Andrei Filimonov: una entrevista sobre literatura y política en Rusia

- 26/10/18
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Esta entrevista que hice a Andrei Filimonov apareció publicada en Hypermedia Magazine el 24/10/2018. La reproduzco aquí para archivo.

El original en este enlace

 

Entrevista

 

“Los siberianos son gente que perdió el billete de vuelta y se quedó allá para siempre”

Por Jorge Ferrer

 

Andrei Filimonov (1969), novelista, poeta, periodista, es un tipo tan normal que no le hace caso al éxito deslumbrante de sus dos últimos libros: El renacuajo y los santos y Recetas para la creación del mundo. Nacido en Tomsk, en cuya universidad se graduó de filosofía, Andrei lo mismo bucea en el habla vernácula de Siberia —ese mito, ese mundo, esa maldición—, que se lanza, en su última novela, a narrar una saga familiar que atraviesa el siglo XX. No iba a privarme de charlar con él cuando supe que venía por primera vez a Barcelona. Hablamos largo y mucho. Aquí va la cosa acotada, destilada. Samogón se llama en ruso al aguardiente de alambique, al destilado más autónomo. ¡Aquí unos shots!

Me costará convencer a los lectores de Hypermedia Magazine de que esta entrevista con un escritor de Tomsk, en el corazón de Siberia, no será una experiencia fría. ¡Machaquemos el cliché enseguida! ¿Cómo son, en verdad, los siberianos?

Mi abuela nació cerca de Moscú y mi abuelo en Odesa, en la costa del mar Negro. ¿Qué se les perdió en Siberia, donde vivieron cincuenta años? Hasta su muerte, mi abuela no dejó nunca de repetir: “aquí en Siberia todo es distinto a como es en Rusia”. Cuando yo era un niño, me sorprendía mucho esa contraposición y no me percibía como un siberiano. Me parecía que la Unión Soviética era un único país, sin distinciones. Pero mi abuela sí que percibía las diferencias. Decía: “aquí en Siberia no saben guisar, se la pasan comiendo pelmeni todo el tiempo y no conocen más sazón que la sal y la pimienta”. O decía: “aquí en Siberia la gente no sabe hablar”.

Más adelante, cuando crecí, me tocó preguntarme quiénes eran los siberianos en verdad. Y no encontré una respuesta convincente. De manera que acudí a los libros de viaje, a los diarios y las cartas de los deportados a Siberia en tiempos del zar o del poder soviético, y comprendí entonces que desde su punto de vista los siberianos sí que somos singulares. Por ejemplo, los siberianos nunca han sido gente muy religiosa y a la iglesia siempre han ido poco. En cambio, eran muy amigos de las peleas callejeras a puñetazos los domingos, cuando los vecinos de dos calles distintas se enfrentaban cara a cara y boxeaban hasta que se les agotaban las fuerzas. En un diario de Siberia, encontré un suelto publicado en el siglo XIX que decía: “Esta semana ha habido puñetazos en Tomsk, como es habitual: se han pegado en la calle, se han pegado en las casas, se han pegado en los billares y se han pegado en los bares…”.

También merece destacarse el conservadurismo gastronómico de los siberianos: no les gusta llevarse alimentos extraños a la boca. Yo mismo, siendo un niño, rechazaba plátanos, piñas y demás manjares exóticos. Esa sencillez en el paladar es la que probablemente conduce a la simpleza con que abordan la vida, una vida que desconoce los matices tanto como la cocina siberiana desconoce las especias.

He ahí el por qué los personajes de mi primera novela, El renacuajo y los santos, vecinos de una aldea situada en los confines del mundo, hablan una lengua sencilla, pero rica y pródiga en imágenes, a la vez que tienen fe en los milagros, mientras se resisten bastante a creer que exista un mundo más allá de los límites de su aldea.

Andrei Filimonov (1969), novelista, poeta, periodista, es un tipo tan normal que no le hace caso al éxito deslumbrante de sus dos últimos libros: El renacuajo y los santos y Recetas para la creación del mundo.

Los siberianos no existen en realidad. Lo que hay es gente que perdió el billete de vuelta y se quedó en Siberia para siempre. Así son los siberianos, por describirlos en pocas palabras.

