A Chanel le devuelven la mercancía…

- 06/06/11
Categoría: Arte, Crisis, Urbanas
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A las 20:30 horas del pasado viernes, un joven ejecutivo de Barcelona bajó al Passeig de Gràcia, estacionó su impoluto Lexus en un parking de SABA, se enjugó una lágrima que amenazaba con descolgarse de su ojo izquierdo y tacar su inmaculada solapa. Bajó del coche, lo rodeó con cara de muchos amigos, los que tiene, abrió el portaequipajes y, viril y sereno como todo zombie macho, descargó el cadáver de su joven esposa.

Nuestro hombre traía mercancía a devolver. A devolvérsela a Chanel, antes boutique, ahora depósito de los cadáveres de esas rutilantes bellezas de clase alta que ya no mueren de amor.

Ahora mueren de falta de liquidez, las pobres… Todavía vigoroso el riego sanguíneo por las venas de esas adictos a la moda, hoy les falta, ay, cash, las marchitan sus ansias insatisfechas y mueren entre estertores sin nombre ni crédito. Sin nombre al que dar crédito.

Una amenaza de ruina, también moral, que no les deja otra a los sobrevivientes que devolver la difunta mercancía a quien antes insuflaba luz a sus ojos y la envolvía con mimo para regalo. Son bienes devueltos. Dioses devueltos.

(Hágase click sobre la foto para agrandar.)

La fotografía «We are not responsible for any plugin compatibility conflicts that may occur», de Rómulo Sans, y el texto de Jorge Ferrer son work in progress de un proyecto en marcha del primero: Returned Gods. El performer y actor Leo Bert encarna al ejecutivo.



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    La Habana desde el fondo de un Cocotaxi…

    - 04/06/11
    Categoría: Urbanas
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    Ya saben cuánto disfruto con estos videos filmados por turistas en Cuba, cuánto disfruto cazándolos. Más si son en La Habana. Por aquello de que a falta de pan, casabe, también.

    En este, fresquito en Youtube, dos parejas de turistas españoles suben a sendos Cocotaxis que se enzarzan en una competencia, para separarse después cuando el nuestro abandona el Malecón y toma un atajo que lo lleva al Paseo del Prado y más allá…

    ¡Ese paisaje! ¡Esa ciudad! ¡Esas gentes! La velocidad del vehículo en que viaja la cámara, el cielo plomizo, el aire a pasado que se respira por todos lados, las mujeres orondas que asoman aquí o allá.

    La Habana… Alguna vez yo viví allí.

    (Recomiendo verlo en función “pantalla completa”.)

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      Doce minutos después, ya se habrán llevado al muerto

      - 07/05/11
      Categoría: Urbanas | Etiquetas:
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      Algunos lectores recordarán aquel post de hace poco menos de medio año dedicado a un pobre hombre «atrapado» en el exterior de un cajero automático. El de La Caixa en la calle Escorial con Fraternitat.

      Pasamos por delante cada noche Bruno y yo. Y venimos de hacerlo.

      Ahora había tres policías en la puerta y un cuarto junto a una de las dos patrullas, hablando por la radio.

      Adentro, al fondo, el cadáver de un indigente.

      Bruno se abalanzó sobre los policías no más verlos. Dócil ataque, claro, que a Bruno le gusta más la gente que lo que a Michael Jackson le gustaban los niños.

      Dos de los policías se acuclillaron para jugar con el perro. Con el tercero, más circunspecto, quise asegurarme.

      —Está muerto, ¿no? —le pregunté mirando al cuerpo tumbado sobre cartones entre dos cajeros de color amarillo pollito.

      —Es cachorro, ¿no? —preguntó uno de los acuclillados, antes de que el otro me respondiera que sí, que el tipo era fiambre.

      Me maravilló la geometría de la escena. No la geometría moral, que en esa los roles habría que asignarlos con otras mañas, porque todos se quieren hipotenusa. La mera geometría que reunía al cadáver, al perro, a los cuatro policías y a mí: ellos uniformados; yo en sandalias, con la camisa del mismo color que la tez del muerto, en la pendiente de una calle que a estas horas desanda gente sin rostro.

      Tres árboles y el doble de minutos más allá, Bruno adoptó gimnástica postura de cagar. Me di la vuelta mientras extraía del bolsillo la bolsa de nylon perfumada con la que recoger las heces. A la espera del juez o la ambulancia o lo que llamen en tales circunstancias, y de espaldas al muerto, los policías —los cuatro ahora—, nos miraban. Y sonreían.

      Sentí un súbito escalofrío al que Bruno no fue ajeno. No sé él, inocente, pero a mí se me ocurrió que inmersos en ciertos roles adjudicados por caprichosos —¿o debo decir «azarosos»?— trazos sobre la regla que dibuja el paisaje, o eres policía o eres fiambre.

      Y corrimos ambos a echarnos aquí en casa. Él sobre la alfombra; yo, sobre estas teclas.

      A buen resguardo ahora, Bruno es un simpático perrito y yo un tipo que junta palabras. Doce minutos después, ya se habrán llevado al muerto.



