Doce minutos después, ya se habrán llevado al muerto

- 07/05/11
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Algunos lectores recordarán aquel post de hace poco menos de medio año dedicado a un pobre hombre «atrapado» en el exterior de un cajero automático. El de La Caixa en la calle Escorial con Fraternitat.

Pasamos por delante cada noche Bruno y yo. Y venimos de hacerlo.

Ahora había tres policías en la puerta y un cuarto junto a una de las dos patrullas, hablando por la radio.

Adentro, al fondo, el cadáver de un indigente.

Bruno se abalanzó sobre los policías no más verlos. Dócil ataque, claro, que a Bruno le gusta más la gente que lo que a Michael Jackson le gustaban los niños.

Dos de los policías se acuclillaron para jugar con el perro. Con el tercero, más circunspecto, quise asegurarme.

—Está muerto, ¿no? —le pregunté mirando al cuerpo tumbado sobre cartones entre dos cajeros de color amarillo pollito.

—Es cachorro, ¿no? —preguntó uno de los acuclillados, antes de que el otro me respondiera que sí, que el tipo era fiambre.

Me maravilló la geometría de la escena. No la geometría moral, que en esa los roles habría que asignarlos con otras mañas, porque todos se quieren hipotenusa. La mera geometría que reunía al cadáver, al perro, a los cuatro policías y a mí: ellos uniformados; yo en sandalias, con la camisa del mismo color que la tez del muerto, en la pendiente de una calle que a estas horas desanda gente sin rostro.

Tres árboles y el doble de minutos más allá, Bruno adoptó gimnástica postura de cagar. Me di la vuelta mientras extraía del bolsillo la bolsa de nylon perfumada con la que recoger las heces. A la espera del juez o la ambulancia o lo que llamen en tales circunstancias, y de espaldas al muerto, los policías —los cuatro ahora—, nos miraban. Y sonreían.

Sentí un súbito escalofrío al que Bruno no fue ajeno. No sé él, inocente, pero a mí se me ocurrió que inmersos en ciertos roles adjudicados por caprichosos —¿o debo decir «azarosos»?— trazos sobre la regla que dibuja el paisaje, o eres policía o eres fiambre.

Y corrimos ambos a echarnos aquí en casa. Él sobre la alfombra; yo, sobre estas teclas.

A buen resguardo ahora, Bruno es un simpático perrito y yo un tipo que junta palabras. Doce minutos después, ya se habrán llevado al muerto.

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El regreso de Castro I en clave de literatura fantástica

- 04/09/10
Categoría: Excepcionalidad, Transición | Etiquetas: ,
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A mí me cuadra el retorno de Castro I, fíjense. ¿Quién ha visto que país que blasona de excepcional padezca transicioncita de nada? Lo nuestro, cubiches, a lo grande. ¡Qué caray!

La vuelta del infeliz protagonista de nuestro último medio siglo ofrece posibilidades inmensas a los cultores de la literatura fantástica.

Así, por ejemplo, para trilogía ligera con su algo de Tolkien y su buchito de Shakespeare. Cosa que leer en vuelos transoceánicos, digamos. Digo yo que vendería como churros.

Aquí ofrezco rápido esbozo para autores ociosos.

Un longevo hechicero dominó una isla por cincuenta años. Astuto y cruel, se iba deshaciendo de todos sus enemigos sin dificultad. ¡Magia negra de la buena! Y la guerra, fría. Ambicioso, sus apetencias de gloria lo llevaron a asociarse a un imperio, a enfrentarse a otro y a alentar levantamientos en tierras ―altas o bajas― vecinas o distantes. El tiempo o la espada se llevaban a otros emperadores, pero él permanecía a cargo de su aislado feudo, adorado por sus vasallos y odiado por unos pocos que huían despavoridos o marchaban desesperanzados a una lengua de tierra vecina.

Una sola idea animaba a los descontentos: algún día la Parca se llevaría al ya anciano dictador y con ello se abrirían los cielos y se derramarían frutos y mieles en irrefrenable cornucopia. No era idea infusa; era rumor emanado de oráculo del que nadie, sin embargo, tenía plena certeza.

Entretanto, la siniestra sombra de su hermano, un hombre a quien los vasallos tenían por corto de luces y disoluto, planea desde el principio sobre el destino del feudo, porque en él recaerá el gobierno omnímodo cuando la muerte haga su trabajo llevándose al mayor.