Alguna vez dijiste que todos los escritores que te interesaban en la infancia acababan publicados en el samizdat, el sistema alternativo de publicación de textos prohibidos por la censura soviética que circulaban de mano en mano. Eso hace pensar que tu gusto y el de los censores transcurrían por vías paralelas. ¿Cómo fue, Andrei, el camino que condujo al niño que fuiste, un niño crecido en una ciudad provincial de Siberia, a la creación literaria?

De joven, soñaba con ser solista de un grupo de rock. No sabía tocar ningún instrumento musical, pero suponía que eso no era un obstáculo. Porque pensaba que lo más importante eran los versos. Y me puse a escribir las letras de las canciones que tocaría un grupo de rock que solo existía en mi imaginación. Después, poco a poco, me fui encontrando con otros poetas y comprendí que leer versos delante del público no es en modo alguno diferente que cantarlos en un concierto de rock.

Mucho más tarde, desde Siberia, creaste el festival itinerante de poesía PliasNigde, cuyo nombre reúne la palabra francesa place, “lugar”, y la rusa нигде, “en ningún lugar”.

Un festival magnífico, sí, que se materializa de repente en una u otra ciudad y después, con la misma velocidad, se esfuma. En los últimos siete años PliasNigde se ha materializado en San Petersburgo y París, en Frankfurt y Berlín.

Has trabajado como periodista en un canal local de Tomsk. ¿Qué temas te interesaba tratar más? Por cierto, resulta bastante evidente que ese trato frecuente con la gente sencilla que habita la periferia de un antiguo imperio es la base sobre la que se yergue tu primera novela: El renacuajo y los santos.

Cuando trabajaba como reportero, me gustaba salir a hacer trabajo de campo, alejarme lo más posible de la civilización, ir allá donde acaban los caminos. En una ocasión, me fui en pleno invierno a una aldea habitada por los selkupí, que son una tribu aborigen que lleva viviendo en Siberia desde antes de la llegada de los rusos. Gente que vive de la pesca, se abriga con pieles de enormes lucios y todavía hoy se ufana de su independencia. Antes de emprender viaje, llamé por teléfono al principal de la aldea. Y me dijo: “¡Muy bien! Limpiaremos el camino cuando venga llegando”. En los inviernos de Siberia, si no limpias un camino, la nieve lo hace impracticable en dos o tres días. Y los aborígenes se aprovechan de ello para librarse de visitantes indeseados. Pero a mí me dejaron entrar y pasé una semana en una suerte de isla descolgada de la civilización. Es por momentos como esos que vale la pena dedicarse al periodismo.

Un día se produjo el momento crucial en que decides abandonar la práctica del periodismo y dedicarte a escribir novelas. Algo que no sucedió sin la participación de Putin, porque al canal de televisión donde trabajabas le retiraron la licencia y dejó de emitir. Por cierto, ¿qué tal vive un periodista en la Rusia de Putin?

Los periodistas en Rusia se pegan una vida padre. Sobre todo, los que trabajan para el canal Russia Today, RT, y cuentan lo estupendamente que se vive bajo Putin. Los demás periodistas, los que no se conforman con ese retrato de la realidad, todavía están en libertad. Y, en ocasiones, hasta consiguen encontrar trabajo, aunque lo desempeñen en calidad de “agentes enemigos”. Yo mismo, por ejemplo, colaboro con Radio Svoboda (servicio en lengua rusa de Radio Free Europe/Radio Liberty), considerada oficialmente un agente enemigo. Radio Svoboda tiene el proyecto Sibir-Realii para el que escribo. A los lectores de ese portal les interesa sobre todo el tema de la represión estalinista. Y como sabes, todos los represaliados acababan dando con sus huesos en Siberia. Por eso escribimos constantemente sobre el Gulag, el destierro y la deportación de pueblos enteros en los años de poder soviético.

“En la Unión Soviética no había órgano más importante que el hígado. Costaba horrores soportar la realidad circundante. Una realidad que solo tenía dos colores: el gris y el rojo”.

En los años treinta, en Siberia ocurrieron cosas increíbles. La URSS estableció los pasaportes en 1931. Y a partir de entonces la policía política comenzó a dar caza en las calles a gente que carecía de documentación y la deportaba a Siberia. Toda esa gente fue llevada a una isla en medio del río Ob y dejada allí a su suerte. No tenían qué comer, ni techo que los guareciera. Vagaban por la isla en busca de comida hasta que los más desesperados comenzaron a practicar el canibalismo. De las seis mil personas desembarcadas en la isla, apenas sobrevivieron unas dos mil. Y ese es solo uno de los múltiples ejemplos de los crímenes del régimen de Stalin.

