Muy de mañana hace diecisiete años…

- 24/06/11
Categoría: Exilio, Urbanas
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Fue muy de mañana hace diecisiete años. G. y S. me esperaban en la Estació de Sants, a la que llegué en un tren que salió de la Gare d’Austerlitz la tarde anterior. Un capitulito de Minimal Bildung narra —si eso fuera narrar, digo con exactamente la misma entonación de voz que le pueden oír a Frank Sinatra en el 00:26 de aquí— aquel viaje nocturno en el que no pegué ojo, charlando y fumando hachís, viendo pasar los postes, como quien corre a toda prisa junto a un largo código de barras.

Barcelona, a aquella hora temprana de hace hoy diecisiete años justos era una ciudad vacía y olorosa a pólvora. Amanecía después de la verbena de San Juan y los rastros de las hogueras eran visibles aquí o allá.

Llegaba a una ciudad que me recibió con lo que parecía el paisaje después de una batalla. Me pareció paisaje auspicioso. Y no me equivoqué. Aquí estoy todavía y encantado de la vida, como decía siempre mi abuela cuando alguien le preguntaba, meciéndose ella en el portal, que qué tal estaba.

Conozco unas cuantas ciudades y en algunas he tenido cama y sueños. Pero pocas mecen como esta con su permanente olor a fiesta (ciudadana) y pólvora (dialéctica).

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Esperando a los bárbaros

- 22/06/11
Categoría: Urbanas
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Hoy comenzó el verano. Una estación de mierda en la latitud donde vivo. El calor será poco menos que insoportable. Las facturas que me pasará la compañía eléctrica por el uso del aire acondicionado serán extorsión pura, cuando el resto del año son extorsión disimulada aunque apenas menos onerosa.

Esta ciudad se llenará de turistas, entre los que me molestan especialmente los apestosos ingleses y los detestables italianos. Los turistas de ambas naciones dicen más de la decadencia de Occidente que cualquier tratado de Spengler en adelante. La miseria griega le pone la tapa al pomo.

En la calle donde vivo hay una plácida y enorme residencia de estudiantes que se convierte cada verano en albergue de la gentuza más abyecta del continente. Compran alcohol a mi estimado Visham, el tendero indio que tengo en la esquina, tipo fino, aunque regordete, que les sonríe con desprecio primorosamente disimulado. Beben en las aceras, porque la residencia de marras les prohíbe hacerlo en el interior y vomitan y mean a placer, antes de regresar a sus bonitas universidades.

Yo paso los veranos aquí, uno tras otro, por razones que no vienen al caso. También lo haré este año y como en todos lo haré lamentando que no se nos permita a los barceloneses pegarle algunos tiros a esos ridículos bárbaros. ¡Me complacería tanto cargarme a un par en julio y a otros tres en agosto, por lo menos! Mandar a unas pocas de esas bestias a criar malvas.

¡Bah! Pero también eso nos está vedado. Habrá que consolarse, como cada año, viendo desfilar a los ejemplares femeninos de esa inundación. Observar a las bárbaras y después, tras la siesta, comentar con el bueno de Visham qué tal la calidad de la carne de esta añada. Que vaya magro consuelo estival.

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A Chanel le devuelven la mercancía…

- 06/06/11
Categoría: Arte, Crisis, Urbanas
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A las 20:30 horas del pasado viernes, un joven ejecutivo de Barcelona bajó al Passeig de Gràcia, estacionó su impoluto Lexus en un parking de SABA, se enjugó una lágrima que amenazaba con descolgarse de su ojo izquierdo y tacar su inmaculada solapa. Bajó del coche, lo rodeó con cara de muchos amigos, los que tiene, abrió el portaequipajes y, viril y sereno como todo zombie macho, descargó el cadáver de su joven esposa.

Nuestro hombre traía mercancía a devolver. A devolvérsela a Chanel, antes boutique, ahora depósito de los cadáveres de esas rutilantes bellezas de clase alta que ya no mueren de amor.

Ahora mueren de falta de liquidez, las pobres… Todavía vigoroso el riego sanguíneo por las venas de esas adictos a la moda, hoy les falta, ay, cash, las marchitan sus ansias insatisfechas y mueren entre estertores sin nombre ni crédito. Sin nombre al que dar crédito.

Una amenaza de ruina, también moral, que no les deja otra a los sobrevivientes que devolver la difunta mercancía a quien antes insuflaba luz a sus ojos y la envolvía con mimo para regalo. Son bienes devueltos. Dioses devueltos.

(Hágase click sobre la foto para agrandar.)