Y hete aquí que un venturoso día la profecía parece cumplirse: llega la Parca y aparta al anciano sacerdote. Su hermano, el pobre y afásico gañán, se hace con las riendas del feudo en un movimiento que los vasallos descontentos estiman destinado a pronto fracaso. Avizoran la policromía de la cornucopia. La saliva se derrama abundante por sus belfos.

Pero, ay, Parca y Difunto entablan una encendida lucha. El tenebroso sacerdote se pelea a codazos en el Averno, conjuro va y conjuro viene. No hay quien lo arrastre al inframundo. Por fin, ofrece apuesta a la Parca: que jamás un Nubio se alzará con el título de emperador de los Rubios. Ríe la Parca y apuesta. Pierde. Y al perder, son dos sus opciones: o arrambla con todo y se lleva el mundo entero al Reino de las Tinieblas o devuelve al no menos tenebroso anciano a las palmas y cañas de su feudo.

Ganada la partida, el Difunto resucita y acude ante los delfines de su Acuario, los verdaderos depositarios del enigma de la Eternidad. A los pocos días reaparece por fin ante sus vasallos más jóvenes. Lo hace con las primeras luces del alba para anunciarles el pronto fin del mundo; ellos lo vitorean.

De contra:

Para la segunda entrega de la trilogía se podría contemplar el siguiente arranque:

Años más tarde el Resucitado oficiará el funeral de su disoluto hermano. «No era yo el Elegido», proclamará descubriendo por fin el arcano misterio guardado por los delfines.

«El Elegido era él», revelará señalando al achinado cadáver. Entonces una columna de fuego se alzará sobre el Mausoleo del Ka-ka-Hual. Será el inicio del fin del mundo.

Ya para entonces será un Rubio escapado del feudo del avieso sacerdote quien gobernará el Imperio vecino (apunte: inspirarse en Marco Rubio para este personaje…)

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Una lágrima por la libertad

- 21/08/10
Categoría: Estío, Viajes | Etiquetas:
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En Tánger, hace unos diez años, nos disponíamos a regresar a España y mis dos acompañantes –españolas, aunque una de ellas de ascendencia marroquí– quisieron hacerlo con dibujos de henna en las manos. Los turistas, ya se sabe.

Habíamos pasado la tarde visitando a la familia de unos amigos de los padres de mi amiga marroquí y una de las muchachas de la casa era célebre en el barrio –un barrio muy humilde de Tánger, que creo se llamaba Al-Diwan, un dato que no tengo tiempo de verificar ahora–, por su arte en trazar filigranas de henna en las manos de las novias. Se lo pidieron y la muchacha, obsequiosa como casi todos en Marruecos, aceptó venir a la casa donde nos alojábamos y ejercer su oficio.

Era una joven de unos veinte años y de una belleza absolutamente celestial. Una belleza de esas que duelen cuando las admiras. Subimos a la casa, la marroquí preparó la henna y comenzó a dibujar las manos de mis amigas. Una artista en toda regla. Artista de un arte perecedero, qué lástima. De arte milenario, qué suerte.

Animado por llevarme también yo en el cuerpo una muestra de aquella maravilla, los turistas, ya se sabe, le pedí –mi amiga hispano-marroquí servía de traductora– que me dibujara algo en el brazo. «Eso es imposible», dijo la artista. Insistí durante la hora larga que trabajó sobre las muchachas. «Imposible», repetía. Pero se iba ablandando. Y yo aducía argumento tras argumento a favor de que me tatuara. No los recuerdo ahora. Seguramente eran disparatados, pero ingeniosos, algo a lo que ayudaban las Heineken que había comprado esa mañana en el mercado negro. Me vienen a la mente las risas; la recuerdo cediendo, cediendo y, al final, aceptando. Reticente, pero curiosa. Temerosa, pero excitada.

Me llegó el turno. Pasaron minutos antes de que la muchacha me tomara el brazo por fin. La tenía tan cerca que la olía por encima del ácido aroma de la henna.

Asió mi brazo, un estremecimiento la recorrió entera y se le aguaron los ojos.

«Qué pasa», pregunté.

«Dice que es la primera vez en su vida que toca la piel de un hombre que no sea de su familia», tradujo mi amiga.

