las arterias principales del lujo poscomunista de Moscú. Perfectamente insonorizados los estrechos y largos corredores retrofuturistas del StandArt, quien se mueva por el interior del suntuoso albergue que forma parte de la red Design Hotels –unos 250 establecimientos exclusivos en todo el mundo-, apenas percibirá ruido alguno, más allá de ese sordo cuchicheo que habita los pasillos de todos los hoteles del mundo.

Pero si el visitante estuviera avisado, si al entrar al elegante hotel StandArt, eficazmente dirigido por un español y en cuyos fogones pontifica divinamente el chef Ángel Pascual, cuyo antiguo restaurante en Prats de Lluçanès, Cataluña, ostentó alguna estrella Michelin, tal vez podría percibir el ensordecedor rugido del pasado reciente de ese edificio, el mismo que albergó la redacción del semanario Novedades de Moscú en la segunda mitad de la década de los ochenta, el mascarón de proa de la glasnost, el rompehielos que se erigió, bajo la batuta de Yegor Yákovlev, en el heraldo de la buena nueva del fin del comunismo en la URSS. Un emplazamiento ideal para la redacción del periódico de la glasnost: en la plaza Pushkin, donde se alza la formidable estatua de bronce del poeta ruso por antonomasia, se inauguraron, en el trepidante ocaso del comunismo y los locos años noventa, la primera cafetería MacDonalds, el emblemático casino Caro y las discotecas Utopía y Shangri-la, de cuyo bautizo, en pleno desmontaje del sistema soviético y en medio del caos de las privatizaciones, los oscuros negocios piramidales y la violencia mafiosa, parece haberse ocupado alguien con mucho sentido del humor.

Un pasagge muy moscovita el de ese edificio, un salto alegremente poscomunista. En los mismos salones donde un puñado de valientes redactores, un genuino pelotón de adelantados, protagonizó la gesta de abrir la prensa soviética a la discusión sobre el pasado, dar voz a los disidentes y los exiliados después de décadas de ostracismo y silencio, enseñar a millones de lectores el abecé del ejercicio de una democracia por la que clamaban a voces, se solaza hoy la Jet set moscovita e internacional. Entre los mismos muros que acogieron los encendidos debates que pusieron fin al Antiguo régimen, transcurre hoy la dolce vita de la nueva clase acomodada a la devaluación de la democracia practicada por Putin en sus diecisiete años gobernando el país, cuatro de ellos con Dmitri Medvedev haciendo las veces de presidente.

El acto que consagró la disolución de la URSS no tuvo lugar en la capital del imperio soviético. No fue en un suntuoso palacio de Moscú o San Petersburgo donde se echó el cierre al país que se ufanaba de ocupar la sexta parte de la tierra firme del planeta. Tampoco en flamantes oficinas de jerarcas del partido o el gobierno, en salones ministeriales, cuarteles generales o, puestos a dotar el acto de la mayor solemnidad, en las salas de San Jorge o San Andrés, del palacio del Kremlin. Bien al contrario, el acto que Vladimir Putin ha llamado «la mayor catástrofe geopolítica del siglo» tuvo lugar en un pabellón de caza ubicado en los confines del país, a escasos kilómetros de la frontera con Polonia por la que, según las malas lenguas, los conjurados pensaban escapar si corrían a arrestarlos. En medio de un bosque milenario, Bélaya Vezha o Bialowieza, habitado por urogallos y los últimos bisontes europeos y bajo la coqueta linterna que remata la estructura clásica del pabellón de caza, el 8 de diciembre de 1991 se consumó la implosión del sistema político soviético, se declaró el fin de un imperio que, según un viejo chiste de los años de Brezhnev, funcionaba al revés, pues en lugar de ser la metrópoli la que saqueaba las riquezas de sus colonias, eran estas quienes vivían esquilmando a la metrópoli. Han transcurrido 25 años desde entonces.

En el pintoresco paisaje del poscomunismo ruso, el líder de la banda de moteros más famosa de Rusia, Los lobos de la noche, es amigo del presidente, recibe condecoraciones otorgadas por este y sirve de ariete al nacionalismo. Fue a ese personaje, conocido como El cirujano, a quien Putin, que con los años ha abandonado el perfil de funcionario huraño y tímido para vestirse con un traje de pensador amateur que no le sienta del todo mal, dijo la frase que mejor describe la manera en que los rusos, desde su máxima autoridad hasta el último de los mozos de equipaje del Transiberiano, trasiegan con el pasado soviético: «Quien no sienta pena por la desintegración de la URSS carece de corazón, pero quien anhele la restauración de la URSS tal como era lo que no tiene es seso».