En tu último libro, Recetas para la creación del mundo, escribes: “Pero yo no juzgo a nadie. Y no recomiendo a otros que lo hagan. ¡Prueben ustedes a nacer bajo Lenin, sobrevivir a Stalin y envejecer al son de los mugidos de Ilích-2! No le podemos exigir a toda una generación que se comportara como lo hizo el académico Sajarov”. ¿Cuál es tu visión del pasado soviético? Conoces lo que dijo Putin respecto a ese período de la historia de Rusia: “Quien no lamente la disolución de la URSS carece de corazón, pero quien pretenda restablecerla tal como era, lo que no tiene es seso”. Tú, Andrei, ¿cómo tienes los órganos?

En la Unión Soviética no había órgano más importante que el hígado, porque los soviéticos estaban obligados a beber mucho. Porque de lo contrario, estando sobrios, costaba horrores soportar la realidad circundante. Una realidad que solo tenía dos colores: el gris y el rojo. Edificios grises, gente vestida con ropas de color gris, el gris asfalto bajo los pies. Y todo ese paisaje salpicado por todos lados de pancartas rojas. Casi no había edificio de cuyos muros no colgara una pancarta con alguna frase de Lenin o Brezhnev. Imagínate ese panorama y también tú querrás ponerte a beber vodka hasta perder la consciencia.

Uno de los mejores libros rusos del siglo XX lo escribió Venedikt Yeroféyev y se titula Moscú-Petushki. Cuenta la historia de un hombre que despertó en Moscú con una resaca tremenda en el vestíbulo de una casa que no era la suya, y encaminó sus pasos a la estación de ferrocarril para visitar a su amada en el pequeño poblado de Petushki, a apenas hora y media de viaje en tren suburbano. Pero el protagonista de la historia consume tanto alcohol durante el trayecto que su viaje adquiere una dimensión épica, como el regreso de Odiseo a Ítaca. Evidentemente, Moscú-Petushki fue prohibido por la censura soviética, como tantos otros libros que ofrecían un retrato veraz de la vida cotidiana en la URSS.

Después de algunos años de “literatura de la perestroika”, últimamente se aprecia en la literatura rusa un enfoque distinto del pasado, un enfoque más sofisticado y más fructífero en términos de creación literaria. El convento, de Zajar Prilepin, o Zuleija abre los ojos, de Guzel Yájina, son dos buenos ejemplos de ello. Por otro lado, vemos en Rusia la restauración de monumentos a Stalin o cómo suben los índices de percepción de la personalidad de Stalin y el estalinismo, gestos que apuntan a una peligrosa desmemoria. Francamente, el hombre postsoviético me horroriza a veces…

El hombre postsoviético que habita la Rusia de hoy tuvo que sobrevivir al trauma de la demolición del mundo que conocía. Con la perestroika y después, tras la disolución de la URSS, aparecieron muchos libros, artículos de prensa y películas que describían la realidad soviética como una suerte de pesadilla total controlada por el KGB. Lo que los medios de comunicación estaban diciéndole a toda esa gente era que habían vivido su vida por gusto. Les dijeron que todo aquello en lo que habían creído era mentira. Y hubo mucha gente que se negó a aceptar ese retrato del pasado. Probablemente, eso explique la popularidad de Putin, que fue capaz de devolverles el mito de un gran país.

Con su Make America Great Again, Trump no hace más que repetir la retórica propagandística que usa Putin. Lo cierto es que la gente no está cómoda con la realidad y se siente agradecida a quien le cuenta un cuento de hadas geopolítico sobre una gran potencia, un poderoso imperio que domina la tierra, el cielo y el cosmos.

Tanto El renacuajo y los santos como Recetas para la creación del mundo han concitado el interés de la crítica e integrado las short-lists de prestigiosos premios literarios. ¿A qué huele el éxito, Andrei?

Pues no sé qué responder a eso, la verdad. Hay un montón de desconocidos que de repente te elogian o te riñen, te llaman genio o te tildan de psicópata. Es fácil ceder a las emociones que todo ello provoca, de manera que huyo de ellas: no leo las reseñas de los críticos, porque tanto las elogiosas como las derogatorias inflan el ego del escritor. Y mientras más grande es ese ego, más duro resulta escribir.

