Tres caricaturistas cubanos ven a Mahoma

- 04/05/10
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Trey Parker y Matt Stone, los creadores de South Park, son los últimos en la lista de los islamistas radicales. «Muslim Revolution» se hacen llamar esta vez los feroces cancerberos del rostro que nadie puede ver y, por consiguiente, nadie puede atreverse a dibujar.

La lista macabra que conforman hombres libres para quienes los dioses, como las pizzas, se eligen de una carta o se desechan en busca de platos más convincentes. Theo Van Gogh, degollado, o Lars Vilk, amenazado, son otros dos nombres. Por citar apenas dupla. El de un cadáver y el de un hombre libre obligado a cuidarse del fanatismo islamista. Son muchos más.

He invitado a tres caricaturistas cubanos a pensar a ese dios irrepresentable. A ese cuyos devotos ―unos pocos, en verdad― responden con «Revolution» que quiere matar cuando a alguien se le ocurre ponerle cara. Ese dios escurridizo, ese hombre invisible.

Somos muchos los cubanos a quienes, «a dios gracias», nos gusta la libertad. (Aunque a veces no lo parezca.)

Gracias a los tres por su generosidad con El Tono de la Voz.

Omar Santana:

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Guamá:

lauzan-castrala

Garrincha:

mahoma-garrincha

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Vano azogue

- 09/02/10
Categoría: Arte | Etiquetas: ,
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Los lectores de ETDLV conocen de mi predilección por la obra de Octavio Armand (Guantánamo, 1946), de cuya amistad me precio.

A nadie sorprenderá, pues, que me haya llevado una gran alegría al recibir anoche este texto desde Caracas. Un fragmento, me dice Octavio, que pertenece al proyecto que lo ocupa ahora y ofrece a los lectores de esta página. Es una cortesía conmigo y ustedes que le agradezco.

Partiendo de un célebre trompe l’oeil del catalán Pere Borrell del Caso y asomándose con Vulcano al sexo desnudo de Venus en un cuadro de Tintoretto, Armand repasa aquí las trampas y el misterio de la representación.

¡Feliz lectura!

Más de/sobre Armand aquí y aquí.

Vano azogue

Por Octavio Armand

Pere Borrell del Caso: Escapando de la crítica, 1874

Pere Borrell del Caso: Escapando de la crítica, 1874

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El espacio de la representación salta hacia el nuestro. Lo asalta. La aparente tridimensionalidad de la perspectiva invierte el signo, pasa de menos a más, sacando al engaño de las profundidades y el punto de fuga renacentista para fugarse hacia delante, hacia nosotros, hasta darle una tercera dimensión en la superficie, ésa que roza con la nuestra, la adula, la entretiene, confirmando su fuero por estar fuera, en la realidad pródiga, plena, que — cómodos, seguros — creíamos exclusivamente nuestra.

Simultáneamente el marco delimitante de ese espacio de representación también invierte el signo, pasando de más a menos, como succionado por la obra a la cual se suma para complicarla, como si se tratara de un Breguet o un Pathek Philippe que calibrase el transcurso al derecho y al revés, a diestra y siniestra, sumiéndonos desde el presente efímero en los horizontes del arqueólogo y el profeta, el pasado cada vez más remoto del futuro.

Para escapar de la crítica, Borrell escapa de sus marcos: los de la crítica pero también los suyos. Cómplices del engaño, los marcos no representan una transición entre dos espacios convergentes, sino que re/presentan la representación, irrumpiendo, ellos también, pero hacia dentro, hacia lo bidimensional. El engaño es doble. Y dual. Lo representado y lo representable parecen archivos intercambiantes de imágenes que oscilan en un límite precario.

El cuadro es teatral: se convierte en escena para que las imágenes actúen. La noción de teatro dentro del teatro implosiona en un abrir y cerrar de ojos, reverbera en el asombro
hasta dar al traste con la ilusión de la realidad y la realidad de la ilusión. Se vislumbra un teatro fuera del teatro: ¿la realidad?, como acaso uno momentáneamente supondría, la nuestra, ésa de la cual queríamos escapar a través del teatro, como Alicia escapa de la suya a través del espejo. Esta supuesta realidad, proyectada por lo teatral, se ha contaminado de simulación. Crece en su nulidad.

Es nuestro el asombro del niño que escapa de su ir/realidad hacia la nuestra; es nuestro el índice de la niña que nos señala, como nuestra es la risa cachetuda que, muy centrada en los labios y la mirada arqueada, parece burlarse de nosotros. Los espectadores entran y salen de la obra, pasan de la tridimensionalidad al plano que insiste en las tres dimensiones y en una cuarta, más arisca aún a la imagen, el tiempo. Pero aquí los espectadores están dentro de la obra. Fisgones del arte, coleccionistas, críticos sabihondos y teóricos de punta de la lengua, paralizados por un instante, sentimos que estamos pintados en la pared.

Como los espejos de la literatura fantástica, estos cuadros de Borrell están poblados. Las fechas ponen de manifiesto la evidente relación con Lewis Carroll: la primera edición de Alicia en el país de las maravillas es de 1865 y A través del espejo fue publicado en 1871; Escapando de la crítica es de 1874 y Dos niñas que ríen de 1876. Los personajes de Borrell, como la de Carroll, son niños. La inocencia les permite entrar y salir de los espejos y los cuadros, túneles y pozos del tiempo, como la madriguera del emperifollado Conejo Blanco.