La fotografía «We are not responsible for any plugin compatibility conflicts that may occur», de Rómulo Sans, y el texto de Jorge Ferrer son work in progress de un proyecto en marcha del primero: Returned Gods. El performer y actor Leo Bert encarna al ejecutivo.

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La Habana desde el fondo de un Cocotaxi…

- 04/06/11
Categoría: Urbanas
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Ya saben cuánto disfruto con estos videos filmados por turistas en Cuba, cuánto disfruto cazándolos. Más si son en La Habana. Por aquello de que a falta de pan, casabe, también.

En este, fresquito en Youtube, dos parejas de turistas españoles suben a sendos Cocotaxis que se enzarzan en una competencia, para separarse después cuando el nuestro abandona el Malecón y toma un atajo que lo lleva al Paseo del Prado y más allá…

¡Ese paisaje! ¡Esa ciudad! ¡Esas gentes! La velocidad del vehículo en que viaja la cámara, el cielo plomizo, el aire a pasado que se respira por todos lados, las mujeres orondas que asoman aquí o allá.

La Habana… Alguna vez yo viví allí.

(Recomiendo verlo en función “pantalla completa”.)

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Doce minutos después, ya se habrán llevado al muerto

- 07/05/11
Categoría: Urbanas | Etiquetas:
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Algunos lectores recordarán aquel post de hace poco menos de medio año dedicado a un pobre hombre «atrapado» en el exterior de un cajero automático. El de La Caixa en la calle Escorial con Fraternitat.

Pasamos por delante cada noche Bruno y yo. Y venimos de hacerlo.

Ahora había tres policías en la puerta y un cuarto junto a una de las dos patrullas, hablando por la radio.

Adentro, al fondo, el cadáver de un indigente.

Bruno se abalanzó sobre los policías no más verlos. Dócil ataque, claro, que a Bruno le gusta más la gente que lo que a Michael Jackson le gustaban los niños.

Dos de los policías se acuclillaron para jugar con el perro. Con el tercero, más circunspecto, quise asegurarme.

—Está muerto, ¿no? —le pregunté mirando al cuerpo tumbado sobre cartones entre dos cajeros de color amarillo pollito.

—Es cachorro, ¿no? —preguntó uno de los acuclillados, antes de que el otro me respondiera que sí, que el tipo era fiambre.

Me maravilló la geometría de la escena. No la geometría moral, que en esa los roles habría que asignarlos con otras mañas, porque todos se quieren hipotenusa. La mera geometría que reunía al cadáver, al perro, a los cuatro policías y a mí: ellos uniformados; yo en sandalias, con la camisa del mismo color que la tez del muerto, en la pendiente de una calle que a estas horas desanda gente sin rostro.

Tres árboles y el doble de minutos más allá, Bruno adoptó gimnástica postura de cagar. Me di la vuelta mientras extraía del bolsillo la bolsa de nylon perfumada con la que recoger las heces. A la espera del juez o la ambulancia o lo que llamen en tales circunstancias, y de espaldas al muerto, los policías —los cuatro ahora—, nos miraban. Y sonreían.

Sentí un súbito escalofrío al que Bruno no fue ajeno. No sé él, inocente, pero a mí se me ocurrió que inmersos en ciertos roles adjudicados por caprichosos —¿o debo decir «azarosos»?— trazos sobre la regla que dibuja el paisaje, o eres policía o eres fiambre.

Y corrimos ambos a echarnos aquí en casa. Él sobre la alfombra; yo, sobre estas teclas.

A buen resguardo ahora, Bruno es un simpático perrito y yo un tipo que junta palabras. Doce minutos después, ya se habrán llevado al muerto.

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Medicina preventiva

- 14/04/11
Categoría: Urbanas | Etiquetas:
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Hoy entré a comprar cigarrillos en el estanco de la calle Ramón y Cajal y me di de bruces con una joven mulata que juraría es la mujer más bella que he visto en mi vida. Una de esas mujeres por las que uno se siente dispuesto a abandonarlo todo de golpe —¡todo!— con solo mirarles a la cara. Era un ángel. De pie junto a una suerte de atril, ofrecía a los clientes no sé qué nueva versión de qué sé yo qué marca. Los ángeles también venden cosas. Le sonreí como mejor pude, disimulé esa mezcla de «temor y temblor» que sobreviene a la súbita exposición a lo sagrado y le di las gracias y la espalda.

Abandoné el estanco, volví a casa dando un rodeo y tan solo cuando asomé a mi calle reparé en que iba cojeando. A veces la belleza es tan contundente que hiere, y duele.

En ese sentido, el niqab sería una suerte de fármaco.

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