De una visita a la casa y futuro museo de Joseph Brodsky con un poema bajo el brazo

- 24/09/19
Categoría: El Timbre de la Voz, Literatura, Memoria, Poscomunismo, Rusia, Traducciones, Viajes | Etiquetas: , , , , , , , , ,
Imprimir Imprimir


Hace un par de días visité en San Petersburgo la “habitación y media” en la que el poeta Joseph Brodsky vivió hasta su marcha al exilio. No es buena costumbre acudir a una visita con las manos vacías, ni siquiera cuando el anfitrión lleva décadas ausente, y se me ocurrió llevarle la traducción de un poema suyo que hice hace un par de años y leérsela allí.

La habitación, parte de una kommunalka, está en eternas obras con vistas a la creación de un museo que honre la memoria del poeta. En otro lugar contaré los pormenores de la visita, alguno siniestro a la vez que iluminador.

Ahora comparto aquí la lectura del poema y algunas imágenes del espacio.
Más abajo, para disfrute sobre todo de quien conozca ambas lenguas, copio el poema en ruso y la traducción que leo.

Un recorrido por la “Habitación y media” en el número 24 de la avenida Liteini

El poema en ruso:

В озерном краю

В те времена в стране зубных врачей,
чьи дочери выписывают вещи
из Лондона, чьи стиснутые клещи
вздымают вверх на знамени ничей
Зуб Мудрости, я, прячущий во рту
развалины почище Парфенона,
шпион, лазутчик, пятая колонна
гнилой провинции — в быту
профессор красноречия — я жил
в колледже возле Главного из Пресных
Озер, куда из недорослей местных
был призван для вытягиванья жил.

Все то, что я писал в те времена,
сводилось неизбежно к многоточью.
Я падал, не расстегиваясь, на
постель свою. И ежели я ночью
отыскивал звезду на потолке,
она, согласно правилам сгоранья,
сбегала на подушку по щеке
быстрей, чем я загадывал желанье.

1972

El poema en mi traducción que leo aquí:

En la región de los lagos

En los años que pasé en el país de los dentistas,
cuyas hijas encargan sus regalos
en Londres y cuyas apretadas tenazas
se elevan a lo alto como banderas que saludan a una Muela del juicio sin dueño,
yo, que escondo en mi boca ruinas más blancas que las del Partenón,
espía, husmeador, quintacolumnista en una provincia podrida
y, de diario, profesor de oratoria, vivía en un college
situado junto al principal de los Grandes lagos, al que me habían llamado
para tensar las venas a las algas locales.

Todo lo que escribía en aquellos años
tendía inexorablemente a los puntos suspensivos.
Me dejaba caer en la cama cada noche sin desabrocharme el traje. Y si alguna vez
me ponía a buscar una estrella en el techo, ésta, obedeciendo a las leyes de la                                                                                                                                    combustión,
corría por mi mejilla hasta la almohada, antes de que yo alcanzara a imaginar un deseo.

1972

Traducción de Jorge Ferrer

 

© www.eltonodelavoz.com

Siberia y sus mujeres vistas a lomos del Transiberiano

- 06/09/19
Categoría: Letra impresa, Libros, Literatura, Periodismo, Poscomunismo, Reportaje, Rusia, Traducciones, Viajes | Etiquetas: , , , , , , , ,
Imprimir Imprimir


Este reportaje fue publicado en la revista Fashion & Arts Magazine, edición del 25 de agosto de 2019.

 

 

Siberia, otro curioso nombre de la libertad

Por Jorge Ferrer

 

El tren coge carrerilla y se empina por una suave colina. El desnivel tiene las curvas del célebre prado de Windows, pero la hierba que brota tras el crudo invierno está renegrida. Hay un bosquecillo de abedules y alerces al fondo. Un par de tocones en medio sugieren que algún esteta necesitado de leña enderezó el conjunto. Tal vez una marta cebellina, trajinada ya la noche, esté buscando abrigo y reposo entre los árboles. Es seguro que el maquinista estará saludando a la luz total de los amaneceres de Siberia que saca de la tierra un brillo áureo.

