Jorge Ferrer - 23/10/11
Categoría: e-cuba, Urbanas
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Un usuario de Youtube que se identifica como abelm2008 subió este vídeo que me ha entretenido hoy sábado y, muy probablemente, volverá a entretenerme en la sobremesa del domingo.
Lo describe con escueta nota de flâneur: “Caminando por 5ta ave desde 82 hasta 110.” Es la marca que dejan un poeta o un registrador de la propiedad.
Y es exactamente eso lo que ofrece. Una cámara avanza por la avenida habanera que un viajado escritor francés me dijo hace 20 años, andando ambos por allí y para mi sorpresa/orgullo, que era la avenida más linda del mundo.
Apenas hay algo más en este poco más de un cuarto de hora que el registro minucioso del paisaje que flanquea el paseo central de esa avenida. No hay cortes. Es plan-séquence. La acera, los parterres, las palmas y los márgenes de la avenida, como los de un río de asfalto que huye de la ciudad a la vez que fluye hacia ella en un long take que parece ser otro nombre del trópico languideciente.
Desprovistas del cálculo minucioso del Street View de Google, son imágenes que me llaman a acompañarlas en ese andar sin prisas. Juraría que siento el calor de esa acera cuarteada subiéndome por los pies.
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Jorge Ferrer - 05/09/11
Categoría: Urbanas
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Muy de tanto en tanto, pasear por Barcelona me hace tropezar con rótulos que me arrancan una sonrisa “cubana”.
Hoy, estos dos, en cierto modo complementarios a la vez que antagónicos.
Palacio del Bebé. Desde 1959

