«Nos ha dejado sin nada. Con la nada…»

Jorge Ferrer - 07/06/10
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Traudl Junge fue una de las secretarias de Adolf Hitler. Y fue ella la encargada de tomar al dictado el testamento de su jefe, dos horas antes de que éste se suicidara.

Junge, quien sentía un apego personal por Hitler que le era correspondido, recuerda la sensación que le produjo escuchar el testamento del hombre que había arrastrado a Alemania a la ruina y la devastación. Gitta Sereny lo anotó:

«En ese momento creí que sería la primera persona sobre la faz de la Tierra que entendería por qué fue necesario todo aquello; que diría algo que lo explicaría […], que lo justificaría todo, que nos enseñaría algo, que nos dejaría algo. Pero entonces, Dios mío, cuando empezó a dictar la lista de ministros que designaba para suceder a su Gobierno, de forma tan grotesca, pensé (sí, recuerdo que ya lo pensé entonces) qué poco digno era todo aquello. Volvió a repetir las mismas frases, con el tono tranquilo habitual en él, y, para finalizar, volvió a emplear aquellas terribles palabras para referirse a los judíos. Después de toda aquella desesperación, de todo el sufrimiento, ni una sola palabra de compasión o de dolor. Recuerdo que pensé: “Nos ha dejado sin nada. Con la nada (Ein Nichts)”».

Sus palabras son extraordinarias y me imagino serán semejantes a las que nos confiarán quienes registren las últimas voluntades de los hermanos Castro. O de cualquier dictador que conduzca a su país a la ruina. Porque, ¿qué legado dejan después de años persiguiendo una utopía siniestra? La nada.

Cita: Gitta Sereny, El trauma alemán. Testimonios cruciales de la ascendencia y la caída del nazismo (Barcelona, Península, 2005; tr. de Ana Duque de Vega), p. 369.

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Una entrevista a Ramiro Valdés

Jorge Ferrer - 30/05/10
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¿Que qué leer este domingo? A quien interesen los asuntos cubanos, digo (esta vez).

Recomendaría pasearse con paciencia y ganas por las entrevistas que hizo Tad Szulc en La Habana de 1984-1985 a un amplio número de protagonistas de la lucha contra Fulgencio Batista. Szulc preparaba entonces, con la entusiasta venia del biografiado, su monumental Fidel Castro: A Critical Portrait.

La nómina de entrevistados es larga y es selecta, por decirlo así. Véasela completa aquí.

Más allá del general tono hagiográfico, hay mucho por donde cortar en paño crucial: el cómo Fidel Castro consiguió desmontar la pluralidad de las fuerzas que se enfrentaron a Batista para reducirlas a doctrina y partido únicos. La cifra del totalitarismo cubano se esconde ahí, en los mecanismos ―algunos sutiles, otros nada sutiles― que permitieron aplastar todas las diferencias a favor de una doctrina personalista: el castrismo.

Mucho hay también en relación con lo que Raúl Castro llamaba, le confió Norberto Fuentes a Szulc, «Segunda Guerra Civil», es decir, la resistencia armada al nuevo régimen durante el primer quinquenio largo de revolución.

Aun a quien no interese dedicar tiempo a esa lectura prolija en busca de pistas sobre asunto que creerá resuelto, le recomiendo la extensa entrevista a hombre que no se ha prodigado especialmente concediéndolas: Ramiro Valdés Menéndez.

Ramiro Valdés, a la sazón Ministro del Interior y hoy uno de los tres hombres que deciden, si lo decide alguien, el destino de los cubanos, si alguno tienen. Que alguno tendrán…

Entrevistado, el desperdicio ahora recuperado no tiene desperdicio.

entrevista-ramiro-valdés-tad-szulc

(Hágase click sobre la imagen para acceder a la entrevista.)

Los materiales están disponibles en la magnífica «Cuban Heritage Collection» de la University of Miami.