Viajo en el Transiberiano envuelto en el humo del té y el rumor del pasaje. No es este mi primer viaje a Siberia, pero sí es un viaje peculiar. Dediqué unos meses de 2018 a traducir la novela Zuleijá abre los ojos de Guzel Yájina, que publicó Acantilado. Es la historia de una mujer deportada en los años del estalinismo, que recorre media Rusia en un tren que la conduce al destierro en una colonia de trabajo. Allí, contra todo pronóstico, encontrará por fin la emancipación, descubriéndose a sí misma como amante y como madre, como una mujer dueña de su destino. Sí, sí, ya sé que rompe nuestros esquemas mentales concebir que alguien fuera a emanciparse en uno de los islotes del archipiélago Gulag; a encontrar la serenidad en medio del horror de la deportación, el hambre y la muerte; el valor, allá donde el cautiverio y las privaciones convertían a los seres humanos en guiñapos, marionetas movidas por la historia.

Mi viaje a Siberia transcurre sobre un caballo legendario —el Transiberiano— y entre dos puntos esenciales de su geografía: los montes Urales y el lago Baikal. La joven Zuleijá cruzó los Urales y llegó hasta el Angará, el único río que nace en el pozo del mundo. Mi viaje es en dirección opuesta. Vuelo a Irkutsk desde España y desde allí hacer el viaje en tren hasta los Urales. No viajaré al par que Zuleijá. Lo hago en dirección contraria y mirándole los ojos, escuchándola hablar por las voces de las mujeres de Siberia, voces de ayer y, sobre todo, voces de hoy.

Llego a Irkutsk la noche en que se celebra una velada poética. Me había citado con dos poetisas: Yekaterina Boyarskij y Svetlana Mijéyeva. Nos sentamos a hablar después. De las mujeres y Siberia. Boyarskij desmonta enseguida todos los clichés: «Siberia es un lugar de libertad y eso tiene una significación muy especial si eres mujer aquí… Es una tierra inmensa, vacía y acogedora, que se parece a Australia: los aborígenes y los deportados viven juntos. Basta alejarse 50 kilómetros de cualquier ciudad para comenzar a sentir esa libertad con una fuerza indescriptible».

Le apunto a Mijéyeva que en los Relatos de Kolymá de Varlam Shalámov no aparece una mujer hasta después de un centenar de páginas y la que asoma es tomada por una prostituta y acaba asesinada por celos. «Probablemente las mujeres sean aquí especiales», me dice: «Más fuertes, más sabias, más sosegadas. La geografía y la naturaleza las obligaron a ser así. Sin embargo, el feminismo es para nosotras un fenómeno ajeno», apunta.

Siberia y sus mujeres. No puedes juntarlas ignorando a las compañeras de los decembristas, los jóvenes que se levantaron contra el régimen zarista en 1825 y, vencidos, fueron condenados a la deportación en Siberia. La renuncia de aquellas mujeres a sus vidas cómodas en San Petersburgo para viajar junto a sus maridos a padecer el ostracismo y las penurias del destierro ha corrido de generación en generación como un ejemplo de lealtad, amor y entrega. «Esa renuncia no parece un ejemplo muy apropiado en la educación de las niñas de hoy», les digo a Liubov y Antonina, investigadoras de un museo que es una suerte de epicentro del cultivo de la memoria de los decembristas. Responden al reto con gesto resuelto: «Ellas no siguieron a sus maridos de forma sumisa. El Emperador las autorizó a divorciarse y comenzar una nueva vida y ellas eligieron. Dos se divorciaron. Del resto, algunas permanecieron con sus hijos en la capital y otras vinieron aquí a Siberia siguiendo a los hombres que amaban».

Con las decembristas y Zuleijá en mente, marcho a la mañana siguiente al lago Baikal. Quiero asomarme al nacimiento del Angará, el río donde la joven fue abandonada a merced del hambre, el frío y las fieras. Navegar por las aguas del Baikal de una transparencia inverosímil y pasear por sus orillas golpeadas por las suaves olas es una experiencia conmovedora, enaltecedora, única. Pero también allí bulle la vida moderna, la Rusia nueva junto a la Rusia de siempre. Una joven pareja de etnia buriatia se besa de pie junto al agua; una rubia que viste un chándal con incrustaciones de pedrería avanza tomando de la mano a un hombre tatuado como un Libro de horas, de estas últimas horas; unos chiquillos arrojan piedras planas al lago para verlas saltar una, dos, tres veces sobre el plato de agua.