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        Medicina preventiva

        - 14/04/11
        Categoría: Urbanas | Etiquetas:
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        Hoy entré a comprar cigarrillos en el estanco de la calle Ramón y Cajal y me di de bruces con una joven mulata que juraría es la mujer más bella que he visto en mi vida. Una de esas mujeres por las que uno se siente dispuesto a abandonarlo todo de golpe —¡todo!— con solo mirarles a la cara. Era un ángel. De pie junto a una suerte de atril, ofrecía a los clientes no sé qué nueva versión de qué sé yo qué marca. Los ángeles también venden cosas. Le sonreí como mejor pude, disimulé esa mezcla de «temor y temblor» que sobreviene a la súbita exposición a lo sagrado y le di las gracias y la espalda.

        Abandoné el estanco, volví a casa dando un rodeo y tan solo cuando asomé a mi calle reparé en que iba cojeando. A veces la belleza es tan contundente que hiere, y duele.

        En ese sentido, el niqab sería una suerte de fármaco.



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          Un Cairo en cada barrio

          - 02/03/11
          Categoría: Urbanas | Etiquetas:
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          Me encanta pasear junto a estos grafitis de los que hay decenas en Gràcia, Barcelona, donde vivo.

          Esa latencia de la rebelión inscrita aquí y allá en un paisaje de letal aburrimiento, porque sosegado y aún relativamente próspero.

          Observando esos llamamientos a la rebelión, uno siente que los demás también están vivos. O al menos que simulan estarlo tanto como se esfuerza en estarlo uno.

          Gracias, Gràcia.



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            «¡Me han robado lo único que tengo!»

            - 21/12/10
            Categoría: Crisis, Urbanas
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            Hace una media hora, paseando a Bruno, me llama un tipo desde la puerta del cajero automático de La Caixa en la calle Escorial, esquina a Fraternitat —más escorial que fraternidad, como se verá.

            Me le acerco.

            —Me han cerrado la puerta —me dice con acento esteeuropeo. El tipo lleva una camiseta sin mangas, pantalón de chándal y pantuflas.

            Dentro del cajero, lo veo perfectamente a través de los cristales, hay un saco de dormir, una manta, una mochila y un tetrabrik de vino.

            —Salí a mear y estos me lo han quitado todo —explica y a la vez denuncia.

            Intento abrir la puerta. En efecto, está cerrada. El tipo, moreno y de unos treinta y cinco años, tiene los ojos húmedos.

            —Me parece que estos hijos de puta cierran las puertas mediante un sistema informático —le digo—. Y no creo las vuelvan a abrir hasta las cinco o las seis.

            —¿Qué puedo hacer? ¡Me han robado lo único que tengo! —insiste. Parece suponer que alguien «del país» que sale a pasear a un perro a medianoche tiene solución para situación tan enojosa.

            Se equivoca.

            —Voy a buscarte ropa, porque creo que vas a tener que pasar la noche aquí afuera —le digo, sin darle tiempo para la réplica.

            Regreso cinco minutos más tarde. Le traigo un abrigo viejo, un suéter, un pantalón que me parece abriga más que el suyo y un par de calcetines gruesos. Cuando me voy acercando veo que no está solo. Hay un joven a su lado hablando por el teléfono móvil, una muchacha con aire de «pasaba por aquí» y otra mujer que, como yo antes, paseaba al perro y se encontró al pobre tipo esquilmado de repente por un banco en el que jamás tuvo cuenta; banco que le quitó su casa —su saco de dormir—, sin que mediara hipoteca impagada.

            Llego justo a tiempo para escuchar al joven explicando lo que acababan de decirle en el número de información de La Caixa. Sí, cierran las puertas para evitar que se meta gente a dormir en los cajeros. Y, naturalmente, no iban a abrir ése para que un «sense sostre» —un «sin techo»— recuperara sus cosas.

            Somos tres los que dedicamos frases más o menos idénticas a la madre del imaginario dueño del banco, sus ejecutivos, etc. El afectado, en cambio, permanece en silencio y mira al suelo —o a sus pantuflas. «¿Quién coño me habrá mandado a salir a mear?» —se estaría preguntando en algún dialecto caro a Von Rezzori.

            —Vete al cajero del BBVA —sugiero, señalándoselo. Está al otro lado de la calle—. Y mañana recoges tus cosas.

            —Ya está ocupado —me dice—. No me van a dejar entrar.

            —¿Quieres que vaya hasta allí y hable con ellos? —me ofrezco.

            El tipo me mira con afecto. Ya se ha puesto el abrigo que le traje, de manera que se parece vagamente a mí en fotografías de hace unos años.

            —Nunca hable con gente como nosotros a estas horas —me aconseja. Y ahí sonríe por única vez. Sus colmillos son de oro. Los dos.

            Regreso a casa despacio. Escribo estas líneas y me vuelvo —lo hago ahora mismo…— al sofá de la sala, vacío y caliente.

            Y rehúyo las preguntas que asoman a las yemas de mis dedos. ¿A quién me parezco más? ¿A ese pobre tipo al que acabo de despedir en la calle con un abrigo viejo o al hijoputa que activó un botón y lo dejó a la intemperie por toda una noche?



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