Fe de vida

- 28/11/11
Categoría: Viajes
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Doy fe de vida, después de unos días de ausencia porque lo han sido de mucho trasiego.

Anoche llegué a Isfahan después de cuatro intensas jornadas en Teherán. De Isfahan, ya saben, los persas decían que era la mitad del mundo. Aquí estaré hasta que tome el camino más al sur, a Shiraz, que fue la cuna de la poesía persa por razones con las que no los aburro ahora.

Dos fotografías, a falta de transmitir lo intransferible, que son las voces espléndidas de tanta gente aquí:

1) Esta manyana en la plaza Naqsh-e Jahan, algo que se traduce como “la imagen del mundo”:

2) Unos encantadores muchachos que me regalaron algo de su tiempo en una casa de té en el bazar de Isfahan:

(En ambos casos, discúlpenme la escasa calidad. Se trata de fotografías tomadas con el teléfono. Muy probablemente me animaré a subir un album a mi regreso con otras imágenes y otras calidades.)



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    De camino a Oriente

    - 24/11/11
    Categoría: Viajes
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    North and West and South up-breaking !
    Thrones are shattering, Empires quaking ;
    Fly thou to the untroubled East,
    There the patriarchs’ air to taste !
    What with love and wine and song
    Chiser’s fount will make thee young.

    El año termina viajero y estaré fuera de casa otra semana larga. Es poco probable que actualice este blog en esos días, aunque quién sabe. Tal vez deje caer alguna que otra fotografía. Va y algún comentario escrito al vuelo, porque entre avión y avión, que me esperan unos cuantos. Parece improbable que algo más.

    Aquí nos vemos a la vuelta, si no antes. Sean felices y deséenme suerte.



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      (Variaciones sobre el tema): “Eloi, Eloi, lema sabachthani”

      - 07/10/11
      Categoría: Viajes
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      Dios mío, en esta playa solitaria mucho más amplia que una minúscula franja de arena de Key Largo, ¡gracias por haberme abandonado!



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        Cosas cubanas

        - 04/10/11
        Categoría: Exilio, Viajes
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        Hace unos días aterricé en Barajas, Madrid, en avión que partió de Barcelona. El vuelo era de esos que llevan al hub que es Barajas a pasajeros que se disponen a tomar vuelos a distintos puntos de América y el Caribe. Los había que viajaban a Cancún y Managua, La Habana y San José, Santo Domingo y Miami. Y más.

        Al aterrizar y antes de que abrieran la portezuela del avión, nos levantamos a sacar el equipaje y tomar turno en la cola para abandonarlo. Ahí nos encontramos cara a cara, y a apenas un metro de distancia, con los pasajeros que viajaban en los asientos anteriores a los nuestros, una pareja, ambos sobre los treinta anyos. Por lo visto, nos habían oído conversar durante el vuelo, y ella preguntó, todo sonrisas:

        ―¿Ustedes también viajan a La Habana?

        ―No, a Miami ―respondí, como la cosa más natural del mundo. Que lo es.

        ―Ay, disculpe… ―me respondió la muchacha, con circunspección fuera de lugar y escondiendo la sonrisa en el bolsillo. Su acompanyante viró la cara, visiblemente incómodo.

        M. y yo nos miramos. Ella con esa mirada de reproche que bien conozco. Injustificado, esta vez también.

        Pasó un minuto. O minuto y medio. Ya tocaba bajar del avión.

        ―Ustedes sí van a La Habana, ¿no? ―pregunté.

        ―Sí ―sin entusiasmo.

        ―Ay, qué rico ―les dije―. Qué envidia me dan: pásenselo muy bien, oigan.

        Entonces se miraron ellos. Iban a decir algo. No lo hicieron. Ni las gracias me dieron.

        La escena, brevísima, de cuatro cubanos que se encuentran en un avión que conduce a dos de ellos a Miami y a otros dos a La Habana fue espesa como el plomo.

        Me interesa menos el por qué que desentranyar cuán sinceros fuimos los cuatro. Con nuestras palabras, nuestros gestos y nuestros silencios. Descubrir quiénes éramos, somos, los genuinos poscubanos, si ellos de camino a La Habana o nosotros de camino a Miami.

        A veces no sé muy bien qué hacer con estas cosas (todavía) cubanas.

        Pero sé, si algo, que prefiero pensarlo aquí, tan al norte de La Habana, pero tan cerca de ella, como para que la pregunta aún nos concierna a los cuatro.