Inspirado por la mística del lago, corro a la estación de ferrocarriles de Irkutsk a tomar el Transiberiano. A retomar el punto donde inicié este relato: la azafata Irina brindándome té, bollos y su historia. La de una mujer llegada a Siberia desde Kazajistán cuando la implosión de la URSS obligó a su familia a repatriarse. En un país con salarios escasos, un ejército de Irinas se ocupan de la vida en los coches del Transiberiano. Mujeres adustas y recias, que se buscan la vida para completar la paga exigua. Madres que no ven a sus hijos durante días, que viven alejadas de sus maridos y sus padres ancianos. En cada parada del Transiberiano se ve a este ejército de mujeres pulcramente uniformadas de pie ante las puerta de sus coches. También hay hombres, agentes de seguridad y maquinistas, pero unas y otros apenas se miran. Son soldados de una misma guerra pero con objetivos muy distintos. Los hombres parecen asegurarse de la estabilidad del marco; ellas lo llenan de contenido.

Es tarea difícil transmitir el delicioso hervor de la vida sobre el traqueteo de los trenes del Transiberiano al viajero acostumbrado a la velocidad del AVE y su silencio anestésico. El tiempo que no avanza y el tren que parece que tampoco. Afuera, todo son estampas que parecen salidas de Repin. Casitas y cobertizos; tierra quemada. Torres de alta tensión abriéndose camino a través del paisaje inmenso, conectando islotes de civilización unidos más por esos cables que por la inmensa geografía vacía, un plano enorme que nunca había con qué llenar, ni con minas, ni pozos de petróleo: ni siquiera con hombres y mujeres animados por un sueño, ese otro sueño que es la codicia, o reunidos por el horror totalitario de un Estado inclemente. Vida no hay apenas, sea humana o animal.

 

Bajo del tren en Novosibirsk, nel mezzo del cammin, porque me espera otra poeta. Yekaterina Guiléeva, una conversadora enérgica, me cuenta su lucha por preservar la memoria de Yanka Diaguileva, una cantante punk y estrella del underground siberiano, cuya casa el Ayuntamiento pretende echar abajo. Es una singular batalla por la memoria de las mujeres de Siberia la que se está librando allí, porque Yanka, a la que se ha comparado con Patti Smith, murió en 1991 en circunstancias que aún no han sido aclaradas y continúa siendo el emblema de una generación. Yekaterina me corrobora lo que ya anunciaron sus colegas de Irkutsk: «Siberia es un lugar excepcional, porque durante años aquí enviaban a todos los que incomodaban al poder. Y aquí se quedaban: capa a capa se fue acumulando lo mejor del país y eso aún se percibe en la cultura y la manera de ser».

 

Antes de seguir viaje, Nazar y Olesia, almas de Siberica y las dos personas que mejor enseñan en español este trozo del mundo, me llevan a comer a SibirSibir, un templo nuevo a la gastronomía siberiana. La mesa me sumió aún más hondo en mis cavilaciones sobre Siberia y sus mujeres. No sé si fueron los entremeses de pescado o los bollos rellenos de vísceras de liebre, pero cuando subí al Transiberiano para seguir viaje sentí un poso de angustia y un asomo de alegría, el chup chup de una creciente euforia. Le mandé un Whasap a una amiga en Moscú contándole mi estado: «Parece que ya comienzas a entender de qué se trata exactamente esto del alma rusa», respondió entre emoticonos con lágrimas de risa a chorros y bíceps contraídos.