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Donde y cuando no hay inocencia, son otras, sombrías, oclusivas, las funciones de los espejos y los cuadros. Dorian Gray vive, siempre joven, en la supuesta realidad; y cada vez más envejecido, en su imagen. Lo mismo sucede en un extraño óleo de Tintoretto: Venus, Vulcano y Marte. El herrero cojo asoma en dos tiempos, aunque siempre viejo, como Gray en su imagen, pues se trata de lapsos muy breves, de apenas instantes, sucesivos en la trama, simultáneos en la pintura. En ese relampagueante intersticio que asombra desde 1555, Vulcano se acerca a nosotros de frente, en primer plano; en el fondo, de espaldas en el espejo que lo refleja, pareciera alejarse de nosotros y del cuadro mismo donde está retratado, como si inconscientemente huyera de la imagen que provoca, metiéndose en el vano azogue, acaso deseoso de otra muerte, como la de Narciso. Continúe leyendo… »

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Médicos cubanos exiliados ante el terremoto en Haití

- 20/01/10
Categoría: Invitados | Etiquetas:
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Estos días las cámaras nos traen la desolación de los haitianos y el paisaje del desastre en ese país.

También los esfuerzos de rescatistas y médicos que intentan ayudar a una población desesperada y hambrienta. Sobre el terreno y desde las sedes de muchas organizaciones no gubernamentales se preguntan si acudir ya a Haití o esperar a que los dispositivos militares y policiales pongan orden en el país. Entretanto, la situación empeora.

Por eso me impresionó la iniciativa de Ana Zilma Miranda, una doctora cubana residente en la República Dominicana, quien organizó una pequeña expedición a Haití por su cuenta y riesgo.

Ana Zilma ha tenido la gentileza de escribir esta breve crónica de su viaje para los lectores de El Tono de la Voz, gesto que le agradezco.

Pequeño texto para demasiadas emociones

Por Ana Zilma Miranda

La decisión fue repentina; cosas así no hay tiempo de pensarlas. Al otro lado de la frontera Haití se hundía en su más absoluta miseria. No contaba en ese momento con medios, ni siquiera con la estructura necesaria para el desplazamiento hacia Puerto Príncipe. Sólo podía unirme a alguno de los grupos que salían desde Santo Domingo. Después de llamar a muchas instituciones, ONGs y embajadas, encontré la solución en la Cámara de Comercio Dominico Haitiana. A través de ellos podría conseguir traslado y me sugirieron crear una brigada de médicos. Apenas contaba con ocho horas para preparar todo el equipo. Saldríamos a las 9:00 AM desde la sede de la Defensa Civil.

No era sencillo convencer a cualquier persona para sumarse al grupo: las condiciones en la región y la premura de la convocatoria no me ayudaban. No obstante, pude reunir a dos médicos más: Ernesto García, cubano, e Ingrid Camargo, colombiana. En calidad de paramédico nos asistiría Mauricio Torres, esposo de Ingrid y colombiano también. Viajaríamos por vía terrestre hasta la frontera dominico-haitiana en un convoy con unos 20 bomberos dominicanos, Aldeas infantiles SOS y un grupo de rescatistas españoles o Topos. Bajo nuestra custodia llevábamos dos camiones y un furgón repletos de ayuda humanitaria recogida gracias a las donaciones hechas por dominicanos.

Salimos finalmente a las dos de la tarde y al llegar a la fortaleza militar de Jimaní nos encontramos los primeros anuncios del caos imperante en la región. La MINUSTAH (Misión de Naciones Unidas para la estabilización en Haití) no ofrecía protección y los asaltos a los convoyes ya estaban a la orden del día. El responsable del grupo de rescatistas españoles me comunica que ese día habían matado a tres cooperantes y que ellos habían decidido no entrar a Haití con todo el equipo: solamente irían los más entrenados.

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Tenía que tomar la decisión correcta, no sólo por mí que soy madre y dejaba en casa a mi hija esperando mi regreso, sino porque era la responsable del grupo que me acompañaba. No voy a negar que por largos minutos titubee, pero el apoyo que recibimos de Rafael Hernández, un haitiano-canadiense, y su expresión de máxima angustia fue el detonador para seguir adelante. Esa noche dormimos en el suelo de un hotel en Jimaní, esperando la apertura del puesto fronterizo.

Finalmente salimos, aunque en grupo reducido, los médicos, algunos bomberos y los camiones. Nuestra zona de trabajo era la comunidad Saint Marie en Canape Vert donde nos esperaban miles de damnificados que sólo contaban con la ayuda de una enfermera y unas pocas medicinas. En el camino pudimos comprobar que Puerto Príncipe había sido reducido a escombros y que las pocas edificaciones que quedaban en pie estaban maltrechas e infinitamente inseguras. Cientos y cientos de personas se congregaban en los espacios abiertos por el temor a las réplicas que aún continuaban repitiéndose y tratando igualmente de apartarse del hedor de los cuerpos en descomposición, algo que les resultaba prácticamente imposible.

Llegamos extenuados después de un viaje tan accidentado y de inmediato improvisamos un área de cuidados médicos. No puedo recordar a cuántas personas asistimos, tanto niños como ancianos. Las heridas abiertas, la infección esperada luego de tres días de no haber recibido atención. El hambre, la desesperación de la gente por no poder rescatar los cuerpos de sus muertos, la escasez de agua y la vida que se paralizó totalmente en un país que de por sí ya estaba parcialmente paralizado, era el panorama reinante. No veíamos labores de rescate y las tropas norteamericanas concentraban sus efectivos en la custodia del aeropuerto ―el cual decidieron manejar a su antojo― y de su propia embajada. Muchos de los cooperantes internacionales decidieron retirarse por la falta de garantías para su seguridad.

Brindamos todo nuestro esfuerzo, en la medida en que pudimos, pero dejamos atrás un país desolado y con muy pocas posibilidades de recuperación. A cambio nos llevamos miles de sonrisas y un insistente Merci, Merci, Merci.

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