Liberación y reparación

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Jorge Ferrer - 12/08/11
Categoría: Exilio, Urbanas
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Me bastó entrar esta mañana al estanco donde compro cigarrillos casi a diario desde hace, al menos, siete años, para comprender que algo iba a cambiar. Tropecé al entrar, enredado con la correa a la que va atado Bruno; el dueño, y dependiente, estaba hablando en español con una muchacha que me daba la espalda, acodada sobre el mostrador.
Llevo años, decía, acudiendo a ese mismo lugar. Con el dueño siempre hemos hablado en catalán lo que se habla en transacciones la mar de sencillas, más algún comentario acerca del tiempo, el barrio, alguna rubia que me precedía en la cola o el mudable, y casi siempre ascendente, precio de los cigarrillos.
—…es que eso se tiene que acabar —le escuché decirle a la muchacha—. Por lo que sé, antes todo era distinto.
—No tenía nada que ver con lo de ahora —aprobó ella con un acento que podía ser cubano. Ahí decidí entretenerme mirando la mercancía, como si me interesara.
—Es que las cosas tienen que cambiar, porque si no hay cambio todo se hunde —prosiguió el tendero.
—Así mismitico —dijo ella con diminutivo ya con inconfundible olor a carné de identidad cubano.
—Pero ahora esa ciudad está destruida… Han acabado con ella los hijoputas… Ahora, ¡a mí me van a devolver la casa que le quitaron a mi padre! ¡Vaya si me la van a devolver!
Llegados a ese punto, Bruno y yo tuvimos la certeza de que hablaban de La Habana. Hay pocas ciudades del mundo destruidas hoy y con casa por recuperar, más allá de Kigali, alguna otra en la zona fronteriza entre Armenia y Azerbaiján, los Balcanes y posbélico etcétera. Nos acercamos al mostrador, unidos por la correa. A Bruno se lo veía ansioso.
—Solo podemos estar hablando de La Habana —tercié con mi sonrisa de los mediodías. Le pregunté—: ¿Dónde está la casa que te quitaron?
—En el Reparto Fontanar. ¡Tremenda casa! Y la tengo bien fichada en Google Earth. ¿Conoces La Habana?
—Soy habanero —respondí. A la cubanita no pareció hacerle mucha gracia que otro cubano amagara con sumarse a la conversación. Feíta y de «cuelpo etraño» que dicen en el Oriente de Cuba, de donde parecía proceder, le costó disimular una súbita incomodidad.
—¿No me digas que tú eres cubano? —exclamó el otro. Y protestó—: ¿Cómo es que no me lo dijiste antes?
—No había motivo —le dije. Ciertamente, uno no va a comprar cigarrillos con el pasaporte entre los dientes. Y yo ni siquiera tengo pasaporte de ese país.
—Pues, tenemos mucho que hablar. Yo estoy obsesionado con Cuba… Y con esa casa en Fontanar.
—Buenas casas las de Fontanar… —convine. Bruno tiró de la correa.
—Dame un Ducados —le pedí, como de costumbre, aunque ahora en español.
Pagué. Le dije un chao a la hosca y mal encabada cubanita y le guiñé un ojo al catalán de padre siquitrillado.
Dos pulsiones, en clave de double bind: por un lado, la curiosidad por ese catalán que anhela casa de La Habana; por otra, mi renuncia a bajar a comprar cigarrillos tarde sí y tarde no en Barcelona y encontrarme otra vez con esa cosa que se llama Cuba y lo que quieren de ella.
Dejaré que los pasos de Bruno decidan a dónde nos encaminamos pasado mañana. Él sabe. No me supera en estatura, pero sí, y con creces, en instinto.
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Jorge Ferrer - 24/06/11
Categoría: Exilio, Urbanas
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Fue muy de mañana hace diecisiete años. G. y S. me esperaban en la Estació de Sants, a la que llegué en un tren que salió de la Gare d’Austerlitz la tarde anterior. Un capitulito de Minimal Bildung narra —si eso fuera narrar, digo con exactamente la misma entonación de voz que le pueden oír a Frank Sinatra en el 00:26 de aquí— aquel viaje nocturno en el que no pegué ojo, charlando y fumando hachís, viendo pasar los postes, como quien corre a toda prisa junto a un largo código de barras.
Barcelona, a aquella hora temprana de hace hoy diecisiete años justos era una ciudad vacía y olorosa a pólvora. Amanecía después de la verbena de San Juan y los rastros de las hogueras eran visibles aquí o allá.
Llegaba a una ciudad que me recibió con lo que parecía el paisaje después de una batalla. Me pareció paisaje auspicioso. Y no me equivoqué. Aquí estoy todavía y encantado de la vida, como decía siempre mi abuela cuando alguien le preguntaba, meciéndose ella en el portal, que qué tal estaba.
Conozco unas cuantas ciudades y en algunas he tenido cama y sueños. Pero pocas mecen como esta con su permanente olor a fiesta (ciudadana) y pólvora (dialéctica).
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Jorge Ferrer - 22/06/11
Categoría: Urbanas
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Hoy comenzó el verano. Una estación de mierda en la latitud donde vivo. El calor será poco menos que insoportable. Las facturas que me pasará la compañía eléctrica por el uso del aire acondicionado serán extorsión pura, cuando el resto del año son extorsión disimulada aunque apenas menos onerosa.
Esta ciudad se llenará de turistas, entre los que me molestan especialmente los apestosos ingleses y los detestables italianos. Los turistas de ambas naciones dicen más de la decadencia de Occidente que cualquier tratado de Spengler en adelante. La miseria griega le pone la tapa al pomo.
En la calle donde vivo hay una plácida y enorme residencia de estudiantes que se convierte cada verano en albergue de la gentuza más abyecta del continente. Compran alcohol a mi estimado Visham, el tendero indio que tengo en la esquina, tipo fino, aunque regordete, que les sonríe con desprecio primorosamente disimulado. Beben en las aceras, porque la residencia de marras les prohíbe hacerlo en el interior y vomitan y mean a placer, antes de regresar a sus bonitas universidades.
Yo paso los veranos aquí, uno tras otro, por razones que no vienen al caso. También lo haré este año y como en todos lo haré lamentando que no se nos permita a los barceloneses pegarle algunos tiros a esos ridículos bárbaros. ¡Me complacería tanto cargarme a un par en julio y a otros tres en agosto, por lo menos! Mandar a unas pocas de esas bestias a criar malvas.
¡Bah! Pero también eso nos está vedado. Habrá que consolarse, como cada año, viendo desfilar a los ejemplares femeninos de esa inundación. Observar a las bárbaras y después, tras la siesta, comentar con el bueno de Visham qué tal la calidad de la carne de esta añada. Que vaya magro consuelo estival.
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Jorge Ferrer - 06/06/11
Categoría: Arte, Crisis, Urbanas
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A las 20:30 horas del pasado viernes, un joven ejecutivo de Barcelona bajó al Passeig de Gràcia, estacionó su impoluto Lexus en un parking de SABA, se enjugó una lágrima que amenazaba con descolgarse de su ojo izquierdo y tacar su inmaculada solapa. Bajó del coche, lo rodeó con cara de muchos amigos, los que tiene, abrió el portaequipajes y, viril y sereno como todo zombie macho, descargó el cadáver de su joven esposa.
Nuestro hombre traía mercancía a devolver. A devolvérsela a Chanel, antes boutique, ahora depósito de los cadáveres de esas rutilantes bellezas de clase alta que ya no mueren de amor.
Ahora mueren de falta de liquidez, las pobres… Todavía vigoroso el riego sanguíneo por las venas de esas adictos a la moda, hoy les falta, ay, cash, las marchitan sus ansias insatisfechas y mueren entre estertores sin nombre ni crédito. Sin nombre al que dar crédito.
Una amenaza de ruina, también moral, que no les deja otra a los sobrevivientes que devolver la difunta mercancía a quien antes insuflaba luz a sus ojos y la envolvía con mimo para regalo. Son bienes devueltos. Dioses devueltos.

(Hágase click sobre la foto para agrandar.)
La fotografía «We are not responsible for any plugin compatibility conflicts that may occur», de Rómulo Sans, y el texto de Jorge Ferrer son work in progress de un proyecto en marcha del primero: Returned Gods. El performer y actor Leo Bert encarna al ejecutivo.
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