La azafata asoma la cabeza por la puerta del compartimento, ofrece más té, la bebida laica de Siberia. La sagrada es el vodka, claro. Pienso en Zuleijá, la deportada por Stalin, en las mujeres de los decembristas que despreciaron la clemencia de Zar, en los cientos de miles de mujeres que han sufrido y sido felices en esta extensión de tierra, que han confrontado su suerte y forjado su destino en una Siberia que es campo de trabajo y campo a través, presidio y colmo de la libertad. Repaso uno a uno los libros de versos que me han regalado las dos Svetlanas y Yekaterina, sus voces distintas pero unidas por una misma tradición e idéntica verdad: la del paisaje sublime, la de una geografía indócil. Mujeres unidas por la convicción de que Siberia es libertad, la que cada cual se procura. Afuera, mientras bufa la locomotora y corren los carros, los montes Urales ya se anuncian en la brisa suave que baja por sus laderas.

Iberrusia Travel, en Barcelona, y Siberica, en Novosibirsk, dos agencias especializadas en viajes a Rusia y Siberia colaboraron con la organización de este viaje. También la línea aérea S7 Siberian Airlines.

 

De contra:

En la Fundación Yeltsin, Yekaterimburgo, montes Urales.

© Todas las fotos son del autor y no pueden ser utilizadas sin autorización.

 

© www.eltonodelavoz.com

Svetlana Aleksiévich: una entrevista sobre Chernobyl, la serie de HBO

- 08/08/19
Categoría: Actualidad, Agua corriente, Entrevistas, Letra impresa, Literatura, Periodismo, Poscomunismo, Rusia, Traducciones | Etiquetas: , , , , , ,
Imprimir Imprimir


Esta entrevista apareció publicada en la edición del 21 de julio de 2019 de la revista Fashion & Arts Magazine, tanto en papel como en la versión digital con el título “Svetlana Aleksiévich: el precio de la verdad”. Esta última versión puede consultarse en la web de la revista.

La entrevista aparece aquí para archivo con el añadido de que esta es la primera versión, sin los recortes editoriales que le hice después para ajustarme al espacio disponible en la edición en papel.

La conversación con Svetlana la mantuve el día 26/06/2019 por vía telefónica, ella en Minsk, yo en Barcelona.

Svetlana Aleksiévich: “Chernobyl es una serie estupenda”

Por Jorge Ferrer

Tuve a Svetlana Aleksiévich muy presente mientras veía la serie Chernobyl que Craig Mazin creó para HBO. No recuerdo que habláramos antes de ese libro en concreto, pero sí recordaba la honda huella que me dejó su lectura en el cierre del milenio.
La serie ha sido un éxito mundial. Alabada por tantos, ha despertado también recelos en Rusia, donde anuncian respuesta contundente a la manera soviética. Una deliciosa manera de honrar a esta serie que reconstruye los años soviéticos con deliciosa minuciosidad.
No hablaba con ella desde hace meses y ahora en esta larga charla por teléfono vuelvo a encontrar a la interlocutora ágil y generosa. La llamo a Minsk un mediodía de este verano. Ha venido unos pocos días a la capital desde la dacha donde trabaja estas semanas, a pesar del calor del que se queja.

Todo el mundo habla de la serie, de Chernobyl. ¿A quién se le hubiera ocurrido que nos íbamos a ver en esto tantos años después? Toda Europa, el mundo entero con los ojos en Chernobyl. ¿Qué le ha parecido a usted?

Estoy muy contenta de que se haya hecho por fin una serie sobre Chernobil. Es una serie estupenda. Llevo muchos años intentando encontrar creadores lo suficientemente talentosos como para hacer algo así. Ha habido otras aventuras cinematográficas que no carecen de aciertos, pero pasaron inadvertidas. Esta serie sí que ha tenido una gran resonancia. Acabo de estar en Alemania y Polonia donde los jóvenes la están viendo y no paran de hablar de ella. También las ventas de mis libros se han disparado, así que estamos ante un gran éxito sin duda alguna.

¿Es la historia de Chernobil la mejor historia que usted ha escrito?

Es uno de mis libros preferidos, sí, junto con La guerra no tiene rostro de mujer.

¿Cómo ha sido recibida la serie Chernobyl en su país, Bielorrusia, en Ucrania y Rusia?