Esa frase me vino muchas veces a la mente mientras leía el último libro de Svetlana Aleksiévich, en la minuciosa lectura que hago cada vez que me dispongo a traducir una obra. Me divirtió imaginarla en la faja, decenas de veces repetida en las mesas de novedades, sirviendo de acicate y gancho. Putin vendiendo libros. Putin vendiendo el mayor fresco que se ha escrito jamás de este cuarto de siglo de poscomunismo en Rusia. Después vinieron el Nóbel y una polémica cuyos ecos aún no se han agotado. Un comentario despectivo que le dedicó Tatiana Tolstaya a Aleksiévich en su perfil de Facebook hace poco inflamó a los numerosos seguidores de la primera que dejaron cientos de comentarios a cual más vitriólico. Sangran por muchas heridas. Los irrita que Aleksiévich no sea una escritora rusa –nació en Bielorrusia y ahora ha vuelto a vivir en ese país- pero gane el Nóbel por una obra escrita en esa lengua. Los irrita que no sea una escritora «pura», una vedette del mundillo literario y que haya ascendido a la cima de la República de las letras en el funicular de lo que juzgan mero periodismo. Les irrita, por fin, que Aleksiévich se reivindique a sí misma como una criatura soviética y, lo que es peor, que les eche en cara su propia condición de postsoviéticos y, por ende, de soviéticos, a los rusos instalados en el poscomunismo. Nadie parece sentirse completamente cómodo en la Rusia de hoy, pero ya se sabe que un país no es un sofá. (Por cierto, en Moscú hay tres enormes tiendas de Ikea, apenas una menos que en Berlín o en Londres.)

Con El fin del homo sovieticus (Acantilado, 2015), Svetlana Aleksiévich, hija de un imperio que se desvaneció de golpe, ha buscado construir una narrativa que recoja, como en un espejo, la desolación, la nostalgia y la rabia generadas por la transición rusa. Sus libros son actas notariales del fin del imperio soviético. Aleksiévich buscó «una lengua nueva» que le sirviera para narrar la transición de Rusia al poscomunismo. Distinguiéndola, la Academia sueca premió una literatura que se pasea por las fronteras de varios géneros, que incursiona en ellos en avances y retiradas, que vindica, por fin, la entrevista, la crónica y el ensayo. Una literatura híbrida armada a partir de una polifonía vecina de la que Mijaíl Bajtín vio en Dostoyevski, porque recoge el concierto de voces que se manifiestan a gritos en las calles y también las que se escuchan en el espacio privado de las cocinas, el lugar donde se han fraguado todos los discursos críticos contra el poder en Rusia. Ese concierto de voces, el sordo rumor de la historia en el instante mismo en que ha sido herida de muerte e inyectada de vida, convierte la lectura de los libros de Aleksiévich en una experiencia demoledora. La autenticidad y la violencia de ese clamor mantienen al traductor, como a todo lector secuestrado, en un estado que es, a la vez, de estupor y vigilia, de claridad y desasosiego.

A la abundante historia de las víctimas del comunismo que fue engordada con munificencia mientras el edificio de la censura era desmontado y se entreabrían, con tacañería, los archivos de los órganos que administraban el terror, Aleksiévich le ha añadido ahora una importante adenda. Una que parte de aquélla y la incluye: la historia de las figuritas que pueblan el poscomunismo. O, más bien, sus historias.

Pero al margen de esas historias personales, en Rusia, ahora, el asunto es la Historia. Más precisamente, la manera en que los rusos del siglo XXI administran la memoria de los dos siglos anteriores, el cómo integran en una serie virtuosa al zarismo, los horrores del estalinismo, los años del estancamiento y la Guerra fría y el desplome final del imperio soviético. La construcción del país nuevo que el primer presidente de Rusia, Borís Yeltsin, creyó dejar encarrilada en aquella célebre alocución televisiva del 31 de diciembre de 1999 en la que despidió a la vez el siglo, el milenio y se despidió él mismo dando paso a Vladimir Putin, todavía hoy carece del ingeniero que la lleve a cabo. Cuando el sujeto poscomunista despertó, el mausoleo todavía estaba ahí.