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«Castrofascismo», «castrocomunismo» y otros ismos…

Jorge Ferrer - 30/04/10
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¿Seré el único a quien repugna esa manía de equiparar al castrismo con los horrores del nazismo? E incluso con los horrores del comunismo soviético o chino.

El asunto parece materia para Álvarez Guédes, francamente.

Chiste de cubanos a los que el castrismo les parece poco y quieren más, que los cubanos siempre son «los más». En realidad lo parecería si no fuera porque tratamos con millones y millones de muertos. Con millones y millones de víctimas de los Lager y el Gulag.

Pero eso es lo que hay.

A algunos castrismo no les parece bastante para denominar al régimen dictatorial que padece Cuba y la ideología caudillista del totalitarismo insular. A la manera de franquismo o estalinismo, por ejemplo. No. ¡Qué va! Le llaman «castrofascismo» o «castrocomunismo», como si el apellido añadiera horror, porque toma otros horrores prestados. Castrismo les parece poquito, y allá van. Todavía no he visto lo de «castropolpotismo», pero supongo que será por prurito de eufonía.

He tenido ocasión de llamarle la atención a quienes abusan de esa hipertrofia de la razón. En uno de los casos alguien se refirió al «Holocausto del castrofascismo» y le avisé que no convenía jugar con esa hipostasis, por falaz. Le mencioné los seis millones de judíos exterminados en las cámaras de gas, más los horrores que padecieron millones de europeos bajo el estalinismo y el nazismo, y le sugerí que concluida la guerra civil en Cuba hacia 1966, la dictadura apenas había asesinado por motivos políticos y mucho menos lo había hecho en masa. De Holocausto, nada, pues.

¡Mamita! ¿Cómo se me ocurrió? Tuve que leer en respuesta a mi aviso que «lo de los judíos no fue nada», ¡sic!, ¡SIC!, comparado con las víctimas del comunismo. Cuando alguien te dice que el exterminio fabril de millones de personas fue «nada», compáreselo con lo que se lo compare, sólo cabe deducir que se trata con un alienado, para llevarlo suave.

Esto de no saber justipreciar el horror del totalitarismo cubano e incurrir en la ridiculez de equipararlo con el nazismo o las prácticas genocidas del estalinismo o el maoísmo no me parece asunto baladí.

No se trata, ojo, de la identidad de los mecanismos de control social implementados por el fascismo, el comunismo o el castrismo, en tanto regímenes totalitarios. Para comprender las prácticas comunes a esos sistemas de coerción y «castigo» bastan, incluso sin aturdir demasiado a la bibliotecaria en la Biblioteca municipal, un buchito de la Arendt, una cucharadita de Foucault y una raspita de Agamben.

Pero, oye, en serio: ¿de veras no se sabe que los hombres de la Gestapo, las SS y el NKVD dispararon a bocajarro, al pecho, la cabeza o la nuca a centenares de miles de ciudadanos día a día, noche a noche, durante años? Lo hicieron en sus casas, en las celdas, en los guetos, en el universo concentracionario, en plena calle; lo hicieron ante las zanjas que los propios condenados cavaban y a las que veían lanzar primero a sus hijos aún vivos…

La cuestión es qué idea del último medio siglo cubano tienen quienes equiparan los grandes genocidios del s. XX con la revolución de 1959. Y de qué servirá esa idea cuando se trata de pensar y se trate de hacer un país futuro. Ésa es cuestión menor, sin embargo.

En realidad, lo que me repugna, lo que me asquea, es el insondable desprecio que esas personas y sus alardes manifiestan por el largo centenar de millones de víctimas del estalinismo, el maoísmo y el fascismo.

¿Será que a falta de genocidio propio estiman que es válido insultar la memoria de los muertos ajenos?

Más: ¿de veras se necesita recurrir a hipérboles improcedentes y odiosas para denunciar lo que hemos soportado y soportamos los cubanos?