La ha visto mucha gente, sobre todo los jóvenes que han descubierto el tema, como ha sucedido con jóvenes de toda Europa. En Rusia, en cambio, han comenzado a atacar mi libro desde las posiciones de este nuevo patriotismo que cunde allá. Lo ha dicho muy bien el creador de la serie: él no entiende qué es lo que defienden los rusos, porque le parece que es como si los alemanes se pusieran a defender las ideas del nacionalsocialismo. Algo así está sucediendo con la recepción de la serie en Rusia. A él lo acusan de todos los pecados posibles. Y a mí lo mismo. Porque la serie incluye muchas de las historias de mi libro y también su espíritu, su filosofía, algo que han manifestado sus responsables. Y como a mí me tildan de rusófoba, pues dicen que era de esperar que una serie llena de calumnias saliera de un libro escrito por alguien como yo.

Y parece que se disponen a responder…

¡Eso es lo más gracioso! Han anunciado que ahora Rusia prepara su propia película con una historia que me dejó estupefacta. Se ve que en ella agentes soviéticos capturan a un espía norteamericano en Chernobil y cosas así. Yo me dije: “Dios mío, ¡han pasado 30 años y pareciera que después de la perestroika vivimos durante unos años en democracia, que hoy vivimos tiempos distintos, pero las ideas que esta gente enarbola son las mismas del pasado! Es lo mismo que ves en Facebook donde te encuentras muchas opiniones positivas acerca de la serie, pero también hay mucha gente tildándola de basura, de propagar calumnias. Algo parecido vimos en la prensa, por cierto, donde durante la primera semana encontramos reseñas muy entusiastas y después por lo visto cundieron las consignas salidas del Kremlin. Comenzaron los reproches, las reseñas negativas. Las acusaciones de inexactitud. Se olvidan de que Chernobyl, la serie, es a la vez una película de ficción y un documental.

Me encontraba en Rusia cuando comenzaron a emitirla y cada noche cuando iba al hotel encendía la televisión y no daba crédito a lo que veía. El mismo gobierno que asume “por la izquierda” la herencia del legado de la sociedad socialista, los mismos que son los responsables de la mentira de Chernobil, ahora se golpean el pecho, se rasgan las vestiduras exigiendo la verdad. La verdad sobre Chernobil. Es increíble. ¿Usted ha hablado con los medios rusos sobre la serie? ¿Qué relación mantiene con ellos?

Me han llamado, pero me he negado a viajar a Moscú a participar en esos shows, porque yo sé en qué se convierte todo eso. En puro fango. En un catálogo de ofensas. No tenía ningún sentido para mí viajar allá: nadie me habría escuchado, no me hubieran dejado decir lo que tenía que decir.

Cuando hablamos de la guerra o de la historia del socialismo todo está claro, porque se percibe la acción del hombre en la historia. Cuando hablamos de Chernobil, en cambio, surge enseguida la palabra “accidente” y los accidentes son algo que sucede al margen de la historia, se asocian con una mera casualidad…

Decir que lo que sucedió en Chernobil fue un accidente es pasar por alto lo principal: Chernobil fue una catástrofe. Una catástrofe de nuestra concepción del rol del hombre en este universo inmenso que habitamos, una catástrofe que afectó a nuestras antiguas ideas, a nuestra comprensión de la ciencia y hasta a la propia idea del curso de la civilización humana que teníamos. Chernobil sacudió todas esas nociones con una catástrofe brutal. Me ha dado mucha pena que en la serie tenga un mayor predominio la línea argumental que privilegia el rechazo a la mentira y al régimen que existía entonces en la URSS y no fueran capaces de subir al peldaño siguiente y explicar que con Chernobil entramos en la época de una nueva realidad, una realidad que todavía no somos capaces de comprender de manera cabal. Hoy en día nuestras capacidades tecnológicas están por encima de nuestra moral y carecemos de respuestas para las principales preguntas del presente. Por ejemplo, las primeras ocasiones en que yo visité Chernobil también experimenté esa sensación de catástrofe, pero me costaba explicarla, comprenderla, encontrar las palabras para describir la catástrofe. La literatura no podía ayudarme a hacerlo. La historia tampoco. Ahora es distinto, porque ya hubo Chernobil. Y cuando visité Fukushima, en Japón, todos repetían sin parar que aquello era como en Chernobil, que los engañaban como en Chernobil, que se evacuó a la gente como en Chernobil. Nosotros carecíamos de una experiencia previa, porque Chernobil fue la primera catástrofe global de ese tipo. Por eso no pudo haber una recepción intelectual de lo que estaba ocurriendo allí. Los filósofos no supieron comprender de qué se trataba exactamente aquello y lo mismo le sucedió a la literatura, al arte: el mundo de la cultura pasó por alto aquel suceso y no hizo sonar la alarma y plantear la pregunta por el camino que habíamos tomado y si acaso la civilización no había emprendido una vía suicida.