Es lo que tiene encontrarse con la libertad después de años añorándola. Temor y temblor, y agua en los ojos, primero. Y después, a gozar. Quien pueda, claro.

Esta nota fue publicada en ETDLV el 04/08/2009. Reaparece ahora con motivo de un cambio de ritmo estival.

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Una ciudad descalza

- 28/05/10
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He contado cinco zapatos abandonados en la calle esta noche, paseando a Bruno. Apenas dos hacían el par.

No los habría notado, probablemente, pero a los perros les gustan los zapatos como a cierta cónsul ahora célebre morder. Sniff, grrr…

Ay, los perros. Cosa de instinto. Dónde mear y dónde mear y dónde mear.

zapatos-abandonados

La ciudad vacía, una ligera llovizna, un reggaetón bajando desde un entresuelo que ya se me va haciendo molesto, noche a noche. ¡Imagínense a quien viva en el Primero al que sirve de pedestal! Y Bruno entretenido con zapatos ajenos y viejos.

Alguna vez he contado mi encuentro con un tipo que agonizaba a cincuenta metros del MACBA. Tal vez en ETDLV, no sé bien. La horrorosa circunstancia de ver morir a un hombre, los esputos de sangre del tamaño de los labios, en la calle de una ciudad próspera y, diríase que, pacífica, pacificada. Hoy lo recordé, a aquel hombre que vi morir, a la vista de tanto zapato menesteroso de pie que lo calzara. Aun cuando sé que no saldré a la calle mañana a encontrar a los tullidos, los amputados, que los han hecho prescindibles.

No vivo en una ciudad en guerra. Vivo en un barrio donde los jueves, las noches de los jueves, son el día y las horas de sacar de casa aquello que ya no nos sirve.

Los zapatos con que la hollábamos hasta ayer, por ejemplo.

Una ciudad de mierda, Barcelona, o una ciudad estupenda, Barcelona, ¿quién lo sabe?

Lo sabrán, si acaso, los zapatos de la ciudad descalza.

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Otro 20 de mayo para Cuba

- 20/05/10
Categoría: Memoria | Etiquetas:
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izada-bandera-cubana-el-20-de-mayo-de-1902

Ciento siete ocho años desde el 20 de mayo de 1902. ¡Tremenda fiesta! ¡Viva Cuba libre!

¿Cuántas veces hemos sido felices desde entonces, sin embargo? Felices en tanto nación, quiero decir, que los individuos podemos ser felices, o no serlo, siempre.

Bueno, lo fuimos aquel día de la inauguración republicana. Por ahí andan las crónicas. ¡Qué dichosos los cubanitos aquel día!

Todos dudaban de la posibilidad de enrumbar el país sin los americanos, pero gozaban de lo lindo. «Cuba será la Suiza de América», dicen que dijo Estrada Palma. «Pero ¿dónde están los suizos?», le preguntaron. Y pasaba la conga.

Fuimos felices más tarde cuando la Danza de los Millones. Bueno, lo fueron unos cuantos. Duró poco y acabó a tiros de brevísima trayectoria.

Fuimos felices cuando se fue Machado. Pero la felicidad dura poco en casa del pobre.

Lo fuimos con la Constituyente de 1940. Europa estaba en guerra. La civilización occidental amenazaba hundirse y los hornos crematorios trabajaban estaban a punto de comenzar a trabajar a toda marcha. Pero los cubiches, ay, a proclamar constitución requetemoderna. Listos que éramos. Listos que estábamos. ¡Pa’ lo que nos valió!

¡Apoteosis de la felicidad, la década de los cincuenta! Terrorismo, crímenes de estado, guerrilla, pero, oye, los cubanos todavía añoran aquellos años de carritos nuevos, el “Sans Souci” y el túnel horadado por la Societé des Grands Travaux de Marseille (Marsella no era una ciudad del Magreb como hoy, entonces.) ¡Chapurreaban el francés aquellos indígenas!

Y aún estaba por llegar la felicidad suprema: ¡la rRevolución! Ay, mamita, ¡no cabían en sí de gozo los cubanos! La Oda a la alegría es baladita tristona al lado de la guitarra de Carlos Puebla. Felices como perros con correa nueva estaban los cubanos. ¡Al fin serían grandes entre los grandes, amenaza de guerra nuclear incluida! «El que tenga miedo que se compre un perro», decían. Perro no come perro, pero llamaba a comprarlo.