Diría que no.

A mí me basta el horror del castrismo sin apellidos para denunciarlo. El de sus fusilados, el de sus presos, la saña con que se trató a los plantados, los muertos en las cárceles y en el mar, las penosas condiciones carcelarias que padecen dos centenares de presos políticos, el dolor del exilio, el acoso a toda forma de disidencia, el ostracismo que padecen los opositores, los actos de repudio y largo et cetera… Pero también: y punto.

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Los Castro, Samaranch y el juego

Jorge Ferrer - 23/04/10
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Leo en relación con el funeral de Joan Antoni Samaranch que no han faltado ofrendas «de jefes de Estado, como el comandante en jefe de la República de Cuba, Fidel Castro». Associated Press también destacó el gesto: «Cuba’s Fidel Castro and Raul Castro paid their respects through one of the growing number of flower arrangements that arrived». También lo hizo AFP y la noticia corrió como la pólvora a encaramarse en millares de diarios y digitales. «Nella camera ardente tanta gente comune e molte corone di fiori, tra le quali quelle del ‘lider maximo’ Fidel Castro e del suo successore alla presidenza di Cuba, il fratello Raul», por ejemplo.

Ha sido una suerte de fiebre de esas que acogotan a la prensa: ¡Fidel le envía flores a Samaranch! ¡Cuánta ternura!

Menos acogida han tenido las declaraciones de Antonio Castro, hijo y sobrino de dictadores, quien se dice «consternado» por la muerte del catalán y ha evocado la relación de Samaranch con Cuba y el último encuentro que mantuvieron ambos aquí en Barcelona.

A mí, he de decirlo, me ha encantado la extraordinaria por inmerecida difusión que le han dado a esa corona de flores. Como me ha divertido la participación de ese heredero de los Castro en todo este asunto. La autoridad con la que habla ese «directivo» del deporte cubano.

Porque entre toda la babosada insufrible que han servido hoy prensa escrita, radios y televisiones estas dos noticias sirven:

1) Para evocar, siquiera por analogía, de dónde vino Joan Antoni Samaranch, el hombre que le regaló unos Juegos Olímpicos a Barcelona y España (socialistas).

¿Que de dónde? Pues, de la jerarquía de una dictadura.

Vino, recuérdese, de aquí:

samaranch-saludo-franquista

Pasó, no se olvide, por aquí:

samaranch-con-franco

Y sirven:

2) Para recordar a los cubanos que si bien «ausencia no quiere decir olvido», transición las más de las veces sí.

¿Quieren juego? Pues a eso se dedicó el ex-franquista Samaranch, oigan: a dar Juegos.

¡Y Olímpicos!

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Las comparaciones (no) son odiosas…

Jorge Ferrer - 13/03/10
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[Notas para un artículo]

…X. regresa de viaje de tres semanas por Myanmar, la antigua Birmania. «Hay unas cuantas semejanzas con Cuba», me dice. Resumo: mayúsculo hartazgo social, generales víctimas de la irrisión popular, inflación galopante, concentración de los resortes de la economía post-régimen en manos de la Junta y parentela… «¿Qué hay con Aung San Suu Kyi?», pregunto. «La adoran», responde. «En todo el país y gente de todas las clases sociales. Preguntara a quien preguntara, todos la conocen y respetan…» Tan sólo la Junta, sus voceros y su prensa la calumnian permanentemente… Y aun así la gente se siente representada por ella…

…Sájarov en la URSS; Walesa en Polonia; Havel en Checoslovaquia… Para todos: destierro, cárcel, represión; feroces difamaciones de la prensa comunista, acceso nulo a los medios de comunicación ―salvo en el caso del segundo, ganado a pulso, porque puso en huelga unos astilleros enteros… Y aun así todos gozaban de enorme prestigio entre la población, del respeto de la clase intelectual… Representaban a la gente… Dos de ellos se convirtieron en presidentes poscomunistas…

Cuba… Elizardo, Darsi, Biscet, Damas, Martha, Calule, Fariñas, blogodisidencia…

Del cómo y el por qué allá se jode, ay, el «y aun así»…

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«Nuestro país», «la Cuba eterna» y demás heces

Jorge Ferrer - 09/03/10
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1)      Leí el artículo de cierto Alberto Núñez Betancourt en Granma sobre Guillermo Fariñas y su huelga de hambre. Mandándolo a matar.