Un momento crucial, crítico, en el que se ponía en cuestión la noción misma de progreso.

¡Claro! Habíamos llegado a un punto en el que el progreso era equiparable a la guerra. Recuerdo cuando en Chernobyl subían a la gente en autobuses para evacuarla. Había una anciana que se resistía a marcharse, se había hincado de rodillas y no había quien la moviera. Y entonces me vio en medio de todos aquellos militares y se dirigió a mí: “Aquí no puede estar pasando nada, hijita. Mira como brilla el sol, como pían los pajarillos. Yo pude sobrevivir a una guerra, rodeada de gente extraña. Y ahora son mis soldados los que están aquí, es la vida como tal”. Y entonces me di cuenta de que no había otra respuesta para sus preguntas que explicarle que aquello era una guerra, hacerle entender que veíamos el resultado de nuestra guerra contra la naturaleza, de una guerra que librábamos contra nosotros mismos, contra la humanidad. Que las ideas que nos movían como civilización habían entrado en conflicto con lo que éramos y que la naturaleza también comenzaba a golpearnos y que cada vez nos veríamos confrontados con mayores catástrofes como aquella. Por eso titulé mi libro sobre Chernobil “Crónicas del futuro”.

¿Qué nos enseñó Chernobyl?

No puedo decirle con certeza qué nos enseñó Chernobyl. Hace poco estuve en Fukushima y da la impresión de que allí se ha repetido exactamente lo mismo: la misma mentira y la misma fe de la gente en que conseguirán tirar adelante, su total impotencia ante lo que les está sucediendo… No sabemos qué se está arrojando allí al océano. No conocemos la verdad hasta el fondo y nadie nos la dice. En Fukushima hay prohibiciones todavía más severas que las que hubo en Chernobyl. Es imposible acercarse a una distancia menor de 10 km de la estación atómica, mientras que a Chernobil se conseguía hacerlo provisto del permiso especial. Visitar el territorio de la central de Fukushima, en cambio, es totalmente imposible. De Chernobil no se extrajeron las experiencias debidas, no. ¡Ojalá que esta serie ayude a las jóvenes generaciones a cultivar un pensamiento ecológico más activo, que las obligue a reflexionar sobre todo esto!

A muchos espectadores les ha sorprendido la manera en que la serie refleja de una manera muy precisa el mundo soviético. A mí mismo, sin ir más lejos, que estaba en Moscú en aquellos años, en el año de Chernobil, me impresionó mucho la manera en que la serie refleja todo aquel mundo.

Sí, lo hicieron tremendamente bien. ¡Tuvieron asesores magníficos, eso se lo puedo asegurar! Y esa representación fidedigna del entorno material es algo magnífico porque dota de mayor credibilidad a la historia. Uno piensa que si se fue fiel al decorado, se fue fiel al relato de lo que allí sucede, a las palabras que allí se pronunciaron. Ésa es una premisa muy importante.

¿Cuánto de su libro sobre Chernobil ve usted en los capítulos de la serie de HBO? Buena parte de la narrativa acerca de Chernobil surge precisamente en su libro, porque antes de él nadie había hablado de algo así. Yo tuve enseguida la impresión de que asistía a la plasmación cinematográfica de la filosofía de su libro.