El pasado 30 de abril, la maestra de historia Liudmila Kornílova fue reconocida como Heroína del Trabajo en una solemne ceremonia celebrada en el Kremlin. La acompañaban otros cuatro laureados: un experto en misiles balísticos, un ganadero que ve crecer su manada en la distante Buriatia, donde Siberia acaricia a Mongolia, el gerente de una importante petrolera regional y el popular cantante Iosif Kobzon, conocido como el «Frank Sinatra ruso», por su popularidad como crooner, pero también por sus presuntas conexiones con grupos mafiosos en la década de los noventa. Kornílova recibió la condecoración, que es un calco de la medalla de oro que se entregaba a los Héroes del trabajo en la Unión soviética, con patriótica emoción que parecía también salida de otro tiempo y dirigió a Vladimir Putin, allí presente, unas palabras que resumen muy bien la manera en que los rusos se sienten hoy confrontados con la interpretación de su pasado: «La enseñanza de la historia se ha convertido en un asunto muy complejo, porque muchos de los acontecimientos cruciales de nuestra historia están siendo puestos en cuestión», dijo. Y añadió: «Es por ello que los maestros le estamos tan agradecidos por la dignidad con que usted representa a nuestro país y nos ayuda a educar a los patriotas de nuestra gran nación rusa». La condecorada maestra se refería, evidentemente, a los debates en torno a la Gran Guerra Patria, el rol jugado por la URSS en la derrota de la Alemania nazi y el sitio que ocupan Stalin y el terror rojo en la historia de Rusia. Los mitos asociados a la Gran Guerra Patria, que es como se conocía en la URSS y ahora en la Rusia poscomunista a la parte de la Segunda guerra mundial que les tocó librar, fueron un puntal básico de una paz social construida con la argamasa de la autoestima. Es decir, con la certeza de haber vencido por sí mismos a la Alemania de Hitler, sin la ayuda de unos aliados que, en mayor o menor grado, siempre fueron vistos con el teleológico catalejo del discurso de Churchill en Fulton, el kilómetro cero de todos los caminos narrativos de la Guerra fría. No ha de sorprender, pues, que Vladimir Medinski, el atildado ministro de cultura del gobierno ruso, sea autor de una popular serie de obras que se mofan de los mitos sobre Rusia creados, según la doctrina en boga, por toda suerte de falsificadores de la historia, monederos falsos que persiguen el descrédito de Rusia. Menos sorprenderá que uno de sus opúsculos más populares sea el dedicado a la Gran Guerra Patria, La guerra: Mitos de la URSS (1939-1945) (Olma Media Grup, 2011), donde Medinski no se corta un pelo a la hora de ridiculizar a los aliados, minimizar su participación en la guerra y denunciar los aviesos cálculos que habrían perseguido para desangrar a Rusia y apoderarse de ella después. La narrativa de la Rusia enfrentada en solitario al fascismo sirve ahora también para justificar la guerra contra Ucrania y la anexión de Crimea, que son presentadas en los medios controlados por el Kremlin, que son todos menos un menguante puñado, como la continuación natural del enfrentamiento a los partidarios de Stepán Bandera, el conspicuo líder nacionalista que vio en la invasión alemana de la Ucrania soviética una oportunidad para escapar del dominio comunista, intuición que acabaría pagando muy cara a manos de las SS, primero, y de una bala del KGB, después. La memoria selectiva del poscomunismo ruso elige sus héroes y demonios en un nada sofisticado laboratorio de ideas. Basta visitar la céntrica librería moscovita La casa del libro y pasear entre sus anaqueles llenos a rebosar de libros que revisan la revisión del pasado que siguió al desplome del comunismo, en un divertido, a la vez que agotador, revisionismo del revisionismo.

Tampoco Stalin ha faltado a la cita con Rusia, a punto de cumplirse el primer cuarto de siglo de existencia postsoviética. El instituto de estudios de opinión que lleva el nombre de Yuri Levada, un eminente sociólogo represaliado en tiempos de Brézhnev, no ha dejado de preguntar a los rusos por Stalin a lo largo de los últimos años. Los resultados de esas encuestas muestran que Koba gana enteros en la estima de una población que recela de la corrupción, anhela un férreo orden social y cubre sus vergüenzas con la mullida manta de una Rusia grande y fuerte, una gran potencia que se disputaba el mundo con los EEUU y cuyas esporas ideológicas habían dado frutos –es un decir, porque nunca se anduvo bien de comestibles por esos lares– en lugares tan distantes como Ciudad Ho Chi Minh, La Habana y Luanda. Aproximadamente, lo que fue la URSS.