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          (Poscomunismo): Dos escenas moscovitas

          - 28/09/11
          Categoría: Poscomunismo, Rusia, Viajes
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          Acabo de regresar de un viaje a Moscú. Más que entretenerlos con asuntos políticos como hice en artículo para El Nuevo Herald en julio pasado y que podría repetir ahora letra a letra, verificado ya el ponte tú que me pongo yo protagonizado el sábado por Putin y Medvedev, comparto dos escenas. Sirven para imaginar a Rusia desde la anécdota, ese asomo inconstante de la realidad.

          1) Por asuntos a medias profesionales, a medias sentimentales, me interesaba aprovechar el viaje para visitar la Casa-Museo de Alexander Herzen, el liberal ruso del s. XIX víctima del destierro y el exilio bajo el zar Nicolás I.

          Había escollo parecía que insalvable: el museo fue cerrado el año pasado para una reforma general y su reapertura se anuncia para el 2012, en ocasión del 200 aniversario del natalicio del ensayista. Unas gestiones me permitieron hacerme con el número de teléfono de una responsable del museo. La llamé y le expliqué en poco más de tres minutos por qué me interesaba entrar a esa casa y pasearme por sus salones. Una hora más tarde me recibieron ella y la investigadora principal del museo en el edificio en reformas. Sorteando escaleras y latas de pintura, me regalaron una visita absolutamente fantasmagórica. En un edificio con las paredes desnudas y con la ayuda de un catálogo editado hace veinte años, me mostraron el museo que fue y me describieron el que será.

          He visitado muchos museos en mi vida, pero es probable que no haya visto antes con tanta claridad una colección como la que no vi, pero imaginé, en la casa de Herzen.

          Toda Rusia es un poco así de gogoliana. Es la imaginación dando vida a los fantasmas.

          (Fotografía: En compañía de dos responsables de la Casa Museo de Herzen en Moscú.)

          2) Acudo a una reunión con un personaje muy importante en la vida política y empresarial de Moscú. Tan importante que me dispensarán omita aquí su nombre, dada la naturaleza de la anécdota. Cuando abandono su despacho me tropiezo en la antesala –la cosa era puro Chéjov-, a tres peticionarios que iban a ser los próximos en ser recibidos. Trajes de políticos de provincia, cabezas gachas, cuerpos contrahechos por la humillación y una cesta de flores de metro y medio de diámetro. Una ofrenda al gran jefe a quien acudían en busca de algún favor. Me entretengo en la antesala a la espera de unos papeles que firmar y los tipos entran al despacho del jefazo. Unos instantes después se escucha gritar al anfitrión:

          —¡Saquen de aquí estas flores!

          Su ayudante corre a abrir la puerta del despacho y alcanzo a ver la mesa en la que nos habíamos reunido. En torno a ella, los tres visitantes y el político. Toda la mesa ocupada por la inmensa cesta que no les dejaba verse las caras.

          La muchacha se vuelve hacia una suerte de antesala de la antesala donde esperaban sendos guardaespaldas de dos metros de estatura y hombros como robles.

          —¡Saquen de aquí esa cesta! —clama.

          Los guardaespaldas entran a la carrera, las manos en la sobaquera, me rodean y uno grita con voz ronca:

          —¿A quién sacamos? ¿A este? —”Este” era yo.

          —No es «a quién», sino «qué» —les aclara la ayudante en frase que suena encantadora en ruso—. ¡La cesta! ¡La cesta es lo que tienen que sacar de aquí!

          Por un instante se me ocurrió que pudieron haberme pegado un tiro.

          También eso es Rusia. Un guión escrito en el s. XIX, un mar de gestos soviéticos y un decorado poscomunista.



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            Corea del Norte, el arte y la hospitalidad del comunismo

            - 30/06/11
            Categoría: Agua corriente, Arte, Viajes
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            Leo (via Tersites Domilo en Facebook), que el gobierno de Corea del Norte ha decidido cerrar las universidades por un período de diez meses. Se disponen a enviar a todos los estudiantes a reforzar fábricas y granjas agrícolas para “reconstruir” el país.

            Uno tiene que sofocar la carcajada, porque hay millones de jóvenes en ese país a los que la idea no les arranca ni puñetera sonrisa.

            Hace más tiempo del que me gustaría, tuve la oportunidad de pasar cinco semanas en Pyongyang. Alguna vez me he referido aquí a ese viaje, la última en este post, donde pedía misil al cogote de Kim Jong Il.

            No he conocido jamás otro lugar, aun cuando viajé asiduamente por los países de Europa del Este antes de la caída del Muro de Berlín y he vivido en Cuba y la URSS, donde el totalitarismo fuera una marca tan visible y por lo mismo odiosa.

            Les anoto cómo transcurrió la única de las visitas que pude hacer en aquellas semanas de acuerdo al protocolo establecido por el gobierno coreano.