De contra:

En la fotografía, tomada en el restaurante Rilke en agosto de 2018, Andrei Filimonov y Jorge Ferrer

 

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Acerca de la literatura contemporánea en Rusia

- 21/03/18
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Recojo aquí para archivo este oportuno reportaje de Paula Corroto, donde comento varios aspectos de la situación de la literatura en la Rusia de hoy. El texto apareció publicado originalmente en el diario El País el 18/03/2018. Véase la edición original.

Los escritores de la era Putin

Un repaso a una realidad literaria en la que las subvenciones tratan de impedir que no decaiga la calidad y las traducciones buscan influencia en el extranjero, pero donde la crítica es residual

Paula Corroto / El País, 20 de marzo de 2018

 

Rusia es una de las madres de la literatura contemporánea. De su seno han surgido nombres que no pueden escapar al canon como Pushkin, Chéjov, Dostoievski, Tolstoi o Nabokov, sólo por citar cinco grandes nombres. Y los rusos lo saben. Sus libros son una buena marca del país, por lo que no extraña que en los últimos años hayan llegado a las librerías españolas —traducidos por una buena generación de traductores— un gran número de nuevos escritores, nacidos en su mayoría a partir de los años setenta, que llegan además con muchos premios literarios bajo el brazo. Galardones que, como afirma el traductor Jorge Ferrer, “son garantía de calidad extraordinaria, a diferencia de lo que nos sucede en España, donde los premios literarios, con salvedades, carecen de un verdadero prestigio literario. En Rusia, donde la corrupción y el dirigismo lo permean todo, esos premios, hasta donde yo sé y veo y leo, permanecen aferrados a la pureza, al empuje de descubrir los trazos de un canon e ir fijándolo. Como si los rusos supieran que todo se puede pudrir, menos la literatura, que todo se puede corromper, menos la estatura que tiene la literatura rusa desde el siglo XIX en adelante”.

¿Las subvenciones anulan la crítica política, social? No del todo, aunque la voz contra el putinismo se alza con cuidado. No sólo han sido los premios. En los últimos tiempos, Rusia decidió dotar de buenos fondos a la traducción. Es la manera de que su voz pueda atravesar las fronteras de este país gigante. Así lo reconocen, además de Ferrer, otros traductores de este idioma como Marta Rebón, o la editora Lucía Barahona, de Automática Editorial, un sello donde más de 60% de sus autores procede de este país. “El gobierno ruso creó un instituto de la traducción y han dado muchísimas ayudas. Sobre todo hace unos años. Fue una partida que hubo, y muchas de las obras que nos han llegado últimamente, también los grandes clásicos, proceden de estas ayudas. También hay un organismo autónomo, el Instituto Projorov, que ha dado mucho dinero y nos ha ido premiando a los traductores”, sostiene Rebón. “Sí, desde hace unos años el gobierno ruso está metiendo mucho dinero a la traducción y también a los escritores. De hecho, hay gran cantidad de de blogs con gente que está siguiendo a este nuevo universo de literatos. Y nosotros nos fijamos mucho para ver qué es lo que sale de ahí”, añade Barahona.

¿Las subvenciones anulan la crítica política, social? No del todo, aunque la voz contra el putinismo se alza con cuidado. Como señala el traductor Ferrer, “hay de todo como en botica. Zajar Prilepin se ha ido a la guerra en Ucrania del lado ruso; Guzel Yájina prefiere no hablar de política. La gran dama de la literatura rusa Liudmila Ulítskaya sí se ha convertido en una voz fundamental de la oposición liberal al putinismo y ha sido hostigada por ello. También la bielorrusa y Nobel Svetlana Aleksiévich, cuyo último libro El fin del homo sovieticus, que traduje para Acantilado, generó una polémica enorme en Rusia, nada favorable a ella. En la subdemocracia o democracia de baja intensidad que es Rusia, el rol del intelectual vuelve a ser aquel de consciencia y elocuencia de la sociedad que quería Foucault”. Rebón, por su parte, indica que al hacer su trabajo, jamás ha tenido un problema de censura, “y en el mundo de la literatura promocionan a gente que también ha sido muy crítica con el gobierno”.