Hace poco cosa de un año leí a uno  tipo que glosaba su felicidad en los años ochenta, con castrismo a pulso. Las cebollas de Albania, el coñac de Armenia y el pollo a la jardinera de Bulgaria. ¡El tipo los echaba de menos! «¡Qué felices éramos!», aseguraba.

Y fuimos felices por fin cuando Carlos Valenciaga nos dijo en agosto del 2006 que su jefe defecaba por el costado. ¡Felicísimos! ¡El paraíso estaba a la vuelta de la esquina! ¡Faltaba nada, un dedito!

Pero aquí Aquí estamos.

Los exiliados, exiliados. A Ángel Santiesteban, quien escribe un blog en este mismo portal, le rompieron un brazo ayer en La Habana por escribir en la prensa libre. Los que no, en lo mismo.

107 108 años desde el 20 de mayo de 1902.

¿Lo celebro? De hacerlo, ¿por qué coño brindo, oye? ¿Por la patria? ¿Por Cuba o por la madre de los tomates?

Ilustración: Bandera cubana izada en La Habana el 20 de mayo de 1902.

Shin-Divider

De contra (a la ilustración):

Antes se arrió la bandera norteamericana, claro:

bandera-norteamericana-arriada-en-la-republica-de-cuba-20-de-mayo

Shin-Divider

De recontra:

Este post apareció en ETDLV el 20 de mayo pasado.

¿A qué escribir otro cuando este basta?, me he dicho.

Las actualizaciones, mínimas, están a la vista.

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Castro, Jruschov y Lincoln: fotos de la Guerra fría

- 17/05/10
Categoría: Arte, Memoria | Etiquetas:
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Son dos fotos de comunistas ―uno de ellos aún usufructuaba el prefijo «cripto-»― ante marmóreo Abraham Lincoln. Dos magníficas instantáneas de la Guerra fría. Extraordinarias ambas.

La Guerra fría, fría por eso, fue guerra de discursos, gestos y escaramuzas ―aunque algunas de las últimas dejaran muertos regados. Unos cuantos miles. Decenas de miles. Acaso cientos de miles.

Una fotografía, la de Fidel Castro, se la debemos a Alberto Korda. El fotógrafo dejó dicho que desde que Fidel la vio ya no llamó más a sus jefes para solicitar sus servicios. Le gustó tanto y tanto le gustó, que a partir de ahí lo llamaba siempre directamente. Le valió ―aunque él lo negara― la categoría de fotógrafo oficial. Korda tituló la foto «David y Goliat». Le estaba dando nombre, sin quererlo, a babosada de medio siglo y más.

fidel-castro-lincoln-memorial

La segunda fue fruto de la casualidad, como tantas buenas fotografías cruciales. Burt Glinn ha contado que llegó tarde al set y tuvo que contentarse con las espaldas de Nikita Jruschov. ¡Bendito retraso! El tosco campesino que redimió de la esclavitud a millones de esclavos de Stalin mira al abolicionista por antonomasia. ¿Qué importan sus ojos cuando ese iluminado occipital -¡flash!- sobre nuca de aparatchik lo dice todo?

khrushchev-jruschov-lincoln-memorial

Sendos momentos fijados en imágenes que ahora nos parecen de otro mundo. Porque fotografiar, por aquel entonces, era fijar de veras y fijar lo de veras relevante. Así estos dos episodios apenas protocolares que sendas lentes elevaron a categoría suprema.

Ambas fotografías fueron tomadas en 1959. Cuatro años más tarde allí mismo, dónde si no, pronunció Martin Luther King su célebre «I have a dream».

Korda y Glinn fueron los fotógrafos del año en lo que a Cuba se refiere, aunque el último se vio privado de darle a Magnum lo que Korda le dio a la historia.

Pero Burt Glinn nos legó la que probablemente sea la galería más completa del pathos revolucionario. ¡Véasela!

Encima, nos ha contado esa historia terrible a la vez que banal:

Shin-Divider

De contra:

A quien no le funcione el embed de Magnum -trabajo me ha costado insertarlo y aun así me corre a veces y a veces no- acuda al original aquí.

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