            Regía entonces allá, hablo de 1987, una norma que nada me hace pensar que haya sido revocada. A saber, todo visitante extranjero debía comunicar por escrito al Ministerio de Asuntos Exteriores los lugares que deseaba visitar. Recibida la lista, las autoridades la aprobaban o no y enviaban las invitaciones con día y hora para las mismas.

            Confeccioné con la ayuda de mis anfitriones allí la lista de marras. Esta incluía una docena de museos, lugares históricos y, cómo no, el paso fronterizo de Panmunjom, ese monumento vivo a la Guerra fría.

            Días más tarde recibí la «invitación» a visitar el primero de los lugares: el Museo de la Revolución coreana, o algo semejante.

            Allí me presenté a la hora señalada y me esperaba una hermosa joven que hablaba un español impecable. Era la guía que me acompañaría durante la visita. Antes de comenzarla, me invitó a pasar a un hermoso salón dentro del recinto del museo, donde bebimos té, comimos sofisticadas pastas e intercambiamos las frases propias de situaciones semejantes. A una pregunta mía, la joven respondió que había aprendido español en una de las magníficas universidades de Corea del Norte y me aseguró que el Gran Líder Kim Il Sung, todavía vivo, sentía un desvelo particular porque los jóvenes coreanos conocieran todas las lenguas y culturas del mundo. A ello siguió un cuarto de hora de ensalzamiento del padre de todos los coreanos, hombre noble y generoso, sabio y sensible, etc.

            Comenzamos la visita. Aquello como pueden imaginar era un templo del culto a la personalidad del déspota. Enormes cuadros llenaban salones y más salones con estampas de la vida y obra del Gran Líder. Mi cicerone me iba explicando las escenas una a una con la voz rota por una emoción que me parecía tan falsa como todo aquello.

            Una hora más tarde, ahíto de la grandeza y el heroísmo de Kim Il Sung, creí llegado el momento de hacer alguna pregunta. Y transcurrió un breve intercambio más o menos como el que sigue, ya despidiéndonos. Y créanme, no exagero ni un ápice. No anoto los nombres de los pintores, porque no los recuerdo.

            —Me llama la atención —le dije— la homogeneidad de la pintura coreana. Apenas se advierte influencia alguna de la pintura occidental. ¿Acaso los pintores coreanos no se interesan por las artes fuera de Corea del norte?

            —Nuestros pintores al servicio del pueblo, fieles seguidores de la inspiración de nuestro Gran Líder Kim Il Sung, sienten un profundo desprecio por el repugnante arte del imperialismo norteamericano y el militarismo japonés.

            —Pero a alguno lo habrá tentado alguna vez ensayar algunos de los modos en que se concibe el arte pictórico fuera de Corea, incluso en otros países socialistas.

            —El desprecio que siente todo artista coreano por el imperialismo norteamericano y el militarismo japonés alcanza también a las víboras que empuñan sus pinceles para servir al mercado capitalista del arte.

            —No quiero pensar que sea porque no conocen el arte del siglo XX —insinué.

            —Los artistas coreanos conocen todas las manifestaciones artísticas universales que están al servicio de la paz y la coexistencia pacífica entre los pueblos.

            —Pero, ¿hay exposiciones de arte internacional en Pyongyang?

            —La capital de la República Democrática Popular de Corea acoge numerosas exposiciones de los artistas internacionales más importantes. Por ejemplo, este quinquenio hemos visto retrospectivas del pintor cubano X, el pintor argelino Y y el pintor ecuatoriano Z.

            —Eso no me parece mucho precisamente —le dije. Y le pedí—: Pero dime tú en confianza, ¿qué artistas extranjeros del siglo XX te parecen más interesantes? No sé: ¿Duchamp, Picasso, Dalí?

            —Me he sentido muy conmovida con la obra del pintor cubano X, el pintor argelino Y y el pintor ecuatoriano Z. ¿A usted que le parecen, camarada?

            —No los he oído mencionar en mi vida —admití.

            —Pues, ya ve —me dijo con cierta condescendencia—. Aquí tenemos un conocimiento mucho mayor del arte mundial que el que tiene usted viviendo fuera de la República Popular Democrática de Corea.

            Nos despedimos fríamente.

            Jamás volví a ser convocado por las autoridades coreanas a otra de aquellas visitas, previamente aprobadas. Desgraciadamente, me quedé sin ver Panmunjom.

            Y leyendo ahora la noticia del cierre de las universidades, recordé a aquella muchacha, una privilegiada dentro del sistema de terror de Corea del Norte y aun así una pobre víctima que repetía estupideces, como quien junta sellos de correo.



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