Precisamente, entre estos ejemplos, la editora Lucía Barahona cita Exodo, de DJ Stalingrad, (Automática, 2015), que retrata la Rusia del nuevo milenio donde la URSS ya sólo queda como un mero recuerdo, y “aunque no menciona a Putin, sí está todo englobado dentro del capitalismo y neoliberalismo brutal del país. Cuenta cómo está la juventud allí, que quiere hacer otra cosa que no sea dentro de ese sistema neoliberal”.

Las nuevas temáticas: distopías, guerra y pasado sofisticado

De alguna manera, las narraciones distópicas ayudan a retratar una actualidad con la posibilidad de evitar censuras. Y este es un género que también está pegando fuerte en la Rusia actual (y que llega a España). Son autores como Anna Starobinets (Refugio 3/9, Nevsky, 2015), Vladímir Sorokin (El día del opríchnik, Alfaguara, 2008), Dmitri Glukhovsky (Metro 2033, Timun Mas, 2013) o Andrei Rubanov (Clorofilia, Minotauro, 2012). Para Barahona, esto se debe a que después de la caída de la URSS “se vivieron momentos difíciles por lo que no es extraño mirar otros universos donde las cosas pudieran ser al menos diferentes. Si conviertes algo en una distopía puedes poner un punto de partida diferente, uno que tú construyes y el lector acepta”.

Desde el Centro Ruso de Ciencia y Cultura, en Madrid, encargado de las actividades para promocionar la cultura rusa, Natalia Sarymova también comenta que esta es una de las tendencias más actuales. “Son historias terribles donde se desarrollan acontecimientos. No se sabe si pretenden asustar o quitar el miedo. También se habla del control de las redes sociales. El razonamiento sobre la corrección política y la tolerancia: ¿pueden indicar el comienzo de la destrucción de la humanidad? Indudablemente este género de literatura va a continuar. Las catástrofes y las historias macabras tienen larga vida”.

Otras temáticas son las guerras y la mirada al pasado, al estalinismo. Sobre la primera Sarymova afirma que es cierto que han aparecido “novelas muy duras y al mismo tiempo filosóficas” sobre la guerra y la cárcel con personajes en situaciones inhumanas. Un buen ejemplo es Patologías, de Prilepin, que aborda su experiencia personal en Chechenia. Sobre la mirada al estalinismo, Jorge Ferrer comenta que ahora es mucho más sofisticada que en años posteriores al régimen soviético, cuando tuvo un marcado carácter de denuncia. “En este caso destacan las novelas de Yájina, Zuleija abre los ojos y El Convento, de Prilepin: el estalinismo visto como espacio sometido a la literatura y no como cárcel que sometió a los literatos. Es un cambio de perspectiva extraordinario”, afirma el traductor.

Los nuevos escritores seguirán llegando a las librerías. En parte por el dinero ruso, aunque “la crisis económica en Rusia, que ha sido severa y de la que apenas comienzan a salir, ha golpeado los fondos de los que se nutren esos proyectos”, admite Ferrer; pero también porque en España hay una buena cantera de traductores, como sostiene Marta Rebón: “A raíz de los estudios de Filología Eslava salieron muchos. Y dentro de diez años tendremos emigrados, los hijos de los rusos de la Costa del Sol, y vamos a tener a hijos de rusos que dominan perfectamente el español y esto se notará en las librerías, porque buscarán libros que les hablen de sus países de origen”. Y Rusia, además, seguirá haciendo marca de país con su literatura.

RUSOS A LOS QUE SEGUIR LA PISTA

Guzel Yájina (Kazán, 1977). Ganadora del premio Booker ruso por la novelaZuleija abre los ojos, de próxima publicación en Acantilado. Se trata de una relectura del estalinismo, concretamente de la deportación de los tártaros a Siberia por Stalin.

Zajar Prilepin (Oblast de Riazán, 1975). Autor de novelas comoPatologías (Sajalín, 2012), en la cuenta su experiencia personal en el guerra de Chechenia. Próximamente se publicará El convento, una aproximación al Gulag.

Gary Shteyngart (San Petersburgo, 1972). Ha publicado en España las novelas El manual del debutante ruso(Alfaguara, 2010), Absurdistán (Alfaguara, 2008) o Pequeño fracaso(Libros del Asteroide, 2015) en el que rememora su infancia en la URSS.

Alisa Ganiyeva (Moscú, 1985). Ha obtenido varios premios y en Rusia se la considera una de las grandes apuestas literarias de las nuevas generaciones. Es autora de novelas como La montaña festiva (Turner), un retrato realista del Daguestán actual.

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