El 6 de marzo de 2009 Hillary Clinton acudió a una reunión en Ginebra con el ministro de exteriores ruso portando un botón con la leyenda Reset, en inglés, y lo que suponía era su traducción al ruso, peregruzka. Divertido y displicente, el ministro le aclaró que esa palabra rusa significa en realidad sobrecarga y no reinicio, como querían en Washington. El lapsus es elocuente de las dificultades que entraña la relación con la potencia poscomunista que ha vuelto por sus fueros imperiales con arrojo de fiera herida. Una fiera, el oso del estereotipo, que se ha zampado Crimea y desestabilizado Ucrania, que se ha enfrentado a Europa y los EEUU en una guerra de sanciones que la magulla aún más y que, por fin, lleva a cabo una política exterior expansiva, también en América latina, que viene acompañada por herramientas de propaganda como la plataforma audiovisual RT, antes Russia Today, y el portal digital Sputnik. Ambos dejan en pañales a la agencia de noticias TASS y las revistas en cuatricromía de los años soviéticos con su información «alternativa», un hilo de noticias que no ofrece más alternativa que la emanada del Kremlin y la cancillería de la plaza Smolénsakaya, sazonado con intervenciones via Skype de toda suerte de conspirólogos y freaks, cuyo único nexo de unión es un antiamericanismo primario que habría hecho ruborizar a aquel Gromyko, ministro de Brézhnev, que en Occidente conocían jocosamente como Mister Niet. No obstante, el alcance de RT es inmenso y su presencia en las pantallas de televisión del planeta no deja de crecer.

La idea de que estamos ante una reedición de la Guerra fría se ha hecho moneda común durante los últimos años. El Reset que ansiaba la Sra. Clinton fue barrido por una nueva concepción de la política exterior rusa y por algunas de sus expresiones prácticas. Pero por debajo del estruendo de las piezas de artillería en el este de Ucrania o las bombas arrojadas sobre Siria por los aviones rusos, hay una trama que recuerda, por sus armas, sus escenarios, sus personajes, sus sorpresas, el imaginario de la Guerra fría, poblado de agentes siniestros y, ocasionalmente, hermosas espías. Una trama llena de azares que no lo parecen y de sustos que parecen fruto del azar, como en toda novela de espías.

Borís Yeltsin cedió su poder a Putin pocos minutos antes de que comenzase el nuevo milenio. Seis años más tarde el exagente del KGB Alexander Litvinenko era envenenado con unas gotas del isótopo radioactivo polonio-210 en el londinense hotel Millenium. Uno de los patólogos que se encargaron del cuerpo de Litvinenko declaró el año pasado a la Comisión que investigó los pormenores del caso, que su autopsia «fue probablemente la más peligrosa celebrada jamás en el mundo». Los novelescos detalles del envenenamiento del exagente crítico con el Kremlin rivalizan con el episodio vivido cuatro años más tarde cuando diez personas fueron acusadas de actuar como agentes rusos en los EEUU sin haberse registrado como tales, según establece la ley. De una de las personas detenidas, una rutilante pelirroja que respondía por Anna Chapman, se supo más que del resto, pues su marido, un ciudadano británico, vendió a la prensa información que la convirtió en una suerte de espía de novela. Chapman, nèe Kúschenko, y los otros nueve espías fueron intercambiados por cuatro personas detenidas en Rusia en una operación exprés. Todos volaron desde Nueva York a Viena en un vuelo de una compañía, cuya flota contaba con tan pocos aparatos que se los podía contar con lo dedos de una mano. Cuesta creer que fuera elegida al azar, cuando sabemos que se llamaba Vision Airlines. El 10 de abril de 2010 se produjo el intercambio en las pistas del aeropuerto de Viena, una suerte de epicentro de la Guerra fría en los años de su apogeo. Los agentes siguieron viaje a Moscú, donde Chapman se convirtió en un personaje popular, ingresó en las juventudes del partido de Putin, condujo un programa de televisión y emprendió una carrera como diseñadora de moda. Otra de las agentes deportadas, la peruana Vicky Peláez, trabaja ahora como columnista del portal Sputnik, en un salto más literario: del espionaje, donde la verdad se convierte en microfilme y nanolectura, a la propaganda, donde se la infla llenándole los carrillos de proteína ideológica. Por último, el escenario elegido por el magnate crítico del Kremlin Mijaíl Jodorkovsky para su primera presentación en público después de diez años en las cárceles rusas no pudo ser más propicio para devolvernos a la Guerra fría. Después de volar en una avioneta hasta Berlín, tras haberle sido condonada la pena de prisión gracias a los buenos oficios del exministro de exteriores alemán Hans-Dietrich Genscher, él mismo uno de los artífices del fin de la Guerra fría y la reunificación de Alemania, Jodorkovsky convocó a la prensa en el museo del Checkpoint Charlie, quintaesencia simbólica y cinematográfica del Muro de Berlín. Por último, la serie de televisión The Americans, renovada hace poco hasta su séptima temporada, donde un matrimonio de agentes soviéticos se mimetiza con sus vecinos en un área suburbana norteamericana que parece un escenario para John Cheever o Todd Solondz, ayuda al revival de la Guerra fría tanto como se beneficia de él.