Un artículo que es copia fiel de los millares de textos semejantes que conoce la historia de los estados totalitarios. Infame, rastrero, vil.

Un segundo hecho en el año 2002 ratifica la característica violenta de este sujeto y el evidente desprecio por su Patria y los ciudadanos que la defienden. En plena ciudad de Santa Clara, Fariñas golpeó fuertemente con un bastón a un anciano que había impedido un acto terrorista de un enviado personal del criminal Luis Posada Carriles.
Los daños en el lesionado provocaron una urgente intervención quirúrgica para extirparle el bazo.
Una vez sancionado a 5 años y 10 meses de privación de libertad en la Causa 569 de 2002 del Tribunal Popular Provincial de Villa Clara, echa mano de nuevo a su método de hacer show: la huelga de hambre.

Nada sé de ese Núñez Betancourt que babosea sobre «nuestro país», su «Cuba». No es más que otro de tantos escribientes al servicio del gobierno de los hermanos Castro. Un pelele, un pichón de esbirro, a juzgar por esta pieza y alguna otra que sirve Google.

Sí sé, sin embargo, qué alegará ese Núñez Betancourt si algún día le tocara rendir cuentas por este artículo: «No lo escribí yo», dirá, «lo escribió el gobierno y me mandó a firmarlo».

2)      Más o menos a la misma hora que leí el artículo en Granma, me llegó video con entrevista a José Sánchez Boudy sobre Guillermo Fariñas y su huelga de hambre. Apareció en el blog Villa Granadillo.

A diferencia de lo que me sucede con el oscuro Núñez Betancourt, de este Sánchez Boudy sí sé algo. (¿Quién que haya entrado a la Librería Universal en Miami no se ha tropezado con su nombre?)

Sánchez Boudy es un grafómano cubano, cuya bibliografía incluye títulos como Cocuyando auroras, Baudelaire (psicoanálisis e impotencia), Lilayando pal tú (Mojito y picardía cubana) o Crocante de maní, junto a incontables páginas de glosarios, recopilaciones de piropos y abundantísima seudofilosofía de la historia de Cuba.

De sí mismo afirma que «ha sido finalista dos veces en el Premio Planeta siendo el primer cubano que ha logrado tal distinción». (Nadie se moleste en verificar el último dato: es rotundamente falso. La única escritora cubana merecedora de ese galardón es Zoé Valdés.)

También se ufana de haber creado la expresión «La Cuba eterna» a la que ha dedicado millares de páginas que publica en Librería Universal, previo pago a Salvat. Y se faja por reivindicar su «invención», como si del Chupa-chups o el Wonderbra se tratara.

Atiéndase a las palabras que este valedor de la «Cuba eterna» dedica a Fariñas, a todos. Como atiéndase a la jeta, al «tono de la voz» y a su dedo índice.

Segmentos: 00:50 – 04:15 y 07:35 hasta el final.

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3)      Y en medio, mientras este par de cara’e'guantes, uno en La Habana y otro en Miami, juegan a hundir palito en caca, hay un negro, Guillermo Fariñas, que insiste en «llegar hasta el final».

Deja que los locos proliferen en su delirio, enseñaba la antipsiquiatría de David G. Cooper y Ronald D. Laing. Definitivamente, ésa va siendo la única ciencia que nos queda.

Porque «Cuba», «Nuestro país» o «La Cuba eterna» son tres hipóstasis de la boñiga con la que jugamos todos.

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