Barcelona, y los turistas del MGIMO

- 23/08/10
Categoría: Urbanas | Etiquetas:
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Hoy me reuní en Barcelona con tres excondiscípulos. A primera hora de la noche terminamos celebrando en la terraza de Casa Fuster ―la mejor de la ciudad― lo que nos convocaba: los veinticinco años transcurridos desde aquel día de otro mundo en que nos matriculamos en el Instituto Estatal de Relaciones Internacionales de Moscú (MGIMO).

Dos de ellos y sus familias venían por primera vez a la ciudad ―uno lo hizo desde Bruselas; el otro desde Moscú; (el tercero viajó desde Praga, pero no era su primer viaje acá)― y ello me obligó a enseñarles ciudad por la que camino cada vez menos, más allá del perímetro de Gràcia.

Ya saben: rodear el adefesio que es el Templo expiatorio de la Sagrada Familia y contar la historia de Antoni Gaudí, ese personaje de Chéjov sin Chéjov que lo retratara; atravesar el Eixample y vindicar la obra de Ildefons Cerdà, un tipo que me cae de puta madre; pasear por el Barrio Gótico callándome que es una invención moderna de bastante mal gusto; admirar las columnas del Templo de Augusto escondidas en un patio de luces; detenernos en la Plaza San Jaume y dedicar cinco minutos a la conspicua política de esta región de España; asomarnos a la Plaza Real, ¡asco de plaza!; subir por las Ramblas cuidándome de que mis invitados no fueran robados; comer en el Qu & Qu de Passeig de Gràcia ―me pareció apropiado para quienes paseábamos con seis niños pequeños y acerté― y subir por fin a los Jardinets de Gràcia para acabar rindiéndole pleitesía al Marqués de Cáceres con el mar al fondo, el Tibidabo a la espalda y el cielo al alcance de la mano.

Fui turista por un día, pues. Que también lo es hoy un cicerone. ¡Y de qué amigos!

Esta ciudad jovial que se parece más a, no sé, Arenys de Mar o Sitges que a una capital de provincia no está mal, oigan. ¡Hasta buen equipo de fútbol tiene!

Esta preciosa maqueta que sabe esconder sus mentiras sin los sobresaltos de Emma Bovary observa con codicia los avioncitos que buscan –uno tras otro― el camino de El Prat. No es una ciudad: es una gran alfombra que cubre sus miserias. ¡Con cuánto mimo lo hace, madre mía! ¡Con qué eficacia!

Bien pensado, va y me animo a volver a vivir aquí.

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