Explicar Rusia es difícil. Mucho más explicar la Rusia poscomunista que todavía se revuelve ante nosotros a sus veinticinco años de nacida. Ya lo dice el célebre verso de Tiutchev: «Умом Россию не понять». (No hay quien comprenda a Rusia usando la razón.) Un país capaz de producir a un Eduard Limónov (que no es una invención de Emmanuel Carrère), pero también al huraño matemático Grigori Perelman, merecedor de una medalla Fields por sus trabajos en la conjetura de Poincaré. El país que nos ha legado dos voces en cierto modo antagónicas: sputnik y pogromo.

Aleksiévich con su acercamiento al «homo sovieticus» es, probablemente, quien ha conseguido ofrecer el retrato más vívido. Pero hay otros libros notables que se asoman desde perspectivas diversas a estos años y sus protagonistas. Uno es El futuro de la nostalgia (Antonio Machado libros, 2015), de Svetlana Boym, un sofisticado acercamiento a la cultura rusa de los años soviéticos, el exilio y el poscomunismo desde las fronteras de la nostalgia y la reinvención postcomunista. Boym rastrea las huellas de la nostalgia y la idea de Rusia en la obra de Nabokov, Brodsky e Ilya Kabakov. Su libro es un artefacto eficaz para manejarse con los fundamentos de la cultura y el arte postsoviéticos
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Desde otra perspectiva aborda el paisaje postcomunista Peter Pomerantsev en Nothing Is True and Everything Is Possible: The Surreal Heart of the New Russia (PublicAffairs, 2015), un libro tan inteligente como divertido. Pomerantsev, que es productor de televisión, vivió durante una década en Moscú y define al régimen de Putin como una dictadura posmoderna en la que los jerarcas del Kremlin pueden «hablar como liberales y modernizadores en las mañanas y como fanáticos religiosos por las noches».

Por último, en El hombre sin rostro. El sorprendente ascenso de Vladimir Putin (Debate, 2012), Masha Gessen narra la extraordinaria, y diríase que inverosímil, historia de la conversión de un oscuro agente del KGB destinado a una oficina marginal de la red de espionaje soviético en el amo y señor de la Rusia poscomunista. Gessen que, como Boym y Pomerantsev es hija de exiliados soviéticos, volvió a Rusia a vivir y narrar la transición postcomunista. Activista de los derechos de los homosexuales, Gessen se marchó de Moscú hace pocos años ante el peligro de que el Estado ruso se atreviera a limitar la patria potestad de los padres homosexuales. Su lectura de la historia reciente de Rusia es inmisericorde. Es el relato de la progresiva conversión del infantil sueño de muchos en la senil pesadilla de unos pocos.