Ahí se produjo un fallo. Los artífices de la serie firmaron un contrato conmigo. Me pagaron unos buenos honorarios. Me dijeron que tomarían unas cinco o seis historias de mi libro, no recuerdo exactamente cuántas. Pero es cierto que aparte de las historias, el propio creador de la serie se mantuvo siempre atento a mi libro, alimentándose de su belleza y de su tristeza. Él mismo lo ha manifestado así con total precisión y es muy importante que él lo haya percibido así. Que haya prestado oídos a la filosofía del libro, al hecho de que cuando pensamos en Chernobil nos situamos un poco fuera de todo, más allá del bien y del mal, en una dimensión realmente distinta. Chernobil está más allá del Holocausto, más allá de la guerra, porque es algo con lo que tendremos que convivir durante millones de años. Pero es verdad que cuando salió la serie mi nombre no aparecía en los títulos de crédito y muchos periodistas y mi propio agente literario protestaron por eso. Entonces los creadores de la serie nos presentaron sus disculpas y dijeron que aunque ello les acabe costando caro harán constar mi nombre reconociendo así que cometieron un error.

Son muchos los que han visto esta serie como un monumento al valor de todos estos hombres, Legasov, Scherbina, mucha gente sencilla que se dejaron la vida por Europa, por la civilización.

Esta serie constituye la primera reflexión seria de lo que Chernobil significa, de la nueva realidad que nos espera y en la que ya estamos instalados. Hay que tener una respuesta honesta a la pregunta que Chernobil planteó y aprender a convivir con ello. Seguramente necesitaremos una nueva escala de valores, una nueva relación del hombre con la naturaleza, con la inteligencia artificial. Aclararnos en el debate entre nuestras posibilidades tecnológicas y nuestras normas morales. Alcanzando el equilibrio entre ambas del que no somos dueños hoy en día. En ello tendrás que pensar los filósofos, los sociólogos, los artistas… No tengo dudas de que esta serie es la primera que se plantea estos enormes conflictos que hemos provocado.

Por cierto, ¿qué opinión le merece a usted el uso pacífico de la energía atómica?

El uso de la energía atómica constituye un callejón sin salida, porque no sabemos qué hacer con los residuos que genera. Se trata de un problema inmenso, porque esos residuos no paran de acumularse. Confío en que la humanidad consiga desarrollar formas más ecológicas de producción de energía.

De contra:

La publicación en Fashion & Arts Magazine llevaba la siguiente coda sobre las circunstancias en que se trabajó sobre el texto, como es habitual en esa publicación:

“Hacía un calor intenso en Minsk y en Barcelona la mañana en que hice esta entrevista. Svetlana me dijo que se volvía enseguida al campo huyendo del bochorno. Mientras hablábamos, Bruno, mi frenchie, resoplaba a mi lado dejando su rastro en la grabación, y pidiendo también fresco y campo”

© www.eltonodelavoz.com

Guzel Yájina y Zuleijá abre los ojos en la Fundación Telefónica

- 30/07/19
Categoría: El Timbre de la Voz, Libros, Literatura, Traducciones | Etiquetas: , , , , ,
Imprimir Imprimir


El 7 de mayo de 2019 Guzel Yájina presentó su novela Zuleijá abre los ojos (Acantilado, 2019) en la sede de la Fundación Telefónica en Madrid.
La presentación consistió en un diálogo conmigo, traductor de la novela al español, en el que abordamos el material de la novela y el oficio de escribir, entre otros asuntos.

© www.eltonodelavoz.com

Un ruso blanco en la División azul: el camino de Kovalevski

- 11/04/19
Categoría: Lecturas compartidas, Letra impresa, Libros, Literatura, Memoria, Rusia, Traducciones | Etiquetas: , , , , ,
Imprimir Imprimir


Ha salido a la venta esta semana otro libro en el que he trabajado y se publica este año. Se trata de las memorias de un ruso blanco (¡aquí no es pleonasmo!) que luchó en el bando de Franco en la Guerra civil española por entender que era una guerra contra la URSS y la expansión del comunismo en Europa y se alistó después en la División azul, el aporte franquista al bando fascista en la guerra contra la Rusia soviética. Me ha tocado ocuparme de la traducción de esas memorias hasta hoy inéditas.