Llego a Moscú invitado a una partida de caza. Vuelo desde Barcelona en un avión de Aeroflot, la línea aérea de bandera que de la época soviética conserva algo más que el nombre, pero no los aviones. Hoces y martillos adornan los uniformes de la tripulación. Adornadas con esa simbología del pasado y maquilladas como para una fiesta en la fábrica celebrando el cumplimiento del plan quinquenal, las esbeltas azafatas parecen devolvernos a los tiempos del Komsomol. En Rusia, los símbolos de los años soviéticos cohabitan perfectamente con la recuperada simbología zarista. Las águilas bicéfalas, las cruces ortodoxas, las hoces y los martillos conviven en armonía, por fin. Mi anfitrión y su hijo adolescente me recogen en el aeropuerto y tomamos el camino hacia el noroeste, a la región de Tver. Su chófer conduce a una velocidad de vértigo por unas carreteras tan destartaladas que no parecen haber conocido ninguna de las bondades del poscomunismo, las reales o las presuntas, salvo la modernización del parque automovilístico. En Rusia es moneda común afirmar que en cuanto uno sale del perímetro delimitado por la carretera de circunvalación de Moscú, se adentra en el territorio del pasado. Dos horas más tarde cambiamos de vehículo para internarnos en el bosque. Otra media hora de camino pegando tumbos nos deja en la orilla del Volga. Es casi medianoche. La luna, casi llena, colorea el agua de blanco. En la otra orilla hay luz. Se trata del pabellón de caza donde nos esperan. Hacemos señales con los faros del jeep, nos responden con otra señal y a los pocos minutos intuimos y después vemos la barca que envían en nuestra búsqueda. Cargados con los fusiles y las enormes mochilas, proyectamos unas siniestras sombras sobre la arena. Parecemos, en el paisaje espectral, personajes de una película de espías huyendo en medio de la noche. Lo digo. Nos reímos. Unos instantes más tarde nos traga la oscuridad y nos hiela el frío que sube del agua. A ambos lados del río, la alta hilera de pinos dibuja lo que parecen ser verticales acantilados de piedra. El pabellón de caza es una mancha de luz que se va agrandando a medida que nos acercamos. Ya distinguimos voces. Un brindis. Un golpe de viento agita con fuerza las copas de los árboles y se lleva mi gorra. Me doy la vuelta a mirar cómo se aleja de la barca, arrastrada por la corriente. Me sobrecoge una extraña nostalgia por un tiempo ido, repetido. «Esto más bien parece una película de Tarkovski, tío Jorge», me corrige el adolescente, como si adivinara mis pensamientos, y me alarga su gorra.

Apenas tres horas más tarde, antes de las primeras luces del alba, el jefe de la partida de caza nos recita la cartilla, antes de proceder a repartirnos por nuestros puestos y dar la orden de avance a los voceadores –alcoholizados campesinos de los alrededores, habituados a ganarse unos rublos sirviendo a los señores de Moscú– para que batan el bosque ahuyentando a las fieras hacia nuestras bocas de fuego. Somos unos quince tiradores: ejecutivos y médicos llegados de Moscú, un jefe de la policía de una importante región que viene acompañado por un tópico trío de solícitos subalternos, dos tipos que se presentan como dueños de salas de ocio en una capital de provincia, en cuyas maneras se adivina sin esfuerzo la frecuentación de la violencia, y un perro verde, o sea, yo, a quien el jefe de policía bautiza inmediatamente, y con arbitrariedad pareja a la que le supongo en el ejercicio de su cargo, como «el italiano».

El bosque donde caza esta variopinta reunión de rusos, más el «italiano» accidental, se asemeja bastante a aquel donde se firmó la disolución de la URSS el 8 de diciembre de 1991. Y mientras espero a las fieras, apostado tras un arbusto, con sendos tiradores a unos cien metros de mí, uno a cada lado, ambos invisibles en la espesura, ambos perfectos desconocidos hasta un par de horas antes, pero ahora ya unidos a mí y yo a ellos por la fraternidad y la responsabilidad que entraña compartir una partida de caza, pienso en cuánto –hasta lo irreconocible, en tantos aspectos– y en cuán poco –la pervivencia del país de señores y cocheros que describe toda su literatura– ha cambiado Rusia en estos veinticinco años. También a mí me domina a veces la nostalgia. Tampoco yo sé qué ha pasado exactamente y, como algunos personajes de Svetlana Aleksiévich, miro el paisaje poscomunista con perplejidad y anhelo, alegría y decepción, confianza y estupor.

Puede que algún día recordemos el primer cuarto de siglo de este poscomunismo ruso a la vez dopado y vacío como los primeros años del itinerario de un sueño fugaz, el sueño de una Rusia despojada de su ancestral excepcionalidad.

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(Audio): Sobre privatizaciones en Rusia, el petróleo de Putin y otras ideas poscomunistas

- 10/02/16
Categoría: El Timbre de la Voz, Poscomunismo, Rusia
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Anoche me llamaron desde el programa Las noticias como son, de Radio Martí, para comentar la iniciativa del gobierno ruso de privatizar empresas públicas. La charla, aunque breve, nos llevó a algunos rincones que les podrán interesar.

Váyase a 11:45 y desde ahí hasta el final en 22:00.

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