Las memorias de Vladímir Kovalevski son un documento singular, que Galaxia Gutenberg publica precedido de un prolijo estudio de los profesores Xosé M. Núñez Seixas y Oleg Beyda, grandes especialistas en la División azul. Al interés historiográfico de este hallazgo se suma el valor humano y hasta literario de la historia vivida por el autor de estas memorias durante la campaña de Rusia. En un relato minucioso y descarnado, estas memorias muestran la manera en que un hombre desarraigado vuelve al país a la vez amado, Rusia, y odiado, la URSS, y espantado allí por la miseria moral y la crueldad de los ejércitos fascistas de los que es parte, se reconcilia con su pueblo, si bien no con el régimen soviético: con la gente humilde que después de padecer durante años el terror y la miseria comunistas se ve avasallada y diezmada por los ejércitos invasores. Un camino vital que rebosa de un dolor que Kovalevski trata como un médico sereno y algo cínico.

En definitiva, se trata de una historia personal desgarradora en medio de una historia, la guerra mundial, que partió el siglo en dos. Vale mucho la pena leerla.

Un ruso blanco en la División azul, Xosé M. Núñez Seixas y Oleg Beyda, editores, con traducción de las memorias de Vladímir Kovalevski por Jorge Ferrer, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2019, está a la venta en librerías online y a pie de calle.

En formato de libro electrónico en Amazon España AQUÍ.

En formato Tapa dura en Amazon España AQUÍ.

© www.eltonodelavoz.com

Zuleijá abre los ojos, la nueva literatura rusa tiene voz y vida de mujer

- 18/03/19
Categoría: Libros, Literatura, Rusia, Traducciones | Etiquetas: , , ,
Imprimir Imprimir


Guzel Yájina irrumpió en la literatura rusa con este libro hace cuatro años. Y lo ganó todo con él. Ganó todos los premios literarios y ganó el premio mayor: el público, los lectores. ¡Ese público, el ruso, que ya llega siempre bien leído adonde quiera que lo cite la literatura!

No por gusto, Zuleijá abre los ojos es una novela espléndida, generosa, escrita con una precisión mayúscula que la traducción siguió con esfuerzo; una novela que es uno de los mejores estandartes de lo que la mejor literatura rusa está haciendo en los últimos años, los primeros de este siglo: incorporar la grandeza de la literatura clásica rusa, repasar el terrible siglo XX soviético con la madurez que faltó, con alguna excepción, a los «maduros» escritores de los sesenta a los noventa, crearle un futuro a la literatura rusa que pasme tanto al lector ruso como al lector global.

Zuleijá abre los ojos es uno de los libros que más me ha costado traducir, que más me ha exigido, que más feliz me ha hecho dejar en una versión en español que me complace y les ofrezco con entusiasmo y humildad.

Es, sin duda, el mejor de los libros salidos de mi mesa que les recomendaré este año.

Una novela que no se pueden perder, porque es una historia mayúscula, la de una mujer que se encuentra a sí misma en el desamparo del destierro, en el horror del siglo más feroz. Es un libro sobre el poder, el dolor, el Gulag, el amor, el estalinismo, el Islam, pero sobre todo es un libro sobre lo que puede hacer una mujer, cualquier mujer, a la que reta su tiempo, su tiempo cruel.

Zuleijá abre los ojos se ha traducido ya a una veintena de lenguas y aparece ahora en castellano. La edita Acantilado, la editorial fundada por el gran Jaume Vallcorba, que continúa siendo el máximo pedestal sobre el que se yerguen las literaturas del Este traducidas al español.

¡Léanla, hágannos, a ustedes y a quienes hemos trabajado para que este libro magnífico esté en librerías, el favor!

 

Hay un enlace aquí que les lleva a la lectura del comienzo de Zuleijá abre los ojos.

Hay un enlace aquí a la editorial, donde pueden comprarlo.

Hay un enlace aquí al libro en Amazon España.

Otro, aquí, a Amazon.com

© www.eltonodelavoz.com